Categoría: Espiritualidad liberadora

  • Sobre el ocio y el silencio en tiempos reciosSliman Mansour, Temporary escape, 2018

    Sobre el ocio y el silencio en tiempos recios

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

     

    Una de las ventajas de estar retirado ahora de la vida académica es tener tiempo libre que va transcurriendo día a día como un hilo de agua que baja por el monte y se va haciendo riachuelo hasta un día convertirse en río.

    La incertidumbre de ver transcurrir el tiempo al principio de una nueva etapa de vida puede ser incómoda porque viene acompañada de preguntas por la utilidad de la vida, en particular de cada jornada. Ya no tengo que prepararme desde la noche previa para tener actualizado el curso del día siguiente, con los materiales pedagógicos necesarios y el atuendo que usar para el ritual en el salón de clase. Un tiempo medido con anticipación, minuto por minuto, al tiempo que transcurrirá luego en el aula para lograr que la eficiencia asegure el éxito del programa, como pasó en los últimos años de docencia en Boston.

    Ahora tengo tiempo por fin para pensar, leer y escribir. Sin embargo, las ideas fluyen con una lentitud pasmosa a ratos, intempestiva de repente por la madrugada.

    No tengo que afanarme más en tener listo el Power Point con ideas claras, citas esenciales e imágenes sugerentes para “atrapar” literalmente la atención de estudiantes, cada día más distraídos por el mundo virtual a la vez que exigentes de los servicios del “instructor”. Si bien me llamaban “profesor” al dirigirse a mí de manera ceremoniosa, en realidad me estaban exigiendo labores propias de un instructor de gimnasio. No por casualidad así nos llamaban los expertos en educación escolarizada, “instructores”. Este servicio docente era una expectativa que se hacía sentir con todo su peso en los cientos de emails por mes que había que responder para aclarar dudas de clase, de autores y de tareas; o bien, para enviar reportes a los servicios escolares que pedían información de cómo íbamos dando seguimiento a estudiantes con padecimientos mentales, depresiones, síndromes de los que nunca había yo escuchado hablar, así como atención especial a personas con discapacidad motriz, visual, auditiva. Como nunca en mis treinta años de docencia, el más recurrente de los problemas que atender en Boston College era la depresión, asociada a la ansiedad, en particular durante los periodos de exámenes parciales y sobre todo finales.

    Y ahora que ya no tengo que vivir a sobresaltos en ese carrusel entre el aula y el cubículo, el tiempo se alarga y se desinfla, con la impresión de no moverse más.

     

     

    Son otras las actividades nuevas en esta etapa de “jubilado”. No porque siempre esté lleno de júbilo, aunque sin duda hay momentos de gran gozo, sino porque hay que reaprender a vivir el tiempo. Suelo despertar de madrugada como antes, pero ahora sin prisas, disfrutando de manera pausada el tiempo para meditar en silencio y emprender la caminata matutina. Prosigo el día con el ritual del café expreso y las noticias de primera hora en internet, revisando mientras paladeo el café una agenda que por fortuna ya no está llena de citas una tras otra. Ahora hay espacio y tiempo suficientes para “no hacer nada”. Lo que significa que hay que darse a la tarea de degustar esas horas del día en el ocio.

    Recuerdo con agradecimiento las clases del padre Ángel Melcón, notable filósofo tomista que fuera nuestro formador durante el noviciado de los dominicos en Agua Viva al pie de los volcanes, quien insistía, siguiendo a los Padres del desierto como Evagrio Póntico, en la importancia de reeducarnos durante ese tiempo de iniciación para pasar del “negotium” al “otium”, como un acto contracultural porque el negocio niega el ocio. Así nos invitaba a descubrir como novicios el tiempo de la pausa en la vida, del silencio, del aprender a no hacer nada.

