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  • De mundos alternos que se tocan Conmemorando el primer centenario del nacimiento de Ivan IllichStreet Art | Elogio de la bicicleta | Buenos Aires, 2015

    De mundos alternos que se tocan Conmemorando el primer centenario del nacimiento de Ivan Illich

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

    Entre la Europa de la posguerra y la América Latina y caribeña del espejismo moderno hubo flujos de vida y pensamiento que iban y venían entre ambos litorales del Atlántico. Lo que antes fuera la frontera de conquista, colonización y evangelización —con las creaciones criollas y mestizas que reinventaron Occidente durante el periodo colonial— se convirtió en tiempos modernos en un océano de susurros de mundos nuevos, navegando a contracorriente del progreso y de la industrialización.

    La década de los años sesenta del siglo pasado vio surgir en Cuernavaca, México, un río de pensamiento yendo “al norte del futuro”, como Ivan Illich gustaba enunciar el porvenir llegando a nosotros aquí y ahora, citando el poema de Paul Celan, ese autor hebreo rumano que tanto le fascinaba:

    En los ríos, al norte del futuro,
    tiendo la red que tú
    titubeante cargas
    de escritura de piedras,
    sombras.

    En mi mano el otoño come su hoja: somos amigos.
    Extraemos el tiempo de las nueces y le enseñamos a caminar:
    regresa el tiempo a la nuez.

    En el espejo es domingo,
    en el sueño se duerme,
    la boca dice la verdad.

    Mi ojo asciende al sexo de la amada:
    nos miramos,
    nos decimos palabras oscuras,
    nos amamos como se aman amapola y memoria,
    nos dormimos como el vino en los cuencos,
    como el mar en el rayo sangriento de la luna.

    Nos mantenemos abrazados en la ventana, nos ven desde la calle:
    tiempo es de que se sepa,
    tiempo es de que la piedra pueda florecer,
    de que en la inquietud palpite un corazón.
    Tiempo es de que sea tiempo.

    Es tiempo.

    La investigadora austriaca Isabella Bruckner, joven profesora en el Ateneo de San Anselmo de los benedictinos en Roma, que ahora se traslada a Friburgo de Brisgovia, organizó un coloquio europeo para profundizar en el legado teológico de Ivan Illich, rastreando la genealogía de sus intuiciones más profundas sobre la crisis de la modernidad instrumental, surgidas de lo que él llamó la perversión del cristianismo.

    Junto con el profesor Martin Kirschner, de la Universidad Católica de Eichstätt en Baviera, fui invitado a ofrecer una ponencia conjunta, comparando la teología política que surge en algunos lugares de Alemania y México inspirada en las intuiciones e ideas de Illich. El desafío era doble porque suponía encontrar un suelo común y un lenguaje apropiado para dar cuenta de experiencias de proximidad y convivencialidad en países tan disímbolos en su cultura política: el pueblo alemán debatiéndose hoy por la complicidad de la Unión Europea como aliada de Israel y Estados Unidos en su guerra geopolítica en Medio Oriente, y el pueblo mexicano seducido por los cantos de las sirenas de la Cuarta Transformación y los alaridos de la Copa del Mundo de Futbol que silencian el drama de las personas desaparecidas y la corrupción del narcogobierno en buena parte del territorio del país.

    Cuando fui invitado a participar, sugerí a la organizadora invitar a personas que por años han caminado inspiradas por el pensamiento de Illich, en particular a Javier Sicilia, Sylvia Marcos, Roberto Ochoa y Rafael Mondragón, poco conocidos por la academia europea. Así que me di a la tarea de presentar en mi ponencia las ideas centrales de este diálogo crítico sobre lo que Humberto Beck llamó la Escuela de Cuernavaca, con el pensador hebreo y cristiano de la proximidad y la convivencialidad. Subrayé los nuevos derroteros que se presentan en México y otras partes del mundo de abajo y de las periferias de los centros de poder hegemónico, donde fluyen las resistencias como otros modos de comer, sanar y educar —según decía el añorado Gustavo Esteva hablando de los verbos revolucionarios— para promover autonomías territoriales, epistémicas y espirituales que dan sustento a comunidades y pueblos que enfrentan a la hidra de muchas cabezas que devora el mundo.

