Categoría: Espiritualidad liberadora

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    ¿Santidad laical?

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

     

    Este fin de semana dos jóvenes católicos romanos serán canonizados por el Papa León XIV (Canonización de Carlo Acutis y Pier Giorgio Frassati). Pier Giorgio Frassatti, laico dominico italiano, que vivió en el primer cuarto del siglo 20. El otro, Carlo Acutis, el llamado “primer santo millenial”. Cada uno revela no solamente l’air du temps de cada siglo, sino que abren la pregunta por el modelo de Iglesia que nos urge hacer presente en nuestros tiempos de catástrofe global.

    Desde finales del siglo 19, la Iglesia católica romana intentaba, sobre todo en Europa, escuchar a la clase obrera y no perder contacto con la población producida por la revolución industrial. La enseñanza social del magisterio pontificio -desde el Papa León XIII y su Carta Encíclica Rerum Novarum hasta el actual pontífice León XIV que por ese motivo escogió su nombre- desplegó una pastoral urbana propia de la época para caminar con ese sector sufriente del pueblo de Dios.

    La Acción Católica sería una respuesta laical, apoyada por grupos de obispos en países como Bélgica y Francia, ante tales desafíos. Los sacerdotes obreros (Curas obreros. Compromiso de la Iglesia con el mundo obrero) fueron otra loable página de esta historia, donde cabe recordar el acompañamiento del teólogo dominico Marie-Dominique Chenu y la infame supresión posterior del movimiento por parte del Papa Pío XII. La influencia de la Acción Católica llegaría a América Latina con su metodología ver-juzgar-actuar, inspirando más tarde a la teología de la liberación en el Perú, Brasil y otros países de la región, como lo ha estudiado con sumo cuidado Agenor Brighenti en años recientes (O método ver-julgar-agir).

    Hace cien años, un joven laico dominico del Piamonte (Pier Giorgio Frassati OP), cercano a los mineros en su tierra y alpinista por pasión, fue fruto de esa sensibilidad eclesial de la época que daría como frutos en décadas posteriores experiencias pastorales en el resto de Europa y en América Latina, con los movimientos pastorales de inserción en medios populares, en especial el mundo obrero y los pueblos indígenas. Hijo de un famoso periodista que fuera propietario de La Stampa, Pier Giorgio Frassati solía combinar su militancia política en el Partido Popular Italiano con lecturas de Tomás de Aquino y Catalina de Siena, acompañadas por escaladas en los Alpes con un club de amigos y jornadas de adoración eucarística en las que desplegaba su vida interior. Personaje de su tiempo, Pier Giorgio hoy es reivindicado por la Iglesia católica romana como un santo laico juvenil, cuya vida terminó de manera abrupta a los 24 años por una poliomielitis fulminante probablemente contraída por su apostolado con los pobres de Turín, dejando una huella espiritual en los movimientos juveniles pastorales de hace un siglo.

    El otro santo laico joven es Carlo Acutis, italiano nacido en Londres, devoto de la eucaristía y muy activo en las redes sociales, vivió como adolescente centrado en difundir los milagros eucarísticos y las apariciones marianas. Luego de su muerte por leucemia a los quince años de edad, se convirtió en un símbolo para los “influencers católicos” de hoy, pero con un aire más devocional que social y político como su compañero de canonización. Hace unos meses me tocó recibir, junto con el grupo de pastoral juvenil de la Parroquia de Santa Rosa de Lima en la Cuidad de México fundada por los frailes dominicos hace casi cien años, las reliquias de Carlo. Se trataba de una iniciativa de la Arquidiócesis de México para conmemorar el Jubileo de los Jóvenes (Una fe que no envejece: Roma, 25 años después del Jubileo de los Jóvenes con Juan Pablo II) convocado por el Papa Francisco y llevado a cabo por el Papa León XIV. Me llamó la atención la escasa asistencia de jóvenes de esta zona hípster de la ciudad, con la presencia de alguna juventud devota con rasgos muy piadosos y con poca sensibilidad social. El rezo del Rosario preparado por el grupo juvenil local en la tradición de espiritualidad dominicana meditaba los misterios dolorosos de la pasión de Cristo, asociándolos al clamor de los jóvenes de hoy en este barrio de la Ciudad de México: gentrificación, inseguridad, violencia contra las mujeres, desempleo y abuso de drogas como heridas del cuerpo de Cristo hoy. Era un intento por conectar la tradición del rosario con la vida de las personas de hoy. La pequeña comunidad de adultos mayores ahí reunida rezaba atónita siguiendo la iniciativa de los jóvenes, para volver luego a sus devociones tradicionales meditando la vida de Cristo en su pasión y muerte. Algunos poco jóvenes llegados de otras parroquias hicieron al final un breve taller sobre el santo millenial, llamando a usar las redes como nuevo lugar para anunciar a Cristo y promover la adoración de la Eucaristía en las comunidades y los valores del Evangelio.

