Autor: mendocinomx

  • La teología feminista como resistencia al clericalismo y reinvención de la Iglesia Sobre las voces y saberes de las mujeres sobrevivientes de abusosLolo Góngora | Mujeres en primera línea | Santiago de Chile, 2020

    La teología feminista como resistencia al clericalismo y reinvención de la Iglesia Sobre las voces y saberes de las mujeres sobrevivientes de abusos

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    Ayer participé en la brillante defensa de tesis doctoral de María Soledad Del Villar Tagle, pensadora y activista feminista chilena, para la obtención del PhD en el Departamento de Teología del Boston College, luego de seis años de acompañamiento como director de tesis, junto con tres destacadas colegas de renombre internacional: Lisa Cahil, Margaret Guider y Nancy Pineda-Madrid.

    Con este acto concluí mis compromisos académicos con esa universidad estadounidense, donde tuve la fortuna de tejer redes de pensamiento crítico con algunos colegas, sobre todo tesistas de doctorado que hoy son ya profesoras en varias universidades del mundo como Laurel Potter,  Valentina Nilo, Amirah Orozco y Maddie Jarrett, quienes representan las nuevas voces de las teologías feminista, queer, latinx y de la discapacidad, con un sello descolonial en sus investigaciones.

    El tema de la tesis de Sole, como le decimos con cariño sus colegas, era de suyo complejo porque toca una herida abierta en la Iglesia católica romana, a saber, la justicia para las mujeres sobrevivientes de abusos sexuales cometidos por clérigos en las últimas décadas, en particular en Chile. Por desgracia el abuso sexual de parte de clérigos -contra las mujeres adultas y contra menores de edad en su mayoría varones- es un fenómeno que se extiende como un cáncer silencioso en otras iglesias locales del mundo, donde se han establecido comisiones civiles y eclesiásticas, en especial en Francia, Australia, Canadá y los Estados Unidos. En México, por desgracia, la fuerza del pacto patriarcal persiste. La práctica sistémica del abuso sexual y moral está asociada con frecuencia al liderazgo masculino como instrumento de poder también en otras religiones, conformando un sistema patriarcal con justificación religiosa clerical, como lo ha analizado Kochurani Abraham en la India.

    Y para colmo, el abuso sexual y moral contra las mujeres y personas vulnerables persiste desde hace milenios en diversas instituciones como la escuela y el ejército, por no mencionar las familias, lugar donde varones con prácticas de masculinidad tóxica imponen formas perversas de control sobre los cuerpos, las mentes y los anhelos de las mujeres y personas vulnerables.

    A continuación, comparto algunas de mis reflexiones que propuse ayer para abrir el diálogo con Sole en su defensa de tesis que, de manera virtual reuniendo gente del Norte y del Sur, creó una comunidad de escucha, emocionada por recibir la cosecha de un pensamiento teológico feminista vivo.

    Es un gusto darles la bienvenida a la defensa de tesis de María Soledad del Villar Tagle que corona una investigación de hondo significado y largo trabajo académico que contribuye a la teología feminista latinoamericana y sus conexiones en otros contextos culturales.

    También es un honor presidir como Advisor este acto académico junto con las admiradas colegas Lisa Cahil, Margaret Guider y Nancy Pineda-Madrid, quienes conforman el Comité académico que ha acompañado con una lectura crítica la tesis de María Soledad Del Villar Tagle, brindándole importantes elementos para afinar el argumento, la metodología y las implicaciones teológicas de la tesis.

    El título de la disertación es por sí mismo elocuente y desafiante: “La crisis de abuso sexual en la Iglesia Católica chilena. Reflexiones teológicas feministas para las sobrevivientes y para una Iglesia herida”. La candidata nos pone delante de una deuda de justicia epistémica hacia las mujeres adultas sobrevivientes de los abusos sexuales perpetrados por clérigos en la Iglesia católica romana en Chile en las décadas recientes. Se trata de una investigación interdisciplinaria que combina metodología cualitativa de investigación en el marco teórico del feminismo contemporáneo y los estudios de trauma. Con ambas lentes es posible analizar la realidad de las mujeres sobrevivientes en su complejidad de dimensiones, así como ponderar las implicaciones para el proceso de sanación personal y comunitaria. Como parte crucial del argumento de la tesis surgen las implicaciones para una eclesiología que afronte las causas de la violencia de género en la Iglesia y su relación con el clericalismo como ideología de poder patriarcal que persiste en una institución milenaria.

