Categoría: Espiritualidad liberadora

  • ¿Quiénes heredarán la tierra robada y gentrificada?Lucky Madlo Sibiya (Sudáfrica, 1942), Sin título

    ¿Quiénes heredarán la tierra robada y gentrificada?

    Por Carlos Mendoza-Álvarez OP

     

    Las guerras de ayer y hoy son rituales bestiales de control del territorio como espacio de privilegio de un grupo poderoso sobre el resto de los seres que lo habitan.

    El expansionismo moderno, iniciado a fines del siglo XV con los viajes interoceánicos financiados por reinos europeos convirtiéndose en nacientes imperios, fue una empresa de control de rutas y territorios que se expandió por el mundo de manera brutal como un proyecto de colonización sin precedentes. La libido dominandi del conquistador encontró en esa empresa “civilizatoria” su perfecta justificación en la coraza religiosa que acompañó las guerras de conquista: esas tierras debían ser conquistadas en nombre de Dios.

    Eso sucede hoy en Palestina por la avaricia del Estado israelí y las potencias que lo apoyan para tomar posesión del territorio del pueblo palestino, musulmán como cristiano. Tal libido colonizadora atiza la furia desbocada de los colonos judíos ávidos de tomar posesión de más y más territorios en Cisjordania y Gaza. Esta lógica perversa lleva a un pueblo que fue víctima del nazismo a producir ahora un genocidio con un pueblo hermano.

    Similar voracidad, pero aún más perversa, alimenta la industria transnacional de la guerra para beneficio de empresas que se enriquecen de manera exponencial creando conflictos armados para alimentar la maquinaria bélica que genera rendimientos billonarios cada año en el mundo. En este caso, se trata del control de territorios financieros e industriales para alimentar a la bestia armamentista en todas las latitudes del planeta.

    El sionismo israelí y el sionismo cristiano son dos caras de la misma moneda. Escriben otra desastrosa página de la historia de voracidad por la tierra como propiedad, manipulando con cinismo la promesa bíblica de la tierra. Desde el siglo 19 ese sionismo nacido en el Reino Unido fue el que abonó el terreno para la posterior creación del Estado de Israel, con el pretexto de la Shoah. Ese mismo sionismo, en su versión de mesianismo político perverso representado por el Estado de Israel, ha inventado ahora un escenario criminal con un enemigo musulmán a vencer para imponer su poderío bélico en Medio Oriente, aniquilando al pueblo palestino y humillando a pueblos vecinos, por medio de la manipulación descarada de la Biblia, como lo ha mostrado Mitri Raheb en su libro imprescindible Decolonizando Palestina. La Biblia, la tierra, el pueblo. La maquinaria israelí de drones, toneladas de misiles y millones de bots o cuentas automatizadas inundando las redes sociales, ha ido regando por el mundo virtual noticias falsas que han dejado pasmado al mundo entero, produciendo una “disonancia cognitiva colectiva”, como lo ha analizado en Brasil João Cezar de Castro Rocha a partir de la teoría de Leon Festinger.

     

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    Y, por raro que parezca, la gentrificación en curso en muchas ciudades del mundo, de Barcelona a la Ciudad de México, es otra expresión de esa misma voluntad de dominio del colonizador, ahora en su gentil versión hípster. Sólo que no se trata ahora de conquistar territorios para gobernarlos por medio de ejércitos militares de ocupación con el aura de una bandera religiosa imperialista. Me refiero a los colonizadores nómadas digitales que se aprovechan de la fuerza de sus monedas, envalentonados con sus sueños de primacía blanca y tecnológica, para habitar barrios residenciales en ciudades vibrantes a un costo mucho menor del que tendría en sus países de origen. Así, esas manadas hípster nutren su ilusión cosmopolita encerrados en sus burbujas urbanas, sin entrar en contacto cercano con la población del lugar que habitan, sino que la desplazan o la subordinan a sus gustos e intereses. Este fenómeno representa la versión más reciente y perversa del colonialismo de asentamientos humanos que desplaza de su terruño a los pobladores previos.

