Categoría: Espiritualidad liberadora

  • Violencia eclesiástica: una lectura girardianaIván Gardea, Linchamiento, Cuernavaca, 2020

    Violencia eclesiástica: una lectura girardiana

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

     

    Hace unos días nos enteramos de la renuncia a la rectoría de la Universidad Pontificia de México que presentó el padre Alberto Anguiano García, en el segundo año de su segundo período como rector, como protesta por “el acoso laboral y la violencia institucional” que padeció de parte de la curia vaticana y de las autoridades de esa universidad eclesiástica con escasos cuarenta años de existencia.

    Resultan reveladores los motivos argumentados por el rector que fuera removido de manera unilateral de sus funciones, acto que le llevó a su renuncia, pues denotan un problema sistémico de las instituciones eclesiásticas que actúan con frecuencia como si tuviesen un fuero propio, impermeable al fuero civil con los derechos laborales en juego, así como a la opinión pública en las sociedades modernas.

    Si bien como toda institución educativa en México la UPM está sometida a la regulación de la ley civil en lo laboral y educativo, los modos de proceder en este caso revelan una violencia sistémica que es preciso nombrar para desarticular y dar paso a otros modos de proceder, en consonancia con el Evangelio y con la libertad de las personas, más aun cuando se trata del bien común que representa la educación. De manera más apremiante aun debemos reflexionar y actuar cuando se trata de una institución religiosa destinada a comunicar los contenidos de la revelación cristiana y la tradición que de manera incesante surge de ella. Se trata, al fin y al cabo, de enfrentar la crisis de credibilidad de la Iglesia católico romana en estos días aciagos.

     

     

    Conocí al padre Alberto como estudiante de la UPM hace treinta años, cuando él cursaba el posgrado en teología en 1995, durante un curso que ofrecí sobre Emmanuel Levinas y su concepto de revelación enraizado en la tradición hebrea y en diálogo con “la filosofía que se habla en griego”. Fue el alumno más brillante de aquellas generaciones, no solamente por su alta calidad académica, sino por su capacidad teológica para actualizar el bagaje teológico de la gran tradición cristiana en medio de preguntas contemporáneas surgidas de la ciencia, el psicoanálisis y  los retos de la cultura secular.

    Ya como rector, su primer mandato iniciado en 2021 estuvo marcado por un proyecto claro de modernización de la universidad, tanto en sus programas de estudio, como en la urgente planeación estratégica para abrirse a nuevas disciplinas del mundo civil y no quedarse reducida solamente al entorno clerical. Las facultades eclesiásticas debían superar su ostracismo y entrar en diálogo con otras disciplinas civiles. Además, según el diagnóstico realizado, era imprescindible promover una eficiencia institucional que hiciera viable una institución doméstica en su visión, usos y costumbres, para hacerla interlocutora creíble en el mundo académico en el contexto académico y eclesial, tanto nacional como internacional.

    Pero las resistencias internas parecen haber creado un clima de aversión a estas reformas que, por la rivalidad típica de todo grupo protegiendo sus intereses, fue desplegando un mecanismo de expulsión contra su principal promotor. Con la finalidad de mantener la unanimidad del “todos contra uno”, procediendo como un verdadero contagio mimético, se fue gestando un típico proceso de chivo expiatorio. Se pensaba que, al ser expulsado del grupo aquel que fuera señalado como origen del mal colectivo, se llegaría a expulsar el mal de la institución, la cual volvería a recuperar su tranquilidad una vez purificada de su veneno. Como lo podemos apreciar en el grabado de Iván Gardea que acompaña esta reflexión (La Trama del Grabado), el talentoso grabador mexicano logró plasmar con maestría este mecanismo de rivalidad, contagio y linchamiento colectivo para delinear con la fuerza de sus trazos el deseo mimético que da origen a la cultura humana basada en sacrificios desde que tenemos memoria histórica como especie humana.