    Uno de los temas illichianos que más impactó a colegas en Alemania durante la pandemia de COVID-19 fue la crítica a la maquinaria industrial farmacéutica, promovida por los gobiernos democráticos occidentales que impusieron políticas de salud pública sin considerar la autonomía de las personas y las comunidades en la elección de los modos más adecuados para enfrentar la pandemia. Mis colegas alemanes, Martin Kirschner y Markus Riedenauer, insistieron en la vigencia de esa crítica al poder del Estado para imponer esquemas obligatorios de vacunación, sin tener en cuenta las graves objeciones científicas al uso indiscriminado de la vacuna y a los efectos que esta causó en la población.

    Otro tema recurrente en los debates de Roma fue el de las autonomías territoriales, epistémicas y culturales que surgen al colocar en el centro de la vida la proximidad del cara a cara o, en palabras de Illich, la convivencialidad como modo de existencia y el lugar que se habita con la fuerza de lo vernáculo. Tanto en Europa como en América Latina y el Caribe, esas autonomías han andado camino en décadas recientes, con la conquista de cuerpos y territorios por parte de mujeres, pueblos originarios y colectivas queer/cuir, entre otros colectivos en resistencia.

    Les sorprendió a los colegas europeos el enfoque diverso sobre las implicaciones éticas, políticas y espirituales de la obra del pensador migrante Ivan Illich. Desde su diáspora de la Iglesia clerical hasta su vuelta a los clásicos medievales como Hugo de San Víctor —pasando por su convivencialidad con comunidades puertorriqueñas en Nueva York y luego con comunidades campesinas en Cuernavaca— Illich fue testigo de esos mundos otros que se tocan. Fabio Milana, editor, junto con Giorgio Agamben, de la obra de Illich en italiano, presentó una joya de investigación de archivo de la familia Illich para contar la “vocación de Ivan”, como joven hijo de madre hebrea y padre cristiano, que cultivó desde la infancia y la juventud la pasión por el pensamiento surgido del cristianismo como acontecimiento de la encarnación del Verbo de Dios. Un núcleo que, más adelante, quedaría como rescoldo en la obra del pensador migrante hasta nuestros días, en la que ahora recuperamos esa mirada prístina de Illich sobre una iglesia sin poder.

    Quedó abierta la propuesta de proseguir la exploración del pensamiento de Illich desde sus diversas perspectivas, tanto la europea como la latinoamericana. Esperamos organizar un encuentro en Cuernavaca que anime estos diálogos y nuevos modos de vida en la convivencialidad de quienes resisten la era del sistema, recuperando el lugar y lo vernáculo como ejes de otra modernidad posible.

    Esta semana inician los talleres culturales de escritura y pintura en Sots’leb, como parte de los preparativos para la conmemoración de los 500 OP Chiapas, que se llevará a cabo el sábado 6 de junio en Zinacantán.

    He tenido la fortuna de contribuir a la organización de estos eventos a cargo de los maestros Antún Kojtom, pintor tseltal de Tenejapa, y Xun Betán, antropólogo y poeta tsotsil de Venustiano Carranza. Estos actos de memoria colectiva buscan explorar la vigencia de las culturas de los Altos de Chiapas y su encuentro con los frailes dominicos en un diálogo que comenzó hace quinientos años.

    Un mural en la explanada afuera del templo de San Lorenzo Mártir de Zinacantán plasmará escenas de la religión ancestral del pueblo tsotsil, tales como el rezo en los cerros a cargo de los Jiloletic, la bendición de las abuelas y la importancia de los cargos tradicionales como vínculo de la comunidad. Como parte de esa ancestral historia, en el centro del mural aparece una escena del encuentro imaginario entre un Jilol o vidente tsotsil con fray Bartolomé de Las Casas, acompañado a sus espaldas por otros frailes que cuidaron el legado del Evangelio ligado a la defensa de los derechos de los pueblos, como fray Matías de Córdoba contribuyendo a la independencia de Chiapas y, en tiempos recientes, fray Raúl Vera con jTatic Samuel Ruiz caminando con los pueblos mayas. Y al extremo derecho del mural, el maestro Antún creó una bellísima escena del diálogo entre el sabio de Pochutla Chan ak’abal o serpiente nocturna,  y fray Pedro Lorenzo de la Nada, ambos sentados bajo una ceiba, el árbol sagrado de los mayas de la selva Lacandona, en mutua escucha: el fraile hablando con elocuencia y respeto, el sabio maya señalando a la tierra y tocando su corazón.

