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  • El clamor de lo (post) humanoAnónimo | Acuarela del monumento a Montesinos | República Dominicana, 2020

    El clamor de lo (post) humano

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

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    En 1511 fray Antón de Montesinos, junto con un puñado de frailes dominicos recién desembarcados en Quisqueya, madre de todas las tierras en lengua taíno, lanzó un grito que aun retumba en la conciencia occidental: “¿Acaso éstos no son hombres?”. Se refería a los habitantes originarios de esa isla caribeña —conocida después como La Española donde se asentaron los estados modernos de Haití y República Dominicana— que habían sido sometidos por soldados españoles en nombre las Coronas de Castilla y Aragón a dura servidumbre y esclavitud. En el sermón del IV Domingo de Adviento del 21 de diciembre de aquel año, con la figura central de Juan el Bautista anunciando la urgencia de preparar los caminos al mesías que llega, fray Antón se convirtió en una voz profética de contrapeso a la naciente colonialidad del poder. Según este concepto del peruano Aníbal Quijano (Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina) es posible explicar desde nuestro tiempo la lógica de poder que llevó a Europa a dominar el mundo moderno, desde el Renacimiento hasta la Ilustración, con sus posteriores avatares del imperialismo norteamericano y ruso que hoy conocemos.

    Más de cinco siglos han pasado. Ahora esa empresa de colonialidad adquiere dimensiones globales en nuestros días con el modelo de capitalismo extractivista que se expande por el mundo, como una hidra de muchas cabezas según la narrativa zapatista surgida en 1994 en el sureste mexicano. Tres décadas después se escucharán nuevos modos de nombrar las resistencias diversas a esa fuerza letal que domina el mundo en el semillero « De pirámides, de historias, de amores y, claro, desamores » que se llevará a cabo en CIDECI-Unitierra a fines de diciembre.

    La pregunta en torno a la humanidad de los pueblos del orbe parece retórica, pero en realidad se hace más acuciante cuando consideramos el panorama de la exclusión de clase, género, pertenencia étnica e identidad cultural que padecen naciones enteras en nuestros días. El derrumbamiento del orden internacional que conocimos en tiempos modernos nos pone a la intemperie. Las fundaciones de ese mundo en común fueron puestas por la Escuela de Salamanca con el Ius Gentium o derecho de gentes en el siglo XVI, con fray Francisco de Vitoria a la cabeza en diálogo con fray Bartolomé de Las Casas desde Chiapas y Guatemala, como lo analizó Enrique Dussel. Fue uno de los ejes del modelo de Cristiandad creado para justificar la expansión de la ciudad terrena a imagen de la Ciudad de Dios bajo la tutela de la Corona española. Posteriormente esa interpretación se fue transformando en un modelo internacionalista, a partir de la Ilustración, con un fundamento racionalista de corte contractual, haciendo del derecho internacional un pacto entre estados soberanos, sin fundamento último en un orden metafísico que tuviese en Dios su sustento (Derecho de gentes antiguo y contemporáneo).

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    Más allá de las discusiones teóricas sobre el paso del modelo salmantino al germánico del derecho entre naciones, lo que importa resaltar aquí son las contradicciones internas del pacto social moderno que se derrumba ante nuestros ojos. En nuestros días asistimos al retorno de regímenes autoritarios basados en fundamentalismos religiosos con pretensiones mesiánicas (The United States is a messianic state), como es el caso del imperialismo estadounidense y el sionismo israelí. ¿En nombre de qué principio o fuente ético-política las potencias de hoy justifican sus dispositivos de dominación, neocolonialismo y eliminación de pueblos enteros? ¿Qué límites tiene el poderío desplegado por ese desbocado nuevo “orden” geopolítico?

    Pero es preciso ir más allá del escenario catastrófico hasta aquí descrito para reconocer el papel de los pueblos y de las tradiciones espirituales de la humanidad en el fortalecimiento de la vida en común entre las naciones. ¿Cómo comprender y promover hoy las autonomías de personas, pueblos y territorios a fin de preservar lo humano ante las amenazas del sistema que nos domina ya, abarcando tanto los territorios tradicionales como los digitales?

