Categoría: Espiritualidad liberadora

  • El Espíritu conectando las periferias

    El Espíritu conectando las periferias

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

     

    Desde finales del siglo pasado, las religiones de la humanidad actualizaron su misión al caer en la cuenta de la creciente pobreza e injusticia en el mundo, acompañada de guerras promovidas por líderes corruptos, donde la religión era usada como arma de exclusión y violencia.

    El Parlamento de Religiones del Mundo con el proyecto de una ética mundial (Hacia Una Ética Mundial: Una Declaración Inicial) donde destacó el aporte del teólogo suizo Hans Küng, o la Carta de la Tierra  promovida entre otros por el brasileño Leonardo Boff junto con varios líderes espirituales, sonaron la alarma para movilizar a las religiones a fin de detener la espiral de odio que cunde por el planeta, recurriendo a las fuentes de la interioridad humana que las religiones han cultivado por milenios con fuente de paz.

    Sin embargo, muchas de esas iniciativas, si bien lograron activar entre sus líderes y comunidades así como en los medios de comunicación la conciencia de la urgente tarea de construir la paz con justicia y verdad, no siempre estuvieron a la escucha de los saberes y espiritualidades de las personas y los pueblos en sus luchas cotidianas para defender la vida humana, los ríos, bosques y especies minerales, vegetales y animales que habitan la faz de la tierra pero que son amenazados por la sexta extinción masiva en curso (¿Qué es la sexta extinción masiva y qué podemos hacer al respecto?).

    Las teologías de la liberación de segunda y tercera generación, como ya lo analizamos en el contexto mexicano (La teología de la liberación en México: recepción creativa del Concilio Vaticano II), han cambiado la perspectiva al poner en el centro a las propias víctimas de la violencia global como “sabedoras”, es decir, expertas en humanidad gracias a la resiliencia que se ha tornado en resistencia. Y sobre todo hay que subrayar que, desde esa experiencia de vulnerabilidad, esos sobrevivientes se han reconocido como interlocutores privilegiados de la Divinidad. En efecto, las víctimas buscan re-existir con nuevos modos de organización comunal, de trabajo agroecológico y de espiritualidades diversas.Esas prácticas surgen precisamente de las personas y comunidades mismas que son amenazadas por los sistemas de dominio.

    La ecoteología feminista, desarrollada por Ivonne Gebara (Ecofeminismo: una perspectiva latinoamericana) en Brasil y Marilú Rojas (La pertinencia de la teología ecofeminista y su incidencia política ante el feminicidio y el ecocidio actual) en México, dio un giro radical al pensar las interconexiones entre la fe de las mujeres excluidas, sus cuerpos y territorios vulnerados, así como sus saberes ancestrales de cuidados y resistencias como principio de un cambio de mundo donde se revela un nuevo rostro de la Sofía divina.

    Así fue surgiendo cada vez con mayor claridad la conciencia entre las religiones y los movimientos sociales de escuchar a quienes habitan las periferias del mundo de la riqueza y el privilegio, para explorar cómo “otro mundo es posible” desde esas márgenes sociales y religiosas.

     

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    Desde 2015 un grupo de personas de universidad, junto con artistas y movimientos sociales de defensa del territorio en México – con la asesoría de Gustavo Esteva (Centro de Encuentros y Diálogos Interculturales) y Boaventura de Sousa Santos con su Conversas do Mundo con varias autoras del Sur epistémico como Silvia Rivera Cusicanqui – comenzamos a explorar caminos para descolonizar la universidad y aprender a “tejer voces por la casa común” (Tejiendo voces). Así fuimos aprendiendo las exigencias de la escucha atenta de quienes viven en las periferias, que no son solamente víctimas sino personas y colectivas que crean procesos para despertar, sanar y acuerpar juntas, y así van tejiendo saberes que expresan sus modos de vida, organización comunal y su profunda espiritualidad de la vida.

    En 2019, proseguimos este camino analizando diversas voces de la teología decolonial en un congreso (Congreso sobre resistencias y espiritualidades) organizado de manera conjunta por la Universidad Iberoamericana Ciudad de México, la revista internacional de teología Concilium, y el Centro Universitario Cultural de los dominicos de México para explorar juntos los rasgos comunes de las resistencias frente a la violencia sistémica y las espiritualidades que de ahí surgen.

