Categoría: Memoria, víctimas y justicia

  • Noticias de WallmapuGabriel Pozo Menares | Calendario Mapuche | Wallmapu, 2011

    Noticias de Wallmapu

    Por Carlos Mendoza Álvarez

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    La luz del atardecer llega a Tirúa, en tierras mapuche, mientras Carlos, mi anfitrión jesuita que ha estado aquí más de quince años (HistoriActiva comunidad jesuita de Tirúa), conduce por el camino de terracería para visitar a sus amigos que le han abierto las puertas de su casa para compartir la vida en el territorio desde hace años. Llegamos y nos recibe la hija mayor junto con sus gatos y perros. Interrumpe por un momento las tareas que prepara en su último semestre de preparatoria, ya que luego de graduarse planea inscribirse en la universidad para estudiar pedagogía. La vida transcurre de manera simple entre las familia que aquí habitan. El papá pasó el día cultivando papas y después dedicó la tarde a poner el piso de un cuarto nuevo de la casa. Nos ofrecen mate como ritual para acompañar la conversación. Antes de irnos los amigos intercambian comida para las aves y hacen planes para reciclar una vieja puerta de madera que será instalada en un centro de eco-espiritualidad en ciernes.

    Wallmapu (Declaración Departamento de Historia sobre el término Wallmapu) es el término que hace referencia a las tierras ancestrales del pueblo mapuche (El Mundo Indígena 2025: Chile). Hoy son dominadas por la industria forestal que contaminó el territorio con especies invasoras como el eucalipto y el pino para producir celulosa a escala masiva para exportarla al mercado mundial del embalaje.

    El pueblo mapuche hoy está dividido entre la frenética integración al mundo moderno del consumo por un lado y, por otro, la defensa del territorio, la lengua y la medicina tradicional con el liderazgo de las mujeres Machi, sanadoras y ancestras espirituales.

    De ambos lados de la cordillera, dividido entre Chile y Argentina, el pueblo mapuche lucha por su sobrevivencia territorial y cultural, ante la avasalladora inercia del mundo moderno (Chile: La resistencia al modelo forestal en el Wallmapu, territorio Mapuche). Para las comunidades asimiladas al modelo moderno de hoy parece mejor comer comida procesada que algas y mariscos como hacían los antiguos; o bien, tomar Coca Cola en lugar de infusiones de hierbas porque da mayor estatus; prefieren ser cristianos evangélicos o católico-romanos que seguir la espiritualidad y la lengua de los ancestros. Al fin y al cabo se trata de un asunto de « integración » al mundo moderno, aunque sea al precio de la asimilación cultural y la depredación ambiental que, en su trasfondo simbólico, es violencia contra los ancestros y contra la madre Tierra.

    Redes de la sociedad civil tales como “Iglesias y Minería”, o las iniciativas de diálogo intercultural sobre astronomía ancestral y moderna que impulsan algunas universidades de la región, son intentos modestos para acompañar a un pueblo desgarrado por las contradicciones internas entre modernidad y tradición.

    Quizás la eco-espiritualidad esté siendo una « articulación », entre otras de corte más social y político, que permita esos cruces. Carlos me contaba la anécdota de una abuela que, asistiendo a un taller de medicina tradicional y eco-espiritualidad, decía no entender nada de los cruces de los tres cuerpos (personal, comunitario y territorial) que presentaba el taller, porque ella se había quedado pensando durante todo el encuentro sobre lo que significaba esa palabra rara que estaba escrita en la invitación : « articulación ». Un término que la abuela tuvo rondando en su cabeza todo el tiempo hasta que por fin intuyó que seguramente hacía referencia a las articulaciones de los huesos, cuando sentía en su cuerpo que algo estaba descuadrado, le impedía la movilidad y provocaba dolor. De modo que ella concluyó que el taller era  un camino para curar sus articulaciones. ¡Y en el fondo ese era el objetivo del taller! Aquella abuela lo había seguido a su modo propio, aunque estuviera ausente del resto de las charlas.

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    Antes de llegar a tierras mapuches pude conversar con personas de universidad en dos foros en Santiago de Chile. El primero sobre la obra de Gustavo Gutiérrez, uno de los padres de la teología de la liberación, con ocasión del primer aniversario de su fallecimiento (Congreso Internacional Gustavo Gutiérrez). En un formato académico tradicional con conferencias magistrales y ponencias, a lo largo de un par de días fue emergiendo una conciencia más clara entre los asistentes sobre la importancia del estilo latinoamericano para hablar de Dios, íntimamente conectado con la experiencia de los pobres y oprimidos. Una sabiduría que ya forma parte de la manera como algunas comunidades cristianas católico-romanas y protestantes comprenden su fe en un Dios liberador y promueven el papel transformador de las víctimas en sus propios procesos de liberación para dejar atrás tierras de esclavitud y emprender caminos de vida nueva.

