Autor: mendocinomx

  • El Espíritu conectando las periferias

    El Espíritu conectando las periferias

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

     

    Desde finales del siglo pasado, las religiones de la humanidad actualizaron su misión al caer en la cuenta de la creciente pobreza e injusticia en el mundo, acompañada de guerras promovidas por líderes corruptos, donde la religión era usada como arma de exclusión y violencia.

    El Parlamento de Religiones del Mundo con el proyecto de una ética mundial (Hacia Una Ética Mundial: Una Declaración Inicial) donde destacó el aporte del teólogo suizo Hans Küng, o la Carta de la Tierra  promovida entre otros por el brasileño Leonardo Boff junto con varios líderes espirituales, sonaron la alarma para movilizar a las religiones a fin de detener la espiral de odio que cunde por el planeta, recurriendo a las fuentes de la interioridad humana que las religiones han cultivado por milenios con fuente de paz.

    Sin embargo, muchas de esas iniciativas, si bien lograron activar entre sus líderes y comunidades así como en los medios de comunicación la conciencia de la urgente tarea de construir la paz con justicia y verdad, no siempre estuvieron a la escucha de los saberes y espiritualidades de las personas y los pueblos en sus luchas cotidianas para defender la vida humana, los ríos, bosques y especies minerales, vegetales y animales que habitan la faz de la tierra pero que son amenazados por la sexta extinción masiva en curso (¿Qué es la sexta extinción masiva y qué podemos hacer al respecto?).

    Las teologías de la liberación de segunda y tercera generación, como ya lo analizamos en el contexto mexicano (La teología de la liberación en México: recepción creativa del Concilio Vaticano II), han cambiado la perspectiva al poner en el centro a las propias víctimas de la violencia global como “sabedoras”, es decir, expertas en humanidad gracias a la resiliencia que se ha tornado en resistencia. Y sobre todo hay que subrayar que, desde esa experiencia de vulnerabilidad, esos sobrevivientes se han reconocido como interlocutores privilegiados de la Divinidad. En efecto, las víctimas buscan re-existir con nuevos modos de organización comunal, de trabajo agroecológico y de espiritualidades diversas.Esas prácticas surgen precisamente de las personas y comunidades mismas que son amenazadas por los sistemas de dominio.

    La ecoteología feminista, desarrollada por Ivonne Gebara (Ecofeminismo: una perspectiva latinoamericana) en Brasil y Marilú Rojas (La pertinencia de la teología ecofeminista y su incidencia política ante el feminicidio y el ecocidio actual) en México, dio un giro radical al pensar las interconexiones entre la fe de las mujeres excluidas, sus cuerpos y territorios vulnerados, así como sus saberes ancestrales de cuidados y resistencias como principio de un cambio de mundo donde se revela un nuevo rostro de la Sofía divina.

    Así fue surgiendo cada vez con mayor claridad la conciencia entre las religiones y los movimientos sociales de escuchar a quienes habitan las periferias del mundo de la riqueza y el privilegio, para explorar cómo “otro mundo es posible” desde esas márgenes sociales y religiosas.

     

     

    Desde 2015 un grupo de personas de universidad, junto con artistas y movimientos sociales de defensa del territorio en México – con la asesoría de Gustavo Esteva (Centro de Encuentros y Diálogos Interculturales) y Boaventura de Sousa Santos con su Conversas do Mundo con varias autoras del Sur epistémico como Silvia Rivera Cusicanqui – comenzamos a explorar caminos para descolonizar la universidad y aprender a “tejer voces por la casa común” (Tejiendo voces). Así fuimos aprendiendo las exigencias de la escucha atenta de quienes viven en las periferias, que no son solamente víctimas sino personas y colectivas que crean procesos para despertar, sanar y acuerpar juntas, y así van tejiendo saberes que expresan sus modos de vida, organización comunal y su profunda espiritualidad de la vida.

