Categoría: Memoria, víctimas y justicia

  • Marchar o no marchar, esa es la cuestiónGhandi’s Dandi (Salt) March, 2012

    Marchar o no marchar, esa es la cuestión

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

    En semanas recientes México ha sido escenario de convulsiones sociales surgidas del hartazgo de la población ante la violencia del narco que controla cada vez más y más territorios. El estado de Michoacán se ha convertido en epicentro de esa violencia contra la población, en particular contra productores de aguacate y limón que tienen en sus manos ese maldito « oro verde » (La cara menos brillante del nuevo ‘oro verde’ mexicano) que está devastando los sistemas ambientales y sociales. Se trata de una expresión de la economía depredadora que forma parte de la sociedad extractivista en la que estamos atrapados desde hace décadas en el mundo. La clase política intenta en vano promover planes de desarrollo regional con gran impacto mediático, pero con pocos resultados para las víctimas y muchas alianzas que mantienen la « estabilidad » en la región para consolidar los privilegios de las mafias criminales.

    Como ya lo habían pronosticado analistas de casos similares de narcoeconomías, como Colombia hace décadas y ahora México (Terrorismo y delincuencia organizada), lo que sucede es una escalada de violencia producida por las redes de criminalidad, que toca primero a las poblaciones locales para ir ascendiendo hasta alcanzar también a la clase política y empresarial para acrecentar las ganancias, el poder político y el control sobre los territorios. Incluso el gobierno de los Estados Unidos conoce de cerca estas redes de criminalidad y juega con ellas según sea un beneficio para su papel de garante de la democracia en el mundo en un nuevo « orden multipolar » (Trump está cometiendo un grave error estratégico si piensa que puede repartirse el mundo con potencias autoritarias y conseguir la paz) negociado con los regímenes autoritarios de China y Rusia.

    Los ciudadanos « de a pie » — expresión que suele aplicarse hoy a los oficios más riesgosos como el periodismo y por desgracia hoy la vida académica en universidades sometidas a censura— quedamos azorados, inermes y atónitos ante tal avalancha de inseguridad, crímenes en la plaza pública y falsas promesas de las autoridades. Las iglesias intentan por su parte promover sin mucho éxito « planes de paz », o mejor aun, de « pacificación » para restaurar el tejido social roto. Ya mencionaba en la entrada anterior de hace unos días el Diálogo Nacional por la Paz que desde hace tres años promueve la Iglesia católica en una alianza poco común entre el episcopado mexicano, las órdenes religiosas y las organizaciones civiles de inspiración cristiana.

    El problema que surge en iniciativas venidas del mundo político, empresarial y religioso es el sujeto. Es decir, las comunidades en su lugar de vida parecen estar ausentes como actoras de las propuestas. Porque lo urgente es « la refundación de México desde las víctimas », como ha dicho con insistencia desde hace quince años Javier Sicilia (Carta abierta de Javier Sicilia a López Obrador).

    Hoy quizás, siguiendo ese clamor a muchas voces que surge de las tragedias producidas por la violencia sistémica, podríamos decir que se trata de apostar por la diversidad de autonomías (subjetivas, territoriales, políticas y hasta religiosas) para recuperar « lo político » desde abajo. Tal es el tema central del libro colectivo en preparación para la editorial estadounidense Orbis Books, que coordino con el espléndido apoyo editorial de Nathan Wood-House y Francis Boccuzzi.

