Categoría: Memoria, víctimas y justicia

  • El emperador o las sombrasJulián Pablo, Cristo apofático, óleo sobre tela, 2014

    El emperador o las sombras

    Por Carlos Mendoza-Álvarez OP

     

    Cuenta la historia que hace 1700 años, Constantino I, emperador del imperio romano de Oriente, cansado de las rencillas entre sus súbditos cristianos, los llamó a dirimir sus diferencias sobre la identidad del fundador de su movimiento, Jesús el Galileo, ejecutado en el año 30 de la Era Común en una lejana provincia del imperio romano.

    Tres siglos habían pasado desde que un grupo de mujeres discípulas testificó que habían visto de nuevo al rabí Jesús, luego de su cruento asesinato en las afueras de Jerusalén, regresando con su cuerpo herido pero luminoso, reuniéndose con ellas en un jardín o en la playa, releyendo juntos las historias de los ancestros con nuevos ojos, ardiendo su corazón al rememorar sus dichos y gestos en torno a un poco de pan o de pescado compartido con él.

    Habían pasado al menos cinco generaciones de comunidades cristianas, diseminadas por Asia Menor en las márgenes del imperio romano, hasta el momento en que el emperador tomara aquella iniciativa. Esas comunidades habían seguido el camino abierto por algunos de los más cercanos amigos de Jesús, como Pedro y Santiago, o bien de aquellos que solamente habían oído hablar de él, como Pablo de Tarso. Cada uno fue contando su historia de un cambio de vida, luego de haber acogido en su corazón las enseñanzas del rabí Jesús, tan antiguas y tan nuevas en el linaje de sus ancestros hebreos, sobre el amor generoso de su Abbá y la fuerza de su Ruah o Espíritu dada a quienes le siguen.

    A lo largo de esos años vividos por las primeras comunidades cristianas en diáspora, algunos no acababan de entender quién era el Galileo. Para todos era alguien excepcional que había marcado sus vidas de manera inusitada, a veces sintiendo su fuerza extraordinaria por medio de actos milagrosos que le hacían aparecer como un ángel, no como un humano. Otras veces, la memoria de sus dichos y hechos les dejaba una enseñanza de vida nueva, como el gran rabí del Dios único, cuya ausencia les dejaba en orfandad. Un buen hombre, un profeta, un ángel de Dios, un ser extraordinario. Pero no alcanzaban a balbucear con precisión quién era Jesús.

    Tiempo atrás, la segunda o tercera generación de cristianos, que mantenía viva la memoria del discípulo amado de Jesús en Éfeso, por ejemplo, conservaba poemas que cantaban la vida de Jesús como Logos divino que “existía desde el principio con Dios y era Dios” (Jn 1:1). Otros himnos inspirados los habían recogido Pablo de Tarso, Priscila, Lidia o Febe, en su paso por comunidades de Asia Menor, incluyéndolos luego en cartas, rituales y evangelios, para celebrar a Jesús como “el que no hizo alarde de su categoría de Dios”, en la carta de Pablo a la comunidad de Filipos (Flp 2: 6), o bien como “el primer nacido de entre los muertos”, en su carta a la comunidad de Colosas (Col 1: 18). Aquellas comunidades cristianas primitivas de segunda y tercera generación reconocían a Jesús como hijo del hombre, primogénito de entre los muertos, alfa y omega de la nueva creación, así como muchos otros títulos que expresaban la condición humana y mesiánica del Nazareno.

    Hasta que llegó el momento en que, a principios del siglo IV de la Era Común, algunos expertos en las Escrituras hebreas y en las cartas y relatos de los amigos de Jesús -la mayoría de ellos monjes y obispos del norte de África y de Asia Menor, incluidos algunos de Hispania, aquella lejana provincia romana- comenzaron a escribir tratados desatando una polémica para nombrar la novedad del ser del Galileo. La mayoría de esos maestros letrados en la filosofía de la época eligieron palabras griegas para nombrar esa íntima comunión de Jesús con su Abbá celestial, entre las que sobresalió aquella de homoousious o “del mismo ser”, para designar con ella que que Jesús comparte desde toda la eternidad la misma “sustancia” o ser que su Abbá.

