Categoría: Memoria, víctimas y justicia

  • Sobre la esperanza en tiempos inciertosMadres buscadoras | NTR | Zacatecas, 2025

    Sobre la esperanza en tiempos inciertos

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

    Al atardecer de este sábado comienza la primera vigilia de Adviento, cuando las comunidades cristianas en todo el mundo iniciamos un camino, en medio de la noche de los tiempos, para recibir la luz humana y divina de la dignidad con esperanza que trae el mesías. En las celebraciones nocturnas resonará el antiguo canto Rorate caeli cuya letra y melodía es como un lamento que sube al cielo desde la ciudad desolada, clamando que “las nubes lluevan al Justo”, como imploraba el profeta Isaías (45:8) durante el exilio en Babilonia.

    Cada año, este calendario de cuatro semanas previas a la Navidad está acompañado de signos de luz, verdor, cánticos, dulces, ternura y comunidad. Según cada cultura, el tiempo de espera del advenimiento del mesías evoca la conciencia de que “algo nos falta” para el cumplimiento de esos tiempos nuevos de justicia, verdad, compasión y paz, no solamente para un pueblo que con arrogancia pretende ser el único elegido, sino para toda la humanidad e incluso para el cosmos entero.

    Cada generación ha visto señales terribles de que el mundo se está acabando, sea por epidemias que nos hacen sentir cuán vulnerables son nuestros cuerpos y conocimientos; sea por guerras de los imperios en turno contra poderes emergentes que amenazan su soberbia; sea por la incertidumbre de la propia vida que se ve disminuida por la edad, la enfermedad, el fracaso, la soledad o la desesperanza.

    Los textos bíblicos que las comunidades creyentes meditamos estos días hablan de la espera del mesías, primero con un fuerte tono apocalíptico que anuncia la destrucción del mundo corrupto, alcanzando a todo el cosmos con una catástrofe que destruirá todo por la soberbia humana que se ha adueñado de la creación.

    Luego, conforme se acerca la fecha de celebración de la natividad del mesías Niño, un nazareno, el tono de los textos se va haciendo más esperanzado por el anuncio del Dios cercano, humanizado, pequeño y frágil. Se trata de la promesa encarnada de una vida divina y humana que comienza en completa vulnerabilidad en la historia de una familia migrante con un bebé recién nacido, tratando de sobrevivir en la periferia del imperio y huyendo de la furia del gobernante local, para encontrar luego un refugio en Egipto, desde donde comenzará a escribirse una página definitiva de la historia de redención humana.

    Sin embargo, la depresión colectiva que atravesamos hoy como humanidad debido a la escalada a los extremos del odio –que cunde por el planeta de manera apocalíptica “como mentira de Satán”, decía René Girard en una entrevista que me concedió en 2007 en París (La esperanza como apocalipsis)– parece hacer ilusoria toda narrativa de esperanza para nuestros tiempos de incertidumbre. El genocidio en Gaza sigue su curso como clímax de la Nakba o Catástrofe iniciada en 1947 con la expulsión de cerca de un millón de palestinos de sus tierras para dar paso a la creación del estado de Israel en 1948; una violencia sistémica que sucede hoy ante nuestras pantallas digitales con la indiferencia actual de las redes sociales y de la comunidad internacional. Las guerras en Ucrania, Congo y Sudán del Sur se han “normalizado” al punto de no ser ya portada de periódicos, y mucho menos trending topic en el mundo digital. En México, la indiferencia de la opinión pública en temas urgentes como la crisis de agricultores de maíz, limón y aguacate que ha producido la violencia en Michoacán, junto con los feminicidios que persisten junto con la desaparición forzada de personas, hablan de un hartazgo de la población que se expresa en paros, tomas de carreteras y protestas en las calles. Pero la masa parece anestesiada y se refugia en burbujas de entretenimiento y compras desaforadas de temporada decembrina que, además de otros males, dejan a la economía doméstica en ruinas por los próximos meses y años.

