Categoría: Espiritualidad liberadora

  • La casa de la Palabra encarnada Una apuesta por el diálogo social y cultural en Chiapas al estilo de los dominicosPilar Emitxin | Poéticas encarnadas | 2019

    La casa de la Palabra encarnada Una apuesta por el diálogo social y cultural en Chiapas al estilo de los dominicos

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    Hace unos días abrimos un nuevo espacio de diálogo en la ciudad de San Cristóbal de Las Casas el día de la fiesta de Santo Tomás de Aquino. Se trataba del primer evento de un año de festejos por el quinto centenario de la llegada de los frailes dominicos a Tierra Firme, como se llamaba entonces al continente americano, la antigua Abya Yala. En junio próximo llevaremos a cabo diversos actos culturales y religiosos, tanto en San Cristóbal como en Zinacantán, con el programa 500-OP Chiapas que pronto daremos a conocer.

    Junto con Abraham y Angélica, queridos amigos de Ecosur con quienes caminamos en la pastoral universitaria del CUC hace años en la Ciudad de México, y con Carmen y Ricardo, amigos involucrados en el activismo social y cultural en la ciudad, hemos ido imaginando juntos un proyecto para seguir cultivando el gran legado de la Escuela de San Cristóbal, como llama Pablo Romo al pensamiento crítico y la teología de la liberación inculturada que se ha desarrollado en los Altos de Chiapas por más de medio siglo, con la contribución específica de los dominicos en estas tierras. Son muchos los foros culturales que actualmente existen aquí –como CIDECI, Dialéctica en Museo jTatik Samuel, el Paliacate, la Galería MUY y muchos más– donde es posible conversar sobre temas urgentes e importantes para la sociedad cosmopolita que aquí habita -un microcosmos de pueblos originarios mayas, mestizos y extranjeros- con sus muchas conexiones locales, regionales y globales.

    Desde la década de los años 70 del siglo pasado, San Cristóbal de Las Casas fue escenario de importantes encuentros como el Primer Congreso Indígena convocado por el obispo Samuel Ruiz y líderes de pueblos originarios en 1974, que resultó ser un parteaguas en la conciencia indígena de México, como refiere Fabiola Ramírez en su tesis de Maestría en Artes en la Universidad de Tulane. Destaca también el Primer Simposio Internacional de Lascasistas, organizado por Manuel Velasco Suárez, Agustín Yáñez  y el dominico Enrique Ruiz, celebrado en 1974. Ambos eventos tenían en común –a partir del quinto centenario del natalicio de fray Bartolomé de Las Casas– la búsqueda de caminos de promoción de la justicia para los pueblos originarios de Chiapas, sometidos por casi quinientos años a un sistema racista, atravesado por la injusticia social de siglos y por el dominio sobre sus imaginarios colectivos en sus expresiones culturales y religiosas. Los aires de la teología de la liberación como recepción creativa del Concilio Vaticano II, mediados por la fuerza profética de la II Asamblea del Episcopado latinoamericano y caribeño de Medellín en 1968, acontecimientos eclesiales donde participó jTatik Samuel Ruiz, se dejaban sentir con vigor e imaginación creativa en estas tierras.

    Pasaron dos décadas de siembra del Evangelio en la diócesis, con su mensaje de liberación a los pueblos oprimidos, para que esa semilla germinara como sínodo diocesano, en íntima conexión con la causa indígena, que encontró en el movimiento zapatista una de sus expresiones más relevantes para la promoción de la autonomía de los pueblos originarios. Hubo otros frutos sabrosos como la teología india que, no sin dificultad con las autoridades vaticanas, fue expresando también la vitalidad de un proceso eclesial de gran calado que llega hasta nuestros días.

    Pero la antigua Ciudad Real de la época colonial, habitada por población mestiza y criolla auto llamada coleta, se había acostumbrado a convivir con los “indios” en tiempos modernos con un racismo normalizado, que se expresaba como paternalismo asistencialista de los caxlanes o criollos caciques hacia los indios, según lo contó con magistral narrativa Rosario Castellanos en su obra de cuentos Ciudad Real.