    En este contexto, el sermón de Montesinos adquiere una relevancia notable ya que expande la cuestión del mutuo reconocimiento de lo humano y creatural a todas las víctimas de la violencia sistémica que lleva a la humanidad y al planeta entero al despeñadero (Tratados internacionales sobre biodiversidad (SCJN)). ¿Acaso las naciones y las especies que pueblan la faz de la Tierra no son creaturas con derechos? En el mundo de lo post-humano como se dice hoy, es primordial elaborar un pensamiento crítico que afirme la dignidad de cada creatura del cosmos en su dignidad profunda ligada al misterio amoroso de lo real.

    Ya no se trata solamente de reafirmar la fuerza histórica de los pueblos originarios enfrentando la colonialidad eurocéntrica de hace quinientos años, sino de los pueblos subalternos que son desechables en la economía de guerra planetaria de la Era Trump, como comenta Leonardo Boff. América Latina y el Caribe, como lo vemos en la invasión estadounidense de las aguas internacionales del Mar Caribe, son ya espacio de guerra desplegada por el Comando Sur de ese estado vecino. Por desgracia, pronto veremos los alcances de este nuevo modelo de intervencionismo imperial por medio de la ocupación selectiva de territorios, el control de gobiernos locales afines a los intereses del poder del necroestado, y los ataques quirúrgicos contra los “enemigos” de la seguridad nacional de los Estados Unidos.

    Tampoco es suficiente el clamor por la dignidad de la humanidad si está disociado del clamor de la Tierra, “la más pobre entre los pobres” como la llamó también Leonardo Boff. Aquella “escalada a los extremos” pensada por Girard en 2007 a partir del fenómeno del terrorismo parece hoy juego de niños antes las guerras actuales que tienen por objetivo el dominio craso sobre pueblos enteros para control de sus territorios como objetos de enriquecimiento depredador de los ecosistemas.

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    Por esta razón es urgente más nunca reconocer a los nuevos Montesinos que con su clamor apelan a la común humanidad que nos hermana como personas y pueblos, con su fuente mística que da fuerza y abre horizontes de vida para todos, a fin de revertir esos procesos de necropoder que cobran cada día más víctimas.

    Pero hoy es urgente ir más allá del paradigma  antropocéntrico, transitando hacia uno « ecocéntrico » (Antropocentrismo y ecocentrismo en la jurisprudencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos) que promueva la dignidad de la Madre Tierra que es también subyugada por el modelo dominante de sociedad y economía extractivistas. « Volver a pensar como especie humana », según la propuesta de la ecología política impulsada por Víctor Toledo y una importante red de científicos en el mundo (La ecología política llegó para quedarse) es un paso clave para recuperar el rumbo como humanidad habitando la Casa Común que nos ha sido dada por el Dador de la Vida.

    Los mártires verdes, las madres buscadoras y los pueblos originarios en rebeldía son algunas de esas voces que han sonado la voz de alarma ante la devastación plantearía que ya nos ha alcanzado. Escuchar sus denuncias es un principio de conversión ética y mística, pero no basta. Es preciso sumarnos a esos procesos de autonomías subjetivas, territoriales y espirituales que llevan a cabo quienes han dicho basta al necropoder.

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    Quizás el modo más inspirador para comunidades creyentes de celebrar la Navidad ya cercana es honrando la memoria de Montesinos y todas las voces proféticas de ayer y de hoy.

    Preparar los caminos para la llegada del mesías no es, al fin y al cabo, un acto de folclor navideño, sino un cambio de rumbo en nuestros modos de vida con decisiones ético-políticas, prácticas y místicas, como el reciclaje de la basura, la reforestación de los bosques, y la inclusión de los vulnerables en nuestras mesas como gestos de celebración de la vida en medio de las ruinas del mundo presente.

    Como ya lo comenté hace algunos años (Tiempo mesiánico y narración para una interpretación teológica de las prácticas narrativas de las víctimas) es urgente y prioritario que abramos paso a los tiempos mesiánicos por medio de nuestros actos de resistencia al necropoder, promoviendo comunidades donde aprendamos a deletrear de nuevo, con imaginación y brío, la humanidad y creaturalidad que nos une, bebiendo todos de la inagotable fuente de la Vida.

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    Jobel, 20 de diciembre de 2025

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    Nota: Me gustará leer sus comentarios en la sección final de esta página.