    En 2019, proseguimos este camino analizando diversas voces de la teología decolonial en un congreso (Congreso sobre resistencias y espiritualidades) organizado de manera conjunta por la Universidad Iberoamericana Ciudad de México, la revista internacional de teología Concilium, y el Centro Universitario Cultural de los dominicos de México para explorar juntos los rasgos comunes de las resistencias frente a la violencia sistémica y las espiritualidades que de ahí surgen.

    En 2023, un grupo de colegas universitarios, con el apoyo de organizaciones de la sociedad civil mexicana y del ITESO la universidad jesuita de Guadalajara en México, logramos reunir a más de treinta colectivos de América Latina (¡Re-Existe! El espíritu cruzando periferias) con el objetivo de conocer las nuevas formas de vida, de subjetividad y comunalidad que van tejiendo personas y comunidades de sobrevivientes. Buscábamos con ellas una forma de vislumbrar la esperanza en medio del horror de las fosas clandestinas en México, la discriminación por motivos de género, raza y condición social, la devastación de la madre Tierra, así como explorar la ritualidad que emerge de esas prácticas de resistencia. La memoria gráfica de ese congreso, con su documental que incluye algunas entrevistas, puede dar una idea de lo que vivimos en ese encuentro.

     

     

    Ahora llega el momento de una siguiente fase de Re-existe que enfatizará las conexiones que tejen los sobrevivientes y la fuerza que las anima.

    Se trata esta vez de un encuentro-festival con dos rasgos novedosos y desafiantes: la interculturalidad como modo de existencia y de pensamiento para “volver a pensar como especie” según el llamado de la comunidad científica, íntimamente ligada con lo interreligioso como única forma viable para acercarnos a lo santo.

    Nos proponemos explorar juntos los caminos de la re-existencia en esta hora de colapso del modelo civilizatorio moderno, donde el genocidio en Gaza ha puesto en jaque a la humanidad y se convierte en piedra de toque para la civilización humana.

    A través de tres pasos exploraremos el despertar ante el horror que cada colectiva ha enfrentado. Seguiremos analizando luego el sanar en tanto acciones personales y colectivas de memoria, verdad y justicia que permiten a las víctimas reconstruir sus vidas. Entonces podremos acceder al momento del acuerparnos con nuevas formas de comunalidad.

    Colectivas de mujeres de la India enfrentando la violencia del patriarcado en las religiones hindú, budista y cristiana entrarán en mutuo acompañamiento con madres de desaparecidos en México. Cuidadores de la madre tierra de la misión jesuita de Bachajón en Chiapas dialogarán con líderes del pueblo Lakota que trabajan la memoria colectiva para sanar del pasado colonial, a la vez que recuperan sus formas de agricultura ancestrales por medio de la dieta tradicional, el cultivo de plantas locales y el redescubrimiento de los rituales como el Inipi o baño ritual que es creación de comunalidad, o la danza del búfalo como uno de los principales símbolos de la sacralidad de la tierra y el cielo.

    Estén pendientes en las redes sociales de Re-existe 2025 donde se publicarán breves cápsulas informativas, entrevistas y memoria gráfica de estos momentos que esperamos sean como destellos de la vida que resiste y re-existe, porque la fuerza de las sobrevivientes está animada por la Ruah divina que aletea sobre el caos para hace surgir vida en medio de la muerte.

     

    Guadalajara, 20 de septiembre de 2025

  • La monstruosidad de la religión Sobre un debate moderno en curso“Paroxismo”, Iván Gardea, grabado, Cuernavaca, 2019

    La monstruosidad de la religión Sobre un debate moderno en curso

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

     

    Está semana fui invitado a la presentación en Cuernavaca de un libro que recoge una conversación fallida entre John Milbank, teólogo anglicano británico, y Slavo Žižek filósofo esloveno ateo, en torno a la monstruosidad de Cristo (La monstruosidad de Cristo: ¿paradoja o dialéctica?). La traducción al español fue publicada por la Universidad Iberoamericana Ciudad de México, por iniciativa de Ángel Méndez Montoya, como parte de un innovador programa editorial para ofrecer a personas lectoras de México y el mundo de habla castellana debates teológicos actuales en torno a Dios como problema ontológico, como fuente de sentido ético en una civilización moderna sacudida en sus fundamentos y como problema político.