     

     

    Esta nueva generación de jóvenes católicos tradicionalistas ya la había encontrado antes en Europa y en los Estados Unidos, tanto entre laicos como entre dominicos y jesuitas, las órdenes y congregaciones religiosas reconocidas como promotoras de la renovación conciliar del Vaticano II. Sus intereses me parecen retrógradas en una primera percepción, aunque luego intento acercarme a esas generaciones y descubro en ellas belleza interior, mezclada de ingenuidad y temor a perderse en el laberinto del pluralismo. Buscan identidades que les den certidumbre. En lo religioso, aman la cultura antigua latina del cristianismo medieval, sobre todo, no tanto de la era patrística griega. Quedan extasiados con el canto gregoriano y la Suma de Teología de Tomás de Aquino y otros maestros medievales, pero sin conocer su método abierto a conversar con filósofos paganos, ni seguir el pensamiento lógico escolástico. Les fascinan los signos ostensibles de las creencias, como el hábito religioso, el velo litúrgico y recibir la comunión arrodillándose con mucha devoción, pero con torpeza porque lo hacen como si fueran jirafas recién paridas.

    A pesar de su devoción intensa, lo social les es indiferente como lugar espiritual y teológico. Hablar de Gaza en un sermón les parece ideología. No se diga invitar a la mesa eucarística a parejas que viven juntas sin estar casadas, mucho menos dar la bienvenida a la comunidad de la diversidad sexual en las misas. Tales prácticas las juzgan como desvío de la doctrina de la Iglesia. Estas jóvenes generaciones de laicos católicos buscan volver a la Iglesia doctrinal, como aquella del Concilio de Trento y del Vaticano I, sin conocer del todo lo que significó el espíritu conciliar que animó al Papa Bueno a convocar el Concilio Vaticano II.

     

     

    Y me pregunto entonces qué modelos de Iglesia son urgentes hoy para una ciudad laboratorio como la Ciudad de México y tantas otras en todo el orbe. Se trata de responder a un abanico de identidades juveniles donde es un desafío crear espacios para invitar a mirarse una a la otra, casi imposible acogerlas en una misma celebración litúrgica. Recuerdo que mi generación aun soñaba “con tomar por asalto el Paraíso” por medio del compromiso por la justicia y la paz, con los derechos humanos universales como signo de los tiempos nuevos. Eso nos llevó a una pastoral universitaria en el CUC de los años 80 centrada en una Iglesia liberadora.

    Algo que parece ya caduco en esta era de la des-globalización y la expansión de los ministerios de guerra, las invasiones con drones militares y el cinismo del capitalismo en su fase expansionista de colonización forzada obscena. El uso perverso de la religión como lo vemos hoy en Palestina con el gobierno israelí y sus aliados en todo el mundo, justificando en la Biblia sus acciones genocidas, parece dejar indiferentes a jóvenes católicos de hoy, ausentes en las protestas en las calles y las plazas del mundo por esa manipulación de la fe.

    ¿Qué santos laicos requiere hoy la humanidad en medio de los escombros de nuestra civilización? Frassati o Acutis. El joven alpinista cercano a los mineros o el santo millenial de la adoración eucarística como “autopista al cielo”.

    Pienso que ni uno ni otro, porque ambos fueron hijos de su tiempo. Hoy veo una nueva generación de jóvenes apasionados por Cristo como mesías y hermano universal, a quien reconocen por su excepcional amor inclusivo de justos y pecadores que surge de su íntima experiencia de comunión con su Abbá. Jóvenes que a la vez se dejan tocar por la enseñanza del Dalai Lama y Tich Nath Han, o por las maestras de meditación Zen que han encontrado en retiros de tradiciones espirituales diversas.