    Pero también comenzamos a ver, no sin la sorpresa de algunos asistentes, que es preciso abrir el corazón y la mirada a otras exclusiones, como aquellas que viven las mujeres, las personas queer/cuir, los migrantes indocumentados, los familiares de personas desaparecidas, los pueblos afrodiaspóricos y los pueblos originarios, por mencionar a quienes representan las resistencias de hoy a la violencia que nos aqueja de muchos modos, teniendo en el corazón hoy al pueblo palestino enfrentando el genocidio perpetrado por el gobierno israelí y sus cómplices.

    Durante el coloquio surgieron algunas iniciativas para mantener viva la memoria de la obra del gran teólogo peruano, a través del trabajo de los archivos que resguardan las grabaciones de los cursos de verano que Gutiérrez ofreció en Lima por varios años, un valioso material que mostrará otro ángulo del pensamiento del autor. Asimismo, algunos nos propusimos investigar las relaciones del pensamiento de Gustavo con la obra de Aníbal Quijano, compatriota suyo, quien representa una de las fuentes de mayor importancia en el pensamiento decolonial de nuestros días, junto con Frantz Fanon. La confluencia de ambos pensamientos, junto con la teología de la liberación negra, feminista, queer/cuir y palestina, nos dará un marco teórico más pertinente para comprender la interseccionalidad de las violencias y de las resistencias en curso a fin de crear otros modos de vida, gobernanza y espiritualidad que animen a comunidades ubicadas en las fracturas de la humanidad.

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    El otro encuentro, realizado con colegas de la Sociedad Chilena de Teología (UCSC fue sede de Jornada Anual de la Sociedad Chilena de Teología), fue la ocasión para pensar juntos los posibles caminos de la esperanza de las comunidades que enfrentan la violencia sistémica.

    Mi contribución en esa jornada anual puso en la mesa la cuestión de pensar la esperanza con un talante de « decolonialidad combativa », como la digna rabia que practican las comunidades zapatistas, o la indignación de las mujeres que enfrentan un abuso sexual o espiritual en sus respectivas religiones. Porque se trata, desde mi punto de vista, de desmantelar una visión de la esperanza como huida del mundo a la espera de una consolación en el más allá de la vida eterna.

    Más bien se trata de descubrir y fortalecer la esperanza que « insurge » en las fracturas de la humanidad. Ahí donde las personas sobrevivientes reman a contracorriente de la historia de  la opresión y el privilegio, habitando el mundo con prácticas de cuidado mutuo, en la pedagogía del acuerpamiento y la sanación colectiva con memoria, verdad y justicia, como lo exploramos en el pasado encuentro Re-existe 2025.

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    El cielo de Wallmapu, con la luna creciente brillando con intensidad, es hoy una metáfora viva de la esperanza que nos arropa cuando escuchamos los latidos de las tierras y los astros del Sur.

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    Tirúa, 25 de octubre de 2025

  • Las paces desde abajoTings Chak, “Palestine Will Be Free,” 2023 (courtesy of the artist).

    Las paces desde abajo

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    Luego de dos años del genocidio en curso en Gaza, hace unos días Trump “decretó” su plan de paz para Palestina, con la presencia sumisa de un grupo internacional de “negociación” formado por Egipto, Catar y Turquía, con la complicidad de líderes políticos europeos de Italia, Gran Bretaña y España que dicen “buscar la paz para la región”.

    Ese plan no habla por supuesto de justicia para las víctimas palestinas del genocidio, mucho menos de reparación del daño de la devastación económica y cultural creada por el gobierno israelí de Netanyahu. Con un cinismo criminal, Trump estuvo de paso por Israel para ratificar su alianza con el primer ministro israelí y tratar de protegerlo de la rendición de cuentas a la que todo criminal de guerra debe ser sometido, un proyecto que promueve un grupo minoritario de ciudadanía israelí con un puñado de aliados en el gobierno.

