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  • Historias del agua Sobre los clamores de un lago y una cuenca de los valles en MéxicoPablo de la Fuente | Gráfica Diablo Rojo | Dejarse ir | Santiago de Chile, 2022

    Historias del agua Sobre los clamores de un lago y una cuenca de los valles en México

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    “Un Salto por la Vida” es un colectivo de la sociedad civil de El Salto, municipio del estado de Jalisco, que visitamos hace un año las personas que participamos en el encuentro-festival Re-existe en el ITESO de Guadalajara, México. Sus pobladores y activistas ya veían venir desde hace años la crisis del agua contaminada que estalló el domingo pasado en Guadalajara. La contaminación brutal y el desabasto creciente han sido provocados por el espejismo industrial del mal llamado Sillicon Valley mexicano, una aberración ambiental que siguen promoviendo gobiernos y empresas de la región, con su estela de destrucción del entorno ambiental y social que ha sido documentada por los pobladores, la sociedad civil organizada y las universidades del Occidente de México.

    Poco a poco, el clamor de las familias -con niños y ancianos enfermos por el consumo del vital líquido por el impacto devastador de los químicos presentes en el agua “potable” – fue dando paso a la resistencia de la sociedad civil. Los estudios científicos dieron sustento al activismo social para promover el derecho al agua como un objetivo prioritario de la lucha por los derechos humanos en tiempos donde la sociedad moderna parece no querer despertar de la pesadilla del desarrollo.

    “Las guerras del futuro serán guerras por el agua”, recuerdo que pronosticaba un historiador al inicio del milenio. Y lo que parecía una distopía lejana hace un cuarto de siglo se ha hecho historia cotidiana en todas las latitudes de planeta, desde Gaza y Cisjordania en Palestina hasta Wallmapu en el extremo sur del continente americano.

    En México, el lago de Texcoco y la cuenca del río Lerma-Santiago se han convertido en un aguijón que duele, sobre todo por la voracidad de las megalópolis que fagocitan todo a su paso. Pero al mismo tiempo ambos territorios se han convertido en semilleros donde nacen las rebeldías cuando sus pobladores ponen el dedo en la llaga y comienzan un camino, doloroso pero esperanzado, de intervención socioambiental para salvar un lago de ancestral historia y una cuenca vital para en el centro-occidente del territorio mexicano.

    La “Carta del Lago de Texcoco” fue una iniciativa propuesta hace una década por el Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra y los pobladores de Atenco, con sus estudiantes, activistas y artistas, para entonar una elegía al agua que diera voz a su lucha y visibilizara su visión del territorio. El poeta, académico y activista Al-Dabi Olvera me abrió el camino hace años para comprender esa resistencia poético-política por medio de las prácticas narrativas que realizamos bajo su guía en la Universidad Iberoamericana Ciudad de México con el proyecto de investigación llamado Narrativas de Resistencia. Esa Carta comienza diciendo:

    “Desde que nací supe del lago, es la herencia de mis padres,

    es la vida que tenemos, la que queremos que nuestros nietos vivan.

    Anáhuac es estar entre aguas,

    peces, ranas y ajolotes, patos, chichicuilotes y golondrinas.

    No faltaban quelites, quintoniles, verdolagas.

    Los pueblos supieron convivir con las aguas,

    recogiendo el ahuautle, el tequesquite.

    Ese lago se llama libertad”.

    Se trataba de una elegía al agua perdida y un canto al agua recuperada. Años después ese lago ha sido declarado por fin reserva natural por el gobierno federal y sus humedales están siendo recuperados gracias al arduo y constante trabajo comunal, con alianzas con el gobierno en turno, que esperamos siga adelante en los años por venir más allá de los intereses políticos partidarios de hoy.