    Jóvenes laicos que viven la santidad en sus cuerpos erotizados y amorosos, sin miedo a explorar diversos modos de feminidad y masculinidad, de paternidad y maternidad biológica o adoptiva, arropados por el amor de Cristo y apasionados por servir a su cuerpo herido.

    Millenials que no son influencers de mal gusto que reproducen en las redes lo mismo que escuchaban en sus grupos parroquiales, sino que inventan “benditas mezclas” de teologías narrativas cerca de los descartados, cruzando las periferias, tejiendo lazos de vida, empatía y solidaridad político-espiritual. Santidad laical como la nueva generación de jóvenes de las Comunidades Eclesiales de Base de América Latina y el Caribe (Bendita Mezcla. Teología narrativa de NuestrAmérica) que reinventa aquel viejo método del ver-juzgar-actuar con una teología narrativa en las periferias de la sociedad, con imaginación compasiva, siguiendo los pasos de Jesús de Nazaret y su comunidad mesiánica.

    Tal vez hoy, como hijas e hijos de tiempos inciertos, la santidad laical pase hoy por un colapso de las instituciones religiosas y la invención de otros modos de adorar la presencia amorosa de la Divinidad no solamente en el templo, sino también en la comunidad que, animada por su fe, trata de salvar un río contaminado o un lago moribundo. Comunidades juveniles que escalan los volcanes de Mesoamérica o la cordillera andina, con sus glaciares en peligro de extinción, como rutas de espiritualidad ecológica.

    Iniciativas que buscan adorar a Cristo en su cuerpo herido hoy.

    Santidad laical que, al fin y al cabo, es la vida de la Ruah divina que hace nuevas todas las cosas desde los escombros del mundo que se desmorona.

     

    Ciudad de México, 6 de septiembre de 2025

  • Sobre el ocio y el silencio en tiempos reciosSliman Mansour, Temporary escape, 2018

    Sobre el ocio y el silencio en tiempos recios

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

     

    Una de las ventajas de estar retirado ahora de la vida académica es tener tiempo libre que va transcurriendo día a día como un hilo de agua que baja por el monte y se va haciendo riachuelo hasta un día convertirse en río.

    La incertidumbre de ver transcurrir el tiempo al principio de una nueva etapa de vida puede ser incómoda porque viene acompañada de preguntas por la utilidad de la vida, en particular de cada jornada. Ya no tengo que prepararme desde la noche previa para tener actualizado el curso del día siguiente, con los materiales pedagógicos necesarios y el atuendo que usar para el ritual en el salón de clase. Un tiempo medido con anticipación, minuto por minuto, al tiempo que transcurrirá luego en el aula para lograr que la eficiencia asegure el éxito del programa, como pasó en los últimos años de docencia en Boston.

    Ahora tengo tiempo por fin para pensar, leer y escribir. Sin embargo, las ideas fluyen con una lentitud pasmosa a ratos, intempestiva de repente por la madrugada.

    No tengo que afanarme más en tener listo el Power Point con ideas claras, citas esenciales e imágenes sugerentes para “atrapar” literalmente la atención de estudiantes, cada día más distraídos por el mundo virtual a la vez que exigentes de los servicios del “instructor”. Si bien me llamaban “profesor” al dirigirse a mí de manera ceremoniosa, en realidad me estaban exigiendo labores propias de un instructor de gimnasio. No por casualidad así nos llamaban los expertos en educación escolarizada, “instructores”. Este servicio docente era una expectativa que se hacía sentir con todo su peso en los cientos de emails por mes que había que responder para aclarar dudas de clase, de autores y de tareas; o bien, para enviar reportes a los servicios escolares que pedían información de cómo íbamos dando seguimiento a estudiantes con padecimientos mentales, depresiones, síndromes de los que nunca había yo escuchado hablar, así como atención especial a personas con discapacidad motriz, visual, auditiva. Como nunca en mis treinta años de docencia, el más recurrente de los problemas que atender en Boston College era la depresión, asociada a la ansiedad, en particular durante los periodos de exámenes parciales y sobre todo finales.