    La comunidad internacional se enfrenta ahora al reto más radical desde la segunda guerra mundial para promover un juicio por crímenes de lesa humanidad contra Netanyahu y otros militares israelíes, con sus cómplices de otros estados cómplices, como Trump y líderes de la Unión Europea. Se tratará de juzgar una guerra sistemática contra el pueblo palestino iniciada desde 1947 cuando comenzó la Nakba o catástrofe que hasta el día de hoy está llevando a los extremos el exterminio del pueblo palestino en la franja de Gaza y Cisjordania.

    La denuncia de crímenes de guerra por parte del estado de Israel presentada por Sudáfrica hace más de un año fue solamente el inicio de un lago proceso de diplomacia internacional que podría llevar un día a la creación de un juicio internacional similar al de Nuremberg el siglo pasado para juzgar los delitos del régimen nazi.

    Pero hay otras “paces” (de paz en plural) que vale la pena tener presentes, ubicadas desde abajo del mundo del dominio imperial, porque son las que perduran en el tiempo y arraigan en la vida de las comunidades.

    Nos referimos a aquellas que se construyeron a contracorriente del odio de los líderes políticos desde las colectivas de mujeres palestinas y judías, que organizaban actos comunes antes de los ataques del 8 de octubre de 2023 pues luego fueron prohibidos por el gobierno israelí. Pero también existen las “paces” que tejen las mujeres kurdas frente a la violencia del estado turco. Y aquellas que día a día construyen las mujeres zapatistas para recuperar sus cuerpos y territorios en Chiapas.

    Carmenmargarita Sánchez de León acaba de presentar hace unos meses en la Universidad Iberoamericana Ciudad de México una tesis doctoral en estudios críticos de género sobre la resistencia de mujeres puertorriqueñas creando en muchos frentes la construcción de la paz para su pueblo colonizado por el gobierno estadounidense desde 1952, cuando fue incorporado como estado libre asociado, un modo de colonización reciente de territorio en los parámetros del derecho moderno. Esas otras paces se tejen cuerpo a cuerpo, en el mutuo cuidado de quienes se saben vulnerables pero poderosas cuando conectan sus heridas. La Colectiva Ilé en Puerto Rico que analiza esa tesis doctoral, así como otras colectivas feministas decoloniales como la Colectiva Feminista en Construcción, recuperan espacios urbanos en la isla, critican la deuda pública del estado de Puerto Rico impuesta por la administración federal estadounidense, pero también tejen sororidad entre mujeres racializadas por el patriarcado blanco por medio de redes de colaboración en producción de bienes y formación de un pensamiento feminista descolonial.

    La Ruta Pacífica de las Mujeres en Colombia representa otro intento por tejer la paz desde abajo, no desde los acuerdos entre actores de las masacres, que fueron los paramilitares, el ejército y el estado colombiano, sino la paz que surge de la escucha cuidadosa de las víctimas y algunos verdugos que buscan reconocer su culpa, para transitar a la justicia, la reparación y así tal vez un día recibir el don de la reconciliación del cuerpo social herido.

    Un caso paradójico pero significativo de esos otros modos de construir paz es el de las familias de personas desaparecidas que al llegar en brigada a un pueblo o ciudad plantan “el árbol de la memoria”, con fotos de sus seres queridos que han desaparecido y algunas mantas pidiendo empatía y solidaridad a la comunidad que visitan. También buscan tejer hilos de paz con el buzón que ponen en la plaza donde la gente puede escribir de manera anónima información para dar con el paradero de sus familiares desaparecidos. Por ese medio ha sido posible encontrar fosas clandestinas, casas de prostitución, granjas de trabajos forzados en producción de amapola o laboratorios de droga, donde pueden estar sus hijas e hijas e hijos vivos o muertos. Las madres buscadoras no piden justicia ni venganza en primer lugar, sino que piden información. De esa manera humanizan a los perpetradores creando espacios de búsqueda para encontrar a “sus tesoros” pidiendo algunas pistas para dar con el paradero de sus seres queridos.

    Esas son las paces que importan porque son tejidas lentamente por personas y comunidades en resistencia, sobre todo por mujeres que deconstruyen el patriarcado.

    Ahí precisamente, en las grietas de esos muros de odio, se tejen otros modos de existir con justicia y dignidad, donde paulatinamente se va arraigando la paz.

    ¿Y qué podemos hacer nosotros para tejer la paz para el pueblo palestino y los otros pueblos semitas que comparten la misma tierra desde hace miles de años?

