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  • En las laderas volcánicas del altiplano mexicano Sobre la vida que resiste y florece en las grietas del mundoJorge González Camarena | La montaña | Encáustica sobre Masonite | Colección BBVA México | ca. 1980

    En las laderas volcánicas del altiplano mexicano Sobre la vida que resiste y florece en las grietas del mundo

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    La fumarola del volcán Popocatépetl se percibe a lo lejos como una señal potente de tierra sagrada, venerada ya por los antiguos mexicanos y luego por los “graniceros” de hoy, quienes preservan el rezo con ofrendas a las montañas ancestrales del valle de Cholula, corazón del eje volcánico del altiplano mexicano.

    Volver al paisaje de la infancia, oteando señales para sembrar sueños de palabras y encuentros verdaderos, trajo a mi memoria episodios sorprendentes de vida.

    El primero fue el campamento en las faldas del Iztaccíhuatl o la Mujer dormida que organizamos hace cincuenta años los colegas de la Escuela Preparatoria Emiliano Zapata. El compañerismo de Raúl, Arturo, Adrián, Juan y Alfredo, entre otros amigos queridísimos, selló en esa tierra una amistad sagrada que hasta el día de hoy perdura. Los rituales de juventud del campismo estudiantil estaban animados por tiempos de silencio, juego, cocina y fiesta escuchando en pleno bosque la música del rock progresivo de nuestra generación, desde Pink Floyd y Queen, hasta Emerson, Lake and Palmer y otras bandas británicas que poblaban nuestro imaginario.

    Otro momento memorable en tierras volcánicas fue la subida al cráter del Popocatépetl, con fray Raúl Vera como nuestro maestro de novicios, guiados por el Güero, un joven montañista experto de Amecameca, en el Estado de México, una madrugada de la primavera de 1980. Tras un gran esfuerzo en la última parte de la escalada, bien pertrechados con picos, botas de montaña y lentes para el resplandor de la nieve, el grupo de diez novicios con su maestro logró llegar al cráter. Nos encontramos con la chimenea del volcán exhalando vapores sulfurosos, aún silenciosa pues Don Goyo -como se le llama al volcán Popocatépetl por el día 12 de marzo, día de San Gregorio, en que, desde tiempos ancestrales se celebra su fiesta con ofrendas para pedir la lluvia- reactivaría su ciclo activo hasta el 21 de diciembre de 1994 tras setenta años de inactividad volcánica. Asomados hacia el cono interior por la cresta del cráter, en medio de un silencio asombroso, celebramos “la Misa sobre el mundo”, según aquella frase de Teilhard de Chardin, ese notable científico y místico jesuita del Cristo cósmico, Alfa y Omega de la evolución del cosmos.

    Como lugar sagrado esa tierra de volcanes ha padecido también el asedio del mal, pero con el triunfo de la vida, dejando cicatrices en el cuerpo social herido.

    Recuerdo la terrible experiencia de un puñado de cuatro frailes que nos ofrecimos como voluntarios para ser mediadores, por razones humanitarias y evangélicas, para la entrega del rescate de una persona secuestrada. Sucedió en 1994, aquel año fatídico para México, cuando mundos diversos colisionaron como placas tectónicas: la modernidad del presidente Salinas, marcada por la codicia y corrupción del sistema político mexicano, chocando de frente con los movimientos guerrilleros que aún subsistían en el país, luego de su persecución por el estado mexicano desde la Guerra Sucia de los años 70 del siglo pasado. Vivir la experiencia de ser mediador en la entrega de un rescate de una persona privada de su libertad fue una experiencia límite al acercarme a la fragilidad de la vida humana frente al abismo del mal. El dinero maldito de ese rescate de treinta millones dólares simbolizaba, a la vez, la perversión de los poderosos de la élite mexicana que acumulaban tanta riqueza, por un lado, y la maldad de quienes usaban la vida humana como bandera de justicia para dudosas causas sociales. Como parte de la ruta de entrega del rescate los secuestradores que nos guiaban por medio de teléfonos satelitales, muy raros aun en aquella época, nos hicieron cruzar el Paso de Cortés, precisamente entre los dos volcanes sagrados, para llegar a Puebla y ahí entregar los maletines malditos. No fue posible porque, al decir de los que nos manipulaban, éramos seguidos por el gobierno. Luego de unos días de incertidumbre pudimos entregar el rescate en un bario popular de la Ciudad de México y la persona fue liberada horas después. Los cuatro frailes que nos ofrecimos como voluntarios para ser mediadores nunca olvidaremos esa experiencia de asistencia humanitaria en medio de una ola de violencia criminal, con actores en ambas partes. Violencia que, por desgracia, persiste hasta nuestros días bajo nuevas formas del necropoder.