    Y así nació la declaración de los obispos reunidos en Nicea, convocados por el emperador Constantino en el año 325, que dio origen al Credo de la Iglesia que aún hoy profesamos cada domingo en la Eucaristía: “Creo en un solo señor, Jesucristo, hijo único de Dios, nacido des Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma sustancia que el Padre, por quien todo fue hecho”.

     

     

    Si bien esta expresión es un tesoro en la memoria de la comunidad primitiva que forma parte ya del ADN de la fe cristiana, con el paso de los siglos en la cuenca del mar Mediterráneo esa expresión se fue revistiendo de un aura imperial para designar al ser divino como « poder » de Dios creador y de su Hijo pantocrátor o todopoderoso.

    Esos nombres divinos justificaron posteriormente un modelo de cristiandad imperial  eurocéntrica que se impuso a otras culturas y otros modos de acercamiento al misterio divino que fueron colonizados, la mayor de las veces destruidos, en nombre de esa idea de un Dios-sustancia que es principio y fundamento del orden civilizatorio que se expandió por todo el orbe, pretendiendo ser el modo más acabado de la cultura humana.

    Pero hoy es preciso recuperar esas voces negadas por la cristiandad imperial como parte de la sinfonía de la fe de los pueblos. ¿Cómo decir con nuevas palabras y símbolos la fe del pueblo de Dios que celebra la intimidad de la Ruah divina que Jesús comparte con su Abbá? Volviendo a la antigua fe de la Iglesia que confiesa que Jesús es verdadero ser humano y verdadero Dios podemos releer su humanidad con la lente del deseo que nos constituye como seres en relación para experimentar y comprender aquello que une a Jesús con su Abbá: ambos comparten el mismo deseo amoroso de dar vida al otro, lo que es otro modo de balbucear la fuerza o dynamis divina que es el Espíritu Santo.

    De esta manera, confesar que Cristo vive el mismo deseo de su Abbá abriendo espacio a un tercero que es precisamente la Ruah divina nos toca también a nosotros de manera íntima, incluida cada creatura del cosmos, para ser arropados en el abrazo amoroso de la vida trinitaria. Una danza que es incesante don de sobreabundancia amorosa, acompañando a la creación entera.

     

     

    Este mismo deseo amoroso anima la kénosis o anonadamiento del Verbo divino que la fe cristiana afirma ser el corazón de la redención. Por medio de la encarnación Dios « migra » del ser pleno a la región del no-ser para rescatar a quienes viven « en tinieblas y sombra de muerte », como cantaba el anciano Zacarías, uno de los anawin o pobres de Yahweh, al celebrar a su hijo Juan que precedería los pasos del mesías.

    Porque Jesús participa del mismo deseo de su Abbá, como mesías de Dios, cruza la línea abismal para ir de la luz a las sombras de las sombras de las sombras. Participar del mismo ser que su Abbá significa, en el camino de la redención cósmica y humana, bajar al Sheol o lugar de los ancestros, como acto de solidaridad radical con la creación entera y con las víctimas de la historia violenta para, desde el no-ser, hacer surgir la vida como insurrección mesiánica.

    El Cristo apofático de Julián Pablo que acompaña la reflexión de hoy, un extraordinario lienzo pintado en su estudio en el convento de Santo Domingo de la Ciudad de México hace una década, surge como destello de luz en medio de las sombras, precisamente desde la región del no-ser, como afirmación de la vida en medio de la muerte. Este cuadro es una representación plástica contemporánea del misterio de la redención « en negativo », es decir, desde el reverso de la historia violenta, donde Dios realiza la redención universal.

    Sea la conmemoración del aniversario 1700 del Concilio de Nicea la ocasión propicia para atravesar nosotros la línea abismal y encontrarnos con quienes hoy claman vida desde las regiones del no-ser que produce la violencia sistémica. Esos sobrevivientes, con digna rabia e imaginación escatológica, participan de la comunión divino-humana como anticipación del mundo nuevo venido de Dios y nos llaman a toda la especie humana a celebrar al Dios-con-nosotros.

