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  • La monstruosidad de la religión Sobre un debate moderno en curso“Paroxismo”, Iván Gardea, grabado, Cuernavaca, 2019

    La monstruosidad de la religión Sobre un debate moderno en curso

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

     

    Está semana fui invitado a la presentación en Cuernavaca de un libro que recoge una conversación fallida entre John Milbank, teólogo anglicano británico, y Slavo Žižek filósofo esloveno ateo, en torno a la monstruosidad de Cristo (La monstruosidad de Cristo: ¿paradoja o dialéctica?). La traducción al español fue publicada por la Universidad Iberoamericana Ciudad de México, por iniciativa de Ángel Méndez Montoya, como parte de un innovador programa editorial para ofrecer a personas lectoras de México y el mundo de habla castellana debates teológicos actuales en torno a Dios como problema ontológico, como fuente de sentido ético en una civilización moderna sacudida en sus fundamentos y como problema político.

     

     

    Antes de asistir a la presentación en la Biblioteca Galería Miguel Salinas de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, ubicada en el centro histórico de la ciudad en una casona antigua restaurada como centro cultural, tuve la fortuna de conversar con el artista juarense Iván Gardea, al visitar su exposición en el Jardín Borda que está abierta al público hasta fines de septiembre.

    El maestro Gardea, además de ser un impresionante grabador, en la más rigurosa tradición mexicana del grabado que se remonta a Posadas y al Taller de Gráfica Colectiva de hace un siglo, es un pensador nato, letrado en temas de literatura, música, filosofía y teología. Nos habíamos conocido en su taller hace seis años, para preparar la exposición de su serie de grabados sobre la violencia inspirada en el pensamiento de René Girard, que realizamos en la Galería Andrea Pozzo de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México en 2019, con motivo del congreso internacional “¡Resiste! Violencias, resistencias y espiritualidades”, organizado de manera conjunta por la universidad jesuita con la Revista internacional de Teología Concilium, donde tuve la ocasión de ser parte del consejo directivo y editorial por ocho años.

    Durante nuestra conversación en el luminoso patio colonial del Jardín Borda, Iván me contó historias sobre su trabajo artístico en curso, una serie de grabado precisamente sobre la monstruosidad de lo sagrado en la sociedad actual, perdida entre el liberalismo occidental “desfundado” de toda creencia y los ateísmos de cuño materialista que pululan en ambientes académicos como sociales. A juicio de Iván, si bien lo interpreto, esa monstruosidad tiene muchas aristas, entre ellas el nihilismo como una forma de vida sin esperanza. Fue grande mi sorpresa al escuchar sus reflexiones pues esa misma tarde íbamos a hablar de la “monstruosidad” de Cristo en el debate Žižek – Milbank.

    Así que brevemente le resumí las ideas que más tarde expondría yo en torno a ese libro, alternando con los queridísimos colegas Sylvia Marcos, reconocida antropóloga del género en Mesoamérica que conoció a Žižek en Eslovenia; con Ángel Méndez, teólogo cuir que trabajó su tesis doctoral sobre teología del alimento bajo la dirección de Milbank; y con Nicolás Panotto, teólogo protestante argentino con quien comparto proyectos en el grupo “Teología después de Gaza” convocado hace dos años por Mitri Raheb para repensar la teología política.

    En el claustro del Jardín Borda, le comentaba a Iván que, a mi parecer, la monstruosidad que importaba discernir hoy era aquella de la religión que pervierte lo sagrado, expresada como sionismo judío y cristiano, asociado a movimientos de extrema derecha en el mundo que, en nombre de Dios, no solamente pervierten la Biblia en su teología de la elección y la promesa, sino que incitan a la violencia genocida manipulando el sentimiento religioso de comunidades enteras. Otro ejemplo es el caso de la telepredicadora Paula White en la Casa Blanca asesorando a Trump, a su vicepresidente Vince y al secretario de estado Rubio en una cruzada por hacer que su país “retorne a los valores cristianos”.

    Otro ejemplo emblemático de la monstruosidad de la religión dentro de las instituciones religiosas son los casos criminales de manipulación de lo religioso por parte de líderes corruptos creando emporios financieros basados en la ambición sin medida con control de masas adormecidas. Este fenómeno ha producido corrupción de élites políticas, sociales y religiosas en varias latitudes del planeta, acompañada de abusos sexuales y espirituales de personas, tráfico de prebendas políticas y financieras por parte de personalidades religiosas perversas como Marcial Maciel y Naasón García en México, Fernando Karadima en Chile y los líderes del Sodalicio en el Perú.