    Por desgracia o por fortuna, dependiendo de cómo se resuelva la crisis, sabemos que el mecanismo victimario es la mentira satánica que oculta “las cosas escondidas desde la fundación del mundo”, como decía René Girard (Cosas ocultas desde la fundación del mundo) citando al evangelio de Mateo: “Para que se cumpliera lo dicho por el profeta, cuando dijo: Abriré en parábolas mi boca; declararé cosas escondidas desde la fundación del mundo” (Mateo 13: 35). Las parábolas del Reinado de Dios que Jesús contaba en Galilea evocaban los caminos para superar la violencia que anida en el corazón humano precisamente como deseo mimético que engendra rivalidad y fratricidio. Si la comunidad involucrada no desmantela internamente el mecanismo de la rivalidad y el odio, el veneno seguirá infectando sus relaciones internas y seguirá creando nuevos procesos de autoprotección, unanimidad del todos contra uno, expulsión y mentira produciendo nuevas víctimas.

    A partir de este fondo antropológico que aparece como causa sistémica de la violencia institucional padecida por el padre Alberto, lo que resulta importante ahora es subrayar la necesidad de la rendición de cuentas de las instituciones eclesiásticas, en foros internos como externos. Más adelante será necesario un proceso de sanación colectiva de la memoria, con justicia y verdad primero para las víctimas, y con rendición de cuentas de parte de los perpetradores.

    Por desgracia, dado el clericalismo predominante, como estructura sistémica que se perpetua precisamente a partir de la invisibilización de las víctimas, es preciso llevar al espacio público esta distorsión institucional de manera que puedan surgir caminos de memoria, con justicia y verdad, que restauren la escasa credibilidad de una institución universitaria fundada en 1982 para servicio de la Iglesia católico-romana en México y de la sociedad mexicana en su conjunto.

     

     

    La complicidad institucional que produjo el mecanismo de expulsión que padeció el padre Alberto es similar a otras violencias clericales en el mundo de hoy.

    Dicha violencia clerical sistémica es posible rastrearla en crisis análogas, como por ejemplo, aquella de la Iglesia católico-romana en Chile que produjo las víctimas de abusos sexuales cometidos por clérigos contra mujeres adultas y contra menores de edad desde hace medio siglo. Ellas han sido sometidas por décadas a una violencia sistémica de orden psicológico, sexual y espiritual, que ha dejado huellas en las víctimas y ha resguardado impunes a los perpetradores de esos crímenes, protegidos por lo que Rita Segato (La guerra contra las mujeres) llamó “el pacto de masculinidad”. Se habla de reparación, pero revictimizando a las víctimas y sin cambios sustanciales en la vida institucional como la escuela, las congregaciones religiosas, las parroquias y las diócesis.

    Una brillante tesis doctoral en curso sobre este tema, preparada por Soledad del Villar Tagle (Abusos en la Iglesia. Concilium. Revista Internacional de Teología, (402)), documentará con testimonios contundentes y un análisis interdisciplinario riguroso, este abuso de poder clerical que requiere, por supuesto, una justicia reparativa para las víctimas y sobrevivientes, junto con una nueva teología de la Iglesia. Esta teología feminista desde las mujeres sobrevivientes a los abusos sexuales y espirituales de clérigos dará luz para promover los cambios necesarios a fin de superar esta violencia sistémica propia del patriarcado, en su versión de clericalismo, como una expresión religiosa de la guerra contra las mujeres.

    La teología feminista que surge de la crisis de los abusos propone una espiritualidad que brota de las heridas del cuerpo social herido de Cristo, más allá de consideraciones con aires piadosos que veneran las llagas del Crucificado, pero que invisibilizan a las víctimas de ayer y hoy, profanadas en sus cuerpos, mentes y almas por esta violencia sistémica clerical.

