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  • Del fin de los tiempos al tiempo del fin Sobre el colapso de las certezas modernas y los retoños de vida en medio de los escombrosCandido Portinari | ONU Guerra y Paz | Óleo sobre panel de madera | Brasil 1957

    Del fin de los tiempos al tiempo del fin Sobre el colapso de las certezas modernas y los retoños de vida en medio de los escombros

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    La 81ª Asamblea General de la ONU que inició al martes pasado en Nueva York ha mostrado que la barca creada por los gobiernos del mundo tras el traumatismo colectivo de la Segunda Guerra mundial va a la deriva. El cinismo de Trump al dirigirse a los gobernantes de la comunidad internacional con la arrogancia de todo emperador en declive, amenazando a Irán de destrucción total, y hablando del continente americano como de su territorio, no augura más que una delirante violencia militar, financiera y mediática a escala global. También fuimos testigos del perverso espectáculo que ofreció Benjamin Netanyahu, en medio de las protestas de muchas delegaciones dejando la sala principal como acto de repudio mientras el primer ministro israelí intentaba hablar; ese personaje demoniaco, acusado de crímenes de guerra por la Corte Penal Internacional se dirigía a sí mismo y a sus secuaces para justificar el genocidio en curso contra el pueblo palestino, sostenido por la complicidad de empresas de la industria militar y digital de guerra que hacen hoy del mundo su botín.

    Las voces de presidentes que mantienen un sentido vivo del derecho internacional -como los de Brasil, Jordania, Catar, Turquía y Francia, con la sospechosa e infeliz ausencia de la presidenta judía mexicana-mostró el declive de ese foro internacional, incapaz de mantener los compromisos del derecho internacional moderno. Un ideal ético y político que sentó sus bases a inicios de la colonialidad moderna, con el grito del dominico fray Antón de Montesinos de 1511 en la isla de Ayiti, nombrada por los colonizadores como La Española: “¿Acaso éstos no son hombres?”, refiriéndose a los pueblos aborígenes conquistados. Un clamor que más tarde la Escuela de Salamanca promovió como Derecho de Gentes, antecedente del derecho internacional moderno, con el pensamiento de otro dominico, fray Francisco de Vitoria y demás maestros de la universidad salmantina.

    Pero ¿qué ha sucedido para que esos intentos de la humanidad en tiempos modernos hayan colapsado hoy? Varias voces del periodismo de investigación y las ciencias económicas y sociales, atribuyen la crisis civilizatoria actual al poderío devastador del capitalismo industrial moderno, transformado luego en capitalismo financiero y ahora travestido en capitalismo extractivista digital que, con la industria de guerra global y el dispositivo inaudito de la Inteligencia Artificial controla ya el mundo entero. Otras voces en el ámbito de las humanidades refieren la causa al modelo colonial que emprendió Occidente desde fines del siglo XV como una empresa de expansionismo de asentamientos controlando tierras, saberes “y almas”, como dice la teóloga afrobrasileña Silvia Regina de Lima Silba, por el sujeto moderno conquistador que procedió según la máxima política de la colonialidad: “conquiro ergo sum” o “conquisto, luego existo” que propusiera Enrique Dussel como axioma de la colonialidad moderna.

    Desde nuestra perspectiva, sin negar todos esos factores que han producido la crisis civilizatoria que hoy enfrentamos, siguiendo el hilo entresacado por Ivan Illich en la maraña de la sociedad de la máquina -desenredado en el contexto mexicano por Jean Robert, Sylvia Marcos, Gustavo Esteva- existe una causa de fondo de la crisis que podemos llamar “espiritual”, como enfatiza Javier Sicilia en sus escritos siguiendo a Illich el teólogo. Se trata de pensar la crisis global como una “crisis de sentido teológico” porque las sociedades modernas, incluidas las religiones y las iglesias cristianas, perdieron el piso de la encarnación del Verbo divino como fuente de humanidad, es decir, de proximidad con los seres humanos y con las creaturas del cosmos. “De la corrupción de lo mejor se engendró lo peor” según la máxima medieval retomada por Illich.

