Autor: mendocinomx

  • Semillero en gestación sobre teologías descoloniales en Cholula Subjetividades, cuerpos y territorios como lugares teológicos de resistenciaAmira Rahim | Cholula | 2017

    Semillero en gestación sobre teologías descoloniales en Cholula Subjetividades, cuerpos y territorios como lugares teológicos de resistencia

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    Durante un almuerzo con Kochurani en Cotonú, la capital de Benín, hace unas semanas con ocasión el Foro Mundial Teología y Liberación pudimos compartir el anhelo común de crear “cosmic homes” donde podamos encontrarnos, arraigados al terruño, para cultivar semilleros de teologías diversas, con un mismo afán de florecer como personas y colectivas en resistencia. Entre Kerala y Cholula se establecía así una incipiente conexión para alumbrar esos hogares, aprendiendo de nuestras historias de vida, donde sea posible escuchar las preguntas lacerantes surgidas de las víctimas-sobrevivientes que acompañamos, a la vez que dejarnos sorprender por su terca esperanza. Lugares donde sea posible compartir también las inspiraciones poéticas y las intuiciones de pensamiento por las que la Divinidad nos deletrea en lenguajes tan diversos como los colores de la tierra.

    Desde hace al menos una década, en mi caso, el sueño de ese terruño había ido tomando forma, gracias a “experiencias madre” donde capté que algo nuevo estaba sucediendo, con frecuencia en tiempos y lugares en apariencia insignificantes, pero donde la fuerza de la Ruah era clara y potente.

    Juan Carlos me contaba con emoción hace años, durante una caminata en Mount Hood -el antiguo Wyeast del pueblo Chinook en tierra de Wuaregan, hoy Oregón- cómo le impactó visitar la casita de Raimon Panikkar en Cataluña, donde el místico y teólogo cristiano-hindú-budista gustaba recibir a sus amistades cercanas. Ubicada a las afueras de un pueblito en la montaña, su hogar era un espacio de hospitalidad para provocar el diálogo entre personas de fes diversas que abrevan de la misma fuente de “misterio cosmoteándrico”, como gustaba describir el gran místico de nuestro tiempo la realidad del mundo entretejido de vida.

    La cabaña de los jesuitas en tierra mapuche, con su capilla de madera adornada con tejidos de lana y una lamparita de aceite, fue otro de esos microcosmos donde el infinito parecía concentrarse bajo un cielo estrellado. Conservo en la memoria ese instante como una llama de hospitalidad sincera y generosa de tres compañeros de camino que habían optado por dejarse habitar por el pueblo de Wallmapu para abrirse así al Dios de la vida que no deja de convocarnos y sorprendernos como fuente de plenitud para todos los pueblos.

    Un “lugar” semejante -con todo el eco illichiano de este sustantivo- buscamos crear un grupo de amigxs en un territorio de Chollollan -o “agua que cae” en náhuatl-, la ciudad habitada más antigua de América que florece cada año con sus árboles frutales de agosto y sus flores de cempaxúchitl de noviembre, a los pies de los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl, cerca de Puebla, mi ciudad natal de origen novohispano.

    A reserva de ser recibidos un tiempo propicio por esa tierra fecunda para plantar allí los árboles que darán cobijo a la cabaña-hogar en los años por venir, realizaremos en marzo del próximo año un semillero sobre teologías descoloniales, con queridxs colegas que hace años fueron mis estudiantes universitarios y ahora son compañerxs de camino en la labor teológica animada por espiritualidades de la vida que resiste y re-existe en las grietas del poder que mata.

    Con Juan Jesús y Juan Carlos he explorado desde hace décadas lo que significa la teología con el sello de los dominicos en tiempos de modernidad tardía. Las preguntas de Juan Jesús sobre los condicionamientos de la subjetividad, sea en su dimensión psicológica o en sus potencias de conocimiento y acción, me ayudaron a comprender el fondo emocional y práctico del pensamiento que nos urge tejer en una sociedad herida por la libido dominandi. Con Juan Carlos aprendí, desde el tiempo que compartimos el studium como labor comunitaria en el Instituto Pedro de Córdoba en Santiago de Chile, a preguntar por la mística que sostiene a las y los defensores de derechos humanos, inspirados por la teología de la liberación en su compromiso con los pobres y las víctimas, pero indagando con honestidad las profundidades y potencia de nuestras propias historias de vulnerabilidad compartida. El camino del mutuo acompañamiento espiritual y teológico nació ahí, al pie de los Andes, como un río con su cauce propio que ha irrigado otros valles en varias latitudes del planeta.

