Autor: mendocinomx

  • Los Cristos negros de ZinacantánCarlos Mendoza Álvarez | Cristo negro | Elambó Esquipulas, Chiapas | 2026

    Los Cristos negros de Zinacantán

    Por Carlos Mendoza Álvarez

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    La fiesta patronal de Elambó Esquipulas en los Altos de Chiapas se abre con el estruendo de una banda de música que -al son de los platillos, el clarinete, las trompetas y la tambora- anima la procesión de la comunidad. Avanzamos desde la entrada del paraje hasta la capilla del Cristo negro, ceñido con un manto rosa bordado con flores coloridas y engalanado con una peluca rizada de cabellos negro azabache. La oscuridad de su piel resalta aún más en el marco florido y refleja, con algunos destellos en sus brazos extendidos sobre la cruz, las candelas sembradas en el piso, ardiendo en medio del incienso que llena el altar.

    Una vez dado el saludo inicial la comunidad se arrodilla para rezar la invocación de la misericordia en lengua tsotsil, bajo la guía de Mariano, el catequista encargado, todos implorando a Dios perdón para el mundo, en un murmullo que comienza como oleaje embravecido y que luego se torna susurro y caricia, como de olas rozando la arena de la playa, señal de una conciencia comunal apaciguada.

    La misa sigue su curso con las lecturas bíblicas en tsotsil en torno a la cruz del Galileo, seguidas de una meditación que me toca dirigir a la comunidad en castellano, de manera breve, con tres pensamientos que resumo para que el catequista-intérprete los desarrolle con una elocuencia sin fin. Me centro en el sentido bíblico de la cruz de Jesús como resultado de su compromiso con los excluidos de su tiempo. Luego, relato brevemente la historia del Señor de Esquipulas en Guatemala, citando a mi hermano jTotik Alfonso, aunque añadiendo una glosa mía, para hacer notar que su color negro simboliza los sufrimientos del pueblo que Cristo carga sobre sí. Veo la imagen envuelta en flores y caigo en la cuenta de que el Crucificado nos ofrece un abrazo amoroso en el último aliento de su vida. Me sale de manera espontánea decirlo a la comunidad que me escucha con atención y veo que reciben ese abrazo con una mirada agradecida. Y concluyo invitándonos a todos a celebrar al Señor de Esquipulas con nuestro propio compromiso de amor, cuidando como él lo hizo en vida, a quienes más sufren en la comunidad, comenzando por la niñez en su salud amenazada por la industria de los refrescos y la comida chatarra, la juventud atraída por el dinero, las drogas y el alcohol, y las mujeres que padecen violencia en su propia casa y comunidad.

    La consagración del pan y del vino es vivida con profunda devoción por la comunidad arrodillada. Pero ese momento de sacralidad de adoración del cuerpo y la sangre de Jesús, el ungido de Dios, de repente se torna una reverencia aún más profunda gracias al canto y la danza tradicional del Bolom Chon o canto del jaguar que expresa lo más profundo del alma tsotsil, tseltal y tojolabal, los pueblos mayas de los Altos de Chiapas. Los músicos tradicionales pulsan el arpa, el violín y la guitarra con un ritmo pausado y lento que es como un mantra creciendo en una espiral sonora de ternura infinita, arrullando al Dios encarnado y a la madre tierra a la que nuestros pies tocan con su danza. Porque cabe recordar que, para los pueblos mayas, en los ritos de la tradición ancestral -como los del pueblo tseltal estudiados por el jesuita Eugenio Maurer en Bachajón- la danza tiene un significado religioso, pues con los pies se acaricia a la madre tierra, regalo primordial del Dador de la Vida.

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    El Cristo de Esquipulas que nació en Guatemala es una representación potente de los diversos rostros de la fe de los pueblos mayas de antiguos celebrando por influencia mexica a Tezcatlipoca, según cuenta el cronista dominico fray Diego Durán, para pedir la lluvia:

    […] era de una piedra muy relumbrante y negra como azabache [obsidiana] piedra de que ellos hacen navajas y cuchillos para cortar. En las demás ciudades era de palo entallada en una figura de hombre todo negro y de las sienes para abajo con la frente y narices y boca blanca, de color de yndio bestida de algunos atavios galanos a su indiano modo quanto a lo primero tenia una orejeras de oro y otras de plata, en e labio bajo tenía un bezote de un beril cristalino en el que estaba metida una pluma verde y otras veces azul que después de afuera parecía esmeralda o rubí, era este bezote como un geme de largo encima de coleta de cabellos que tenía en la caveza (Durán, II, 1995: 47).