     

     

    Antes de asistir a la presentación en la Biblioteca Galería Miguel Salinas de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, ubicada en el centro histórico de la ciudad en una casona antigua restaurada como centro cultural, tuve la fortuna de conversar con el artista juarense Iván Gardea, al visitar su exposición en el Jardín Borda que está abierta al público hasta fines de septiembre.

    El maestro Gardea, además de ser un impresionante grabador, en la más rigurosa tradición mexicana del grabado que se remonta a Posadas y al Taller de Gráfica Colectiva de hace un siglo, es un pensador nato, letrado en temas de literatura, música, filosofía y teología. Nos habíamos conocido en su taller hace seis años, para preparar la exposición de su serie de grabados sobre la violencia inspirada en el pensamiento de René Girard, que realizamos en la Galería Andrea Pozzo de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México en 2019, con motivo del congreso internacional “¡Resiste! Violencias, resistencias y espiritualidades”, organizado de manera conjunta por la universidad jesuita con la Revista internacional de Teología Concilium, donde tuve la ocasión de ser parte del consejo directivo y editorial por ocho años.

    Durante nuestra conversación en el luminoso patio colonial del Jardín Borda, Iván me contó historias sobre su trabajo artístico en curso, una serie de grabado precisamente sobre la monstruosidad de lo sagrado en la sociedad actual, perdida entre el liberalismo occidental “desfundado” de toda creencia y los ateísmos de cuño materialista que pululan en ambientes académicos como sociales. A juicio de Iván, si bien lo interpreto, esa monstruosidad tiene muchas aristas, entre ellas el nihilismo como una forma de vida sin esperanza. Fue grande mi sorpresa al escuchar sus reflexiones pues esa misma tarde íbamos a hablar de la “monstruosidad” de Cristo en el debate Žižek – Milbank.

    Así que brevemente le resumí las ideas que más tarde expondría yo en torno a ese libro, alternando con los queridísimos colegas Sylvia Marcos, reconocida antropóloga del género en Mesoamérica que conoció a Žižek en Eslovenia; con Ángel Méndez, teólogo cuir que trabajó su tesis doctoral sobre teología del alimento bajo la dirección de Milbank; y con Nicolás Panotto, teólogo protestante argentino con quien comparto proyectos en el grupo “Teología después de Gaza” convocado hace dos años por Mitri Raheb para repensar la teología política.

    En el claustro del Jardín Borda, le comentaba a Iván que, a mi parecer, la monstruosidad que importaba discernir hoy era aquella de la religión que pervierte lo sagrado, expresada como sionismo judío y cristiano, asociado a movimientos de extrema derecha en el mundo que, en nombre de Dios, no solamente pervierten la Biblia en su teología de la elección y la promesa, sino que incitan a la violencia genocida manipulando el sentimiento religioso de comunidades enteras. Otro ejemplo es el caso de la telepredicadora Paula White en la Casa Blanca asesorando a Trump, a su vicepresidente Vince y al secretario de estado Rubio en una cruzada por hacer que su país “retorne a los valores cristianos”.

    Otro ejemplo emblemático de la monstruosidad de la religión dentro de las instituciones religiosas son los casos criminales de manipulación de lo religioso por parte de líderes corruptos creando emporios financieros basados en la ambición sin medida con control de masas adormecidas. Este fenómeno ha producido corrupción de élites políticas, sociales y religiosas en varias latitudes del planeta, acompañada de abusos sexuales y espirituales de personas, tráfico de prebendas políticas y financieras por parte de personalidades religiosas perversas como Marcial Maciel y Naasón García en México, Fernando Karadima en Chile y los líderes del Sodalicio en el Perú.

