Autor: mendocinomx

  • La paz como caminos de insurrección mesiánica Sobre la Agenda Frayba 2026 Memorias subterráneasGabriela Soriano | Memorias Subterráneas | San Cristóbal de las Casas, Chiapas | 2026

    La paz como caminos de insurrección mesiánica Sobre la Agenda Frayba 2026 Memorias subterráneas

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    El miércoles pasado se llevó a cabo la presentación de la décimo quinta edición de la Agenda Frayba con el título “Memorias subterráneas”, preparada por el Centro de Derechos Humanos fray Bartolomé de Las Casas, en Chiapas. Se trata de una publicación anual que, desde el año 2011, conserva la memoria viva de las acciones llevadas a cabo en la promoción y defensa de los derechos humanos de los pueblos originarios de Chiapas, así como de personas en movilidad forzada y refugiadas, que han sido acompañadas por esta organización de la sociedad civil a lo largo de varias décadas. El Frayba -como se llama con cariño a esta organización- nació inspirado por los vientos de renovación conciliar de la diócesis de San Cristóbal de Las Casas y de los procesos sociales surgidos como expresión del movimiento indígena de la segunda mitad del siglo XX.

    Tres artículos de reflexión sobre el contexto local, regional y nacional -a cargo de Jorge Santiago, fundador de varias organizaciones eclesiales y civiles, Susana Montes de la Comisión de Apoyo a la Reconciliación Comunitaria (Coreco) y una entrevista a Carlos González, integrante de la Coordinación del Congreso Nacional Indígena de Gobierno realizada por Pedro Faro-  van acompañados por una valiosa memoria gráfica de los momentos cumbre de tres décadas de construcción de paz en tierras chiapanecas. El diseño editorial y las ilustraciones de Gabriela Soriano Segoviano reflejan, con bellos trazos de arte popular contemporáneo, las conexiones de las memorias subterráneas de resistencia que animan a los pueblos originarios de hoy, así como a la sociedad civil y las iglesias que caminan con ellos.

    A continuación, transcribo mi participación en la mesa redonda, en esa tarde lluviosa en San Cristóbal de Las Casas.

    “No hay camino hacia paz, la paz es el camino”

    Mahatma Gandhi

    Estamos conmemorando este año tres décadas de construcción de paz en Chiapas: el Frayba, Coreco, Sipaz, el Congreso Nacional Indígena, el Movimiento Zapatista, los Acuerdos de San Andrés y muchas otras iniciativas de la sociedad civil, las iglesias y los movimientos sociales. Dichas redes surgieron en la tierra fértil chiapaneca, preparada desde hace más de seis décadas por el plan pastoral de la Diócesis de San Cristóbal con la llegada del obispo jTatik Samuel Ruiz que condujo, luego de una ardua y paciente conversación y camino andado con los pueblos originarios, al nacimiento de una Iglesia autóctona.

    Una década después, el Congreso Indígena de 1974 propició el surgimiento de la conciencia colectiva de los pueblos originarios como sujetos históricos. Y finalmente la aparición del movimiento zapatista del EZLN, con sus bases de apoyo y sus milicianos, propuso otro modo de vivir y crear lo político como el común. Todos estos procesos fueron acompañados por una viva y creativa corriente de pensamiento crítico, surgida en los Altos de Chiapas y las cañadas de la Selva Lacandona, a lo largo de la segunda mitad del siglo XX.

    La Escuela de San Cristóbal, llamada así por Pablo Romo, junto con la Escuela de Cuernavaca, analizada por Humberto Bech, han sido mi parecer las dos principales contribuciones mexicanas al pensamiento crítico de la segunda mitad del siglo XX. Ambas nos dan hoy un rumbo preciso para enfrentar con lucidez la espiral creciente de violencia sistémica que, con el pensador puertorriqueño decolonial Nelson Maldonado-Torres, llamamos aquí la Gran Catástrofe.