    Hoy valoramos enseñanzas similares de las “madres y los padres del desierto” (Los Apotegmas de las Madres y los Padres del Desierto), como se llama en teología a las fuentes espirituales de la vida monástica cristiana primitiva en el norte de África y el Medio Oriente, con sus apotegmas o dichos de sabiduría espiritual que expresan la práctica ancestral del ocio. El negocio es el ajetreo mundano que impide el silencio y la contemplación que son precisamente la sustancia del ocio para vivir en libertad interior a fin de hacer frente al mal y practicar el bien.

    Pero qué difícil es ejercitarse de nuevo en este arte, luego de décadas de negocio académico y religioso. Me vendrá bien este “segundo noviciado” como un parteaguas para entrar a una nueva etapa de vida en el ocio de la contemplación ubicado ahora en el silencio del ser y en sus sombras.

     

     

    Sara del Carmen, querida amiga lectora de Coyoacán, me regaló hace unos días la novela El engima Spinoza escrita por Irvin D. Yalom, el siquiatra de Stanford. La coloqué sobre mi escritorio para cuando terminara de leer otra novela que es la tercera parte de la saga iniciada con La catedral del mar, escrita por el famoso abogado español Ildefonso Falcones, siguiendo la historia de un militar y aristócrata aragonés en Nápoles en el siglo 14 (En el amor y en la guerra. La catedral del mar 3). Si bien esta novela me fascinó por el modo de contar las guerras y los amores que dieron origen a la Europa latina que luego emprendió la conquista del Nuevo Mundo, pasar a la otra novela conectando la vida de un filósofo excomulgado por la comunidad judía de Ámsterdam en el siglo 17 con los traumas del ideólogo de Hitler y su aversión a los judíos en pleno régimen nazi, me trajo al centro de una pregunta que hoy lacera mi conciencia en torno a la perversión de la religión judía y cristiana convertida en arma de guerra.

    En años recientes, la cuestión palestina se ha ido ahondando en mi mente y corazón como un clamor de las víctimas de hoy donde surgen con mayor radicalidad preguntas por Dios, por el mundo y por mí mismo que no acabo de contestar. Obviamente la religión judía pervertida por el sionismo, tanto cristiano como judío en nuestros días, provoca en mí un franco rechazo porque un siglo después de la Shoah el Estado israelí reproduce la misma monstruosidad, en nombre de Dios y con la complicidad del sionismo cristiano de extrema derecha, para aniquilar a un pueblo hermano semita.

    El ocio que disfruto ahora me permite atar los cabos sueltos de las emociones, ideas e historias que durante los años recientes han ido aflorando en su mi vida, mostrando su íntima conexión. Spinoza padeció la excomunión de su comunidad judía en Ámsterdam con una ataraxia epicúrea que me ayuda a entender la vocación que otros pensadores libres han seguido, con sus reverberaciones en mi propia vida y de quienes habitamos en las periferias de los sistemas.

    La famosa expresión Deus sive Natura, Dios o Naturaleza, propuesta por Spinoza resume quizás el daimon o genio moderno que hoy nos urge recuperar. Me lo decía Boaventura de Sousa Santos en un intercambio de mensajes personales, cuando le invité a escribir un artículo sobre Dios como crítica a la idea cartesiana, que por desgracia no pudo ser publicado en el número de la revista Concilium La Providencia Divina. Más allá del paradigma de la omnipotencia  porque ya había sido compartido en la red (El fin del confinamiento del Dios cartesiano). Los excesos de la religión han hecho de Dios un ser trascendente, como sustancia imperial omnipotente asociada a los poderes de este mundo, cuando en realidad es inmanente al mundo, argumentaba Spinoza. Panteísmo a los ojos de los inquisidores de ayer y hoy. “Pan-en-teísmo” como corriente filosófica que recorre la historia de Occidente, como lo describe la enciclopedia de filosofía de Stanford. Pero según los teólogos y místicos más osados de la tradición cristiana, como Maestro Eckhart, Teilhard y Panikkar, lo que hoy llamamos “pan-en-teísmo” es en realidad lo que ellos percibieron y pensaron como la unidad de la realidad que surge porque todo lo real es teologal. Es decir, que toda realidad está imbuída por “la improvidente providencia” divina, como dice el filósofo francés Emmanuel Falque en aquel número ya mencionado de la revista Concilium que me tocó preparar.