     

    Puebla de los Ángeles, 3 de agosto de 2025

  • Violencia eclesiástica: una lectura girardianaIván Gardea, Linchamiento, Cuernavaca, 2020

    Violencia eclesiástica: una lectura girardiana

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

     

    Hace unos días nos enteramos de la renuncia a la rectoría de la Universidad Pontificia de México que presentó el padre Alberto Anguiano García, en el segundo año de su segundo período como rector, como protesta por “el acoso laboral y la violencia institucional” que padeció de parte de la curia vaticana y de las autoridades de esa universidad eclesiástica con escasos cuarenta años de existencia.

    Resultan reveladores los motivos argumentados por el rector que fuera removido de manera unilateral de sus funciones, acto que le llevó a su renuncia, pues denotan un problema sistémico de las instituciones eclesiásticas que actúan con frecuencia como si tuviesen un fuero propio, impermeable al fuero civil con los derechos laborales en juego, así como a la opinión pública en las sociedades modernas.

    Si bien como toda institución educativa en México la UPM está sometida a la regulación de la ley civil en lo laboral y educativo, los modos de proceder en este caso revelan una violencia sistémica que es preciso nombrar para desarticular y dar paso a otros modos de proceder, en consonancia con el Evangelio y con la libertad de las personas, más aun cuando se trata del bien común que representa la educación. De manera más apremiante aun debemos reflexionar y actuar cuando se trata de una institución religiosa destinada a comunicar los contenidos de la revelación cristiana y la tradición que de manera incesante surge de ella. Se trata, al fin y al cabo, de enfrentar la crisis de credibilidad de la Iglesia católico romana en estos días aciagos.

     

     

    Conocí al padre Alberto como estudiante de la UPM hace treinta años, cuando él cursaba el posgrado en teología en 1995, durante un curso que ofrecí sobre Emmanuel Levinas y su concepto de revelación enraizado en la tradición hebrea y en diálogo con “la filosofía que se habla en griego”. Fue el alumno más brillante de aquellas generaciones, no solamente por su alta calidad académica, sino por su capacidad teológica para actualizar el bagaje teológico de la gran tradición cristiana en medio de preguntas contemporáneas surgidas de la ciencia, el psicoanálisis y  los retos de la cultura secular.

    Ya como rector, su primer mandato iniciado en 2021 estuvo marcado por un proyecto claro de modernización de la universidad, tanto en sus programas de estudio, como en la urgente planeación estratégica para abrirse a nuevas disciplinas del mundo civil y no quedarse reducida solamente al entorno clerical. Las facultades eclesiásticas debían superar su ostracismo y entrar en diálogo con otras disciplinas civiles. Además, según el diagnóstico realizado, era imprescindible promover una eficiencia institucional que hiciera viable una institución doméstica en su visión, usos y costumbres, para hacerla interlocutora creíble en el mundo académico en el contexto académico y eclesial, tanto nacional como internacional.

    Pero las resistencias internas parecen haber creado un clima de aversión a estas reformas que, por la rivalidad típica de todo grupo protegiendo sus intereses, fue desplegando un mecanismo de expulsión contra su principal promotor. Con la finalidad de mantener la unanimidad del “todos contra uno”, procediendo como un verdadero contagio mimético, se fue gestando un típico proceso de chivo expiatorio. Se pensaba que, al ser expulsado del grupo aquel que fuera señalado como origen del mal colectivo, se llegaría a expulsar el mal de la institución, la cual volvería a recuperar su tranquilidad una vez purificada de su veneno. Como lo podemos apreciar en el grabado de Iván Gardea que acompaña esta reflexión (La Trama del Grabado), el talentoso grabador mexicano logró plasmar con maestría este mecanismo de rivalidad, contagio y linchamiento colectivo para delinear con la fuerza de sus trazos el deseo mimético que da origen a la cultura humana basada en sacrificios desde que tenemos memoria histórica como especie humana.