    Esa monstruosidad de lo religioso es la que importa analizar desde el pensamiento crítico para contribuir a desmantelar en el ámbito social sus redes de poder. Es urgente hacerlo por medio de periodismo de investigación como el de Emiliano Ruiz Parra (Emiliano Ruiz Parra: Serie de HBO, vehículo masivo para la desmitificación de Marcial Maciel), de comisiones de la verdad como la que propusiera el entonces candidato Borič en Chile (que por cierto nunca llevó a cumplimiento), para asegurar la rendición de cuentas ante la sociedad como obligación del estado laico y, sobre todo, garantizar la justicia restaurativa para las víctimas.

    Iván llamaba a estos grupos religiosos de hoy una parodia de lo religioso y, a la vez, otra versión de la modernidad que está colapsando en nuestros tiempos.

     

     

    Avivado por esta apasionante conversación me di a la tarea de compartir mis ideas en la presentación del libro en el evento preparado por la Facultad de Psicología de la UAEM, en conjunto don la Cátedra Doble Legado “Jean Robert y Sylvia Marcos”. Resumo lo que expuse en ese conversatorio.

    Lo primero fue subrayar la importancia de abordar el libro como una provocación teológica desde nuestro contexto latinoamericano y caribeño, de manera que sea posible hacer una lectura crítica de los autores europeos del libro, siguiendo de cerca su argumentación y subrayando otras perspectivas interculturales de acercamiento al mysterion de lo real que las religiones llaman Dios.

    Luego, cabía recordar ahí que el significado de Cristo para la humanidad en tiempos del colapso civilizatorio que vivimos hoy parece una cuestión irrelevante frente al incremento exponencial de la violencia bajo una nueva figura que algunos llaman, siguiendo a René Girard, la “escalada a los extremos de la aniquilación del otro”. No parece relevante discurrir sobre un personaje religioso que quedó atrapado por una religión que domesticó su amor universal. Mucho menos parece importante perderse en el debate entre un filósofo esloveno y un teólogo británico cuando nos encontramos en medio de la desolación de las guerras de genocidio en Gaza, de exterminio en Congo y Sudán del Sur, de desapariciones forzadas en México, donde lo urgente consiste en detener la espiral de odio si deseamos hablar del ethos político y espiritual posible para la humanidad en esta hora incierta.

    Y es precisamente aquí que la pregunta por la experiencia de Jesús de Nazaret en su siglo I de la Era Común, enfrentando el odio en su propio cuerpo, puede ser relevante para nosotros hoy.

    Los debates académicos suelen extraviarse en el mundo de las ideas, por muy aterrizados que quieran ser. Defender o acusar a Hegel de las soluciones diversas a la dialéctica de la historia para justificar el materialismo teológico como hace Žižek, o promover la ortodoxia radical de Milbank como vigía de la Ciudad de Dios parece algo secundario cuando se trata de enfrentar otra monstruosidad, aquella que tiene muchas cabezas como la del odio y de la muerte que produce la hidra capitalista, patriarcal y de hegemonía blanca y occidental.

    Incluso defender o acusar a Maestro Eckhart -o mejor al ex fraile dominico Rainer Schürmann (El Principio de Anarquia: Heidegger y la Cuestion del Actuar), uno de sus intérpretes modernos multicitado por Žižek- por su interpretación de la negatividad del ser divino como antecedente del momento de negatividad de la dialéctica hegeliana parece paja cuando la prioridad es pensar la negatividad de quienes habitan en “la región del no-ser”, como decía Fanon, y están siendo reducidos a la nada.

    Propuse entonces un acercamiento descolonial del libro La monstruosidad de Cristo. ¿Paradoja o dialéctica? Un libro erudito que hará correr mucha tinta en el mundo de la academia sea para validar el agnosticismo teológico de Žižek, o bien para confirmar la filosofía teológica de Milbank.  La pregunta crucial que plantea el libro radica en el callejón sin salida de la razón frente al misterio del ser. Sin embargo, lo que conviene explorar es un acercamiento ontológico diferente, aquél que piensa “el ser que envejece y muere”, como decía Levinas.

