Categoría: Geopolítica y espiritualidad

  • Las paces desde abajoTings Chak, “Palestine Will Be Free,” 2023 (courtesy of the artist).

    Las paces desde abajo

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    Luego de dos años del genocidio en curso en Gaza, hace unos días Trump “decretó” su plan de paz para Palestina, con la presencia sumisa de un grupo internacional de “negociación” formado por Egipto, Catar y Turquía, con la complicidad de líderes políticos europeos de Italia, Gran Bretaña y España que dicen “buscar la paz para la región”.

    Ese plan no habla por supuesto de justicia para las víctimas palestinas del genocidio, mucho menos de reparación del daño de la devastación económica y cultural creada por el gobierno israelí de Netanyahu. Con un cinismo criminal, Trump estuvo de paso por Israel para ratificar su alianza con el primer ministro israelí y tratar de protegerlo de la rendición de cuentas a la que todo criminal de guerra debe ser sometido, un proyecto que promueve un grupo minoritario de ciudadanía israelí con un puñado de aliados en el gobierno.

    La comunidad internacional se enfrenta ahora al reto más radical desde la segunda guerra mundial para promover un juicio por crímenes de lesa humanidad contra Netanyahu y otros militares israelíes, con sus cómplices de otros estados cómplices, como Trump y líderes de la Unión Europea. Se tratará de juzgar una guerra sistemática contra el pueblo palestino iniciada desde 1947 cuando comenzó la Nakba o catástrofe que hasta el día de hoy está llevando a los extremos el exterminio del pueblo palestino en la franja de Gaza y Cisjordania.

    La denuncia de crímenes de guerra por parte del estado de Israel presentada por Sudáfrica hace más de un año fue solamente el inicio de un lago proceso de diplomacia internacional que podría llevar un día a la creación de un juicio internacional similar al de Nuremberg el siglo pasado para juzgar los delitos del régimen nazi.

    Pero hay otras “paces” (de paz en plural) que vale la pena tener presentes, ubicadas desde abajo del mundo del dominio imperial, porque son las que perduran en el tiempo y arraigan en la vida de las comunidades.

    Nos referimos a aquellas que se construyeron a contracorriente del odio de los líderes políticos desde las colectivas de mujeres palestinas y judías, que organizaban actos comunes antes de los ataques del 8 de octubre de 2023 pues luego fueron prohibidos por el gobierno israelí. Pero también existen las “paces” que tejen las mujeres kurdas frente a la violencia del estado turco. Y aquellas que día a día construyen las mujeres zapatistas para recuperar sus cuerpos y territorios en Chiapas.

    Carmenmargarita Sánchez de León acaba de presentar hace unos meses en la Universidad Iberoamericana Ciudad de México una tesis doctoral en estudios críticos de género sobre la resistencia de mujeres puertorriqueñas creando en muchos frentes la construcción de la paz para su pueblo colonizado por el gobierno estadounidense desde 1952, cuando fue incorporado como estado libre asociado, un modo de colonización reciente de territorio en los parámetros del derecho moderno. Esas otras paces se tejen cuerpo a cuerpo, en el mutuo cuidado de quienes se saben vulnerables pero poderosas cuando conectan sus heridas. La Colectiva Ilé en Puerto Rico que analiza esa tesis doctoral, así como otras colectivas feministas decoloniales como la Colectiva Feminista en Construcción, recuperan espacios urbanos en la isla, critican la deuda pública del estado de Puerto Rico impuesta por la administración federal estadounidense, pero también tejen sororidad entre mujeres racializadas por el patriarcado blanco por medio de redes de colaboración en producción de bienes y formación de un pensamiento feminista descolonial.

    La Ruta Pacífica de las Mujeres en Colombia representa otro intento por tejer la paz desde abajo, no desde los acuerdos entre actores de las masacres, que fueron los paramilitares, el ejército y el estado colombiano, sino la paz que surge de la escucha cuidadosa de las víctimas y algunos verdugos que buscan reconocer su culpa, para transitar a la justicia, la reparación y así tal vez un día recibir el don de la reconciliación del cuerpo social herido.