    El levantamiento zapatista, además de sus efectos políticos -con los Acuerdos de San Andrés de 1996 traicionados por el gobierno federal y la creación de los caracoles o municipios autónomos zapatistas- tuvo un impacto cultural en la ciudad que se hizo repentinamente más cosmopolita en su diario vivir, como lo cuentan personas de universidad inmigrantes en los Altos de Chiapas desde los años en torno al levantamiento. Ya desde la década de los años cincuenta del siglo pasado, los antropólogos de Harvard y los lingüistas de la Escuela Bíblica de Verano habían llegado al valle de Jobel para asentarse en la ciudad colonial, convirtiéndola en base de paso para sus andanzas de investigación en las comunidades indígenas que estudiaban con un modelo extractivista académico o religioso en la mayoría de los casos.

    Pero con el paso del tiempo la gentrificación de la ciudad de barrios tradicionales creció de manera inusitada como efecto de la rebelión de las cañadas que impactó los Altos de Chiapas en las últimas tres décadas.

    Hoy, más de cincuenta años después de aquel Congreso Indígena de 1974, y a treinta y dos años del levantamiento zapatista de 1994, muchas cosas han cambiado en San Cristóbal de Las Casas. Los pueblos originarios han conquistado autonomías diversas en lo político, lo social y lo cultural, incluido lo religioso, superando lo imaginado por sus promotores iniciales. Esos pueblos ya no están bajo la tutela de partidos políticos, ni de iglesias, ni de universidades, ni de organizaciones de la sociedad civil. Los mestizajes culturales de los pueblos originarios con la música hip hop, con la cultura audiovisual y con el arte contemporáneo sorprenderán a muchos. Los cánones de lo indígena desbordan hoy incluso a los movimientos revolucionarios.

    Y como efecto bumerang, la población mestiza y extranjera que vive en la ciudad se camufla también en este paisaje de identidades. Un evento sobre Gaza reúne sobre todo a personas de universidad y de sociedad civil, pero convoca poco a los indígenas desplazados que habitan la zona norte de la cuidad. Un concierto de hip hop, en cambio, llena plazas. Y no se diga una banda sinaloense invitada a la fiesta de Zinacantán, que tendrá en vilo a la juventud tsotsil por horas, embobada ante un escenario profesional que no envidia nada a un festival de música pop o ranchera en cualquier ciudad principal del país, por cierto, administrado por un joven empresario zinacanteco.

    ¿Cómo formar parte de estos cambios culturales en curso con la palabra propia de los dominicos, no sólo del pasado, sino del presente, en su diversidad de formas de vida con frailes, hermanas y laicos inspirados en el carisma de la predicación? ¿Qué signos de los tiempos de la desglobalización en curso es preciso interpretar para escudriñar ahí el paso del Dios de la Vida, como decía el dominico Gustavo Gutiérrez en el Perú, para una humanidad desconcertada por la violencia global?

    La itinerancia es una actitud vital de los dominicos desde su fundación por Domingo de Guzmán en el siglo XIII, época de mudanza de la sociedad feudal a la urbana. La “santa predicación”, que fue el nombre inicial del proyecto apostólico de Domingo imaginado con el obispo Diego de Osma, el laico Pedro Seila de Tolosa, junto con Guillermina y Raimonda Claret, hermanas de Prulla en el sur de Francia, expresa la inspiración originaria de una tradición espiritual que se ha dedicado por ocho siglos a buscar la verdad en cada época, confiando en la fuerza de la Palabra que se hizo carne. Por eso no se trata de cualquier verdad, sino de aquella que libera, salva y redime al ser humano, a la humanidad y al cosmos de las ataduras del mal, como lo hizo el Galileo.

    El estudio al estilo dominicano es, por eso, el manantial de la esperanza según aquella bella reflexión de fray Timothy Radcliffe, antiguo maestro de la Orden de Predicadores. Dicho espíritu llevó a los frailes a dispersarse por Europa desde el inicio, yendo a las universidades “a estudiar y fundar convento”, es decir, comunidad de vida en torno a la Palabra encarnada. Dicho ímpetu los llevó hasta Mongolia a buscar a Gengis Kan. Itinerancia que definió Mateo de París, el acérrimo enemigo de los nuevos frailes en la Sorbona del siglo XIII, sentenciando con desprecio: “Tienen por claustro los océanos y por celda el mundo”, definiendo así para la posteridad el daimon o genio propio de la orden religiosa naciente en los burgos medievales, como nos recordaba con insistencia el padre Chenu a los doctorandos en París.