    En 2023, un grupo de colegas universitarios, con el apoyo de organizaciones de la sociedad civil mexicana y del ITESO la universidad jesuita de Guadalajara en México, logramos reunir a más de treinta colectivos de América Latina (¡Re-Existe! El espíritu cruzando periferias) con el objetivo de conocer las nuevas formas de vida, de subjetividad y comunalidad que van tejiendo personas y comunidades de sobrevivientes. Buscábamos con ellas una forma de vislumbrar la esperanza en medio del horror de las fosas clandestinas en México, la discriminación por motivos de género, raza y condición social, la devastación de la madre Tierra, así como explorar la ritualidad que emerge de esas prácticas de resistencia. La memoria gráfica de ese congreso, con su documental que incluye algunas entrevistas, puede dar una idea de lo que vivimos en ese encuentro.

     

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    Ahora llega el momento de una siguiente fase de Re-existe que enfatizará las conexiones que tejen los sobrevivientes y la fuerza que las anima.

    Se trata esta vez de un encuentro-festival con dos rasgos novedosos y desafiantes: la interculturalidad como modo de existencia y de pensamiento para “volver a pensar como especie” según el llamado de la comunidad científica, íntimamente ligada con lo interreligioso como única forma viable para acercarnos a lo santo.

    Nos proponemos explorar juntos los caminos de la re-existencia en esta hora de colapso del modelo civilizatorio moderno, donde el genocidio en Gaza ha puesto en jaque a la humanidad y se convierte en piedra de toque para la civilización humana.

    A través de tres pasos exploraremos el despertar ante el horror que cada colectiva ha enfrentado. Seguiremos analizando luego el sanar en tanto acciones personales y colectivas de memoria, verdad y justicia que permiten a las víctimas reconstruir sus vidas. Entonces podremos acceder al momento del acuerparnos con nuevas formas de comunalidad.

    Colectivas de mujeres de la India enfrentando la violencia del patriarcado en las religiones hindú, budista y cristiana entrarán en mutuo acompañamiento con madres de desaparecidos en México. Cuidadores de la madre tierra de la misión jesuita de Bachajón en Chiapas dialogarán con líderes del pueblo Lakota que trabajan la memoria colectiva para sanar del pasado colonial, a la vez que recuperan sus formas de agricultura ancestrales por medio de la dieta tradicional, el cultivo de plantas locales y el redescubrimiento de los rituales como el Inipi o baño ritual que es creación de comunalidad, o la danza del búfalo como uno de los principales símbolos de la sacralidad de la tierra y el cielo.

    Estén pendientes en las redes sociales de Re-existe 2025 donde se publicarán breves cápsulas informativas, entrevistas y memoria gráfica de estos momentos que esperamos sean como destellos de la vida que resiste y re-existe, porque la fuerza de las sobrevivientes está animada por la Ruah divina que aletea sobre el caos para hace surgir vida en medio de la muerte.

     

    Guadalajara, 20 de septiembre de 2025

  • ¿Santidad laical?Papalote diseñado por Francisco Toledo en papel Artesanal de Arte Papel Vista Hermosa

    ¿Santidad laical?

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

     

    Este fin de semana dos jóvenes católicos romanos serán canonizados por el Papa León XIV (Canonización de Carlo Acutis y Pier Giorgio Frassati). Pier Giorgio Frassatti, laico dominico italiano, que vivió en el primer cuarto del siglo 20. El otro, Carlo Acutis, el llamado “primer santo millenial”. Cada uno revela no solamente l’air du temps de cada siglo, sino que abren la pregunta por el modelo de Iglesia que nos urge hacer presente en nuestros tiempos de catástrofe global.

    Desde finales del siglo 19, la Iglesia católica romana intentaba, sobre todo en Europa, escuchar a la clase obrera y no perder contacto con la población producida por la revolución industrial. La enseñanza social del magisterio pontificio -desde el Papa León XIII y su Carta Encíclica Rerum Novarum hasta el actual pontífice León XIV que por ese motivo escogió su nombre- desplegó una pastoral urbana propia de la época para caminar con ese sector sufriente del pueblo de Dios.