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    En nuestros tiempos de Inteligencia Artificial el agua está siendo convertida en codiciada mercancía. Un “producto” indispensable para la industria digital porque los centros de datos la requieren: tan solo un centro estándar consume al  año 25 millones de litros del vital líquido para el enfriamiento de las computadoras que alimentan “la nube”. Una nube que es más bien un averno de semiconductores y redes digitales al servicio de los poderosos. En efecto, la devastación ecológica ya se produce de manera alarmante en territorios de Texas y Ohio, y se multiplica desde China hasta Argentina, ahí donde lo requieran los señores de la super industria digital que desean establecer sus negocios de datos ahí donde abunde el agua. En esos territorios el poderío israelí se expande de manera estratégica para vender tecnología, reproduciendo su negocio voraz y su poder sobre gobiernos locales en aras del supuesto progreso y la seguridad hídrica.

    El agua secuestrada por el fracking es otra contradicción de esta economía extractivista. Para extraer gas de regiones cada vez más profundas del subsuelo es necesario inyectar agua en cantidades insospechadas. La fuerza vital del agua se trastoca en poderío de muerte al servicio de la industria de la energía devastadora del petróleo y el gas que hoy controlan los Estados Unidos, China y Rusia en todo el planeta.

    Y para colmo, el agua de la industria refresquera es otra cabeza de la hidra capitalista, como la llaman los zapatistas, que transmuta un bien precioso en veneno en cada gaseosa que se pone en la mesa de los pobres. México es el país que más consume refrescos en el mundo y, como triste ejemplo, siendo Chiapas el estado del país que mayor índice de pobreza tiene y donde más se consumen refrescos con la desnutrición y enfermedades que produce. Este es un lamentable ejemplo del principio illichiano de la contraproductividad: es preciso derrochar doscientos litros de agua -en la cadena hídrica desde el cultivo de caña o maíz para procesar azúcar hasta la producción del refresco- para poner en el mercado una botella de Coca Cola. La ciudad de San Cristóbal de Las Casas lleva en el alma el agua, con su nombre tsotsil Jobel o tierra de humedales: cuerpos hídricos que aun sobreviven a pesar de la explotación de los manantiales y la pésima administración pública que privatiza pozos, monopolizados hoy por Coca Cola, y urbaniza esos cuerpos de agua habitados por carrizales, aves y anfibios cada vez más raros.

    Para completar este cuadro del horror ambiental que tiene secuestrada al agua en nuestros días es necesario mencionar las aguas negras de los desagües de las metrópolis del mundo que han convertido los ríos y las cuencas donde antes fluían humedales, arroyos y ríos, en cauces de desechos químicos, orgánicos y energéticos de la industria del plástico, del acero y de los semiconductores. Pero lo más macabro de estos flujos es que se han convertido también en receptáculos de restos humanos de personas desaparecidas por las mafias criminales, transmutándose así en ríos de iniquidad.

    Así nos encontramos arrojados en el caos socioambiental por la civilización de la máquina hoy travestida en algoritmo de poderío voraz.

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    Y en medio de tantas astillas que duelen en el cuerpo de la madre tierra y de nuestros pueblos, ¿dónde hay indicios de consuelo y esperanza para rescatar y curar este cuerpo socioambiental herido?

    Las resistencias de los pobladores de Atenco en Texcoco y de El Salto en Jalisco son como esporas que se van esparciendo por valles y cañadas del mundo gestando nuevos organismos a su paso. Lo hacen a escala pequeña, pero real. Sus modos de organización, sus marchas de protestas, sus rituales de cuidado de la madre tierra y de las personas y creaturas más vulnerables en la comunidad son ya indicios de otro modo de ser, más allá de la codicia.

    Sin romantizar esos movimientos, sabiendo que también viven tensiones por el poder, el control de la narrativa y la obtención de recursos del estado y de los fondos internacionales de solidaridad, reconocemos que ahí se balbucean otros lenguajes con sus verbos descoloniales: comer, aprender, organizarse… y esperar.

