Autor: mendocinomx

  • La llamada a la itinerancia De Boston a la Condesa y JovelAntún Kojtom | Gota de agua en el ombligo de la tierra | Tenejapa, Chiapas | 2020

    La llamada a la itinerancia De Boston a la Condesa y Jovel

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

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    Han pasado siete meses desde que dejé Boston, luego del infortunado episodio de censura académica y del creciente riesgo de criminalización de la investigación universitaria en la era Trump.

    Al volver a mi terruño, tuve la dicha de hospedarme por un periodo de varios meses en la casa de los dominicos ubicada en una colonia hípster de la Cuidad de México. El clima litúrgico de la Semana Santa hizo más hondo el proceso de duelo y resurrección que implicaba una experiencia de pérdida, abriendo una pausa para dejar asentarse las emociones y prepararme para la siguiente etapa de vida. El triduo pascual me ayudó a sentir cómo fluye la Vida divina en lo íntimo del corazón. Una percepción que fue creciendo en los meses siguientes, gracias a la compañía de personas y comunidades extraordinarias que pude visitar durante el verano en varias latitudes del planeta con ocasión de mi servicio teológico.

    Llegan a mi memoria escenas extraordinarias de ese periplo, como la mirada de un hombre refugiado pidiendo empatía; o el ruido del oleaje en los acantilados sudafricanos. Llevo en el corazón la escena del altar modesto —y verdadero por su simplicidad orante y de proximidad con el otro— de la comunidad jesuita en país mapuche. También aún resuenan en mis oídos los diálogos en tierras turcas con un puñado de frailes y hermanas de la orden de predicadores, escudriñando señales donde hoy sería posible reconocer los tiempos mesiánicos que tardan en llegar. Con fuerza surgen cada mañana de lo profundo en el corazón los rituales de mujeres sanadoras de Malasia, Dakota, la India y Kenia reunidas en Guadalajara, con escenas que quedaron grabadas en el Documental Re-existe 2025, perdurando como destellos en medio de la noche.

    Durante varios meses de paso por la Ciudad de México pude entrever los cambios que se gestan por la gentrificación en una colonia citadina provocada por las poblaciones en movimiento, en este caso los “nómadas digitales” del Norte global que desplazan a los habitantes pauperizados en el Sur, a la vez que fecundan con nuevos sabores y saberes la cultura local. En lo religioso, como ya les comenté anteriormente, caí en la cuenta de la fragmentación del mundo de la interioridad humana que algunos llaman espiritualidad, pero que designa un hontanar de trascendencia que fluye en toda persona como lo evoca Lanza del Vasto en su poesía  Una fuente santa con frecuencia desecada por la vulgar mercadotecnia de lo religioso. Me sorprendió encontrar en los templos un revival de catolicismo popular de devociones entre jóvenes que se aferran a la piedad sin mucho interés en el talante profético del cristianismo de la renovación conciliar de hace más de medio siglo que puso a la justicia vinculada a la vivencia de la fe como centro del cristianismo latinoamericano.

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    Y por fin, luego de una espera con días y noches de incertidumbre, pude viajar a Chiapas para echar raíces y tejer redes en aquellas tierras mayas en los años por venir. Buscaba un “lugar” donde habitar o, como decía el añorado maestro de la orden de los dominicos fray Timothy, hoy cardenal Radcliffe en su libro El manantial de la esperanza, un “nicho ecológico donde florecer”, en medio de la diversidad de flora y fauna de la condición humana, otro modo de describir nuestras semejanzas y rarezas a la hora de vivir en comunidad.

    Jovel, o tierra de humedales y pastos, como llamaban los pueblos originarios al valle donde se asentó la ciudad novohispana de San Cristóbal de Las Casas, había recibido en 1980 a los novicios dominicos cuando visitamos estas tierras, acompañados por nuestro maestro, fray Raúl Vera, quien ya desde entonces mostraba un celo pastoral por los campesinos en Amecameca y por los pueblos mayenses de Chiapas y Guatemala. Desde entonces, un cachito de mi corazón se quedó aquí, reanimado por las visitas anuales a San Cristóbal y a Ocosingo con los compañeros universitarios de Misiones Servandus de la Parroquia Universitaria animada por los dominicos en la Ciudad de México.