    La invitación del Papa Francisco para vivir un Año Santo en 2025 (Spes non confundit. Bula de convocación del jubileo ordinario del año 2025) a fin de aprender a ser peregrinos de esperanza en tiempos de desesperanza se dirige a la Iglesia católico-romana. A lo largo del año el Papa León XIV ha proseguido con esta iniciativa, en particular llamando a los jóvenes a ser parte de este camino de conversión para sembrar esperanza en el mundo de hoy.

    Pero estos llamados tendrán sentido solamente si se arraigan en la escucha atenta de las personas sobrevivientes a cualquier violencia sistémica, incluida la violencia eclesiástica, que por desgracia sigue desplegando su poder depredador como clericalismo de casta religiosa, insostenible en nuestros tiempos.

     

    Ciudad de México, a 26 de julio de 2025

  • Voces del extremo sur de ÁfricaJane Tully Heath, Still Life. Galería Nacional de Sudáfrica, 1998

    Voces del extremo sur de África

    Por Carlos Mendoza Álvarez

     

    Nora es una mujer migrante venida de eSuatini, el antiguo reino de Suazilandia que fuera protectorado británico hasta 1968 para la explotación “legalizada” de minerales, convirtiéndose luego en un reino postcolonial. Ella tuvo que huir de su país de origen por haber dejado a su marido que la humillaba. Debido a la tradición del pueblo suasi, una vez que se separó su familia la abandonó a su suerte y no podrá volver a casarse si ella quiere un día volver a su tierra; su única opción sería regresar con su marido y pedirle perdón. Nora representa a cientos de miles de personas refugiadas en Sudáfrica que huyen de muchas violencias, en su caso no se trata de la guerra, ni de la hambruna, sino de lo que aquí llaman “violencia doméstica”. En nuestra conversación, breve pero intensa, le comenté algo que aprendí del poeta y músico afro-estadunidense Mykki Blanco (Queer black french dance empowerment feat. poetry by Mykki Blanco) sobre cómo las comunidades queer viven la vulnerabilidad con dignidad y esperanza, comenzando cada día cantando: “Soy fuerte porque no tengo opción, pero soy frágil”. Nora llora desconsolada pues, además del dolor por haber perdido a su bebé hace pocos meses, su pesar es aún más hondo porque no ha podido enterrarla en su tierra, como es la costumbre del pueblo suasi. En medio de nuestra conversación comparto un poco de pan con ella y agradece sollozando. Le digo que lo tome en nombre del pueblo de México que también sabe de esas y otras violencias. Y me despido con un abrazo diciéndole que algo bueno saldrá de esa herida abierta en su corazón, sobre todo si se abre a las heridas de otras mujeres, quienes desde hace miles de años han tejido redes de cuidado mutuo.

    Una historia diferente en el mundo de hoy venida de personas refugiadas que, en las sombras de las sombras de las sombras, reinventan sus vidas.

     

     

    Durante esa misma visita al reino suasi que es gobernado por un rey con muchas esposas y numerosos hijos, persiste una costumbre que me dejó sin palabras. Las mujeres deben servir la comida arrodillándose frente a sus maridos al servir la mesa. Una mujer de edad madura que encontré en un momento de ágape, líder espiritual en la comunidad que nos recibió, nos contaba que a veces ella misma tiene que jugar ese papel cuando visita a la familia de su esposo, pues si traicionara esa costumbre, tal hecho sería percibido como desprecio y la excluiría de la familia. Durante nuestra conversación noté que otra mujer más joven guardó silencio, sonriendo escéptica, pero sin chistar una palabra. Y luego otro comensal comentó que existe un movimiento social en la nación suasi que busca transitar a una república, para superar esas y otras costumbres que denigran a las personas, pero ha padecido represión. En esa misma mesa percibí tres miradas diversas sobre las tradiciones domésticas. Miradas que son también políticas y espirituales. Cada cual sobrevive como puede y ahí algunas resistencias persisten sin cambiar el patriarcado milenario, mientras que otras resisten superando el miedo y soñando otros “mundos posibles”. Pienso entonces en nuestra América y sus resistencias de ayer y hoy.