    Para ello, es preciso acudir a la Biblia como fuente originaria de esa inteligencia de la paradoja del ser y luego a la filosofía apofática para deletrear la inteligibilidad del absurdo cuando el cristianismo anuncia un “mesías crucificado” como sentido de la historia. Siguiendo esta ruta será posible cruzar la línea abismal para pensar la monstruosidad del ser, pero en tanto resplandor del instante mesiánico en el que la historia parece abrirse como un recoveco de “esperanza contra toda esperanza” a través de “las heridas que curan”.

    Surge así otro modo de hablar del vínculo crítico entre la filosofía, la teología y la política, no como idea ni como potestas política, sino como nudo mesiánico, es decir, resistencias a la violencia que tejen quienes habitan en “las sombras de las sombras de las sombras”.

     

     

    “En sus llagas seremos curados” dice el oxímoron del deutero Isaías (53:5) escrito por un discípulo del profeta durante el destierro de su pueblo en Babilonia. Se trata quizás de la cumbre de la revelación del Primer Testamento y una de las más radicales verdades sobre la condición humana, lo político y la esperanza. Con esta luz, por cierto, será leída siglos después la tortura y la ejecución de Jesús de Nazaret por el poder romano en complicidad por las autoridades del Templo de Jerusalén y la turba enardecida.

     

    El destierro fue un lugar espiritual y teológico para el discípulo del profeta, como lo fue para Juan el Bautista y tantos profetas de la historia “cuya voz clama en el desierto” (Juan 1: 23). Hasta llegar a la voz de Munther Isaac en el sermón de Navidad de 2021 en Belén de Palestina. El destierro babilonio significaba una contradicción para el pueblo expatriado: por un lado, el dolor de ser arrancados de su patria, por otro, el reconocimiento de que solamente han podido vivir de las migajas de Nabucodonosor II, el rey babilonio. Y, sin embargo, en los cuatro poemas que conservamos en el libro de Isaías, la verdadera fuente de vida será el pueblo-discípulo. El poder babilonio aplastó al poder davídico. Pero el pueblo sobrevivió en virtud de su fidelidad a la alianza primera, si no todo, al menos los pocos Tzadikkim o personas justas e la historia. Y por eso, aquel pueblo sufriente es la fuente de “otro modo de ser”, más allá de la esencia del poder babilonio, en la potencia de quienes resisten. Ellos son el siervo de Yhwh.

     

    Siguiendo esta chispa del anónimo discípulo de Isaías, podemos entonces releer la historia de “los malditos de la tierra”, de ayer y hoy. En particular, la historia del pueblo palestino que, en el fondo sin fondo de su dolor por el genocidio padecido, hace que de sus heridas todos podamos sanar si abrimos la vida y la acción a ese clamor. Un eslogan de la Flotilla Sumud Global precisamente dice eso: “Quisieron borrar a Palestina, y ahora Palestina navega en todos los mares”.

     

    Ante la monstruosidad del exilio en Babilonia, el pueblo hebreo de los anawin, de los pobres de Dios, hace surgir la belleza del Sumud o resistencia ante la catástrofe que les ha llegado.

     

     

    ¿Qué dialéctica de la historia en la lectura hegeliana recreada por Žižek rige la historia? La de los opuestos que se aniquilan buscando una supuesta síntesis de Aufhebung o superación de esta rivalidad que no hace sino prologar los estertores de la humanidad con el triunfo de los verdugos.

    Tampoco la filosofía de la Ciudad de Dios añorada por John Milbank como un retorno a la teocracia, superando los estrechos límites de la autonomía moderna que se convirtió en pesadilla, es capaz de cruzar la línea abismal que separa al privilegio de la desolación.

    ¿Acaso tienen razón ambos autores en ese ficticio diálogo en plantear la alternativa entre dialéctica del sábado santo que aniquila a los débiles en el Sheol y la paradoja del Domingo de Pascua que se anuncia como el triunfo de las víctimas sobre los verdugos?