    Por desgracia o por fortuna, dependiendo de cómo se resuelva la crisis, sabemos que el mecanismo victimario es la mentira satánica que oculta “las cosas escondidas desde la fundación del mundo”, como decía René Girard (Cosas ocultas desde la fundación del mundo) citando al evangelio de Mateo: “Para que se cumpliera lo dicho por el profeta, cuando dijo: Abriré en parábolas mi boca; declararé cosas escondidas desde la fundación del mundo” (Mateo 13: 35). Las parábolas del Reinado de Dios que Jesús contaba en Galilea evocaban los caminos para superar la violencia que anida en el corazón humano precisamente como deseo mimético que engendra rivalidad y fratricidio. Si la comunidad involucrada no desmantela internamente el mecanismo de la rivalidad y el odio, el veneno seguirá infectando sus relaciones internas y seguirá creando nuevos procesos de autoprotección, unanimidad del todos contra uno, expulsión y mentira produciendo nuevas víctimas.

    A partir de este fondo antropológico que aparece como causa sistémica de la violencia institucional padecida por el padre Alberto, lo que resulta importante ahora es subrayar la necesidad de la rendición de cuentas de las instituciones eclesiásticas, en foros internos como externos. Más adelante será necesario un proceso de sanación colectiva de la memoria, con justicia y verdad primero para las víctimas, y con rendición de cuentas de parte de los perpetradores.

    Por desgracia, dado el clericalismo predominante, como estructura sistémica que se perpetua precisamente a partir de la invisibilización de las víctimas, es preciso llevar al espacio público esta distorsión institucional de manera que puedan surgir caminos de memoria, con justicia y verdad, que restauren la escasa credibilidad de una institución universitaria fundada en 1982 para servicio de la Iglesia católico-romana en México y de la sociedad mexicana en su conjunto.

     

     

    La complicidad institucional que produjo el mecanismo de expulsión que padeció el padre Alberto es similar a otras violencias clericales en el mundo de hoy.

    Dicha violencia clerical sistémica es posible rastrearla en crisis análogas, como por ejemplo, aquella de la Iglesia católico-romana en Chile que produjo las víctimas de abusos sexuales cometidos por clérigos contra mujeres adultas y contra menores de edad desde hace medio siglo. Ellas han sido sometidas por décadas a una violencia sistémica de orden psicológico, sexual y espiritual, que ha dejado huellas en las víctimas y ha resguardado impunes a los perpetradores de esos crímenes, protegidos por lo que Rita Segato (La guerra contra las mujeres) llamó “el pacto de masculinidad”. Se habla de reparación, pero revictimizando a las víctimas y sin cambios sustanciales en la vida institucional como la escuela, las congregaciones religiosas, las parroquias y las diócesis.

    Una brillante tesis doctoral en curso sobre este tema, preparada por Soledad del Villar Tagle (Abusos en la Iglesia. Concilium. Revista Internacional de Teología, (402)), documentará con testimonios contundentes y un análisis interdisciplinario riguroso, este abuso de poder clerical que requiere, por supuesto, una justicia reparativa para las víctimas y sobrevivientes, junto con una nueva teología de la Iglesia. Esta teología feminista desde las mujeres sobrevivientes a los abusos sexuales y espirituales de clérigos dará luz para promover los cambios necesarios a fin de superar esta violencia sistémica propia del patriarcado, en su versión de clericalismo, como una expresión religiosa de la guerra contra las mujeres.

    La teología feminista que surge de la crisis de los abusos propone una espiritualidad que brota de las heridas del cuerpo social herido de Cristo, más allá de consideraciones con aires piadosos que veneran las llagas del Crucificado, pero que invisibilizan a las víctimas de ayer y hoy, profanadas en sus cuerpos, mentes y almas por esta violencia sistémica clerical.