    Por mi parte, quiero iniciar el diálogo contigo, Sole, recordando tres momentos de tu proceso de investigación compartido durante siete años. Momentos inspiradores que, a mi parecer, se encuentran “tras bambalinas” de tu trabajo teológico.

    El primero es el encuentro que tuvimos en Lovaina, durante el congreso sobre teología sistemática de 2019, donde por primera vez me hablaste de tu proyecto de investigación en ciernes. Tu enfoque latinoamericano y feminista se abría, ya desde entonces, a preguntas que se expandían a otros contextos y subjetividades que padecen violencias diversas, comenzando por las mujeres, pero conectando con otras subjetividades como las personas migrantes, las colectivas Lbgtiq+ y las personas con capacidades diferentes. Así lo fuimos explorando juntos en el curso de pregrado “Dios, la persona y la sociedad”, donde colaboraste como asistente de enseñanza a mi llegada a BC en el crudo invierno de 2021 en medio de la pandemia. Ese hilo de la violencia contra personas vulnerables sigue presente en el tejido de tu tesis.

    El segundo momento fue el encuentro con las Comunidades Eclesiales de Base (CEBs) de El Salvador al que nos invitó Laurel Potter, como el momento de verificación de los resultados de su investigación de tesis sobre la eclesiología de las CEBs en tanto teología narrativa de la liberación con sus altares, memoriales y celebraciones dominicales. En ese coloquio, nutrido por la visita al lugar del martirio de Monseñor Romero, subrayaste tu experiencia con las comunidades de mujeres en Chile que asumieron el ver-pensar-actuar como parte de su camino de seguimiento de Jesús. Procesos que te conectan con tus ancestras chilenas en la construcción de un mundo otro, más allá del patriarcado, como Gabriela Mistral y Violeta Parra en tiempos libertarios, o Elizabeth Lira y las asistentes sociales de la Vicaría de la Solidaridad en tiempos la dictadura chilena. Otro hilo precioso en tu telar teológico es esta trama comunitaria de la experiencia de las mujeres y su modo de acuerpar la redención por medio de prácticas de cuidado por las que enfrentan de manera creativa la pedagogía de la crueldad producida por el mandato de masculinidad analizado por Rita Segato.

    El tercer momento que quiero evocar hoy fue el encuentro festival Re-existe. El Espíritu cruzando periferias, celebrado en Guadalajara, México, en 2023. En particular, quiero recordar aquí el taller con plastilina que dirigió el colectivo de la diversidad sexual de estudiantes del ITESO. Fuimos invitades a moldear con plastilina los órganos sexuales reproductivos para hablar luego de nuestra propia relación con nuestros cuerpos. Entonces tú estabas embarazada de Manuel y moldeaste con plastilina tu vientre con el embrión dentro. Lo más sorprendente esa tarde fue tu diálogo con las Madres Buscadoras que lloran en México la ausencia de sus hijes. Ellas conectaron contigo de manera potente y tú con ellas por la presencia-ausencia de sus maternidades propias. El cuidado mutuo como sororidad se tradujo en este momento memorable como una experiencia de cuerpas en resistencia y re-existencia. Ahí descubro otro hilo precioso en el telar de tu tesis.

    Con estas remembranzas, quiero pedirte que nos expongas ahora con más claridad dos elementos de tu tesis que ya están enunciados en el último capítulo, pero que serán parte, sin duda, de futuras investigaciones: ¿Cuál es la espiritualidad de la resistencia de las mujeres abusadas y sobrevivientes que no solamente las empodera, sino que les permite conectar con otras subjetividades en resistencia? ¿Qué rituales de sororidad pueden conectarse con otras colectivas en resistencia como expresión de la Iglesia como cuerpo de Cristo herido y en proceso de resurrección?

    Y luego prosiguió un diálogo rico en torno a las prácticas por medio de las cuales las mujeres sobrevivientes imaginan y crean otro mundo posible: rituales de sororidad, resignificación de las celebraciones sacramentales del cristianismo volviendo a su fuente simbólica y ética, así como la conexión con espiritualidades ancestrales que mantienen viva la sacramentalidad de la Madre Tierra como regalo de la Divinidad, y muchas prácticas más.