    Siglos después, en esa imagen los pueblos mayas cristianizados veneran al Nazareno con nuevos significados. En cada paraje de Zinacantán que he visitado esta semana encontré nuevas y asombrosas alteraciones en la imagen y en los significados que le da la comunidad. Del relato de un Cristo color negro carbonizado que sobrevivió milagrosamente a un incendio hasta el icono que se ennegrece porque absorbe los pecados del mundo, pasamos por historias que cuentan las zozobras y anhelos de sus fieles devotos dando tonalidades de intensidad creciente al Cristo, según el color de la piel o de la conciencia de la comunidad que lo venera.

    Dos escenas quedan en mi memoria de estos días recorriendo los parajes zinacantecos. Ambas remontan a los ritos ancestrales del pueblo tsotsil.

    La primera es el rezo del perdón cuando toda la comunidad en un oleaje colectivo, con clamores, llanto y suspiros, eleva su oración arrodillada sobre la juncia –que son las hojas del pino colocado como una alfombra verde y olorosa en el piso de la ermita, capilla o templo, sosteniendo los pies de la comunidad reunida en medio de velas- con el incienso mezclado con aroma del pino de los bosques aledaños. Un vestigio del pueblo de la niebla y el bosque, como lo canta el poeta tuxtleco Juan Bañuelos:

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    Amanece. La humedad es como el sueño: inmóvil. Sólo
    asciende
    un pueblo de raíces por las gargantas de las aves
    que con su canto mueven la alfombra olorosa de la juncia
    El humo de las chozas se eleva imitando grecas mayas
    mientras se filtra el suero cíclico de la memoria

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    La segunda escena que perdura en mi corazón es la danza ritual de adoración sonora y rítmica que mueve a la comunidad reunida, acariciando a la tierra que ha dado como fruto al hijo de María, un Cristo jaguar tal vez, según la memoria de los pueblos mayas. Cuerpos transfigurados por un resplandor de humanidad ancestral que se abre al misterio amoroso.

    Los Cristos negros de Zinacantán siguen tornándose luminosos en cada paraje, con tonalidades más oscuras o claras, según la tierra que los acoge y alaba. Cristo negro de Esquipulas durante el tiempo de la Capitanía General de Guatemala. Cristo negro de Tila en tiempo de independencia de Chiapas. Cristo negro de Zinacantán en tiempos del levantamiento indígena. Cristo negro de las comunidades de hoy enfrentadas al espejismo de la prosperidad del comercio de las flores y los tejidos. Cristos negros que vendrán en los tiempos aciagos que vivimos.

    ¿Qué lamentos y qué alabanzas entonarán las futuras generaciones del pueblo tsotsil cuando, dentro de medio siglo, el clamor de la humanidad herida haga aún más oscuro al Cristo negro?

    ¿Qué lamentos, alabanzas y danzas vivimos nosotros cuando caemos en cuenta que el tiempo urge para buscar y encontrar el consuelo para una humanidad amenazada de muerte por el mundo de los poderosos?

    Los Cristos negros de Zinacantán son una gran paradoja: abrazo de sufrimiento y promesa de vida.

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    Ts’ajal Nam, 17 de enero de 2026

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    Nota: Me gustará leer sus comentarios en la sección final de esta página.

  • Tiempo de guerra y tiempo de pazRutger van der Tas | Absolution | 2023

    Tiempo de guerra y tiempo de paz

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

    Iniciamos el año nuevo 2026 con el despliegue del poderío bélico estadunidense muy cerca de nosotros en el Mar Caribe. Así se preparó la extracción en Caracas del presidente espurio Nicolás Maduro y su esposa, secuestrados en nombre de la justicia extranjera para ser llevados a un tribunal en Nueva York donde son acusados de asociación delictuosa por narcotráfico.