    En efecto, la modernidad tecnocientífica creó dispositivos de gobierno para controlar las subjetividades y los pueblos, convirtiéndonos en subsistemas de un gran sistema que es el estado-nación de bienestar, con sus herramientas como la escuela, el hospital, la cárcel y la religión para someter a los pueblos en aras del poder de las élites de control extractivista. Por eso, “la proximidad” con el otro quedó supeditada a poderes vicarios en los que todos nosotros fuimos delegando la caridad como acto supremo de la virtud humana a instituciones mediadoras, como la religión sacrificial y el estado benefactor.

    Se trata, por tanto, de recordar aquí que la vuelta al “reducto místico” o espiritual de la persona y de los pueblos -con sus expresiones de fuerza histórica que anima a las víctimas y como potencia de los pobres y excluidos que se rebelan ante la violencia sistémica- es la única brújula ética y política que tenemos como humanidad en esta hora de incertidumbre global.

    El colapso del sistema internacional moderno está dando paso a la barbarie global, con el poderío jamás antes visto de las élites de los “señores de la guerra”, como les llama el Papa León XIV, que gobiernan el mundo. Los potentados de Sillicon Valley, financiando a los gobiernos codiciosos del Norte y del Sur -como lo cuentan de manera detallada Naomi Klein y Astra Taylor en su reciente libro “El fascismo del fin de los tiempos y la lucha por el mundo viviente” que comentamos en la entrada anterior- seguirán comprando territorios, devastando ecosistemas, corrompiendo gobiernos y eliminando a los pueblos que resistan los genocidios y ecocidios que emprendan sus gobiernos cómplices para beneficio de la industria digital militar.

    Pero las resistencias en las grietas de esos muros, aquellas que preservan, reinventan y crean otros modos de vida en cada cuerpo liberado, lugar habitado y territorio autónomo, son las que nos mantendrán de pie como humanidad. En esas experiencias de otros modos de vida late “el tiempo del fin”, es decir, el destello de la vida que enfrenta la muerte y que nos conecta con la fuente de la Vida. En medio del “fin de los tiempos” que imponen los poderosos de hoy, las personas y comunidades en re-existencia siembran vida como semillas de tiempo mesiánico en las que late el mundo nuevo venido de Dios.

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    En los próximos días, en Arequipa, Perú, gracias la hospitalidad de Belissa y su comunidad en resistencia, compartiremos semillas de esos mundos otros que nacen del mutuo acompañamiento espiritual y teológico. Aquél que, desde hace once años, hemos emprendido un grupo de personas que nos encontramos en la encrucijada de la espiritualidad y el activismo social, para nutrirnos de la fuerza de la Ruah que anima las rebeldías diversas ante el necropoder, y que alumbra la esperanza combativa de quienes dicen “ya no más” a la lógica de muerte, comenzando a vivir, en el aquí y el ahora, “el tiempo del fin”.

    Lima, 26 de septiembre de 2026

  • Vulnerabilis Humanitas Sobre los destellos en las grietas del serRebeca Morimoto Hishikawa | Ilustración digital | Lima, 2021

    Vulnerabilis Humanitas Sobre los destellos en las grietas del ser

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    El jueves pasado, el colectivo JobeLab —formado por amigas y colegas de la ciudad para promover conversaciones abiertas sobre temas que importan a la calidad de vida de comunidades diversas— nos reunió en la librería La Madriguera, en el barrio de Guadalupe de la ciudad de Jobel, nombre indígena de San Cristóbal de Las Casas, para hablar sobre la Inteligencia artificial (IA).

    Un tema que convocó a cerca de cincuenta personas de diversas generaciones, perfiles e inquietudes, provenientes del mundo del activismo social, la universidad, la vida eclesial y las artes. El pretexto era proponer diversas lecturas de la carta encíclica “Magnifica Humanitas” del Papa León XIV, publicada el 15 de mayo pasado, en el centenario de la encíclica “Rerum Novarum” o Sobre las cosas nuevas, de su predecesor León XIII, cuando la Iglesia católica romana se planteaba los retos de la industrialización de la época.

    La pregunta de fondo, sin embargo, no era sólo técnica ni pastoral: era una pregunta por el alma de nuestra época. ¿Cómo custodiar la magnificencia y la vulnerabilidad de lo humano cuando las máquinas prometen eficiencia, cálculo y memoria sin herida? ¿Cómo reconocer, en medio del fulgor digital, que nuestra grandeza no consiste en volvernos invulnerables, sino en aprender a habitar la fragilidad (vulnerabilis humanitas) como lugar de encuentro, discernimiento y comunión humano-divina?