    La Acción Católica sería una respuesta laical, apoyada por grupos de obispos en países como Bélgica y Francia, ante tales desafíos. Los sacerdotes obreros (Curas obreros. Compromiso de la Iglesia con el mundo obrero) fueron otra loable página de esta historia, donde cabe recordar el acompañamiento del teólogo dominico Marie-Dominique Chenu y la infame supresión posterior del movimiento por parte del Papa Pío XII. La influencia de la Acción Católica llegaría a América Latina con su metodología ver-juzgar-actuar, inspirando más tarde a la teología de la liberación en el Perú, Brasil y otros países de la región, como lo ha estudiado con sumo cuidado Agenor Brighenti en años recientes (O método ver-julgar-agir).

    Hace cien años, un joven laico dominico del Piamonte (Pier Giorgio Frassati OP), cercano a los mineros en su tierra y alpinista por pasión, fue fruto de esa sensibilidad eclesial de la época que daría como frutos en décadas posteriores experiencias pastorales en el resto de Europa y en América Latina, con los movimientos pastorales de inserción en medios populares, en especial el mundo obrero y los pueblos indígenas. Hijo de un famoso periodista que fuera propietario de La Stampa, Pier Giorgio Frassati solía combinar su militancia política en el Partido Popular Italiano con lecturas de Tomás de Aquino y Catalina de Siena, acompañadas por escaladas en los Alpes con un club de amigos y jornadas de adoración eucarística en las que desplegaba su vida interior. Personaje de su tiempo, Pier Giorgio hoy es reivindicado por la Iglesia católica romana como un santo laico juvenil, cuya vida terminó de manera abrupta a los 24 años por una poliomielitis fulminante probablemente contraída por su apostolado con los pobres de Turín, dejando una huella espiritual en los movimientos juveniles pastorales de hace un siglo.

    El otro santo laico joven es Carlo Acutis, italiano nacido en Londres, devoto de la eucaristía y muy activo en las redes sociales, vivió como adolescente centrado en difundir los milagros eucarísticos y las apariciones marianas. Luego de su muerte por leucemia a los quince años de edad, se convirtió en un símbolo para los “influencers católicos” de hoy, pero con un aire más devocional que social y político como su compañero de canonización. Hace unos meses me tocó recibir, junto con el grupo de pastoral juvenil de la Parroquia de Santa Rosa de Lima en la Cuidad de México fundada por los frailes dominicos hace casi cien años, las reliquias de Carlo. Se trataba de una iniciativa de la Arquidiócesis de México para conmemorar el Jubileo de los Jóvenes (Una fe que no envejece: Roma, 25 años después del Jubileo de los Jóvenes con Juan Pablo II) convocado por el Papa Francisco y llevado a cabo por el Papa León XIV. Me llamó la atención la escasa asistencia de jóvenes de esta zona hípster de la ciudad, con la presencia de alguna juventud devota con rasgos muy piadosos y con poca sensibilidad social. El rezo del Rosario preparado por el grupo juvenil local en la tradición de espiritualidad dominicana meditaba los misterios dolorosos de la pasión de Cristo, asociándolos al clamor de los jóvenes de hoy en este barrio de la Ciudad de México: gentrificación, inseguridad, violencia contra las mujeres, desempleo y abuso de drogas como heridas del cuerpo de Cristo hoy. Era un intento por conectar la tradición del rosario con la vida de las personas de hoy. La pequeña comunidad de adultos mayores ahí reunida rezaba atónita siguiendo la iniciativa de los jóvenes, para volver luego a sus devociones tradicionales meditando la vida de Cristo en su pasión y muerte. Algunos poco jóvenes llegados de otras parroquias hicieron al final un breve taller sobre el santo millenial, llamando a usar las redes como nuevo lugar para anunciar a Cristo y promover la adoración de la Eucaristía en las comunidades y los valores del Evangelio.