    Al día siguiente, a la hora de presentar mi ponencia sobre sanación colectiva y esperanza posible en tiempos de catástrofe, dirigida a una audiencia grande y diversa, llevaba en mi mente y corazón las historias escuchadas en la víspera. Pero, con el fin de no hacer juicios sobre una realidad que desconozco, y que solo capté en algunos chispazos, mencioné la importancia de la escucha de quienes hoy viven en las sombras para descubrir su potencia, pasando de ser víctimas a ser sobrevivientes, como un criterio principal para una sanación colectiva.

    El silencio que percibía en el auditorio para nombrar en público esas violencias me revelaba algo de miedo, tal vez prudencia y sabiduría milenaria para resistir, pero creando rutas de libertad en lo secreto. Los comentarios en público fueron generales. Luego, en privado, algunos asistentes me hicieron notar que el pueblo suasi sabe lo que enfrenta y lo que quiere para su nación. Otros se acercaron al final a contar alguna historia personal de agravio por motivos de discriminación sexual, como micro historias de vulnerabilidad y resistencia.

    Alunas semillas de esperanza sembradas en un pequeño reino del extremo sur de África.

     

     

    Tras un mes de estancia en Sudáfrica y eSuatini, visitando seis ciudades de ambos países, fui descubriendo poco a poco otro rostro de madre África. Muchos años antes había visitado países del norte del continente, con otro perfil demográfico y retos sociales más ligados a la violencia religiosa que interétnica. Hace un par de años en Kenia conocí por primera vez a personas africanas negras con la memoria viva del fardo de la esclavitud moderna creada por las metrópolis coloniales europeas que levantaron imperios acaudalados y poderosos a partir de genocidios y despojos culturales, como el realizado por el imperio belga en el Congo.

    Pero esos pueblos subyugados lucharon por liberarse en el siglo XX  hasta lograr independencia política, pero no autonomía de la colonialidad del poder-saber-ser que analizara el gran peruano Aníbal Quijano (Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina). Por desgracia muchos estados post-coloniales siguen sometidos, como en el resto del países del Sur global, al colonialismo económico de las potencias en turno en su forma de capitalismo extractivista.

    De esta manera, en el extremo sur del continente africano, escuchando y conversando con grupos heterogéneos de gente de diversas edades, conformado por gente negra, blanca y “de color” – como le llaman aquí a lo que nosotros en México llamamos mestizos y que son en estas tierras una minoría-, llevo en mis notas de viaje muchas historias para seguir contando. Son pueblos que padecen aun el flagelo de la segregación, aun después de su independencia. En Sudáfrica, por ejemplo, las comunidades que visité están conscientes del reto que significa transitar del proceso que destronó el apartheid para lograr un día ser naciones de coexistencia con un Estado independiente y plural.

    La migración interna hoy dentro del subcontinente es masiva, producida por guerras, hambruna y represión social, ideológica o religiosa, sin dejar de mencionar la violencia de género contra personas queer, pues sus vidas siguen criminalizas. Como lo recordaba hace unos años Achille Mbembe en Colonia (Bodies and Borders) al hablar de desglobalización, el reto de la africanización del mundo radica, entre otros factores, en acompañar a la población más joven del planeta a transitar a sociedades democráticas, justas e igualitarias.

    A mi parecer, uno de los retos de largo alcance que nos regala madre África hoy radica en explorar caminos nuevos para unir la tradición espiritual de los ancestros y la sabiduría Ubuntu como plantea el profesor Jacob Mokhutso (Ubuntu is under siege: a reflection on the challenges of South Africa then and now) con el mundo occidental predominante. Se trata de crear otras modernidades que den cabida a una ecología de saberes, según aquella clásica expresión decolonial de Boaventura de Sousa Santos. En el humus de esas resistencias surgirán nuevas formas de cristianismo y de islam, de judaísmo e hinduismo, de religiones ancestrales y espiritualidades queer, más allá de sus avatares ideológicos de hoy que producen la aniquilación del otro diferente, como el sionismo que comentamos anteriormente.