    El domingo pasado asistí a la marcha convocada por el Movimiento del Sombrero de Michoacán que fundara el alcalde asesinado Carlos Manzo. Se sumaron a esas protestas realizadas en treinta y cinco ciudades del país algunos grupos de la Generación Z que representa a las juventudes nómadas digitales que ya han estremecido centros de poder en le mundo, como en Nepal y Perú. Acudieron unas veinte mil personas en la Ciudad de México, con un saldo de más de cien heridos (La Generación Z decidirá las próximas elecciones en México), donde hubo disturbios violentos al concluir la marcha en el Zócalo, provocados por personas encapuchadas tratando de ingresar a Palacio Nacional, donde fueron repelidos por granaderos, luego de que derribaran una de las inmensas vallas metálicas con que las autoridades habían « protegido » el edificio emblemático del poder central del país. Fueron consignadas dieciocho personas  y ocho de ellas se encuentran en prisión preventiva enfrentando cargos por amenaza a la vida de algunos guardias apaleados y heridos, como muchas otras personas en la marcha de las que nadie habla, algunas de ellas sin haber estado involucradas en acción violenta alguna.

    Si bien aun quedan por esclarecer los hechos y el proceder según el derecho, sigue en el aire este malestar social creciente que se torna indignación y protesta pacífica, a veces violenta, contra un gobierno paralizado, si no coludido, con esas mafias ya mencionadas.

    El pasado jueves 20 de noviembre, aniversario nacional de la Revolución Mexicana, las protestas de la Generación Z se realizaron de nuevo en varias ciudades del país, con particular rabia expresada de nuevo en la principal plaza pública de la capital del país.

    Marchar o no marchar, esa es la cuestión que hoy la ciudadanía en México y el mundo se plantea como cuestión existencial, ética, política y espiritual para expresar el hartazgo ante las múltiples cabezas de la hidra del necropoder que se han adueñado del mundo.

    Partidos políticos e iglesias pretenden « representar » a los pueblos, pero han perdido credibilidad. Las organizaciones de la sociedad civil han quedado rebasadas por las marejadas de inseguridad, impunidad y terror.

    ¿Qué queda hacer en medio de las ruinas de un estado-nación superado por los poderes del capitalismo extractivista de hoy?

    Marchar en las plazas públicas como ciudadanía en resistencia pacífica es la vía que muchos pueblos en tiempos modernos han seguido como forma de transformación social profunda.

    Un símbolo de esta travesía social —vivo aun en la memoria moderna— es la famosa Marcha de la Sal que Gandhi emprendiera hace casi cien años, en 1930, comenzando con un puñado de ochenta personas, desde Ahmedabad hasta la costa del Guarat, sumando personas a lo largo de trescientos kilómetros, para protestar contra el imperio británico, en un lugar secular de opresión de los pobres de la India. Al final de ese año, sesenta mil personas se habían sumado a la protesta que fue el punto de quiebre que abriera paso a la independencia de la India.

    En México, Pietro Ameglio (Desobediencia civil y otros textos ) ha mantenido viva la memoria y la reflexión de ese acto ético y político de desobediencia civil, en el contexto de la Marcha por la Paz con Justicia y Dignidad iniciado en abril de 2011. Algunos dirán que —casi quince años después de ese clamor— México sigue extraviado, cayendo en el caos de un estado fallido producido por el necropoder.

    Otros apostamos hoy por volver a la fuente de las « autonomías » que surgen en las subjetividades, cuerpos y territorios liberados, donde los seres humanos echamos raíces, florecemos y morimos para perdurar, es la pista que propone el pensamiento anti-sistémico de la Escuela de Cuernavaca.

    En su fondo místico, la única vía para detener la espiral del odio será exponiendo el propio cuerpo. Así lo describió san Pablo al referirse a Cristo: « derribó el muro del odio en su propio cuerpo » (Efesios 2 :14). Gesto mesiánico por excelencia que vivió de manera prístina Jesús de Nazaret en una cruz atroz impuesta por el imperio romano con la complicidad de las autoridades religiosas del Templo de Jerusalem. Destino trágico pero no definitivo, porque esa vida ofrecida fue transformada por su Abbá celestial y por su comunidad de sobrevivientes en semilla de vida nueva.

    Al fin y al cabo, autonomías con mística de vida plena surgida de los excluidos de todos los tiempos. Esa es la marcha de la dignidad que no acaba.

    Marchar o no marchar.

    La cuestión sigue abierta para nosotros hoy.