    Siglos después, ya en tierras chiapanecas, esa misma itinerancia llevó a fray Pedro Lorenzo hasta las cañadas del Jataté y a la selva Lacandona para buscar ahí, “en la nada” como le recriminaba el prior de Santo Domingo de Ciudad Real amonestándolo por su rebeldía, a los pueblos que ahí habitaban. Por eso desde entonces decidió llamarse fray Pedro Lorenzo de la Nada, según cuenta Jan de Vos.

    En nuestros tiempos de la Gran Catástrofe -iniciada en Gaza y ahora extendida por todo el orbe en la era Trump- la itinerancia nos lleva a nuevos territorios por crear como lugares de convivialidad de la Palabra. Aquí en los Altos de Chiapas lo haremos como nuevo espacio itinerante, donde podamos suscitar diálogos creativos buscando la verdad que salva.

    San Cristóbal de Las Casas, 7 de febrero de 2026

    Nota: Sigamos conversando con los comentarios que desees colocar abajo.

  • El clamor de lo (post) humanoAnónimo | Acuarela del monumento a Montesinos | República Dominicana, 2020

    El clamor de lo (post) humano

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

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    En 1511 fray Antón de Montesinos, junto con un puñado de frailes dominicos recién desembarcados en Quisqueya, madre de todas las tierras en lengua taíno, lanzó un grito que aun retumba en la conciencia occidental: “¿Acaso éstos no son hombres?”. Se refería a los habitantes originarios de esa isla caribeña —conocida después como La Española donde se asentaron los estados modernos de Haití y República Dominicana— que habían sido sometidos por soldados españoles en nombre las Coronas de Castilla y Aragón a dura servidumbre y esclavitud. En el sermón del IV Domingo de Adviento del 21 de diciembre de aquel año, con la figura central de Juan el Bautista anunciando la urgencia de preparar los caminos al mesías que llega, fray Antón se convirtió en una voz profética de contrapeso a la naciente colonialidad del poder. Según este concepto del peruano Aníbal Quijano (Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina) es posible explicar desde nuestro tiempo la lógica de poder que llevó a Europa a dominar el mundo moderno, desde el Renacimiento hasta la Ilustración, con sus posteriores avatares del imperialismo norteamericano y ruso que hoy conocemos.

    Más de cinco siglos han pasado. Ahora esa empresa de colonialidad adquiere dimensiones globales en nuestros días con el modelo de capitalismo extractivista que se expande por el mundo, como una hidra de muchas cabezas según la narrativa zapatista surgida en 1994 en el sureste mexicano. Tres décadas después se escucharán nuevos modos de nombrar las resistencias diversas a esa fuerza letal que domina el mundo en el semillero « De pirámides, de historias, de amores y, claro, desamores » que se llevará a cabo en CIDECI-Unitierra a fines de diciembre.

    La pregunta en torno a la humanidad de los pueblos del orbe parece retórica, pero en realidad se hace más acuciante cuando consideramos el panorama de la exclusión de clase, género, pertenencia étnica e identidad cultural que padecen naciones enteras en nuestros días. El derrumbamiento del orden internacional que conocimos en tiempos modernos nos pone a la intemperie. Las fundaciones de ese mundo en común fueron puestas por la Escuela de Salamanca con el Ius Gentium o derecho de gentes en el siglo XVI, con fray Francisco de Vitoria a la cabeza en diálogo con fray Bartolomé de Las Casas desde Chiapas y Guatemala, como lo analizó Enrique Dussel. Fue uno de los ejes del modelo de Cristiandad creado para justificar la expansión de la ciudad terrena a imagen de la Ciudad de Dios bajo la tutela de la Corona española. Posteriormente esa interpretación se fue transformando en un modelo internacionalista, a partir de la Ilustración, con un fundamento racionalista de corte contractual, haciendo del derecho internacional un pacto entre estados soberanos, sin fundamento último en un orden metafísico que tuviese en Dios su sustento (Derecho de gentes antiguo y contemporáneo).