    La reflexión de Jorge Santiago en la Agenda Frayba 2026. Memorias subterráneas que hoy presentamos subraya con mucha razón la centralidad de los Acuerdos de San Andrés como crisol de luchas de varias décadas por la paz con justicia y dignidad. El pensador sancristobalense nos hace notar que siguen vigentes las reivindicaciones históricas de los pueblos originarios, con la deuda pendiente del estado mexicano para honrar esos acuerdos históricos.

    Dos cartas pastorales de jTatik Samuel Ruiz y Don Raúl Vera prepararon la celebración del III Sínodo Diocesano que se llevó a cabo de 1995 a 1999, proceso que permitió recoger la cosecha de lo sembrado por medio siglo de vida pastoral y darle así un camino certero de sinodalidad a la vida y compromisos de esta diócesis. Ambas cartas nacieron en un contexto de incertidumbre por la animadversión y el conflicto de parte de autoridades vaticanas de aquella época, atizadas por el Club de Roma o grupo de obispos mexicanos que fueron los enemigos declarados de la teología de la liberación en México y América Latina.

    La primera carta pastoral Para que la justicia y la paz se encuentren (1996) es una respuesta eclesial al levantamiento armado de 1994. Refleja la lucha por la tierra de los pueblos originarios, así como la opción por la justicia y la paz que hiciera esta diócesis, siguiendo el impulso del Concilio Vaticano II y de la II Conferencia del Episcopado Latinoamericano en Medellín. La segunda carta pastoral Del dolor a la esperanza, firmada por ambos obispos en 1998, después de la masacre de Acteal, es una apuesta por la esperanza en medio del dolor de los sobrevivientes y un compromiso para seguir buscando paz con justicia y dignidad.

    La violencia de la curia vaticana contra este proyecto pastoral se iría desatando después contra Don Raúl Vera, quien fue trasladado a la Diócesis de Saltillo el 30 de diciembre de 1999 como un intento fallido de desmantelar el proceso sinodal. Lo que nunca imaginaron sus detractores es que esa decisión perversa sería la ocasión para esparcir la semilla de una Iglesia liberadora, ahora en tierras de extractivismo minero y violencias de género, que Don Raúl asumiría con fidelidad a su misión como pastor en aquellas tierras del norte desértico de México.

    Finalmente, deseo hacer dos comentarios finales para proseguir la conversación.

    Los retos del caminar, luego de tres décadas de construcción de paz, ahora son inéditos ya que estamos ubicados en la incierta hora del colapso civilizatorio. Ya no basta con el compromiso por la justicia para los pueblos originarios, es imprescindible integrar otras justicias como la de género (diversidad sexual) y la justicia ecológica para comprender las rebeldías transmodernas que construyen personas y colectivas de sobrevivientes en contextos de violencia global. La fuerza histórica de los pobres, que pensó la teología de la liberación de la primera generación, está dando paso a la razón insumisa de movimientos sociales y eclesiales que ya desde ahora tejen redes de mutuo acompañamiento, dignidad, resistencia y re-existencias diversas.

    Es hora también de reformular el marco teórico para pensar la violencia sistémica. La teología de la liberación requiere una radicalización que surja del diálogo con el pensamiento decolonial, la teoría queer/cuir y la interseccionalidad para seguir acompañando procesos de paz, de justicia transicional y de espiritualidades diversas de la vida que enfrenten la Gran Catástrofe en curso.

    No olvidemos que es tarea nuestra honrar el legado de los ancestros de la Iglesia liberadora, pero desde las nuevas subjetividades, los cuerpos y los territorios en resistencia, con los frutos de pensamiento, arte y espiritualidad que surgen como insurrecciones mesiánicas anticipando mundos otros, de dignidad y vida para todes.

    La espiritualidad del tiempo mesiánico es interrupción del tiempo lineal de ese chronos que devora a sus hijos en altares de sacrificios cruentos. Tal fuerza mesiánica surge como insurrección pacífica ante la violencia sistémica, es decir, como ruptura del círculo fatal de la rivalidad y la violencia, para instaurar procesos de mutuo reconocimiento, más allá de la violencia que produce pobreza, exclusión y sometimiento a los poderes hegemónicos. Es una espiritualidad de la vida en medio de la muerte. Tiempo otro que (in)surge como anticipación de otros mundos posibles desde los sobrevivientes de ayer y hoy.