    Durante los últimos cinco años suelo pasar una temporada al año en la colonia Hipódromo Condesa de la Ciudad de México, donde los dominicos animan desde hace casi cien años una parroquia que fue centro religioso para la clase media mexicana con aspiraciones de modernidad urbana, aunque no tanto religiosa. Cada año que vuelvo veo con sorpresa que los antiguos vecinos se han ido, vendiendo sus casas, transformándolas en Airbnb o de plano poniendo negocios de moda hípster, que van desde los restaurantes veganos y las heladerías light, hasta los bistrós con menús de comida mexicana de fusión. Pero lo que más me ha sorprendido es el pulular de negocios especializados en ángeles, velas, lecturas del Tarot, fisioterapia, yoga Bikram y de otros tipos, así como un sinfín de spas con un menú de masajes que va de la reflexología hasta lo tántrico, sin dejar de lado por supuesto el Reiki mezclado con técnicas “ancestrales” del México profundo.

    Por otra parte, las parroquias católicas de esa zona de la ciudad entraron en colapso financiero por la falta de limosnas, pero sobre todo fueron envejeciendo en su población creyente tradicional. Para sorpresa de muchos ministros religiosos la Condesa se ha convertido en décadas recientes en un laboratorio de nuevas expresiones de lo religioso, como lo ha documentado Hugo Suárez (Imágenes de la Fe. Sociología audiovisual de la colonia Condesa), sociólogo tapatío, en un estudio comparativo reciente entre las prácticas religiosas de habitantes de la Condesa y del Ajusco en la Ciudad de México, una colonia hípster y la otra popular. Para completar esta rápida mirada panorámica, es importante decir que, en años recientes, se ha constatado un repunte de creyentes en los templos católicos, sobre todo sudamericanos, marcados por un catolicismo tradicional, de piedad individual intensa y altamente moralizante. Un efecto inesperado de la gentrificación en esos lares.

     

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    ¿Qué criterios podrían ayudarnos a comprender el sentido espiritual de estos procesos de control del territorio antiguos y nuevos? ¿Las religiones de la humanidad podrían sacar del baúl de sus recuerdos algún talismán precioso que nos brinde luz?

    La segunda bienaventuranza del Sermón de la Montaña en la versión de Mateo plasma la poética de Cristo que predicó en Galilea de manera provocadora. Esa bienaventuranza dice a la letra: “Felices los mansos porque heredarán la tierra” (Mateo 5: 5). La palabra griega para referirse a los mansos es πραΰς (praus). Este término se asocia a quienes resisten a los poderes que les quieren hacer a un lado porque les consideran seres que sobran en la comunidad. En la Galilea de tiempos de Jesús esos mansos eran quienes resistían al poderío romano de los impuestos o de la ocupación militar.

    No se trata, en primera instancia, de comprender a los mansos como a las personas pacíficas según la lectura tradicional de este texto. Más bien designa a aquellas personas que resisten a las violencias sin hacer ruido, pareciendo invisibles a los ojos del mundo, porque despliegan lo que hoy podríamos llamar estrategias de resistencia como sobrevivientes de muchas violencias.

    En las calles de nuestras ciudades vemos a algunas de esas personas de reojo, pasando a nuestro lado como sombras que se yacen en una acera, o habitando casas de cartón debajo de un puente, o incluso merodeando en la basura buscando un trozo de pan, una colilla de cigarro o una lata de cerveza con un trago que tomar. Son los desechables de la sociedad de consumo, quienes sobran en un centro comercial, y con quienes tal vez nos topamos por azar o por descuido al entrar al metro o al bajar la ventana del automóvil en un semáforo de cualquier crucero urbano. Cuando nos acercamos a esas periferias muy cercanas a nosotros descubrimos que, a pesar de la sub-humanización que les rodea, esas personas se organizan, se cuidan y se acompañan.

    La promesa de la tierra que Jesús anuncia a los mansos es subversiva porque no se refiere al pueblo de Israel, como la teología davídica imperial lo había pretendido antes y lo repite hoy con su narrativa genocida. No se trata de “poseer la tierra”, mucho menos de explotarla, sino de heredarla, es decir, de recibirla como dádiva de parte del Abbá que “hace salir su sol para malos y buenos, y hace llover para justos e injustos” (Mateo 5: 45). Jesús subvierte así la narrativa dominante en su época que consistía en distribuir la tierra según estratos religiosos que marcaban la escala económica y social, donde el Templo jugaba un papel central en Jerusalén como capital religiosa de Judea.

    Por eso, el mayor atrevimiento del Galileo radicó en decir que los “mansos” heredarán la tierra, abriendo así la promesa de la tierra a los más vulnerables de la sociedad. Un mundo al revés de aquél que produce la gentrificación.