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    Más allá de las discusiones teóricas sobre el paso del modelo salmantino al germánico del derecho entre naciones, lo que importa resaltar aquí son las contradicciones internas del pacto social moderno que se derrumba ante nuestros ojos. En nuestros días asistimos al retorno de regímenes autoritarios basados en fundamentalismos religiosos con pretensiones mesiánicas (The United States is a messianic state), como es el caso del imperialismo estadounidense y el sionismo israelí. ¿En nombre de qué principio o fuente ético-política las potencias de hoy justifican sus dispositivos de dominación, neocolonialismo y eliminación de pueblos enteros? ¿Qué límites tiene el poderío desplegado por ese desbocado nuevo “orden” geopolítico?

    Pero es preciso ir más allá del escenario catastrófico hasta aquí descrito para reconocer el papel de los pueblos y de las tradiciones espirituales de la humanidad en el fortalecimiento de la vida en común entre las naciones. ¿Cómo comprender y promover hoy las autonomías de personas, pueblos y territorios a fin de preservar lo humano ante las amenazas del sistema que nos domina ya, abarcando tanto los territorios tradicionales como los digitales?

    En este contexto, el sermón de Montesinos adquiere una relevancia notable ya que expande la cuestión del mutuo reconocimiento de lo humano y creatural a todas las víctimas de la violencia sistémica que lleva a la humanidad y al planeta entero al despeñadero (Tratados internacionales sobre biodiversidad (SCJN)). ¿Acaso las naciones y las especies que pueblan la faz de la Tierra no son creaturas con derechos? En el mundo de lo post-humano como se dice hoy, es primordial elaborar un pensamiento crítico que afirme la dignidad de cada creatura del cosmos en su dignidad profunda ligada al misterio amoroso de lo real.

    Ya no se trata solamente de reafirmar la fuerza histórica de los pueblos originarios enfrentando la colonialidad eurocéntrica de hace quinientos años, sino de los pueblos subalternos que son desechables en la economía de guerra planetaria de la Era Trump, como comenta Leonardo Boff. América Latina y el Caribe, como lo vemos en la invasión estadounidense de las aguas internacionales del Mar Caribe, son ya espacio de guerra desplegada por el Comando Sur de ese estado vecino. Por desgracia, pronto veremos los alcances de este nuevo modelo de intervencionismo imperial por medio de la ocupación selectiva de territorios, el control de gobiernos locales afines a los intereses del poder del necroestado, y los ataques quirúrgicos contra los “enemigos” de la seguridad nacional de los Estados Unidos.

    Tampoco es suficiente el clamor por la dignidad de la humanidad si está disociado del clamor de la Tierra, “la más pobre entre los pobres” como la llamó también Leonardo Boff. Aquella “escalada a los extremos” pensada por Girard en 2007 a partir del fenómeno del terrorismo parece hoy juego de niños antes las guerras actuales que tienen por objetivo el dominio craso sobre pueblos enteros para control de sus territorios como objetos de enriquecimiento depredador de los ecosistemas.

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    Por esta razón es urgente más nunca reconocer a los nuevos Montesinos que con su clamor apelan a la común humanidad que nos hermana como personas y pueblos, con su fuente mística que da fuerza y abre horizontes de vida para todos, a fin de revertir esos procesos de necropoder que cobran cada día más víctimas.

    Pero hoy es urgente ir más allá del paradigma  antropocéntrico, transitando hacia uno « ecocéntrico » (Antropocentrismo y ecocentrismo en la jurisprudencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos) que promueva la dignidad de la Madre Tierra que es también subyugada por el modelo dominante de sociedad y economía extractivistas. « Volver a pensar como especie humana », según la propuesta de la ecología política impulsada por Víctor Toledo y una importante red de científicos en el mundo (La ecología política llegó para quedarse) es un paso clave para recuperar el rumbo como humanidad habitando la Casa Común que nos ha sido dada por el Dador de la Vida.

    Los mártires verdes, las madres buscadoras y los pueblos originarios en rebeldía son algunas de esas voces que han sonado la voz de alarma ante la devastación plantearía que ya nos ha alcanzado. Escuchar sus denuncias es un principio de conversión ética y mística, pero no basta. Es preciso sumarnos a esos procesos de autonomías subjetivas, territoriales y espirituales que llevan a cabo quienes han dicho basta al necropoder.

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    Quizás el modo más inspirador para comunidades creyentes de celebrar la Navidad ya cercana es honrando la memoria de Montesinos y todas las voces proféticas de ayer y de hoy.