    Hoy, la digitalización ha traído consigo una transformación cultural sin precedentes. Los datos, los algoritmos y los prompts —esos instructivos maestros diseñados sobre bases de datos— ejercen una influencia omnipresente a través de nuestros teléfonos celulares, tabletas y computadoras que, como comentaba Abraham Mena, se aplican con creciente sofisticación a todas las esferas de la vida social: la economía, la ciencia, la tecnología, las artes, la sexualidad, la educación y la religión.

    Se trata de una “máquina” que no es inteligente, argumentaba Kathia Loyzaga, pero que debemos aprender a conocer en sus mecanismos y administrar: explorar sus posibilidades, reconocer sus límites y mantener siempre, como subraya León XIV, la primacía de lo humano, con su creatividad y su talento propio como imagen de Dios. Ese núcleo irremplazable es el corazón humano, que João Almeida nos recordaba como centro del mensaje religioso del cristianismo y de otras tradiciones espirituales de la humanidad. Una realidad de ser en relación con los otros que forma parte de nuestro camino de humanización y liberación, recordando a Paulo Freire.

    Además de reconocer las oportunidades de la IA para el desarrollo de la ciencia y la tecnología, con impacto inmediato en nuestras vidas, hemos de mirar también los riesgos que engendra el abuso de este dispositivo cuando queda en manos de gobiernos, ejércitos y empresas transnacionales que lucran con el aprendizaje automático” o “Machine learning” para su propio beneficio.

    Al abordar la dimensión ética de la IA, tema que me asignaron tratar en el conversatorio, quise recordar la advertencia de Ivan Illich sobre la era de los sistemas: un tiempo en que los humanos hemos pasado a ser subsistemas reemplazables, en cualquier momento, por robots y decisiones algorítmicas bajo el mando de un “puñado de oligarcas”, como dijo el Papa León en su reciente viaje por Camerún, refiriéndose a los amos de Silicon Valley.

    La humanidad magnífica y vulnerable ante los señores de la guerra

    El marco teórico del Papa León le permite moverse con soltura en una visión de la persona humana como ser en relación, explorando los vericuetos de la subjetividad narrada con maestría por san Agustín hace mil seiscientos años en sus obras teológicas y en su regla de vida monástica. Desde ahí, León XIV habla sobre la IA para elogiar a “la magnífica humanidad”, que ha recibido de Dios la huella indeleble de su amor, a la vez que reconoce los límites que no puede traspasar bajo pena de convertirse en fuente de caos moral. León subraya por eso que, si bien la humanidad es “magnífica” por su condición de imagen de la divinidad, también es “vulnerable” por ser creatura finita: una subjetividad que explora sus límites, los reconoce y los descubre como lugar de encuentro con los otros, con el cosmos y con Dios.

    Algunas voces de la comunidad teológica mundial proponen seguir pensando cómo acercarnos a la IA con sentido crítico, sin dejar de reconocer sus posibles beneficios para la especie humana y para el planeta. Una voz provocadora es la de Paolo Gamberini, filósofo jesuita italiano, quien imagina una encíclica papal sobre este tema desde el marco teórico del Cristo cósmico de Teilhard de Chardin, ese gran científico y místico del siglo XX. En su cosmología, la humanidad aparece íntimamente asociada a la evolución de las especies y del cosmos a partir del Alfa crístico, incluyendo creaturas nuevas —como la IA— asumidas todas por la Sabiduría divina en el movimiento hacia la Omega, donde el Cristo total será todo en todos.

    En el conversatorio surgieron lecturas distintas. La de un joven escultor, por ejemplo, que toma distancia de la IA porque, a su parecer, no puede sustituir el genio humano de la creación artística. O la voz de una líder en defensa de los humedales de Jobel, tierra de juncos y cuerpos de agua hoy amenazados por el desarrollo inmobiliario, el caos urbano y la desidia de una población que contamina sus cauces con basura, mientras el gobierno municipal se muestra incapaz de regular el desorden urbano. ¿Cómo la IA puede ser un instrumento útil para una planeación urbana que no desplace a los habitantes como actores del cuidado de la Madre Tierra?