    Oaxaca, 22 de noviembre de 2025

    Nota: Agradeceré tus comentarios al final de esta página.

  • Noticias de WallmapuGabriel Pozo Menares | Calendario Mapuche | Wallmapu, 2011

    Noticias de Wallmapu

    Por Carlos Mendoza Álvarez

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    La luz del atardecer llega a Tirúa, en tierras mapuche, mientras Carlos, mi anfitrión jesuita que ha estado aquí más de quince años (HistoriActiva comunidad jesuita de Tirúa), conduce por el camino de terracería para visitar a sus amigos que le han abierto las puertas de su casa para compartir la vida en el territorio desde hace años. Llegamos y nos recibe la hija mayor junto con sus gatos y perros. Interrumpe por un momento las tareas que prepara en su último semestre de preparatoria, ya que luego de graduarse planea inscribirse en la universidad para estudiar pedagogía. La vida transcurre de manera simple entre las familia que aquí habitan. El papá pasó el día cultivando papas y después dedicó la tarde a poner el piso de un cuarto nuevo de la casa. Nos ofrecen mate como ritual para acompañar la conversación. Antes de irnos los amigos intercambian comida para las aves y hacen planes para reciclar una vieja puerta de madera que será instalada en un centro de eco-espiritualidad en ciernes.

    Wallmapu (Declaración Departamento de Historia sobre el término Wallmapu) es el término que hace referencia a las tierras ancestrales del pueblo mapuche (El Mundo Indígena 2025: Chile). Hoy son dominadas por la industria forestal que contaminó el territorio con especies invasoras como el eucalipto y el pino para producir celulosa a escala masiva para exportarla al mercado mundial del embalaje.

    El pueblo mapuche hoy está dividido entre la frenética integración al mundo moderno del consumo por un lado y, por otro, la defensa del territorio, la lengua y la medicina tradicional con el liderazgo de las mujeres Machi, sanadoras y ancestras espirituales.

    De ambos lados de la cordillera, dividido entre Chile y Argentina, el pueblo mapuche lucha por su sobrevivencia territorial y cultural, ante la avasalladora inercia del mundo moderno (Chile: La resistencia al modelo forestal en el Wallmapu, territorio Mapuche). Para las comunidades asimiladas al modelo moderno de hoy parece mejor comer comida procesada que algas y mariscos como hacían los antiguos; o bien, tomar Coca Cola en lugar de infusiones de hierbas porque da mayor estatus; prefieren ser cristianos evangélicos o católico-romanos que seguir la espiritualidad y la lengua de los ancestros. Al fin y al cabo se trata de un asunto de « integración » al mundo moderno, aunque sea al precio de la asimilación cultural y la depredación ambiental que, en su trasfondo simbólico, es violencia contra los ancestros y contra la madre Tierra.

    Redes de la sociedad civil tales como “Iglesias y Minería”, o las iniciativas de diálogo intercultural sobre astronomía ancestral y moderna que impulsan algunas universidades de la región, son intentos modestos para acompañar a un pueblo desgarrado por las contradicciones internas entre modernidad y tradición.

    Quizás la eco-espiritualidad esté siendo una « articulación », entre otras de corte más social y político, que permita esos cruces. Carlos me contaba la anécdota de una abuela que, asistiendo a un taller de medicina tradicional y eco-espiritualidad, decía no entender nada de los cruces de los tres cuerpos (personal, comunitario y territorial) que presentaba el taller, porque ella se había quedado pensando durante todo el encuentro sobre lo que significaba esa palabra rara que estaba escrita en la invitación : « articulación ». Un término que la abuela tuvo rondando en su cabeza todo el tiempo hasta que por fin intuyó que seguramente hacía referencia a las articulaciones de los huesos, cuando sentía en su cuerpo que algo estaba descuadrado, le impedía la movilidad y provocaba dolor. De modo que ella concluyó que el taller era  un camino para curar sus articulaciones. ¡Y en el fondo ese era el objetivo del taller! Aquella abuela lo había seguido a su modo propio, aunque estuviera ausente del resto de las charlas.