    Quienes puedan asistir el sábado 6 de junio a Zinacantán podrán participar en el develamiento del mural, acompañado de poesía tsotsil y música tradicional, para refrendar de esta manera el diálogo de saberes que buscamos seguir promoviendo entre frailes y comunidades tsotsiles, y fortalecer la vida de los pueblos con la savia vital de sus tradiciones ancestrales y la fuerza profética del Evangelio.

    Roma, 17 de mayo de 2026

  • La otra Europa Relatos entre Baviera y la costa del mar BálticoCarlos Mendoza | Castillo de Malbork, Pomerania, Polonia | 2026

    La otra Europa Relatos entre Baviera y la costa del mar Báltico

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

    Me encuentro en Europa por unas semanas, disfrutando de tiempo para leer y escribir, actos elementales de la cultura, tan añorados en Boston y ahora en Chiapas. Este tiempo lo puedo disfrutar gracias a la hospitalidad de un buen colega y amigo, el profesor Martin Kirschner, y de este espacio de studium, que me ofrece la oportunidad de dar algunas clases y conferencias en esta universidad del interior de Baviera.

    Desde hace años, mi amigo Piotr, originario de Silesia en el sur de Polonia, me invitaba a visitarlo con su familia en Pomerania. No tenía idea de dónde se encontraba ese lugar con el nombre de un lugar que me recuerda a la novela El Señor de los Anillos hasta que, hace unas semanas, preparaba mi viaje desde Eichstätt.

    Un largo fin de semana, durante la estancia germana, fue la ocasión propicia para viajar a la costa del mar Báltico, aterrizando en Gdansk, puerto símbolo en tiempos modernos del movimiento obrero de Solidarność que lidereó Lech Walesa e inició el colapso de la cortina de hierro, con la manipulación de la famosa trinidad Wojtyla-Regan-Thatcher que aprovechó esa coyuntura histórica de la grieta abierta por la clase obrera polaca para hacer avanzar su agenda geopolítica.

    Recién llegado a esa tierra costera, el paseo por el centro histórico era obligado. Piotr se esmeraba en contarme la historia de los Caballeros Teutónicos que gobernaron y administraron esas tierras desde el siglo XIII, como antecedente del Imperio prusiano que, más tarde, en tiempos modernos, comandaría sus huestes para extender su poderío sobre todas las naciones eslavas, desde Polonia y Chequia hasta Hungría. Tras el fracaso de la custodia de los Lugares Santos, esa milicia de la Cristiandad medieval y moderna transitó hacia un poderío territorial de gran alcance hasta inicios del siglo XV, cuando se trasladó a Königsberg y luego a Austria en tiempos prusianos. El castillo más grande de Europa se encuentra en Pomerania, en la ciudad de Malbork, con sus ladrillos rojos típicos del gótico báltico que, al atardecer primaveral, relucen como fuego encendido en la ribera del río Nogat, afluente del Vístula, que recorre de sur a norte toda Polonia, desde Silesia hasta el Báltico.

    Para los polacos de hoy, esas raíces góticas son parte de su identidad cultural, si bien mantienen distancia de la vecina y rica Alemania, así como de la Rusia imperial que vuelve a ser una amenaza real de guerra e invasión en la región.

    Ese temor a la guerra lo percibí también en los diálogos con mis colegas en Eichstätt, tanto por la amenaza rusa como por el poder enloquecido de Trump. El silencio cómplice de la Unión Europea y la OTAN apoyando la industria bélica de Estados Unidos e Israel en estos tiempos del genocidio en Gaza y Cisjordania, la invasión del Líbano y la guerra con Irán no tardará en dar frutos amargos para Europa. Lo que preocupa a los colectivos más conscientes de la crisis civilizatoria actual es el desmantelamiento del derecho internacional que está llevando a cabo ese “puñado de tiranos”, como les llamó el Papa León XIV, que controlan el mundo mediante la guerra global.

    Ya en Pomerania pude conocer algunos pueblos del interior que, según me contaban mis anfitriones Piotr y Aga, son de la región más pobre de la Polonia actual. Las fincas de campesinos se esparcen por colinas onduladas, donde se cultivan en primavera y verano cereales, papas y forraje para el ganado, y hay pequeños centros urbanos con buenas condiciones de vialidad y urbanismo. Se percibe una cultura del trabajo agrícola, mezclada con un aire campirano, en la que las artes y los deportes forman parte de la vida cotidiana de las familias.