    Nuevos conversatorios sobre la IA se preparan en foros diversos: en escuelas de la ciudad y en comunidades de Zinacantán, la ciudad vecina, donde las jóvenes generaciones conviven diariamente con la IA y la usan, muchas veces, de manera ingenua o indiscriminada. El objetivo será generar una reflexión colectiva sobre cómo “desarmar” a la IA de sus graves riesgos y peligros, y cómo “recuperar lo humano” en esta nueva época digital para los pueblos originarios, las comunidades mestizas y las ciudades multiculturales. Se trata de una tarea común que nos urge a promover la dignidad de todos los seres humanos, junto con las especies con las que compartimos este “lugar”, donde la vida florece de manera multiforme, en formas nuevas y sorprendentes de “lo vernáculo”, ese vínculo con el terruño tan querido a Illich como lugar de la convivencialidad porque solamente ahí florecemos como personas y como especie humana en armonía con el entorno vital que nos sostiene.

    Pero la recuperación de lo humano no se decreta desde una sala ni se agota en el análisis de una encíclica. Necesita encarnarse en vínculos, territorios, memorias compartidas y fuegos pequeños que resisten al viento. Por eso, al salir del conversatorio, la pregunta por la IA comenzó a resonar con otros nombres: humedal, volcán, cabaña, soplo, comunidad. Allí, en esas grietas donde la vida insiste, resistiendo a tantas violencias, la reflexión se volvió camino para aprender a ser de otro modo.

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    A propósito del legado de Ivan Illich, como parte de los numerosos eventos por el centenario de su muerte, el colectivo JobeLab organiza la presentación del libro “Hospedar el mundo: pensar con Ivan Illich bajo un techo común” de Elías González y Carlos Tornel, el próximo sábado 18 de julio a las 5 pm, en el Restaurante Belil de nuestra ciudad. Contaremos con la presencia de los autores y los comentarios de Irene Ragzzini, Fabio Ceballos y un servidor. Será sin duda la ocasión de compartir buenas contribuciones para pensarnos juntos en este entorno local.

    Del algoritmo a la fogata: el volcán-triángulo y el magma

    Tras el viaje a la tierra de los volcanes del valle Puebla-Tlaxcala que conté aquí la semana pasada, los ecos de mi relato retumbaron hasta Kerala, en la India, donde Kochurani Abraham, queridísima teóloga feminista, me escribió con emoción por ese anhelo compartido de un “Cosmic Home” donde muchos microplanetas y miniestrellas puedan ser cuidados con esmero con los destellos de la Ruah divina. Una cabaña-hogar que alumbre el camino, como paja que empieza a arder en el hueco de una fogata ya dispuesta por sus habitantes, quienes atizan las llamas con su soplo y con la ayuda de un “tlatecuinaltiani” o soplador de palma en náhuatl.

    También desde Oregón llegaron ecos de mutuo acompañamiento, con Juan Carlos y Carolina, soñando un “lugar” compartido donde podamos encontrarnos por temporadas, abiertos a la espiritualidad encarnada de la ancestralidad peruana quechua en comunión con la ancestralidad mexicana del altiplano. Y desde Minnesota, en las Ciudades Gemelas, Laurel envió remembranzas de su paso por Puebla y su sierra norte, cuando era estudiante de intercambio: una ruta que luego dirigió sus pasos a El Salvador para caminar con las Comunidades Eclesiales de Base del hermano país centroamericano. Y llegaron también otros ecos de Soweto, Wallmapu y Dakota, de amigas y amigos con quienes he vivido momentos memorables de espiritualidad enraizada en tierras sagradas diversas, con pensamiento y creación artística vernácula que nos permiten celebrar siempre la vida en las fronteras de la muerte.