    Para concluir estas reflexiones, dejemos al poeta colombiano José Eustasio Rivera susurrar aquella esperanza incierta de quienes resisten a las colonizaciones porque intuyen que, en el corazón de sus resistencias, están comenzando a heredar la tierra:

     

    XIV

     

    ¡Soy un hijo del monte! Por su sitio más fresco
    busco, siempre cantando, la sonora colmena;
    y en las grutas silentes mi garganta se llena
    de panales nectáreos y de almendras de cuesco.

    Al salir de las ondas, con placer me adormezco
    sobre las hojarascas que mi perro escarmena;
    y al través de las ramas, en mi cara morena
    pone el sol de la tarde su movible arabesco.

    Inspirado en un sueño de ternuras lejanas,
    acaricio las flores; me corono de lianas,
    y los troncos abrazo con profunda emoción;

    que después, cuando a solas mi pensar reconcentro,
    busco el premio del monte, y en mi espíritu encuentro,
    el retoño florido de una dulce ilusión.

     

    Tierra de Promisión, Bogotá, 1921.

     

    eSwatini, 12 de julio de 2025

  • Sudáfrica, treinta y un años después del fin de ApartheidCapelle, Joseph. Vía Crucis, IV: Jesús encuentra a su madre, Parroquia de San Martín de Porres, Soweto, 2015

    Sudáfrica, treinta y un años después del fin de Apartheid

    Por Carlos Mendoza Álvarez

     

    Un pequeño campo de refugiados congoleños en las afueras de Pretoria nos recibe a un grupo de personas de universidad e iglesias interesadas en conocer sus vidas y sus historias. Nos reciben en la explanada diez familias, cada una con cuatro o cinco pequeños descendientes y algunos mayores, en una tarde fría del invierno sudafricano. Nuestro guía es Lance Thomas, colega del Centro para Fe y Comunidad de la Universidad de Pretoria, quien nos fue contando en el trayecto su visión decolonial del acompañamiento a colectivos vulnerables de personas sin casa y de refugiados. Un espléndido trabajo que desarrolla esa universidad desde hace más de diez años.

    Durante mi visita a esa universidad hace unos días me sorprendió la creatividad de esta comunidad universitaria conectando, entre otros proyectos en curso, el mundo de las personas sin casa con las diferentes facultades académicas tales como arquitectura, sociología y teología, promoviendo una teología práctica “en la calle”. La reciente conferencia inaugural del año académico del Prof. Stephan de Beer, discurriendo sobre los modos de gestación de comunidad y su dimensión espiritual, a la vez que acompañando a las familias sin casa a crear proyectos de recuperación de espacios de vida, es un botón de muestra de este modo decolonial de hacer teología.

    En el camino, Lance nos previene de la importancia de no caer en el juego de la victimización y del deseo espontáneo de ayuda económica a la comunidad que estamos por visitar. Se trata de ver de cerca las condiciones de esa comunidad para buscar estrategias de apoyo que atiendan en lo posible las causas sistémicas que someten a condiciones de vida deplorables, a más de 250 mil refugiados en Sudáfrica procedentes de Burundi, la República Democrática del Congo, Ruanda, Sudán del Sur, Somalia y Zimbabue, según ACNUR.

    Resuena con fuerza en mi mente, mientras escucho a Lance, la advertencia de Iván Illich para no perder nunca la proporción de la convivialidad con el otro, así como la amistad con el pobre que estaba en el corazón de la teología de la liberación de Gustavo Gutiérrez. Sin caer en el juego de la manipulación emocional, me propuse estar alerta para conectar ambos polos: pensar de manera sistémica y actuar de manera compasiva.

    Durante la conversación espontánea con quienes se acercaban a platicar con nosotros en el campamento, me asombró la mirada profunda, como si estuviese abierta a recuerdos dolorosos, de dos personas mayores que nos contaron historias de los siete años transcurridos desde que salieron huyendo de la guerra en la República Democrática del Congo. Han estado brincando “a salto de mata” por varios campos de refugiados de Naciones Unidas en Sudáfrica. Algunos estuvieron encarcelados durante dos años. Los niños que revolotean con sonrisas generosas y ojos grande abiertos “no conocen lo que es la escuela”, me dice uno de los líderes de la comunidad.