    Años después volví a esa zona por Tlamacas, albergue para alpinistas ubicado también en Paso de Cortés, en un momento dramático de una comunidad que se encontraba ahí viviendo un retiro espiritual dirigido por fray Ricardo Villarreal en la ermita del silencio. En medio de la noche, luego de una jornada de meditación, la comunidad fue asaltada por bandidos. Su experiencia traumática colectiva no impidió que esa comunidad de meditación contemplativa siguiera adelante en su camino de sanación interior y de fortalecimiento de su vida comunitaria, conjugando cuerpo, mente y espíritu en un camino de espiritualidad en movimiento, por medio de caminatas sagradas, mantras cristianos y budistas, así como servicio a la comunidad. El silencio del bosque, con sus habitantes humanos y de otras especies, había sido profanado por las bandas criminales.

    En décadas recientes la fumarola de Don Goyo persiste, a veces exhalando vapores sulfurosos y ceniza volcánica acompañada de lava. Así preside los amaneceres del valle de Puebla-Tlaxcala, con sus historias de terremotos y movimientos sociales de pueblos originarios, de juventudes exigiendo democracia y de colectivos de espiritualidad de la tierra.

    El Popo es el guardián del Iztaccíhuatl, llamada también “la Volcana” por las comunidades campesinas que moran en sus faldas, o Rosita porque su fiesta de agosto celebra agradecida las lluvias y la fecundidad de las cosechas. Es la amada Mujer Dormida de la mitología mexica, recreada en tiempos recientes como la guardiana de los chacras del planeta, según aquella mitología de Regina creada por Antonio Velasco Piña.

    Hace unos días tuve la fortuna de visitar el territorio de San Juan Tianguismanalco y Santiago Xalitzintla, acompañado por Víctor y Carolina, con su pequeño hijo Emik quienes habitan ese lugar y lo cuidan con esmero. Para mí este corto viaje significaba un reencuentro con tierra sagrada. Viví esa jornada como un ritual en la espiral del tiempo para pisar de nuevo aquella tierra sagrada de la juventud, ahora con sueños en el corazón de vuelta al terruño de mis ancestros.

    Me encontré con un joven y talentoso testigo de las comunidades organizadas en defensa del territorio, conectado por lazos de familia y de elección, con los pueblos, los bosques y manantiales, las aves y los insectos, los reptiles y los roedores, las milpas y los invernaderos que la habitan. Tierra de volcanes con frondosos árboles de aguacate, manzanas, duraznos y peras. Territorio de flores y plantas aromáticas de esencias curativas que forman parte de terapias de sanación. Ancestralidad y agroecología encuentran en este territorio una fuerza con arraigo en el territorio que es promesa de vida en un tiempo presente vivido con esperanza en medio de tantas incertidumbres planetarias.

    El sueño del Tabor -otra montaña santa que siempre me ha acompañado como lugar simbólico de transfiguraciones antiguas y nuevas, desde la de Jesús de Galilea hasta la de los pueblos en resistencia y re-existencia- revive ahora con impetuosa fuerza en estos lares, ahora en estas montañas sagradas.

    El volcán evoca el triángulo virtuoso que he ido descubriendo con amigos como Juan Carlos de Perú, Kochurani de la India y Laurel de Estados Unidos y El Salvador, así como con colectivas de diversas latitudes para representar nuestro aprendizaje para sembrar esperanza combativa ahí donde la vida es amenazada. Uno de los vértices del triángulo es la práctica del mutuo acompañamiento entre personas y colectivas en resistencia a la violencia sistémica como fuente de vida. El otro vértice son las experiencias creativas donde aprendemos a re-existir, reinventándonos desde las ruinas en medio de la Gran Catástrofe que atravesamos. Y el tercer vértice son los semilleros espirituales y teológicos, con hondura ética y mística, que podemos trabajar de manera colectiva para aprender a cuidarnos y a florecer como personas y creaturas del cosmos. Pronto realizaremos esa tierra de volcanes un semillero virtual y presencial sobre la teología descolonial que vamos cultivando en comunidad.