     

     

    Siguiendo una ruta similar, en agosto próximo las comunidades zapatistas (Convocatoria al encuentro de resistencias y rebeldías “Algunas partes del todo”) de Chiapas, en el sureste mexicano, nos convocan para contarnos mutuamente historias de rebeldía ante el sistema-mundo hegemónico que se resquebraja. Pero sobre todo para pensar juntos cómo construir la pirámide de las resistencias que tienen terruño, corazón, digna rabia e imaginación de nuevos katunes o temporalidad cósmica del mundo maya.

    Allá encontraré sin duda un momento desafiante para seguir “tejiendo voces por la casa común”, como lo soñábamos con Pablo Reyna, inspirados por el pensamiento vibrante de Gustavo Esteva (Tejiendo voces). Desde entonces comenzamos a explorar el proceso de decolonización de la universidad, gracias a la acción que promoviera en esos años David Fernández en la Universidad Iberoamericana Ciudad de México.

    Y en septiembre próximo les contaré otras historias surgidas de un encuentro intercultural e interreligioso que se realizará en Guadalajara, preparado esta vez por un grupo de colegas de África, Asia, Europa y nuestra América que caminamos con colectivas en resistencia y esperanza en medio de contextos de violencia sistémica contra mujeres, personas en migración forzada, familiares de personas desaparecidas y pueblos originarios en defensa de la madre Tierra. El nombre del evento, “Re-existe: el Espíritu conectando periferias”, sintetiza nuestro modo de contribuir a sembrar semillas y cosechar frutos de resistencia que se han nutrido de un potente fondo espiritual y político como espiritualidades de los pueblos.

    Al concluir esta serie del periplo sudafricano, vuelvo a decir gracias, madre África, por seguir pariendo mundos nuevos.

     

    Ciudad de México, 19 de julio de 2025

     

  • ¿Quiénes heredarán la tierra robada y gentrificada?Lucky Madlo Sibiya (Sudáfrica, 1942), Sin título

    ¿Quiénes heredarán la tierra robada y gentrificada?

    Por Carlos Mendoza-Álvarez OP

     

    Las guerras de ayer y hoy son rituales bestiales de control del territorio como espacio de privilegio de un grupo poderoso sobre el resto de los seres que lo habitan.

    El expansionismo moderno, iniciado a fines del siglo XV con los viajes interoceánicos financiados por reinos europeos convirtiéndose en nacientes imperios, fue una empresa de control de rutas y territorios que se expandió por el mundo de manera brutal como un proyecto de colonización sin precedentes. La libido dominandi del conquistador encontró en esa empresa “civilizatoria” su perfecta justificación en la coraza religiosa que acompañó las guerras de conquista: esas tierras debían ser conquistadas en nombre de Dios.

    Eso sucede hoy en Palestina por la avaricia del Estado israelí y las potencias que lo apoyan para tomar posesión del territorio del pueblo palestino, musulmán como cristiano. Tal libido colonizadora atiza la furia desbocada de los colonos judíos ávidos de tomar posesión de más y más territorios en Cisjordania y Gaza. Esta lógica perversa lleva a un pueblo que fue víctima del nazismo a producir ahora un genocidio con un pueblo hermano.

    Similar voracidad, pero aún más perversa, alimenta la industria transnacional de la guerra para beneficio de empresas que se enriquecen de manera exponencial creando conflictos armados para alimentar la maquinaria bélica que genera rendimientos billonarios cada año en el mundo. En este caso, se trata del control de territorios financieros e industriales para alimentar a la bestia armamentista en todas las latitudes del planeta.