    Una mujer con voz enfática insiste una y otra vez sobre la discriminación que sufren como familias de parte de “sus propios hermanos sudafricanos”. Me muestra el documento que hace siete años le entregara ACNUR. Su único papel de identidad, casi destrozado por el paso del tiempo y humedecido por sus manos nerviosas, no es aceptado por ninguna autoridad sudafricana. Otro compañero se acerca lleno de furia y dolor diciendo que ya no pueden más y que, si no reciben ayuda humanitaria, pronto morirán. Vuelve la mujer con voz desesperada para para decir que los vecinos llegan a amenazarles por las noches y les dicen que se vayan, que regresen a su país. “Pero ya no tenemos adónde volver”, dice ella desconsolada.

    Una compañera del grupo estuvo hablando todo el tiempo con una de las jóvenes que está embarazada. El riesgo de falta de atención médica adecuada para ella y su bebé es real por el creciente rechazo de las clínicas del país a recibir a personas refugiadas sin permiso vigente. Ellas tejen de inmediato una red de sororidad.

    El impacto de esta visita, que compartí con un grupo cercano de amigos y familia en México, suscitó la inquietud de hacer algo junto con esa comunidad de refugiados. Pronto les informaré por aquí de lo que podemos hacer juntos.

     

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    Conté esta historia días después a quienes asisten a mis charlas sobre “Sanación colectiva y esperanza comunitaria”. Se trata de un grupo mixto de personas sudafricanas, blancas y “de color”, adultos mayores y jóvenes, algunas de ellas inmigrantes con documentos. Forman parte de una red pastoral en Cape Town y ciudades vecinas. Hablamos de la línea abismal que separa al mundo del privilegio y al de la exclusión. Subrayo la interseccionalidad que es preciso descubrir entre las diversas narrativas de “coming out” o salida del clóset de quienes viven en las sombras de la pobreza, la violencia de género, el racismo, el capacitismo y tantas otras historias de dominación en nuestras sociedades desiguales. Los asistentes conectan de inmediato con la narrativa que visibiliza a las personas con discapacidad, pero se resisten a reconocer las conexiones con las narrativas de las colectivas queer. La justicia social les atañe, pero les incomoda aun la equidad de género. Doy otra vuelta a la tuerca en mis charlas, hablando de las personas refugiadas en Sudáfrica y mi reciente visita a una comunidad en este país, describiéndolas como aquellas que viven “en las sombras de las sombras de las sombras”, evocando la potente metáfora de Frantz Fanon de “la zona del no-ser” (Piel negra, máscaras blancas). Y la audiencia comienza a abrir mente y corazón, poco a poco, para descubrir potencia, belleza y espiritualidad en quienes nos llaman a cruzar a la “zona del no ser”, para atrevernos a nombrar la violencia sistémica que a todos nos atañe, y comenzar procesos de mutuo reconocimiento, escucha y transformación personal y comunal.

     

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    Caí en la cuenta entonces de que cuando hablamos de reconciliación con la gente sudafricana tocamos una herida que aún sigue abierta, luego de décadas de mundo post-Apartheid. “Seguimos segregados”, escribe un compañero en una “conversación en silencio” que hacemos como parte del taller de la tarde, comentando sobre papelógrafos las violencias en el mundo de hoy. Tras treinta y un años de vida nacional después del trauma colectivo que significó el Apartheid para los pueblos que habitan en estas tierras, no se ha desarrollado aun una reforma agraria eficiente, pues el 60% de la tierra pertenece a los blancos Afrikáners, nada que ver con las mentiras de Trump que recibió hace poco a medio centenar de personas afrikáners como refugiadas huyendo de la persecución negra. Otro engaño cínico del dictador en funciones en tierras robadas a los pueblos originarios de Norteamérica. La distribución de la riqueza del país de los diamantes y la tanzanita sigue atorada por la corrupción de las élites negras que gobiernan hoy el país. Muchos jóvenes del post apartheid admiran a Elon Musk y a Trevor Noah, deseando migrar un día como ellos a la Gran Manzana o a Los Ángeles. Su sueño se ve reflejado ahora en el mundo artificial de la serie de Netflix Los reyes de Jo’burg que es percibida por la juventud crítica sudafricana como una burda “americanización” de la vida de este país.

    La herida de la reconciliación nacional de la nación del arcoíris de tiempos de Mandela y Desmond Tutu sigue abierta. Ciertamente hay escepticismo en el país por su clase política corrupta, como en mi añorado México. Se respira cierta resignación ante el fracaso de la democracia, aunque pequeños núcleos de comunidades críticas resisten. El “3rd Black Power Pan-Afrikanist Decoloniality Winter School”.  que se llevará a cabo en Soweto a fines del mes de julio como festival de decolonialidad combativa, presentará otro rostro de Sudáfrica. Aquella que surge del conocimiento ancestral de los pueblos africanos.