  • Noticias de WallmapuGabriel Pozo Menares | Calendario Mapuche | Wallmapu, 2011

    Noticias de Wallmapu

    Por Carlos Mendoza Álvarez

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    La luz del atardecer llega a Tirúa, en tierras mapuche, mientras Carlos, mi anfitrión jesuita que ha estado aquí más de quince años (HistoriActiva comunidad jesuita de Tirúa), conduce por el camino de terracería para visitar a sus amigos que le han abierto las puertas de su casa para compartir la vida en el territorio desde hace años. Llegamos y nos recibe la hija mayor junto con sus gatos y perros. Interrumpe por un momento las tareas que prepara en su último semestre de preparatoria, ya que luego de graduarse planea inscribirse en la universidad para estudiar pedagogía. La vida transcurre de manera simple entre las familia que aquí habitan. El papá pasó el día cultivando papas y después dedicó la tarde a poner el piso de un cuarto nuevo de la casa. Nos ofrecen mate como ritual para acompañar la conversación. Antes de irnos los amigos intercambian comida para las aves y hacen planes para reciclar una vieja puerta de madera que será instalada en un centro de eco-espiritualidad en ciernes.

    Wallmapu (Declaración Departamento de Historia sobre el término Wallmapu) es el término que hace referencia a las tierras ancestrales del pueblo mapuche (El Mundo Indígena 2025: Chile). Hoy son dominadas por la industria forestal que contaminó el territorio con especies invasoras como el eucalipto y el pino para producir celulosa a escala masiva para exportarla al mercado mundial del embalaje.

    El pueblo mapuche hoy está dividido entre la frenética integración al mundo moderno del consumo por un lado y, por otro, la defensa del territorio, la lengua y la medicina tradicional con el liderazgo de las mujeres Machi, sanadoras y ancestras espirituales.

    De ambos lados de la cordillera, dividido entre Chile y Argentina, el pueblo mapuche lucha por su sobrevivencia territorial y cultural, ante la avasalladora inercia del mundo moderno (Chile: La resistencia al modelo forestal en el Wallmapu, territorio Mapuche). Para las comunidades asimiladas al modelo moderno de hoy parece mejor comer comida procesada que algas y mariscos como hacían los antiguos; o bien, tomar Coca Cola en lugar de infusiones de hierbas porque da mayor estatus; prefieren ser cristianos evangélicos o católico-romanos que seguir la espiritualidad y la lengua de los ancestros. Al fin y al cabo se trata de un asunto de « integración » al mundo moderno, aunque sea al precio de la asimilación cultural y la depredación ambiental que, en su trasfondo simbólico, es violencia contra los ancestros y contra la madre Tierra.

    Redes de la sociedad civil tales como “Iglesias y Minería”, o las iniciativas de diálogo intercultural sobre astronomía ancestral y moderna que impulsan algunas universidades de la región, son intentos modestos para acompañar a un pueblo desgarrado por las contradicciones internas entre modernidad y tradición.

    Quizás la eco-espiritualidad esté siendo una « articulación », entre otras de corte más social y político, que permita esos cruces. Carlos me contaba la anécdota de una abuela que, asistiendo a un taller de medicina tradicional y eco-espiritualidad, decía no entender nada de los cruces de los tres cuerpos (personal, comunitario y territorial) que presentaba el taller, porque ella se había quedado pensando durante todo el encuentro sobre lo que significaba esa palabra rara que estaba escrita en la invitación : « articulación ». Un término que la abuela tuvo rondando en su cabeza todo el tiempo hasta que por fin intuyó que seguramente hacía referencia a las articulaciones de los huesos, cuando sentía en su cuerpo que algo estaba descuadrado, le impedía la movilidad y provocaba dolor. De modo que ella concluyó que el taller era  un camino para curar sus articulaciones. ¡Y en el fondo ese era el objetivo del taller! Aquella abuela lo había seguido a su modo propio, aunque estuviera ausente del resto de las charlas.