    Ahora nos toca a cada una de nosotras, personas y comunidades, vivir y contar nuestras propias historias de resistencia. ¿Cuál es tu historia del agua?

    Jobel, 17 de octubre de 2026

  • En búsqueda de la unidad perdidaBordado para la exposición "Maternar" en el MUAC – UNAM, como homenaje a las madres rastreadoras. Bordado por Pau Cuarón

    En búsqueda de la unidad perdida

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

     

    La represión militar de las protestas en apoyo a inmigrantes en Los Ángeles, los bombardeos israelíes en Gaza y el asesinato de madres y padres buscadores de sus familiares por las mafias criminales en México son heridas lacerantes de la unidad perdida de la humanidad de hoy.

    Si bien la violencia es tan antigua como la memoria humana, lo que en días recientes nos deja azorados es ver campear el cinismo del gobierno estadunidense al “justificar” por motivos de seguridad nacional las redadas policiacas contra migrantes indocumentados, cuando en realidad se trata de una estrategia típica de toda dictadura para controlar a la población y militarizar el país. La pasividad de la masa sometida a la dictadura digital de las falsas noticias difundidas en los medios de comunicación tradicionales como prensa y televisión, que se viraliza en las redes sociales en dosis concentradas, viene a fortalecer el poderío populista que se extiende por el mundo cruzando ideologías. Desde los grupos fundamentalistas de extrema derecha en los Estados Unidos, Israel, El Salvador, Argentina e Italia promoviendo el “mundo libre”, hasta India, Rusia, Venezuela con ideologías nacionalistas identitarias, o incluso Brasil y México con una supuesta izquierda en el poder que desconoce a los pueblos originarios.

    Estamos a merced de esos poderes mediáticos en la era de la post verdad, que mejor habría que llamar la edad de la mentira impune. Ya no nos asombra la descalificación de las víctimas que hacen los poderosos, ni el uso abusivo de la palabra para denigrar al otro que se extiende como pandemia en foros públicos y privados. El lenguaje se ha pervertido en su vocación original: en lugar de reflejar la realidad con imaginación creadora, la distorsiona, la manipula y la acomoda a los intereses mezquinos de quienes detentan el poder económico, social o religioso.

    Hoy no importa promover la unidad de la humanidad, pues los líderes populistas enfatizan la separación entre “ciudadanos libres” y la población sobrante, entre pueblos “democráticos” y naciones corruptas. Una locura que lleva ahora a la escalada de la violencia de Israel y sus aliados contra Líbano, Siria e Irán.

    No importa incluso que las ciencias modernas nos hayan confirmado la unidad del género humano a partir del ADN, dando sustento genético a aquella íntima convicción de la unidad de la especie humana que culturas diversas habían expresado en el pasado por medio de mitos, relatos y símbolos potentes para celebrar la belleza de la condición humana en su diversidad étnica y cultural.

    La búsqueda de la unidad perdida ha sido la hoja de ruta de las tradiciones sapienciales y religiosas de la humanidad. Por medio de mitos y rituales esos saberes exploran desde antiguo los caminos para acompañar a los pueblos en la travesía para edificar la comunión que persiste como anhelo colectivo humano. A veces esa unidad la apreciamos como un pasado extraviado, otras como futuro anhelado que, en ambos casos, parece escaparse de nuestras manos.

    Las religiones nacieron para conectar a los pueblos con esa fuente de unidad primigenia que conecta lo humano, lo cósmico y lo divino. La fe en un Dios único fue la apuesta de las tradiciones monoteístas para interpretar aquella común pertenencia de los pueblos y culturas a una fuente trascendente de vida de la que mana la unidad del cosmos y del género humano. Más que una revelación venida de lo alto, esa fe monoteísta expresaba en su génesis histórica un anhelo de recuperar la unidad perdida.

