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  • Sobre la esperanza en tiempos inciertosMadres buscadoras | NTR | Zacatecas, 2025

    Sobre la esperanza en tiempos inciertos

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

    Al atardecer de este sábado comienza la primera vigilia de Adviento, cuando las comunidades cristianas en todo el mundo iniciamos un camino, en medio de la noche de los tiempos, para recibir la luz humana y divina de la dignidad con esperanza que trae el mesías. En las celebraciones nocturnas resonará el antiguo canto Rorate caeli cuya letra y melodía es como un lamento que sube al cielo desde la ciudad desolada, clamando que “las nubes lluevan al Justo”, como imploraba el profeta Isaías (45:8) durante el exilio en Babilonia.

    Cada año, este calendario de cuatro semanas previas a la Navidad está acompañado de signos de luz, verdor, cánticos, dulces, ternura y comunidad. Según cada cultura, el tiempo de espera del advenimiento del mesías evoca la conciencia de que “algo nos falta” para el cumplimiento de esos tiempos nuevos de justicia, verdad, compasión y paz, no solamente para un pueblo que con arrogancia pretende ser el único elegido, sino para toda la humanidad e incluso para el cosmos entero.

    Cada generación ha visto señales terribles de que el mundo se está acabando, sea por epidemias que nos hacen sentir cuán vulnerables son nuestros cuerpos y conocimientos; sea por guerras de los imperios en turno contra poderes emergentes que amenazan su soberbia; sea por la incertidumbre de la propia vida que se ve disminuida por la edad, la enfermedad, el fracaso, la soledad o la desesperanza.

    Los textos bíblicos que las comunidades creyentes meditamos estos días hablan de la espera del mesías, primero con un fuerte tono apocalíptico que anuncia la destrucción del mundo corrupto, alcanzando a todo el cosmos con una catástrofe que destruirá todo por la soberbia humana que se ha adueñado de la creación.

    Luego, conforme se acerca la fecha de celebración de la natividad del mesías Niño, un nazareno, el tono de los textos se va haciendo más esperanzado por el anuncio del Dios cercano, humanizado, pequeño y frágil. Se trata de la promesa encarnada de una vida divina y humana que comienza en completa vulnerabilidad en la historia de una familia migrante con un bebé recién nacido, tratando de sobrevivir en la periferia del imperio y huyendo de la furia del gobernante local, para encontrar luego un refugio en Egipto, desde donde comenzará a escribirse una página definitiva de la historia de redención humana.

    Sin embargo, la depresión colectiva que atravesamos hoy como humanidad debido a la escalada a los extremos del odio –que cunde por el planeta de manera apocalíptica “como mentira de Satán”, decía René Girard en una entrevista que me concedió en 2007 en París (La esperanza como apocalipsis)– parece hacer ilusoria toda narrativa de esperanza para nuestros tiempos de incertidumbre. El genocidio en Gaza sigue su curso como clímax de la Nakba o Catástrofe iniciada en 1947 con la expulsión de cerca de un millón de palestinos de sus tierras para dar paso a la creación del estado de Israel en 1948; una violencia sistémica que sucede hoy ante nuestras pantallas digitales con la indiferencia actual de las redes sociales y de la comunidad internacional. Las guerras en Ucrania, Congo y Sudán del Sur se han “normalizado” al punto de no ser ya portada de periódicos, y mucho menos trending topic en el mundo digital. En México, la indiferencia de la opinión pública en temas urgentes como la crisis de agricultores de maíz, limón y aguacate que ha producido la violencia en Michoacán, junto con los feminicidios que persisten junto con la desaparición forzada de personas, hablan de un hartazgo de la población que se expresa en paros, tomas de carreteras y protestas en las calles. Pero la masa parece anestesiada y se refugia en burbujas de entretenimiento y compras desaforadas de temporada decembrina que, además de otros males, dejan a la economía doméstica en ruinas por los próximos meses y años.

    El consumismo religioso también es parte de la avasalladora mercadotecnia navideña, entre decoraciones kitsch y remembranzas de artesanías populares para preparar piñatas con los personajes del momento. No faltará ahora en las posadas mexicanas la piñata de Trump que se vende en varios mercados de México y los Estados Unidos, que recibirá palos como ritual de venganza entre risas y abucheos hasta que se quiebre el cartón y las mechas güeras del tirano salgan volando como estrellas fugaces en algún patio de vecindad en la Ciudad de México, Chicago o Los Ángeles para solaz de todos.