    Un caso paradójico pero significativo de esos otros modos de construir paz es el de las familias de personas desaparecidas que al llegar en brigada a un pueblo o ciudad plantan “el árbol de la memoria”, con fotos de sus seres queridos que han desaparecido y algunas mantas pidiendo empatía y solidaridad a la comunidad que visitan. También buscan tejer hilos de paz con el buzón que ponen en la plaza donde la gente puede escribir de manera anónima información para dar con el paradero de sus familiares desaparecidos. Por ese medio ha sido posible encontrar fosas clandestinas, casas de prostitución, granjas de trabajos forzados en producción de amapola o laboratorios de droga, donde pueden estar sus hijas e hijas e hijos vivos o muertos. Las madres buscadoras no piden justicia ni venganza en primer lugar, sino que piden información. De esa manera humanizan a los perpetradores creando espacios de búsqueda para encontrar a “sus tesoros” pidiendo algunas pistas para dar con el paradero de sus seres queridos.

    Esas son las paces que importan porque son tejidas lentamente por personas y comunidades en resistencia, sobre todo por mujeres que deconstruyen el patriarcado.

    Ahí precisamente, en las grietas de esos muros de odio, se tejen otros modos de existir con justicia y dignidad, donde paulatinamente se va arraigando la paz.

    ¿Y qué podemos hacer nosotros para tejer la paz para el pueblo palestino y los otros pueblos semitas que comparten la misma tierra desde hace miles de años?

    Para comenzar, estar informados con fuentes creíbles de lo que sucede en Palestina para vincularnos luego de manera virtual o personal con alguna comunidad palestina en resistencia en aquellas tierras, o bien en la diáspora, para promover escucha y diálogo persona a persona. Un segundo paso es conocer mejor a las comunidades judías que viven con cercanía la causa del pueblo palestino apoyando su derecho a vivir en esa tierra. Porque es importante recordar que hay personas palestinas y judías de la diáspora que tienen en común al amor a la tierra de Palestina y el anhelo de poder encontrar caminos para que los pueblos hermanos vuelvan a cohabitar en la misma tierra.

    Tal vez muchos años tendrán que pasar para que haya paz en Palestina, hasta que los pueblos hermanos descendiente de Abraham, Sara y Agar —sí, los tres con su descendencia— reconozcan sus derechos compartidos a habitar la misma tierra. Mientras tanto, la construcción de la paz será tarea de todas las comunidades dondequiera que se encuentren.

    Porque Palestina es brújula de la humanidad hoy dividida, ojalá también en proceso de conversión. Hagamos posible la paz para el pueblo palestino junto con sus pueblos hermanos tejiendo “paces” donde cada quien habita. Solamente así podremos seguir imaginando un futuro como especie humana antes de que nos vayamos al precipicio.

    Esta mañana llegué a tierras del Sur que surgen entre la majestuosa cordillera de los Andes y el océano Pacífico, donde los pueblos mapuche y chileno habitan el mismo territorio con muchas barreras que incluso los gobiernos democráticos de las últimas décadas no han podido derrumbar. He llegado aquí para dialogar con colegas de universidad sobre la vigencia y los límites de la teología de la liberación, con ocasión del primer aniversario de la muerte de Gustavo Gutiérrez (Congreso Internacional Gustavo Gutiérrez). También podré conversar con colegas de la Sociedad Chilena de Teología sobre la difícil esperanza en tiempos de catástrofe. Y con mucha emoción espero la posibilidad de visitar por primera vez territorio mapuche para escuchar algo de las resistencias que esas comunidades han creado para enfrentar tantas formas de colonialidad antigua y nueva (Pensamiento mapuche, autonomía y colonialismo en Chile).