    Esas cuestiones quedaron abiertas para futuras investigaciones. No me cabe duda de que la teología feminista hoy sigue vigente con una nueva generación de pensadoras, proponiendo pensamiento crítico como el de María Soledad Del Villar Tagle, contribuyendo así a construir nuevas expresiones de un cristianismo post-patriarcal como promesa cumplida de vida para todes.

    Al concluir la defensa, el Comité aprobó por unanimidad la brillante tesis, recomendando su publicación en español para devolver a las sobrevivientes y sus colectivas esos saberes cosechados, así como algunos artículos o monografías en inglés sobre los temas que se cruzan en este tejido interdisciplinario, como el feminismo, el trauma y las espiritualidades de las sobrevivientes.

    Quienes deseen conocer las publicaciones de Sole, pueden encontrarlas aquí: https://psiucv.academia.edu/Mar%C3%ADaSoledadDelVillarTagle

    Boston – San Cristóbal de Las Casas – Valparaíso, 13 de marzo de 2026

  • La paz como caminos de insurrección mesiánica Sobre la Agenda Frayba 2026 Memorias subterráneasGabriela Soriano | Memorias Subterráneas | San Cristóbal de las Casas, Chiapas | 2026

    La paz como caminos de insurrección mesiánica Sobre la Agenda Frayba 2026 Memorias subterráneas

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    El miércoles pasado se llevó a cabo la presentación de la décimo quinta edición de la Agenda Frayba con el título “Memorias subterráneas”, preparada por el Centro de Derechos Humanos fray Bartolomé de Las Casas, en Chiapas. Se trata de una publicación anual que, desde el año 2011, conserva la memoria viva de las acciones llevadas a cabo en la promoción y defensa de los derechos humanos de los pueblos originarios de Chiapas, así como de personas en movilidad forzada y refugiadas, que han sido acompañadas por esta organización de la sociedad civil a lo largo de varias décadas. El Frayba -como se llama con cariño a esta organización- nació inspirado por los vientos de renovación conciliar de la diócesis de San Cristóbal de Las Casas y de los procesos sociales surgidos como expresión del movimiento indígena de la segunda mitad del siglo XX.

    Tres artículos de reflexión sobre el contexto local, regional y nacional -a cargo de Jorge Santiago, fundador de varias organizaciones eclesiales y civiles, Susana Montes de la Comisión de Apoyo a la Reconciliación Comunitaria (Coreco) y una entrevista a Carlos González, integrante de la Coordinación del Congreso Nacional Indígena de Gobierno realizada por Pedro Faro-  van acompañados por una valiosa memoria gráfica de los momentos cumbre de tres décadas de construcción de paz en tierras chiapanecas. El diseño editorial y las ilustraciones de Gabriela Soriano Segoviano reflejan, con bellos trazos de arte popular contemporáneo, las conexiones de las memorias subterráneas de resistencia que animan a los pueblos originarios de hoy, así como a la sociedad civil y las iglesias que caminan con ellos.

    A continuación, transcribo mi participación en la mesa redonda, en esa tarde lluviosa en San Cristóbal de Las Casas.

    “No hay camino hacia paz, la paz es el camino”

    Mahatma Gandhi

    Estamos conmemorando este año tres décadas de construcción de paz en Chiapas: el Frayba, Coreco, Sipaz, el Congreso Nacional Indígena, el Movimiento Zapatista, los Acuerdos de San Andrés y muchas otras iniciativas de la sociedad civil, las iglesias y los movimientos sociales. Dichas redes surgieron en la tierra fértil chiapaneca, preparada desde hace más de seis décadas por el plan pastoral de la Diócesis de San Cristóbal con la llegada del obispo jTatik Samuel Ruiz que condujo, luego de una ardua y paciente conversación y camino andado con los pueblos originarios, al nacimiento de una Iglesia autóctona.

    Una década después, el Congreso Indígena de 1974 propició el surgimiento de la conciencia colectiva de los pueblos originarios como sujetos históricos. Y finalmente la aparición del movimiento zapatista del EZLN, con sus bases de apoyo y sus milicianos, propuso otro modo de vivir y crear lo político como el común. Todos estos procesos fueron acompañados por una viva y creativa corriente de pensamiento crítico, surgida en los Altos de Chiapas y las cañadas de la Selva Lacandona, a lo largo de la segunda mitad del siglo XX.