    El próximo miércoles 25 de marzo, a las 6 de la tarde, seguiremos conversando sobre el pensamiento crítico surgido en tierras chiapanecas, con las reflexiones de Pablo Romo sobre la Escuela de San Cristóbal y las experiencias de una espiritualidad del mutuo acompañamiento en medio de las violencias, a cargo del amigo y colega peruano Juan Carlos La Puente. Ambas reflexiones serán celebradas con el performance dancístico de Martha Elena Welsh.

    Nos vemos en el Restaurante Belil, en el centro histórico de San Cristóbal de Las Casas, donde con Ricardo y Carmen como anfitriones, junto con Angélica y Abraham, seguiremos abriendo espacios de comensalidad, donde las resistencias y las espiritualidades surgen como apuesta de diálogo permanente y mutuo acompañamiento en los cuidados de la vida.

    San Cristóbal de Las Casas, 7 de marzo de 2026

  • Somos tierra, somos viento Las enseñanzas del Jilol PedroCarlos Mendoza Álvarez | Rezo en los cerros con Jilol Pedro | Sot's Leb, 2026

    Somos tierra, somos viento Las enseñanzas del Jilol Pedro

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    La base rocosa de la montaña -por la que se abre paso el Ts’ajalsul o río de aguas saladas- es el centro del mundo durante el rezo de Pedro, el joven Jilol o curandero del pueblo tsotsil. Ataviado con su poncho de lana negra, con dos cruces rojas bordadas en los hombros como la dalmática de San Lorenzo Mártir patrono de Sots’leb -tierra de murciélagos en tsotsil, o Zinacantán- Pedro siembra las candelas y coloca las flores ya bendecidas desde antes del amanecer.

    En una larga ceremonia celebrada en el salón parroquial, en la víspera del miércoles de ceniza, se congregaron los seis Jiloletic con decenas de catequistas y algunos de los frailes que caminamos con ellos. Nos aprestábamos así a acompañarlos a seis lugares sagrados del pueblo zinacanteco para llevar ofrendas a los cerros que nos protegen de las guerras y los males, invocando a Dios y a los santos en cada ojo de agua, roca en el fondo de la cañada, o cumbre de un cerro donde nos detendremos para rezar tras una extenuante caminata sagrada.

    Tres veces al año, según la tradición ancestral, se eleva al cielo el rezo en los cerros de esta región de los Altos de Chiapas habitada por los pueblos tsotsiles de Zinacantán para venerar a la Madre Tierra en sus lugares sagrados y reconocer al Dios de la Vida, quienes no cesan de cobijar con los bosques y los ojos de agua a todas las creaturas que aquí habitan. Los Jiloletic son los que tienen el poder sagrado en estas ceremonias, ellos han recibido el encargo -en sueños y por señales extraordinarias a lo largo de su vida, a veces desde la infancia- de curar a la comunidad de sus muchos males, enfermedades y violencias en sus cuerpos y cultivos. Curanderos de la tradición ancestral, su autoridad espiritual es reverenciada por las comunidades en momentos cumbre como el rezo en los cerros para pedir buena siembra, lluvias abundantes y protección de la guerra y otros males que acechen a los pueblos y creaturas que moran en estas tierras.

    Pedro es un joven Jilol que dirigió la peregrinación de una de las seis rutas que recorrieron los cerros de Zinacantán al inicio de este año. Su carácter apacible, de mirada profunda y sonrisa amable, deviene poderoso cuando inicia los rezos en tsotsil, con voz potente y mántrica, entonando invocaciones a los cerros, a los santos y al Ch’ul Espíritu, con Jesucristo y María como guías de protección y fuerza divina. Todos nos ponemos de rodillas detrás de él, sobre la juncia que esparcen con cuidado los catequistas, para “sembrar las candelas”, ya bendecidas, delante de las tres cruces color verde zinacanteco que marcan ese lugar como un espacio sagrado, visitado por otros peregrinos a lo largo del año. Las cruces son veneradas también con flores blancas y amarillas que también fueron bendecidas e incensadas antes del amanecer.