    Aga es una pintora que ha abierto su taller-galería Ligo en el galpón de la antigua finca, donde, una vez al año, presenta exposiciones de su pintura, en las que predominan desnudos y retratos con cierto aire impresionista, colorido y naíf. Cuando visitamos la playa en el famoso centro turístico de Sopot, en las orillas del mar Báltico, pude apreciar el gusto de toda la familia, con sus tres hijas inteligentes y hermosas, por el mar en primavera. Percibí ahí un modo de recreación poética que brota del alma báltica.

    Durante una conversación con amigos de Piotr y Aga, en particular con un psicoterapeuta de Gdansk, surgió el tema de la vulnerabilidad de la juventud polaca rural ante la incertidumbre del trabajo y de la guerra, que abona a un creciente aislamiento social, con la incapacidad de tender vínculos personales más allá de su círculo virtual.

    Otros rostros de Europa los percibí en Pomerania, hoy marcada por la incertidumbre y el trauma aún presente de la guerra.

    Sobre esa otra Europa he venido conversando con mi amigo Martin desde hace al menos cinco años, cuando, en 2021, me invitó por primera vez a venir a Eichstätt para dialogar sobre la teología política para Europa en tiempos de polarización creciente. En aquel coloquio, al inicio de la pandemia de COVID-19, la conversación giraba en torno a cómo mejorar las condiciones de vida democrática en esta región del mundo, con el valor incuestionable, en ese momento, del derecho internacional y de los derechos humanos como marco de referencia universal para la convivencia entre las naciones. Un lustro después, lo político parece jugarse en otro plano aún más fundamental: el de la sobrevivencia en un contexto de guerra global, frente a redes transnacionales letales.

    La próxima semana participaré, junto con mi amigo alemán, en un coloquio internacional organizado por la colega austriaca Isabella Bruckner, en el Ateneo Anselmiano de los benedictinos de Roma, sobre el legado teológico de Ivan Illich, en el centenario de su nacimiento.

    Como en muchos lugares del mundo, personas de la academia y de movimientos sociales estamos ahora releyendo su obra para encontrar luces en medio de la oscuridad de esta crisis civilizatoria que atravesamos como humanidad.

    Me acerqué a la obra de Illich gracias a Javier Sicilia y a Jean Robert, quienes, desde 1996 en la librería Bajo el Volcán, comentando mi tesis doctoral Deus Liberans —donde hacía yo una genealogía de la modernidad como negación del otro indio, siguiendo a Las Casas y Dussel en discusión con Levinas y Ricoeur— ambos mencionaron la urgencia de volver a Illich por su devastadora crítica a la era de los sistemas. Desde entonces he seguido leyendo al pensador austriaco, participado en coloquios en Cuernavaca, y organizado mesas redondas sobre su legado en la Universidad Iberoamericana Ciudad de México primero y luego en el Boston College.

    Casi siempre se lee a Illich como pensador crítico de la razón instrumental, pero sin su trasfondo teológico. Tal era el enfoque agudo de Gustavo Esteva, para quien la contribución de Illich valía por sí misma como filosofía de la proximidad y de la crítica a los sistemas, pero sin su relación con el cristianismo. Un enfoque con el que discrepaba Gustavo en nuestras conversaciones en Santa Fe.

    Por eso, el coloquio de Roma me parece tan relevante hoy, pues se trata de buscar el hontanar teológico de la crítica illichiana a la modernidad, para complejizar el análisis surgido desde el pensamiento secularizado. Así será posible contribuir, a mi parecer, a visibilizar y promover las espiritualidades de las resistencias, aquellas que tejen las víctimas de la era de los sistemas como sobrevivientes de la lógica de la máquina y del algoritmo. Hablaremos de experiencias de convivialidad en Alemania durante el COVID-19, de resistencias de autonomía de cuerpos y territorios en México, así como de formas de proximidad, del rescate de lo vernáculo y de la radicalidad de los cuidados como pistas para enfrentar la violencia sistémica que muchas veces nos agobia.

    En la próxima entrada les contaré mis impresiones sobre ese encuentro que se realizará en la colina del Aventino, en Roma.