    Cleusa y Pedro Igor, con la fuerza de los saberes afrobrasileños en conversación con las teologías de la liberación, me han enseñado a valorar la memoria de la diáspora africana en nuestro continente, marcada sin duda por el drama de la esclavitud centenaria, pero sobre todo por la fuerza y la belleza de sus pueblos en resistencia a lo largo de cinco siglos. Las nuevas epistemologías de la negritud, las sabidurías de las religiones ancestrales vivas y la potencia de los feminismos afrodiaspóricos son otras tantas maneras de explorar las subjetividades negadas por la modernidad colonial que comencé a explorar en mi tesis doctoral y que ahora descubro con nuevas tonalidades y profundidades gracias a estos amigxs de la diáspora afrobrasileña.

    Con Laurel, Sole, Martín y Francis caminé desde hace seis años en tierra de los Massachussets -llegados a Boston College desde Chile y Ohio- para descubrir la fuerza de las nuevas generaciones de teólogxs sintiendo y pensando desde sus cuerpos, subjetividades y territorios, con sus heridas y sus potencias de experiencia que subvierten la violencia sistémica. Sea con el acento liberador de las comunidades eclesiales de base de El Salvador y Chile, sea con el afán feminista y queer para incorporar esos territorios del género en disputa, sea para pensar lo político desde las márgenes del imperio en tiempos de escalada del tecno-fascismo. Nuevas voces de la teología feminista, de la liberación y descolonial que nutren hoy de manera asombrosa mi vida y pensamiento.

    En marzo próximo viviremos la emoción de volver a encontrarnos, como lo hicimos hace un año en Río de Janeiro en torno a lo que juntxs hemos ido aprendiendo, para seguir “conspirando” como decía Ivan Illich y gusta pensar Javier Sicilia, es decir, compartiendo las provocaciones de la Ruah divina que nos anima, interpela, seduce y alienta a “dar razón de nuestra esperanza a quien nos lo pida”, según la visión del autor bíblico en 1 Pe 3:15. Dicha provocación significa para nuestra generación de tiempos sombríos a escala global ciertamente, vislumbrar los destellos de esperanza que surgen en las grietas y los escombros de Gaza, de las fosas clandestinas, de los campos de refugiados en Sudán del Sur y de tantos otros lugares de muerte convertidos en lugares de vida por las personas sobrevivientes y por las colectivas de resistencia. Durante esos días presentaremos también el libro colectivo que es fruto de aquel coloquio de Río como una semilla que deseamos plantar en aquel territorio sagrado. Ya les contaremos más adelante los detalles del semillero en gestación.

    Chollollan nos recibirá como territorio de antiguas y nuevas sabidurías donde queremos “sembrar semilla y echar candela”, según dicen los pueblos originarios de Nuestramérica, y preparar el fogón de la cabaña-hogar que nos espera.

    Huitepec, Chiapas, 29 de agosto de 2026

  • Entre Benín, Porto Alegre y Puebla Sobre el Foro Social Mundial y la universidad pública de hace medio sigloCarlos Mendoza | Edificio Carolino, Pasillo del Tercer Claustro | Puebla, 2026

    Entre Benín, Porto Alegre y Puebla Sobre el Foro Social Mundial y la universidad pública de hace medio siglo

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    El Foro Mundial Teología y Liberación de vuelta al territorio

    Una semana ha pasado ya desde el retorno de tierras del África occidental, aun marcadas por la memoria de la esclavitud moderna, con sus diásporas de ida y vuelta, con sus heridas aun abiertas como memoria colectiva de una joven nación moderna de escasos sesenta años de existencia. El intento del pueblo beninés por rescatar con orgullo la religión ancestral Vudú, más allá de la satanización a la que fue sometida por los misioneros cristianos de Occidente durante siglos, es aún incierto pues se enfrenta hoy a la manipulación política de sus líderes populistas. Lo cierto es que el pueblo beninés se debate ahora entre una modernidad occidental sui generis y el retorno a sus raíces de ancestralidad, un anhelo que le tomará décadas explorar.