    En algunas de las estaciones del rezo Pedro nos cuenta una historia del lugar sagrado. Como aquella de Lachikin, en del cerro rocoso al lado del río donde se convoca a unos soldados que ahí se quedaron, luego de que en el pasado intentaron atacar a una mujer que se bañaba en el río, impulso criminal que les condujo a la corriente donde se ahogaron. Pero los cerros los rescataron y los convirtieron en guardianes de esas tierras para proteger a sus habitantes de las guerras. Por eso cada año hay que venir a recordarles ese encargo, porque aquí siguen morando. Son muchas las creaturas que habitan los cerros y los Jiloletic han recibido el don de verlas y comunicarse con ellas con el fin de pedir la protección para las comunidades.

    Tras escuchar esa breve historia el grupo sigue el camino avanzando en fila india por un sendero pedregoso y empinado para subir por la ladera del cerro y pasar a otra cañada donde tendrá lugar un nuevo rezo. Pero antes de emprender la ruta los caminantes recibimos un vasito con refresco que pasa de boca en boca, como un acto ritual de fuerza compartida. Alejandro, el coordinador de los catequistas, nos invita a recoger la basura que han dejado otros peregrinos descuidados, sobre todo botellas y envolturas de plástico, como una señal del cuidado del lugar sagrado que acabamos de venerar. Un pequeño signo del trabajo del cuidado de la Madre Tierra que se promueve con dificultad la diócesis como parte de la espiritualidad y la ecoteología.

    Desde hace ya varias décadas la Parroquia de Zinacantán -encomendada de nuevo a los frailes dominicos en 1975, luego de una ausencia de más de un siglo, en sintonía con la Diócesis de San Cristóbal de Las Casas en su opción por los pobres y los pueblos originarios, junto con los cientos de catequistas y ministros laicos que animan a las comunidades- ha ido promoviendo el encuentro de la espiritualidad ancestral del pueblo zinacanteco con la espiritualidad cristiana del Evangelio de Cristo, encarnado en la vida y cultura de las comunidades zinacantecas. El rezo en los cerros, por ejemplo, que siguen llevando a cabo los Jiloletic de manera independiente, forma parte también de las actividades de la parroquia. Cada uno de esos momentos cumbre del año culmina con una Eucaristía donde confluyen ambas tradiciones en una intención común de cuidar la vida de la comunidad y venerar a la Madre Tierra como don primigenio del Dios de la Vida, quien nos nutre con su cuerpo que es tierra y viento, agua y fuego, y en el colmo del amor se hace cuerpo de Cristo para nutrir a la comunidad orante.

    “Somos tierra, somos viento” fue el mantra que surgió en mi corazón mientras acompañaba en silencio los rezos del Jilol Pedro en cada uno de los sitios sagrados que visitamos una mañana fría y con sol radiante en los cerros de Zinacantán.

    Tierra que es nutrida por ojos de agua, arroyos y ríos que fluyen entre sus cañadas rocosas.

    Viento que mece las copas de los árboles y lleva en su carruaje a las aves que ahí habitan. Viento que atiza el fuego que humanizó a los ancestros.

    “Somos tierra, somos viento” según la sabiduría del rezo de los cerros. Esa conciencia plena hecha cuerpo, aliento, plegaria y palabra compartida estos días con los Jiloletic de Zinacantán perdurará en mi memoria como un destello de la vida que otras tradiciones reciben también en su propia lengua.

    No por azar, tal vez, esta semana recibíamos la ceniza en la cabeza según el simbolismo del pueblo hebreo y luego cristiano: somos tierra preparada por Dios como alfarero ancestral. Gesto acompañado de un llamado a la conversión. Pero también somos viento de Dios que insufla en nosotros su propia Ruah divina para hacer de nosotros seres vivientes.

    Sots’leb, 22 de febrero de 2026

    Nota: ¿Cómo conectamos hoy con nuestro ser tierra y viento?

