Por Carlos Mendoza-Álvarez
Hace ya siete meses que dejé Boston, luego de un quinquenio de vida académica en el frenético engranaje de la eficiencia estadounidense, con un desafío especial de fondo que consistió en traducir las ideas maestras de la teología latinoamericana y europea moderna a grupos multiculturales de estudiantes blancos de Estados Unidos, y otros venidos de Corea, China y Japón en su mayoría, más algunos de Turquía, El Salvador, Colombia y Chile.
La cortesía inicial de los colegas, tanto estudiantes como profesores, fue dando paso con algunos pocos de ellos a una conversación verdadera, siempre predominando el respeto al trabajo individual con escasos intercambios sobre el sentido de nuestro trabajo como comunidad académica.
Guardo en el corazón los mejores momentos de esos encuentros, como los coloquios a los que les dimos el tono descolonial de “conversatorios” (Beyond Global Violence Initiative), donde pudimos abrir ventanas para que colegas del norte y del sur se escucharan mutuamente, con ciertas dificultades para transitar entre ambos mundos, no solamente por las diferencias de la lengua sino por las vivencias diversas que dan sustento al cuerpo, al pensamiento y a la palabra.
Lo que más disfrutábamos todos eran las tertulias en el calor del hogar chileno bostoniano de Valentina y Domingo, anfitriones excepcionales para el corazón y el paladar. Ahí podíamos compartir con mayor cercanía y libertad las ideas e intuiciones que habían quedado flotando en los auditorios del campus de Chestnut Hill. En algunas ocasiones, con la sazón italiana de Francis ayudado por Martín, y al calor de la bonhomía de Neto en su casa siempre lista para recibirnos como buen salvadoreño, cada quien iba encontrando su lugar en el vaivén de la palabra, del vino y del canto. En esos hogares acogedores recibimos a amistades de Brasil, México, El Salvador, Colombia, Puerto Rico, España, Ohio, Illinois, Nueva York, Indiana y California, de paso por tierras de los Massachussets. Y ahí nacieron nuevos proyectos de coloquios, libros y viajes que hasta el día de hoy nos siguen sorprendiendo e inspirando a todos.
Pero todo se interrumpió por mi súbita salida de territorio estadounidense en la era Trump, quedando sembrada esa semilla de inteligencia cordial en la memoria viva.
En los meses posteriores, de vuelta al terruño y con viajes entrelazados entre Sudáfrica, Turquía, Brasil y Chile, me encontré con el desafío de mirar con ojos nuevos mundos diversos, poniendo especial atención en “quienes habitan en las sombras de las sombras de las sombras”. Así fui llevado –por puro regalo de mis anfitriones durante esos periplos– a vivir momentos de una simplicidad demoledora y bella, como la visita acompañando a Lance de la Universidad de Pretoria a la granja de refugiados congoleños en las afueras de la ciudad, donde su dolor por no tener hogar por más de cinco años se veía en su mirada, pero en ella surgía a la vez un destello de dignidad que aun llevo en el corazón y el espíritu como un llamado a la cercanía.
Tengo viva en la memoria la caminata por los acantilados de Cape Town en compañía de Grant y su equipo donde contemplamos, en una mañana soleada y fría del invierno sudafricano, cómo los dos grandes océanos Atlántico e Índico se encuentran, a veces con furor y otras con ternura. Metáfora de mundos entrelazados.
Recuerdo también con emoción la oración ecuménica estilo Taizé animada por mi hermano dominico Claudio junto con Eda, ciudadana estambulita, y un grupo de estudiantes africanos y ucranianos residentes en Estambul, intercalando mantras por la paz en diversas lenguas, acogidos en la penumbra de la iglesia de los predicadores, ubicada cerca de la torre de Gálata. Fue un destello de lo que significa Pentecostés, aunque solamente como un reducto de espiritualidad en medio de una vibrante cultura musulmana moderna que mira con curiosidad lo que pasa dentro de esos enclaves cristianos.
Atesoro en la memoria la eucaristía sencilla y breve en la capillita de madera de los jesuitas de Tirúa, en un pequeño altar cubierto con un tejido mapuche y adornado con una lámpara de aceite estilo oriental que creaba una penumbra luminosa, en una mañana de primavera en el Wallmapu, al extremo sur de Chile. Tuve la gracia de departir con ellos por unos días su despojo gozoso, como caminantes acompañando al pueblo Mapuche en defensa de su territorio, su lengua y su espiritualidad ancestral.