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    Antes de llegar a tierras mapuches pude conversar con personas de universidad en dos foros en Santiago de Chile. El primero sobre la obra de Gustavo Gutiérrez, uno de los padres de la teología de la liberación, con ocasión del primer aniversario de su fallecimiento (Congreso Internacional Gustavo Gutiérrez). En un formato académico tradicional con conferencias magistrales y ponencias, a lo largo de un par de días fue emergiendo una conciencia más clara entre los asistentes sobre la importancia del estilo latinoamericano para hablar de Dios, íntimamente conectado con la experiencia de los pobres y oprimidos. Una sabiduría que ya forma parte de la manera como algunas comunidades cristianas católico-romanas y protestantes comprenden su fe en un Dios liberador y promueven el papel transformador de las víctimas en sus propios procesos de liberación para dejar atrás tierras de esclavitud y emprender caminos de vida nueva.

    Pero también comenzamos a ver, no sin la sorpresa de algunos asistentes, que es preciso abrir el corazón y la mirada a otras exclusiones, como aquellas que viven las mujeres, las personas queer/cuir, los migrantes indocumentados, los familiares de personas desaparecidas, los pueblos afrodiaspóricos y los pueblos originarios, por mencionar a quienes representan las resistencias de hoy a la violencia que nos aqueja de muchos modos, teniendo en el corazón hoy al pueblo palestino enfrentando el genocidio perpetrado por el gobierno israelí y sus cómplices.

    Durante el coloquio surgieron algunas iniciativas para mantener viva la memoria de la obra del gran teólogo peruano, a través del trabajo de los archivos que resguardan las grabaciones de los cursos de verano que Gutiérrez ofreció en Lima por varios años, un valioso material que mostrará otro ángulo del pensamiento del autor. Asimismo, algunos nos propusimos investigar las relaciones del pensamiento de Gustavo con la obra de Aníbal Quijano, compatriota suyo, quien representa una de las fuentes de mayor importancia en el pensamiento decolonial de nuestros días, junto con Frantz Fanon. La confluencia de ambos pensamientos, junto con la teología de la liberación negra, feminista, queer/cuir y palestina, nos dará un marco teórico más pertinente para comprender la interseccionalidad de las violencias y de las resistencias en curso a fin de crear otros modos de vida, gobernanza y espiritualidad que animen a comunidades ubicadas en las fracturas de la humanidad.

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    El otro encuentro, realizado con colegas de la Sociedad Chilena de Teología (UCSC fue sede de Jornada Anual de la Sociedad Chilena de Teología), fue la ocasión para pensar juntos los posibles caminos de la esperanza de las comunidades que enfrentan la violencia sistémica.

    Mi contribución en esa jornada anual puso en la mesa la cuestión de pensar la esperanza con un talante de « decolonialidad combativa », como la digna rabia que practican las comunidades zapatistas, o la indignación de las mujeres que enfrentan un abuso sexual o espiritual en sus respectivas religiones. Porque se trata, desde mi punto de vista, de desmantelar una visión de la esperanza como huida del mundo a la espera de una consolación en el más allá de la vida eterna.

    Más bien se trata de descubrir y fortalecer la esperanza que « insurge » en las fracturas de la humanidad. Ahí donde las personas sobrevivientes reman a contracorriente de la historia de  la opresión y el privilegio, habitando el mundo con prácticas de cuidado mutuo, en la pedagogía del acuerpamiento y la sanación colectiva con memoria, verdad y justicia, como lo exploramos en el pasado encuentro Re-existe 2025.

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    El cielo de Wallmapu, con la luna creciente brillando con intensidad, es hoy una metáfora viva de la esperanza que nos arropa cuando escuchamos los latidos de las tierras y los astros del Sur.

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    Tirúa, 25 de octubre de 2025

  • Voces del extremo sur de ÁfricaJane Tully Heath, Still Life. Galería Nacional de Sudáfrica, 1998

    Voces del extremo sur de África

    Por Carlos Mendoza Álvarez

     