    En la próxima entrada les podré contar algunas de estas historias.

    Santiago de Chile, 19 de octubre de 2025

  • Pensar el misterio de Dios desde las ruinas del imperio Sobre encuentros en tierras de Macrina y sus hermanos capadociosMendoza Carlos | Monasterios de Göreme, Capadocia | 2025

    Pensar el misterio de Dios desde las ruinas del imperio Sobre encuentros en tierras de Macrina y sus hermanos capadocios

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

     

    Hace siete años en Toronto nació una iniciativa teológica -durante una conversación con Claudio Monge del Dominican Study Institute (Dost-I) de Estambul– para pensar junto con otros dominicos el significado de la predicación del Evangelio en las ciudades-laboratorio de hoy, siguiendo el estilo de la orden de predicadores que por ocho siglos ha tenido como lema “ueritas” para buscar la verdad donde quiera que se encuentre, como lo hicieron en el siglo XIII Alberto Magno, Tomás de Aquino y más tarde Maestro Eckhart, Catalina de Siena, la Escuela de Salamanca y Bartolomé de Las Casas en el siglo 16 hasta llegar a la Escuela de Le Saulchoir en el siglo 20.

    Muchos mensajes electrónicos y encuentros virtuales fuimos intercambiando a lo largo de los años, invitando a frailes, hermanas y laicos dominicos dedicados a la labor teológica a sumarse a esta inquietud. En el horizonte de aquellos años veíamos el 1700 aniversario del primer Concilio de Nicea del año 325 EC como la ocasión propicia para reunirnos en Estambul, ciudad ubicada en un territorio-símbolo de ese pasado de la antigua Cristiandad que se hace llamado urgente hoy para volver a las fuentes de la fe.

    Se trata de un contexto contemporáneo muy diferente de aquel del emperador Constantino y los obispos de la Iglesia de Oriente reunidos en el concilio que definió la ortodoxia de la fe cristiana en clave griega. Desde las ruinas del Imperio Romano de Oriente, que se asemejan en algo a las ruinas de Occidente moderno hoy, percibíamos el llamado a “dar razón de la esperanza a quien nos lo pida” (1 Pedro 3: 15).

    Nicea 2025 se fue perfilando como un momento propicio para volver a las fuentes de la Tradición viva de la fe cristiana en su acontecimiento fundante que es la potencia del amor del Dios triuno manifestado en la vida y pascua de Jesús el Galileo, con la profundidad de las categorías griegas tales como persona (prosopon), sustancia (ousía) y circularidad amorosa (perijóresis) para deletrear el misterio del Abbá celestial revelado en Jesús el Cristo por el fuego interior de la Ruah divina.

    En el camino se fueron decantando prioridades personales y profesionales de quienes respondieron inicialmente a la propuesta, hasta que por fin en el último año un grupo de doce frailes y hermanas dominicos de Italia, Estados Unidos, Canadá, Bélgica, México y la India fuimos preparando un encuentro en Estambul. Sería éste el punto de partida de un caminar común para hacer teología en “las fronteras” del mundo contemporáneo como habían señalado los capítulos generales de los frailes en el postconcilio; ubicados en “las fracturas de la humanidad” como decía nuestro hermano Pierre Claverie, obispo de Argel asesinado junto con un amigo y colaborador por el fundamentalismo religioso; y estando presentes como comunidades de predicación en el corazón de las ciudades-laboratorios de la aldea global.

     

     

    Estambul es una ciudad poliédrica y vibrante, epicentro de una cultura islámica moderna, atravesando con dificultad e imaginación la tensa frontera entre religiones, culturas y economías en el complejo contexto de la geopolítica de la desglobalización. Las comunidades cristianas conforman menos del 2% de la población. La fuerza del islam con estilo turco y su pasado otomano resplandece con orgullo en sus mezquitas, universidades y bazares. La gran basílica de Santa Sofía, que fuera sede por más de mil años del Patriarcado Cristiano de Oriente hasta el colapso de la Cristiandad oriental en 1453, ha vuelto a ser mezquita luego de una breve pausa de laicidad turca que hoy se echa de menos en la vida cultural del país. La iglesia de la Chora en un barrio de la ciudad, recién restaurada con sus frescos e iconos esplendorosos del arte cristiano, es un destello reluciente de ese pasado bizantino en medio de la ciudad efervescente moderna.

