Categoría: Pluralismo cultural

  • Los Cristos negros de ZinacantánCarlos Mendoza Álvarez | Cristo negro | Elambó Esquipulas, Chiapas | 2026

    Los Cristos negros de Zinacantán

    Por Carlos Mendoza Álvarez

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    La fiesta patronal de Elambó Esquipulas en los Altos de Chiapas se abre con el estruendo de una banda de música que -al son de los platillos, el clarinete, las trompetas y la tambora- anima la procesión de la comunidad. Avanzamos desde la entrada del paraje hasta la capilla del Cristo negro, ceñido con un manto rosa bordado con flores coloridas y engalanado con una peluca rizada de cabellos negro azabache. La oscuridad de su piel resalta aún más en el marco florido y refleja, con algunos destellos en sus brazos extendidos sobre la cruz, las candelas sembradas en el piso, ardiendo en medio del incienso que llena el altar.

    Una vez dado el saludo inicial la comunidad se arrodilla para rezar la invocación de la misericordia en lengua tsotsil, bajo la guía de Mariano, el catequista encargado, todos implorando a Dios perdón para el mundo, en un murmullo que comienza como oleaje embravecido y que luego se torna susurro y caricia, como de olas rozando la arena de la playa, señal de una conciencia comunal apaciguada.

    La misa sigue su curso con las lecturas bíblicas en tsotsil en torno a la cruz del Galileo, seguidas de una meditación que me toca dirigir a la comunidad en castellano, de manera breve, con tres pensamientos que resumo para que el catequista-intérprete los desarrolle con una elocuencia sin fin. Me centro en el sentido bíblico de la cruz de Jesús como resultado de su compromiso con los excluidos de su tiempo. Luego, relato brevemente la historia del Señor de Esquipulas en Guatemala, citando a mi hermano jTotik Alfonso, aunque añadiendo una glosa mía, para hacer notar que su color negro simboliza los sufrimientos del pueblo que Cristo carga sobre sí. Veo la imagen envuelta en flores y caigo en la cuenta de que el Crucificado nos ofrece un abrazo amoroso en el último aliento de su vida. Me sale de manera espontánea decirlo a la comunidad que me escucha con atención y veo que reciben ese abrazo con una mirada agradecida. Y concluyo invitándonos a todos a celebrar al Señor de Esquipulas con nuestro propio compromiso de amor, cuidando como él lo hizo en vida, a quienes más sufren en la comunidad, comenzando por la niñez en su salud amenazada por la industria de los refrescos y la comida chatarra, la juventud atraída por el dinero, las drogas y el alcohol, y las mujeres que padecen violencia en su propia casa y comunidad.

    La consagración del pan y del vino es vivida con profunda devoción por la comunidad arrodillada. Pero ese momento de sacralidad de adoración del cuerpo y la sangre de Jesús, el ungido de Dios, de repente se torna una reverencia aún más profunda gracias al canto y la danza tradicional del Bolom Chon o canto del jaguar que expresa lo más profundo del alma tsotsil, tseltal y tojolabal, los pueblos mayas de los Altos de Chiapas. Los músicos tradicionales pulsan el arpa, el violín y la guitarra con un ritmo pausado y lento que es como un mantra creciendo en una espiral sonora de ternura infinita, arrullando al Dios encarnado y a la madre tierra a la que nuestros pies tocan con su danza. Porque cabe recordar que, para los pueblos mayas, en los ritos de la tradición ancestral -como los del pueblo tseltal estudiados por el jesuita Eugenio Maurer en Bachajón- la danza tiene un significado religioso, pues con los pies se acaricia a la madre tierra, regalo primordial del Dador de la Vida.