    Mi paso de varios meses por Ocosingo en 1994 tras el levantamiento armado del Ezln fue una página que ha quedado grabada de manera indeleble en mi cercanía con la causa indígena de liberación y la mística que la sustenta. Este movimiento de insurrección había encontrado tierra fecunda en la labor de jTatik Samuel Ruiz, el Caminante, acompañando a los pueblos originarios y a los mestizos de la diócesis de San Cristóbal de Las Casas desde 1961. Su conversión al pueblo pobre, animado por el El Pacto de las Catacumbas en pleno Concilio Vaticano II, se vio luego refrendada por su activa participación en las conferencias del episcopado latinoamericano en Medellín, Puebla, Santo Domingo y Aparecida. El Congreso Indígena de 1974 —donde colaboró activamente el dominico Enrique Ruiz Maldonado con ocasión del cuarto centenario de la muerte de fray Bartolomé de Las Casas, primer obispo diocesano en San Cristóbal— marcaría un parteaguas en la asunción de la causa indígena como columna vertebral de la opción por los pobres que hiciera la diócesis ubicada en los Altos de Chiapas y las Cañadas de la Selva Lacandona. Como corolario de este camino, el III Sínodo Diocesano que concluyó en 1999, como cuenta una de sus actoras la hermana Celia Rojas , vendría a ratificar cuatro décadas de opción por los pobres y de promoción de una teología india mayense como expresión más acabada de la inculturación del Evangelio según el espíritu conciliar.

    Volver a estas tierras de manera permanente, cuarenta y cinco años después, implica ahora para mí estar dispuesto a afrontar otros desafíos que no se avizoraba el siglo pasado. Uno de ellos es quizás el de las infancias y la juventud indígena migrante en simbiosis con la cultura urbana y los medios digitales que está generando otras subjetividades indígenas que se debaten entre tradición y modernidad. Gracias a queridos amigos como Geovanni Nájera de Semillero 259 Yara y Sebsor de Psicolexia, por ejemplo, comienzo a disfrutar y comprender un poco más esas otras expresiones de las tribus urbanas indígenas contemporáneas. Por medio de los huertos urbanos, el hip hop y el rap, el arte callejero y los grafitis, entre otras expresiones estéticas y sociales, las iniciativas que ellas promueven son semilla de algo nuevo.

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    Un baño de inmersión en la comunidad tsotsil eclesial sucedió estos días en la Parroquia de San Lorenzo Mártir, fundada por los frailes dominicos en 1545. Casi cinco siglos después, cuarenta y cinco pueblos con sesenta templos y capillas hablan de la vitalidad de las comunidades creyentes en estas tierras de los Altos de Chiapas, donde catequistas, ministros extraordinarios de la eucaristía y autoridades tradicionales coexisten con coros de jóvenes y grupos de mujeres, con el acompañamiento de frailes y hermanas dominicas. Esta presencia fue renovada en 1961 cuando los dominicos regresaron a esta comunidad, luego de una larga pausa posterior a las Leyes de Reforma de 1857, la Revolución y sus secuelas en la primera mitad del siglo XX, como lo cuenta en una crónica viva fray Pablo Iribarren.

    Un par de días fueron suficientes para sumergirme en un mundo otro, con su vigorosa tradición simbólica y lingüística. Si bien ya lo había atisbado como visitante, ahora se abría delante de mí un horizonte nuevo para aprender a estar presente como parte de la comunidad de frailes en acompañamiento a estas comunidades. Sentí que se trataba de un llamado a proseguir la itinerancia bajo modos diversos. Se trata de emprender ahora un nuevo camino al paso de estos pueblos, con su idiosincrasia propia, sus tensiones intergeneracionales, sus expresiones de lo religioso católico, pero a la vez ancestral, todo ello atravesado por sus tensiones entre modernidad capitalista y visión de otros modos de vida, gobernanza y espiritualidad.

    Un reto mayúsculo para mí será iniciarme en la lengua tsotsil y navegar en medio de los poderosos símbolos tradicionales de la cultura zinacanteca, al mismo tiempo que escuchar con empatía a aquellas generaciones de jóvenes que están transformando la tradición de sus ancestros con nuevos modos de vida.

    Otro reto significativo será la vida cultural en la ciudad de San Cristóbal, cosmopolita y provinciana a la vez, con centros de pensamiento crítico de calado internacional como el Colegio de la Frontera Sur, la Universidad de la Tierra-Cideci, la Cátedra fray Bartolomé de Las Casas en la Facultad de Derechos de la Universidad Autónoma de Chiapas, y varios centros de cultura y artes.