    Y ahora que ya no tengo que vivir a sobresaltos en ese carrusel entre el aula y el cubículo, el tiempo se alarga y se desinfla, con la impresión de no moverse más.

     

     

    Son otras las actividades nuevas en esta etapa de “jubilado”. No porque siempre esté lleno de júbilo, aunque sin duda hay momentos de gran gozo, sino porque hay que reaprender a vivir el tiempo. Suelo despertar de madrugada como antes, pero ahora sin prisas, disfrutando de manera pausada el tiempo para meditar en silencio y emprender la caminata matutina. Prosigo el día con el ritual del café expreso y las noticias de primera hora en internet, revisando mientras paladeo el café una agenda que por fortuna ya no está llena de citas una tras otra. Ahora hay espacio y tiempo suficientes para “no hacer nada”. Lo que significa que hay que darse a la tarea de degustar esas horas del día en el ocio.

    Recuerdo con agradecimiento las clases del padre Ángel Melcón, notable filósofo tomista que fuera nuestro formador durante el noviciado de los dominicos en Agua Viva al pie de los volcanes, quien insistía, siguiendo a los Padres del desierto como Evagrio Póntico, en la importancia de reeducarnos durante ese tiempo de iniciación para pasar del “negotium” al “otium”, como un acto contracultural porque el negocio niega el ocio. Así nos invitaba a descubrir como novicios el tiempo de la pausa en la vida, del silencio, del aprender a no hacer nada.

    Hoy valoramos enseñanzas similares de las “madres y los padres del desierto” (Los Apotegmas de las Madres y los Padres del Desierto), como se llama en teología a las fuentes espirituales de la vida monástica cristiana primitiva en el norte de África y el Medio Oriente, con sus apotegmas o dichos de sabiduría espiritual que expresan la práctica ancestral del ocio. El negocio es el ajetreo mundano que impide el silencio y la contemplación que son precisamente la sustancia del ocio para vivir en libertad interior a fin de hacer frente al mal y practicar el bien.

    Pero qué difícil es ejercitarse de nuevo en este arte, luego de décadas de negocio académico y religioso. Me vendrá bien este “segundo noviciado” como un parteaguas para entrar a una nueva etapa de vida en el ocio de la contemplación ubicado ahora en el silencio del ser y en sus sombras.

     

     

    Sara del Carmen, querida amiga lectora de Coyoacán, me regaló hace unos días la novela El engima Spinoza escrita por Irvin D. Yalom, el siquiatra de Stanford. La coloqué sobre mi escritorio para cuando terminara de leer otra novela que es la tercera parte de la saga iniciada con La catedral del mar, escrita por el famoso abogado español Ildefonso Falcones, siguiendo la historia de un militar y aristócrata aragonés en Nápoles en el siglo 14 (En el amor y en la guerra. La catedral del mar 3). Si bien esta novela me fascinó por el modo de contar las guerras y los amores que dieron origen a la Europa latina que luego emprendió la conquista del Nuevo Mundo, pasar a la otra novela conectando la vida de un filósofo excomulgado por la comunidad judía de Ámsterdam en el siglo 17 con los traumas del ideólogo de Hitler y su aversión a los judíos en pleno régimen nazi, me trajo al centro de una pregunta que hoy lacera mi conciencia en torno a la perversión de la religión judía y cristiana convertida en arma de guerra.

    En años recientes, la cuestión palestina se ha ido ahondando en mi mente y corazón como un clamor de las víctimas de hoy donde surgen con mayor radicalidad preguntas por Dios, por el mundo y por mí mismo que no acabo de contestar. Obviamente la religión judía pervertida por el sionismo, tanto cristiano como judío en nuestros días, provoca en mí un franco rechazo porque un siglo después de la Shoah el Estado israelí reproduce la misma monstruosidad, en nombre de Dios y con la complicidad del sionismo cristiano de extrema derecha, para aniquilar a un pueblo hermano semita.

    El ocio que disfruto ahora me permite atar los cabos sueltos de las emociones, ideas e historias que durante los años recientes han ido aflorando en su mi vida, mostrando su íntima conexión. Spinoza padeció la excomunión de su comunidad judía en Ámsterdam con una ataraxia epicúrea que me ayuda a entender la vocación que otros pensadores libres han seguido, con sus reverberaciones en mi propia vida y de quienes habitamos en las periferias de los sistemas.