    Ya se veía venir esa nueva expresión de la guerra en el mundo tripolar de hoy creado después de la pandemia por Estados Unidos, China y Rusia. La invasión de Ucrania por Rusia, la amenza de China en Taiwan y el genocidio del pueblo palestino por el estado de Israel con el apoyo táctico de los Estados Unidos son parte de la nueva estrategia geopolítica.

    Pero no hicimos caso de estas señales en el hemisferio occidental. Pensamos que América Latina y el Caribe estarían a salvo del neocolonialismo del Tío Sam por haber superado su intervencionismo político y militar en la época de las dictaduras militares del siglo pasado. Creímos en las democracias partidistas, las cuales tomaron las riendas de gobiernos de izquierda y de derecha en toda la región. Con el espejismo de las partidocracias en la región fuimos incapaces de ver cómo se tejían redes de corrupción entre partidos políticos, grupos empresariales, gobiernos en turno, mafias criminales cada vez más sofisticadas y empresas transnacionales conformando el entramado de la sociedad extractivista de la que somos parte como desaforados consumidores de bienes superfluos, desentendidos de “lo político” como tarea de todos.

    Hoy es preciso reconocer que nosotros somos también parte del problema de esta guerra neocolonial con diversos frentes que ya ha llegado hasta nuestros territorios y a entrado en nuestros hogares.

    En las redes sociales circulan cada vez más frases de odio que se lanzan para criticar a alguien que comenta la corrupción que sucede en México con la Cuarta Transformación, o en Venezuela denunciando al chavismo, o en Estados Unidos señalando las ejecuciones de ICE en Minneapolis y Chicago como un poder mercenario al servicio de la ideología del Make America Great Again (Maga). Pareciera que da lo mismo insultar a alguien con una frase en Facebook, Instagram y Tik-Tok, y luego justificar que un mercenario desquiciado dispare a quemarropa una bala en la cabeza de una mujer al conducir un automóvil que no se detuvo ante las amenzas policiacas en una calle de su barrio invadido por redadas de la policía migratoria. Incluso en nuestras conversaciones digitales más cercanas crece esta práctica de resolver las diferencias en una sola frase y con un click, bloqueando a quienes disienten de nosotros, como si se tratase de un disparo virtual.

    Diferencias que valdría la pena confrontar en un diálogo cara a cara que evitamos lo más posible porque nos incomoda. ¿Por qué nos da tanto miedo esa proximidad? Parece como si el mundo de la guerra hubiese quedado encapsulado en las pantallas del celular, la tablet o la computadora, para luego trasladarse con la misma asepsia necrófila a la calle, usando el gas pimienta o un rifle AK-47. El tiempo de guerra ya entró en esos “espejos negros” que nos devoran sin piedad, pasando de un elogio a un insulto con la misma rapidez con la que nuestro dedo pulgar avanza desaforado en el scrolling o deslizamiento en la pantalla del celular.

    Tiempo de guerra territorial y digital.

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    “Todas las cosas tienen su tiempo”, dice el libro del Eclesiástés. Ese bello texto bíblico sapiencial es un pausada meditación sobre la guerra y la paz dirigida a un pueblo que buscaba su lugar en el mundo helenista de la época. “Tiempo de tirar piedras al río, y de recoger las mismas piedras”. Expresa así el Qohelet o sabio hebreo la inexorable ley de la vida llevada en el vaivén del amor y el odio que ha sido cantada por poetas de tantas culturas. “Tiempo de abrazar y tiempo de dejar los abrazos”, continúa diciendo en un tono más personal de amores y desamores. Y para rematar ese realismo que raya en la abnegación ante lo inevitable, concluye con un lacónico final: “tiempo de guerra y tiempo de paz”.

    ¿Será que nosotros tendremos que ir resignándonos a la violencia militar imperial que nos dejó atónitos hace unos días y quedar, a la vez, atrapados en la soledad de las redes sociales que encumbran y linchan en un click a quienes se atreven a disentir en un chat de amigos, de familia o de comunidad digital? Tiempo de guerra.