    Ya veremos cómo el soplo de la Ruah divina nos hace descubrir, con exquisito respeto al territorio y sus pobladores, nuevos llamados para habitar juntos la tierra sagrada del altiplano poblano.

    Y hablando de resistencias al necropoder en los territorios, ahora también hemos de pensar sobre el territorio digital donde la Inteligencia artificial, manipulada por empresas transnacionales y gobiernos autoritarios están diseñando el tecno-fascismo. Con este motivo, el próximo jueves 9 de julio el colectivo JobeLab, formado por amigos de San Cristóbal de Las Casas, llevaremos a cabo el conversatorio “Desarmar el poder y rescatar lo humano. Lecturas sobre la Encíclica ‘Magnifica Humanitas’ de León XIV”, en la librería La Madriguera de San Cristóbal de Las Casas. Contaremos con la participación de personas sabedoras de informática, comunicación, antropología, filosofía y teología. Chiapas es un botín por sus recursos naturales codiciado por la industria detrás de la IA , así que es crucial conocer lo que enfrentamos. Les esperamos.

    San Juan Tianguismanalco, 2 de julio de 2026

  • La casa de la Palabra encarnada Una apuesta por el diálogo social y cultural en Chiapas al estilo de los dominicosPilar Emitxin | Poéticas encarnadas | 2019

    La casa de la Palabra encarnada Una apuesta por el diálogo social y cultural en Chiapas al estilo de los dominicos

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    Hace unos días abrimos un nuevo espacio de diálogo en la ciudad de San Cristóbal de Las Casas el día de la fiesta de Santo Tomás de Aquino. Se trataba del primer evento de un año de festejos por el quinto centenario de la llegada de los frailes dominicos a Tierra Firme, como se llamaba entonces al continente americano, la antigua Abya Yala. En junio próximo llevaremos a cabo diversos actos culturales y religiosos, tanto en San Cristóbal como en Zinacantán, con el programa 500-OP Chiapas que pronto daremos a conocer.

    Junto con Abraham y Angélica, queridos amigos de Ecosur con quienes caminamos en la pastoral universitaria del CUC hace años en la Ciudad de México, y con Carmen y Ricardo, amigos involucrados en el activismo social y cultural en la ciudad, hemos ido imaginando juntos un proyecto para seguir cultivando el gran legado de la Escuela de San Cristóbal, como llama Pablo Romo al pensamiento crítico y la teología de la liberación inculturada que se ha desarrollado en los Altos de Chiapas por más de medio siglo, con la contribución específica de los dominicos en estas tierras. Son muchos los foros culturales que actualmente existen aquí –como CIDECI, Dialéctica en Museo jTatik Samuel, el Paliacate, la Galería MUY y muchos más– donde es posible conversar sobre temas urgentes e importantes para la sociedad cosmopolita que aquí habita -un microcosmos de pueblos originarios mayas, mestizos y extranjeros- con sus muchas conexiones locales, regionales y globales.

    Desde la década de los años 70 del siglo pasado, San Cristóbal de Las Casas fue escenario de importantes encuentros como el Primer Congreso Indígena convocado por el obispo Samuel Ruiz y líderes de pueblos originarios en 1974, que resultó ser un parteaguas en la conciencia indígena de México, como refiere Fabiola Ramírez en su tesis de Maestría en Artes en la Universidad de Tulane. Destaca también el Primer Simposio Internacional de Lascasistas, organizado por Manuel Velasco Suárez, Agustín Yáñez  y el dominico Enrique Ruiz, celebrado en 1974. Ambos eventos tenían en común –a partir del quinto centenario del natalicio de fray Bartolomé de Las Casas– la búsqueda de caminos de promoción de la justicia para los pueblos originarios de Chiapas, sometidos por casi quinientos años a un sistema racista, atravesado por la injusticia social de siglos y por el dominio sobre sus imaginarios colectivos en sus expresiones culturales y religiosas. Los aires de la teología de la liberación como recepción creativa del Concilio Vaticano II, mediados por la fuerza profética de la II Asamblea del Episcopado latinoamericano y caribeño de Medellín en 1968, acontecimientos eclesiales donde participó jTatik Samuel Ruiz, se dejaban sentir con vigor e imaginación creativa en estas tierras.

