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  • Tejiendo una teología política para tiempos de Gran catástrofe Algunos avances del libro colectivo en proceso editorial neoyorkinoAntún Kojtom Lam | Mural Ch'ulel | Teatro de la Ciudad, San Cristóbal de Las Casas 2012 | Foto: Carlos Mendoza

    Tejiendo una teología política para tiempos de Gran catástrofe Algunos avances del libro colectivo en proceso editorial neoyorkino

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    La famosa autora canadiense Naomi Klein acaba de publicar, junto con Astra Taylor, un provocador libro sobre el fascismo del fin de los tiempos. Tan sólo en la Introducción de la obra -que se anuncia será un “best seller” en la anglósfera- las autoras plantean con realismo periodístico los hilos del fascismo como expresión del capitalismo de las minorías atrapadas en su propia contradicción: por un lado, ávidas de siempre mayor riqueza, por el otro, amenazadas por mayorías que tejen protestas en las calles en escenarios distópicos cada vez más recurrentes.

    Mi amigo Pablo Reyna me hizo llegar desde Colombia el libro con un escueto mensaje que leí como una provocación para entretejer con las autoras una lectura alternativa del fondo teológico en juego, que a mi juicio se encuentra en el papel movilizador de las espiritualidades de las resistencias. Ciertamente las pensadoras vislumbran en la vuelta al lugar o “hereness” la llave para recuperar la visión de una humanidad que cuida de la vida en el aquí y el ahora, a contrapelo de la historia hegemónica. Por lo que alcanzo a ver hasta ahora ellas no navegan el gran caudal de las prácticas y el pensamiento descoloniales del Sur epistémico que hemos descrito en nuestro trabajo desde hace varios años.

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    Tal es el tema central del libro que actualmente se encuentra en proceso editorial en la prestigiosa casa editorial Orbis Books de Nueva York que, desde hace seis décadas, presentó al público de habla inglesa las obras fundantes de la teología de la liberación, publicando a sus principales autores como Gustavo Gutiérrez, Jon Sobrino, Leonardo Boff y sus lectores creativos en el contexto estadounidense y de otras latitudes como Sudáfrica, Corea y Palestina.

    Se trata de una obra colectiva como fruto de los coloquios que organicé durante cinco años en el Boston College, cobijados por la iniciativa “Más allá de la violencia global” que propuse como plataforma de investigación personal en mi calidad de “senior professor” en aquella institución. Desde ahí pude invitar a colegas de Brasil, México, Inglaterra, España, Japón, Puerto Rico y los Estados Unidos para participar en diversos conversatorios sobre el pensamiento social, filosófico y teológico en ciernes tras el colapso del sueño moderno. En mi investigación previa realizada en México, Suiza, Francia y Brasil, había ido conectando el análisis de la fenomenología de la modernidad tardía con la teoría mimética de René Girard para explorar subjetividad colapsada por el sueño del ego tecnocientífico. Pero faltaba incluir el análisis decolonial inspirado en Frantz Fanon y Aníbal Quijano que proseguía la ruta del pensamiento latinoamericano de la liberación, incorporando nuevas categorías teóricas y prácticas para pensar la “colonialidad” como un proceso moderno de cinco siglos de extractivismo del trabajo, los saberes y las formas de vida de los pueblos sometidos.

    Surgió así la pregunta por la suplantación de lo divino que promovió la modernidad por medio del endiosamiento de la razón, la técnica, el mercado, el patriarcado y la voluntad de dominio, por mencionar solamente algunos de los dispositivos de control implementados por la racionalidad occidental tecnocientífica. De ahí la necesidad de postular “el hontanar apofático” de lo político, apelando a “la nada” como aquello que tenemos en común, según la feliz expresión de Matthew Kruger del “nothing in common”, en el “más acá” de nuestras identidades de clase social, raza, género, religión y cultura.

    De esta manera, gracias a estos conversatorios pudimos acceder al manantial de las resistencias y re-existencias donde fluye la teología política descolonial para tiempos de gran catástrofe. Así surgió la idea de un libro colectivo que recogiera las intuiciones y los relatos por los que fuimos discurriendo a lo largo de un lustro en tierras de los Massachussets.