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    El Cristo de Esquipulas que nació en Guatemala es una representación potente de los diversos rostros de la fe de los pueblos mayas de antiguos celebrando por influencia mexica a Tezcatlipoca, según cuenta el cronista dominico fray Diego Durán, para pedir la lluvia:

    […] era de una piedra muy relumbrante y negra como azabache [obsidiana] piedra de que ellos hacen navajas y cuchillos para cortar. En las demás ciudades era de palo entallada en una figura de hombre todo negro y de las sienes para abajo con la frente y narices y boca blanca, de color de yndio bestida de algunos atavios galanos a su indiano modo quanto a lo primero tenia una orejeras de oro y otras de plata, en e labio bajo tenía un bezote de un beril cristalino en el que estaba metida una pluma verde y otras veces azul que después de afuera parecía esmeralda o rubí, era este bezote como un geme de largo encima de coleta de cabellos que tenía en la caveza (Durán, II, 1995: 47).

    Siglos después, en esa imagen los pueblos mayas cristianizados veneran al Nazareno con nuevos significados. En cada paraje de Zinacantán que he visitado esta semana encontré nuevas y asombrosas alteraciones en la imagen y en los significados que le da la comunidad. Del relato de un Cristo color negro carbonizado que sobrevivió milagrosamente a un incendio hasta el icono que se ennegrece porque absorbe los pecados del mundo, pasamos por historias que cuentan las zozobras y anhelos de sus fieles devotos dando tonalidades de intensidad creciente al Cristo, según el color de la piel o de la conciencia de la comunidad que lo venera.

    Dos escenas quedan en mi memoria de estos días recorriendo los parajes zinacantecos. Ambas remontan a los ritos ancestrales del pueblo tsotsil.

    La primera es el rezo del perdón cuando toda la comunidad en un oleaje colectivo, con clamores, llanto y suspiros, eleva su oración arrodillada sobre la juncia –que son las hojas del pino colocado como una alfombra verde y olorosa en el piso de la ermita, capilla o templo, sosteniendo los pies de la comunidad reunida en medio de velas- con el incienso mezclado con aroma del pino de los bosques aledaños. Un vestigio del pueblo de la niebla y el bosque, como lo canta el poeta tuxtleco Juan Bañuelos:

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    Amanece. La humedad es como el sueño: inmóvil. Sólo
    asciende
    un pueblo de raíces por las gargantas de las aves
    que con su canto mueven la alfombra olorosa de la juncia
    El humo de las chozas se eleva imitando grecas mayas
    mientras se filtra el suero cíclico de la memoria

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    La segunda escena que perdura en mi corazón es la danza ritual de adoración sonora y rítmica que mueve a la comunidad reunida, acariciando a la tierra que ha dado como fruto al hijo de María, un Cristo jaguar tal vez, según la memoria de los pueblos mayas. Cuerpos transfigurados por un resplandor de humanidad ancestral que se abre al misterio amoroso.

    Los Cristos negros de Zinacantán siguen tornándose luminosos en cada paraje, con tonalidades más oscuras o claras, según la tierra que los acoge y alaba. Cristo negro de Esquipulas durante el tiempo de la Capitanía General de Guatemala. Cristo negro de Tila en tiempo de independencia de Chiapas. Cristo negro de Zinacantán en tiempos del levantamiento indígena. Cristo negro de las comunidades de hoy enfrentadas al espejismo de la prosperidad del comercio de las flores y los tejidos. Cristos negros que vendrán en los tiempos aciagos que vivimos.

    ¿Qué lamentos y qué alabanzas entonarán las futuras generaciones del pueblo tsotsil cuando, dentro de medio siglo, el clamor de la humanidad herida haga aún más oscuro al Cristo negro?

    ¿Qué lamentos, alabanzas y danzas vivimos nosotros cuando caemos en cuenta que el tiempo urge para buscar y encontrar el consuelo para una humanidad amenazada de muerte por el mundo de los poderosos?

    Los Cristos negros de Zinacantán son una gran paradoja: abrazo de sufrimiento y promesa de vida.

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    Ts’ajal Nam, 17 de enero de 2026

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    Nota: Me gustará leer sus comentarios en la sección final de esta página.