    Algunas ideas novedosas surgen por ahora como chispazos para comenzar a entrar en diálogo con las culturas presentes en Jovel y Zinacantán. El programa de radio tradicional que llevaron los frailes en décadas recientes llegaba a una audiencia específica, más de corte confesional. Pero un portal en internet con podcast y videoclips con contenidos sobre la mística de las religiones con sus similitudes y diferencias, o la teología política en el mundo actual que abusa de la religión para justificar genocidios, alcanzaría a un segmento de población más joven y diversa.

    Por ahora los contenidos están por definirse en comunidad para lograr el tono y la modalidad de una teología con calle y de la calle, elaborada de manera dialogal con gente fuera y dentro de los templos que estén dispuestas a dialogar sobre las preocupaciones e intuiciones más profundas en torno al sentido de la vida, la justicia social, la belleza en tantas tradiciones, el pluralismo cultural y la sobrevivencia de la Casa común. Espero que pronto pueda compartir aquí algunas de las primeras iniciativas de este nuevo camino.

    Lo que dará fuerza a estos sueños será, sin duda, la vitalidad de los pueblos mayas de hoy, en su interacción con otras culturas urbanas y digitales. Ahí se encuentra el humus propicio para florecer en estas tierras.

    Los llamados de la itinerancia siempre serán inciertos, pero desde aquí los transito confiado en los saberes de los pueblos ancestrales y modernos que serán luz en el camino.

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    Jovel, 6 de diciembre de 2025

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    Nota: Me gustará leer sus comentarios en la sección final de esta página.

  • Sobre la esperanza en tiempos inciertosMadres buscadoras | NTR | Zacatecas, 2025

    Sobre la esperanza en tiempos inciertos

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

    Al atardecer de este sábado comienza la primera vigilia de Adviento, cuando las comunidades cristianas en todo el mundo iniciamos un camino, en medio de la noche de los tiempos, para recibir la luz humana y divina de la dignidad con esperanza que trae el mesías. En las celebraciones nocturnas resonará el antiguo canto Rorate caeli cuya letra y melodía es como un lamento que sube al cielo desde la ciudad desolada, clamando que “las nubes lluevan al Justo”, como imploraba el profeta Isaías (45:8) durante el exilio en Babilonia.

    Cada año, este calendario de cuatro semanas previas a la Navidad está acompañado de signos de luz, verdor, cánticos, dulces, ternura y comunidad. Según cada cultura, el tiempo de espera del advenimiento del mesías evoca la conciencia de que “algo nos falta” para el cumplimiento de esos tiempos nuevos de justicia, verdad, compasión y paz, no solamente para un pueblo que con arrogancia pretende ser el único elegido, sino para toda la humanidad e incluso para el cosmos entero.

    Cada generación ha visto señales terribles de que el mundo se está acabando, sea por epidemias que nos hacen sentir cuán vulnerables son nuestros cuerpos y conocimientos; sea por guerras de los imperios en turno contra poderes emergentes que amenazan su soberbia; sea por la incertidumbre de la propia vida que se ve disminuida por la edad, la enfermedad, el fracaso, la soledad o la desesperanza.

    Los textos bíblicos que las comunidades creyentes meditamos estos días hablan de la espera del mesías, primero con un fuerte tono apocalíptico que anuncia la destrucción del mundo corrupto, alcanzando a todo el cosmos con una catástrofe que destruirá todo por la soberbia humana que se ha adueñado de la creación.

    Luego, conforme se acerca la fecha de celebración de la natividad del mesías Niño, un nazareno, el tono de los textos se va haciendo más esperanzado por el anuncio del Dios cercano, humanizado, pequeño y frágil. Se trata de la promesa encarnada de una vida divina y humana que comienza en completa vulnerabilidad en la historia de una familia migrante con un bebé recién nacido, tratando de sobrevivir en la periferia del imperio y huyendo de la furia del gobernante local, para encontrar luego un refugio en Egipto, desde donde comenzará a escribirse una página definitiva de la historia de redención humana.