    A lo largo de tres décadas he ido tejiendo redes de pensamiento, activismo y espiritualidad de la vida en las grietas de mundos hegemónicos, junto con colegas y compañeras de diversos colectivos y comunidades en resistencia, donde vamos aprendiendo a ser. De ahí surgieron procesos como el Mutuo Acompañamiento Espiritual y Teológico, que congrega cada año a un centenar de personas en casitas virtuales animadas por una persona chef, que culmina con un retiro anual, virtual o presencial, visitando territorios de resistencia. También han nacido, en este camino, los encuentros-festivales Resiste/Re-existe, con decenas de movimientos sociales del Sur epistémico en diálogo con personas de la academia y artistas, para fortalecer nuestras espiritualidades diversas, nuestra solidaridad mutua y nuestro pensamiento descolonial en construcción. Y como tercer vértice del triángulo, el pensamiento mismo: la intersección de la fenomenología posmoderna, la teoría mimética, el pensamiento descolonial y la filosofía apofática, enriquecida con nuevos enfoques gracias a una generación apasionante de compañeras y compañeros como Cleusa Caldeira y Pedro Igor Leite da Silva en Brasil, Laurel Potter en los Estados Unidos y El Salvador, Juan Carlos La Puente en Oregon y Perú, Juan Jesús Vázquez en México, y Soledad del Villar, Valentina Nilo y Martín Aguilera en Chile.

    Como colectivo de pensamiento filosófico y teológico descolonial nos reuniremos en marzo del próximo año en Cholula, Puebla, como terruño ancestral del volcán-triángulo, para compartir intuiciones, hallazgos y propuestas de pensamiento y vida, con el afán de seguir caminando con nuestras comunidades de pertenencia por elección en la construcción de otros mundos posibles, alentados por el magma incandescente de la Ruah divina en las grietas del ser.

    Jobel, 11 de julio de 2026

  • El primer cumpleaños de mi blogDenilson Baniwa | Curumim, guardador de memórias | Brasil, 2018

    El primer cumpleaños de mi blog

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    Una de las facetas del “intelectual desprofesionalizado”, usando esa expresión querida para Gustavo Esteva, luego de treinta años de vida académica en mi caso, ha consistido en explorar el territorio del blog. Todo un desafío ha resultado descubrir tierra esta inhóspita para un ciudadano de la generación llamada de los Baby boomers o de la posguerra.

    Esta aventura digital ha significado un reto para alguien venido del mundo de la prehistoria digital. Fui un niño de los años sesenta que creció jugando con Towi, pequeñas piezas de madera para formar figuras de casitas o animales, imaginando historias de indios y vaqueros. Infancia de juegos de carreras de cochecitos de metal, del tamaño de la palma de la mano, lanzados con golpes precisos dados con el dedo índice sobre el carrito, para hacerlo avanzar por el borde de la banqueta de cemento, dando la vuelta a la cuadra de la casa, ubicada en el bello barrio de San Francisco en Puebla. Recorríamos así un perímetro de unos cien metros, pasando largas horas con primos y vecinos. Luego vinieron los juegos de Mecano para armar máquinas y puentes con piezas de metal llenas de agujeros empalmados con tornillos. Eran momentos alternados con las carreras de carritos de baleros, corriendo veloces en las calles de pendiente. Ningún juego de videos marcó a mi generación.

    Para las actividades escolares, la máquina de escribir era nuestra aliada irremplazable en la secundaria y la prepa para presentar trabajos finales, haciendo copia de los trabajos con papel carbón en hojas de papel de china de diversos colores, según la materia cursada. Sufríamos como verdadero drama cometer un error de mecanografía porque había que escribir de nuevo toda la hoja.

    Años más tarde, cuando redacté mi tesis de doctorado en Friburgo ya pude usar la máquina eléctrica, con corrector integrado, lo que me parecía un salto cuántico con respecto a las máquinas mecánicas Olivetti de la infancia y adolescencia. Pero, aun así, cuando el riguroso director de tesis hacía comentarios al capítulo sobre las hojas de papel mecanografiado, entregado luego de muchos días y noches en vela, había que escribir de nuevo todo el capítulo. No existía la magia del copy-paste de los procesadores de textos que ahora nos hace ahorrar horas y días de trabajo en un solo clic.

    No obstante las grandes ventajas del mundo digital de nuestros días, recuerdo ahora con nostalgia aquel heroísmo de la escritura académica de los años de infancia y juventud que nos fue probando en el arte de la paciencia a la hora de escribir, corregir y preparar los trabajos académicos con cuidado, a ritmo de ensayo y error, en una parsimonia que favorecía la reflexión y, a veces, nos llevaba a la histeria colectiva.