    Cuando le conté a Neto Valiente, querido colega salvadoreño de la Escuela de Teología y Ministerios del Boston College, sobre la teología política descolonial que se iba cocinando -yendo más lejos que la teología de la liberación de primera generación que él admira y conoce a fondo- aquella que surge del encuentro entre fenomenología, teoría mimética, filosofía apofática y pensamiento decolonial, se quedó mirándome incrédulo. Y preguntó: “¿y quién ha escrito sobre eso?” Solamente le respondí: “nadie hasta ahora, pero nosotros lo vamos a hacer”.

    Laurel, Sole, Matthew, Valentina, Maddie, Francis, Juan Miguel, Martín y Amirah -entre muchos otros maestrandos y doctorandas- que seguían mis cursos de posgrado sobre teologías de la liberación, descolonial y queer en el Boston College fueron testigos de cómo se iban tejiendo esos hilos aparentemente tan disímbolos en un telar discursivo con la trama de la vulnerabilidad-convivencialidad-esperanza combativa como relectura de la colonialidad del poder-saber-ser que analizábamos en las clases y profundizábamos durante las tertulias en casa de Mingo y Valentina con la espléndida hospitalidad chilena, donde la comensalidad hacía fluir mejor las ideas y la amistad.

    Los colegas que invitaba a cada coloquio sobre una de esas fuentes teóricas que mencioné arriba aceptaban participar con gusto, pero cuando les hablaba yo de la correlación entre esos enfoques muchos manifestaron su escepticismo, mientras que otros asintieron con curiosidad. Y así nació el libro que propuse a la editorial neoyorkina cuando uno de sus editores me invitó a publicar alguna obra de mi autoría en una charla durante la convención de la Sociedad Teológica Católica de los Estados Unidos (CTSA por sus siglas en inglés) de junio de 2024 en Baltimore. Le comenté que tenía una mejor idea: proponer un manuscrito colectivo sobre teología política en tiempos de incertidumbre global. Y aceptó curioso la propuesta que le envié, luego de consultar con las y los colegas que habían participado en los coloquios bostonianos si se animaban a poner por escrito lo compartido en persona.

    En ese momento estábamos entrando en la Gran Catástrofe donde hoy nos encontramos entrampados. Así, la obra colectiva iría tomando forma como relato colectivo de esperanza en medio de los escombros del genocidio en Gaza, de las fosas clandestinas de México, en las grietas de las diásporas palestina y afrobrasileña, y desde los centros de detención de personas indocumentadas en Estados Unidos, entre otros no-lugares donde, de manera paradójica, surge “lo político” como resistencia al necropoder.

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    El libro lleva por título “El poder y la potencia”, una glosa a la importante obra del filósofo italiano Giorgio Agamben “El poder y la Gloria”, donde discurre sobre la suplantación de lo divino (la Gloria) por la economía y la política moderna (el poder). Nosotros queremos acercarnos a la Gloria divina, siempre inefable y no manipulable, desde las periferias del mundo hegemónico, en específico, desde la “potencia” de los pobres y excluidos como señalaron Jean Robert y Majid Rahmena, o de “los condenados de la tierra” en palabras de Frantz Fanon.

    El subtítulo “Teología política en tiempos de Gran catástrofe” es revelador de la tesis principal que recorre cada capítulo, a saber, que es posible una vivencia y pensamiento de la esperanza al vivir “lo político” desde su reverso y con imaginación escatológica, en su fuente mesiánica y en medio de los escombros de la Nakba, como lo hace hoy el pueblo palestino. Pero ahora es preciso hacerlo a escala global de Gran catástrofe, como propone en su reflexión en este libro el pensador puertorriqueño Nelson Maldonado-Torres. Los zapatistas en el sureste mexicano nombran “el común” a su modo de vivir y pensar lo político, recuperando así su tradición ancestral maya del territorio que, además de las tierras comunales, no pertenece a nadie en privado, sino que es de la comunidad.