    Para comenzar, estar informados con fuentes creíbles de lo que sucede en Palestina para vincularnos luego de manera virtual o personal con alguna comunidad palestina en resistencia en aquellas tierras, o bien en la diáspora, para promover escucha y diálogo persona a persona. Un segundo paso es conocer mejor a las comunidades judías que viven con cercanía la causa del pueblo palestino apoyando su derecho a vivir en esa tierra. Porque es importante recordar que hay personas palestinas y judías de la diáspora que tienen en común al amor a la tierra de Palestina y el anhelo de poder encontrar caminos para que los pueblos hermanos vuelvan a cohabitar en la misma tierra.

    Tal vez muchos años tendrán que pasar para que haya paz en Palestina, hasta que los pueblos hermanos descendiente de Abraham, Sara y Agar —sí, los tres con su descendencia— reconozcan sus derechos compartidos a habitar la misma tierra. Mientras tanto, la construcción de la paz será tarea de todas las comunidades dondequiera que se encuentren.

    Porque Palestina es brújula de la humanidad hoy dividida, ojalá también en proceso de conversión. Hagamos posible la paz para el pueblo palestino junto con sus pueblos hermanos tejiendo “paces” donde cada quien habita. Solamente así podremos seguir imaginando un futuro como especie humana antes de que nos vayamos al precipicio.

    Esta mañana llegué a tierras del Sur que surgen entre la majestuosa cordillera de los Andes y el océano Pacífico, donde los pueblos mapuche y chileno habitan el mismo territorio con muchas barreras que incluso los gobiernos democráticos de las últimas décadas no han podido derrumbar. He llegado aquí para dialogar con colegas de universidad sobre la vigencia y los límites de la teología de la liberación, con ocasión del primer aniversario de la muerte de Gustavo Gutiérrez (Congreso Internacional Gustavo Gutiérrez). También podré conversar con colegas de la Sociedad Chilena de Teología sobre la difícil esperanza en tiempos de catástrofe. Y con mucha emoción espero la posibilidad de visitar por primera vez territorio mapuche para escuchar algo de las resistencias que esas comunidades han creado para enfrentar tantas formas de colonialidad antigua y nueva (Pensamiento mapuche, autonomía y colonialismo en Chile).

    En la próxima entrada les podré contar algunas de estas historias.

    Santiago de Chile, 19 de octubre de 2025

  • Una flor de composta O sobre las re-existencias en medio de la catástrofeCarlos Mendoza | Re-existe 2025 | Ritual de apertura 23 IX 25

    Una flor de composta O sobre las re-existencias en medio de la catástrofe

    Por Carlos Mendoza Álvarez

     

    A fines de septiembre más de ochenta personas de colectivos de sobrevivientes de diversas partes del mundo nos reunimos en un encuentro de mutua escucha, profundizado por diálogos atentos con gente de universidad y nutrido con provocaciones venidas de colectivas de artistas. Fuimos recibidos con la magnífica hospitalidad de la Cátedra Jorge Manzano del ITESO que se convirtió en hogar por unos días.

    Comenzamos celebrando las resistencias que transforman por amor lo que parece desperdicio, inspirados durante el acto inaugural por la reconocida cantante catalana Lídia Pujol que susurraba diciendo que “de la composta que es podredumbre puede surgir la flor” (Babel). Ella había descubierto esta sabiduría en la poesía de su paisano del siglo XII Ramon Llull, quien contaba que “habiendo encontrado el amigo un hombre que moría sin amor, al preguntarle por qué moría sin amor éste le respondió que nadie le había dado a conocer el amor ni lo había instruido a ser amador”.

    Angélica, venida de tierras de Malasia, esparció granos de arroz y de sal del Himalaya como ofrenda durante el ritual inaugural por el que nos dispusimos a escuchar con atención a la otredad que nos acoge como Madre Tierra y nos habita como Divinidad que nos anima con su inefable soplo de vida.

    Cinco mesas con representantes de seis colectivos cada una, en grupos lingüísticos distribuidos en español e inglés, fueron el lugar para escucharnos cada mañana, intercambiando experiencias para despertar, sanar y acuerparnos, desde la vulnerabilidad íntima de cada persona y colectiva. Cada una de las mesas contaba con dos personas “escuchadoras”, para encontrar las semejanzas y las diferencias entre las experiencias  narradas e ir tejiendo así un mutuo acompañamiento con solidaridad y esperanza para enfrentar el horror local y global que íbamos describiendo. Raúl, joven maya educador popular por medio del hip hop en Chiapas, comentó que “nunca nadie se había sentado en una mesa para escuchar mi saber”. Nancy, teóloga feminista latina de los Estados Unidos, junto con Bosque, biólogo y activista ambiental-espiritual de Cuernavaca, tenían a su cargo, como otras personas de academia y sociedad civil organizada presentes en el encuentro, cultivar esta escucha atenta para tejer una narrativa común en medio de las diferencias de cada experiencia y contexto.