    Algunas pocas familias tal vez recuperen el sentido “místico” de la corona de Adviento, siguiendo al Avatar de Carlo Acutis explicando el Adviento 2025 que circula en redes, explicando con mucha propiedad el significado espiritual del rito de encendido de cada una de las cuatro velas de esta temporada que prepara la Navidad. La luz encendida cada domingo de Adviento simboliza al “pueblo que caminaba en tinieblas y vio una gran luz” (Isaías 9: 2) que anunciara el profeta al pueblo hebreo devastado por la división entre los pequeños reinos de Israel y de Judá, con sus líderes corrompidos por la idolatría del poder, buscando alianzas con la vecina Siria para vencer a la tribu rival.

    Y como un no-lugar en medio de tanta bulla, haciendo un vacío en medio de la algarabía citadina, en México las colectivas de Madres Buscadoras (Madres buscadoras encienden árbol de Navidad) montarán árboles de Navidad revestidos de esferas con los rostros de quienes nos faltan. Ellas son hoy “la voz que clama en el desierto” (Juan 1: 23) porque hablan en nombre de las víctimas de la guerra del narcoestado y de la idolatría del necropoder de nuestros días.

    Tal vez ahí radica el fondo teologal de esta temporada: la ausencia del mesías es algo que ha inspirado a generaciones hebreas y cristianas desde hace siglos para movilizarse a fin de hacer presentes los tiempos mesiánicos por medio de actos de rememoración, justicia y una (im)posible reconciliación.

    Más allá de una celebración folclórica del advenimiento del Dios-con-nosotros, de lo que se trata hoy es de ir al reverso de la historia para contemplar ahí, en el silencio de la noche, algún destello de luz que anuncie la llegada del mesías. Y quienes sienten en cada segundo de su vida, en cada respiro –como Vero y Fabiola, madres buscadoras que nos compartieron su esperanza en un encuentro reciente en Guadalajara– la ausencia que duele y moviliza a la búsqueda por amor, son quienes nos enseñan lo que significa la esperanza en tiempos de incertidumbre, corazón del Adviento.

    El próximo lunes 1° de diciembre, se presentará en línea el documental Re-existe 2025 (Presentación del documental Re-existe 2025), preparado por el realizador uruguayo Juan Meza. Ahí se cuentan algunas de las historias de despertar, sanar y acuerpar que compartieron personas de diecisiete países y diferentes tradiciones religiosas y espirituales de cuatro continentes enfrentando violencias diversas donde ha sido posible deletrear la esperanza.

    El Adviento es tiempo para seguir tejiendo redes de esperanza combativa, afirman los movimientos sociales en las periferias del imperio, a fin de que este mundo nuestro no se vaya al precipicio. Y es posible hacerlo escuchando a las personas que por años y siglos han resistido y ahora nos acompañan a re-existir.

    Porque habrá esperanza siempre que haya personas y comunidades que vivan el tiempo del fin, subrayado con tanta insistencia por Javier Sicilia y Elías González, como la oportunidad para entrar en otro modo de existir en medio de la violencia pero preñados con la espera activa de los tiempos mesiánicos.

    ¡Buen tiempo de Adviento!

    Ciudad de México, 29 de noviembre de 2025

    Nota: Agradeceré tus comentarios al final de esta página.

  • Sobre el ocio y el silencio en tiempos reciosSliman Mansour, Temporary escape, 2018

    Sobre el ocio y el silencio en tiempos recios

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

     

    Una de las ventajas de estar retirado ahora de la vida académica es tener tiempo libre que va transcurriendo día a día como un hilo de agua que baja por el monte y se va haciendo riachuelo hasta un día convertirse en río.

    La incertidumbre de ver transcurrir el tiempo al principio de una nueva etapa de vida puede ser incómoda porque viene acompañada de preguntas por la utilidad de la vida, en particular de cada jornada. Ya no tengo que prepararme desde la noche previa para tener actualizado el curso del día siguiente, con los materiales pedagógicos necesarios y el atuendo que usar para el ritual en el salón de clase. Un tiempo medido con anticipación, minuto por minuto, al tiempo que transcurrirá luego en el aula para lograr que la eficiencia asegure el éxito del programa, como pasó en los últimos años de docencia en Boston.