    La Escuela de San Cristóbal, llamada así por Pablo Romo, junto con la Escuela de Cuernavaca, analizada por Humberto Bech, han sido mi parecer las dos principales contribuciones mexicanas al pensamiento crítico de la segunda mitad del siglo XX. Ambas nos dan hoy un rumbo preciso para enfrentar con lucidez la espiral creciente de violencia sistémica que, con el pensador puertorriqueño decolonial Nelson Maldonado-Torres, llamamos aquí la Gran Catástrofe.

    La reflexión de Jorge Santiago en la Agenda Frayba 2026. Memorias subterráneas que hoy presentamos subraya con mucha razón la centralidad de los Acuerdos de San Andrés como crisol de luchas de varias décadas por la paz con justicia y dignidad. El pensador sancristobalense nos hace notar que siguen vigentes las reivindicaciones históricas de los pueblos originarios, con la deuda pendiente del estado mexicano para honrar esos acuerdos históricos.

    Dos cartas pastorales de jTatik Samuel Ruiz y Don Raúl Vera prepararon la celebración del III Sínodo Diocesano que se llevó a cabo de 1995 a 1999, proceso que permitió recoger la cosecha de lo sembrado por medio siglo de vida pastoral y darle así un camino certero de sinodalidad a la vida y compromisos de esta diócesis. Ambas cartas nacieron en un contexto de incertidumbre por la animadversión y el conflicto de parte de autoridades vaticanas de aquella época, atizadas por el Club de Roma o grupo de obispos mexicanos que fueron los enemigos declarados de la teología de la liberación en México y América Latina.

    La primera carta pastoral Para que la justicia y la paz se encuentren (1996) es una respuesta eclesial al levantamiento armado de 1994. Refleja la lucha por la tierra de los pueblos originarios, así como la opción por la justicia y la paz que hiciera esta diócesis, siguiendo el impulso del Concilio Vaticano II y de la II Conferencia del Episcopado Latinoamericano en Medellín. La segunda carta pastoral Del dolor a la esperanza, firmada por ambos obispos en 1998, después de la masacre de Acteal, es una apuesta por la esperanza en medio del dolor de los sobrevivientes y un compromiso para seguir buscando paz con justicia y dignidad.

    La violencia de la curia vaticana contra este proyecto pastoral se iría desatando después contra Don Raúl Vera, quien fue trasladado a la Diócesis de Saltillo el 30 de diciembre de 1999 como un intento fallido de desmantelar el proceso sinodal. Lo que nunca imaginaron sus detractores es que esa decisión perversa sería la ocasión para esparcir la semilla de una Iglesia liberadora, ahora en tierras de extractivismo minero y violencias de género, que Don Raúl asumiría con fidelidad a su misión como pastor en aquellas tierras del norte desértico de México.

    Finalmente, deseo hacer dos comentarios finales para proseguir la conversación.

    Los retos del caminar, luego de tres décadas de construcción de paz, ahora son inéditos ya que estamos ubicados en la incierta hora del colapso civilizatorio. Ya no basta con el compromiso por la justicia para los pueblos originarios, es imprescindible integrar otras justicias como la de género (diversidad sexual) y la justicia ecológica para comprender las rebeldías transmodernas que construyen personas y colectivas de sobrevivientes en contextos de violencia global. La fuerza histórica de los pobres, que pensó la teología de la liberación de la primera generación, está dando paso a la razón insumisa de movimientos sociales y eclesiales que ya desde ahora tejen redes de mutuo acompañamiento, dignidad, resistencia y re-existencias diversas.

    Es hora también de reformular el marco teórico para pensar la violencia sistémica. La teología de la liberación requiere una radicalización que surja del diálogo con el pensamiento decolonial, la teoría queer/cuir y la interseccionalidad para seguir acompañando procesos de paz, de justicia transicional y de espiritualidades diversas de la vida que enfrenten la Gran Catástrofe en curso.

    No olvidemos que es tarea nuestra honrar el legado de los ancestros de la Iglesia liberadora, pero desde las nuevas subjetividades, los cuerpos y los territorios en resistencia, con los frutos de pensamiento, arte y espiritualidad que surgen como insurrecciones mesiánicas anticipando mundos otros, de dignidad y vida para todes.