    Hay esperanza de que Sudáfrica, como hermana mayor de las resistencias de nuestros tiempos, despierte de su letargo.

     

    Cape Town, 5 de julio de 2025

  • El cuerpo del mesías: entre incertidumbre y alertaExocé Kasongo, Last Punk, impresión bajo demanda, 2021

    El cuerpo del mesías: entre incertidumbre y alerta

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

     

    Una emoción colectiva de pánico recorre a la humanidad por los cuatro puntos cardinales en el tiempo presente debido a la guerra en Medio Oriente desatada por Israel y Hamas que se extiende ahora desde Líbano y Siria hasta la antigua tierra de Irán. Un fuego que es atizado por la ambición sin medida de los Estados Unidos como nueva fase del imperialismo moderno, con sus lacayos en diversas partes del mundo. Las protestas de días recientes con el lema #No King en ese país abrieron solamente una pequeña grieta en el muro de la supremacía blanca y occidental capitalista que, como nos recordaban los zapatistas desde hace una década (El Pensamiento Crítico frente a la Hidra Capitalista I) es como una hidra de muchas cabezas que se reproduce con más fuerza cada vez que se corta una de ellas.

    La devastación de Gaza prosigue a la vista de todos en tiempo real, mientras los medios digitales reproducen con virulencia escenas de edificios en flamas en Teherán y de una masa humana desesperada de israelíes intentando entrar a los refugios antiaéreos en Tel Aviv.

    Ya desde 2007 René Girard (Clausewitz en los extremos: Política, guerra y apocalipsis) había visto venir esa “escalada a los extremos” con aguda mirada apocalíptica, analizando la lógica de la guerra como solución final de eliminación del rival, a partir del Tratado sobre la Guerra de un general prusiano llamado Clausewitz. Esta catástrofe anunciada la interpretó Girard afirmando que la sociedad moderna se había convertido en la civilización que olvidó la invitación de Cristo a desmantelar “la mentira de Satán”. Un camino de violencia mimética que consiste en creer que sacrificando a unos pocos la mayoría será preservada de la destrucción. Esa “ruta antigua de los hombres perversos” como dice el libro de Job (22: 15-16) comentado por Girard es falsa porque, a pesar de los chivos expiatorios, el mal sigue anidando en el corazón humano marcado por la rivalidad, el contagio y el sacrificio del otro que seguirá produciendo nuevas víctimas hasta que “las personas justas de la historia” detengan esa espiral violenta en sus propios cuerpos, como evoca san Pablo en su carta a los Efesios (2:14) al hablar de Cristo en la cruz.

    Tal proceso victimario es llevado a cabo hoy por los Estados perpetradores de la guerra. Lo vemos extenderse en Rusia, Estados Unidos, Israel, El Salvador y tantos otros países donde élites que gobiernan con el cinismo de las minorías del privilegio están dispuestas a sacrificar a “los desechables” en aras de la supuesta seguridad nacional, la economía de la prosperidad, la paz regional o el “mundo libre”.

    El miedo al estallido de una guerra nuclear nos paraliza. Ya vimos sus efectos devastadores hace ochenta años en Hiroshima y Nagasaki, cuando la energía atómica fue usada como arma de guerra por los Estados Unidos que desde entonces controlan la política exterior mundial, con la complicidad de la OTAN y otros Estados que deciden quién puede o no desarrollar dicha tecnología. Se trata de una nueva forma de poder soberano que se impone como geopolítica de disuasión y control del planeta. También conocemos los riesgos ecológicos devastadores de los accidentes nucleares después de las catástrofes de Chernóbil en Ucrania en 1986 y Fukushima en Japón en 2011, cuyas víctimas humanas y de miles de especies animales y vegetales, siguen siendo afectadas por los efectos devastadores de esa minúscula fuerza atómica fuera de control.

    Y, sin embargo, no hay que olvidar que esas mismas víctimas han luchado para devenir sobrevivientes que recuperan su propia dignidad y fuerza histórica en medio del horror. Jean-Pierre Dupuy nos recordaba desde el año 2002 en su libro Por un catastrofismo ilustrado  y otros que le siguieron la importancia de aprender de las víctimas del abuso de la energía nuclear sus modos de resistir.