    El coloquio “Nicea OP 2025” fue un modestísimo encuentro que tendió puentes con algunos cuantos colegas de Turquía interesados en el diálogo con Occidente cristiano, en especial a través del arte y la espiritualidad como medio de expresión de las religiones del libro (judaísmo, cristianismo e islam), como la profesora Elif Tokay que trabaja con sus estudiantes de posgrado esos temas en la universidad de Estambul.

    El programa del encuentro consistía en tres días para pensar el significado de la fe cristiana en el contexto del diálogo interreligioso para acompañar comunidades de fe a vivir el testimonio del Dios Eterno en medio de las ruinas de la civilización moderna que encuentran en Gaza su punto de quiebre de aquel “sueño de la razón que ha producido monstruos”, como sentenció el grabador español Francisco de Goya en el ya desde fines del siglo 18.

    A partir de tres categorías teológicas comunes a las religiones del libro: salvación creación y santificación dimos forma a nuestro diálogo, trayendo a nuestro contexto cada una de esas palabras para interpretarlas hoy. Salvación en medio de la violencia sistémica que produce discriminación, exclusión y muerte de las mayorías. Creación como cosmología de la nueva creación que explora la ecoteología en diálogo con las ciencias modernas y los saberes ancestrales. Y santificación como proceso de divinización del cosmos y de la humanidad por la potencia del Espíritu de Dios inspirando procesos de sanación, memoria, justicia y reconciliación en especial para las víctimas de la historia violenta de la humanidad.

    Siguiendo esta ruta, cada día nos centrábamos en uno de esos ejes a partir de la presentación inicial de uno de los participantes, para luego entablar un intercambio de experiencias e ideas de lo que significa la predicación del Verbo de Dios encarnado en Cristo Jesús en cada uno de esos campos.

    La segunda parte de la jornada estaba a cargo de Jean-Jacques Perennès y Elif Tokay, quienes escuchando la conversación inicial abrían nuevos horizontes a partir de su experiencia y reflexión.

    Jean-Jacques, como dominico francés que ha vivido en el mundo árabe por más de tres décadas, nos orientaba con su conocimiento de culturas islámicas para pensar el significado de la predicación en esos mundos (Bibliographie de Jean-Jacques Pérennès), muy cercano a Pierre Claverie y a los monjes de Tibihrine quienes ofrecieron su vida en Argelia por amistad con personas y comunidades del islam. Trabajó en el instituto de los dominicos en El Cairo (Dominican Institute of Oriental Studies), luego como asistente de vida apostólica de los frailes dominicos durante el gobierno de fray Timothy Radcliffe como maestro de la orden, y más recientemente como director de la Escuela Bíblica de Jerusalén.

    Elif, como investigadora del cristianismo bizantino y oriental en torno al concepto de perfección o divinización (theosis) en el pensamiento místico cristiano, nos ayudaba con sus comentarios y preguntas a buscar los puntos en común con la espiritualidad del islam. Dado su trabajo doctoral sobre Gregorio de Nacianzo como padre de la Iglesia de Anatolia, así como sobre obras patrísticas traducidas del griego y el siríaco al árabe, ella nos abría una perspectiva inusitada y preciosa para explorar esas conexiones entre comunidades creyentes de diversas tradiciones encontrándose en ese punto común de la divinización del cosmos y de la humanidad.