  • Navidad en lo secretoCarlos Mendoza | Nacimiento tsotsil | Nachig, Chiapas | 2025

    Navidad en lo secreto

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

    La Nochebuena se anunciaba diferente este año debido al cambio del clima gélido de Boston a los días fríos pero soleados de los Altos de Chiapas. Por supuesto no se trataba solamente de una diferencia de clima sino, sobre todo, de universo cultural. Los cantos de los monjes episcopalianos de Cambridge en tierra de los Massachusetts, que tanto disfruté por varios años, ahora daban paso a rezos de perdón y reconciliación según el rito tradicional tsotsil de los Altos de Chiapas presidido por uno de los catequistas o ministros de la eucaristía.

    Durante estos días las comunidades tsotsiles de la parroquia de Zinacantán adornan sus capillas con miles de flores. Girasoles, aves del paraíso, rosas y gladiolas en torno al nacimiento del Niño Dios, en especial la bromelia o flor de Niluyarilo que es una especie endémica de los Altos de Chiapas hoy en peligro de extinción por su uso abusivo en algunas fiestas religiosas de la zona de Chiapa de Corzo. El pesebre se acompaña con guirnaldas de semillas y frutas, representando una explosión de vida de la Madre Tierra que agradece la llegada del Mesías niño. Plátanos, mandarinas, peras, naranjas, granadas chinas y limones, cuelgan en enramadas como cayendo del cielo. De manera paradójica el mundo de arriba florece y llueve frutos sabrosos para nutrir a la comunidad reunida en torno al mesías recién nacido.

    José y María habitan esa cueva verde sagrada revestidos con los trajes tradicionales tsotsiles. Él llevando el Pok’u’ul o poncho rosado bordado con flores, portando en el hombro un morral de cuero y huaraches en sus pies. Ella, engalanada con su il chil k’uk’umal o huipil emplumado, también repleto de bordados de flores y aves. Por todos lados florece la vida en estas comunidades, si bien enfrentan problemas nuevos como la presencia creciente del narcotráfico y las mafias criminales. La fuerza histórica de estos pueblos mayenses es la unidad comunitaria, aunque la división aparece ahora al interior de las comunidades entre grupos que sólo quieren seguir la Biblia y otros que mantienen viva la tradición de los ancestros, por ejemplo las procesiones a los cerros sagrados, como la comunidad de Pinar Salinas, que mantiene viva sus tradiciones ancestrales. Estas comunidades tienen una identidad cultural en movimiento que, con cada nueva generación, adquiere rasgos propios e inéditos. Tal es el caso de los coros de iglesia que prefieren ahora tocar instrumentos de banda norteña, como el tololoche para las cuerdas y la tarola para las percusiones, en vez del tambor y la chirimía de la música ancestral que conservan viva para las peregrinaciones a los cerros de los Altos de Chiapas y, cada año, en su peregrinación al Tepeyac en el valle de Anáhuac.

    Mi sorpresa fue grande cuando Petul, el catequista e intérprete, durante la Misa de Navidad, traducía mis brevísimas reflexiones bíblicas en largas descripciones de lo que contaba sobre el relato de María, el niño y los pastores en el evangelio de Mateo. No me quedaba alternativa sino confiar en su habilidad de intérprete, dirigiendo la mirada a la comunidad para asentir cuando lograba yo identificar alguna palabra en voz del catequista. Mi intención era subrayar la importancia del mensaje de los ángeles a los pastores en Belén: “gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los seres humanos que ama el Señor” (Lucas 2: 14) que nos invita a hacer algo semejante. Aprendamos a ser como los pastores –decía yo a la comunidad con gestos enfáticos– quienes lograron ser un espejo para reflejar la gloria de Dios por medio de la paz aquí en la tierra tan amenazada de guerras. Y concluía el sermón recordando a la comunidad allí reunida que ese mensaje era aún más urgente hoy porque Belén está en Palestina, asediada hoy por una guerra cruel hecha en nombre de Dios. Y la comunidad respondió con un “¡Viva al Niño Dios nacido en Palestina!”, seguida de la tradicional diana interpretada con enjundia por el coro.