    Las cuatro secciones del libro las presento en la Introducción a mi cargo. Ellas dan razón de los cruces de dos ejes: el fenomenológico-antropológico y el deacolonial-apofático. La primera sección parte de los escombros de Gaza con las reflexiones de Viola Raheb, filósofa palestina de la diáspora, acompañada de un planteamiento de teología política decolonial propuesto por Nicolás Panotto desde Chile y Argentina, analizando el sionismo evangélico como dispositivo de la colonialidad del poder. La segunda sección entreteje el hilo antropológico a partir de la teoría mimética aplicada al contexto sacrificial del militarismo israelí por Silvana Rabinovich, y sus efectos en la era Trump analizada con mirada aguda por James Alison para rastrear la “catolicidad” posible en tiempos de catástrofe; con un capítulo de tono místico propuesto por Brian Robinette buscando el fondo de “la vida escondida en Dios” en medio de la polarización extrema de las sociedades contemporáneas como la estadounidense.

    La tercera sección es una polifonía de voces descoloniales venidas de Puerto Rico, México, Martinica y Brasil. Nelson Maldonado-Torres abre con una invitación a pensar la colonialidad del tecnofascismo como Gran catástrofe, teniendo a Palestina como epicentro; Donovan Hernández desde México propone una “crítica de la razón de guerra” como leitmotiv de la colonialidad; Andrew Prevot, joven teólogo afroestadounidense de la nueva generación, rescata la obra del poeta martiniqués Édourd Glissant como provocación para pensar lo político; Cleusa Caldeira profundiza su propuesta del “teoquilombismo” como descolonización del pensamiento y la praxis que surge desde las subjetividades afrodiaspóricas en Brasil; Aída Hernández, quien invitó como coautora a su colega Gabriela Juárez, propone una lectura de lo político desde el acompañamiento a las Madres Buscadoras en México para explorar una espiritualidad encarnada en medio de las fosas clandestinas; y, finalmente, Ángel Méndez-Montoya, coreógrafo y teólogo “cuir” mexicano, reflexiona sobre la mesa queer como provocación teológica para pensar lo político como “el común” que insurge desde las subjetividades de las disidencias sexo-genéricas.

    Y para abrir el pensamiento crítico hacia su fondo pre-lingüístico, la cuarta sección explora el hontanar de la vida y del pensamiento. Raquel Bouso desde Barcelona hace un recuento de la filosofía de la nada desde Maestro Eckhart hasta la Escuela de Kioto, con sus implicaciones para pensar lo político. Y Matthew Kruger, joven pensador estadounidense, se asoma al pensamiento abismal de la Nada como hontanar de lo político que nos previene de idolatrías antiguas y nuevas en contextos políticos que manipulan la divinidad como ideologías identitarias.

    El prólogo a cargo de Mark Lewis Taylor, reconocido profesor emérito de Princeton, anuncia la urgente deconstrucción de lo sagrado violento en tiempos de Nakba, a partir de las reflexiones del poeta Darwish y del pensador camerunés Achille Mbembe, para enfrentar la poética de la desesperación a partir de las resistencias diversas, como el Sumud palestino.

    Y el Epílogo de M. Shawn Copeland, profesora emérita del Boston College y reconocida autora de teología negra feminista en los Estados Unidos, nos convoca a “la praxis de humanidad” para vivir en medio de los escombros con esperanza.

    El lanzamiento del libro está previsto para febrero de 2027, pero ya desde ahora se puede adquirir en pre-venta en el portal de Orbis Books. Más adelante les contaré sobre las presentaciones virtuales y presenciales que iremos organizando, junto con mis colegas editores y autores, de este gran volumen colectivo que quiere contribuir así, de manera colegiada y crítica, a pensar la esperanza posible en tiempos de colapso civilizatorio.