    El sionismo israelí y el sionismo cristiano son dos caras de la misma moneda. Escriben otra desastrosa página de la historia de voracidad por la tierra como propiedad, manipulando con cinismo la promesa bíblica de la tierra. Desde el siglo 19 ese sionismo nacido en el Reino Unido fue el que abonó el terreno para la posterior creación del Estado de Israel, con el pretexto de la Shoah. Ese mismo sionismo, en su versión de mesianismo político perverso representado por el Estado de Israel, ha inventado ahora un escenario criminal con un enemigo musulmán a vencer para imponer su poderío bélico en Medio Oriente, aniquilando al pueblo palestino y humillando a pueblos vecinos, por medio de la manipulación descarada de la Biblia, como lo ha mostrado Mitri Raheb en su libro imprescindible Decolonizando Palestina. La Biblia, la tierra, el pueblo. La maquinaria israelí de drones, toneladas de misiles y millones de bots o cuentas automatizadas inundando las redes sociales, ha ido regando por el mundo virtual noticias falsas que han dejado pasmado al mundo entero, produciendo una “disonancia cognitiva colectiva”, como lo ha analizado en Brasil João Cezar de Castro Rocha a partir de la teoría de Leon Festinger.

     

     

    Y, por raro que parezca, la gentrificación en curso en muchas ciudades del mundo, de Barcelona a la Ciudad de México, es otra expresión de esa misma voluntad de dominio del colonizador, ahora en su gentil versión hípster. Sólo que no se trata ahora de conquistar territorios para gobernarlos por medio de ejércitos militares de ocupación con el aura de una bandera religiosa imperialista. Me refiero a los colonizadores nómadas digitales que se aprovechan de la fuerza de sus monedas, envalentonados con sus sueños de primacía blanca y tecnológica, para habitar barrios residenciales en ciudades vibrantes a un costo mucho menor del que tendría en sus países de origen. Así, esas manadas hípster nutren su ilusión cosmopolita encerrados en sus burbujas urbanas, sin entrar en contacto cercano con la población del lugar que habitan, sino que la desplazan o la subordinan a sus gustos e intereses. Este fenómeno representa la versión más reciente y perversa del colonialismo de asentamientos humanos que desplaza de su terruño a los pobladores previos.

    Durante los últimos cinco años suelo pasar una temporada al año en la colonia Hipódromo Condesa de la Ciudad de México, donde los dominicos animan desde hace casi cien años una parroquia que fue centro religioso para la clase media mexicana con aspiraciones de modernidad urbana, aunque no tanto religiosa. Cada año que vuelvo veo con sorpresa que los antiguos vecinos se han ido, vendiendo sus casas, transformándolas en Airbnb o de plano poniendo negocios de moda hípster, que van desde los restaurantes veganos y las heladerías light, hasta los bistrós con menús de comida mexicana de fusión. Pero lo que más me ha sorprendido es el pulular de negocios especializados en ángeles, velas, lecturas del Tarot, fisioterapia, yoga Bikram y de otros tipos, así como un sinfín de spas con un menú de masajes que va de la reflexología hasta lo tántrico, sin dejar de lado por supuesto el Reiki mezclado con técnicas “ancestrales” del México profundo.

    Por otra parte, las parroquias católicas de esa zona de la ciudad entraron en colapso financiero por la falta de limosnas, pero sobre todo fueron envejeciendo en su población creyente tradicional. Para sorpresa de muchos ministros religiosos la Condesa se ha convertido en décadas recientes en un laboratorio de nuevas expresiones de lo religioso, como lo ha documentado Hugo Suárez (Imágenes de la Fe. Sociología audiovisual de la colonia Condesa), sociólogo tapatío, en un estudio comparativo reciente entre las prácticas religiosas de habitantes de la Condesa y del Ajusco en la Ciudad de México, una colonia hípster y la otra popular. Para completar esta rápida mirada panorámica, es importante decir que, en años recientes, se ha constatado un repunte de creyentes en los templos católicos, sobre todo sudamericanos, marcados por un catolicismo tradicional, de piedad individual intensa y altamente moralizante. Un efecto inesperado de la gentrificación en esos lares.