    Pasaron dos décadas de siembra del Evangelio en la diócesis, con su mensaje de liberación a los pueblos oprimidos, para que esa semilla germinara como sínodo diocesano, en íntima conexión con la causa indígena, que encontró en el movimiento zapatista una de sus expresiones más relevantes para la promoción de la autonomía de los pueblos originarios. Hubo otros frutos sabrosos como la teología india que, no sin dificultad con las autoridades vaticanas, fue expresando también la vitalidad de un proceso eclesial de gran calado que llega hasta nuestros días.

    Pero la antigua Ciudad Real de la época colonial, habitada por población mestiza y criolla auto llamada coleta, se había acostumbrado a convivir con los “indios” en tiempos modernos con un racismo normalizado, que se expresaba como paternalismo asistencialista de los caxlanes o criollos caciques hacia los indios, según lo contó con magistral narrativa Rosario Castellanos en su obra de cuentos Ciudad Real.

    El levantamiento zapatista, además de sus efectos políticos -con los Acuerdos de San Andrés de 1996 traicionados por el gobierno federal y la creación de los caracoles o municipios autónomos zapatistas- tuvo un impacto cultural en la ciudad que se hizo repentinamente más cosmopolita en su diario vivir, como lo cuentan personas de universidad inmigrantes en los Altos de Chiapas desde los años en torno al levantamiento. Ya desde la década de los años cincuenta del siglo pasado, los antropólogos de Harvard y los lingüistas de la Escuela Bíblica de Verano habían llegado al valle de Jobel para asentarse en la ciudad colonial, convirtiéndola en base de paso para sus andanzas de investigación en las comunidades indígenas que estudiaban con un modelo extractivista académico o religioso en la mayoría de los casos.

    Pero con el paso del tiempo la gentrificación de la ciudad de barrios tradicionales creció de manera inusitada como efecto de la rebelión de las cañadas que impactó los Altos de Chiapas en las últimas tres décadas.

    Hoy, más de cincuenta años después de aquel Congreso Indígena de 1974, y a treinta y dos años del levantamiento zapatista de 1994, muchas cosas han cambiado en San Cristóbal de Las Casas. Los pueblos originarios han conquistado autonomías diversas en lo político, lo social y lo cultural, incluido lo religioso, superando lo imaginado por sus promotores iniciales. Esos pueblos ya no están bajo la tutela de partidos políticos, ni de iglesias, ni de universidades, ni de organizaciones de la sociedad civil. Los mestizajes culturales de los pueblos originarios con la música hip hop, con la cultura audiovisual y con el arte contemporáneo sorprenderán a muchos. Los cánones de lo indígena desbordan hoy incluso a los movimientos revolucionarios.

    Y como efecto bumerang, la población mestiza y extranjera que vive en la ciudad se camufla también en este paisaje de identidades. Un evento sobre Gaza reúne sobre todo a personas de universidad y de sociedad civil, pero convoca poco a los indígenas desplazados que habitan la zona norte de la cuidad. Un concierto de hip hop, en cambio, llena plazas. Y no se diga una banda sinaloense invitada a la fiesta de Zinacantán, que tendrá en vilo a la juventud tsotsil por horas, embobada ante un escenario profesional que no envidia nada a un festival de música pop o ranchera en cualquier ciudad principal del país, por cierto, administrado por un joven empresario zinacanteco.

    ¿Cómo formar parte de estos cambios culturales en curso con la palabra propia de los dominicos, no sólo del pasado, sino del presente, en su diversidad de formas de vida con frailes, hermanas y laicos inspirados en el carisma de la predicación? ¿Qué signos de los tiempos de la desglobalización en curso es preciso interpretar para escudriñar ahí el paso del Dios de la Vida, como decía el dominico Gustavo Gutiérrez en el Perú, para una humanidad desconcertada por la violencia global?