    ¿Qué tiene que ver ese Dios de Spinoza con el genocidio en curso del pueblo palestino? Tal vez que esa catástrofe, impune hasta el día de hoy, pretende ser justificada precisamente en la idea de un Dios religioso que elige a un pueblo, para darle una tierra y deviene su guerrero defensor. Nada más alejado de la razón, diría el judío excomulgado. Un ídolo que no es Dios, dirían los místicos apofáticos. Y nada más alejado de la fe en el mesías que llega como dádiva para redimir al mundo del odio, según la radical visión de Jesús en Galilea y su comunidad itinerante.

     

     

    El ocio en esta nueva etapa de vida abre un panorama inédito para explorar mi propia fe como silencio en medio de los escombros de la modernidad. Y así aprender a distinguir la religión verdadera que es la contemplación del Amor sobreabundante, que no es un ser como objeto, sino la fuente del ser que anima y sostiene todo y, en caso extremo, a quienes viven en las sombras del no-ser.

    Sin embargo, para acceder a este mundo del mysterion divino, cósmico y humano es preciso desmantelar los avatares pseudo divinos que con fuerza destructora controlan mentes, instituciones y prácticas rituales llenas de prepotencia, miedo y violenta segregación de lo diferente.

    No puedo olvidar el aprendizaje principal que recibí de la estancia en Sudáfrica el verano pasado que será un faro para los años por venir: la invitación a cultivar la capacidad de escuchar los clamores, susurros y gritos de quienes habitan en las sombras del no-ser, que es como una muerte anticipada. Y, menos aún deseo olvidar lo más inesperado y esperanzador que surge en este desierto de desolación: los saberes de los pueblos que resisten a la violencia como provocaciones de esas vidas que regresan de la muerte convocándonos a todos. Ancestros. Remanentes. Sobrevivientes. Su silencio es el lenguaje más elocuente de lo humano, lo cósmico y lo divino por contemplar en el tiempo de ocio para caminar con ellos.

    Hacer lugar al ocio requiere silencio. Experiencia de suspensión de los sentidos como implosión de lo aparente que da paso a la aparición de los rostros verdaderos. Y con ese silencio surge la elocuencia de la mirada, la potencia de la caricia, la rebeldía del cuerpo liberado, la esperanza de quienes nos han dejado, pero perviven en la memoria divina.

    En los “tiempos recios” que vienen, como decía Teresa de Ávila, me apresto a ir más allá del negocio de la vida en la universidad y en el templo, incluso en la plaza pública y las redes sociales.

    Habitando la realidad cotidiana de otro modo, en las grietas y en los silencios, míos y de los otros, algún murmullo de vida se elevará al cielo. Desde la agrietada tierra y desde los escombros del mundo que se derrumba y de mi ego resquebrajado un resplandor del ser aparece.

     

    Ciudad de México, 30 de agosto de 2025

  • El emperador o las sombrasJulián Pablo, Cristo apofático, óleo sobre tela, 2014

    El emperador o las sombras

    Por Carlos Mendoza-Álvarez OP

     

    Cuenta la historia que hace 1700 años, Constantino I, emperador del imperio romano de Oriente, cansado de las rencillas entre sus súbditos cristianos, los llamó a dirimir sus diferencias sobre la identidad del fundador de su movimiento, Jesús el Galileo, ejecutado en el año 30 de la Era Común en una lejana provincia del imperio romano.

    Tres siglos habían pasado desde que un grupo de mujeres discípulas testificó que habían visto de nuevo al rabí Jesús, luego de su cruento asesinato en las afueras de Jerusalén, regresando con su cuerpo herido pero luminoso, reuniéndose con ellas en un jardín o en la playa, releyendo juntos las historias de los ancestros con nuevos ojos, ardiendo su corazón al rememorar sus dichos y gestos en torno a un poco de pan o de pescado compartido con él.