     

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    Esta nueva generación de jóvenes católicos tradicionalistas ya la había encontrado antes en Europa y en los Estados Unidos, tanto entre laicos como entre dominicos y jesuitas, las órdenes y congregaciones religiosas reconocidas como promotoras de la renovación conciliar del Vaticano II. Sus intereses me parecen retrógradas en una primera percepción, aunque luego intento acercarme a esas generaciones y descubro en ellas belleza interior, mezclada de ingenuidad y temor a perderse en el laberinto del pluralismo. Buscan identidades que les den certidumbre. En lo religioso, aman la cultura antigua latina del cristianismo medieval, sobre todo, no tanto de la era patrística griega. Quedan extasiados con el canto gregoriano y la Suma de Teología de Tomás de Aquino y otros maestros medievales, pero sin conocer su método abierto a conversar con filósofos paganos, ni seguir el pensamiento lógico escolástico. Les fascinan los signos ostensibles de las creencias, como el hábito religioso, el velo litúrgico y recibir la comunión arrodillándose con mucha devoción, pero con torpeza porque lo hacen como si fueran jirafas recién paridas.

    A pesar de su devoción intensa, lo social les es indiferente como lugar espiritual y teológico. Hablar de Gaza en un sermón les parece ideología. No se diga invitar a la mesa eucarística a parejas que viven juntas sin estar casadas, mucho menos dar la bienvenida a la comunidad de la diversidad sexual en las misas. Tales prácticas las juzgan como desvío de la doctrina de la Iglesia. Estas jóvenes generaciones de laicos católicos buscan volver a la Iglesia doctrinal, como aquella del Concilio de Trento y del Vaticano I, sin conocer del todo lo que significó el espíritu conciliar que animó al Papa Bueno a convocar el Concilio Vaticano II.

     

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    Y me pregunto entonces qué modelos de Iglesia son urgentes hoy para una ciudad laboratorio como la Ciudad de México y tantas otras en todo el orbe. Se trata de responder a un abanico de identidades juveniles donde es un desafío crear espacios para invitar a mirarse una a la otra, casi imposible acogerlas en una misma celebración litúrgica. Recuerdo que mi generación aun soñaba “con tomar por asalto el Paraíso” por medio del compromiso por la justicia y la paz, con los derechos humanos universales como signo de los tiempos nuevos. Eso nos llevó a una pastoral universitaria en el CUC de los años 80 centrada en una Iglesia liberadora.

    Algo que parece ya caduco en esta era de la des-globalización y la expansión de los ministerios de guerra, las invasiones con drones militares y el cinismo del capitalismo en su fase expansionista de colonización forzada obscena. El uso perverso de la religión como lo vemos hoy en Palestina con el gobierno israelí y sus aliados en todo el mundo, justificando en la Biblia sus acciones genocidas, parece dejar indiferentes a jóvenes católicos de hoy, ausentes en las protestas en las calles y las plazas del mundo por esa manipulación de la fe.

    ¿Qué santos laicos requiere hoy la humanidad en medio de los escombros de nuestra civilización? Frassati o Acutis. El joven alpinista cercano a los mineros o el santo millenial de la adoración eucarística como “autopista al cielo”.

    Pienso que ni uno ni otro, porque ambos fueron hijos de su tiempo. Hoy veo una nueva generación de jóvenes apasionados por Cristo como mesías y hermano universal, a quien reconocen por su excepcional amor inclusivo de justos y pecadores que surge de su íntima experiencia de comunión con su Abbá. Jóvenes que a la vez se dejan tocar por la enseñanza del Dalai Lama y Tich Nath Han, o por las maestras de meditación Zen que han encontrado en retiros de tradiciones espirituales diversas.

    Jóvenes laicos que viven la santidad en sus cuerpos erotizados y amorosos, sin miedo a explorar diversos modos de feminidad y masculinidad, de paternidad y maternidad biológica o adoptiva, arropados por el amor de Cristo y apasionados por servir a su cuerpo herido.