    Las teólogas beninesas, por ejemplo, centradas en su identidad cristiana evangélica que les da centralidad a la Biblia como llave para interpretar la vida, se preguntan ahora, escuchando a Silvia Regina de Lima Silva, compañera de la diáspora afrobrasileña, por los efectos devastadores de “la colonialidad del alma” que es preciso reconocer y enfrentar para dar paso a un “diálogo de saberes” en sus propias cuerpas, mentes y prácticas espirituales y de pensamiento para la liberación de subjetividades e imaginarios que desplieguen dignidad y esperanza para los pueblos de hoy.

    En contraste, los frailes dominicos de la provincia de África Occidental, por lo que alcancé a percibir en breves conversaciones con ellos, no alcanzan a ver este horizonte de la decolonialidad, pues dan prioridad -en su vida comunitaria y en el servicio a la juventud de la capital del joven país en la capellanía universitaria- a un modelo de cristianismo africano con predominio occidental en la liturgia, el pensamiento y la vida moral. Habrá que ver si las nuevas generaciones se animan a explorar esa “doble pertenencia” a la fe en Cristo y la fidelidad a la espiritualidad de sus ancestros. En teología descolonial llamamos a este proceso “inter-culturación” del cristianismo con los saberes ancestrales de los pueblos.

    Un signo elocuente de la encrucijada actual de este país es su economía atrapada en los vínculos aun persistentes de la colonización francesa, la presencia estratégica de los Estados Unidos para neutralizar la influencia soviética de hace unas décadas en la región, y el poderío chino que invade el país con proyectos de minería y extractivismo de los recursos naturales del pequeño país. Aun después de la devastación colonial francesa, y de la guerra civil previa al paso a la democracia, la riqueza en recursos naturales y la vitalidad del pueblo beninés siguen ahí. Pero las resistencias decoloniales en la era Trump se hacen cada día más arduas, como lo palpamos en la tortuosa realización del Foro Social Mundial con las presiones de autoridades para reducir su impacto en el pueblo beninés, los pueblos vecinos y, sobre todo, en la opinión pública internacional.

    En todo caso, el Foro Mundial Teología y Liberación que reunió a ochenta colegas de los cinco continentes mostró una vitalidad sorprendente al dar paso a una nueva generación de teólogas y teólogas del Sur global para seguir caminando con los pueblos en resistencia a la violencia sistémica del capitalismo extractivista como forma de colonialidad del poder a escala global. Encuentros regionales, equipos de reflexión interdisciplinaria, ecuménica e interreligiosa se miran en el horizonte cercano como compromisos para fortalecer los lazos de las comunidades locales en sus territorios. Enfrentar la violencia sistémica requiere de comunidades de resistencia en todos los frentes, ecológico y espiritual, de pensamiento y de creación de alternativas socioeconómicas y teológicas. Iremos explorando en los años por venir la fuerza de esas iniciativas que anhelan una vuelta al “espíritu de Porto Alegre”.

    La utopía de hace medio siglo en Puebla

    En 1976 una generación de jóvenes poblanos iniciábamos “la prepa” con mucha ilusión y anhelos para vivir un cambio social en México. La Escuela Preparatoria Popular Emiliano Zapata de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, plasmaba la visión de la reforma universitaria emprendida por el Ing. Luis Rivera Terrazas para dar a la universidad pública pertinencia social para la transformación política y cultural del país. El lema de aquella reforma, “Por una universidad democrática, crítica y popular”, expresaba la utopía de aquella generación. La universidad pública buscaba así un nuevo modelo de educación, encontrando en Puebla, Sinaloa y Guerrero el contexto cultural y social para emprender iniciativas. Años atrás grupos de ultraderecha, como el Yunque en Puebla y el Muro en el Distrito Federal, habían intentado apropiarse de la vida universitaria, sin éxito, con la aquiescencia del alto clero católico y de empresarios que veían la sombra del comunismo ateo cernirse sobre la vida pública del país.

    Dada la alta demanda de inscripciones, las escuelas preparatorias no se daban abasto y fue preciso convocar a jóvenes estudiantes de licenciatura y posgrado a ofrecerse como profesores de preparatoria, sin un sueldo seguro, para atender esa alta demanda de educación media superior. Así nacieron en Puebla las preparatorias populares, como la Emiliano Zapata, la Alfonso Calderón y algunas más.