    Koślinka y Eichstätt, 8 de mayo de 2026

  • (Trans)modernidades indianasJuan Chawuk | Conexion Cósmica | San Cristóbal de Las Casas | 2000

    (Trans)modernidades indianas

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    La fila de autos para llegar al paraje de Apaz se extiende por varios kilómetros en el horizonte, siguiendo el camino estrecho de terracería que serpentea entre los cerros. El bullicio de la fiesta se percibe a lo lejos, ya desde Navenchauc, con su laguna contaminada, antes rodeada de laderas arboladas y ahora invadidas por las casas de tabique sin terminar. El caserío es un espectro de desolación grisácea, como puede verse en los suburbios pobres de cualquier ciudad del mundo moderno.

    Más de ciento cuarenta personas, jóvenes en su mayoría, acompañadas por sus familias y comunidades, esperan pacientemente al obispo y a los frailes para la celebración del sacramento de la confirmación. Una multitud de más de quinientas personas, engalanadas para la ocasión, celebra con recogimiento la liturgia de la unción con el santo crisma, mientras el coro monumental canta invocaciones al Espíritu Santo en tsotsil. Don Rodrigo nos delega a los tres frailes presentes para que realicemos junto con él, distribuidos en cuatro grupos de confirmandos, el rito de la confirmación. Consiste en la imposición de manos, la unción con el santo crisma y la bofetada en la cara para llamarles a vivir la audacia (parrēsía, en griego) propia del seguimiento de Cristo en medio de un mundo cada vez más violento. Pronunciamos con reverencia las palabras en tsotsil siguiendo la frase litúrgica: Ich’bo li skélobil li’e + ja’ matanal yu’un Ch’ul Espíritu: Ta j’ch’un | Li jun o’onale teyuk ta ajotol: Xchi’uk vo’ot (Recibe este símbolo, que es el don del Espíritu Santo. Lo creo | La paz esté contigo. Y contigo).

    La misa prosigue su curso y, luego de la consagración del pan y del vino como cuerpo y sangre del mesías Jesús, tres músicos tradicionales entonan el canto ancestral, que la asamblea en su mayoría acompaña con la danza ritual, pues por desgracia una parte de la comunidad ya no suele incluir esos signos tradicionales en sus celebraciones. El coro monumental y el equipo de medios de la parroquia participan con su talento juvenil en la festividad, vestidos con su traje tradicional y cantando en tsotsil, pero también revestidos de la tecnología que ha cambiado sus mentes y modos de vida. Modernidad indiana -por glosar la expresión de cronistas novohispanos en un nuevo contexto- de una generación que vive enraizada en “el costumbre” con mucha convicción, pero apasionada a la vez con nuevos estilos de vida mediados por los algoritmos y la inteligencia artificial. Así, las juventudes de hoy exploran lo que son sus identidades en movimiento.

    ¿Qué ha provocado estos cambios en los Altos de Chiapas que conocí por primera vez hace casi medio siglo, región entonces azotada por la pobreza extrema y hoy viviendo la bonanza económica que se refleja en casas de concreto y vehículos todo terreno? Aquella modernidad de la contra-productividad -analizada en su génesis histórica por Ivan Illich y pensada por Jean Robert como perversión del lugar– irrumpió con fuerza en el territorio de la nación tsotsil.

    En décadas recientes la economía zinacanteca ha experimentado un crecimiento exponencial, gracias al arduo trabajo del pueblo tsotsil en el cultivo de la flor y la excelencia de sus textiles. En particular, los invernaderos han transformado el paisaje de los señoriales cerros en un mosaico de metal y plástico con invernaderos que resguardan los cultivos de las flores de Zinacantán. Rosas, gladiolas, anturios, aves del paraíso, hibiscos, bromelias, rosas del desierto y alhelíes son las más populares en el mercado local, desde donde se exportan a los estados vecinos de Tabasco, Campeche, Yucatán y Quintana Roo, también a la Ciudad de México.

    En los alrededores se ven efectos similares. Las casas de las familias tsotsiles en Chamula expresan este boom económico por medio de una nueva arquitectura indígena que es mezcla de colores tradicionales con formas kitsch, similar al de Freddy Mamani, el creador boliviano de la llamada “arquitectura neoandina”. Esas casas reflejan el nuevo estatus económico de sus habitantes producido por el comercio local, las remesas de los paisanos y, según estudios de 2001 a la fecha, algunos negocios criminales entre los que destaca de trata de personas.

    Algo similar en lo referente al hábitat sucede en Zinacantán con nuevas formas de vivienda, ajenas a la arquitectura vernácula, que se desarrollan como imitación de otros municipios de reciente prosperidad económica. Este fenómeno ha producido una fisura en el  kuxlejal, o el modo de vida integral, que las comunidades zinacantecas desarrollaron por siglos, pero que ahora se derrumba por el manejo degradado de los bosques.