    Millenials que no son influencers de mal gusto que reproducen en las redes lo mismo que escuchaban en sus grupos parroquiales, sino que inventan “benditas mezclas” de teologías narrativas cerca de los descartados, cruzando las periferias, tejiendo lazos de vida, empatía y solidaridad político-espiritual. Santidad laical como la nueva generación de jóvenes de las Comunidades Eclesiales de Base de América Latina y el Caribe (Bendita Mezcla. Teología narrativa de NuestrAmérica) que reinventa aquel viejo método del ver-juzgar-actuar con una teología narrativa en las periferias de la sociedad, con imaginación compasiva, siguiendo los pasos de Jesús de Nazaret y su comunidad mesiánica.

    Tal vez hoy, como hijas e hijos de tiempos inciertos, la santidad laical pase hoy por un colapso de las instituciones religiosas y la invención de otros modos de adorar la presencia amorosa de la Divinidad no solamente en el templo, sino también en la comunidad que, animada por su fe, trata de salvar un río contaminado o un lago moribundo. Comunidades juveniles que escalan los volcanes de Mesoamérica o la cordillera andina, con sus glaciares en peligro de extinción, como rutas de espiritualidad ecológica.

    Iniciativas que buscan adorar a Cristo en su cuerpo herido hoy.

    Santidad laical que, al fin y al cabo, es la vida de la Ruah divina que hace nuevas todas las cosas desde los escombros del mundo que se desmorona.

     

    Ciudad de México, 6 de septiembre de 2025

  • Sobre el ocio y el silencio en tiempos reciosSliman Mansour, Temporary escape, 2018

    Sobre el ocio y el silencio en tiempos recios

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

     

    Una de las ventajas de estar retirado ahora de la vida académica es tener tiempo libre que va transcurriendo día a día como un hilo de agua que baja por el monte y se va haciendo riachuelo hasta un día convertirse en río.

    La incertidumbre de ver transcurrir el tiempo al principio de una nueva etapa de vida puede ser incómoda porque viene acompañada de preguntas por la utilidad de la vida, en particular de cada jornada. Ya no tengo que prepararme desde la noche previa para tener actualizado el curso del día siguiente, con los materiales pedagógicos necesarios y el atuendo que usar para el ritual en el salón de clase. Un tiempo medido con anticipación, minuto por minuto, al tiempo que transcurrirá luego en el aula para lograr que la eficiencia asegure el éxito del programa, como pasó en los últimos años de docencia en Boston.

    Ahora tengo tiempo por fin para pensar, leer y escribir. Sin embargo, las ideas fluyen con una lentitud pasmosa a ratos, intempestiva de repente por la madrugada.

    No tengo que afanarme más en tener listo el Power Point con ideas claras, citas esenciales e imágenes sugerentes para “atrapar” literalmente la atención de estudiantes, cada día más distraídos por el mundo virtual a la vez que exigentes de los servicios del “instructor”. Si bien me llamaban “profesor” al dirigirse a mí de manera ceremoniosa, en realidad me estaban exigiendo labores propias de un instructor de gimnasio. No por casualidad así nos llamaban los expertos en educación escolarizada, “instructores”. Este servicio docente era una expectativa que se hacía sentir con todo su peso en los cientos de emails por mes que había que responder para aclarar dudas de clase, de autores y de tareas; o bien, para enviar reportes a los servicios escolares que pedían información de cómo íbamos dando seguimiento a estudiantes con padecimientos mentales, depresiones, síndromes de los que nunca había yo escuchado hablar, así como atención especial a personas con discapacidad motriz, visual, auditiva. Como nunca en mis treinta años de docencia, el más recurrente de los problemas que atender en Boston College era la depresión, asociada a la ansiedad, en particular durante los periodos de exámenes parciales y sobre todo finales.

    Y ahora que ya no tengo que vivir a sobresaltos en ese carrusel entre el aula y el cubículo, el tiempo se alarga y se desinfla, con la impresión de no moverse más.