    Ahora tengo tiempo por fin para pensar, leer y escribir. Sin embargo, las ideas fluyen con una lentitud pasmosa a ratos, intempestiva de repente por la madrugada.

    No tengo que afanarme más en tener listo el Power Point con ideas claras, citas esenciales e imágenes sugerentes para “atrapar” literalmente la atención de estudiantes, cada día más distraídos por el mundo virtual a la vez que exigentes de los servicios del “instructor”. Si bien me llamaban “profesor” al dirigirse a mí de manera ceremoniosa, en realidad me estaban exigiendo labores propias de un instructor de gimnasio. No por casualidad así nos llamaban los expertos en educación escolarizada, “instructores”. Este servicio docente era una expectativa que se hacía sentir con todo su peso en los cientos de emails por mes que había que responder para aclarar dudas de clase, de autores y de tareas; o bien, para enviar reportes a los servicios escolares que pedían información de cómo íbamos dando seguimiento a estudiantes con padecimientos mentales, depresiones, síndromes de los que nunca había yo escuchado hablar, así como atención especial a personas con discapacidad motriz, visual, auditiva. Como nunca en mis treinta años de docencia, el más recurrente de los problemas que atender en Boston College era la depresión, asociada a la ansiedad, en particular durante los periodos de exámenes parciales y sobre todo finales.

    Y ahora que ya no tengo que vivir a sobresaltos en ese carrusel entre el aula y el cubículo, el tiempo se alarga y se desinfla, con la impresión de no moverse más.

     

     

    Son otras las actividades nuevas en esta etapa de “jubilado”. No porque siempre esté lleno de júbilo, aunque sin duda hay momentos de gran gozo, sino porque hay que reaprender a vivir el tiempo. Suelo despertar de madrugada como antes, pero ahora sin prisas, disfrutando de manera pausada el tiempo para meditar en silencio y emprender la caminata matutina. Prosigo el día con el ritual del café expreso y las noticias de primera hora en internet, revisando mientras paladeo el café una agenda que por fortuna ya no está llena de citas una tras otra. Ahora hay espacio y tiempo suficientes para “no hacer nada”. Lo que significa que hay que darse a la tarea de degustar esas horas del día en el ocio.

    Recuerdo con agradecimiento las clases del padre Ángel Melcón, notable filósofo tomista que fuera nuestro formador durante el noviciado de los dominicos en Agua Viva al pie de los volcanes, quien insistía, siguiendo a los Padres del desierto como Evagrio Póntico, en la importancia de reeducarnos durante ese tiempo de iniciación para pasar del “negotium” al “otium”, como un acto contracultural porque el negocio niega el ocio. Así nos invitaba a descubrir como novicios el tiempo de la pausa en la vida, del silencio, del aprender a no hacer nada.

    Hoy valoramos enseñanzas similares de las “madres y los padres del desierto” (Los Apotegmas de las Madres y los Padres del Desierto), como se llama en teología a las fuentes espirituales de la vida monástica cristiana primitiva en el norte de África y el Medio Oriente, con sus apotegmas o dichos de sabiduría espiritual que expresan la práctica ancestral del ocio. El negocio es el ajetreo mundano que impide el silencio y la contemplación que son precisamente la sustancia del ocio para vivir en libertad interior a fin de hacer frente al mal y practicar el bien.

    Pero qué difícil es ejercitarse de nuevo en este arte, luego de décadas de negocio académico y religioso. Me vendrá bien este “segundo noviciado” como un parteaguas para entrar a una nueva etapa de vida en el ocio de la contemplación ubicado ahora en el silencio del ser y en sus sombras.

     

     

    Sara del Carmen, querida amiga lectora de Coyoacán, me regaló hace unos días la novela El engima Spinoza escrita por Irvin D. Yalom, el siquiatra de Stanford. La coloqué sobre mi escritorio para cuando terminara de leer otra novela que es la tercera parte de la saga iniciada con La catedral del mar, escrita por el famoso abogado español Ildefonso Falcones, siguiendo la historia de un militar y aristócrata aragonés en Nápoles en el siglo 14 (En el amor y en la guerra. La catedral del mar 3). Si bien esta novela me fascinó por el modo de contar las guerras y los amores que dieron origen a la Europa latina que luego emprendió la conquista del Nuevo Mundo, pasar a la otra novela conectando la vida de un filósofo excomulgado por la comunidad judía de Ámsterdam en el siglo 17 con los traumas del ideólogo de Hitler y su aversión a los judíos en pleno régimen nazi, me trajo al centro de una pregunta que hoy lacera mi conciencia en torno a la perversión de la religión judía y cristiana convertida en arma de guerra.