    ¿Hay algo que celebrar en las periferias del mundo del privilegio? ¿En qué lugares Dios se acerca a nosotros para ser destello de luz que alumbra a las naciones? ¿Quiénes pueden ayudarnos a ver esos chispazos en medio de la larga noche que atraviesa la humanidad?

    Lo primero que me viene a la memoria es aquella reflexión de Hannah Arendt en su libro La condición humana, señalando que en cada nacimiento de un ser humano hay una promesa de futuro para toda la humanidad. La pensadora bebía del pozo de su tradición hebrea para hablar del futuro como algo por ser cumplido a fuerza de justicia como interrupción del mal en la historia. Pero quizás ella olvidaba el corazón de la promesa hecha por Dios a Abraham y Sarah en su sentido espiritual que consiste en que la promesa es un regalo del Eterno que ofrece su ser mismo a la humanidad herida. No es casual que esa promesa tenga un nombre, aquél que la fe hebrea y cristiana llaman “mesías”: el ungido por la Ruah divina para consolar al pueblo sufriente. Un mesías que tarda en llegar, que hace larga la espera y, de manera paradójica, que ya está presente “en lo secreto” invitándonos a entrar en ese espacio de redención “por la puerta estrecha”. ¿Qué significa esa metáfora? Cobra aun mayor relieve este pensamiento al celebrar el nacimiento de un niño galileo de hace dos mil años en Palestina.

    El nacimiento del hijo de María en Belén de Palestina, contado así por los evangelios sinópticos, es una señal que vale la pena rastrear como rumbo para el camino en medio de la noche. Ese niño hebreo, hijo de migrantes que van huyendo del poder romano representado por Herodes y se refugian en Egipto, es la promesa cumplida de los tiempos mesiánicos. Aquellos que llegan con dolores de parto en lo más frágil de la condición humana expuesta a tantas violencias antiguas y nuevas. Su infancia contada en retrospectiva por los evangelistas se desplegará con el tiempo, sobre todo en el breve periodo de escasos tres años que vivió como predicador itinerante en Galilea. Él anunció el cumplimiento de los tiempos nuevos que podremos reconocer en tiempo presente cuando “los ciegos ven, los sordos oyen y buenas noticias son anunciadas a los pobres” (Lucas 7: 22).

    Nosotros estamos invitados a pasar por la puerta estrecha del mesías que es la puerta de lo pequeño: “Hay que hacerse pequeño para entrar en el Reino de los cielos” (Mateo 18: 3), decía Jesús, el Galileo. La Biblia está plagada de historias de esa otra perspectiva, como lo cantaba Ana en el libro de Samuel: “Levanta del polvo al desvalido y alza de la mierda al pobre para hacerlo que se siente entre príncipes y herede un trono de gloria”. O también el himno de Jesús que alaba a su Abbá celestial porque “ha escondido las cosas del Reino a los sabios y entendidos y las ha revelado a los pequeños”, los nepioi del evangelio de Lucas en griego (10:21).

    La llegada del Mesías subvierte la lógica de los poderosos y construye un mundo nuevo desde quienes habitan en los escombros. Como en Gaza y en los Altos de Chiapas.

    Mis primeras semanas en tierras tsotsiles me han permitido conectar de nuevo con el Ch’ulel, o fuerza espiritual de múltiples significados, que descubrí hace cuarenta y cinco años en estas comunidades, cuando llegamos de visita como novicios dominicos junto con fray Raúl Vera. Es el espíritu de los Altos de Chiapas que se manifiesta en sus cerros, bosques y neblina, animales y naguales, el que anima a las comunidades para florecer y prosperar. Desde entonces, al menos una vez al año he vuelto a los Altos de Chiapas y a las cañadas de Ocosingo para seguir descubriendo la experiencia de fe de los pueblos mayenses, con su espiritualidad ancestral fecundada por la fe en Jesús de Nazaret como mesías e hijo de Dios.