     

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    Son otras las actividades nuevas en esta etapa de “jubilado”. No porque siempre esté lleno de júbilo, aunque sin duda hay momentos de gran gozo, sino porque hay que reaprender a vivir el tiempo. Suelo despertar de madrugada como antes, pero ahora sin prisas, disfrutando de manera pausada el tiempo para meditar en silencio y emprender la caminata matutina. Prosigo el día con el ritual del café expreso y las noticias de primera hora en internet, revisando mientras paladeo el café una agenda que por fortuna ya no está llena de citas una tras otra. Ahora hay espacio y tiempo suficientes para “no hacer nada”. Lo que significa que hay que darse a la tarea de degustar esas horas del día en el ocio.

    Recuerdo con agradecimiento las clases del padre Ángel Melcón, notable filósofo tomista que fuera nuestro formador durante el noviciado de los dominicos en Agua Viva al pie de los volcanes, quien insistía, siguiendo a los Padres del desierto como Evagrio Póntico, en la importancia de reeducarnos durante ese tiempo de iniciación para pasar del “negotium” al “otium”, como un acto contracultural porque el negocio niega el ocio. Así nos invitaba a descubrir como novicios el tiempo de la pausa en la vida, del silencio, del aprender a no hacer nada.

    Hoy valoramos enseñanzas similares de las “madres y los padres del desierto” (Los Apotegmas de las Madres y los Padres del Desierto), como se llama en teología a las fuentes espirituales de la vida monástica cristiana primitiva en el norte de África y el Medio Oriente, con sus apotegmas o dichos de sabiduría espiritual que expresan la práctica ancestral del ocio. El negocio es el ajetreo mundano que impide el silencio y la contemplación que son precisamente la sustancia del ocio para vivir en libertad interior a fin de hacer frente al mal y practicar el bien.

    Pero qué difícil es ejercitarse de nuevo en este arte, luego de décadas de negocio académico y religioso. Me vendrá bien este “segundo noviciado” como un parteaguas para entrar a una nueva etapa de vida en el ocio de la contemplación ubicado ahora en el silencio del ser y en sus sombras.

     

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    Sara del Carmen, querida amiga lectora de Coyoacán, me regaló hace unos días la novela El engima Spinoza escrita por Irvin D. Yalom, el siquiatra de Stanford. La coloqué sobre mi escritorio para cuando terminara de leer otra novela que es la tercera parte de la saga iniciada con La catedral del mar, escrita por el famoso abogado español Ildefonso Falcones, siguiendo la historia de un militar y aristócrata aragonés en Nápoles en el siglo 14 (En el amor y en la guerra. La catedral del mar 3). Si bien esta novela me fascinó por el modo de contar las guerras y los amores que dieron origen a la Europa latina que luego emprendió la conquista del Nuevo Mundo, pasar a la otra novela conectando la vida de un filósofo excomulgado por la comunidad judía de Ámsterdam en el siglo 17 con los traumas del ideólogo de Hitler y su aversión a los judíos en pleno régimen nazi, me trajo al centro de una pregunta que hoy lacera mi conciencia en torno a la perversión de la religión judía y cristiana convertida en arma de guerra.

    En años recientes, la cuestión palestina se ha ido ahondando en mi mente y corazón como un clamor de las víctimas de hoy donde surgen con mayor radicalidad preguntas por Dios, por el mundo y por mí mismo que no acabo de contestar. Obviamente la religión judía pervertida por el sionismo, tanto cristiano como judío en nuestros días, provoca en mí un franco rechazo porque un siglo después de la Shoah el Estado israelí reproduce la misma monstruosidad, en nombre de Dios y con la complicidad del sionismo cristiano de extrema derecha, para aniquilar a un pueblo hermano semita.

    El ocio que disfruto ahora me permite atar los cabos sueltos de las emociones, ideas e historias que durante los años recientes han ido aflorando en su mi vida, mostrando su íntima conexión. Spinoza padeció la excomunión de su comunidad judía en Ámsterdam con una ataraxia epicúrea que me ayuda a entender la vocación que otros pensadores libres han seguido, con sus reverberaciones en mi propia vida y de quienes habitamos en las periferias de los sistemas.