    Una visita a las ruinas de Nicea, hoy Izink en Anatolia (Archaeologists Discover Tombs at the Underwater Basilica in İznik), durante un día lluvioso previo al coloquio, había ya dado cierto tono a las conversaciones. ¿Cómo conectar aquel momento crucial del cristianismo antiguo para hablar del ser divino como comunión amorosa en medio de las ruinas de hoy con los desafíos que surgen para las comunidades cristianas, judías e islámicas de hoy en tiempos de violencia extrema?

    Al concluir nuestro encuentro, acordamos seguir tejiendo redes de colaboración con frailes, hermanas y laicos dominicos presentes con su predicación en las ciudades-laboratorio actuales y sus comunidades de interlocución, tanto locales como virtuales, en especial con los más jóvenes de la familia dominicana para profundizar la inteligencia de la fe al servicio del pueblo de Dios hoy.

    Propuse preparar el próximo encuentro en México en 2026 para seguir explorando los caminos de la “santa predicación” en esa otra geografía del Sur global y epistémico para buscar allá, en medio de otras ruinas que son las de la región del no-ser y de quienes habitan en las sombras de las sombras, vías alternas para vivir y pensar el misterio amoroso de Dios desde las grietas del poder hegemónico de hoy con sus idolatrías y trampas tiene a la humanidad y al planeta en jaque.

     

     

    Luego de un encuentro modesto, pero a la vez profundo con este aire de familia dominicana, me dispuse a visitar por primera vez Capadocia.

    Tierra de Basilio y Gregorio, los famosos “Padres Capadocios” que contribuyeron de manera decisiva en el siglo IV EC a desarrollar una teología del Espíritu Santo como tercera persona de la Trinidad Santa. Sus textos habían sido fuentes capitales de los cursos sobre patrística que seguí primero en México con fray Luis Ramos en sus clases en la UNAM, y luego en Friburgo con fray Christoph Schönborn, entonces profesor en aquella universidad helvética que luego vivió su ministerio pastoral como cardenal de Viena por muchos años.

    Si bien recordaba yo haber leído alguna referencia a Macrina -la hermana mayor de esa ilustre familia de Anatolia que padeciera primero la persecución romana y luego se convirtiera en promotora de la vida monástica naciente- fue yendo a su tierra que pude captar su gran influencia como mujer creyente de su tiempo, en especial en el desarrollo de la espiritualidad alternativa a la del imperio romano que también exploró su hermano Naucracio, junto con su amigo Crisafio, como parte del monacato cristiano primitivo en las riberas del río Iris, hoy Kizilirmark, de la región del Ponto.

    La Capadocia actual nada tiene que ver con su pasado hitita, persa, romano, bizantino y otomano. La modernidad turca del siglo 21 ha desplegado en esa región centros urbanos modernos dedicados a la agricultura y la minería, con una poderosa industria de turismo para dar servicios a viajeros procedentes sobre todo de China, Rusia y Japón que inundan de globos aerostáticos el cielo de Capadocia para sobrevolar los sitios arqueológicos de los antiguos monasterios cavados en la roca; o como marabunta de turistas que colapsan las ciudades subterráneas creadas por sus habitantes desde tiempos hititas y persas para sobrevivir a las intermitentes guerras de imperios en turno.

    En medio de esas hordas de turistas de hoy en tierras de historia milenaria me di a la tarea de hacer caminatas meditativas por esos lugares, intentando suspender el tiempo, para releer algunos fragmentos de la historia de los Padres Capadocios y en especial la vida de Macrina y su familia, contada por su hermano Gregorio de Nisa. Me quedo con la oración de Macrina pronunciada en su lecho muerte: “Tú, Señor, nos has librado del temor de la muerte. Tú has convertido el final de la vida de aquí abajo en comienzo para nosotros de la vida verdadera. Tú haces descansar un tiempo nuestros cuerpos en el sueño y los despertarás de nuevo con la trompeta del final de los tiempos”.