    Jobel, 19 de septiembre de 2026

  • El clamor de lo (post) humanoAnónimo | Acuarela del monumento a Montesinos | República Dominicana, 2020

    El clamor de lo (post) humano

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

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    En 1511 fray Antón de Montesinos, junto con un puñado de frailes dominicos recién desembarcados en Quisqueya, madre de todas las tierras en lengua taíno, lanzó un grito que aun retumba en la conciencia occidental: “¿Acaso éstos no son hombres?”. Se refería a los habitantes originarios de esa isla caribeña —conocida después como La Española donde se asentaron los estados modernos de Haití y República Dominicana— que habían sido sometidos por soldados españoles en nombre las Coronas de Castilla y Aragón a dura servidumbre y esclavitud. En el sermón del IV Domingo de Adviento del 21 de diciembre de aquel año, con la figura central de Juan el Bautista anunciando la urgencia de preparar los caminos al mesías que llega, fray Antón se convirtió en una voz profética de contrapeso a la naciente colonialidad del poder. Según este concepto del peruano Aníbal Quijano (Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina) es posible explicar desde nuestro tiempo la lógica de poder que llevó a Europa a dominar el mundo moderno, desde el Renacimiento hasta la Ilustración, con sus posteriores avatares del imperialismo norteamericano y ruso que hoy conocemos.

    Más de cinco siglos han pasado. Ahora esa empresa de colonialidad adquiere dimensiones globales en nuestros días con el modelo de capitalismo extractivista que se expande por el mundo, como una hidra de muchas cabezas según la narrativa zapatista surgida en 1994 en el sureste mexicano. Tres décadas después se escucharán nuevos modos de nombrar las resistencias diversas a esa fuerza letal que domina el mundo en el semillero « De pirámides, de historias, de amores y, claro, desamores » que se llevará a cabo en CIDECI-Unitierra a fines de diciembre.

    La pregunta en torno a la humanidad de los pueblos del orbe parece retórica, pero en realidad se hace más acuciante cuando consideramos el panorama de la exclusión de clase, género, pertenencia étnica e identidad cultural que padecen naciones enteras en nuestros días. El derrumbamiento del orden internacional que conocimos en tiempos modernos nos pone a la intemperie. Las fundaciones de ese mundo en común fueron puestas por la Escuela de Salamanca con el Ius Gentium o derecho de gentes en el siglo XVI, con fray Francisco de Vitoria a la cabeza en diálogo con fray Bartolomé de Las Casas desde Chiapas y Guatemala, como lo analizó Enrique Dussel. Fue uno de los ejes del modelo de Cristiandad creado para justificar la expansión de la ciudad terrena a imagen de la Ciudad de Dios bajo la tutela de la Corona española. Posteriormente esa interpretación se fue transformando en un modelo internacionalista, a partir de la Ilustración, con un fundamento racionalista de corte contractual, haciendo del derecho internacional un pacto entre estados soberanos, sin fundamento último en un orden metafísico que tuviese en Dios su sustento (Derecho de gentes antiguo y contemporáneo).

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    Más allá de las discusiones teóricas sobre el paso del modelo salmantino al germánico del derecho entre naciones, lo que importa resaltar aquí son las contradicciones internas del pacto social moderno que se derrumba ante nuestros ojos. En nuestros días asistimos al retorno de regímenes autoritarios basados en fundamentalismos religiosos con pretensiones mesiánicas (The United States is a messianic state), como es el caso del imperialismo estadounidense y el sionismo israelí. ¿En nombre de qué principio o fuente ético-política las potencias de hoy justifican sus dispositivos de dominación, neocolonialismo y eliminación de pueblos enteros? ¿Qué límites tiene el poderío desplegado por ese desbocado nuevo “orden” geopolítico?

    Pero es preciso ir más allá del escenario catastrófico hasta aquí descrito para reconocer el papel de los pueblos y de las tradiciones espirituales de la humanidad en el fortalecimiento de la vida en común entre las naciones. ¿Cómo comprender y promover hoy las autonomías de personas, pueblos y territorios a fin de preservar lo humano ante las amenazas del sistema que nos domina ya, abarcando tanto los territorios tradicionales como los digitales?