     

     

    Ni paradoja ni dialéctica, sino contracción mesiánica del ser que envejece y muere.

    Eckhart nos puso alerta sobre las figuras y los ídolos (deitas) que sustituyen al Dios inefable (diuinitas). Pueden ser ídolos religiosos o políticos. Lo crucial en la vida del Espíritu es por eso, pa el dominico alemán, el desapego (Gellasenheit) como una forma de negación apofática o negativa, que no dialéctica de las suplantaciones de la Divinidad.

    El Pseudo Dionisio había explorado previamente esa vía de la superación del ego, dando curso a la experiencia de las Madres y los Padres del desierto en su confrontación con los demonios antes de llegar a la contemplación del mysterion del Dios vivo.

    Por eso hoy, la teología apofática es compañera de la teoría política del común que plantean las colectivas y subjetividades ubicadas en las periferias del mundo hegemónico, pero enraizadas en el mundo de la conexión vital de lo humano, lo cósmico y lo divino.

    Escuchando el clamor, la indignación y la esperanza de los más vulnerables de hoy podremos entonces acceder a la aparente monstruosidad de Cristo que deviene entonces la belleza de los olvidados que re-existen cuando dicen basta a la violencia del ser imperial que mata.

     

    Puebla, 14 de septiembre de 2025

  • ¿Santidad laical?Papalote diseñado por Francisco Toledo en papel Artesanal de Arte Papel Vista Hermosa

    ¿Santidad laical?

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

     

    Este fin de semana dos jóvenes católicos romanos serán canonizados por el Papa León XIV (Canonización de Carlo Acutis y Pier Giorgio Frassati). Pier Giorgio Frassatti, laico dominico italiano, que vivió en el primer cuarto del siglo 20. El otro, Carlo Acutis, el llamado “primer santo millenial”. Cada uno revela no solamente l’air du temps de cada siglo, sino que abren la pregunta por el modelo de Iglesia que nos urge hacer presente en nuestros tiempos de catástrofe global.

    Desde finales del siglo 19, la Iglesia católica romana intentaba, sobre todo en Europa, escuchar a la clase obrera y no perder contacto con la población producida por la revolución industrial. La enseñanza social del magisterio pontificio -desde el Papa León XIII y su Carta Encíclica Rerum Novarum hasta el actual pontífice León XIV que por ese motivo escogió su nombre- desplegó una pastoral urbana propia de la época para caminar con ese sector sufriente del pueblo de Dios.

    La Acción Católica sería una respuesta laical, apoyada por grupos de obispos en países como Bélgica y Francia, ante tales desafíos. Los sacerdotes obreros (Curas obreros. Compromiso de la Iglesia con el mundo obrero) fueron otra loable página de esta historia, donde cabe recordar el acompañamiento del teólogo dominico Marie-Dominique Chenu y la infame supresión posterior del movimiento por parte del Papa Pío XII. La influencia de la Acción Católica llegaría a América Latina con su metodología ver-juzgar-actuar, inspirando más tarde a la teología de la liberación en el Perú, Brasil y otros países de la región, como lo ha estudiado con sumo cuidado Agenor Brighenti en años recientes (O método ver-julgar-agir).

    Hace cien años, un joven laico dominico del Piamonte (Pier Giorgio Frassati OP), cercano a los mineros en su tierra y alpinista por pasión, fue fruto de esa sensibilidad eclesial de la época que daría como frutos en décadas posteriores experiencias pastorales en el resto de Europa y en América Latina, con los movimientos pastorales de inserción en medios populares, en especial el mundo obrero y los pueblos indígenas. Hijo de un famoso periodista que fuera propietario de La Stampa, Pier Giorgio Frassati solía combinar su militancia política en el Partido Popular Italiano con lecturas de Tomás de Aquino y Catalina de Siena, acompañadas por escaladas en los Alpes con un club de amigos y jornadas de adoración eucarística en las que desplegaba su vida interior. Personaje de su tiempo, Pier Giorgio hoy es reivindicado por la Iglesia católica romana como un santo laico juvenil, cuya vida terminó de manera abrupta a los 24 años por una poliomielitis fulminante probablemente contraída por su apostolado con los pobres de Turín, dejando una huella espiritual en los movimientos juveniles pastorales de hace un siglo.