    Así, fuimos explorando con mucho respeto la tierra sagrada de las resistencias y las re-existencias. Primero, acercándonos al horror al que le íbamos poniendo nombre y apellido según las historias que cada quien contaba. Sofía, por ejemplo, compartió su experiencia como joven abogada ecuatoriana migrante en Barcelona, donde desde hace algunos años camina con mujeres trabajadoras domésticas sin papeles en un “acuerpamiento” feminista que las fue llevando a la formación de un sindicato que las fortaleciera en la lucha por sus derechos como mujeres migrantes a la vez que les permitiera desarrollar habilidades artesanales para sufragar su causa. La reflexión de Sofía hacía eco con la de Alex, diseñador gráfico y artista popular que acompaña a las Comunidades Eclesiales de Base de El Salvador enfrentando el estado de excepción del presidente Bukele. Ya en su cuarto año con un líder autoritario ese régimen de excepción produce basurización de la vida de las juventudes pobres de las periferias salvadoreñas acusadas de criminalidad para lavar la cara de un régimen que desde hace años pacta con las mafias criminales. La resistencia de ambas colectivas, tanto en Cataluña como en El Salvador, transpiraba una “interioridad” que las anima en el día a día de sus luchas. La espiritualidad cristiana en el caso salvadoreño y la sororidad feminista en el caso catalán.

    Pero no se trataba solamente de compartir la palabra oral, sino de explorar otros lenguajes por medio de talleres de expresión corporal y sonora, o por medio de la danza del Jauja en el altiplano andino peruano como camino de resistencia de un pueblo, para encontrar así otros modos de comunicación entre las madres buscadoras y las compañeras sanadoras que venían de Dakota del Sur o de Malasia. Esos lenguajes otros permitían superar las barreras del idioma y nos ayudaban a crear vínculos de comunicación no verbal muy poderosa.

    Y para ir amarrando nudos en el tejido de los hilos entrelazados en cada jornada, llegaron los performances, como aquel preparado con mucho amor y talento por una colectiva de Portland para celebrar al agua que nos conforma, así nos ayudaban a sentir que somos agua. A ritmo de hip hop y rap como propuesta de arte urbano alternativo, las colectivas mayas de Chiapas que educan a las infancias amenazadas por los cárteles de la droga en las periferias de las ciudades de las montañas del sureste mexicano, resultaron ser un bálsamo para curar heridas aun abiertas por otras violencias. Como aquella narrada por Vero buscando a su hijo Diego, desaparecido desde hace diez años, o la violencia contra las niñas en Pakistán que contaba Sabine en su labor de acompañamiento en barrios populares de Faisalabad, en la región de Punjab en Pakistán. Gracias a ese performance rapero todos nos unimos al baile, a la vez que dibujábamos algún símbolo en el mural pintado por Yara como parte del performance también dedicado al agua que está siendo asesinada en ríos, lagos y mares del planeta.

    Concluíamos cada jornada con un momento de cosecha, donde la narrativa popular de Bendita Mezcla, formada por jóvenes de las Comunidades Eclesiales de Base de Nuestramérica, nos ayudaba a celebrar lo escuchado y compartido a través de símbolos, cantos y rituales. El personaje guía fueron las abejas como símbolo de resistencia de la Madre Tierra a las que dimos la bienvenida con una vela de cera producida por ellas, quemando con su llama la palma de nuestra mano para sentir el dolor de las especies en extinción, gesto que iba acompañado de una gota de miel vertida en la otra mano para darnos a degustar la dulzura de ellas como sobrevivientes.

    Luego vino la casita de Acteal que se puso en el centro del círculo de los participantes para recordarnos la historia martirial de unas abejas humanas. El colectivo pacifista de Las Abejas vinculado a las bases zapatistas optando por la vía de la no-violencia activa en su lucha compartida con justicia y dignidad para los pueblos originarios, padeció el asesinato de 45 de sus miembros, entre ellos cuatro mujeres embarazadas, quienes fueron masacrados el 22 de diciembre de 1997 en Chiapas en la ermita de la comunidad mientras oraban por la paz, crimen perpetrado por paramilitares con la complicidad del ejército federal (Matanza de Acteal, Chiapas. Grave violación a los derechos humanos por parte del Estado mexicano en 1997). Su memoria sigue aguijoneando como astilla que duele la vida de los pueblos originarios que buscan otros mundos posibles.