En cada una de esas experiencias quedó en el aire para mí la pregunta de cómo tender puentes para compartir intimidad espiritual entre personas y comunidades de tradiciones diversas. Y me acordé de los rituales que hemos explorado en Re-existe, precisamente buscando nuevos lenguajes para celebrar juntos nuestras vidas precarias pero abiertas a la esperanza según tradiciones ancestrales diversas, desde los pueblos originarios hasta las religiones del libro y la interioridad secular de quienes son personas o colectivos sin religión.
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De vuelta a la tierra de mis ancestros, ya sin la presión cotidiana del salón de clase y las insufribles reuniones académicas, comienzo ahora a sentir lo que significa ir desaprendiendo la eficacia. Disfrutar el tiempo libre del otium, más allá del negotium, como se los contaba hace unas semanas aquí.
Pero se trata de algo más que desacelerar el paso. Algo me mueve hoy a vivir el tiempo de otro modo como interioridad renovada y el lugar como terruño. Busco un ritmo externo entre caminata matinal, deberes religiosos, lectura atenta de libros apilados en el escritorio desde hace años, escritura más creativa soltando la pluma explorando nuevos géneros literarios. Pero no basta. Es algo más lo que intuyo en el horizonte, la búsqueda de un “lugar” donde echar raíces, crecer lentamente y florecer, siguiendo aquella creativa intuición de Ivan Illich y Jean Robert (El lugar en la era del espacio). Ya se irá vislumbrando poco a poco con mayor nitidez en los próximos meses el lugar y el tiempo donde fluya la inspiración.
Ahora que tengo tiempo para “no hacer nada”, me siento invitado a reinventarme cada día. Ciertamente laboro en el presente con maravillosos proyectos de creación intelectual, como el libro colectivo sobre teología política –con la introducción a mi cargo, invitando a la mesa de la palabra a quince comensales de ocho países distintos invitados a pensar “lo común” en tiempos de gran catástrofe– cuyo manuscrito reviso con el apoyo de Francis y Nathan, queridos colega.s que conocí en Boston College, mismo que será publicado el próximo año por una prestigiosa editorial de los Estados Unidos.
Me deleito revisando los guiones del documental y del cómic –a cargo de Juan y Katsumi respectivamente–que harán memoria del pasado encuentro Re-existe 2025. El Espíritu conectando las periferias que pronto difundiremos en el mundo digital para seguir nutriendo nuestras resistencias ante el mal que nos rodea hoy como violencia sistémica. Esta iniciativa ha ido creando un lugar-tiempo poliédrico donde aprendemos a re-existir, reinventándonos junto con otros sobrevivientes.
Y con emoción imagino también –junto con algunos dominicos y dominicas que buscamos nuevas expresiones del carisma de la predicación en nuestro contexto inédito– lo que nacerá luego de nuestro encuentro sobre Nicea en octubre pasado en Estambul. Ubicados en las ciudades y aldeas laboratorios de hoy buscamos cómo comunicar hoy a la humanidad el gozo de ser habitados por la Palabra divina y humana que nos redime, arraigados en el mundo secularizado o en medio de tradiciones espirituales diversas.
Animado por esos recuerdos vivos y por las labores en curso que conectan con mi deseo profundo enfrento ahora el reto de “parar” la vorágine de la eficacia, desaprendiendo a vivir y pensar sólo produciendo. Se trata de un camino en reversa, pero sobre todo de una implosión de un deseo vertiginoso, para volver al centro inmóvil del cuerpo, del deseo, del pensamiento y del espíritu desde donde fluye otro modo de existencia.
Y entonces aprenderé a dejarme habitar y ser movido –como lo conversaba con mi amigo Juan Carlos La Puente en el corazón de la pandemia (Mutuo acompañamiento en la Ruah divina)– por la incertidumbre como don y sorpresa del aleteo de la Vida que a todos nos anima.
Ciudad de México, 15 de noviembre de 2025
Nota: Agradeceré tus comentarios al final de esta página.