    A simple vista es posible ver la deforestación de los cerros que ha dado paso a los invernaderos, fenómeno que está produciendo ya efectos devastadores en el ciclo de lluvias y el empobrecimiento de la tierra. El uso de fertilizantes tóxicos y plaguicidas, ya analizado por estudios científicos, no cesa, a pesar de las campañas de promoción de la agroecología realizadas por organizaciones de la sociedad civil y por la Iglesia católica por medio de los ministerios de cuidadores de la Madre Tierra. La lógica implacable del mercado está arrastrando a los productores de flores a ese infierno ambiental ya visto en otras latitudes.

    Estas son algunas de las modernidades indianas que aparecen como espejismos para los pueblos tsotsiles de hoy, en donde la ilusión de la prosperidad económica está ocultando los efectos devastadores para la Madre Tierra.

    Hay otras modernidades por explorar siguiendo, entre otros, el modelo propuesto por la ecología política de Víctor Toledo y sus colegas científicos en todo el mundo proponiendo la bioculturalidad como un nuevo modo de entender nuestra relación con la Casa común en tanto especie humana para evitar la Gran catástrofe. Otros modelos subrayan la importancia de volver al cultivar y habitar desde lo vernáculo, sin renunciar a la ciencia y la tecnología modernas, pero orientándolas a la sustentabilidad de modos de vida de los pueblos.

    Quizás en ese derrotero de modernidades alternas, otras, en movimiento -y por eso trans-modernidades como lo propuso Enrique Dussel- las nuevas generaciones zinacantecas podrán encontrar su nueva identidad para formar parte de la economía regional y la cultura universal, preservando y promoviendo sus modos de vida propios, de comunalidad y de espiritualidad antiguas y nuevas.

    ¿Cuáles son los mejores modos de acompañar a los pueblos en su lucha por la vida desde el corazón de su espiritualidad? Con esta pregunta en el corazón vamos avanzando en el mutuo acompañamiento entre los frailes dominicos y los pueblos de los Altos de Chiapas.

    “Festejen a los frailes que llegaron y a los pueblos que los aguantaron”, me dijo Elena Poniatowska en una entrevista en diciembre pasado en su casa de Chimalistac, en la Ciudad de México. Y tenía razón en lo tocante a hacer memoria de un proceso histórico de quinientos años con luces y sombras, donde la evangelización de estas tierras de Chiapas estuvo marcada en sus inicios por un profundo respeto a las naciones originarias de parte de frailes como Bartolomé de Las Casas, de reconocida memoria como defensor de los pueblos indios, y Pedro Lorenzo de la Nada quien con rebeldía ante la cerrazón de sus hermanos partió a la selva para encontrarse con los pueblos Zendales, Pochutlas y Lacandones del siglo XVI. Por desgracia, con el paso del tiempo, aquel ímpetu de evangelización pacífica se tornó codicia con la acumulación de riqueza en fincas y haciendas de prioratos dominicanos que controlaron y sometieron a pueblos enteros en los siglos siguientes.

    Por eso, la narrativa conmemorativa de estos quinientos años que preparamos en San Cristóbal de Las Casas y en Zinacantán girará en torno al mutuo acompañamiento entre los frailes dominicos y los pueblos de los Altos de Chiapas: rememorando el celo apostólico de los primeros misioneros, a la vez que reconociendo el legado ancestral que persiste en la vida espiritual de los pueblos originarios que habitan desde antiguo estas tierras.

    Con la guía de un joven poeta tsotsil y de un reconocido maestro pintor tseltal, las juventudes zinacantecas irán tejiendo esa memoria colectiva desde su presente. Poesía tsotsil y pintura tseltal estarán en el corazón de los festejos culturales de los quinientos años de la llegada de los dominicos a México que preparamos para este año en Chiapas. De esta manera, el próximo mes de junio podremos celebrar con gozo y gratitud este camino compartido por medio milenio, con la mirada puesta en el legado de nuestros ancestros, mayas y cristianos, al modo de los frailes dominicos y de los pueblos de los Altos de Chiapas. Pronto les compartiremos el programa 500 OP – Chiapas que preparamos actualmente para celebrar la vida que florece en estas tierras.

    San Cristóbal de Las Casas, 31 de enero de 2026

    Nota: Espero que podamos proseguir la conversación con tus comentarios.

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