    Habían pasado al menos cinco generaciones de comunidades cristianas, diseminadas por Asia Menor en las márgenes del imperio romano, hasta el momento en que el emperador tomara aquella iniciativa. Esas comunidades habían seguido el camino abierto por algunos de los más cercanos amigos de Jesús, como Pedro y Santiago, o bien de aquellos que solamente habían oído hablar de él, como Pablo de Tarso. Cada uno fue contando su historia de un cambio de vida, luego de haber acogido en su corazón las enseñanzas del rabí Jesús, tan antiguas y tan nuevas en el linaje de sus ancestros hebreos, sobre el amor generoso de su Abbá y la fuerza de su Ruah o Espíritu dada a quienes le siguen.

    A lo largo de esos años vividos por las primeras comunidades cristianas en diáspora, algunos no acababan de entender quién era el Galileo. Para todos era alguien excepcional que había marcado sus vidas de manera inusitada, a veces sintiendo su fuerza extraordinaria por medio de actos milagrosos que le hacían aparecer como un ángel, no como un humano. Otras veces, la memoria de sus dichos y hechos les dejaba una enseñanza de vida nueva, como el gran rabí del Dios único, cuya ausencia les dejaba en orfandad. Un buen hombre, un profeta, un ángel de Dios, un ser extraordinario. Pero no alcanzaban a balbucear con precisión quién era Jesús.

    Tiempo atrás, la segunda o tercera generación de cristianos, que mantenía viva la memoria del discípulo amado de Jesús en Éfeso, por ejemplo, conservaba poemas que cantaban la vida de Jesús como Logos divino que “existía desde el principio con Dios y era Dios” (Jn 1:1). Otros himnos inspirados los habían recogido Pablo de Tarso, Priscila, Lidia o Febe, en su paso por comunidades de Asia Menor, incluyéndolos luego en cartas, rituales y evangelios, para celebrar a Jesús como “el que no hizo alarde de su categoría de Dios”, en la carta de Pablo a la comunidad de Filipos (Flp 2: 6), o bien como “el primer nacido de entre los muertos”, en su carta a la comunidad de Colosas (Col 1: 18). Aquellas comunidades cristianas primitivas de segunda y tercera generación reconocían a Jesús como hijo del hombre, primogénito de entre los muertos, alfa y omega de la nueva creación, así como muchos otros títulos que expresaban la condición humana y mesiánica del Nazareno.

    Hasta que llegó el momento en que, a principios del siglo IV de la Era Común, algunos expertos en las Escrituras hebreas y en las cartas y relatos de los amigos de Jesús -la mayoría de ellos monjes y obispos del norte de África y de Asia Menor, incluidos algunos de Hispania, aquella lejana provincia romana- comenzaron a escribir tratados desatando una polémica para nombrar la novedad del ser del Galileo. La mayoría de esos maestros letrados en la filosofía de la época eligieron palabras griegas para nombrar esa íntima comunión de Jesús con su Abbá celestial, entre las que sobresalió aquella de homoousious o “del mismo ser”, para designar con ella que que Jesús comparte desde toda la eternidad la misma “sustancia” o ser que su Abbá.

    Y así nació la declaración de los obispos reunidos en Nicea, convocados por el emperador Constantino en el año 325, que dio origen al Credo de la Iglesia que aún hoy profesamos cada domingo en la Eucaristía: “Creo en un solo señor, Jesucristo, hijo único de Dios, nacido des Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma sustancia que el Padre, por quien todo fue hecho”.

     

     

    Si bien esta expresión es un tesoro en la memoria de la comunidad primitiva que forma parte ya del ADN de la fe cristiana, con el paso de los siglos en la cuenca del mar Mediterráneo esa expresión se fue revistiendo de un aura imperial para designar al ser divino como « poder » de Dios creador y de su Hijo pantocrátor o todopoderoso.