    La itinerancia es una actitud vital de los dominicos desde su fundación por Domingo de Guzmán en el siglo XIII, época de mudanza de la sociedad feudal a la urbana. La “santa predicación”, que fue el nombre inicial del proyecto apostólico de Domingo imaginado con el obispo Diego de Osma, el laico Pedro Seila de Tolosa, junto con Guillermina y Raimonda Claret, hermanas de Prulla en el sur de Francia, expresa la inspiración originaria de una tradición espiritual que se ha dedicado por ocho siglos a buscar la verdad en cada época, confiando en la fuerza de la Palabra que se hizo carne. Por eso no se trata de cualquier verdad, sino de aquella que libera, salva y redime al ser humano, a la humanidad y al cosmos de las ataduras del mal, como lo hizo el Galileo.

    El estudio al estilo dominicano es, por eso, el manantial de la esperanza según aquella bella reflexión de fray Timothy Radcliffe, antiguo maestro de la Orden de Predicadores. Dicho espíritu llevó a los frailes a dispersarse por Europa desde el inicio, yendo a las universidades “a estudiar y fundar convento”, es decir, comunidad de vida en torno a la Palabra encarnada. Dicho ímpetu los llevó hasta Mongolia a buscar a Gengis Kan. Itinerancia que definió Mateo de París, el acérrimo enemigo de los nuevos frailes en la Sorbona del siglo XIII, sentenciando con desprecio: “Tienen por claustro los océanos y por celda el mundo”, definiendo así para la posteridad el daimon o genio propio de la orden religiosa naciente en los burgos medievales, como nos recordaba con insistencia el padre Chenu a los doctorandos en París.

    Siglos después, ya en tierras chiapanecas, esa misma itinerancia llevó a fray Pedro Lorenzo hasta las cañadas del Jataté y a la selva Lacandona para buscar ahí, “en la nada” como le recriminaba el prior de Santo Domingo de Ciudad Real amonestándolo por su rebeldía, a los pueblos que ahí habitaban. Por eso desde entonces decidió llamarse fray Pedro Lorenzo de la Nada, según cuenta Jan de Vos.

    En nuestros tiempos de la Gran Catástrofe -iniciada en Gaza y ahora extendida por todo el orbe en la era Trump- la itinerancia nos lleva a nuevos territorios por crear como lugares de convivialidad de la Palabra. Aquí en los Altos de Chiapas lo haremos como nuevo espacio itinerante, donde podamos suscitar diálogos creativos buscando la verdad que salva.

    San Cristóbal de Las Casas, 7 de febrero de 2026

    Nota: Sigamos conversando con los comentarios que desees colocar abajo.

  • Navidad en lo secretoCarlos Mendoza | Nacimiento tsotsil | Nachig, Chiapas | 2025

    Navidad en lo secreto

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

    La Nochebuena se anunciaba diferente este año debido al cambio del clima gélido de Boston a los días fríos pero soleados de los Altos de Chiapas. Por supuesto no se trataba solamente de una diferencia de clima sino, sobre todo, de universo cultural. Los cantos de los monjes episcopalianos de Cambridge en tierra de los Massachusetts, que tanto disfruté por varios años, ahora daban paso a rezos de perdón y reconciliación según el rito tradicional tsotsil de los Altos de Chiapas presidido por uno de los catequistas o ministros de la eucaristía.

    Durante estos días las comunidades tsotsiles de la parroquia de Zinacantán adornan sus capillas con miles de flores. Girasoles, aves del paraíso, rosas y gladiolas en torno al nacimiento del Niño Dios, en especial la bromelia o flor de Niluyarilo que es una especie endémica de los Altos de Chiapas hoy en peligro de extinción por su uso abusivo en algunas fiestas religiosas de la zona de Chiapa de Corzo. El pesebre se acompaña con guirnaldas de semillas y frutas, representando una explosión de vida de la Madre Tierra que agradece la llegada del Mesías niño. Plátanos, mandarinas, peras, naranjas, granadas chinas y limones, cuelgan en enramadas como cayendo del cielo. De manera paradójica el mundo de arriba florece y llueve frutos sabrosos para nutrir a la comunidad reunida en torno al mesías recién nacido.