    El otro santo laico joven es Carlo Acutis, italiano nacido en Londres, devoto de la eucaristía y muy activo en las redes sociales, vivió como adolescente centrado en difundir los milagros eucarísticos y las apariciones marianas. Luego de su muerte por leucemia a los quince años de edad, se convirtió en un símbolo para los “influencers católicos” de hoy, pero con un aire más devocional que social y político como su compañero de canonización. Hace unos meses me tocó recibir, junto con el grupo de pastoral juvenil de la Parroquia de Santa Rosa de Lima en la Cuidad de México fundada por los frailes dominicos hace casi cien años, las reliquias de Carlo. Se trataba de una iniciativa de la Arquidiócesis de México para conmemorar el Jubileo de los Jóvenes (Una fe que no envejece: Roma, 25 años después del Jubileo de los Jóvenes con Juan Pablo II) convocado por el Papa Francisco y llevado a cabo por el Papa León XIV. Me llamó la atención la escasa asistencia de jóvenes de esta zona hípster de la ciudad, con la presencia de alguna juventud devota con rasgos muy piadosos y con poca sensibilidad social. El rezo del Rosario preparado por el grupo juvenil local en la tradición de espiritualidad dominicana meditaba los misterios dolorosos de la pasión de Cristo, asociándolos al clamor de los jóvenes de hoy en este barrio de la Ciudad de México: gentrificación, inseguridad, violencia contra las mujeres, desempleo y abuso de drogas como heridas del cuerpo de Cristo hoy. Era un intento por conectar la tradición del rosario con la vida de las personas de hoy. La pequeña comunidad de adultos mayores ahí reunida rezaba atónita siguiendo la iniciativa de los jóvenes, para volver luego a sus devociones tradicionales meditando la vida de Cristo en su pasión y muerte. Algunos poco jóvenes llegados de otras parroquias hicieron al final un breve taller sobre el santo millenial, llamando a usar las redes como nuevo lugar para anunciar a Cristo y promover la adoración de la Eucaristía en las comunidades y los valores del Evangelio.

     

     

    Esta nueva generación de jóvenes católicos tradicionalistas ya la había encontrado antes en Europa y en los Estados Unidos, tanto entre laicos como entre dominicos y jesuitas, las órdenes y congregaciones religiosas reconocidas como promotoras de la renovación conciliar del Vaticano II. Sus intereses me parecen retrógradas en una primera percepción, aunque luego intento acercarme a esas generaciones y descubro en ellas belleza interior, mezclada de ingenuidad y temor a perderse en el laberinto del pluralismo. Buscan identidades que les den certidumbre. En lo religioso, aman la cultura antigua latina del cristianismo medieval, sobre todo, no tanto de la era patrística griega. Quedan extasiados con el canto gregoriano y la Suma de Teología de Tomás de Aquino y otros maestros medievales, pero sin conocer su método abierto a conversar con filósofos paganos, ni seguir el pensamiento lógico escolástico. Les fascinan los signos ostensibles de las creencias, como el hábito religioso, el velo litúrgico y recibir la comunión arrodillándose con mucha devoción, pero con torpeza porque lo hacen como si fueran jirafas recién paridas.

    A pesar de su devoción intensa, lo social les es indiferente como lugar espiritual y teológico. Hablar de Gaza en un sermón les parece ideología. No se diga invitar a la mesa eucarística a parejas que viven juntas sin estar casadas, mucho menos dar la bienvenida a la comunidad de la diversidad sexual en las misas. Tales prácticas las juzgan como desvío de la doctrina de la Iglesia. Estas jóvenes generaciones de laicos católicos buscan volver a la Iglesia doctrinal, como aquella del Concilio de Trento y del Vaticano I, sin conocer del todo lo que significó el espíritu conciliar que animó al Papa Bueno a convocar el Concilio Vaticano II.