    El consumismo religioso también es parte de la avasalladora mercadotecnia navideña, entre decoraciones kitsch y remembranzas de artesanías populares para preparar piñatas con los personajes del momento. No faltará ahora en las posadas mexicanas la piñata de Trump que se vende en varios mercados de México y los Estados Unidos, que recibirá palos como ritual de venganza entre risas y abucheos hasta que se quiebre el cartón y las mechas güeras del tirano salgan volando como estrellas fugaces en algún patio de vecindad en la Ciudad de México, Chicago o Los Ángeles para solaz de todos.

    Algunas pocas familias tal vez recuperen el sentido “místico” de la corona de Adviento, siguiendo al Avatar de Carlo Acutis explicando el Adviento 2025 que circula en redes, explicando con mucha propiedad el significado espiritual del rito de encendido de cada una de las cuatro velas de esta temporada que prepara la Navidad. La luz encendida cada domingo de Adviento simboliza al “pueblo que caminaba en tinieblas y vio una gran luz” (Isaías 9: 2) que anunciara el profeta al pueblo hebreo devastado por la división entre los pequeños reinos de Israel y de Judá, con sus líderes corrompidos por la idolatría del poder, buscando alianzas con la vecina Siria para vencer a la tribu rival.

    Y como un no-lugar en medio de tanta bulla, haciendo un vacío en medio de la algarabía citadina, en México las colectivas de Madres Buscadoras (Madres buscadoras encienden árbol de Navidad) montarán árboles de Navidad revestidos de esferas con los rostros de quienes nos faltan. Ellas son hoy “la voz que clama en el desierto” (Juan 1: 23) porque hablan en nombre de las víctimas de la guerra del narcoestado y de la idolatría del necropoder de nuestros días.

    Tal vez ahí radica el fondo teologal de esta temporada: la ausencia del mesías es algo que ha inspirado a generaciones hebreas y cristianas desde hace siglos para movilizarse a fin de hacer presentes los tiempos mesiánicos por medio de actos de rememoración, justicia y una (im)posible reconciliación.

    Más allá de una celebración folclórica del advenimiento del Dios-con-nosotros, de lo que se trata hoy es de ir al reverso de la historia para contemplar ahí, en el silencio de la noche, algún destello de luz que anuncie la llegada del mesías. Y quienes sienten en cada segundo de su vida, en cada respiro –como Vero y Fabiola, madres buscadoras que nos compartieron su esperanza en un encuentro reciente en Guadalajara– la ausencia que duele y moviliza a la búsqueda por amor, son quienes nos enseñan lo que significa la esperanza en tiempos de incertidumbre, corazón del Adviento.

    El próximo lunes 1° de diciembre, se presentará en línea el documental Re-existe 2025 (Presentación del documental Re-existe 2025), preparado por el realizador uruguayo Juan Meza. Ahí se cuentan algunas de las historias de despertar, sanar y acuerpar que compartieron personas de diecisiete países y diferentes tradiciones religiosas y espirituales de cuatro continentes enfrentando violencias diversas donde ha sido posible deletrear la esperanza.

    El Adviento es tiempo para seguir tejiendo redes de esperanza combativa, afirman los movimientos sociales en las periferias del imperio, a fin de que este mundo nuestro no se vaya al precipicio. Y es posible hacerlo escuchando a las personas que por años y siglos han resistido y ahora nos acompañan a re-existir.

    Porque habrá esperanza siempre que haya personas y comunidades que vivan el tiempo del fin, subrayado con tanta insistencia por Javier Sicilia y Elías González, como la oportunidad para entrar en otro modo de existir en medio de la violencia pero preñados con la espera activa de los tiempos mesiánicos.

    ¡Buen tiempo de Adviento!

    Ciudad de México, 29 de noviembre de 2025

    Nota: Agradeceré tus comentarios al final de esta página.