    Esos nombres divinos justificaron posteriormente un modelo de cristiandad imperial  eurocéntrica que se impuso a otras culturas y otros modos de acercamiento al misterio divino que fueron colonizados, la mayor de las veces destruidos, en nombre de esa idea de un Dios-sustancia que es principio y fundamento del orden civilizatorio que se expandió por todo el orbe, pretendiendo ser el modo más acabado de la cultura humana.

    Pero hoy es preciso recuperar esas voces negadas por la cristiandad imperial como parte de la sinfonía de la fe de los pueblos. ¿Cómo decir con nuevas palabras y símbolos la fe del pueblo de Dios que celebra la intimidad de la Ruah divina que Jesús comparte con su Abbá? Volviendo a la antigua fe de la Iglesia que confiesa que Jesús es verdadero ser humano y verdadero Dios podemos releer su humanidad con la lente del deseo que nos constituye como seres en relación para experimentar y comprender aquello que une a Jesús con su Abbá: ambos comparten el mismo deseo amoroso de dar vida al otro, lo que es otro modo de balbucear la fuerza o dynamis divina que es el Espíritu Santo.

    De esta manera, confesar que Cristo vive el mismo deseo de su Abbá abriendo espacio a un tercero que es precisamente la Ruah divina nos toca también a nosotros de manera íntima, incluida cada creatura del cosmos, para ser arropados en el abrazo amoroso de la vida trinitaria. Una danza que es incesante don de sobreabundancia amorosa, acompañando a la creación entera.

     

     

    Este mismo deseo amoroso anima la kénosis o anonadamiento del Verbo divino que la fe cristiana afirma ser el corazón de la redención. Por medio de la encarnación Dios « migra » del ser pleno a la región del no-ser para rescatar a quienes viven « en tinieblas y sombra de muerte », como cantaba el anciano Zacarías, uno de los anawin o pobres de Yahweh, al celebrar a su hijo Juan que precedería los pasos del mesías.

    Porque Jesús participa del mismo deseo de su Abbá, como mesías de Dios, cruza la línea abismal para ir de la luz a las sombras de las sombras de las sombras. Participar del mismo ser que su Abbá significa, en el camino de la redención cósmica y humana, bajar al Sheol o lugar de los ancestros, como acto de solidaridad radical con la creación entera y con las víctimas de la historia violenta para, desde el no-ser, hacer surgir la vida como insurrección mesiánica.

    El Cristo apofático de Julián Pablo que acompaña la reflexión de hoy, un extraordinario lienzo pintado en su estudio en el convento de Santo Domingo de la Ciudad de México hace una década, surge como destello de luz en medio de las sombras, precisamente desde la región del no-ser, como afirmación de la vida en medio de la muerte. Este cuadro es una representación plástica contemporánea del misterio de la redención « en negativo », es decir, desde el reverso de la historia violenta, donde Dios realiza la redención universal.

    Sea la conmemoración del aniversario 1700 del Concilio de Nicea la ocasión propicia para atravesar nosotros la línea abismal y encontrarnos con quienes hoy claman vida desde las regiones del no-ser que produce la violencia sistémica. Esos sobrevivientes, con digna rabia e imaginación escatológica, participan de la comunión divino-humana como anticipación del mundo nuevo venido de Dios y nos llaman a toda la especie humana a celebrar al Dios-con-nosotros.

     

    Puebla de los Ángeles, 3 de agosto de 2025

  • Violencia eclesiástica: una lectura girardianaIván Gardea, Linchamiento, Cuernavaca, 2020

    Violencia eclesiástica: una lectura girardiana

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

     

    Hace unos días nos enteramos de la renuncia a la rectoría de la Universidad Pontificia de México que presentó el padre Alberto Anguiano García, en el segundo año de su segundo período como rector, como protesta por “el acoso laboral y la violencia institucional” que padeció de parte de la curia vaticana y de las autoridades de esa universidad eclesiástica con escasos cuarenta años de existencia.