     

     

    Y me pregunto entonces qué modelos de Iglesia son urgentes hoy para una ciudad laboratorio como la Ciudad de México y tantas otras en todo el orbe. Se trata de responder a un abanico de identidades juveniles donde es un desafío crear espacios para invitar a mirarse una a la otra, casi imposible acogerlas en una misma celebración litúrgica. Recuerdo que mi generación aun soñaba “con tomar por asalto el Paraíso” por medio del compromiso por la justicia y la paz, con los derechos humanos universales como signo de los tiempos nuevos. Eso nos llevó a una pastoral universitaria en el CUC de los años 80 centrada en una Iglesia liberadora.

    Algo que parece ya caduco en esta era de la des-globalización y la expansión de los ministerios de guerra, las invasiones con drones militares y el cinismo del capitalismo en su fase expansionista de colonización forzada obscena. El uso perverso de la religión como lo vemos hoy en Palestina con el gobierno israelí y sus aliados en todo el mundo, justificando en la Biblia sus acciones genocidas, parece dejar indiferentes a jóvenes católicos de hoy, ausentes en las protestas en las calles y las plazas del mundo por esa manipulación de la fe.

    ¿Qué santos laicos requiere hoy la humanidad en medio de los escombros de nuestra civilización? Frassati o Acutis. El joven alpinista cercano a los mineros o el santo millenial de la adoración eucarística como “autopista al cielo”.

    Pienso que ni uno ni otro, porque ambos fueron hijos de su tiempo. Hoy veo una nueva generación de jóvenes apasionados por Cristo como mesías y hermano universal, a quien reconocen por su excepcional amor inclusivo de justos y pecadores que surge de su íntima experiencia de comunión con su Abbá. Jóvenes que a la vez se dejan tocar por la enseñanza del Dalai Lama y Tich Nath Han, o por las maestras de meditación Zen que han encontrado en retiros de tradiciones espirituales diversas.

    Jóvenes laicos que viven la santidad en sus cuerpos erotizados y amorosos, sin miedo a explorar diversos modos de feminidad y masculinidad, de paternidad y maternidad biológica o adoptiva, arropados por el amor de Cristo y apasionados por servir a su cuerpo herido.

    Millenials que no son influencers de mal gusto que reproducen en las redes lo mismo que escuchaban en sus grupos parroquiales, sino que inventan “benditas mezclas” de teologías narrativas cerca de los descartados, cruzando las periferias, tejiendo lazos de vida, empatía y solidaridad político-espiritual. Santidad laical como la nueva generación de jóvenes de las Comunidades Eclesiales de Base de América Latina y el Caribe (Bendita Mezcla. Teología narrativa de NuestrAmérica) que reinventa aquel viejo método del ver-juzgar-actuar con una teología narrativa en las periferias de la sociedad, con imaginación compasiva, siguiendo los pasos de Jesús de Nazaret y su comunidad mesiánica.

    Tal vez hoy, como hijas e hijos de tiempos inciertos, la santidad laical pase hoy por un colapso de las instituciones religiosas y la invención de otros modos de adorar la presencia amorosa de la Divinidad no solamente en el templo, sino también en la comunidad que, animada por su fe, trata de salvar un río contaminado o un lago moribundo. Comunidades juveniles que escalan los volcanes de Mesoamérica o la cordillera andina, con sus glaciares en peligro de extinción, como rutas de espiritualidad ecológica.

    Iniciativas que buscan adorar a Cristo en su cuerpo herido hoy.

    Santidad laical que, al fin y al cabo, es la vida de la Ruah divina que hace nuevas todas las cosas desde los escombros del mundo que se desmorona.

     

    Ciudad de México, 6 de septiembre de 2025

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