    Preparar los caminos para la llegada del mesías no es, al fin y al cabo, un acto de folclor navideño, sino un cambio de rumbo en nuestros modos de vida con decisiones ético-políticas, prácticas y místicas, como el reciclaje de la basura, la reforestación de los bosques, y la inclusión de los vulnerables en nuestras mesas como gestos de celebración de la vida en medio de las ruinas del mundo presente.

    Como ya lo comenté hace algunos años (Tiempo mesiánico y narración para una interpretación teológica de las prácticas narrativas de las víctimas) es urgente y prioritario que abramos paso a los tiempos mesiánicos por medio de nuestros actos de resistencia al necropoder, promoviendo comunidades donde aprendamos a deletrear de nuevo, con imaginación y brío, la humanidad y creaturalidad que nos une, bebiendo todos de la inagotable fuente de la Vida.

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    Jobel, 20 de diciembre de 2025

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    Nota: Me gustará leer sus comentarios en la sección final de esta página.

  • Sobre la esperanza en tiempos inciertosMadres buscadoras | NTR | Zacatecas, 2025

    Sobre la esperanza en tiempos inciertos

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

    Al atardecer de este sábado comienza la primera vigilia de Adviento, cuando las comunidades cristianas en todo el mundo iniciamos un camino, en medio de la noche de los tiempos, para recibir la luz humana y divina de la dignidad con esperanza que trae el mesías. En las celebraciones nocturnas resonará el antiguo canto Rorate caeli cuya letra y melodía es como un lamento que sube al cielo desde la ciudad desolada, clamando que “las nubes lluevan al Justo”, como imploraba el profeta Isaías (45:8) durante el exilio en Babilonia.

    Cada año, este calendario de cuatro semanas previas a la Navidad está acompañado de signos de luz, verdor, cánticos, dulces, ternura y comunidad. Según cada cultura, el tiempo de espera del advenimiento del mesías evoca la conciencia de que “algo nos falta” para el cumplimiento de esos tiempos nuevos de justicia, verdad, compasión y paz, no solamente para un pueblo que con arrogancia pretende ser el único elegido, sino para toda la humanidad e incluso para el cosmos entero.

    Cada generación ha visto señales terribles de que el mundo se está acabando, sea por epidemias que nos hacen sentir cuán vulnerables son nuestros cuerpos y conocimientos; sea por guerras de los imperios en turno contra poderes emergentes que amenazan su soberbia; sea por la incertidumbre de la propia vida que se ve disminuida por la edad, la enfermedad, el fracaso, la soledad o la desesperanza.

    Los textos bíblicos que las comunidades creyentes meditamos estos días hablan de la espera del mesías, primero con un fuerte tono apocalíptico que anuncia la destrucción del mundo corrupto, alcanzando a todo el cosmos con una catástrofe que destruirá todo por la soberbia humana que se ha adueñado de la creación.

    Luego, conforme se acerca la fecha de celebración de la natividad del mesías Niño, un nazareno, el tono de los textos se va haciendo más esperanzado por el anuncio del Dios cercano, humanizado, pequeño y frágil. Se trata de la promesa encarnada de una vida divina y humana que comienza en completa vulnerabilidad en la historia de una familia migrante con un bebé recién nacido, tratando de sobrevivir en la periferia del imperio y huyendo de la furia del gobernante local, para encontrar luego un refugio en Egipto, desde donde comenzará a escribirse una página definitiva de la historia de redención humana.

    Sin embargo, la depresión colectiva que atravesamos hoy como humanidad debido a la escalada a los extremos del odio –que cunde por el planeta de manera apocalíptica “como mentira de Satán”, decía René Girard en una entrevista que me concedió en 2007 en París (La esperanza como apocalipsis)– parece hacer ilusoria toda narrativa de esperanza para nuestros tiempos de incertidumbre. El genocidio en Gaza sigue su curso como clímax de la Nakba o Catástrofe iniciada en 1947 con la expulsión de cerca de un millón de palestinos de sus tierras para dar paso a la creación del estado de Israel en 1948; una violencia sistémica que sucede hoy ante nuestras pantallas digitales con la indiferencia actual de las redes sociales y de la comunidad internacional. Las guerras en Ucrania, Congo y Sudán del Sur se han “normalizado” al punto de no ser ya portada de periódicos, y mucho menos trending topic en el mundo digital. En México, la indiferencia de la opinión pública en temas urgentes como la crisis de agricultores de maíz, limón y aguacate que ha producido la violencia en Michoacán, junto con los feminicidios que persisten junto con la desaparición forzada de personas, hablan de un hartazgo de la población que se expresa en paros, tomas de carreteras y protestas en las calles. Pero la masa parece anestesiada y se refugia en burbujas de entretenimiento y compras desaforadas de temporada decembrina que, además de otros males, dejan a la economía doméstica en ruinas por los próximos meses y años.