  • Marchar o no marchar, esa es la cuestiónGhandi’s Dandi (Salt) March, 2012

    Marchar o no marchar, esa es la cuestión

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

    En semanas recientes México ha sido escenario de convulsiones sociales surgidas del hartazgo de la población ante la violencia del narco que controla cada vez más y más territorios. El estado de Michoacán se ha convertido en epicentro de esa violencia contra la población, en particular contra productores de aguacate y limón que tienen en sus manos ese maldito « oro verde » (La cara menos brillante del nuevo ‘oro verde’ mexicano) que está devastando los sistemas ambientales y sociales. Se trata de una expresión de la economía depredadora que forma parte de la sociedad extractivista en la que estamos atrapados desde hace décadas en el mundo. La clase política intenta en vano promover planes de desarrollo regional con gran impacto mediático, pero con pocos resultados para las víctimas y muchas alianzas que mantienen la « estabilidad » en la región para consolidar los privilegios de las mafias criminales.

    Como ya lo habían pronosticado analistas de casos similares de narcoeconomías, como Colombia hace décadas y ahora México (Terrorismo y delincuencia organizada), lo que sucede es una escalada de violencia producida por las redes de criminalidad, que toca primero a las poblaciones locales para ir ascendiendo hasta alcanzar también a la clase política y empresarial para acrecentar las ganancias, el poder político y el control sobre los territorios. Incluso el gobierno de los Estados Unidos conoce de cerca estas redes de criminalidad y juega con ellas según sea un beneficio para su papel de garante de la democracia en el mundo en un nuevo « orden multipolar » (Trump está cometiendo un grave error estratégico si piensa que puede repartirse el mundo con potencias autoritarias y conseguir la paz) negociado con los regímenes autoritarios de China y Rusia.

    Los ciudadanos « de a pie » — expresión que suele aplicarse hoy a los oficios más riesgosos como el periodismo y por desgracia hoy la vida académica en universidades sometidas a censura— quedamos azorados, inermes y atónitos ante tal avalancha de inseguridad, crímenes en la plaza pública y falsas promesas de las autoridades. Las iglesias intentan por su parte promover sin mucho éxito « planes de paz », o mejor aun, de « pacificación » para restaurar el tejido social roto. Ya mencionaba en la entrada anterior de hace unos días el Diálogo Nacional por la Paz que desde hace tres años promueve la Iglesia católica en una alianza poco común entre el episcopado mexicano, las órdenes religiosas y las organizaciones civiles de inspiración cristiana.

    El problema que surge en iniciativas venidas del mundo político, empresarial y religioso es el sujeto. Es decir, las comunidades en su lugar de vida parecen estar ausentes como actoras de las propuestas. Porque lo urgente es « la refundación de México desde las víctimas », como ha dicho con insistencia desde hace quince años Javier Sicilia (Carta abierta de Javier Sicilia a López Obrador).

    Hoy quizás, siguiendo ese clamor a muchas voces que surge de las tragedias producidas por la violencia sistémica, podríamos decir que se trata de apostar por la diversidad de autonomías (subjetivas, territoriales, políticas y hasta religiosas) para recuperar « lo político » desde abajo. Tal es el tema central del libro colectivo en preparación para la editorial estadounidense Orbis Books, que coordino con el espléndido apoyo editorial de Nathan Wood-House y Francis Boccuzzi.