    La famosa expresión Deus sive Natura, Dios o Naturaleza, propuesta por Spinoza resume quizás el daimon o genio moderno que hoy nos urge recuperar. Me lo decía Boaventura de Sousa Santos en un intercambio de mensajes personales, cuando le invité a escribir un artículo sobre Dios como crítica a la idea cartesiana, que por desgracia no pudo ser publicado en el número de la revista Concilium La Providencia Divina. Más allá del paradigma de la omnipotencia  porque ya había sido compartido en la red (El fin del confinamiento del Dios cartesiano). Los excesos de la religión han hecho de Dios un ser trascendente, como sustancia imperial omnipotente asociada a los poderes de este mundo, cuando en realidad es inmanente al mundo, argumentaba Spinoza. Panteísmo a los ojos de los inquisidores de ayer y hoy. “Pan-en-teísmo” como corriente filosófica que recorre la historia de Occidente, como lo describe la enciclopedia de filosofía de Stanford. Pero según los teólogos y místicos más osados de la tradición cristiana, como Maestro Eckhart, Teilhard y Panikkar, lo que hoy llamamos “pan-en-teísmo” es en realidad lo que ellos percibieron y pensaron como la unidad de la realidad que surge porque todo lo real es teologal. Es decir, que toda realidad está imbuída por “la improvidente providencia” divina, como dice el filósofo francés Emmanuel Falque en aquel número ya mencionado de la revista Concilium que me tocó preparar.

    ¿Qué tiene que ver ese Dios de Spinoza con el genocidio en curso del pueblo palestino? Tal vez que esa catástrofe, impune hasta el día de hoy, pretende ser justificada precisamente en la idea de un Dios religioso que elige a un pueblo, para darle una tierra y deviene su guerrero defensor. Nada más alejado de la razón, diría el judío excomulgado. Un ídolo que no es Dios, dirían los místicos apofáticos. Y nada más alejado de la fe en el mesías que llega como dádiva para redimir al mundo del odio, según la radical visión de Jesús en Galilea y su comunidad itinerante.

     

     

    El ocio en esta nueva etapa de vida abre un panorama inédito para explorar mi propia fe como silencio en medio de los escombros de la modernidad. Y así aprender a distinguir la religión verdadera que es la contemplación del Amor sobreabundante, que no es un ser como objeto, sino la fuente del ser que anima y sostiene todo y, en caso extremo, a quienes viven en las sombras del no-ser.

    Sin embargo, para acceder a este mundo del mysterion divino, cósmico y humano es preciso desmantelar los avatares pseudo divinos que con fuerza destructora controlan mentes, instituciones y prácticas rituales llenas de prepotencia, miedo y violenta segregación de lo diferente.

    No puedo olvidar el aprendizaje principal que recibí de la estancia en Sudáfrica el verano pasado que será un faro para los años por venir: la invitación a cultivar la capacidad de escuchar los clamores, susurros y gritos de quienes habitan en las sombras del no-ser, que es como una muerte anticipada. Y, menos aún deseo olvidar lo más inesperado y esperanzador que surge en este desierto de desolación: los saberes de los pueblos que resisten a la violencia como provocaciones de esas vidas que regresan de la muerte convocándonos a todos. Ancestros. Remanentes. Sobrevivientes. Su silencio es el lenguaje más elocuente de lo humano, lo cósmico y lo divino por contemplar en el tiempo de ocio para caminar con ellos.

    Hacer lugar al ocio requiere silencio. Experiencia de suspensión de los sentidos como implosión de lo aparente que da paso a la aparición de los rostros verdaderos. Y con ese silencio surge la elocuencia de la mirada, la potencia de la caricia, la rebeldía del cuerpo liberado, la esperanza de quienes nos han dejado, pero perviven en la memoria divina.

    En los “tiempos recios” que vienen, como decía Teresa de Ávila, me apresto a ir más allá del negocio de la vida en la universidad y en el templo, incluso en la plaza pública y las redes sociales.