    El realismo del cara a cara es quizás la oportunidad para “detener la guerra” vitual y territorial recuperando el espacio íntimo del encuentro de cuerpo vulnerable con cuerpo vulnerable, como lo planteó de manera magistral Emmanuel Levinas. Apertura vital que nos coloca, de entrada ya, en otra perspectiva: la tesitura de la voz con sus entonaciones y acentos, movimientos y pausas, énfasis e ironías, miradas y silencios. Nos abre otra puerta. Tal vez el reducto de la paz se encuentre ahí precisamente. En esa región de la pausa, el silencio, la sombra, el compás de espera. Tiempo de paz.

    ¿Será esa la puerta estrecha por la que pasa el mesías?

    Estas semanas he ido descubriendo nuevos rostros de la cultura indígena urbana de los Altos de Chiapas, muy diferente a la que conocí en décadas pasadas. He tenido que aprender a detenerme, por ejemplo, para interpretar una mirada cuando una mujer se dirige a mi en tsotsil, una lengua maya que no entiendo, durante un encuentro de oración y reconciliación. Pero ella y yo nos logramos conectar mirándonos a los ojos: los suyos bañados en lágrimas que surgen acompañadas por el susurro de su voz, implorando una bendición celestial que alivie su dolor. Los míos, respondiendo a su mirada con gotas de llanto que reflejan el suyo. A pesar de que no “nos entendemos” en los fonemas y en los significantes del lenguaje, acontece entre nosotros una comunicación de sentido a través de los gestos y los símbolos, cuando ambos inclinamos la cabeza y mis manos rozan su cabello para comunicar energía humana y divina, y sus manos abrazan las mías en agradecimiento y me bendicen. En ese silencio que da paso al gesto del abrazo sin palabras surge un chispazo de eternidad que nos arropa a ambos.

    ¿Será esa la paz de la que habla el Qohelet en tiempos del helenismo dominante de su época?

    Tiempos de paz en la experiencia del cara a cara.

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    La primera semana del año me deja un desafío muy claro: aprender a romper los tiempos de guerra del mundo enloquecido por los imperios amenzantes como regalo de los tiempos de paz vividos en el cara a cara de la proximidad, tan querida a Jesús de Nazaret, recuperada por Gustavo Gutiérrez e Ivan Illich en nuestro tiempo.

    Así podremos pasar de la resignación ante el avasallador poderío militar de nuestros días, reforzado por la abnegación ante los linchamientos digitales que vivimos de manera enloquecida, hacia la paz del cara a cara, en el encuentro discreto pero real con el rostro y el cuerpo y el alma del otro, por muy diferente que sea, cuando lo vivimos como dádiva.

    Siempre existe la posibilidad de un reducto de paz que surge como chispazo cuando dejamos que nuestra condición vulnerable toque y se deje tocar por la otra persona, con sus propios modos de vida.

    Y vaya que nuestro mundo violento está necesitado más que nunca de esa paz.

    Jobel, 10 de enero de 2026

  • De pirámides y autonomías Sobre la geometría política de “el Común” para el año que comienzaGaudí | Sagrada Familia, Barcelona | Hiperboloide, 2025

    De pirámides y autonomías Sobre la geometría política de “el Común” para el año que comienza

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

    Las pirámides de arriba y de abajo

    Hace unos días Cideci-Unitierra fue el epicentro de el semillero De pirámides, de historias, de amores y, claro, desamores, dedicado a conversar, a mi parecer, sobre el antiguo tema de la libido dominandi o el afán de dominio que anida en el corazón humano desde que tenemos noticia de la historia de los pueblos. Aunque en realidad las reflexiones giraron en torno a la historia reciente de los pueblos mayenses de los Altos de Chiapas que hace ya cuatro décadas decidieron decir basta al poderío de caciques, terratenientes y mal gobierno mestizo que les impuso su dominio en tiempos modernos.

    Con ocasión del 32° aniversario del levantamiento armado del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, los más de mil trescientos participantes en diversos momentos -primero en el caracol Jacinto Canek, ubicado en un barrio popular de la zona norte de la ciudad de Jobel, y más tarde en el caracol de Oventik- se dieron cita para escuchar a personas de confianza del movimiento de las rebeldías disertando sobre al afán de poder que se opone a “el común” construyendo pirámides de privilegio y dominio. Los conversatorios se enforcaron, por ejemplo, en analizar con Bárbara Zamora las estrategias jurídicas del estado mexicano para consolidar la propiedad privada de la tierra, despojando a los pueblos originarios de sus territorios con argucias jurídicas, incluidas las mega obras de la Cuarta Transformación.