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    Antes de llegar a tierras mapuches pude conversar con personas de universidad en dos foros en Santiago de Chile. El primero sobre la obra de Gustavo Gutiérrez, uno de los padres de la teología de la liberación, con ocasión del primer aniversario de su fallecimiento (Congreso Internacional Gustavo Gutiérrez). En un formato académico tradicional con conferencias magistrales y ponencias, a lo largo de un par de días fue emergiendo una conciencia más clara entre los asistentes sobre la importancia del estilo latinoamericano para hablar de Dios, íntimamente conectado con la experiencia de los pobres y oprimidos. Una sabiduría que ya forma parte de la manera como algunas comunidades cristianas católico-romanas y protestantes comprenden su fe en un Dios liberador y promueven el papel transformador de las víctimas en sus propios procesos de liberación para dejar atrás tierras de esclavitud y emprender caminos de vida nueva.

    Pero también comenzamos a ver, no sin la sorpresa de algunos asistentes, que es preciso abrir el corazón y la mirada a otras exclusiones, como aquellas que viven las mujeres, las personas queer/cuir, los migrantes indocumentados, los familiares de personas desaparecidas, los pueblos afrodiaspóricos y los pueblos originarios, por mencionar a quienes representan las resistencias de hoy a la violencia que nos aqueja de muchos modos, teniendo en el corazón hoy al pueblo palestino enfrentando el genocidio perpetrado por el gobierno israelí y sus cómplices.

    Durante el coloquio surgieron algunas iniciativas para mantener viva la memoria de la obra del gran teólogo peruano, a través del trabajo de los archivos que resguardan las grabaciones de los cursos de verano que Gutiérrez ofreció en Lima por varios años, un valioso material que mostrará otro ángulo del pensamiento del autor. Asimismo, algunos nos propusimos investigar las relaciones del pensamiento de Gustavo con la obra de Aníbal Quijano, compatriota suyo, quien representa una de las fuentes de mayor importancia en el pensamiento decolonial de nuestros días, junto con Frantz Fanon. La confluencia de ambos pensamientos, junto con la teología de la liberación negra, feminista, queer/cuir y palestina, nos dará un marco teórico más pertinente para comprender la interseccionalidad de las violencias y de las resistencias en curso a fin de crear otros modos de vida, gobernanza y espiritualidad que animen a comunidades ubicadas en las fracturas de la humanidad.

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    El otro encuentro, realizado con colegas de la Sociedad Chilena de Teología (UCSC fue sede de Jornada Anual de la Sociedad Chilena de Teología), fue la ocasión para pensar juntos los posibles caminos de la esperanza de las comunidades que enfrentan la violencia sistémica.

    Mi contribución en esa jornada anual puso en la mesa la cuestión de pensar la esperanza con un talante de « decolonialidad combativa », como la digna rabia que practican las comunidades zapatistas, o la indignación de las mujeres que enfrentan un abuso sexual o espiritual en sus respectivas religiones. Porque se trata, desde mi punto de vista, de desmantelar una visión de la esperanza como huida del mundo a la espera de una consolación en el más allá de la vida eterna.

    Más bien se trata de descubrir y fortalecer la esperanza que « insurge » en las fracturas de la humanidad. Ahí donde las personas sobrevivientes reman a contracorriente de la historia de  la opresión y el privilegio, habitando el mundo con prácticas de cuidado mutuo, en la pedagogía del acuerpamiento y la sanación colectiva con memoria, verdad y justicia, como lo exploramos en el pasado encuentro Re-existe 2025.

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    El cielo de Wallmapu, con la luna creciente brillando con intensidad, es hoy una metáfora viva de la esperanza que nos arropa cuando escuchamos los latidos de las tierras y los astros del Sur.