    Sin embargo, la depresión colectiva que atravesamos hoy como humanidad debido a la escalada a los extremos del odio –que cunde por el planeta de manera apocalíptica “como mentira de Satán”, decía René Girard en una entrevista que me concedió en 2007 en París (La esperanza como apocalipsis)– parece hacer ilusoria toda narrativa de esperanza para nuestros tiempos de incertidumbre. El genocidio en Gaza sigue su curso como clímax de la Nakba o Catástrofe iniciada en 1947 con la expulsión de cerca de un millón de palestinos de sus tierras para dar paso a la creación del estado de Israel en 1948; una violencia sistémica que sucede hoy ante nuestras pantallas digitales con la indiferencia actual de las redes sociales y de la comunidad internacional. Las guerras en Ucrania, Congo y Sudán del Sur se han “normalizado” al punto de no ser ya portada de periódicos, y mucho menos trending topic en el mundo digital. En México, la indiferencia de la opinión pública en temas urgentes como la crisis de agricultores de maíz, limón y aguacate que ha producido la violencia en Michoacán, junto con los feminicidios que persisten junto con la desaparición forzada de personas, hablan de un hartazgo de la población que se expresa en paros, tomas de carreteras y protestas en las calles. Pero la masa parece anestesiada y se refugia en burbujas de entretenimiento y compras desaforadas de temporada decembrina que, además de otros males, dejan a la economía doméstica en ruinas por los próximos meses y años.

    El consumismo religioso también es parte de la avasalladora mercadotecnia navideña, entre decoraciones kitsch y remembranzas de artesanías populares para preparar piñatas con los personajes del momento. No faltará ahora en las posadas mexicanas la piñata de Trump que se vende en varios mercados de México y los Estados Unidos, que recibirá palos como ritual de venganza entre risas y abucheos hasta que se quiebre el cartón y las mechas güeras del tirano salgan volando como estrellas fugaces en algún patio de vecindad en la Ciudad de México, Chicago o Los Ángeles para solaz de todos.

    Algunas pocas familias tal vez recuperen el sentido “místico” de la corona de Adviento, siguiendo al Avatar de Carlo Acutis explicando el Adviento 2025 que circula en redes, explicando con mucha propiedad el significado espiritual del rito de encendido de cada una de las cuatro velas de esta temporada que prepara la Navidad. La luz encendida cada domingo de Adviento simboliza al “pueblo que caminaba en tinieblas y vio una gran luz” (Isaías 9: 2) que anunciara el profeta al pueblo hebreo devastado por la división entre los pequeños reinos de Israel y de Judá, con sus líderes corrompidos por la idolatría del poder, buscando alianzas con la vecina Siria para vencer a la tribu rival.

    Y como un no-lugar en medio de tanta bulla, haciendo un vacío en medio de la algarabía citadina, en México las colectivas de Madres Buscadoras (Madres buscadoras encienden árbol de Navidad) montarán árboles de Navidad revestidos de esferas con los rostros de quienes nos faltan. Ellas son hoy “la voz que clama en el desierto” (Juan 1: 23) porque hablan en nombre de las víctimas de la guerra del narcoestado y de la idolatría del necropoder de nuestros días.

    Tal vez ahí radica el fondo teologal de esta temporada: la ausencia del mesías es algo que ha inspirado a generaciones hebreas y cristianas desde hace siglos para movilizarse a fin de hacer presentes los tiempos mesiánicos por medio de actos de rememoración, justicia y una (im)posible reconciliación.

    Más allá de una celebración folclórica del advenimiento del Dios-con-nosotros, de lo que se trata hoy es de ir al reverso de la historia para contemplar ahí, en el silencio de la noche, algún destello de luz que anuncie la llegada del mesías. Y quienes sienten en cada segundo de su vida, en cada respiro –como Vero y Fabiola, madres buscadoras que nos compartieron su esperanza en un encuentro reciente en Guadalajara– la ausencia que duele y moviliza a la búsqueda por amor, son quienes nos enseñan lo que significa la esperanza en tiempos de incertidumbre, corazón del Adviento.

    El próximo lunes 1° de diciembre, se presentará en línea el documental Re-existe 2025 (Presentación del documental Re-existe 2025), preparado por el realizador uruguayo Juan Meza. Ahí se cuentan algunas de las historias de despertar, sanar y acuerpar que compartieron personas de diecisiete países y diferentes tradiciones religiosas y espirituales de cuatro continentes enfrentando violencias diversas donde ha sido posible deletrear la esperanza.