    En este contexto, el sermón de Montesinos adquiere una relevancia notable ya que expande la cuestión del mutuo reconocimiento de lo humano y creatural a todas las víctimas de la violencia sistémica que lleva a la humanidad y al planeta entero al despeñadero (Tratados internacionales sobre biodiversidad (SCJN)). ¿Acaso las naciones y las especies que pueblan la faz de la Tierra no son creaturas con derechos? En el mundo de lo post-humano como se dice hoy, es primordial elaborar un pensamiento crítico que afirme la dignidad de cada creatura del cosmos en su dignidad profunda ligada al misterio amoroso de lo real.

    Ya no se trata solamente de reafirmar la fuerza histórica de los pueblos originarios enfrentando la colonialidad eurocéntrica de hace quinientos años, sino de los pueblos subalternos que son desechables en la economía de guerra planetaria de la Era Trump, como comenta Leonardo Boff. América Latina y el Caribe, como lo vemos en la invasión estadounidense de las aguas internacionales del Mar Caribe, son ya espacio de guerra desplegada por el Comando Sur de ese estado vecino. Por desgracia, pronto veremos los alcances de este nuevo modelo de intervencionismo imperial por medio de la ocupación selectiva de territorios, el control de gobiernos locales afines a los intereses del poder del necroestado, y los ataques quirúrgicos contra los “enemigos” de la seguridad nacional de los Estados Unidos.

    Tampoco es suficiente el clamor por la dignidad de la humanidad si está disociado del clamor de la Tierra, “la más pobre entre los pobres” como la llamó también Leonardo Boff. Aquella “escalada a los extremos” pensada por Girard en 2007 a partir del fenómeno del terrorismo parece hoy juego de niños antes las guerras actuales que tienen por objetivo el dominio craso sobre pueblos enteros para control de sus territorios como objetos de enriquecimiento depredador de los ecosistemas.

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    Por esta razón es urgente más nunca reconocer a los nuevos Montesinos que con su clamor apelan a la común humanidad que nos hermana como personas y pueblos, con su fuente mística que da fuerza y abre horizontes de vida para todos, a fin de revertir esos procesos de necropoder que cobran cada día más víctimas.

    Pero hoy es urgente ir más allá del paradigma  antropocéntrico, transitando hacia uno « ecocéntrico » (Antropocentrismo y ecocentrismo en la jurisprudencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos) que promueva la dignidad de la Madre Tierra que es también subyugada por el modelo dominante de sociedad y economía extractivistas. « Volver a pensar como especie humana », según la propuesta de la ecología política impulsada por Víctor Toledo y una importante red de científicos en el mundo (La ecología política llegó para quedarse) es un paso clave para recuperar el rumbo como humanidad habitando la Casa Común que nos ha sido dada por el Dador de la Vida.

    Los mártires verdes, las madres buscadoras y los pueblos originarios en rebeldía son algunas de esas voces que han sonado la voz de alarma ante la devastación plantearía que ya nos ha alcanzado. Escuchar sus denuncias es un principio de conversión ética y mística, pero no basta. Es preciso sumarnos a esos procesos de autonomías subjetivas, territoriales y espirituales que llevan a cabo quienes han dicho basta al necropoder.

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    Quizás el modo más inspirador para comunidades creyentes de celebrar la Navidad ya cercana es honrando la memoria de Montesinos y todas las voces proféticas de ayer y de hoy.

    Preparar los caminos para la llegada del mesías no es, al fin y al cabo, un acto de folclor navideño, sino un cambio de rumbo en nuestros modos de vida con decisiones ético-políticas, prácticas y místicas, como el reciclaje de la basura, la reforestación de los bosques, y la inclusión de los vulnerables en nuestras mesas como gestos de celebración de la vida en medio de las ruinas del mundo presente.

    Como ya lo comenté hace algunos años (Tiempo mesiánico y narración para una interpretación teológica de las prácticas narrativas de las víctimas) es urgente y prioritario que abramos paso a los tiempos mesiánicos por medio de nuestros actos de resistencia al necropoder, promoviendo comunidades donde aprendamos a deletrear de nuevo, con imaginación y brío, la humanidad y creaturalidad que nos une, bebiendo todos de la inagotable fuente de la Vida.