    Sin darme cuenta del todo de este trasfondo de un proyecto de país en juego en la universidad pública, ingresé a la Prepa Zapata asignado por sorteo. La sede se encontraba entonces en el edificio Carolino, el antiguo Colegio jesuita del Espíritu Santo. Me tocó el turno matutino, con clases desde las 7 de la mañana hasta a 1 de la tarde. Todas las mañanas salía al amanecer para llegar en autobús desde la casa familiar en el Fraccionamiento San Manuel, cerca de Ciudad Universitaria, hasta el centro de la ciudad. Nunca imaginé que la preparatoria, que entonces se cursaba en dos años, iba a marcar de manera tan radical mi vida personal, profesional, política y espiritual.

    El grupo IV de la Generación 1976-1978 estaba formado por 70 jóvenes inquietos, varios de ellos simpatizantes del Partido Comunista, otros católicos militantes, algunos procedentes de escuelas católicas y otros de tradición familiar creyente como en mi caso. Quizás la mayoría habíamos llegado por azar, pero con el aliciente de nuestros jóvenes maestros comenzamos a crear un ambiente de amistad, juego, aprendizaje colectivo y discusión abierta sobre los temas sociales que más apremiaban a nuestra generación. Recordando aquellos años, veo ahora que estábamos viviendo los tiempos de la Guerra Sucia de los gobiernos priistas contra grupos guerrilleros en muchas regiones del país que se oponían a un sistema político corrupto que, por medio del corporativismo sindical y las prebendas para las élites del gobierno, saqueaba al país. Ocho años habían pasado apenas del movimiento estudiantil de 1968 por las libertades democráticas en el país que dejó más de 300 estudiantes muertos; y escasos cinco años transcurridos de la represión del “Jueves de Corpus” contra estudiantes protestando por la falta de autonomía en la Universidad de Nuevo León que dejó 180 muertos.

    Los más politizados de nuestros compañeros de grupo planteaban estos temas en las clases de filosofía, economía e historia, que luego proseguíamos en tertulias en el tercer patio del edificio Carolino y en reuniones de amigos en una cafetería o en alguna marcha en la calle. Con frecuencia salía a colación el tema álgido del catolicismo como aliado del sistema, lo que abría el debate sobre el papel de la religión como opio del pueblo o como fuente de libertad. No alcanzaba yo a ver aun en aquellos años el impacto de la teología de la liberación que se estaba gestando precisamente en aquellos años en el Perú y en Brasil, mucho menos tenía idea de lo que Ivan Illich estaba proponiendo en Cuernavaca, un cristianismo radical que luego tendría impacto en todo el continente.

    En el corazón de nuestros debates fue creciendo un cariño entrañable que se expresaba en juegos, fiestas, paseos culturales, salidas a los conciertos organizados por la Benemérita Universidad llevando a Puebla a las mejores compañías de música, teatro y ballet de países comunistas. Como parte de esa “batalla cultural”, los empresarios crearon, por su parte, otros festivales de gran calidad artística. Lo que redundó para esas jóvenes generaciones de estudiantes en una formación cultural de altísima calidad estética, política y espiritual.

    La vocación personal y profesional de muchos de nosotros se fraguó en ese ambiente efervescente de conciencia social de la injusticia, de experiencias de belleza como creación del espíritu humano y de pasión por la verdad que surge del pensamiento crítico. Para algunos de nosotros latía ahí también un fondo espiritual, la fuente de la que toda esa pasión fluía era la sed de trascendencia donde lo humano y lo divino se encontraban.

    En mi historia de vida, ese fue el terruño donde cayó la semilla de la Palabra de Dios recibida en mi familia, arraigada en la fe del catolicismo posconciliar y luego cultivada al estilo de los dominicos como búsqueda permanente de la verdad que salva. En otra ocasión les contaré esa historia.