    Resultan reveladores los motivos argumentados por el rector que fuera removido de manera unilateral de sus funciones, acto que le llevó a su renuncia, pues denotan un problema sistémico de las instituciones eclesiásticas que actúan con frecuencia como si tuviesen un fuero propio, impermeable al fuero civil con los derechos laborales en juego, así como a la opinión pública en las sociedades modernas.

    Si bien como toda institución educativa en México la UPM está sometida a la regulación de la ley civil en lo laboral y educativo, los modos de proceder en este caso revelan una violencia sistémica que es preciso nombrar para desarticular y dar paso a otros modos de proceder, en consonancia con el Evangelio y con la libertad de las personas, más aun cuando se trata del bien común que representa la educación. De manera más apremiante aun debemos reflexionar y actuar cuando se trata de una institución religiosa destinada a comunicar los contenidos de la revelación cristiana y la tradición que de manera incesante surge de ella. Se trata, al fin y al cabo, de enfrentar la crisis de credibilidad de la Iglesia católico romana en estos días aciagos.

     

     

    Conocí al padre Alberto como estudiante de la UPM hace treinta años, cuando él cursaba el posgrado en teología en 1995, durante un curso que ofrecí sobre Emmanuel Levinas y su concepto de revelación enraizado en la tradición hebrea y en diálogo con “la filosofía que se habla en griego”. Fue el alumno más brillante de aquellas generaciones, no solamente por su alta calidad académica, sino por su capacidad teológica para actualizar el bagaje teológico de la gran tradición cristiana en medio de preguntas contemporáneas surgidas de la ciencia, el psicoanálisis y  los retos de la cultura secular.

    Ya como rector, su primer mandato iniciado en 2021 estuvo marcado por un proyecto claro de modernización de la universidad, tanto en sus programas de estudio, como en la urgente planeación estratégica para abrirse a nuevas disciplinas del mundo civil y no quedarse reducida solamente al entorno clerical. Las facultades eclesiásticas debían superar su ostracismo y entrar en diálogo con otras disciplinas civiles. Además, según el diagnóstico realizado, era imprescindible promover una eficiencia institucional que hiciera viable una institución doméstica en su visión, usos y costumbres, para hacerla interlocutora creíble en el mundo académico en el contexto académico y eclesial, tanto nacional como internacional.

    Pero las resistencias internas parecen haber creado un clima de aversión a estas reformas que, por la rivalidad típica de todo grupo protegiendo sus intereses, fue desplegando un mecanismo de expulsión contra su principal promotor. Con la finalidad de mantener la unanimidad del “todos contra uno”, procediendo como un verdadero contagio mimético, se fue gestando un típico proceso de chivo expiatorio. Se pensaba que, al ser expulsado del grupo aquel que fuera señalado como origen del mal colectivo, se llegaría a expulsar el mal de la institución, la cual volvería a recuperar su tranquilidad una vez purificada de su veneno. Como lo podemos apreciar en el grabado de Iván Gardea que acompaña esta reflexión (La Trama del Grabado), el talentoso grabador mexicano logró plasmar con maestría este mecanismo de rivalidad, contagio y linchamiento colectivo para delinear con la fuerza de sus trazos el deseo mimético que da origen a la cultura humana basada en sacrificios desde que tenemos memoria histórica como especie humana.

    Por desgracia o por fortuna, dependiendo de cómo se resuelva la crisis, sabemos que el mecanismo victimario es la mentira satánica que oculta “las cosas escondidas desde la fundación del mundo”, como decía René Girard (Cosas ocultas desde la fundación del mundo) citando al evangelio de Mateo: “Para que se cumpliera lo dicho por el profeta, cuando dijo: Abriré en parábolas mi boca; declararé cosas escondidas desde la fundación del mundo” (Mateo 13: 35). Las parábolas del Reinado de Dios que Jesús contaba en Galilea evocaban los caminos para superar la violencia que anida en el corazón humano precisamente como deseo mimético que engendra rivalidad y fratricidio. Si la comunidad involucrada no desmantela internamente el mecanismo de la rivalidad y el odio, el veneno seguirá infectando sus relaciones internas y seguirá creando nuevos procesos de autoprotección, unanimidad del todos contra uno, expulsión y mentira produciendo nuevas víctimas.