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    Jobel, 20 de diciembre de 2025

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    Nota: Me gustará leer sus comentarios en la sección final de esta página.

  • Noticias de WallmapuGabriel Pozo Menares | Calendario Mapuche | Wallmapu, 2011

    Noticias de Wallmapu

    Por Carlos Mendoza Álvarez

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    La luz del atardecer llega a Tirúa, en tierras mapuche, mientras Carlos, mi anfitrión jesuita que ha estado aquí más de quince años (HistoriActiva comunidad jesuita de Tirúa), conduce por el camino de terracería para visitar a sus amigos que le han abierto las puertas de su casa para compartir la vida en el territorio desde hace años. Llegamos y nos recibe la hija mayor junto con sus gatos y perros. Interrumpe por un momento las tareas que prepara en su último semestre de preparatoria, ya que luego de graduarse planea inscribirse en la universidad para estudiar pedagogía. La vida transcurre de manera simple entre las familia que aquí habitan. El papá pasó el día cultivando papas y después dedicó la tarde a poner el piso de un cuarto nuevo de la casa. Nos ofrecen mate como ritual para acompañar la conversación. Antes de irnos los amigos intercambian comida para las aves y hacen planes para reciclar una vieja puerta de madera que será instalada en un centro de eco-espiritualidad en ciernes.

    Wallmapu (Declaración Departamento de Historia sobre el término Wallmapu) es el término que hace referencia a las tierras ancestrales del pueblo mapuche (El Mundo Indígena 2025: Chile). Hoy son dominadas por la industria forestal que contaminó el territorio con especies invasoras como el eucalipto y el pino para producir celulosa a escala masiva para exportarla al mercado mundial del embalaje.

    El pueblo mapuche hoy está dividido entre la frenética integración al mundo moderno del consumo por un lado y, por otro, la defensa del territorio, la lengua y la medicina tradicional con el liderazgo de las mujeres Machi, sanadoras y ancestras espirituales.

    De ambos lados de la cordillera, dividido entre Chile y Argentina, el pueblo mapuche lucha por su sobrevivencia territorial y cultural, ante la avasalladora inercia del mundo moderno (Chile: La resistencia al modelo forestal en el Wallmapu, territorio Mapuche). Para las comunidades asimiladas al modelo moderno de hoy parece mejor comer comida procesada que algas y mariscos como hacían los antiguos; o bien, tomar Coca Cola en lugar de infusiones de hierbas porque da mayor estatus; prefieren ser cristianos evangélicos o católico-romanos que seguir la espiritualidad y la lengua de los ancestros. Al fin y al cabo se trata de un asunto de « integración » al mundo moderno, aunque sea al precio de la asimilación cultural y la depredación ambiental que, en su trasfondo simbólico, es violencia contra los ancestros y contra la madre Tierra.

    Redes de la sociedad civil tales como “Iglesias y Minería”, o las iniciativas de diálogo intercultural sobre astronomía ancestral y moderna que impulsan algunas universidades de la región, son intentos modestos para acompañar a un pueblo desgarrado por las contradicciones internas entre modernidad y tradición.

    Quizás la eco-espiritualidad esté siendo una « articulación », entre otras de corte más social y político, que permita esos cruces. Carlos me contaba la anécdota de una abuela que, asistiendo a un taller de medicina tradicional y eco-espiritualidad, decía no entender nada de los cruces de los tres cuerpos (personal, comunitario y territorial) que presentaba el taller, porque ella se había quedado pensando durante todo el encuentro sobre lo que significaba esa palabra rara que estaba escrita en la invitación : « articulación ». Un término que la abuela tuvo rondando en su cabeza todo el tiempo hasta que por fin intuyó que seguramente hacía referencia a las articulaciones de los huesos, cuando sentía en su cuerpo que algo estaba descuadrado, le impedía la movilidad y provocaba dolor. De modo que ella concluyó que el taller era  un camino para curar sus articulaciones. ¡Y en el fondo ese era el objetivo del taller! Aquella abuela lo había seguido a su modo propio, aunque estuviera ausente del resto de las charlas.