    De su testimonio me impresiona la hondura de su esperanza, con imaginación escatológica por el día por venir. No despreciando este mundo, sino abriéndolo a la perspectiva del Amor que no acaba.

    Tal vez eso es lo que hoy nos hace falta en tiempos de catástrofe ambiental e histórica para pensar el misterio de Dios en medio de las ruinas de los imperios de ayer y hoy. Abrir el corazón y la inteligencia a otros mundos posibles, surgidos de las ruinas con el clamor de los sobrevivientes. Otros mundos también ofrecidos por el Dios de vida que no cesa de amar sin condición ni medida a toda su creación.

     

    Capadocia, 7 de octubre de 2025

  • Una flor de composta O sobre las re-existencias en medio de la catástrofeCarlos Mendoza | Re-existe 2025 | Ritual de apertura 23 IX 25

    Una flor de composta O sobre las re-existencias en medio de la catástrofe

    Por Carlos Mendoza Álvarez

     

    A fines de septiembre más de ochenta personas de colectivos de sobrevivientes de diversas partes del mundo nos reunimos en un encuentro de mutua escucha, profundizado por diálogos atentos con gente de universidad y nutrido con provocaciones venidas de colectivas de artistas. Fuimos recibidos con la magnífica hospitalidad de la Cátedra Jorge Manzano del ITESO que se convirtió en hogar por unos días.

    Comenzamos celebrando las resistencias que transforman por amor lo que parece desperdicio, inspirados durante el acto inaugural por la reconocida cantante catalana Lídia Pujol que susurraba diciendo que “de la composta que es podredumbre puede surgir la flor” (Babel). Ella había descubierto esta sabiduría en la poesía de su paisano del siglo XII Ramon Llull, quien contaba que “habiendo encontrado el amigo un hombre que moría sin amor, al preguntarle por qué moría sin amor éste le respondió que nadie le había dado a conocer el amor ni lo había instruido a ser amador”.

    Angélica, venida de tierras de Malasia, esparció granos de arroz y de sal del Himalaya como ofrenda durante el ritual inaugural por el que nos dispusimos a escuchar con atención a la otredad que nos acoge como Madre Tierra y nos habita como Divinidad que nos anima con su inefable soplo de vida.

    Cinco mesas con representantes de seis colectivos cada una, en grupos lingüísticos distribuidos en español e inglés, fueron el lugar para escucharnos cada mañana, intercambiando experiencias para despertar, sanar y acuerparnos, desde la vulnerabilidad íntima de cada persona y colectiva. Cada una de las mesas contaba con dos personas “escuchadoras”, para encontrar las semejanzas y las diferencias entre las experiencias  narradas e ir tejiendo así un mutuo acompañamiento con solidaridad y esperanza para enfrentar el horror local y global que íbamos describiendo. Raúl, joven maya educador popular por medio del hip hop en Chiapas, comentó que “nunca nadie se había sentado en una mesa para escuchar mi saber”. Nancy, teóloga feminista latina de los Estados Unidos, junto con Bosque, biólogo y activista ambiental-espiritual de Cuernavaca, tenían a su cargo, como otras personas de academia y sociedad civil organizada presentes en el encuentro, cultivar esta escucha atenta para tejer una narrativa común en medio de las diferencias de cada experiencia y contexto.