    La invitación del Papa Francisco para vivir un Año Santo en 2025 (Spes non confundit. Bula de convocación del jubileo ordinario del año 2025) a fin de aprender a ser peregrinos de esperanza en tiempos de desesperanza se dirige a la Iglesia católico-romana. A lo largo del año el Papa León XIV ha proseguido con esta iniciativa, en particular llamando a los jóvenes a ser parte de este camino de conversión para sembrar esperanza en el mundo de hoy.

    Pero estos llamados tendrán sentido solamente si se arraigan en la escucha atenta de las personas sobrevivientes a cualquier violencia sistémica, incluida la violencia eclesiástica, que por desgracia sigue desplegando su poder depredador como clericalismo de casta religiosa, insostenible en nuestros tiempos.

     

    Ciudad de México, a 26 de julio de 2025

  • Adiós, “America”.Foto de Elizabeth Scholl para The Huntington News

    Adiós, “America”.

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

     

    Desde niño tuve una relación ambivalente con la cultura estadunidense. Por un lado, disfrutando sus cartoons como toda infancia del siglo 20, luego su música multicultural, desde el jazz que escuchábamos en las fiestas familiares y los ritmos de época como el Twist y el Rock & Roll, que movían a los mayores en casa danzando. El beisbol era el deporte que más disfrutábamos en casa, el “rey de los deportes” que mi Papá y mi familia seguíamos con pasión por la radio y luego por la televisión. La hazaña del Apolo 13 alunizando la viví como niño de 9 años frente al televisor, admirando el último prodigio de la civilización humana.

    Pero también recuerdo en mi adolescencia leer las noticias en periódicos y ver en la tele escenas de las continuas invasiones militares del Tío Sam por todo el mundo, con las tristes páginas de las guerras promovidas por el imperialismo estadunidense de la época en Vietnam. Ya como estudiante de preparatoria fui siendo más consciente del intervencionismo de los Estados Unidos en América Latina, desde el apoyo a las dictaduras en América del Sur hasta el financiamiento de grupos paramilitares por la CIA para desarticular los movimientos guerrilleros en todo el continente y en mi propio país.

     

     

    Mi educación en México sentó las bases de un pensamiento crítico, primero en la Benemérita Universidad Autónoma Puebla donde inicié los estudios de filosofía y luego en la UNAM donde concluí la licenciatura, sin graduarme por seguir indicaciones de mis superiores dominicos. El posgrado en Suiza y Francia me abrió nuevas perspectivas a las tradiciones de pensamiento europeo fenomenológico y la filosofía hebrea contemporánea.

    Nunca imaginé vivir por largo tiempo en “el corazón del imperio” hasta que llegó la invitación de Boston College (BC) para sumarme a su prestigiado departamento de teología. Aterrizaba yo a esas tierras de los Massachussets, en la cima de mi carrera académica luego de 25 años de docencia e investigación en México, Suiza, Francia y Chile, para tender puentes entre el Sur y el Norte por medio de clases de teología de la liberación y pensamiento latinoamericano. Pero mi bagaje incluía también, para sorpresa de mis colegas bostonianos, el pensamiento decolonial y la teoría queer. Tres vías que fui explorando y conectando con los años para pensar la crisis de la modernidad y sus efectos en la experiencia de la subjetividad abierta a la revelación del Dios otro.

    Fui recibido con una gran atención profesional por las autoridades de BC y con un educado respeto por mis colegas, reconocidos como los mejores en sus disciplinas en el mundo académico internacional, según el modelo dominante de conocimiento. Inicié mi trabajo en enero de 2021 en pleno invierno y durante la fase crítica de la pandemia. El campus parecía un fantasma congelado en el tiempo por un frío glacial y por la práctica del cerco sanitario. Ofrecí mis primeras clases en un modelo híbrido, con la mitad de los alumnos en el salón de clases usando sus mascarillas y la otra mitad en línea. Sobreviví el primer año de aislamiento gracias al invaluable apoyo de Sole, querida doctoranda chilena como asistente de enseñanza, y de Neto, colega salvadoreño de gran corazón.