    El domingo pasado asistí a la marcha convocada por el Movimiento del Sombrero de Michoacán que fundara el alcalde asesinado Carlos Manzo. Se sumaron a esas protestas realizadas en treinta y cinco ciudades del país algunos grupos de la Generación Z que representa a las juventudes nómadas digitales que ya han estremecido centros de poder en le mundo, como en Nepal y Perú. Acudieron unas veinte mil personas en la Ciudad de México, con un saldo de más de cien heridos (La Generación Z decidirá las próximas elecciones en México), donde hubo disturbios violentos al concluir la marcha en el Zócalo, provocados por personas encapuchadas tratando de ingresar a Palacio Nacional, donde fueron repelidos por granaderos, luego de que derribaran una de las inmensas vallas metálicas con que las autoridades habían « protegido » el edificio emblemático del poder central del país. Fueron consignadas dieciocho personas  y ocho de ellas se encuentran en prisión preventiva enfrentando cargos por amenaza a la vida de algunos guardias apaleados y heridos, como muchas otras personas en la marcha de las que nadie habla, algunas de ellas sin haber estado involucradas en acción violenta alguna.

    Si bien aun quedan por esclarecer los hechos y el proceder según el derecho, sigue en el aire este malestar social creciente que se torna indignación y protesta pacífica, a veces violenta, contra un gobierno paralizado, si no coludido, con esas mafias ya mencionadas.

    El pasado jueves 20 de noviembre, aniversario nacional de la Revolución Mexicana, las protestas de la Generación Z se realizaron de nuevo en varias ciudades del país, con particular rabia expresada de nuevo en la principal plaza pública de la capital del país.

    Marchar o no marchar, esa es la cuestión que hoy la ciudadanía en México y el mundo se plantea como cuestión existencial, ética, política y espiritual para expresar el hartazgo ante las múltiples cabezas de la hidra del necropoder que se han adueñado del mundo.

    Partidos políticos e iglesias pretenden « representar » a los pueblos, pero han perdido credibilidad. Las organizaciones de la sociedad civil han quedado rebasadas por las marejadas de inseguridad, impunidad y terror.

    ¿Qué queda hacer en medio de las ruinas de un estado-nación superado por los poderes del capitalismo extractivista de hoy?

    Marchar en las plazas públicas como ciudadanía en resistencia pacífica es la vía que muchos pueblos en tiempos modernos han seguido como forma de transformación social profunda.

    Un símbolo de esta travesía social —vivo aun en la memoria moderna— es la famosa Marcha de la Sal que Gandhi emprendiera hace casi cien años, en 1930, comenzando con un puñado de ochenta personas, desde Ahmedabad hasta la costa del Guarat, sumando personas a lo largo de trescientos kilómetros, para protestar contra el imperio británico, en un lugar secular de opresión de los pobres de la India. Al final de ese año, sesenta mil personas se habían sumado a la protesta que fue el punto de quiebre que abriera paso a la independencia de la India.

    En México, Pietro Ameglio (Desobediencia civil y otros textos ) ha mantenido viva la memoria y la reflexión de ese acto ético y político de desobediencia civil, en el contexto de la Marcha por la Paz con Justicia y Dignidad iniciado en abril de 2011. Algunos dirán que —casi quince años después de ese clamor— México sigue extraviado, cayendo en el caos de un estado fallido producido por el necropoder.

    Otros apostamos hoy por volver a la fuente de las « autonomías » que surgen en las subjetividades, cuerpos y territorios liberados, donde los seres humanos echamos raíces, florecemos y morimos para perdurar, es la pista que propone el pensamiento anti-sistémico de la Escuela de Cuernavaca.

    En su fondo místico, la única vía para detener la espiral del odio será exponiendo el propio cuerpo. Así lo describió san Pablo al referirse a Cristo: « derribó el muro del odio en su propio cuerpo » (Efesios 2 :14). Gesto mesiánico por excelencia que vivió de manera prístina Jesús de Nazaret en una cruz atroz impuesta por el imperio romano con la complicidad de las autoridades religiosas del Templo de Jerusalem. Destino trágico pero no definitivo, porque esa vida ofrecida fue transformada por su Abbá celestial y por su comunidad de sobrevivientes en semilla de vida nueva.

    Al fin y al cabo, autonomías con mística de vida plena surgida de los excluidos de todos los tiempos. Esa es la marcha de la dignidad que no acaba.

    Marchar o no marchar.

    La cuestión sigue abierta para nosotros hoy.