    Ahora me dispongo a explorar y disfrutar por un largo periodo la vida creyente de estos pueblos, con las nuevas expresiones en la espiritualidad y el arte, así como en la lucha por la justicia frente a los grupos de necropoder que hasta aquí han llegado con sus tentáculos de corrupción del dinero fácil y de falsa ilusión de una felicidad a base de poderío armado, drogas, alcohol y pactos criminales. Hace unos días me comentaba Angélica, querida amiga de Ecosur, que hay varios proyectos de investigación en curso, sociológicos y antropológicos, sobre las infancias y juventudes indígenas urbanas en Jobel. Están acompañados por iniciativas de la sociedad civil y de las iglesias, como Melel Xojobal para brindar alternativas de educación, vida social y diversión a esta población altamente vulnerable a las redes de criminalidad que se adueñan de la zona norte de esta ciudad que cuenta con la mayor población indígena de México.

    Celebrar la Navidad en esta tierra es un llamado a volver a las márgenes de mi matria para reaprender el lenguaje de los pequeños del Reino. En el corazón de sus anhelos busco volver a las fuentes de la fe, aquella que heredé de mis ancestros de sangre y de espíritu en la orden de predicadores.

    Navidad discreta. Tiempo de gracia y de verdad gracias al mesías niño arropado de flores y canto, de lágrimas y susurros de vida que no se rinde al mal en esta región alejada en las montañas del sureste mexicano. Comunidades que, en lo secreto, metamorfosean la adversidad en dones de vida.

    Jobel, 27 de diciembre de 2025

    Nota: Comenta abajo lo que significa para ti la Navidad.

  • La llamada a la itinerancia De Boston a la Condesa y JovelAntún Kojtom | Gota de agua en el ombligo de la tierra | Tenejapa, Chiapas | 2020

    La llamada a la itinerancia De Boston a la Condesa y Jovel

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

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    Han pasado siete meses desde que dejé Boston, luego del infortunado episodio de censura académica y del creciente riesgo de criminalización de la investigación universitaria en la era Trump.

    Al volver a mi terruño, tuve la dicha de hospedarme por un periodo de varios meses en la casa de los dominicos ubicada en una colonia hípster de la Cuidad de México. El clima litúrgico de la Semana Santa hizo más hondo el proceso de duelo y resurrección que implicaba una experiencia de pérdida, abriendo una pausa para dejar asentarse las emociones y prepararme para la siguiente etapa de vida. El triduo pascual me ayudó a sentir cómo fluye la Vida divina en lo íntimo del corazón. Una percepción que fue creciendo en los meses siguientes, gracias a la compañía de personas y comunidades extraordinarias que pude visitar durante el verano en varias latitudes del planeta con ocasión de mi servicio teológico.

    Llegan a mi memoria escenas extraordinarias de ese periplo, como la mirada de un hombre refugiado pidiendo empatía; o el ruido del oleaje en los acantilados sudafricanos. Llevo en el corazón la escena del altar modesto —y verdadero por su simplicidad orante y de proximidad con el otro— de la comunidad jesuita en país mapuche. También aún resuenan en mis oídos los diálogos en tierras turcas con un puñado de frailes y hermanas de la orden de predicadores, escudriñando señales donde hoy sería posible reconocer los tiempos mesiánicos que tardan en llegar. Con fuerza surgen cada mañana de lo profundo en el corazón los rituales de mujeres sanadoras de Malasia, Dakota, la India y Kenia reunidas en Guadalajara, con escenas que quedaron grabadas en el Documental Re-existe 2025, perdurando como destellos en medio de la noche.