  • Amores no patriarcalesEl Cometa Ludo | La lucha no continúa, es continua | 2014

    Amores no patriarcales

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    “El patriarcado es un juez que nos juzga por nacer | y nuestro castigo es la violencia que ya ves […] Y la culpa no era mía ni cómo andaba ni cómo vestía | y la culpa no era mía ni cómo andaba ni cómo vestía…” Así iniciaba el performance de la colectiva chilena de Valparaíso Las Tesis en el auge del movimiento #MeToo antes de la pandemia del Covid19 que azotó a la humanidad. Recuerdo cómo en el 2020 se extendían por el mundo, como un oleaje creciente, las protestas en las plazas, los tendederos de denuncia de acoso sexual en universidades, empresas, oficinas de gobierno y jardines públicos. Una marea verde y negro de acción afirmativa de las mujeres enfrentando el patriarcado.

    En aquél entonces las colegas de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México denunciaron en el tendedero a compañeros estudiantes, profesores y directivos que habían cometido algún acto de acoso sexual. Gracias a esas protestas se estableció tiempo después de manera formal un protocolo institucional para denuncias de acoso en la universidad gestionado por diversos comités y comisiones institucionales. También se promovió una cultura de los derechos humanos para combatir la violencia de género, integrando esa problemática al currículum y fundando el Centro de Estudios Críticos de Género y Feminismos. Años antes se había creado un programa de doctorado para investigar ese fenómeno en la sociedad contemporánea desde una perspectiva interdisciplinaria y contribuir así al fortalecimiento de colectivas feministas y de la diversidad sexual, a la vez que diseñar propuestas para el establecimiento de políticas públicas de equidad de género. Me tocó explorar, junto con las colegas feministas y queer, los mejores caminos para apoyar esa iniciativa desde la División de Humanidades y Comunicación, donde trabajaba como divisional en aquellos años con un formidable equipo de colegas jóvenes, expertos en filosofía, comunicación, artes gráficas, administración y gestión académica.

    En aquellos años también se multiplicaron las denuncias de figuras públicas que fueron surgiendo en diversos ambientes culturales, como el artístico, el académico y el religioso, que expresaban el clamor de más de la mitad de la población de la humanidad harta de la violencia de género, principalmente contra las mujeres, pero también contra las personas y colectivas queer. Gracias a ese despertar colectivo descubrí el admirable trabajo de la teóloga de la India Kochurani Abraham con mujeres víctimas de violencia de género infligida contra las mujeres por líderes varones de tres tradicionales religiosas de la India: el hinduismo, el islam y el cristianismo. Su trabajo consistía en visibilizar dicha violencia milenaria y acompañar a las mujeres en su camino de liberación del lastre patriarcal por medio de la invención de nuevas formas de pertenencia a su tradición espiritual, nutrida con cuidados mutuos y creatividad en su compromiso por entrelazar espiritualidad con justicia social y equidad de género.

    Pero también hubo excesos como la cultura de la cancelación que destrozaba con un clic la vida y la trayectoria de personas acusadas sin sustento, a veces como ajuste de cuentas, otras como fruto podrido de la rivalidad, y algunas otras con motivos suficientes para una denuncia anónima por miedo a las redes de corrupción que mantenían el pacto patriarcal intacto, fenómeno político analizado por Rita Segato como mandato de masculinidad en su obra Contra-pedagogías de la crueldad.

    El caso de Boaventura de Sousa Santos me tocó de manera muy cercana porque años atrás había organizado, junto con el querido colega y amigo Pablo Reyna, un coloquio sobre su obra científica y poética, para enmarcar el Doctorado Honoris Causa que le otorgaba cinco universidades del Sistema Universitario Jesuita de México por su notable contribución a las epistemologías del Sur, al Foro Social Mundial y a la ecología de saberes. Un grupo de colegas del Centro de Estudios Sociales (CES) la Universidad de Coímbra le denunció por acoso sexual en una publicación británica que luego fue retirada. La denuncia acabó con su carrera de manera fulminante. Esa crisis, al mismo tiempo, visibilizó un problema soterrado de rivalidad en la academia portuguesa con sus conexiones en todas las latitudes del planeta. Luego que ya ha pasado un lustro hoy sabemos que las acusaciones no han sido probadas, aunque el daño ya está hecho, según el reciente relato de la filósofa brasileña Marilena Chaui. Como parte de esta triste historia, Maria Paula Meneses, académica de Mozambique que fue una de las personas acusadas por encubrimiento del autor portugués, acaba de fallecer y puede leerse un mensaje de despedida que hizo público en julio pasado antes de su muerte.