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    Tirúa, 25 de octubre de 2025

  • Las paces desde abajoTings Chak, “Palestine Will Be Free,” 2023 (courtesy of the artist).

    Las paces desde abajo

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    Luego de dos años del genocidio en curso en Gaza, hace unos días Trump “decretó” su plan de paz para Palestina, con la presencia sumisa de un grupo internacional de “negociación” formado por Egipto, Catar y Turquía, con la complicidad de líderes políticos europeos de Italia, Gran Bretaña y España que dicen “buscar la paz para la región”.

    Ese plan no habla por supuesto de justicia para las víctimas palestinas del genocidio, mucho menos de reparación del daño de la devastación económica y cultural creada por el gobierno israelí de Netanyahu. Con un cinismo criminal, Trump estuvo de paso por Israel para ratificar su alianza con el primer ministro israelí y tratar de protegerlo de la rendición de cuentas a la que todo criminal de guerra debe ser sometido, un proyecto que promueve un grupo minoritario de ciudadanía israelí con un puñado de aliados en el gobierno.

    La comunidad internacional se enfrenta ahora al reto más radical desde la segunda guerra mundial para promover un juicio por crímenes de lesa humanidad contra Netanyahu y otros militares israelíes, con sus cómplices de otros estados cómplices, como Trump y líderes de la Unión Europea. Se tratará de juzgar una guerra sistemática contra el pueblo palestino iniciada desde 1947 cuando comenzó la Nakba o catástrofe que hasta el día de hoy está llevando a los extremos el exterminio del pueblo palestino en la franja de Gaza y Cisjordania.

    La denuncia de crímenes de guerra por parte del estado de Israel presentada por Sudáfrica hace más de un año fue solamente el inicio de un lago proceso de diplomacia internacional que podría llevar un día a la creación de un juicio internacional similar al de Nuremberg el siglo pasado para juzgar los delitos del régimen nazi.

    Pero hay otras “paces” (de paz en plural) que vale la pena tener presentes, ubicadas desde abajo del mundo del dominio imperial, porque son las que perduran en el tiempo y arraigan en la vida de las comunidades.

    Nos referimos a aquellas que se construyeron a contracorriente del odio de los líderes políticos desde las colectivas de mujeres palestinas y judías, que organizaban actos comunes antes de los ataques del 8 de octubre de 2023 pues luego fueron prohibidos por el gobierno israelí. Pero también existen las “paces” que tejen las mujeres kurdas frente a la violencia del estado turco. Y aquellas que día a día construyen las mujeres zapatistas para recuperar sus cuerpos y territorios en Chiapas.

    Carmenmargarita Sánchez de León acaba de presentar hace unos meses en la Universidad Iberoamericana Ciudad de México una tesis doctoral en estudios críticos de género sobre la resistencia de mujeres puertorriqueñas creando en muchos frentes la construcción de la paz para su pueblo colonizado por el gobierno estadounidense desde 1952, cuando fue incorporado como estado libre asociado, un modo de colonización reciente de territorio en los parámetros del derecho moderno. Esas otras paces se tejen cuerpo a cuerpo, en el mutuo cuidado de quienes se saben vulnerables pero poderosas cuando conectan sus heridas. La Colectiva Ilé en Puerto Rico que analiza esa tesis doctoral, así como otras colectivas feministas decoloniales como la Colectiva Feminista en Construcción, recuperan espacios urbanos en la isla, critican la deuda pública del estado de Puerto Rico impuesta por la administración federal estadounidense, pero también tejen sororidad entre mujeres racializadas por el patriarcado blanco por medio de redes de colaboración en producción de bienes y formación de un pensamiento feminista descolonial.

    La Ruta Pacífica de las Mujeres en Colombia representa otro intento por tejer la paz desde abajo, no desde los acuerdos entre actores de las masacres, que fueron los paramilitares, el ejército y el estado colombiano, sino la paz que surge de la escucha cuidadosa de las víctimas y algunos verdugos que buscan reconocer su culpa, para transitar a la justicia, la reparación y así tal vez un día recibir el don de la reconciliación del cuerpo social herido.