    Durante varios meses de paso por la Ciudad de México pude entrever los cambios que se gestan por la gentrificación en una colonia citadina provocada por las poblaciones en movimiento, en este caso los “nómadas digitales” del Norte global que desplazan a los habitantes pauperizados en el Sur, a la vez que fecundan con nuevos sabores y saberes la cultura local. En lo religioso, como ya les comenté anteriormente, caí en la cuenta de la fragmentación del mundo de la interioridad humana que algunos llaman espiritualidad, pero que designa un hontanar de trascendencia que fluye en toda persona como lo evoca Lanza del Vasto en su poesía  Una fuente santa con frecuencia desecada por la vulgar mercadotecnia de lo religioso. Me sorprendió encontrar en los templos un revival de catolicismo popular de devociones entre jóvenes que se aferran a la piedad sin mucho interés en el talante profético del cristianismo de la renovación conciliar de hace más de medio siglo que puso a la justicia vinculada a la vivencia de la fe como centro del cristianismo latinoamericano.

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    Y por fin, luego de una espera con días y noches de incertidumbre, pude viajar a Chiapas para echar raíces y tejer redes en aquellas tierras mayas en los años por venir. Buscaba un “lugar” donde habitar o, como decía el añorado maestro de la orden de los dominicos fray Timothy, hoy cardenal Radcliffe en su libro El manantial de la esperanza, un “nicho ecológico donde florecer”, en medio de la diversidad de flora y fauna de la condición humana, otro modo de describir nuestras semejanzas y rarezas a la hora de vivir en comunidad.

    Jovel, o tierra de humedales y pastos, como llamaban los pueblos originarios al valle donde se asentó la ciudad novohispana de San Cristóbal de Las Casas, había recibido en 1980 a los novicios dominicos cuando visitamos estas tierras, acompañados por nuestro maestro, fray Raúl Vera, quien ya desde entonces mostraba un celo pastoral por los campesinos en Amecameca y por los pueblos mayenses de Chiapas y Guatemala. Desde entonces, un cachito de mi corazón se quedó aquí, reanimado por las visitas anuales a San Cristóbal y a Ocosingo con los compañeros universitarios de Misiones Servandus de la Parroquia Universitaria animada por los dominicos en la Ciudad de México.

    Mi paso de varios meses por Ocosingo en 1994 tras el levantamiento armado del Ezln fue una página que ha quedado grabada de manera indeleble en mi cercanía con la causa indígena de liberación y la mística que la sustenta. Este movimiento de insurrección había encontrado tierra fecunda en la labor de jTatik Samuel Ruiz, el Caminante, acompañando a los pueblos originarios y a los mestizos de la diócesis de San Cristóbal de Las Casas desde 1961. Su conversión al pueblo pobre, animado por el El Pacto de las Catacumbas en pleno Concilio Vaticano II, se vio luego refrendada por su activa participación en las conferencias del episcopado latinoamericano en Medellín, Puebla, Santo Domingo y Aparecida. El Congreso Indígena de 1974 —donde colaboró activamente el dominico Enrique Ruiz Maldonado con ocasión del cuarto centenario de la muerte de fray Bartolomé de Las Casas, primer obispo diocesano en San Cristóbal— marcaría un parteaguas en la asunción de la causa indígena como columna vertebral de la opción por los pobres que hiciera la diócesis ubicada en los Altos de Chiapas y las Cañadas de la Selva Lacandona. Como corolario de este camino, el III Sínodo Diocesano que concluyó en 1999, como cuenta una de sus actoras la hermana Celia Rojas , vendría a ratificar cuatro décadas de opción por los pobres y de promoción de una teología india mayense como expresión más acabada de la inculturación del Evangelio según el espíritu conciliar.

    Volver a estas tierras de manera permanente, cuarenta y cinco años después, implica ahora para mí estar dispuesto a afrontar otros desafíos que no se avizoraba el siglo pasado. Uno de ellos es quizás el de las infancias y la juventud indígena migrante en simbiosis con la cultura urbana y los medios digitales que está generando otras subjetividades indígenas que se debaten entre tradición y modernidad. Gracias a queridos amigos como Geovanni Nájera de Semillero 259 Yara y Sebsor de Psicolexia, por ejemplo, comienzo a disfrutar y comprender un poco más esas otras expresiones de las tribus urbanas indígenas contemporáneas. Por medio de los huertos urbanos, el hip hop y el rap, el arte callejero y los grafitis, entre otras expresiones estéticas y sociales, las iniciativas que ellas promueven son semilla de algo nuevo.