    Oaxaca, 22 de noviembre de 2025

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  • Noticias de WallmapuGabriel Pozo Menares | Calendario Mapuche | Wallmapu, 2011

    Noticias de Wallmapu

    Por Carlos Mendoza Álvarez

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    La luz del atardecer llega a Tirúa, en tierras mapuche, mientras Carlos, mi anfitrión jesuita que ha estado aquí más de quince años (HistoriActiva comunidad jesuita de Tirúa), conduce por el camino de terracería para visitar a sus amigos que le han abierto las puertas de su casa para compartir la vida en el territorio desde hace años. Llegamos y nos recibe la hija mayor junto con sus gatos y perros. Interrumpe por un momento las tareas que prepara en su último semestre de preparatoria, ya que luego de graduarse planea inscribirse en la universidad para estudiar pedagogía. La vida transcurre de manera simple entre las familia que aquí habitan. El papá pasó el día cultivando papas y después dedicó la tarde a poner el piso de un cuarto nuevo de la casa. Nos ofrecen mate como ritual para acompañar la conversación. Antes de irnos los amigos intercambian comida para las aves y hacen planes para reciclar una vieja puerta de madera que será instalada en un centro de eco-espiritualidad en ciernes.

    Wallmapu (Declaración Departamento de Historia sobre el término Wallmapu) es el término que hace referencia a las tierras ancestrales del pueblo mapuche (El Mundo Indígena 2025: Chile). Hoy son dominadas por la industria forestal que contaminó el territorio con especies invasoras como el eucalipto y el pino para producir celulosa a escala masiva para exportarla al mercado mundial del embalaje.

    El pueblo mapuche hoy está dividido entre la frenética integración al mundo moderno del consumo por un lado y, por otro, la defensa del territorio, la lengua y la medicina tradicional con el liderazgo de las mujeres Machi, sanadoras y ancestras espirituales.

    De ambos lados de la cordillera, dividido entre Chile y Argentina, el pueblo mapuche lucha por su sobrevivencia territorial y cultural, ante la avasalladora inercia del mundo moderno (Chile: La resistencia al modelo forestal en el Wallmapu, territorio Mapuche). Para las comunidades asimiladas al modelo moderno de hoy parece mejor comer comida procesada que algas y mariscos como hacían los antiguos; o bien, tomar Coca Cola en lugar de infusiones de hierbas porque da mayor estatus; prefieren ser cristianos evangélicos o católico-romanos que seguir la espiritualidad y la lengua de los ancestros. Al fin y al cabo se trata de un asunto de « integración » al mundo moderno, aunque sea al precio de la asimilación cultural y la depredación ambiental que, en su trasfondo simbólico, es violencia contra los ancestros y contra la madre Tierra.

    Redes de la sociedad civil tales como “Iglesias y Minería”, o las iniciativas de diálogo intercultural sobre astronomía ancestral y moderna que impulsan algunas universidades de la región, son intentos modestos para acompañar a un pueblo desgarrado por las contradicciones internas entre modernidad y tradición.

    Quizás la eco-espiritualidad esté siendo una « articulación », entre otras de corte más social y político, que permita esos cruces. Carlos me contaba la anécdota de una abuela que, asistiendo a un taller de medicina tradicional y eco-espiritualidad, decía no entender nada de los cruces de los tres cuerpos (personal, comunitario y territorial) que presentaba el taller, porque ella se había quedado pensando durante todo el encuentro sobre lo que significaba esa palabra rara que estaba escrita en la invitación : « articulación ». Un término que la abuela tuvo rondando en su cabeza todo el tiempo hasta que por fin intuyó que seguramente hacía referencia a las articulaciones de los huesos, cuando sentía en su cuerpo que algo estaba descuadrado, le impedía la movilidad y provocaba dolor. De modo que ella concluyó que el taller era  un camino para curar sus articulaciones. ¡Y en el fondo ese era el objetivo del taller! Aquella abuela lo había seguido a su modo propio, aunque estuviera ausente del resto de las charlas.

