Por Carlos Mendoza-Álvarez
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En 1511 fray Antón de Montesinos, junto con un puñado de frailes dominicos recién desembarcados en Quisqueya, madre de todas las tierras en lengua taíno, lanzó un grito que aun retumba en la conciencia occidental: “¿Acaso éstos no son hombres?”. Se refería a los habitantes originarios de esa isla caribeña —conocida después como La Española donde se asentaron los estados modernos de Haití y República Dominicana— que habían sido sometidos por soldados españoles en nombre las Coronas de Castilla y Aragón a dura servidumbre y esclavitud. En el sermón del IV Domingo de Adviento del 21 de diciembre de aquel año, con la figura central de Juan el Bautista anunciando la urgencia de preparar los caminos al mesías que llega, fray Antón se convirtió en una voz profética de contrapeso a la naciente colonialidad del poder. Según este concepto del peruano Aníbal Quijano (Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina) es posible explicar desde nuestro tiempo la lógica de poder que llevó a Europa a dominar el mundo moderno, desde el Renacimiento hasta la Ilustración, con sus posteriores avatares del imperialismo norteamericano y ruso que hoy conocemos.
Más de cinco siglos han pasado. Ahora esa empresa de colonialidad adquiere dimensiones globales en nuestros días con el modelo de capitalismo extractivista que se expande por el mundo, como una hidra de muchas cabezas según la narrativa zapatista surgida en 1994 en el sureste mexicano. Tres décadas después se escucharán nuevos modos de nombrar las resistencias diversas a esa fuerza letal que domina el mundo en el semillero « De pirámides, de historias, de amores y, claro, desamores » que se llevará a cabo en CIDECI-Unitierra a fines de diciembre.
La pregunta en torno a la humanidad de los pueblos del orbe parece retórica, pero en realidad se hace más acuciante cuando consideramos el panorama de la exclusión de clase, género, pertenencia étnica e identidad cultural que padecen naciones enteras en nuestros días. El derrumbamiento del orden internacional que conocimos en tiempos modernos nos pone a la intemperie. Las fundaciones de ese mundo en común fueron puestas por la Escuela de Salamanca con el Ius Gentium o derecho de gentes en el siglo XVI, con fray Francisco de Vitoria a la cabeza en diálogo con fray Bartolomé de Las Casas desde Chiapas y Guatemala, como lo analizó Enrique Dussel. Fue uno de los ejes del modelo de Cristiandad creado para justificar la expansión de la ciudad terrena a imagen de la Ciudad de Dios bajo la tutela de la Corona española. Posteriormente esa interpretación se fue transformando en un modelo internacionalista, a partir de la Ilustración, con un fundamento racionalista de corte contractual, haciendo del derecho internacional un pacto entre estados soberanos, sin fundamento último en un orden metafísico que tuviese en Dios su sustento (Derecho de gentes antiguo y contemporáneo).
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Más allá de las discusiones teóricas sobre el paso del modelo salmantino al germánico del derecho entre naciones, lo que importa resaltar aquí son las contradicciones internas del pacto social moderno que se derrumba ante nuestros ojos. En nuestros días asistimos al retorno de regímenes autoritarios basados en fundamentalismos religiosos con pretensiones mesiánicas (The United States is a messianic state), como es el caso del imperialismo estadounidense y el sionismo israelí. ¿En nombre de qué principio o fuente ético-política las potencias de hoy justifican sus dispositivos de dominación, neocolonialismo y eliminación de pueblos enteros? ¿Qué límites tiene el poderío desplegado por ese desbocado nuevo “orden” geopolítico?
Pero es preciso ir más allá del escenario catastrófico hasta aquí descrito para reconocer el papel de los pueblos y de las tradiciones espirituales de la humanidad en el fortalecimiento de la vida en común entre las naciones. ¿Cómo comprender y promover hoy las autonomías de personas, pueblos y territorios a fin de preservar lo humano ante las amenazas del sistema que nos domina ya, abarcando tanto los territorios tradicionales como los digitales?