    Así, fuimos explorando con mucho respeto la tierra sagrada de las resistencias y las re-existencias. Primero, acercándonos al horror al que le íbamos poniendo nombre y apellido según las historias que cada quien contaba. Sofía, por ejemplo, compartió su experiencia como joven abogada ecuatoriana migrante en Barcelona, donde desde hace algunos años camina con mujeres trabajadoras domésticas sin papeles en un “acuerpamiento” feminista que las fue llevando a la formación de un sindicato que las fortaleciera en la lucha por sus derechos como mujeres migrantes a la vez que les permitiera desarrollar habilidades artesanales para sufragar su causa. La reflexión de Sofía hacía eco con la de Alex, diseñador gráfico y artista popular que acompaña a las Comunidades Eclesiales de Base de El Salvador enfrentando el estado de excepción del presidente Bukele. Ya en su cuarto año con un líder autoritario ese régimen de excepción produce basurización de la vida de las juventudes pobres de las periferias salvadoreñas acusadas de criminalidad para lavar la cara de un régimen que desde hace años pacta con las mafias criminales. La resistencia de ambas colectivas, tanto en Cataluña como en El Salvador, transpiraba una “interioridad” que las anima en el día a día de sus luchas. La espiritualidad cristiana en el caso salvadoreño y la sororidad feminista en el caso catalán.

    Pero no se trataba solamente de compartir la palabra oral, sino de explorar otros lenguajes por medio de talleres de expresión corporal y sonora, o por medio de la danza del Jauja en el altiplano andino peruano como camino de resistencia de un pueblo, para encontrar así otros modos de comunicación entre las madres buscadoras y las compañeras sanadoras que venían de Dakota del Sur o de Malasia. Esos lenguajes otros permitían superar las barreras del idioma y nos ayudaban a crear vínculos de comunicación no verbal muy poderosa.

    Y para ir amarrando nudos en el tejido de los hilos entrelazados en cada jornada, llegaron los performances, como aquel preparado con mucho amor y talento por una colectiva de Portland para celebrar al agua que nos conforma, así nos ayudaban a sentir que somos agua. A ritmo de hip hop y rap como propuesta de arte urbano alternativo, las colectivas mayas de Chiapas que educan a las infancias amenazadas por los cárteles de la droga en las periferias de las ciudades de las montañas del sureste mexicano, resultaron ser un bálsamo para curar heridas aun abiertas por otras violencias. Como aquella narrada por Vero buscando a su hijo Diego, desaparecido desde hace diez años, o la violencia contra las niñas en Pakistán que contaba Sabine en su labor de acompañamiento en barrios populares de Faisalabad, en la región de Punjab en Pakistán. Gracias a ese performance rapero todos nos unimos al baile, a la vez que dibujábamos algún símbolo en el mural pintado por Yara como parte del performance también dedicado al agua que está siendo asesinada en ríos, lagos y mares del planeta.

    Concluíamos cada jornada con un momento de cosecha, donde la narrativa popular de Bendita Mezcla, formada por jóvenes de las Comunidades Eclesiales de Base de Nuestramérica, nos ayudaba a celebrar lo escuchado y compartido a través de símbolos, cantos y rituales. El personaje guía fueron las abejas como símbolo de resistencia de la Madre Tierra a las que dimos la bienvenida con una vela de cera producida por ellas, quemando con su llama la palma de nuestra mano para sentir el dolor de las especies en extinción, gesto que iba acompañado de una gota de miel vertida en la otra mano para darnos a degustar la dulzura de ellas como sobrevivientes.

    Luego vino la casita de Acteal que se puso en el centro del círculo de los participantes para recordarnos la historia martirial de unas abejas humanas. El colectivo pacifista de Las Abejas vinculado a las bases zapatistas optando por la vía de la no-violencia activa en su lucha compartida con justicia y dignidad para los pueblos originarios, padeció el asesinato de 45 de sus miembros, entre ellos cuatro mujeres embarazadas, quienes fueron masacrados el 22 de diciembre de 1997 en Chiapas en la ermita de la comunidad mientras oraban por la paz, crimen perpetrado por paramilitares con la complicidad del ejército federal (Matanza de Acteal, Chiapas. Grave violación a los derechos humanos por parte del Estado mexicano en 1997). Su memoria sigue aguijoneando como astilla que duele la vida de los pueblos originarios que buscan otros mundos posibles.