    El consumismo religioso también es parte de la avasalladora mercadotecnia navideña, entre decoraciones kitsch y remembranzas de artesanías populares para preparar piñatas con los personajes del momento. No faltará ahora en las posadas mexicanas la piñata de Trump que se vende en varios mercados de México y los Estados Unidos, que recibirá palos como ritual de venganza entre risas y abucheos hasta que se quiebre el cartón y las mechas güeras del tirano salgan volando como estrellas fugaces en algún patio de vecindad en la Ciudad de México, Chicago o Los Ángeles para solaz de todos.

    Algunas pocas familias tal vez recuperen el sentido “místico” de la corona de Adviento, siguiendo al Avatar de Carlo Acutis explicando el Adviento 2025 que circula en redes, explicando con mucha propiedad el significado espiritual del rito de encendido de cada una de las cuatro velas de esta temporada que prepara la Navidad. La luz encendida cada domingo de Adviento simboliza al “pueblo que caminaba en tinieblas y vio una gran luz” (Isaías 9: 2) que anunciara el profeta al pueblo hebreo devastado por la división entre los pequeños reinos de Israel y de Judá, con sus líderes corrompidos por la idolatría del poder, buscando alianzas con la vecina Siria para vencer a la tribu rival.

    Y como un no-lugar en medio de tanta bulla, haciendo un vacío en medio de la algarabía citadina, en México las colectivas de Madres Buscadoras (Madres buscadoras encienden árbol de Navidad) montarán árboles de Navidad revestidos de esferas con los rostros de quienes nos faltan. Ellas son hoy “la voz que clama en el desierto” (Juan 1: 23) porque hablan en nombre de las víctimas de la guerra del narcoestado y de la idolatría del necropoder de nuestros días.

    Tal vez ahí radica el fondo teologal de esta temporada: la ausencia del mesías es algo que ha inspirado a generaciones hebreas y cristianas desde hace siglos para movilizarse a fin de hacer presentes los tiempos mesiánicos por medio de actos de rememoración, justicia y una (im)posible reconciliación.

    Más allá de una celebración folclórica del advenimiento del Dios-con-nosotros, de lo que se trata hoy es de ir al reverso de la historia para contemplar ahí, en el silencio de la noche, algún destello de luz que anuncie la llegada del mesías. Y quienes sienten en cada segundo de su vida, en cada respiro –como Vero y Fabiola, madres buscadoras que nos compartieron su esperanza en un encuentro reciente en Guadalajara– la ausencia que duele y moviliza a la búsqueda por amor, son quienes nos enseñan lo que significa la esperanza en tiempos de incertidumbre, corazón del Adviento.

    El próximo lunes 1° de diciembre, se presentará en línea el documental Re-existe 2025 (Presentación del documental Re-existe 2025), preparado por el realizador uruguayo Juan Meza. Ahí se cuentan algunas de las historias de despertar, sanar y acuerpar que compartieron personas de diecisiete países y diferentes tradiciones religiosas y espirituales de cuatro continentes enfrentando violencias diversas donde ha sido posible deletrear la esperanza.

    El Adviento es tiempo para seguir tejiendo redes de esperanza combativa, afirman los movimientos sociales en las periferias del imperio, a fin de que este mundo nuestro no se vaya al precipicio. Y es posible hacerlo escuchando a las personas que por años y siglos han resistido y ahora nos acompañan a re-existir.

    Porque habrá esperanza siempre que haya personas y comunidades que vivan el tiempo del fin, subrayado con tanta insistencia por Javier Sicilia y Elías González, como la oportunidad para entrar en otro modo de existir en medio de la violencia pero preñados con la espera activa de los tiempos mesiánicos.

    ¡Buen tiempo de Adviento!

    Ciudad de México, 29 de noviembre de 2025

    Nota: Agradeceré tus comentarios al final de esta página.

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