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    Un baño de inmersión en la comunidad tsotsil eclesial sucedió estos días en la Parroquia de San Lorenzo Mártir, fundada por los frailes dominicos en 1545. Casi cinco siglos después, cuarenta y cinco pueblos con sesenta templos y capillas hablan de la vitalidad de las comunidades creyentes en estas tierras de los Altos de Chiapas, donde catequistas, ministros extraordinarios de la eucaristía y autoridades tradicionales coexisten con coros de jóvenes y grupos de mujeres, con el acompañamiento de frailes y hermanas dominicas. Esta presencia fue renovada en 1961 cuando los dominicos regresaron a esta comunidad, luego de una larga pausa posterior a las Leyes de Reforma de 1857, la Revolución y sus secuelas en la primera mitad del siglo XX, como lo cuenta en una crónica viva fray Pablo Iribarren.

    Un par de días fueron suficientes para sumergirme en un mundo otro, con su vigorosa tradición simbólica y lingüística. Si bien ya lo había atisbado como visitante, ahora se abría delante de mí un horizonte nuevo para aprender a estar presente como parte de la comunidad de frailes en acompañamiento a estas comunidades. Sentí que se trataba de un llamado a proseguir la itinerancia bajo modos diversos. Se trata de emprender ahora un nuevo camino al paso de estos pueblos, con su idiosincrasia propia, sus tensiones intergeneracionales, sus expresiones de lo religioso católico, pero a la vez ancestral, todo ello atravesado por sus tensiones entre modernidad capitalista y visión de otros modos de vida, gobernanza y espiritualidad.

    Un reto mayúsculo para mí será iniciarme en la lengua tsotsil y navegar en medio de los poderosos símbolos tradicionales de la cultura zinacanteca, al mismo tiempo que escuchar con empatía a aquellas generaciones de jóvenes que están transformando la tradición de sus ancestros con nuevos modos de vida.

    Otro reto significativo será la vida cultural en la ciudad de San Cristóbal, cosmopolita y provinciana a la vez, con centros de pensamiento crítico de calado internacional como el Colegio de la Frontera Sur, la Universidad de la Tierra-Cideci, la Cátedra fray Bartolomé de Las Casas en la Facultad de Derechos de la Universidad Autónoma de Chiapas, y varios centros de cultura y artes.

    Algunas ideas novedosas surgen por ahora como chispazos para comenzar a entrar en diálogo con las culturas presentes en Jovel y Zinacantán. El programa de radio tradicional que llevaron los frailes en décadas recientes llegaba a una audiencia específica, más de corte confesional. Pero un portal en internet con podcast y videoclips con contenidos sobre la mística de las religiones con sus similitudes y diferencias, o la teología política en el mundo actual que abusa de la religión para justificar genocidios, alcanzaría a un segmento de población más joven y diversa.

    Por ahora los contenidos están por definirse en comunidad para lograr el tono y la modalidad de una teología con calle y de la calle, elaborada de manera dialogal con gente fuera y dentro de los templos que estén dispuestas a dialogar sobre las preocupaciones e intuiciones más profundas en torno al sentido de la vida, la justicia social, la belleza en tantas tradiciones, el pluralismo cultural y la sobrevivencia de la Casa común. Espero que pronto pueda compartir aquí algunas de las primeras iniciativas de este nuevo camino.

    Lo que dará fuerza a estos sueños será, sin duda, la vitalidad de los pueblos mayas de hoy, en su interacción con otras culturas urbanas y digitales. Ahí se encuentra el humus propicio para florecer en estas tierras.

    Los llamados de la itinerancia siempre serán inciertos, pero desde aquí los transito confiado en los saberes de los pueblos ancestrales y modernos que serán luz en el camino.

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    Jovel, 6 de diciembre de 2025

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    Nota: Me gustará leer sus comentarios en la sección final de esta página.

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