    ¿Cómo mantener la vigencia de una obra colosal como la de Boaventura, Maria Paula y Marilena, con su red de conversaciones sobre el mundo con colegas decoloniales y anticoloniales como Silvia Rivera-Cusicanqui y Gladys Tzul Tzul luchando desde abajo, honrando primero la memoria de las víctimas del patriarcado, así como a aquellas atrapadas en la espiral de resentimiento y odio que se expande en diversos colectivos humanos, sin dejar de clamar por la necesaria rendición de cuentas y el desafío del descubrimiento comunal de la verdad?

    Esta semana participé en el Seminario sobre prácticas no patriarcales dirigido por el querido amigo y colega antropólogo Abraham Mena en Ecosur. Fue una sesión virtual que nos permitió incluir en la conversación académica en esta ciudad coleta e indígena a la teología crítica como interlocutora de otras disciplinas sociales y las humanidades para pensar los caminos de superación del patriarcado con sus masculinidades tóxicas.

    En mi presentación subrayé la necesidad de la interseccionalidad como método a fin de conectar las violencias diversas que padecen “los condenados de la tierra”, comenzando por las mujeres, pero incluyendo a las personas basurizadas por una sociedad hegemónica patriarcal, capitalista, clasista y de supremacía blanca.

    Me sorprendieron las preguntas en línea que apuntaban a las buenas prácticas de desmantelamiento del patriarcado. Mi hilo conductor en el diálogo fueron los amores no patriarcales como una brújula para salir del enredo del poder hegemónico con sus muchas cabezas, como la hidra capitalista de la que nos advirtieron los zapatistas hace algunos años.

    Esos amores no patriarcales son amores disidentes que desmantelan la manera tóxica de afirmar la condición humana como poder, control y mandato de masculinidad. Amores diaspóricos de personas queer, pero también amores de personas cisgénero que dan cabida a la diversidad en sus propios cuerpos, mentes y espíritus. Y como expresión de esos amores, subrayaba también la importancia de la ritualidad que crean las colectivas en su diversidad para celebrar la vida como sobrevivientes: las madres de personas desaparecidas, los migrantes enfrentando al tren del horror, no por azar nombrado La Bestia, y los pueblos originarios entrelazando la tradición ancestral con cristianismos de diversas tonalidades confesionales.

    Contaba yo, como referente de estas nuevas formas, la historia de las liturgias feministas que recrean su propia sacramentalidad del paso de la divinidad por las vidas, las cuerpas y las luchas de las mujeres, como lo ha explorado Marilú Rojas en sus investigaciones sobre la ecoteología feminista de la liberación. Traía al corazón también las liturgias queer/cuir de aquellas colectivas de la diversidad Lbgtiq+ que no cesan de celebrar al Dios raro como divinidad encarnada, pues como señala Ángel Méndez, no hay nada más cuir que un Dios humanizado.

    Los amores no patriarcales son, al fin y al cabo, aquellos amores diaspóricos, es decir, en salida hacia los otros, las otras, los otroas. Amores de género fluido que se reconceptualizan sin cesar, como lo analiza Sylvia Marcos en el caso de las mujeres zapatistas, donde lo que importa son las personas que se arriesgan a vivir cada relación humana y creatural en la tesitura del amor que no controla, ni impone, ni mata, sino que celebra la vida en su asombrosa diversidad.

    Amores no patriarcales que es preciso descubrir en cada historia de quienes se atreven a salir al encuentro del otra, la otra, les otroas como dádiva, regalo, don, llamado, caricia, clamor y encuentro.

    San Cristóbal de Las Casas, 14 de febrero de 2026

    Nota: ¿Cómo entretejes tú amores no patriarcales?

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