    Nora es una mujer migrante venida de eSuatini, el antiguo reino de Suazilandia que fuera protectorado británico hasta 1968 para la explotación “legalizada” de minerales, convirtiéndose luego en un reino postcolonial. Ella tuvo que huir de su país de origen por haber dejado a su marido que la humillaba. Debido a la tradición del pueblo suasi, una vez que se separó su familia la abandonó a su suerte y no podrá volver a casarse si ella quiere un día volver a su tierra; su única opción sería regresar con su marido y pedirle perdón. Nora representa a cientos de miles de personas refugiadas en Sudáfrica que huyen de muchas violencias, en su caso no se trata de la guerra, ni de la hambruna, sino de lo que aquí llaman “violencia doméstica”. En nuestra conversación, breve pero intensa, le comenté algo que aprendí del poeta y músico afro-estadunidense Mykki Blanco (Queer black french dance empowerment feat. poetry by Mykki Blanco) sobre cómo las comunidades queer viven la vulnerabilidad con dignidad y esperanza, comenzando cada día cantando: “Soy fuerte porque no tengo opción, pero soy frágil”. Nora llora desconsolada pues, además del dolor por haber perdido a su bebé hace pocos meses, su pesar es aún más hondo porque no ha podido enterrarla en su tierra, como es la costumbre del pueblo suasi. En medio de nuestra conversación comparto un poco de pan con ella y agradece sollozando. Le digo que lo tome en nombre del pueblo de México que también sabe de esas y otras violencias. Y me despido con un abrazo diciéndole que algo bueno saldrá de esa herida abierta en su corazón, sobre todo si se abre a las heridas de otras mujeres, quienes desde hace miles de años han tejido redes de cuidado mutuo.

    Una historia diferente en el mundo de hoy venida de personas refugiadas que, en las sombras de las sombras de las sombras, reinventan sus vidas.

     

     

    Durante esa misma visita al reino suasi que es gobernado por un rey con muchas esposas y numerosos hijos, persiste una costumbre que me dejó sin palabras. Las mujeres deben servir la comida arrodillándose frente a sus maridos al servir la mesa. Una mujer de edad madura que encontré en un momento de ágape, líder espiritual en la comunidad que nos recibió, nos contaba que a veces ella misma tiene que jugar ese papel cuando visita a la familia de su esposo, pues si traicionara esa costumbre, tal hecho sería percibido como desprecio y la excluiría de la familia. Durante nuestra conversación noté que otra mujer más joven guardó silencio, sonriendo escéptica, pero sin chistar una palabra. Y luego otro comensal comentó que existe un movimiento social en la nación suasi que busca transitar a una república, para superar esas y otras costumbres que denigran a las personas, pero ha padecido represión. En esa misma mesa percibí tres miradas diversas sobre las tradiciones domésticas. Miradas que son también políticas y espirituales. Cada cual sobrevive como puede y ahí algunas resistencias persisten sin cambiar el patriarcado milenario, mientras que otras resisten superando el miedo y soñando otros “mundos posibles”. Pienso entonces en nuestra América y sus resistencias de ayer y hoy.

    Al día siguiente, a la hora de presentar mi ponencia sobre sanación colectiva y esperanza posible en tiempos de catástrofe, dirigida a una audiencia grande y diversa, llevaba en mi mente y corazón las historias escuchadas en la víspera. Pero, con el fin de no hacer juicios sobre una realidad que desconozco, y que solo capté en algunos chispazos, mencioné la importancia de la escucha de quienes hoy viven en las sombras para descubrir su potencia, pasando de ser víctimas a ser sobrevivientes, como un criterio principal para una sanación colectiva.

    El silencio que percibía en el auditorio para nombrar en público esas violencias me revelaba algo de miedo, tal vez prudencia y sabiduría milenaria para resistir, pero creando rutas de libertad en lo secreto. Los comentarios en público fueron generales. Luego, en privado, algunos asistentes me hicieron notar que el pueblo suasi sabe lo que enfrenta y lo que quiere para su nación. Otros se acercaron al final a contar alguna historia personal de agravio por motivos de discriminación sexual, como micro historias de vulnerabilidad y resistencia.

    Alunas semillas de esperanza sembradas en un pequeño reino del extremo sur de África.

     

     

    Tras un mes de estancia en Sudáfrica y eSuatini, visitando seis ciudades de ambos países, fui descubriendo poco a poco otro rostro de madre África. Muchos años antes había visitado países del norte del continente, con otro perfil demográfico y retos sociales más ligados a la violencia religiosa que interétnica. Hace un par de años en Kenia conocí por primera vez a personas africanas negras con la memoria viva del fardo de la esclavitud moderna creada por las metrópolis coloniales europeas que levantaron imperios acaudalados y poderosos a partir de genocidios y despojos culturales, como el realizado por el imperio belga en el Congo.