     

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    En este contexto de duelo global por la violencia del nuevo imperio de supremacía blanca y capitalismo extractivista, que arrasa con todo a su paso, vale la pena reflexionar sobre la unidad de Dios, según diversas gramáticas religiosas, por su impacto en nuestro modo de recuperar la añorada unidad perdida.

    Las comunidades cristianas conmemoran este fin de semana, el domingo posterior a Pentecostés, la fiesta de la tri-unidad de Dios. Una creencia que es motivo de escándalo para los monoteísmos hebreo e islámico que confiesan la unidad originaria de Yhwh o Allah como único padre misericordioso del universo. Durante dos mil años el corazón de la fe cristiana ha sido confrontado por esas tradiciones monoteístas considerándolo una herejía. También ha sido motivo de mutuas interpelaciones entre las tres religiones abrahámicas por no alcanzar a dar testimonio conjunto de esa unidad de Dios, la creación y del género humano. No obstante, durante breves periodos de convivencia pacífica, como durante el Califato Omeya de Córdoba en los siglos X y XI de la Era Común, esas diferencias fueron mediadas por un mutuo entendimiento de la raíz creyente en un solo Dios viviente y la diversidad de interpretaciones de aquella unidad divina como fuente de la común unión entre el mundo divino, humano y cósmico.

    Dos mil años después el cristianismo sigue afirmando, de manera provocadora, que Dios es a la vez uno y trino, triuno decían algunos teólogos ya desde la antigüedad cristiana resaltando la comunión íntima del ser divino. Comunión en la diversidad dirán hoy las teologías queer para enfatizar la comunión de mutua hospitalidad en la diferencia.

    Hace 1700 años, en el año 325 de la era común, el primer Concilio de Nicea comenzó a explorar la mutualidad del ser amoroso entre Jesús de Nazaret y su Abbá que abría espacio a un tercero. Años más tarde, el primer Concilio de Constantinopla en 381 incluyó al Espíritu Santo en esta comunión dinámica que es como una “circularidad divina”. La famosa perijóresis trinitaria de los Padres Capadocios.

    Siguiendo este legado, san Agustín y santo Tomás de Aquino como clásicos del cristianismo antiguo y medieval, buscaron armonizar la fe en un único Dios con la confesión cristiana de la comunión de personas divinas que comparten el mismo ser en una relación de amor. Lo que parecía en la letra un debate teórico rebuscado, en realidad ponía sobre la mesa la importancia de considerar la divinidad, no en una aislada perfección celeste, sino en su vulnerabilidad radical íntima que le pone en relación consigo misma como misterio de comunión y con el cosmos como misterio de sinergia.

    Maestro Eckhart, dominico del Rin en el siglo XIV, solía describir esa circularidad divina afectando íntimamente al alma humana como una espiral de anonadamiento: “El Espíritu Santo toma al alma y la arrastra a lo más puro y alto, a su origen que es el Hijo, y el Hijo la continúa arrastrando a su origen, que es el Padre, al Fondo, al Primero, en que el Hijo tiene su ser» “Adolescens, tibi dico: Surge», Sermón 18, en Tratados y sermones, p. 236)

    Recuperar la unidad perdida de la especia humana en su comunión con el cosmos y con Dios en tiempos de rivalidad y odio, tal vez sea el mejor modo de honrar el antiguo monoteísmo trinitario que el cristianismo ofrece como destello de redención a la humanidad hoy fragmentada por la espiral violenta que repele toda intimidad de vida.

    Del fondo de las redadas angelinas, las ruinas gazatíes y las fosas clandestinas mexicanas, una cruel trinidad de nuestros tiempos, surge un clamor de unidad que proviene de las víctimas de hoy y sus sobrevivientes que nos llaman a adentrarnos en el fondo sin fondo de la vida que resiste.

    Tal vez ahí se encuentre nuestra brújula para recuperar la unidad perdida.

     

    Ciudad de México y Johannesburgo

    14 de junio de 2025

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