    Habitando la realidad cotidiana de otro modo, en las grietas y en los silencios, míos y de los otros, algún murmullo de vida se elevará al cielo. Desde la agrietada tierra y desde los escombros del mundo que se derrumba y de mi ego resquebrajado un resplandor del ser aparece.

     

    Ciudad de México, 30 de agosto de 2025

  • El emperador o las sombrasJulián Pablo, Cristo apofático, óleo sobre tela, 2014

    El emperador o las sombras

    Por Carlos Mendoza-Álvarez OP

     

    Cuenta la historia que hace 1700 años, Constantino I, emperador del imperio romano de Oriente, cansado de las rencillas entre sus súbditos cristianos, los llamó a dirimir sus diferencias sobre la identidad del fundador de su movimiento, Jesús el Galileo, ejecutado en el año 30 de la Era Común en una lejana provincia del imperio romano.

    Tres siglos habían pasado desde que un grupo de mujeres discípulas testificó que habían visto de nuevo al rabí Jesús, luego de su cruento asesinato en las afueras de Jerusalén, regresando con su cuerpo herido pero luminoso, reuniéndose con ellas en un jardín o en la playa, releyendo juntos las historias de los ancestros con nuevos ojos, ardiendo su corazón al rememorar sus dichos y gestos en torno a un poco de pan o de pescado compartido con él.

    Habían pasado al menos cinco generaciones de comunidades cristianas, diseminadas por Asia Menor en las márgenes del imperio romano, hasta el momento en que el emperador tomara aquella iniciativa. Esas comunidades habían seguido el camino abierto por algunos de los más cercanos amigos de Jesús, como Pedro y Santiago, o bien de aquellos que solamente habían oído hablar de él, como Pablo de Tarso. Cada uno fue contando su historia de un cambio de vida, luego de haber acogido en su corazón las enseñanzas del rabí Jesús, tan antiguas y tan nuevas en el linaje de sus ancestros hebreos, sobre el amor generoso de su Abbá y la fuerza de su Ruah o Espíritu dada a quienes le siguen.

    A lo largo de esos años vividos por las primeras comunidades cristianas en diáspora, algunos no acababan de entender quién era el Galileo. Para todos era alguien excepcional que había marcado sus vidas de manera inusitada, a veces sintiendo su fuerza extraordinaria por medio de actos milagrosos que le hacían aparecer como un ángel, no como un humano. Otras veces, la memoria de sus dichos y hechos les dejaba una enseñanza de vida nueva, como el gran rabí del Dios único, cuya ausencia les dejaba en orfandad. Un buen hombre, un profeta, un ángel de Dios, un ser extraordinario. Pero no alcanzaban a balbucear con precisión quién era Jesús.

    Tiempo atrás, la segunda o tercera generación de cristianos, que mantenía viva la memoria del discípulo amado de Jesús en Éfeso, por ejemplo, conservaba poemas que cantaban la vida de Jesús como Logos divino que “existía desde el principio con Dios y era Dios” (Jn 1:1). Otros himnos inspirados los habían recogido Pablo de Tarso, Priscila, Lidia o Febe, en su paso por comunidades de Asia Menor, incluyéndolos luego en cartas, rituales y evangelios, para celebrar a Jesús como “el que no hizo alarde de su categoría de Dios”, en la carta de Pablo a la comunidad de Filipos (Flp 2: 6), o bien como “el primer nacido de entre los muertos”, en su carta a la comunidad de Colosas (Col 1: 18). Aquellas comunidades cristianas primitivas de segunda y tercera generación reconocían a Jesús como hijo del hombre, primogénito de entre los muertos, alfa y omega de la nueva creación, así como muchos otros títulos que expresaban la condición humana y mesiánica del Nazareno.

    Hasta que llegó el momento en que, a principios del siglo IV de la Era Común, algunos expertos en las Escrituras hebreas y en las cartas y relatos de los amigos de Jesús -la mayoría de ellos monjes y obispos del norte de África y de Asia Menor, incluidos algunos de Hispania, aquella lejana provincia romana- comenzaron a escribir tratados desatando una polémica para nombrar la novedad del ser del Galileo. La mayoría de esos maestros letrados en la filosofía de la época eligieron palabras griegas para nombrar esa íntima comunión de Jesús con su Abbá celestial, entre las que sobresalió aquella de homoousious o “del mismo ser”, para designar con ella que que Jesús comparte desde toda la eternidad la misma “sustancia” o ser que su Abbá.