    La espiritualidad del tiempo mesiánico es interrupción del tiempo lineal de ese chronos que devora a sus hijos en altares de sacrificios cruentos. Tal fuerza mesiánica surge como insurrección pacífica ante la violencia sistémica, es decir, como ruptura del círculo fatal de la rivalidad y la violencia, para instaurar procesos de mutuo reconocimiento, más allá de la violencia que produce pobreza, exclusión y sometimiento a los poderes hegemónicos. Es una espiritualidad de la vida en medio de la muerte. Tiempo otro que (in)surge como anticipación de otros mundos posibles desde los sobrevivientes de ayer y hoy.

    El próximo miércoles 25 de marzo, a las 6 de la tarde, seguiremos conversando sobre el pensamiento crítico surgido en tierras chiapanecas, con las reflexiones de Pablo Romo sobre la Escuela de San Cristóbal y las experiencias de una espiritualidad del mutuo acompañamiento en medio de las violencias, a cargo del amigo y colega peruano Juan Carlos La Puente. Ambas reflexiones serán celebradas con el performance dancístico de Martha Elena Welsh.

    Nos vemos en el Restaurante Belil, en el centro histórico de San Cristóbal de Las Casas, donde con Ricardo y Carmen como anfitriones, junto con Angélica y Abraham, seguiremos abriendo espacios de comensalidad, donde las resistencias y las espiritualidades surgen como apuesta de diálogo permanente y mutuo acompañamiento en los cuidados de la vida.

    San Cristóbal de Las Casas, 7 de marzo de 2026

  • Somos tierra, somos viento Las enseñanzas del Jilol PedroCarlos Mendoza Álvarez | Rezo en los cerros con Jilol Pedro | Sot's Leb, 2026

    Somos tierra, somos viento Las enseñanzas del Jilol Pedro

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    La base rocosa de la montaña -por la que se abre paso el Ts’ajalsul o río de aguas saladas- es el centro del mundo durante el rezo de Pedro, el joven Jilol o curandero del pueblo tsotsil. Ataviado con su poncho de lana negra, con dos cruces rojas bordadas en los hombros como la dalmática de San Lorenzo Mártir patrono de Sots’leb -tierra de murciélagos en tsotsil, o Zinacantán- Pedro siembra las candelas y coloca las flores ya bendecidas desde antes del amanecer.

    En una larga ceremonia celebrada en el salón parroquial, en la víspera del miércoles de ceniza, se congregaron los seis Jiloletic con decenas de catequistas y algunos de los frailes que caminamos con ellos. Nos aprestábamos así a acompañarlos a seis lugares sagrados del pueblo zinacanteco para llevar ofrendas a los cerros que nos protegen de las guerras y los males, invocando a Dios y a los santos en cada ojo de agua, roca en el fondo de la cañada, o cumbre de un cerro donde nos detendremos para rezar tras una extenuante caminata sagrada.

    Tres veces al año, según la tradición ancestral, se eleva al cielo el rezo en los cerros de esta región de los Altos de Chiapas habitada por los pueblos tsotsiles de Zinacantán para venerar a la Madre Tierra en sus lugares sagrados y reconocer al Dios de la Vida, quienes no cesan de cobijar con los bosques y los ojos de agua a todas las creaturas que aquí habitan. Los Jiloletic son los que tienen el poder sagrado en estas ceremonias, ellos han recibido el encargo -en sueños y por señales extraordinarias a lo largo de su vida, a veces desde la infancia- de curar a la comunidad de sus muchos males, enfermedades y violencias en sus cuerpos y cultivos. Curanderos de la tradición ancestral, su autoridad espiritual es reverenciada por las comunidades en momentos cumbre como el rezo en los cerros para pedir buena siembra, lluvias abundantes y protección de la guerra y otros males que acechen a los pueblos y creaturas que moran en estas tierras.

    Pedro es un joven Jilol que dirigió la peregrinación de una de las seis rutas que recorrieron los cerros de Zinacantán al inicio de este año. Su carácter apacible, de mirada profunda y sonrisa amable, deviene poderoso cuando inicia los rezos en tsotsil, con voz potente y mántrica, entonando invocaciones a los cerros, a los santos y al Ch’ul Espíritu, con Jesucristo y María como guías de protección y fuerza divina. Todos nos ponemos de rodillas detrás de él, sobre la juncia que esparcen con cuidado los catequistas, para “sembrar las candelas”, ya bendecidas, delante de las tres cruces color verde zinacanteco que marcan ese lugar como un espacio sagrado, visitado por otros peregrinos a lo largo del año. Las cruces son veneradas también con flores blancas y amarillas que también fueron bendecidas e incensadas antes del amanecer.