    Esa monstruosidad de lo religioso es la que importa analizar desde el pensamiento crítico para contribuir a desmantelar en el ámbito social sus redes de poder. Es urgente hacerlo por medio de periodismo de investigación como el de Emiliano Ruiz Parra (Emiliano Ruiz Parra: Serie de HBO, vehículo masivo para la desmitificación de Marcial Maciel), de comisiones de la verdad como la que propusiera el entonces candidato Borič en Chile (que por cierto nunca llevó a cumplimiento), para asegurar la rendición de cuentas ante la sociedad como obligación del estado laico y, sobre todo, garantizar la justicia restaurativa para las víctimas.

    Iván llamaba a estos grupos religiosos de hoy una parodia de lo religioso y, a la vez, otra versión de la modernidad que está colapsando en nuestros tiempos.

     

     

    Avivado por esta apasionante conversación me di a la tarea de compartir mis ideas en la presentación del libro en el evento preparado por la Facultad de Psicología de la UAEM, en conjunto don la Cátedra Doble Legado “Jean Robert y Sylvia Marcos”. Resumo lo que expuse en ese conversatorio.

    Lo primero fue subrayar la importancia de abordar el libro como una provocación teológica desde nuestro contexto latinoamericano y caribeño, de manera que sea posible hacer una lectura crítica de los autores europeos del libro, siguiendo de cerca su argumentación y subrayando otras perspectivas interculturales de acercamiento al mysterion de lo real que las religiones llaman Dios.

    Luego, cabía recordar ahí que el significado de Cristo para la humanidad en tiempos del colapso civilizatorio que vivimos hoy parece una cuestión irrelevante frente al incremento exponencial de la violencia bajo una nueva figura que algunos llaman, siguiendo a René Girard, la “escalada a los extremos de la aniquilación del otro”. No parece relevante discurrir sobre un personaje religioso que quedó atrapado por una religión que domesticó su amor universal. Mucho menos parece importante perderse en el debate entre un filósofo esloveno y un teólogo británico cuando nos encontramos en medio de la desolación de las guerras de genocidio en Gaza, de exterminio en Congo y Sudán del Sur, de desapariciones forzadas en México, donde lo urgente consiste en detener la espiral de odio si deseamos hablar del ethos político y espiritual posible para la humanidad en esta hora incierta.

    Y es precisamente aquí que la pregunta por la experiencia de Jesús de Nazaret en su siglo I de la Era Común, enfrentando el odio en su propio cuerpo, puede ser relevante para nosotros hoy.

    Los debates académicos suelen extraviarse en el mundo de las ideas, por muy aterrizados que quieran ser. Defender o acusar a Hegel de las soluciones diversas a la dialéctica de la historia para justificar el materialismo teológico como hace Žižek, o promover la ortodoxia radical de Milbank como vigía de la Ciudad de Dios parece algo secundario cuando se trata de enfrentar otra monstruosidad, aquella que tiene muchas cabezas como la del odio y de la muerte que produce la hidra capitalista, patriarcal y de hegemonía blanca y occidental.

    Incluso defender o acusar a Maestro Eckhart -o mejor al ex fraile dominico Rainer Schürmann (El Principio de Anarquia: Heidegger y la Cuestion del Actuar), uno de sus intérpretes modernos multicitado por Žižek- por su interpretación de la negatividad del ser divino como antecedente del momento de negatividad de la dialéctica hegeliana parece paja cuando la prioridad es pensar la negatividad de quienes habitan en “la región del no-ser”, como decía Fanon, y están siendo reducidos a la nada.

    Propuse entonces un acercamiento descolonial del libro La monstruosidad de Cristo. ¿Paradoja o dialéctica? Un libro erudito que hará correr mucha tinta en el mundo de la academia sea para validar el agnosticismo teológico de Žižek, o bien para confirmar la filosofía teológica de Milbank.  La pregunta crucial que plantea el libro radica en el callejón sin salida de la razón frente al misterio del ser. Sin embargo, lo que conviene explorar es un acercamiento ontológico diferente, aquél que piensa “el ser que envejece y muere”, como decía Levinas.

    Para ello, es preciso acudir a la Biblia como fuente originaria de esa inteligencia de la paradoja del ser y luego a la filosofía apofática para deletrear la inteligibilidad del absurdo cuando el cristianismo anuncia un “mesías crucificado” como sentido de la historia. Siguiendo esta ruta será posible cruzar la línea abismal para pensar la monstruosidad del ser, pero en tanto resplandor del instante mesiánico en el que la historia parece abrirse como un recoveco de “esperanza contra toda esperanza” a través de “las heridas que curan”.