    A partir de este fondo antropológico que aparece como causa sistémica de la violencia institucional padecida por el padre Alberto, lo que resulta importante ahora es subrayar la necesidad de la rendición de cuentas de las instituciones eclesiásticas, en foros internos como externos. Más adelante será necesario un proceso de sanación colectiva de la memoria, con justicia y verdad primero para las víctimas, y con rendición de cuentas de parte de los perpetradores.

    Por desgracia, dado el clericalismo predominante, como estructura sistémica que se perpetua precisamente a partir de la invisibilización de las víctimas, es preciso llevar al espacio público esta distorsión institucional de manera que puedan surgir caminos de memoria, con justicia y verdad, que restauren la escasa credibilidad de una institución universitaria fundada en 1982 para servicio de la Iglesia católico-romana en México y de la sociedad mexicana en su conjunto.

     

     

    La complicidad institucional que produjo el mecanismo de expulsión que padeció el padre Alberto es similar a otras violencias clericales en el mundo de hoy.

    Dicha violencia clerical sistémica es posible rastrearla en crisis análogas, como por ejemplo, aquella de la Iglesia católico-romana en Chile que produjo las víctimas de abusos sexuales cometidos por clérigos contra mujeres adultas y contra menores de edad desde hace medio siglo. Ellas han sido sometidas por décadas a una violencia sistémica de orden psicológico, sexual y espiritual, que ha dejado huellas en las víctimas y ha resguardado impunes a los perpetradores de esos crímenes, protegidos por lo que Rita Segato (La guerra contra las mujeres) llamó “el pacto de masculinidad”. Se habla de reparación, pero revictimizando a las víctimas y sin cambios sustanciales en la vida institucional como la escuela, las congregaciones religiosas, las parroquias y las diócesis.

    Una brillante tesis doctoral en curso sobre este tema, preparada por Soledad del Villar Tagle (Abusos en la Iglesia. Concilium. Revista Internacional de Teología, (402)), documentará con testimonios contundentes y un análisis interdisciplinario riguroso, este abuso de poder clerical que requiere, por supuesto, una justicia reparativa para las víctimas y sobrevivientes, junto con una nueva teología de la Iglesia. Esta teología feminista desde las mujeres sobrevivientes a los abusos sexuales y espirituales de clérigos dará luz para promover los cambios necesarios a fin de superar esta violencia sistémica propia del patriarcado, en su versión de clericalismo, como una expresión religiosa de la guerra contra las mujeres.

    La teología feminista que surge de la crisis de los abusos propone una espiritualidad que brota de las heridas del cuerpo social herido de Cristo, más allá de consideraciones con aires piadosos que veneran las llagas del Crucificado, pero que invisibilizan a las víctimas de ayer y hoy, profanadas en sus cuerpos, mentes y almas por esta violencia sistémica clerical.

    La invitación del Papa Francisco para vivir un Año Santo en 2025 (Spes non confundit. Bula de convocación del jubileo ordinario del año 2025) a fin de aprender a ser peregrinos de esperanza en tiempos de desesperanza se dirige a la Iglesia católico-romana. A lo largo del año el Papa León XIV ha proseguido con esta iniciativa, en particular llamando a los jóvenes a ser parte de este camino de conversión para sembrar esperanza en el mundo de hoy.

    Pero estos llamados tendrán sentido solamente si se arraigan en la escucha atenta de las personas sobrevivientes a cualquier violencia sistémica, incluida la violencia eclesiástica, que por desgracia sigue desplegando su poder depredador como clericalismo de casta religiosa, insostenible en nuestros tiempos.

     

    Ciudad de México, a 26 de julio de 2025

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