    El engargolado final del trabajo mecanografiado era el toque maestro que, para estudiantes con buenos recursos económicos, se hacía con alarde al usar la nueva tecnología de encuadernamiento térmico, más fino y elegante, para impresionar al profesor.

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    De repente, sin percatarme del salto cualitativo al mundo digital, me ha tocado cruzar hacia otro territorio inhóspito llamado Inteligencia artificial. Hace unos años algunos periodistas y científicos hablaban del “internet de las cosas”, lo que parecía un oráculo de ciudad gótica traído al mundo digital. Todos los dispositivos tecnológicos diseñados con semiconductores y microchips se conectaban en una red secreta en alguna nube digital que parecía flotar sobre nuestras cabezas. Esa nube representaba quizás algo similar a lo que imaginaban las abuelitas cuando rezaban a los coros angélicos para que nos protegieran desde el cielo. La diferencia es que ahora esa nube es una amenaza porque almacena nuestros datos en algún centro controlado por Google o Palantir, devastando el territorio y a su población, pero sobre todo dejándonos desprotegidos ante esa vigilancia global que aterrorizó al Papa León XIV.

    En el mundo de la filosofía, recuerdo que, a inicios del nuevo milenio, Mariano Corbì, un jesuita catalán al que no le gustaba que lo identificaran como compañero de Ignacio, hablaba de “razón digital”, como alternativa a “la razón analógica” que había dominado a Occidente por miles de años, augurando un salto ontológico en las relaciones cósmicas y humanas que tendría impacto inmediato en una nueva forma de vivir la espiritualidad como “religión sin religión”.

    Por su parte, Ivan Illich, en su genial obra “En el viñedo del texto” publicado en 1993, exploraba el parto de Occidente en términos de tecnología de la producción de sentido a partir del libro medieval, siguiendo a su gran maestro parisino Hugo de San Víctor en su obra “Didascalicon”, como metáfora del argumento que se desprende como un viñedo de las hojas del texto con sus numerosas glosas. Basado en esa inteligencia del texto, Illich caracterizó la era de los sistemas que cruzaba la humanidad con la tecnología digital de fin del milenio pasado como un peligroso umbral de deshumanización.

    Pero ahora la Inteligencia artificial crece que llegó para quedarse como un entorno de control de datos y comunicación que, en su versión generativa, amenaza con tomar decisiones por sí sola, cruzando datos y sacando conclusiones, para tomar decisiones en las empresas, gobiernos y ejércitos que dependen de ella para lograr la eficiencia terminal (válgase la expresión) de sus objetivos comerciales y militares. Mucho tenemos que aprender, valorar y decidir para que esta nueva tecnología no termine por devorarnos como especie humana.

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    Hace un año, el 1° de junio de 2025, inauguré mi blog como un camino virtual para entretejer conversaciones con personas y comunidades con quienes comparto amistad, anhelos, ideas y algunas iniciativas en curso para sembrar un mundo un poco más humano en nuestros territorios propios. El mundo digital me permite así proseguir ahora el diálogo con personas del Sur y del Norte, con quienes he coincidido en algún momento de la vida personal, académica y pastoral, desde territorios Mapuche y Dakota hasta Sudáfrica, entre Boston y Chiapas, desde la Pomerania hasta El Salvador, Brasil y el Perú.

    Con el apoyo de Raquel, Sergio y Fátima, talentosos colegas del taller Afink y asesores en comunicación gráfica y digital, así como al ojo crítico de Eduardo Velasco como asesor de  la imagen del portal, he ido proponiendo cada semana un texto corto sobre temas de actualidad, con énfasis en el trasfondo humano, de pensamiento, de espiritualidad y de compromiso social para contar y tejer historias de dignidad y esperanza.

    Cumplir un primer año de publicaciones semanales me permite volver la mirada a los temas tratados -acompañados siempre con una imagen de arte decolonial o fotografía de mi autoría que he tomado en algunos viajes- para expresar mi agradecimiento por este aprendizaje colectivo, confiando en que la conversación siga adelante para nutrirnos mutuamente con palabras verdaderas.

    San Cristóbal de Las Casas, 29 de junio de 2026

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