    Puebla de los Ángeles y de Zaragoza, 15 de agosto de 2026

  • De vuelta a las raíces en tiempos de devastación Sobre testigos de mundos otrosCosta | La hora de los pueblos | Jobel, 2025

    De vuelta a las raíces en tiempos de devastación Sobre testigos de mundos otros

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    Hace unos meses lloramos la partida de Diego Irrazábal, teólogo chileno que dedicó buena parte de su vida madura al acompañamiento de pueblos originarios andinos y a comunidades de base en “Nuestramérica”, según la expresión que las juventudes de Bendita Mezcla acostumbran decir para nombrar a nuestro continente. El querido amigo Fran Bosch escribió en Ameridia desde Mar del Plata una despedida memorable a Diego, recordando su legado de sonrisa y cercanía como lugares espirituales y teológicos donde podemos celebrar al Dios de la Vida. Tal fue el regalo precioso del teólogo misionero para tantas personas y comunidades a lo largo de su vida.

    Conocí a Diego en el consejo editorial de la revista Concilium hace una década, donde coincidimos por breve tiempo en un paso de estafeta entre colegas latinoamericanos de antiguas y nuevas generaciones. Compartimos en ese espacio el anhelo de actualizar la visión y misión de una revista internacional que había sabido leer “los signos de los tiempos” en el espíritu del Papa Bueno, Juan XXIII, abriendo nuevas perspectivas para la teología cristiana en tiempos difíciles de la Guerra Fría y las utopías de cambio social de los años sesenta y setenta del siglo pasado que se esparcían por América Latina y otros continentes.

    Pero el marco teórico para la teología católica de aquellos años no podía ser el mismo sesenta años después para dar cuenta del giro decolonial que toda teología -no solamente la cristiana sino también judía, musulmana, hindú y todas las tradiciones religiosas y espirituales- estamos llamadas a realizar para discenir las complicidades de la colonialidad que se apropiaron de nuestras prácticas religiosas y discursos teológicos, donde los caminos de resistencia y liberación adquieren formas atrevidas y nuevas. Algo pudimos avanzar en esta nueva comprensión de la teología en tiempos de devastación global y de re-existencias de personas y pueblos con esperanza combativa, pero quedan pendientes los procesos y trabajos de reflexión crítica que puedan surgir en esos nuevos lugares teológicos en tiempos de la violencia sistémica que se adueña del mundo de manera vertiginosa.

    Recordando estos días a Diego en el Foro Mundial Teología y Liberación (FMTL) celebrado en Cotonú, Benín, Luiz Carlos Suzin -colega brasileño de la generación que fundó este proceso teológico para acompañar los movimientos sociales del Sur global- recordaba con gratitud la visión del compañero chileno, ya desde tiempo atrás, para admirar el alma de los pueblos en sus religiones ancestrales y sus modos diversos de coexistir con el cristianismo colonial que marcó la primera evangelización de América, explorando nuevos modos de diálogo de saberes espirituales.

    Encontré de nuevo a Diego en algunos coloquios en Belo Horizonte en Brasil y en Santiago de Chile. Él fue siempre un hombre curioso, apasionado por saber cómo tejer vínculos con las nuevas generaciones, sin perder el ímpetu de un cristianismo profético y liberador que no podía renunciar a su ADN espiritual y teológico para estar siempre del lado de los pobres y los desheredados de la tierra.

    Al participar estos días en el Foro Mundial Teología y Liberación veo su huella también en este proceso de acompañamiento a los movimientos sociales que cultivan en cada territorio el cambio de mundo que anhelamos y construimos colectivas diversas desde las márgenes del mundo hegemónico. Al fin y al cabo buscamos edificar el “otro mundo posible” del Foro Social Mundial, uno “donde quepan muchos mundos” como proponen las comunidades zapatistas hoy.

    En su edición presente, la incertidumbre se adueñó de los participantes en el Foro Social  Mundial al recibir la inesperada noticia de que sería pospuesto, en parte por la difícil relación con el gobierno beninés, como a la inestabilidad política de la región de África occidental en un contexto internacional aséptico al internacionalismo social, así como a cierta confusión del comité organizador en el seguimiento del proceso que siguió al foro realizado en 2024 en Katmandú, Nepal.