    Pero esos pueblos subyugados lucharon por liberarse en el siglo XX  hasta lograr independencia política, pero no autonomía de la colonialidad del poder-saber-ser que analizara el gran peruano Aníbal Quijano (Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina). Por desgracia muchos estados post-coloniales siguen sometidos, como en el resto del países del Sur global, al colonialismo económico de las potencias en turno en su forma de capitalismo extractivista.

    De esta manera, en el extremo sur del continente africano, escuchando y conversando con grupos heterogéneos de gente de diversas edades, conformado por gente negra, blanca y “de color” – como le llaman aquí a lo que nosotros en México llamamos mestizos y que son en estas tierras una minoría-, llevo en mis notas de viaje muchas historias para seguir contando. Son pueblos que padecen aun el flagelo de la segregación, aun después de su independencia. En Sudáfrica, por ejemplo, las comunidades que visité están conscientes del reto que significa transitar del proceso que destronó el apartheid para lograr un día ser naciones de coexistencia con un Estado independiente y plural.

    La migración interna hoy dentro del subcontinente es masiva, producida por guerras, hambruna y represión social, ideológica o religiosa, sin dejar de mencionar la violencia de género contra personas queer, pues sus vidas siguen criminalizas. Como lo recordaba hace unos años Achille Mbembe en Colonia (Bodies and Borders) al hablar de desglobalización, el reto de la africanización del mundo radica, entre otros factores, en acompañar a la población más joven del planeta a transitar a sociedades democráticas, justas e igualitarias.

    A mi parecer, uno de los retos de largo alcance que nos regala madre África hoy radica en explorar caminos nuevos para unir la tradición espiritual de los ancestros y la sabiduría Ubuntu como plantea el profesor Jacob Mokhutso (Ubuntu is under siege: a reflection on the challenges of South Africa then and now) con el mundo occidental predominante. Se trata de crear otras modernidades que den cabida a una ecología de saberes, según aquella clásica expresión decolonial de Boaventura de Sousa Santos. En el humus de esas resistencias surgirán nuevas formas de cristianismo y de islam, de judaísmo e hinduismo, de religiones ancestrales y espiritualidades queer, más allá de sus avatares ideológicos de hoy que producen la aniquilación del otro diferente, como el sionismo que comentamos anteriormente.

     

     

    Siguiendo una ruta similar, en agosto próximo las comunidades zapatistas (Convocatoria al encuentro de resistencias y rebeldías “Algunas partes del todo”) de Chiapas, en el sureste mexicano, nos convocan para contarnos mutuamente historias de rebeldía ante el sistema-mundo hegemónico que se resquebraja. Pero sobre todo para pensar juntos cómo construir la pirámide de las resistencias que tienen terruño, corazón, digna rabia e imaginación de nuevos katunes o temporalidad cósmica del mundo maya.

    Allá encontraré sin duda un momento desafiante para seguir “tejiendo voces por la casa común”, como lo soñábamos con Pablo Reyna, inspirados por el pensamiento vibrante de Gustavo Esteva (Tejiendo voces). Desde entonces comenzamos a explorar el proceso de decolonización de la universidad, gracias a la acción que promoviera en esos años David Fernández en la Universidad Iberoamericana Ciudad de México.

    Y en septiembre próximo les contaré otras historias surgidas de un encuentro intercultural e interreligioso que se realizará en Guadalajara, preparado esta vez por un grupo de colegas de África, Asia, Europa y nuestra América que caminamos con colectivas en resistencia y esperanza en medio de contextos de violencia sistémica contra mujeres, personas en migración forzada, familiares de personas desaparecidas y pueblos originarios en defensa de la madre Tierra. El nombre del evento, “Re-existe: el Espíritu conectando periferias”, sintetiza nuestro modo de contribuir a sembrar semillas y cosechar frutos de resistencia que se han nutrido de un potente fondo espiritual y político como espiritualidades de los pueblos.

    Al concluir esta serie del periplo sudafricano, vuelvo a decir gracias, madre África, por seguir pariendo mundos nuevos.

     

    Ciudad de México, 19 de julio de 2025

     

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