    Una vez establecido como “Senior Scholar” me entregué de lleno a la enseñanza, descubriendo para mi sorpresa la tremenda carga de trabajo que implicaba un modelo educativo que privilegia la atención total del “instructor” a estudiantes que siguen al pie de la letra las instrucciones, con escasa imaginación creativa para buscar fuentes por su propia cuenta, problematizar temas y sugerir nuevas interpretaciones. Era importante adaptar además la bibliografía solamente a textos en inglés pues los estudiantes no leen otras lenguas.  Y para colmo descubrí que el español no era reconocido como una “lengua científica”. Entonces las señales de alerta se activaron pues comencé a percibir el poder de la academia blanca presente aun en la Costa Este del país, tan afamada por su pensamiento liberal, pero al fin y al cabo con un colonialismo internalizado aun por desactivar.

    Me di a la tarea de sumergirme en esa experiencia de un nuevo modelo educativo, dejando de lado mi primera intención al aceptar esta invitación, que consistía para mí en concentrarme en escribir dos libros pendientes para completar mi segunda trilogía teológica, ahora sobre la idea de la “tradición” que comunica la revelación divina según la narrativa cristiana. Esos manuscritos aún siguen sobre mi escritorio. Intuí que era importante proseguir la investigación de otro modo, por lo que inicié un proyecto llamado Beyond Global Violence Initiative (BGVI), como plataforma para promover conversaciones académicas con colegas del Sur y del Norte sobre temas urgentes para la labor de las humanidades hoy. Gracias al apoyo inicial de las autoridades académicas y, sobre todo, a la generosidad de colegas de diversas latitudes que se sumaron a la invitación, pude organizar cinco coloquios para tejer reflexiones colectivas sobre la subjetividad moderna enfrentando la catástrofe civilizatoria, siguiendo la ruta de la fenomenología, la teoría mimética y el pensamiento apofático. Un libro en proceso sobre teología política está por aparecer en 2026, será la sabrosa cosecha de estos encuentros.

     

     

    El proyecto académico inicial de tender puentes entre el Sur y el Norte iba viento en popa hasta que dimos la bienvenida a Palestina. Entonces comencé a percibir la extrañeza, convertida luego en sospecha y al final en desconfianza, de parte de algunos colegas y autoridades académicas sobre estas pesquisas con sus implicaciones sociales y políticas, como la crítica abierta a las teologías del imperio, fuese bajo su forma de sionismo israelí o cristiano. Con algunos colegas profesores, doctorandos y pocos alumnos de pregrado que compartían esta inquietud por el genocidio en curso del pueblo palestino, organizamos dos eventos académicos para aprender del pensamiento palestino actual. Pero comencé a recibir mensajes de “preocupación” por parte de autoridades académicas y el franco rechazo de algunos estudiantes que, como envalentonados seguidores de Trump, se expresaban abiertamente de manera agresiva contra los temas expuestos en clase sobre la crítica decolonial al capitalismo extractivista, al patriarcado heteronormativo y al racismo de supremacía blanca.

    El miedo promovido por la administración Trump desde su primer mandato creció de manera masiva desde el inicio de su segundo periodo de gobierno. Se fue enfocando en controlar el pensamiento en las universidades estadunidenses. Su estrategia fue haciéndose más agresiva desde que tomó posesión en enero de 2025. Por medio de una “retórica de odio” —analizada con lente mimética por el colega brasileño João Cezar de Castro Rocha, primero en Brasil y luego en Estados Unidos y otros países de extrema derecha en el gobierno— el movimiento Make America Great Again (MAGA) fue controlando cada vez con mayor furia mentes y universidades por medio de redes sociales y de políticas de censura. El problema no sólo era Trump, sino los más de 70 millones de votantes que lo apoyaron y que, aun ahora en pleno expansionismo militar geopolítico, siguen suscribiendo sus políticas dictatoriales imperiales (migratoria, de género y de racismo de supremacía blanca), todas ellas amalgamadas con la ideología “teológica” del mesianismo político.