    La famosa expresión Deus sive Natura, Dios o Naturaleza, propuesta por Spinoza resume quizás el daimon o genio moderno que hoy nos urge recuperar. Me lo decía Boaventura de Sousa Santos en un intercambio de mensajes personales, cuando le invité a escribir un artículo sobre Dios como crítica a la idea cartesiana, que por desgracia no pudo ser publicado en el número de la revista Concilium La Providencia Divina. Más allá del paradigma de la omnipotencia  porque ya había sido compartido en la red (El fin del confinamiento del Dios cartesiano). Los excesos de la religión han hecho de Dios un ser trascendente, como sustancia imperial omnipotente asociada a los poderes de este mundo, cuando en realidad es inmanente al mundo, argumentaba Spinoza. Panteísmo a los ojos de los inquisidores de ayer y hoy. “Pan-en-teísmo” como corriente filosófica que recorre la historia de Occidente, como lo describe la enciclopedia de filosofía de Stanford. Pero según los teólogos y místicos más osados de la tradición cristiana, como Maestro Eckhart, Teilhard y Panikkar, lo que hoy llamamos “pan-en-teísmo” es en realidad lo que ellos percibieron y pensaron como la unidad de la realidad que surge porque todo lo real es teologal. Es decir, que toda realidad está imbuída por “la improvidente providencia” divina, como dice el filósofo francés Emmanuel Falque en aquel número ya mencionado de la revista Concilium que me tocó preparar.

    ¿Qué tiene que ver ese Dios de Spinoza con el genocidio en curso del pueblo palestino? Tal vez que esa catástrofe, impune hasta el día de hoy, pretende ser justificada precisamente en la idea de un Dios religioso que elige a un pueblo, para darle una tierra y deviene su guerrero defensor. Nada más alejado de la razón, diría el judío excomulgado. Un ídolo que no es Dios, dirían los místicos apofáticos. Y nada más alejado de la fe en el mesías que llega como dádiva para redimir al mundo del odio, según la radical visión de Jesús en Galilea y su comunidad itinerante.

     

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    El ocio en esta nueva etapa de vida abre un panorama inédito para explorar mi propia fe como silencio en medio de los escombros de la modernidad. Y así aprender a distinguir la religión verdadera que es la contemplación del Amor sobreabundante, que no es un ser como objeto, sino la fuente del ser que anima y sostiene todo y, en caso extremo, a quienes viven en las sombras del no-ser.

    Sin embargo, para acceder a este mundo del mysterion divino, cósmico y humano es preciso desmantelar los avatares pseudo divinos que con fuerza destructora controlan mentes, instituciones y prácticas rituales llenas de prepotencia, miedo y violenta segregación de lo diferente.

    No puedo olvidar el aprendizaje principal que recibí de la estancia en Sudáfrica el verano pasado que será un faro para los años por venir: la invitación a cultivar la capacidad de escuchar los clamores, susurros y gritos de quienes habitan en las sombras del no-ser, que es como una muerte anticipada. Y, menos aún deseo olvidar lo más inesperado y esperanzador que surge en este desierto de desolación: los saberes de los pueblos que resisten a la violencia como provocaciones de esas vidas que regresan de la muerte convocándonos a todos. Ancestros. Remanentes. Sobrevivientes. Su silencio es el lenguaje más elocuente de lo humano, lo cósmico y lo divino por contemplar en el tiempo de ocio para caminar con ellos.

    Hacer lugar al ocio requiere silencio. Experiencia de suspensión de los sentidos como implosión de lo aparente que da paso a la aparición de los rostros verdaderos. Y con ese silencio surge la elocuencia de la mirada, la potencia de la caricia, la rebeldía del cuerpo liberado, la esperanza de quienes nos han dejado, pero perviven en la memoria divina.

    En los “tiempos recios” que vienen, como decía Teresa de Ávila, me apresto a ir más allá del negocio de la vida en la universidad y en el templo, incluso en la plaza pública y las redes sociales.

    Habitando la realidad cotidiana de otro modo, en las grietas y en los silencios, míos y de los otros, algún murmullo de vida se elevará al cielo. Desde la agrietada tierra y desde los escombros del mundo que se derrumba y de mi ego resquebrajado un resplandor del ser aparece.

     

    Ciudad de México, 30 de agosto de 2025

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