     

     

    ¿Qué criterios podrían ayudarnos a comprender el sentido espiritual de estos procesos de control del territorio antiguos y nuevos? ¿Las religiones de la humanidad podrían sacar del baúl de sus recuerdos algún talismán precioso que nos brinde luz?

    La segunda bienaventuranza del Sermón de la Montaña en la versión de Mateo plasma la poética de Cristo que predicó en Galilea de manera provocadora. Esa bienaventuranza dice a la letra: “Felices los mansos porque heredarán la tierra” (Mateo 5: 5). La palabra griega para referirse a los mansos es πραΰς (praus). Este término se asocia a quienes resisten a los poderes que les quieren hacer a un lado porque les consideran seres que sobran en la comunidad. En la Galilea de tiempos de Jesús esos mansos eran quienes resistían al poderío romano de los impuestos o de la ocupación militar.

    No se trata, en primera instancia, de comprender a los mansos como a las personas pacíficas según la lectura tradicional de este texto. Más bien designa a aquellas personas que resisten a las violencias sin hacer ruido, pareciendo invisibles a los ojos del mundo, porque despliegan lo que hoy podríamos llamar estrategias de resistencia como sobrevivientes de muchas violencias.

    En las calles de nuestras ciudades vemos a algunas de esas personas de reojo, pasando a nuestro lado como sombras que se yacen en una acera, o habitando casas de cartón debajo de un puente, o incluso merodeando en la basura buscando un trozo de pan, una colilla de cigarro o una lata de cerveza con un trago que tomar. Son los desechables de la sociedad de consumo, quienes sobran en un centro comercial, y con quienes tal vez nos topamos por azar o por descuido al entrar al metro o al bajar la ventana del automóvil en un semáforo de cualquier crucero urbano. Cuando nos acercamos a esas periferias muy cercanas a nosotros descubrimos que, a pesar de la sub-humanización que les rodea, esas personas se organizan, se cuidan y se acompañan.

    La promesa de la tierra que Jesús anuncia a los mansos es subversiva porque no se refiere al pueblo de Israel, como la teología davídica imperial lo había pretendido antes y lo repite hoy con su narrativa genocida. No se trata de “poseer la tierra”, mucho menos de explotarla, sino de heredarla, es decir, de recibirla como dádiva de parte del Abbá que “hace salir su sol para malos y buenos, y hace llover para justos e injustos” (Mateo 5: 45). Jesús subvierte así la narrativa dominante en su época que consistía en distribuir la tierra según estratos religiosos que marcaban la escala económica y social, donde el Templo jugaba un papel central en Jerusalén como capital religiosa de Judea.

    Por eso, el mayor atrevimiento del Galileo radicó en decir que los “mansos” heredarán la tierra, abriendo así la promesa de la tierra a los más vulnerables de la sociedad. Un mundo al revés de aquél que produce la gentrificación.

    Para concluir estas reflexiones, dejemos al poeta colombiano José Eustasio Rivera susurrar aquella esperanza incierta de quienes resisten a las colonizaciones porque intuyen que, en el corazón de sus resistencias, están comenzando a heredar la tierra:

     

    XIV

     

    ¡Soy un hijo del monte! Por su sitio más fresco
    busco, siempre cantando, la sonora colmena;
    y en las grutas silentes mi garganta se llena
    de panales nectáreos y de almendras de cuesco.

    Al salir de las ondas, con placer me adormezco
    sobre las hojarascas que mi perro escarmena;
    y al través de las ramas, en mi cara morena
    pone el sol de la tarde su movible arabesco.

    Inspirado en un sueño de ternuras lejanas,
    acaricio las flores; me corono de lianas,
    y los troncos abrazo con profunda emoción;

    que después, cuando a solas mi pensar reconcentro,
    busco el premio del monte, y en mi espíritu encuentro,
    el retoño florido de una dulce ilusión.

     

    Tierra de Promisión, Bogotá, 1921.

     

    eSwatini, 12 de julio de 2025

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