    Surge así otro modo de hablar del vínculo crítico entre la filosofía, la teología y la política, no como idea ni como potestas política, sino como nudo mesiánico, es decir, resistencias a la violencia que tejen quienes habitan en “las sombras de las sombras de las sombras”.

     

     

    “En sus llagas seremos curados” dice el oxímoron del deutero Isaías (53:5) escrito por un discípulo del profeta durante el destierro de su pueblo en Babilonia. Se trata quizás de la cumbre de la revelación del Primer Testamento y una de las más radicales verdades sobre la condición humana, lo político y la esperanza. Con esta luz, por cierto, será leída siglos después la tortura y la ejecución de Jesús de Nazaret por el poder romano en complicidad por las autoridades del Templo de Jerusalén y la turba enardecida.

     

    El destierro fue un lugar espiritual y teológico para el discípulo del profeta, como lo fue para Juan el Bautista y tantos profetas de la historia “cuya voz clama en el desierto” (Juan 1: 23). Hasta llegar a la voz de Munther Isaac en el sermón de Navidad de 2021 en Belén de Palestina. El destierro babilonio significaba una contradicción para el pueblo expatriado: por un lado, el dolor de ser arrancados de su patria, por otro, el reconocimiento de que solamente han podido vivir de las migajas de Nabucodonosor II, el rey babilonio. Y, sin embargo, en los cuatro poemas que conservamos en el libro de Isaías, la verdadera fuente de vida será el pueblo-discípulo. El poder babilonio aplastó al poder davídico. Pero el pueblo sobrevivió en virtud de su fidelidad a la alianza primera, si no todo, al menos los pocos Tzadikkim o personas justas e la historia. Y por eso, aquel pueblo sufriente es la fuente de “otro modo de ser”, más allá de la esencia del poder babilonio, en la potencia de quienes resisten. Ellos son el siervo de Yhwh.

     

    Siguiendo esta chispa del anónimo discípulo de Isaías, podemos entonces releer la historia de “los malditos de la tierra”, de ayer y hoy. En particular, la historia del pueblo palestino que, en el fondo sin fondo de su dolor por el genocidio padecido, hace que de sus heridas todos podamos sanar si abrimos la vida y la acción a ese clamor. Un eslogan de la Flotilla Sumud Global precisamente dice eso: “Quisieron borrar a Palestina, y ahora Palestina navega en todos los mares”.

     

    Ante la monstruosidad del exilio en Babilonia, el pueblo hebreo de los anawin, de los pobres de Dios, hace surgir la belleza del Sumud o resistencia ante la catástrofe que les ha llegado.

     

     

    ¿Qué dialéctica de la historia en la lectura hegeliana recreada por Žižek rige la historia? La de los opuestos que se aniquilan buscando una supuesta síntesis de Aufhebung o superación de esta rivalidad que no hace sino prologar los estertores de la humanidad con el triunfo de los verdugos.

    Tampoco la filosofía de la Ciudad de Dios añorada por John Milbank como un retorno a la teocracia, superando los estrechos límites de la autonomía moderna que se convirtió en pesadilla, es capaz de cruzar la línea abismal que separa al privilegio de la desolación.

    ¿Acaso tienen razón ambos autores en ese ficticio diálogo en plantear la alternativa entre dialéctica del sábado santo que aniquila a los débiles en el Sheol y la paradoja del Domingo de Pascua que se anuncia como el triunfo de las víctimas sobre los verdugos?

     

     

    Ni paradoja ni dialéctica, sino contracción mesiánica del ser que envejece y muere.

    Eckhart nos puso alerta sobre las figuras y los ídolos (deitas) que sustituyen al Dios inefable (diuinitas). Pueden ser ídolos religiosos o políticos. Lo crucial en la vida del Espíritu es por eso, pa el dominico alemán, el desapego (Gellasenheit) como una forma de negación apofática o negativa, que no dialéctica de las suplantaciones de la Divinidad.

    El Pseudo Dionisio había explorado previamente esa vía de la superación del ego, dando curso a la experiencia de las Madres y los Padres del desierto en su confrontación con los demonios antes de llegar a la contemplación del mysterion del Dios vivo.

    Por eso hoy, la teología apofática es compañera de la teoría política del común que plantean las colectivas y subjetividades ubicadas en las periferias del mundo hegemónico, pero enraizadas en el mundo de la conexión vital de lo humano, lo cósmico y lo divino.

    Escuchando el clamor, la indignación y la esperanza de los más vulnerables de hoy podremos entonces acceder a la aparente monstruosidad de Cristo que deviene entonces la belleza de los olvidados que re-existen cuando dicen basta a la violencia del ser imperial que mata.

     

    Puebla, 14 de septiembre de 2025

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