    Y así nació la declaración de los obispos reunidos en Nicea, convocados por el emperador Constantino en el año 325, que dio origen al Credo de la Iglesia que aún hoy profesamos cada domingo en la Eucaristía: “Creo en un solo señor, Jesucristo, hijo único de Dios, nacido des Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma sustancia que el Padre, por quien todo fue hecho”.

     

     

    Si bien esta expresión es un tesoro en la memoria de la comunidad primitiva que forma parte ya del ADN de la fe cristiana, con el paso de los siglos en la cuenca del mar Mediterráneo esa expresión se fue revistiendo de un aura imperial para designar al ser divino como « poder » de Dios creador y de su Hijo pantocrátor o todopoderoso.

    Esos nombres divinos justificaron posteriormente un modelo de cristiandad imperial  eurocéntrica que se impuso a otras culturas y otros modos de acercamiento al misterio divino que fueron colonizados, la mayor de las veces destruidos, en nombre de esa idea de un Dios-sustancia que es principio y fundamento del orden civilizatorio que se expandió por todo el orbe, pretendiendo ser el modo más acabado de la cultura humana.

    Pero hoy es preciso recuperar esas voces negadas por la cristiandad imperial como parte de la sinfonía de la fe de los pueblos. ¿Cómo decir con nuevas palabras y símbolos la fe del pueblo de Dios que celebra la intimidad de la Ruah divina que Jesús comparte con su Abbá? Volviendo a la antigua fe de la Iglesia que confiesa que Jesús es verdadero ser humano y verdadero Dios podemos releer su humanidad con la lente del deseo que nos constituye como seres en relación para experimentar y comprender aquello que une a Jesús con su Abbá: ambos comparten el mismo deseo amoroso de dar vida al otro, lo que es otro modo de balbucear la fuerza o dynamis divina que es el Espíritu Santo.

    De esta manera, confesar que Cristo vive el mismo deseo de su Abbá abriendo espacio a un tercero que es precisamente la Ruah divina nos toca también a nosotros de manera íntima, incluida cada creatura del cosmos, para ser arropados en el abrazo amoroso de la vida trinitaria. Una danza que es incesante don de sobreabundancia amorosa, acompañando a la creación entera.

     

     

    Este mismo deseo amoroso anima la kénosis o anonadamiento del Verbo divino que la fe cristiana afirma ser el corazón de la redención. Por medio de la encarnación Dios « migra » del ser pleno a la región del no-ser para rescatar a quienes viven « en tinieblas y sombra de muerte », como cantaba el anciano Zacarías, uno de los anawin o pobres de Yahweh, al celebrar a su hijo Juan que precedería los pasos del mesías.

    Porque Jesús participa del mismo deseo de su Abbá, como mesías de Dios, cruza la línea abismal para ir de la luz a las sombras de las sombras de las sombras. Participar del mismo ser que su Abbá significa, en el camino de la redención cósmica y humana, bajar al Sheol o lugar de los ancestros, como acto de solidaridad radical con la creación entera y con las víctimas de la historia violenta para, desde el no-ser, hacer surgir la vida como insurrección mesiánica.

    El Cristo apofático de Julián Pablo que acompaña la reflexión de hoy, un extraordinario lienzo pintado en su estudio en el convento de Santo Domingo de la Ciudad de México hace una década, surge como destello de luz en medio de las sombras, precisamente desde la región del no-ser, como afirmación de la vida en medio de la muerte. Este cuadro es una representación plástica contemporánea del misterio de la redención « en negativo », es decir, desde el reverso de la historia violenta, donde Dios realiza la redención universal.

    Sea la conmemoración del aniversario 1700 del Concilio de Nicea la ocasión propicia para atravesar nosotros la línea abismal y encontrarnos con quienes hoy claman vida desde las regiones del no-ser que produce la violencia sistémica. Esos sobrevivientes, con digna rabia e imaginación escatológica, participan de la comunión divino-humana como anticipación del mundo nuevo venido de Dios y nos llaman a toda la especie humana a celebrar al Dios-con-nosotros.

     

    Puebla de los Ángeles, 3 de agosto de 2025

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