    El Adviento es tiempo para seguir tejiendo redes de esperanza combativa, afirman los movimientos sociales en las periferias del imperio, a fin de que este mundo nuestro no se vaya al precipicio. Y es posible hacerlo escuchando a las personas que por años y siglos han resistido y ahora nos acompañan a re-existir.

    Porque habrá esperanza siempre que haya personas y comunidades que vivan el tiempo del fin, subrayado con tanta insistencia por Javier Sicilia y Elías González, como la oportunidad para entrar en otro modo de existir en medio de la violencia pero preñados con la espera activa de los tiempos mesiánicos.

    ¡Buen tiempo de Adviento!

    Ciudad de México, 29 de noviembre de 2025

    Nota: Agradeceré tus comentarios al final de esta página.

  • Marchar o no marchar, esa es la cuestiónGhandi’s Dandi (Salt) March, 2012

    Marchar o no marchar, esa es la cuestión

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

    En semanas recientes México ha sido escenario de convulsiones sociales surgidas del hartazgo de la población ante la violencia del narco que controla cada vez más y más territorios. El estado de Michoacán se ha convertido en epicentro de esa violencia contra la población, en particular contra productores de aguacate y limón que tienen en sus manos ese maldito « oro verde » (La cara menos brillante del nuevo ‘oro verde’ mexicano) que está devastando los sistemas ambientales y sociales. Se trata de una expresión de la economía depredadora que forma parte de la sociedad extractivista en la que estamos atrapados desde hace décadas en el mundo. La clase política intenta en vano promover planes de desarrollo regional con gran impacto mediático, pero con pocos resultados para las víctimas y muchas alianzas que mantienen la « estabilidad » en la región para consolidar los privilegios de las mafias criminales.

    Como ya lo habían pronosticado analistas de casos similares de narcoeconomías, como Colombia hace décadas y ahora México (Terrorismo y delincuencia organizada), lo que sucede es una escalada de violencia producida por las redes de criminalidad, que toca primero a las poblaciones locales para ir ascendiendo hasta alcanzar también a la clase política y empresarial para acrecentar las ganancias, el poder político y el control sobre los territorios. Incluso el gobierno de los Estados Unidos conoce de cerca estas redes de criminalidad y juega con ellas según sea un beneficio para su papel de garante de la democracia en el mundo en un nuevo « orden multipolar » (Trump está cometiendo un grave error estratégico si piensa que puede repartirse el mundo con potencias autoritarias y conseguir la paz) negociado con los regímenes autoritarios de China y Rusia.

    Los ciudadanos « de a pie » — expresión que suele aplicarse hoy a los oficios más riesgosos como el periodismo y por desgracia hoy la vida académica en universidades sometidas a censura— quedamos azorados, inermes y atónitos ante tal avalancha de inseguridad, crímenes en la plaza pública y falsas promesas de las autoridades. Las iglesias intentan por su parte promover sin mucho éxito « planes de paz », o mejor aun, de « pacificación » para restaurar el tejido social roto. Ya mencionaba en la entrada anterior de hace unos días el Diálogo Nacional por la Paz que desde hace tres años promueve la Iglesia católica en una alianza poco común entre el episcopado mexicano, las órdenes religiosas y las organizaciones civiles de inspiración cristiana.

    El problema que surge en iniciativas venidas del mundo político, empresarial y religioso es el sujeto. Es decir, las comunidades en su lugar de vida parecen estar ausentes como actoras de las propuestas. Porque lo urgente es « la refundación de México desde las víctimas », como ha dicho con insistencia desde hace quince años Javier Sicilia (Carta abierta de Javier Sicilia a López Obrador).

    Hoy quizás, siguiendo ese clamor a muchas voces que surge de las tragedias producidas por la violencia sistémica, podríamos decir que se trata de apostar por la diversidad de autonomías (subjetivas, territoriales, políticas y hasta religiosas) para recuperar « lo político » desde abajo. Tal es el tema central del libro colectivo en preparación para la editorial estadounidense Orbis Books, que coordino con el espléndido apoyo editorial de Nathan Wood-House y Francis Boccuzzi.