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    Antes de llegar a tierras mapuches pude conversar con personas de universidad en dos foros en Santiago de Chile. El primero sobre la obra de Gustavo Gutiérrez, uno de los padres de la teología de la liberación, con ocasión del primer aniversario de su fallecimiento (Congreso Internacional Gustavo Gutiérrez). En un formato académico tradicional con conferencias magistrales y ponencias, a lo largo de un par de días fue emergiendo una conciencia más clara entre los asistentes sobre la importancia del estilo latinoamericano para hablar de Dios, íntimamente conectado con la experiencia de los pobres y oprimidos. Una sabiduría que ya forma parte de la manera como algunas comunidades cristianas católico-romanas y protestantes comprenden su fe en un Dios liberador y promueven el papel transformador de las víctimas en sus propios procesos de liberación para dejar atrás tierras de esclavitud y emprender caminos de vida nueva.

    Pero también comenzamos a ver, no sin la sorpresa de algunos asistentes, que es preciso abrir el corazón y la mirada a otras exclusiones, como aquellas que viven las mujeres, las personas queer/cuir, los migrantes indocumentados, los familiares de personas desaparecidas, los pueblos afrodiaspóricos y los pueblos originarios, por mencionar a quienes representan las resistencias de hoy a la violencia que nos aqueja de muchos modos, teniendo en el corazón hoy al pueblo palestino enfrentando el genocidio perpetrado por el gobierno israelí y sus cómplices.

    Durante el coloquio surgieron algunas iniciativas para mantener viva la memoria de la obra del gran teólogo peruano, a través del trabajo de los archivos que resguardan las grabaciones de los cursos de verano que Gutiérrez ofreció en Lima por varios años, un valioso material que mostrará otro ángulo del pensamiento del autor. Asimismo, algunos nos propusimos investigar las relaciones del pensamiento de Gustavo con la obra de Aníbal Quijano, compatriota suyo, quien representa una de las fuentes de mayor importancia en el pensamiento decolonial de nuestros días, junto con Frantz Fanon. La confluencia de ambos pensamientos, junto con la teología de la liberación negra, feminista, queer/cuir y palestina, nos dará un marco teórico más pertinente para comprender la interseccionalidad de las violencias y de las resistencias en curso a fin de crear otros modos de vida, gobernanza y espiritualidad que animen a comunidades ubicadas en las fracturas de la humanidad.

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    El otro encuentro, realizado con colegas de la Sociedad Chilena de Teología (UCSC fue sede de Jornada Anual de la Sociedad Chilena de Teología), fue la ocasión para pensar juntos los posibles caminos de la esperanza de las comunidades que enfrentan la violencia sistémica.

    Mi contribución en esa jornada anual puso en la mesa la cuestión de pensar la esperanza con un talante de « decolonialidad combativa », como la digna rabia que practican las comunidades zapatistas, o la indignación de las mujeres que enfrentan un abuso sexual o espiritual en sus respectivas religiones. Porque se trata, desde mi punto de vista, de desmantelar una visión de la esperanza como huida del mundo a la espera de una consolación en el más allá de la vida eterna.

    Más bien se trata de descubrir y fortalecer la esperanza que « insurge » en las fracturas de la humanidad. Ahí donde las personas sobrevivientes reman a contracorriente de la historia de  la opresión y el privilegio, habitando el mundo con prácticas de cuidado mutuo, en la pedagogía del acuerpamiento y la sanación colectiva con memoria, verdad y justicia, como lo exploramos en el pasado encuentro Re-existe 2025.

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    El cielo de Wallmapu, con la luna creciente brillando con intensidad, es hoy una metáfora viva de la esperanza que nos arropa cuando escuchamos los latidos de las tierras y los astros del Sur.

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    Tirúa, 25 de octubre de 2025

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