    José y María habitan esa cueva verde sagrada revestidos con los trajes tradicionales tsotsiles. Él llevando el Pok’u’ul o poncho rosado bordado con flores, portando en el hombro un morral de cuero y huaraches en sus pies. Ella, engalanada con su il chil k’uk’umal o huipil emplumado, también repleto de bordados de flores y aves. Por todos lados florece la vida en estas comunidades, si bien enfrentan problemas nuevos como la presencia creciente del narcotráfico y las mafias criminales. La fuerza histórica de estos pueblos mayenses es la unidad comunitaria, aunque la división aparece ahora al interior de las comunidades entre grupos que sólo quieren seguir la Biblia y otros que mantienen viva la tradición de los ancestros, por ejemplo las procesiones a los cerros sagrados, como la comunidad de Pinar Salinas, que mantiene viva sus tradiciones ancestrales. Estas comunidades tienen una identidad cultural en movimiento que, con cada nueva generación, adquiere rasgos propios e inéditos. Tal es el caso de los coros de iglesia que prefieren ahora tocar instrumentos de banda norteña, como el tololoche para las cuerdas y la tarola para las percusiones, en vez del tambor y la chirimía de la música ancestral que conservan viva para las peregrinaciones a los cerros de los Altos de Chiapas y, cada año, en su peregrinación al Tepeyac en el valle de Anáhuac.

    Mi sorpresa fue grande cuando Petul, el catequista e intérprete, durante la Misa de Navidad, traducía mis brevísimas reflexiones bíblicas en largas descripciones de lo que contaba sobre el relato de María, el niño y los pastores en el evangelio de Mateo. No me quedaba alternativa sino confiar en su habilidad de intérprete, dirigiendo la mirada a la comunidad para asentir cuando lograba yo identificar alguna palabra en voz del catequista. Mi intención era subrayar la importancia del mensaje de los ángeles a los pastores en Belén: “gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los seres humanos que ama el Señor” (Lucas 2: 14) que nos invita a hacer algo semejante. Aprendamos a ser como los pastores –decía yo a la comunidad con gestos enfáticos– quienes lograron ser un espejo para reflejar la gloria de Dios por medio de la paz aquí en la tierra tan amenazada de guerras. Y concluía el sermón recordando a la comunidad allí reunida que ese mensaje era aún más urgente hoy porque Belén está en Palestina, asediada hoy por una guerra cruel hecha en nombre de Dios. Y la comunidad respondió con un “¡Viva al Niño Dios nacido en Palestina!”, seguida de la tradicional diana interpretada con enjundia por el coro.

    ¿Hay algo que celebrar en las periferias del mundo del privilegio? ¿En qué lugares Dios se acerca a nosotros para ser destello de luz que alumbra a las naciones? ¿Quiénes pueden ayudarnos a ver esos chispazos en medio de la larga noche que atraviesa la humanidad?

    Lo primero que me viene a la memoria es aquella reflexión de Hannah Arendt en su libro La condición humana, señalando que en cada nacimiento de un ser humano hay una promesa de futuro para toda la humanidad. La pensadora bebía del pozo de su tradición hebrea para hablar del futuro como algo por ser cumplido a fuerza de justicia como interrupción del mal en la historia. Pero quizás ella olvidaba el corazón de la promesa hecha por Dios a Abraham y Sarah en su sentido espiritual que consiste en que la promesa es un regalo del Eterno que ofrece su ser mismo a la humanidad herida. No es casual que esa promesa tenga un nombre, aquél que la fe hebrea y cristiana llaman “mesías”: el ungido por la Ruah divina para consolar al pueblo sufriente. Un mesías que tarda en llegar, que hace larga la espera y, de manera paradójica, que ya está presente “en lo secreto” invitándonos a entrar en ese espacio de redención “por la puerta estrecha”. ¿Qué significa esa metáfora? Cobra aun mayor relieve este pensamiento al celebrar el nacimiento de un niño galileo de hace dos mil años en Palestina.