    Es preciso subvertir la lógica de los poderosos que atrapan nuestra imaginación con su avidez de posesión. Escuchando a quienes enfrentan en sus propios cuerpos y territorios el mal, gracias a su indignación y creatividad, podremos pasar del pánico y la incertidumbre al estado de alerta que nos permita cambiar aquí y ahora esa lógica de muerte en procesos de vida y cuidado mutuo. Nos corresponde a nosotros hacernos cargo de nuestras historias de vida, enraizados en el lugar propio de nuestras comunidades y pueblos, como decía Jean Robert desde Cuernavaca para habitar el lugar a partir de la proporción del caminante (Pensar caminando).

    La paz “desde abajo” y desde el reverso de la historia de los poderosos es la que sí podemos nosotros construir día a día. Lo han hecho las madres buscadoras en Argentina y México desde hace décadas. Lo hacen los pueblos originarios desde sus saberes y formas de organización comunal. Lo imaginan y crean las mujeres en sus redes de cuidados enfrentando el patriarcado durante milenios. Lo construyen a contracorriente las colectivas queer que enfrentan las fobias diversas de ayer y hoy.

    *

    Escribo estas líneas en Durban, en África del Sur, en la costa del Océano Índico, durante una pausa del taller sobre “Esperanza y Sanación” compartido con líderes religiosos y espirituales de la región. Uno de ellos nos contaba ayer su preocupación por las tareas pendientes en este país, luego de dos décadas de refundación nacional tras la supresión del Apartheid en 1994. El liderazgo ético del pueblo sudafricano sigue dándonos buenos frutos, tales como la denuncia que presentó el Estado Sudafricano en la Corte Suprema Internacional de La Haya por el genocidio palestino que lleva a cabo el Estado de Israel. Sin embargo, al interior del país hay graves asuntos pendientes, tales como la reforma agraria que redistribuya la tierra que aún es propiedad de los Afrikáners en el 60% del territorio. En los grupos de trabajo se contaron historias de la juventud sudafricana cegada por el mundo digital y sus avatares, envolviendo la imaginación de un pueblo con falsas ilusiones que le inhabilitan para enfrentar nuevos retos. Desafíos como el rechazo a la migración de la población proveniente de países vecinos como Zimbabue, Mozambique y Lesoto, por la hambruna o guerra que padecen, la corrupción sucesiva de gobiernos y la falta de rendición de cuentas de autoridades de todos los niveles. Buscando juntos criterios para enfrentar esta crisis de incertidumbre, hemos encontrado que las espiritualidades de la humanidad, como la tradición de curandería africana y las iglesias de diversa denominación cercanas al pueblo en las periferias, con su riqueza admirable de modos de vida, prácticas de meditación y sanación, representan formas subversivas de comunidad frente al monopolio religioso en todas las tradiciones. Esas espiritualidades son un oasis para el pueblo que habita “la región del no-ser” evocada por Frantz Fanon (Los Condenados de la tierra).

    Pero esas espiritualidades necesitan ser recuperadas en su fuerza interior de rebeldía ante el mal y de gestación de otros modos de vida. Hoy más que nunca es preciso desmantelar el poder de las ideologías religiosas que hacen de las espiritualidades instrumentos de manipulación de conciencias, cuerpos y territorios.

    La humanidad está llamada hoy a pasar del pánico y la incertidumbre al estado de alerta, es decir, a la imaginación creadora que moviliza las fuerzas de cada persona y comunidad, tejiendo vínculos de vida en medio de la muerte. En la tradición cristiana hoy se celebra Corpus Christi, el cuerpo del Mesías. No se trata de una mitología religiosa que sacraliza objetos, sino de la memoria viva de la humanidad y el cosmos como cuerpo mesiánico herido de muerte que lucha por la vida. En varios países surgen iniciativas de gobiernos e iglesias para promover la paz. En México el “Diálogo Nacional por la Paz” que promueven este fin de semana varias organizaciones católicas es un reflejo de este clamor.

    Pero no hay que olvidar que el llamado a la paz que surge en este contexto de guerra inminente en Medio Oriente y en cada región del planeta será una “llamarada de petate” si ese fuego no es atizado en el interior de cada uno de nuestros cuerpos y comunidades con prácticas de autocuidado, de meditación y mutuo acompañamiento, de nuevos modos de gobernanza y de justicia transicional que detengan la espiral del odio que campea por el mundo.

    Así podremos transitar de la incertidumbre a la vigilancia crítica y esperanzada como humanidad que, junto con toda la creación, resiste y re-existe para devenir cuerpo vivo del mesías.

     

    Durban, Sudáfrica

    21 de junio de 2025

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