En este contexto, el sermón de Montesinos adquiere una relevancia notable ya que expande la cuestión del mutuo reconocimiento de lo humano y creatural a todas las víctimas de la violencia sistémica que lleva a la humanidad y al planeta entero al despeñadero (Tratados internacionales sobre biodiversidad (SCJN)). ¿Acaso las naciones y las especies que pueblan la faz de la Tierra no son creaturas con derechos? En el mundo de lo post-humano como se dice hoy, es primordial elaborar un pensamiento crítico que afirme la dignidad de cada creatura del cosmos en su dignidad profunda ligada al misterio amoroso de lo real.
Ya no se trata solamente de reafirmar la fuerza histórica de los pueblos originarios enfrentando la colonialidad eurocéntrica de hace quinientos años, sino de los pueblos subalternos que son desechables en la economía de guerra planetaria de la Era Trump, como comenta Leonardo Boff. América Latina y el Caribe, como lo vemos en la invasión estadounidense de las aguas internacionales del Mar Caribe, son ya espacio de guerra desplegada por el Comando Sur de ese estado vecino. Por desgracia, pronto veremos los alcances de este nuevo modelo de intervencionismo imperial por medio de la ocupación selectiva de territorios, el control de gobiernos locales afines a los intereses del poder del necroestado, y los ataques quirúrgicos contra los “enemigos” de la seguridad nacional de los Estados Unidos.
Tampoco es suficiente el clamor por la dignidad de la humanidad si está disociado del clamor de la Tierra, “la más pobre entre los pobres” como la llamó también Leonardo Boff. Aquella “escalada a los extremos” pensada por Girard en 2007 a partir del fenómeno del terrorismo parece hoy juego de niños antes las guerras actuales que tienen por objetivo el dominio craso sobre pueblos enteros para control de sus territorios como objetos de enriquecimiento depredador de los ecosistemas.
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Por esta razón es urgente más nunca reconocer a los nuevos Montesinos que con su clamor apelan a la común humanidad que nos hermana como personas y pueblos, con su fuente mística que da fuerza y abre horizontes de vida para todos, a fin de revertir esos procesos de necropoder que cobran cada día más víctimas.
Pero hoy es urgente ir más allá del paradigma antropocéntrico, transitando hacia uno « ecocéntrico » (Antropocentrismo y ecocentrismo en la jurisprudencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos) que promueva la dignidad de la Madre Tierra que es también subyugada por el modelo dominante de sociedad y economía extractivistas. « Volver a pensar como especie humana », según la propuesta de la ecología política impulsada por Víctor Toledo y una importante red de científicos en el mundo (La ecología política llegó para quedarse) es un paso clave para recuperar el rumbo como humanidad habitando la Casa Común que nos ha sido dada por el Dador de la Vida.
Los mártires verdes, las madres buscadoras y los pueblos originarios en rebeldía son algunas de esas voces que han sonado la voz de alarma ante la devastación plantearía que ya nos ha alcanzado. Escuchar sus denuncias es un principio de conversión ética y mística, pero no basta. Es preciso sumarnos a esos procesos de autonomías subjetivas, territoriales y espirituales que llevan a cabo quienes han dicho basta al necropoder.
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Quizás el modo más inspirador para comunidades creyentes de celebrar la Navidad ya cercana es honrando la memoria de Montesinos y todas las voces proféticas de ayer y de hoy.
Preparar los caminos para la llegada del mesías no es, al fin y al cabo, un acto de folclor navideño, sino un cambio de rumbo en nuestros modos de vida con decisiones ético-políticas, prácticas y místicas, como el reciclaje de la basura, la reforestación de los bosques, y la inclusión de los vulnerables en nuestras mesas como gestos de celebración de la vida en medio de las ruinas del mundo presente.
Como ya lo comenté hace algunos años (Tiempo mesiánico y narración para una interpretación teológica de las prácticas narrativas de las víctimas) es urgente y prioritario que abramos paso a los tiempos mesiánicos por medio de nuestros actos de resistencia al necropoder, promoviendo comunidades donde aprendamos a deletrear de nuevo, con imaginación y brío, la humanidad y creaturalidad que nos une, bebiendo todos de la inagotable fuente de la Vida.
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Jobel, 20 de diciembre de 2025
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Nota: Me gustará leer sus comentarios en la sección final de esta página.


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