    Pero también se habló con valentía de las pequeñas y grandes pirámides de poder que construyeron los movimientos revolucionarios de izquierda de la segunda mitad del siglo XX a la fecha para proteger sus privilegios una vez que conquistaron el poder político. La persistencia de las pirámides del poder de gobiernos y administraciones de los estados modernos parece ser una constante que se despliega a escalas diferentes en modelos políticos de derecha o de izquierda, siempre a merced de las tiranías en turno.

    La autocrítica que el Ezln ha mostrado sobre sus propias prácticas de control y toma de decisiones es, a juicio de Raúl Zibechi, algo inédito en las izquierdas modernas. En una presentación apasionante dedicada a rastrear los usos y abusos del poder en las izquierdas latinoamericanas que conquistaron el poder político -en especial en Nicaragua, El Salvador y Bolivia- el sociólogo uruguayo que ha caminado con movimientos guerrilleros primero y sociales posteriormente a lo largo de medio siglo lanzó una pregunta crucial a las y los compañeros zapatistas, así como a quienes estamos atentos al rumbo que nos abren: ¿son necesarias e inevitables las pirámides del poder? ¿cuáles son sus límites de organización y de tiempos para evitar que se conviertan en nuevos cacicazgos y tiranías?

    Entre vanguardias y retaguardias

    Me sorprendió que en este semillero no se haya enfatizado el pensamiento crítico que desde hace medio siglo ya nos había alertado sobre los riesgos de la revolución de las izquierdas convertidas en nuevas tiranías. En concreto, el pensamiento decolonial desde hace años ha venido proponiendo la necesidad inaplazable de superar el complejo de las vanguardias típicas de las izquierdas del siglo pasado que se extraviaron en la veleidad de hablar en nombre de las masas. El corset marxista de la lucha de clases con sus intelectuales orgánicos, sobre todo en su versión de revolución proletaria para derrocar al estado burgués, ha quedado cuestionado y rebasado por las voces y la praxis de los subalternos que no necesitan ya que una casta de privilegiados hable en su nombre. Los pueblos originarios, las colectivas de mujeres y las comunidades de diversidad sexual, entre otras subjetividades en resistencia, construyen su propio pensamiento con sus modos de vida y organización a partir del mutuo cuidado con fuerza ética, política y espiritual. Hoy es ya imposible negar sus saberes y sus modos de organización comunal desde los cuales han resistido por siglos a formas diversas de opresión.

    Es preciso desmantelar esa voluntad de dominio en todos los frentes donde se manifiesta construyendo pirámides arriba y abajo. Se trata de ir “a la retaguardia de los movimientos sociales”, decía Boaventura de Sousa Santos, para aprender de ellos como expertos en las resistencias que han enfrentados por siglos, en especial los pueblos originarios. Los feminismos comunitarios como el de Lorena Cabnal en Guatemala surgen como una voz crítica de los protagonismos de la academia extractivista hecha por mujeres blancas, urbanas y privilegiadas. Esos feminismos se vinculan como instancia de reflexión crítica al lado de las colectivas de mujeres enfrentando el patriarcado, abriendo ahora sus redes de cuidado y de pensamiento a las madres de personas desaparecidas buscando a sus seres queridos, así como a las mujeres de los pueblos originarios en resistencia.

    Me extrañó que el semillero “De pirámides, de historias, de amores y, claro, desamores” no pusiera en el centro estas voces que desde hace décadas claman por otros modos de horizontalidad del poder.

    El desplazamiento inevitable: de las pirámides de las autonomías a la dimensión hiperbólica de las heteronomías

    Un cambio significativo en la percepción la construcción de “el común” que el comandante Moisés puso sobre la mesa fue el de los cambios generacionales que experimentan las bases zapatistas en sus juventudes.