    El domingo pasado asistí a la marcha convocada por el Movimiento del Sombrero de Michoacán que fundara el alcalde asesinado Carlos Manzo. Se sumaron a esas protestas realizadas en treinta y cinco ciudades del país algunos grupos de la Generación Z que representa a las juventudes nómadas digitales que ya han estremecido centros de poder en le mundo, como en Nepal y Perú. Acudieron unas veinte mil personas en la Ciudad de México, con un saldo de más de cien heridos (La Generación Z decidirá las próximas elecciones en México), donde hubo disturbios violentos al concluir la marcha en el Zócalo, provocados por personas encapuchadas tratando de ingresar a Palacio Nacional, donde fueron repelidos por granaderos, luego de que derribaran una de las inmensas vallas metálicas con que las autoridades habían « protegido » el edificio emblemático del poder central del país. Fueron consignadas dieciocho personas  y ocho de ellas se encuentran en prisión preventiva enfrentando cargos por amenaza a la vida de algunos guardias apaleados y heridos, como muchas otras personas en la marcha de las que nadie habla, algunas de ellas sin haber estado involucradas en acción violenta alguna.

    Si bien aun quedan por esclarecer los hechos y el proceder según el derecho, sigue en el aire este malestar social creciente que se torna indignación y protesta pacífica, a veces violenta, contra un gobierno paralizado, si no coludido, con esas mafias ya mencionadas.

    El pasado jueves 20 de noviembre, aniversario nacional de la Revolución Mexicana, las protestas de la Generación Z se realizaron de nuevo en varias ciudades del país, con particular rabia expresada de nuevo en la principal plaza pública de la capital del país.

    Marchar o no marchar, esa es la cuestión que hoy la ciudadanía en México y el mundo se plantea como cuestión existencial, ética, política y espiritual para expresar el hartazgo ante las múltiples cabezas de la hidra del necropoder que se han adueñado del mundo.

    Partidos políticos e iglesias pretenden « representar » a los pueblos, pero han perdido credibilidad. Las organizaciones de la sociedad civil han quedado rebasadas por las marejadas de inseguridad, impunidad y terror.

    ¿Qué queda hacer en medio de las ruinas de un estado-nación superado por los poderes del capitalismo extractivista de hoy?

    Marchar en las plazas públicas como ciudadanía en resistencia pacífica es la vía que muchos pueblos en tiempos modernos han seguido como forma de transformación social profunda.

    Un símbolo de esta travesía social —vivo aun en la memoria moderna— es la famosa Marcha de la Sal que Gandhi emprendiera hace casi cien años, en 1930, comenzando con un puñado de ochenta personas, desde Ahmedabad hasta la costa del Guarat, sumando personas a lo largo de trescientos kilómetros, para protestar contra el imperio británico, en un lugar secular de opresión de los pobres de la India. Al final de ese año, sesenta mil personas se habían sumado a la protesta que fue el punto de quiebre que abriera paso a la independencia de la India.

    En México, Pietro Ameglio (Desobediencia civil y otros textos ) ha mantenido viva la memoria y la reflexión de ese acto ético y político de desobediencia civil, en el contexto de la Marcha por la Paz con Justicia y Dignidad iniciado en abril de 2011. Algunos dirán que —casi quince años después de ese clamor— México sigue extraviado, cayendo en el caos de un estado fallido producido por el necropoder.

    Otros apostamos hoy por volver a la fuente de las « autonomías » que surgen en las subjetividades, cuerpos y territorios liberados, donde los seres humanos echamos raíces, florecemos y morimos para perdurar, es la pista que propone el pensamiento anti-sistémico de la Escuela de Cuernavaca.

    En su fondo místico, la única vía para detener la espiral del odio será exponiendo el propio cuerpo. Así lo describió san Pablo al referirse a Cristo: « derribó el muro del odio en su propio cuerpo » (Efesios 2 :14). Gesto mesiánico por excelencia que vivió de manera prístina Jesús de Nazaret en una cruz atroz impuesta por el imperio romano con la complicidad de las autoridades religiosas del Templo de Jerusalem. Destino trágico pero no definitivo, porque esa vida ofrecida fue transformada por su Abbá celestial y por su comunidad de sobrevivientes en semilla de vida nueva.

    Al fin y al cabo, autonomías con mística de vida plena surgida de los excluidos de todos los tiempos. Esa es la marcha de la dignidad que no acaba.

    Marchar o no marchar.

    La cuestión sigue abierta para nosotros hoy.

    Oaxaca, 22 de noviembre de 2025

    Nota: Agradeceré tus comentarios al final de esta página.

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