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    Antes de llegar a tierras mapuches pude conversar con personas de universidad en dos foros en Santiago de Chile. El primero sobre la obra de Gustavo Gutiérrez, uno de los padres de la teología de la liberación, con ocasión del primer aniversario de su fallecimiento (Congreso Internacional Gustavo Gutiérrez). En un formato académico tradicional con conferencias magistrales y ponencias, a lo largo de un par de días fue emergiendo una conciencia más clara entre los asistentes sobre la importancia del estilo latinoamericano para hablar de Dios, íntimamente conectado con la experiencia de los pobres y oprimidos. Una sabiduría que ya forma parte de la manera como algunas comunidades cristianas católico-romanas y protestantes comprenden su fe en un Dios liberador y promueven el papel transformador de las víctimas en sus propios procesos de liberación para dejar atrás tierras de esclavitud y emprender caminos de vida nueva.

    Pero también comenzamos a ver, no sin la sorpresa de algunos asistentes, que es preciso abrir el corazón y la mirada a otras exclusiones, como aquellas que viven las mujeres, las personas queer/cuir, los migrantes indocumentados, los familiares de personas desaparecidas, los pueblos afrodiaspóricos y los pueblos originarios, por mencionar a quienes representan las resistencias de hoy a la violencia que nos aqueja de muchos modos, teniendo en el corazón hoy al pueblo palestino enfrentando el genocidio perpetrado por el gobierno israelí y sus cómplices.

    Durante el coloquio surgieron algunas iniciativas para mantener viva la memoria de la obra del gran teólogo peruano, a través del trabajo de los archivos que resguardan las grabaciones de los cursos de verano que Gutiérrez ofreció en Lima por varios años, un valioso material que mostrará otro ángulo del pensamiento del autor. Asimismo, algunos nos propusimos investigar las relaciones del pensamiento de Gustavo con la obra de Aníbal Quijano, compatriota suyo, quien representa una de las fuentes de mayor importancia en el pensamiento decolonial de nuestros días, junto con Frantz Fanon. La confluencia de ambos pensamientos, junto con la teología de la liberación negra, feminista, queer/cuir y palestina, nos dará un marco teórico más pertinente para comprender la interseccionalidad de las violencias y de las resistencias en curso a fin de crear otros modos de vida, gobernanza y espiritualidad que animen a comunidades ubicadas en las fracturas de la humanidad.

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    El otro encuentro, realizado con colegas de la Sociedad Chilena de Teología (UCSC fue sede de Jornada Anual de la Sociedad Chilena de Teología), fue la ocasión para pensar juntos los posibles caminos de la esperanza de las comunidades que enfrentan la violencia sistémica.

    Mi contribución en esa jornada anual puso en la mesa la cuestión de pensar la esperanza con un talante de « decolonialidad combativa », como la digna rabia que practican las comunidades zapatistas, o la indignación de las mujeres que enfrentan un abuso sexual o espiritual en sus respectivas religiones. Porque se trata, desde mi punto de vista, de desmantelar una visión de la esperanza como huida del mundo a la espera de una consolación en el más allá de la vida eterna.

    Más bien se trata de descubrir y fortalecer la esperanza que « insurge » en las fracturas de la humanidad. Ahí donde las personas sobrevivientes reman a contracorriente de la historia de  la opresión y el privilegio, habitando el mundo con prácticas de cuidado mutuo, en la pedagogía del acuerpamiento y la sanación colectiva con memoria, verdad y justicia, como lo exploramos en el pasado encuentro Re-existe 2025.

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    El cielo de Wallmapu, con la luna creciente brillando con intensidad, es hoy una metáfora viva de la esperanza que nos arropa cuando escuchamos los latidos de las tierras y los astros del Sur.

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    Tirúa, 25 de octubre de 2025

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