    En algunas de las estaciones del rezo Pedro nos cuenta una historia del lugar sagrado. Como aquella de Lachikin, en del cerro rocoso al lado del río donde se convoca a unos soldados que ahí se quedaron, luego de que en el pasado intentaron atacar a una mujer que se bañaba en el río, impulso criminal que les condujo a la corriente donde se ahogaron. Pero los cerros los rescataron y los convirtieron en guardianes de esas tierras para proteger a sus habitantes de las guerras. Por eso cada año hay que venir a recordarles ese encargo, porque aquí siguen morando. Son muchas las creaturas que habitan los cerros y los Jiloletic han recibido el don de verlas y comunicarse con ellas con el fin de pedir la protección para las comunidades.

    Tras escuchar esa breve historia el grupo sigue el camino avanzando en fila india por un sendero pedregoso y empinado para subir por la ladera del cerro y pasar a otra cañada donde tendrá lugar un nuevo rezo. Pero antes de emprender la ruta los caminantes recibimos un vasito con refresco que pasa de boca en boca, como un acto ritual de fuerza compartida. Alejandro, el coordinador de los catequistas, nos invita a recoger la basura que han dejado otros peregrinos descuidados, sobre todo botellas y envolturas de plástico, como una señal del cuidado del lugar sagrado que acabamos de venerar. Un pequeño signo del trabajo del cuidado de la Madre Tierra que se promueve con dificultad la diócesis como parte de la espiritualidad y la ecoteología.

    Desde hace ya varias décadas la Parroquia de Zinacantán -encomendada de nuevo a los frailes dominicos en 1975, luego de una ausencia de más de un siglo, en sintonía con la Diócesis de San Cristóbal de Las Casas en su opción por los pobres y los pueblos originarios, junto con los cientos de catequistas y ministros laicos que animan a las comunidades- ha ido promoviendo el encuentro de la espiritualidad ancestral del pueblo zinacanteco con la espiritualidad cristiana del Evangelio de Cristo, encarnado en la vida y cultura de las comunidades zinacantecas. El rezo en los cerros, por ejemplo, que siguen llevando a cabo los Jiloletic de manera independiente, forma parte también de las actividades de la parroquia. Cada uno de esos momentos cumbre del año culmina con una Eucaristía donde confluyen ambas tradiciones en una intención común de cuidar la vida de la comunidad y venerar a la Madre Tierra como don primigenio del Dios de la Vida, quien nos nutre con su cuerpo que es tierra y viento, agua y fuego, y en el colmo del amor se hace cuerpo de Cristo para nutrir a la comunidad orante.

    “Somos tierra, somos viento” fue el mantra que surgió en mi corazón mientras acompañaba en silencio los rezos del Jilol Pedro en cada uno de los sitios sagrados que visitamos una mañana fría y con sol radiante en los cerros de Zinacantán.

    Tierra que es nutrida por ojos de agua, arroyos y ríos que fluyen entre sus cañadas rocosas.

    Viento que mece las copas de los árboles y lleva en su carruaje a las aves que ahí habitan. Viento que atiza el fuego que humanizó a los ancestros.

    “Somos tierra, somos viento” según la sabiduría del rezo de los cerros. Esa conciencia plena hecha cuerpo, aliento, plegaria y palabra compartida estos días con los Jiloletic de Zinacantán perdurará en mi memoria como un destello de la vida que otras tradiciones reciben también en su propia lengua.

    No por azar, tal vez, esta semana recibíamos la ceniza en la cabeza según el simbolismo del pueblo hebreo y luego cristiano: somos tierra preparada por Dios como alfarero ancestral. Gesto acompañado de un llamado a la conversión. Pero también somos viento de Dios que insufla en nosotros su propia Ruah divina para hacer de nosotros seres vivientes.

    Sots’leb, 22 de febrero de 2026

    Nota: ¿Cómo conectamos hoy con nuestro ser tierra y viento?

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