    La tríada insurgente-miliciano-base zapatista que dio forma al movimiento zapatista hace cuatro décadas ya no da cuenta de otras formas de pertenencia que plantean las generaciones nacidas en los caracoles de las autonomías. Ahora las subjetividades zapatistas jóvenes descubren en las artes, la salud y las comunicaciones, entre otros campos, modos nuevos de construir resistencias y rebeldías de la digna rabia. Radiólogas, teatreros, dentistas o documentalistas participan ya de manera activa como voces de resistencia en los territorios autónomos, hoy cercados ya no por el ejército federal sino por otros modos de vida que ofrecen el gobierno y las mafias criminales, cada uno a su modo, para conquistar y comprar la atención de las juventudes indígenas, entre ellas las zapatistas.

    La narrativa de las autonomías tuvo una importancia capital a la hora de enfrentar la hidra capitalista hace treinta y dos años para subrayar la estrategia de las resistencias, creando otros procesos de cuidado de la vida como el comer, aprender y habitar, siguiendo la narrativa de “los verbos revolucionarios” de Gustavo Esteva. Pero las pirámides de abajo que detecta el zapatismo hoy requieren un cambio radical de narrativa.

    En este mismo horizonte, el pensamiento crítico transita hoy a las heteronomías, como la propuesta de Silvana Rabinovich enraizada en la filosofía hebrea de Emmanuel Levinas en fecundo diálogo con Enrique Dussel. Se trata de pensar “el común” en su génesis, desde la asimetría de relaciones intersubjetivas, es decir, desde la diferencia de cada subjetividad y colectivo. No para negar las autonomías sino para explicar sus condiciones de posibilidad. Es una apuesta para prevenir el dominio de las pirámides del poder a fin de dar paso a las relaciones de diversidad donde persiste un excedente de la diferencia que mantiene la vida.

    Se trata de un concepto filosófico que tiene cierta relación con la teoría científica de la bariogénesis que la física de partículas con la teoría del Big Bang proponen para explicar el origen asimétrico del universo entre materia y antimateria. Una de las figuras espaciales de este fenómeno cosmológico primordial sería hiperboloide, como una silla de montar, donde prevalece la asimetría del universo en expansión.

    En su sentido filosófico la heteronomía es la ética de la alteridad. El rostro del otro es fuente de la ética heterónoma, es decir, un modo de ser que tiene su nomos o ley en el otro, en especial, el otro vulnerable. Esta relación de apertura a la alteridad trae consigo un principio crítico para las relaciones de poder donde el sujeto “autónomo”, individual o colectivo, queda descentrado y se abre la posibilidad de “el común” como fuente de “lo político” gracias al reconocimiento de esa alteridad que es clamor o caricia.

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    La teología cristiana ha abrevado desde antiguo su sed de misterio en una comunión divina amorosa de la divinidad triuna. Comunidad en la diferencia es el oxímoron (o aparente contrasentido) de la fe en un mesías niño que desafiará a las pirámides de su tiempo, la del imperio romano como la de la religión sacrificial del Templo de Jerusalén. Tal vez no fue por casualidad que Gaudí diseñó la basílica de la Sagrada Familia en Barcelona, su obra emblemática, siguiendo la forma hiperboloide de la asimetría en movimiento, generando un potente espacio sagrado que nos hace entrar a la comunión en la diversidad.

    Quizás las nuevas subjetividades zapatistas, hijas de las autonomías, se abran ahora al horizonte de la afirmación de las diferencias que nos unen en la común responsabilidad de crear esos mundos otros, donde quepan otros mundos. Un espacio alternativo con pirámides menores y provisionales, pero con mundos hiperbólicos que preserven y potencien “el común” en la diferencia de modos de vida. Esas juventudes irán creando también sus propias espiritualidades para simbolizar y celebrar la fuente de “el común” que atiza el fuego de la rebeldía y la digna rabia.

    Muchas otras subjetividades en resistencia nos abren así caminos de esperanza a partir de su lucha por “el común” que incluya lo diverso como ruta a transitar en el año que comienza.

    Los Altos de Chiapas, 3 de enero de 2026

    Nota: ¿Qué piensas de las autonomías y las heteronomías por construir en nuestro tiempo?

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