    Cerramos esos momentos de cosecha elaborando papalotes o cometas con mensajes de paz para las mujeres violentadas por el patriarcado y para el pueblo palestino en resistencia al genocidio en curso por el estado israelí, artefactos que nos ayudaron a dirigir el corazón y la mirada hacia un futuro con dignidad y esperanza para los pueblos en resistencia.

     

     

    La visita a la comunidad de El Salto, en los suburbios de Guadalajara, nos llevó a cruzar la línea abismal del ecocidio en curso que la colectiva ambientalista que nos recibió en el “Tour del horror” (Un Salto de Vida) describe como “un paraíso industrial con infierno ambiental”. La cuenca del río  Lerma-Santiago que recorre 708 kilómetros de longitud del occidente de México es una herida abierta del territorio mexicano y de las especies animales y vegetales con los pueblos que lo habitan. Desde el boom industrial de la posguerra en el siglo pasado la industria contaminante se esparce en esa amplia región como un virus social y ambiental. Al día de hoy se han identificado más de 90 contaminantes altamente tóxicos, muchos de ellos cancerígenos, de los cuales sólo se depuran unos pocos que son más visibles con un par de plantas de tratamiento. Sofía y Pedro, jóvenes ambientalistas de la zona, nos cuentan que las empresas transnacionales instaladas en esa cuenca como Nestlé, Toyota, IBM y muchas otras se dicen ser hoy empresas verdes, cuando en realidad sus proveedoras locales de partes son las que producen alta contaminación pues no cumplen con los reglamentos vigentes nacionales e internacionales (15 empresas transnacionales contaminan el río Santiago, señala informe internacional). El ITESO es parte de una red de universidades de la región que estudian el problema del agua (Industria y naturaleza en conflicto: ¿habrá un
    futuro para el agua en Lerma-Chapala?) en constante colaboración con las colectivas de pobladores y ambientalistas que buscan salvar la cuenca hídrica con sus habitantes de especies diversas.

    Entre los miembros del colectivo que nos recibe está Emmanuel, un pequeño niño de escasos diez años de edad, quien con sus botas y sombrero vaquero, va de la mano de su Mamá a mostrarnos los humedales contaminados, con el olor pestilente de las aguas negras de la ciudad y las especies invasoras que ahí habitan como la tilapia que es un pez contaminado que se vende en muchos mercados del país. El presente ecológico para este pequeño niño tapatío es catastrófico, pero el futuro posible comienza a abrirse paso con la organización de la comunidad.

     

     

    Uno de los rituales de la mañana fue presidio por Cecelia Firethunder, abuela Lakota que nos contó el largo camino de sanación de las heridas de su pueblo en resistencia en los Estados Unidos. La experiencia que tuvo de niña en un campo de girasoles que la acogía en una danza de dignidad y fortaleza cuando ella enfrentaba discriminación en la escuela la sigue arropando desde entonces para acompañar a su pueblo a despertar de la segregación secular, para sanar la memoria herida recuperando su lengua, sus saberes y sus rituales ancestrales. Es posible entonces caminar creando nuevas formas de alimentación, como aquella iniciativa compartida por su compatriota Nick Hernández para recuperar tierras y modos de organización comunal y de agricultura indígena Lakota (Makoce. Agriculture Development) en el corazón de las reservas indias que son territorios controlados por el gobierno estadunidense desde hace doscientos cincuenta años.

     

     

    De la composta que es podredumbre puede surgir la flor, como decía Lídia Pujol.

    Pero para que ese momento llegue en nuestros tiempo de colapso ambiental es preciso reciclar primero los desechos producidos por el capitalismo extractivista, racista y patriarcal para recuperar lo orgánico de las resistencias de las comunidades de sobrevivientes, incluida la Madre Tierra.

    Al finalizar el encuentro, retornamos cada quien a nuestros lares de origen y de opción de vida con la certeza de que mientras haya resistencias habrá esperanza porque ahí, en medio de la catástrofe, brotan los lirios de las re-existencias.

     

     

    Guadalajara, 28 de septiembre de 2025

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