    Cerramos esos momentos de cosecha elaborando papalotes o cometas con mensajes de paz para las mujeres violentadas por el patriarcado y para el pueblo palestino en resistencia al genocidio en curso por el estado israelí, artefactos que nos ayudaron a dirigir el corazón y la mirada hacia un futuro con dignidad y esperanza para los pueblos en resistencia.

     

     

    La visita a la comunidad de El Salto, en los suburbios de Guadalajara, nos llevó a cruzar la línea abismal del ecocidio en curso que la colectiva ambientalista que nos recibió en el “Tour del horror” (Un Salto de Vida) describe como “un paraíso industrial con infierno ambiental”. La cuenca del río  Lerma-Santiago que recorre 708 kilómetros de longitud del occidente de México es una herida abierta del territorio mexicano y de las especies animales y vegetales con los pueblos que lo habitan. Desde el boom industrial de la posguerra en el siglo pasado la industria contaminante se esparce en esa amplia región como un virus social y ambiental. Al día de hoy se han identificado más de 90 contaminantes altamente tóxicos, muchos de ellos cancerígenos, de los cuales sólo se depuran unos pocos que son más visibles con un par de plantas de tratamiento. Sofía y Pedro, jóvenes ambientalistas de la zona, nos cuentan que las empresas transnacionales instaladas en esa cuenca como Nestlé, Toyota, IBM y muchas otras se dicen ser hoy empresas verdes, cuando en realidad sus proveedoras locales de partes son las que producen alta contaminación pues no cumplen con los reglamentos vigentes nacionales e internacionales (15 empresas transnacionales contaminan el río Santiago, señala informe internacional). El ITESO es parte de una red de universidades de la región que estudian el problema del agua (Industria y naturaleza en conflicto: ¿habrá un
    futuro para el agua en Lerma-Chapala?) en constante colaboración con las colectivas de pobladores y ambientalistas que buscan salvar la cuenca hídrica con sus habitantes de especies diversas.

    Entre los miembros del colectivo que nos recibe está Emmanuel, un pequeño niño de escasos diez años de edad, quien con sus botas y sombrero vaquero, va de la mano de su Mamá a mostrarnos los humedales contaminados, con el olor pestilente de las aguas negras de la ciudad y las especies invasoras que ahí habitan como la tilapia que es un pez contaminado que se vende en muchos mercados del país. El presente ecológico para este pequeño niño tapatío es catastrófico, pero el futuro posible comienza a abrirse paso con la organización de la comunidad.

     

     

    Uno de los rituales de la mañana fue presidio por Cecelia Firethunder, abuela Lakota que nos contó el largo camino de sanación de las heridas de su pueblo en resistencia en los Estados Unidos. La experiencia que tuvo de niña en un campo de girasoles que la acogía en una danza de dignidad y fortaleza cuando ella enfrentaba discriminación en la escuela la sigue arropando desde entonces para acompañar a su pueblo a despertar de la segregación secular, para sanar la memoria herida recuperando su lengua, sus saberes y sus rituales ancestrales. Es posible entonces caminar creando nuevas formas de alimentación, como aquella iniciativa compartida por su compatriota Nick Hernández para recuperar tierras y modos de organización comunal y de agricultura indígena Lakota (Makoce. Agriculture Development) en el corazón de las reservas indias que son territorios controlados por el gobierno estadunidense desde hace doscientos cincuenta años.

     

     

    De la composta que es podredumbre puede surgir la flor, como decía Lídia Pujol.

    Pero para que ese momento llegue en nuestros tiempo de colapso ambiental es preciso reciclar primero los desechos producidos por el capitalismo extractivista, racista y patriarcal para recuperar lo orgánico de las resistencias de las comunidades de sobrevivientes, incluida la Madre Tierra.

    Al finalizar el encuentro, retornamos cada quien a nuestros lares de origen y de opción de vida con la certeza de que mientras haya resistencias habrá esperanza porque ahí, en medio de la catástrofe, brotan los lirios de las re-existencias.

     

     

    Guadalajara, 28 de septiembre de 2025

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