    El colonialismo estadunidense está íntimamente ligado al sionismo israelí y ambos forman parte de la nueva fase de la colonialidad del poder, con sus réplicas en movimientos de extrema derecha en todo el mundo, como lo ha planteado el pensador puertorriqueño Nelson Maldonado-Torres con la idea de “principio de colonialidad” (The U.S. at 250, Coloniality, and Political Zionism in Perspective). Por eso, la teología como pensamiento crítico, que surge de la vida y praxis de las comunidades cristianas en contextos diversos para vivir los destellos de la redención, está llamada hoy con urgencia a desmantelar esta falsa teología política. De no hacerlo estará justificando la narrativa imperial.

    Un evento programado para el mes de abril pasado como parte de nuestro proyecto de investigación BGVI buscaba reflexionar, junto con Hilari Rantisi (Centering Human Life, Disrupting Injustice Without Replicating It), colega palestino-estadunidense de Harvard, sobre la construcción de paz en tiempos de guerra, comparando el colonialismo sionista en Palestina con el colonialismo británico en el pasado reciente de Kenia. Lo habíamos organizado junto una colega de BC, pero finalmente decidimos cancelarlo por presiones institucionales recibidas y para evitar el riesgo real de deportación e incluso criminalización de quienes somos profesores y estudiantes extranjeros, ya que podíamos haber sido ser acusados de apoyar a “grupos terroristas” y atentar contra la seguridad nacional.

    En ese ambiente enrarecido, BC no me ofrecía ya la seguridad necesaria para proseguir mi labor teológica, al grado de proponerme asistencia jurídica privada en caso de urgencia, pero no institucional sino de un abogado especializado en temas migratorios. Así que, con el apoyo de mi superior religioso dominico en México, decidí presentar mi renuncia a BC al concluir el semestre académico de primavera para volver a mi tierra a fin de proseguir mi labor teológica en libertad.

    El clima de autocensura que se extendía como contagio fue más evidente cuando me despedí por medio de una carta de mis colegas en BC. Recibí una sola respuesta de empatía que subrayaba “los efectos emocionales” padecidos por esta censura velada que me tocó vivir, sin comentar las razones de mi renuncia ni el llamado que hacía en mi carta a pensar qué tipo de teología estábamos realizando en esa universidad.

     

     

    Hoy, al concluir mañana mi colaboración institucional con Boston College, escribo estas líneas para decir “Adiós, America”. Ese nombre robado al continente entero pero que, en español y portugués, como dice Maria Clara Bingemer, querida colega brasileña, lo escribimos con acento “América”. No volveré a usar ese nombre para referirme a un país que ha basado su historia de dos siglos y medio en el robo de territorios, alimentado por un colonialismo mesiánico de invasiones en tierras americanas y caribeñas, planificando y financiando constantes guerras de dominio por todo el planeta. Digo adiós a su teología del dominio y de la prosperidad, travestida de democracia y mundo libre.

    A mis colegas estadunidenses que aun callan ante el imperialismo de su gobierno les deseo que puedan pronto despertar del sueño que les tiene adormecidos, sea por el miedo a la censura, o por la complicidad del privilegio blanco y colonial que les impide ver la corrupción del poder que les cobija y protege, basado en la guerra global del sistema-mundo occidental que crea más y más víctimas que claman al cielo.

    El gigante tiene pies de barro y un día caerá. Mientras tanto, quienes nos ubicamos en las grietas del poder, dondequiera que nos encontremos, tejemos otros modos de vida, desde la libertad interior del pensamiento y la solidaridad, desde las periferias sociales, políticas, académicas y religiosas.

    Iván Illich y Gustavo Esteva, caminando con Jean Robert, Sylvia Marcos y los pueblos en resistencia como los Zapatistas en el Sur epistémico, nos abrieron el camino de la vida de los “intelectuales desprofesionalizados” como escuchadores de los pueblos en resistencia.

    En esas rutas se tejen diálogos fecundos Sur-Sur, Sur-Norte y tantas otras direcciones geográficas, políticas y espirituales que siembran semillas de mundos nuevos.

    Adiós, “America”. Hola, mundo libre.

     

    eGoli / Jo’Burg, 29 de junio de 2025

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