    El nacimiento del hijo de María en Belén de Palestina, contado así por los evangelios sinópticos, es una señal que vale la pena rastrear como rumbo para el camino en medio de la noche. Ese niño hebreo, hijo de migrantes que van huyendo del poder romano representado por Herodes y se refugian en Egipto, es la promesa cumplida de los tiempos mesiánicos. Aquellos que llegan con dolores de parto en lo más frágil de la condición humana expuesta a tantas violencias antiguas y nuevas. Su infancia contada en retrospectiva por los evangelistas se desplegará con el tiempo, sobre todo en el breve periodo de escasos tres años que vivió como predicador itinerante en Galilea. Él anunció el cumplimiento de los tiempos nuevos que podremos reconocer en tiempo presente cuando “los ciegos ven, los sordos oyen y buenas noticias son anunciadas a los pobres” (Lucas 7: 22).

    Nosotros estamos invitados a pasar por la puerta estrecha del mesías que es la puerta de lo pequeño: “Hay que hacerse pequeño para entrar en el Reino de los cielos” (Mateo 18: 3), decía Jesús, el Galileo. La Biblia está plagada de historias de esa otra perspectiva, como lo cantaba Ana en el libro de Samuel: “Levanta del polvo al desvalido y alza de la mierda al pobre para hacerlo que se siente entre príncipes y herede un trono de gloria”. O también el himno de Jesús que alaba a su Abbá celestial porque “ha escondido las cosas del Reino a los sabios y entendidos y las ha revelado a los pequeños”, los nepioi del evangelio de Lucas en griego (10:21).

    La llegada del Mesías subvierte la lógica de los poderosos y construye un mundo nuevo desde quienes habitan en los escombros. Como en Gaza y en los Altos de Chiapas.

    Mis primeras semanas en tierras tsotsiles me han permitido conectar de nuevo con el Ch’ulel, o fuerza espiritual de múltiples significados, que descubrí hace cuarenta y cinco años en estas comunidades, cuando llegamos de visita como novicios dominicos junto con fray Raúl Vera. Es el espíritu de los Altos de Chiapas que se manifiesta en sus cerros, bosques y neblina, animales y naguales, el que anima a las comunidades para florecer y prosperar. Desde entonces, al menos una vez al año he vuelto a los Altos de Chiapas y a las cañadas de Ocosingo para seguir descubriendo la experiencia de fe de los pueblos mayenses, con su espiritualidad ancestral fecundada por la fe en Jesús de Nazaret como mesías e hijo de Dios.

    Ahora me dispongo a explorar y disfrutar por un largo periodo la vida creyente de estos pueblos, con las nuevas expresiones en la espiritualidad y el arte, así como en la lucha por la justicia frente a los grupos de necropoder que hasta aquí han llegado con sus tentáculos de corrupción del dinero fácil y de falsa ilusión de una felicidad a base de poderío armado, drogas, alcohol y pactos criminales. Hace unos días me comentaba Angélica, querida amiga de Ecosur, que hay varios proyectos de investigación en curso, sociológicos y antropológicos, sobre las infancias y juventudes indígenas urbanas en Jobel. Están acompañados por iniciativas de la sociedad civil y de las iglesias, como Melel Xojobal para brindar alternativas de educación, vida social y diversión a esta población altamente vulnerable a las redes de criminalidad que se adueñan de la zona norte de esta ciudad que cuenta con la mayor población indígena de México.

    Celebrar la Navidad en esta tierra es un llamado a volver a las márgenes de mi matria para reaprender el lenguaje de los pequeños del Reino. En el corazón de sus anhelos busco volver a las fuentes de la fe, aquella que heredé de mis ancestros de sangre y de espíritu en la orden de predicadores.

    Navidad discreta. Tiempo de gracia y de verdad gracias al mesías niño arropado de flores y canto, de lágrimas y susurros de vida que no se rinde al mal en esta región alejada en las montañas del sureste mexicano. Comunidades que, en lo secreto, metamorfosean la adversidad en dones de vida.

    Jobel, 27 de diciembre de 2025

    Nota: Comenta abajo lo que significa para ti la Navidad.

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