    Un caso paradójico pero significativo de esos otros modos de construir paz es el de las familias de personas desaparecidas que al llegar en brigada a un pueblo o ciudad plantan “el árbol de la memoria”, con fotos de sus seres queridos que han desaparecido y algunas mantas pidiendo empatía y solidaridad a la comunidad que visitan. También buscan tejer hilos de paz con el buzón que ponen en la plaza donde la gente puede escribir de manera anónima información para dar con el paradero de sus familiares desaparecidos. Por ese medio ha sido posible encontrar fosas clandestinas, casas de prostitución, granjas de trabajos forzados en producción de amapola o laboratorios de droga, donde pueden estar sus hijas e hijas e hijos vivos o muertos. Las madres buscadoras no piden justicia ni venganza en primer lugar, sino que piden información. De esa manera humanizan a los perpetradores creando espacios de búsqueda para encontrar a “sus tesoros” pidiendo algunas pistas para dar con el paradero de sus seres queridos.

    Esas son las paces que importan porque son tejidas lentamente por personas y comunidades en resistencia, sobre todo por mujeres que deconstruyen el patriarcado.

    Ahí precisamente, en las grietas de esos muros de odio, se tejen otros modos de existir con justicia y dignidad, donde paulatinamente se va arraigando la paz.

    ¿Y qué podemos hacer nosotros para tejer la paz para el pueblo palestino y los otros pueblos semitas que comparten la misma tierra desde hace miles de años?

    Para comenzar, estar informados con fuentes creíbles de lo que sucede en Palestina para vincularnos luego de manera virtual o personal con alguna comunidad palestina en resistencia en aquellas tierras, o bien en la diáspora, para promover escucha y diálogo persona a persona. Un segundo paso es conocer mejor a las comunidades judías que viven con cercanía la causa del pueblo palestino apoyando su derecho a vivir en esa tierra. Porque es importante recordar que hay personas palestinas y judías de la diáspora que tienen en común al amor a la tierra de Palestina y el anhelo de poder encontrar caminos para que los pueblos hermanos vuelvan a cohabitar en la misma tierra.

    Tal vez muchos años tendrán que pasar para que haya paz en Palestina, hasta que los pueblos hermanos descendiente de Abraham, Sara y Agar —sí, los tres con su descendencia— reconozcan sus derechos compartidos a habitar la misma tierra. Mientras tanto, la construcción de la paz será tarea de todas las comunidades dondequiera que se encuentren.

    Porque Palestina es brújula de la humanidad hoy dividida, ojalá también en proceso de conversión. Hagamos posible la paz para el pueblo palestino junto con sus pueblos hermanos tejiendo “paces” donde cada quien habita. Solamente así podremos seguir imaginando un futuro como especie humana antes de que nos vayamos al precipicio.

    Esta mañana llegué a tierras del Sur que surgen entre la majestuosa cordillera de los Andes y el océano Pacífico, donde los pueblos mapuche y chileno habitan el mismo territorio con muchas barreras que incluso los gobiernos democráticos de las últimas décadas no han podido derrumbar. He llegado aquí para dialogar con colegas de universidad sobre la vigencia y los límites de la teología de la liberación, con ocasión del primer aniversario de la muerte de Gustavo Gutiérrez (Congreso Internacional Gustavo Gutiérrez). También podré conversar con colegas de la Sociedad Chilena de Teología sobre la difícil esperanza en tiempos de catástrofe. Y con mucha emoción espero la posibilidad de visitar por primera vez territorio mapuche para escuchar algo de las resistencias que esas comunidades han creado para enfrentar tantas formas de colonialidad antigua y nueva (Pensamiento mapuche, autonomía y colonialismo en Chile).

    En la próxima entrada les podré contar algunas de estas historias.

    Santiago de Chile, 19 de octubre de 2025

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