    Ante esta situación, la delegación internacional invitada al Foro Mundial Teología y Liberación fue convocada a una asamblea de última hora para decidir cómo albergar los dos paneles que como FMTL se habían ofrecido al Foro Social Mundial, uno sobre los feminismos como voces teológicas de cambio e innovación enfrentando el patriarcado, y el otro sobre las resistencias de los pueblos ante la devastación de la Madre Tierra. Una jornada intensa nos permitió escuchar voces de movimientos sociales que son signo de esperanza, como la iniciativa Ecolojah con su Centro de Valorización de la agroecología, las ciencias y las técnicas endógenas (Cevaste), abierta por Père Jah y Mère Jah en el interior de Benín, donde es posible explorar las conexiones entre el ciudado de la tierra y las espiritualidades del Dios de la vida.

    Con el fin de mantener vivo “el espíritu de Porto Alegre” que dio nacimiento al Foro Social Mundial, Silvia Regina de Lima Silva, Nicolas Panotto y yo propusimos à la coordinación un día de trabajo como delegación internacional del FMTL para pensar juntos de manera creativa los retos actuales de la teología de la liberación en un contexto de violencia global creciente. Reformulamos los pasos tradicionales del ver-pensar-actuar propios de la teología de la liberación con un acento decolonial, para visibilizar-problematizar-articular nuestras opciones políticas, epistémicas y espirituales donde hoy tejemos teología con los movimientos sociales. Fue una rica e intensa jornada de reflexión acompañada de símbolos de las resistencias y re-existencias donde vemos surgir destellos del Reino de Dios en nuestro tiempo presente.

    Finalmente decidimos participar un día del Foro Social Mundial para explorar su edición actual en un país africano. La difíciles negociaciones entre el comité organizado y el gobierno, así como el tiempo reducido para que muchas delegaciones internacionales llegaran al evento, abrieron una duda sobre el futuro de este espacio de movimientos sociales autónomos que comparten la visión del otro mundo posible que dio origen al FSM. Habrá que evaluar la pertinencia de este modelo que tiene ya veinticinco años y que se enfrenta a una crisis del internacionalismo y del altermundismo en tiempos de tecnofascismo a escala global.

    Hoy 8 de agosto es la fiesta de Domingo de Guzmán quien -junto con Diego de Osma, obispo inquieto ante la incertidumbre de su época en Castilla del siglo XIII, un grupo de mujeres de Prulla en el sur de Francia buscando volver a la raíz del Evangelio en comunidad, pobreza y oración, junto con Pedro Ceyla, laico del Languedoc que ofreció su casa para albergar la iniciativa de la “santa predicación”- recibieron de manera compartida “el carisma de la predicación” para volver a la raíz de la fe cristiana mediante la predicación apostólica.

    Es ocasión de celebrar sin triunfalismo y con sentido critico un estilo de vida en constante movimiento que ha dado sabrosos frutos para la Iglesia y para la humanidad. Carisma de búsqueda de la verdad, donde sea que se encuentre, como lo vivieron Alberto Magno, Tomás de Aquino y Maestro Eckhart en la Edad Media. Ímpetu por la justicia, comenzando por los olvidados de la sociedad, con la Escuela de Salamanca y Bartolomé de Las Casas en Chiapas en el siglo XVI, y en nuestros tiempos con Albert Nolan en la Sudáfrica del Apartheid y Gustavo Gutiérrez en el Perú de Sendero Luminoso.  Pasión por la belleza que es esplendor de la divinidad, desde Fra Angélico en Florencia hasta el padre Couturier en Francia, y Julián Pablo en México. Anhelo de espiritualidad del misterio insondable del Dios vivo, como Maestro Eckhart en las riberas del Rin, o la laica Catalina de Siena la Toscana medievales, o el laico Piergiorgio Frassati en el siglo XX, tradición mística nunca atrapada por sentimiento, idea o institución alguna, sino seducida por la divinidad amorosa siempre inalcanzable y a la vez cercana.

    Celebro hoy esta fiesta con los frailes dominicos y la familia dominicana de Cotonú, animados por un coro juvenil de potentes voces y ritmos africanos, aunque en medio de un ritual romano que no tiene visos de inculturación de la fe del pueblo beninés. Espero que algún día, predicación, teología y espiritualidad alcancen ese “estadio descolonial” que nos permita a los pueblos abrevar la sed de la divinidad en la polifonía de las tradiciones espirituales que nos entretejen como obra humana y divina en el corazón de los pueblos.

    Feliz fiesta de Domingo, el buscador y predicador de la verdad que salva.

     

    Cotonú, 8 de agosto de 2026

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