    En años recientes, la cuestión palestina se ha ido ahondando en mi mente y corazón como un clamor de las víctimas de hoy donde surgen con mayor radicalidad preguntas por Dios, por el mundo y por mí mismo que no acabo de contestar. Obviamente la religión judía pervertida por el sionismo, tanto cristiano como judío en nuestros días, provoca en mí un franco rechazo porque un siglo después de la Shoah el Estado israelí reproduce la misma monstruosidad, en nombre de Dios y con la complicidad del sionismo cristiano de extrema derecha, para aniquilar a un pueblo hermano semita.

    El ocio que disfruto ahora me permite atar los cabos sueltos de las emociones, ideas e historias que durante los años recientes han ido aflorando en su mi vida, mostrando su íntima conexión. Spinoza padeció la excomunión de su comunidad judía en Ámsterdam con una ataraxia epicúrea que me ayuda a entender la vocación que otros pensadores libres han seguido, con sus reverberaciones en mi propia vida y de quienes habitamos en las periferias de los sistemas.

    La famosa expresión Deus sive Natura, Dios o Naturaleza, propuesta por Spinoza resume quizás el daimon o genio moderno que hoy nos urge recuperar. Me lo decía Boaventura de Sousa Santos en un intercambio de mensajes personales, cuando le invité a escribir un artículo sobre Dios como crítica a la idea cartesiana, que por desgracia no pudo ser publicado en el número de la revista Concilium La Providencia Divina. Más allá del paradigma de la omnipotencia  porque ya había sido compartido en la red (El fin del confinamiento del Dios cartesiano). Los excesos de la religión han hecho de Dios un ser trascendente, como sustancia imperial omnipotente asociada a los poderes de este mundo, cuando en realidad es inmanente al mundo, argumentaba Spinoza. Panteísmo a los ojos de los inquisidores de ayer y hoy. “Pan-en-teísmo” como corriente filosófica que recorre la historia de Occidente, como lo describe la enciclopedia de filosofía de Stanford. Pero según los teólogos y místicos más osados de la tradición cristiana, como Maestro Eckhart, Teilhard y Panikkar, lo que hoy llamamos “pan-en-teísmo” es en realidad lo que ellos percibieron y pensaron como la unidad de la realidad que surge porque todo lo real es teologal. Es decir, que toda realidad está imbuída por “la improvidente providencia” divina, como dice el filósofo francés Emmanuel Falque en aquel número ya mencionado de la revista Concilium que me tocó preparar.

    ¿Qué tiene que ver ese Dios de Spinoza con el genocidio en curso del pueblo palestino? Tal vez que esa catástrofe, impune hasta el día de hoy, pretende ser justificada precisamente en la idea de un Dios religioso que elige a un pueblo, para darle una tierra y deviene su guerrero defensor. Nada más alejado de la razón, diría el judío excomulgado. Un ídolo que no es Dios, dirían los místicos apofáticos. Y nada más alejado de la fe en el mesías que llega como dádiva para redimir al mundo del odio, según la radical visión de Jesús en Galilea y su comunidad itinerante.

     

     

    El ocio en esta nueva etapa de vida abre un panorama inédito para explorar mi propia fe como silencio en medio de los escombros de la modernidad. Y así aprender a distinguir la religión verdadera que es la contemplación del Amor sobreabundante, que no es un ser como objeto, sino la fuente del ser que anima y sostiene todo y, en caso extremo, a quienes viven en las sombras del no-ser.

    Sin embargo, para acceder a este mundo del mysterion divino, cósmico y humano es preciso desmantelar los avatares pseudo divinos que con fuerza destructora controlan mentes, instituciones y prácticas rituales llenas de prepotencia, miedo y violenta segregación de lo diferente.

    No puedo olvidar el aprendizaje principal que recibí de la estancia en Sudáfrica el verano pasado que será un faro para los años por venir: la invitación a cultivar la capacidad de escuchar los clamores, susurros y gritos de quienes habitan en las sombras del no-ser, que es como una muerte anticipada. Y, menos aún deseo olvidar lo más inesperado y esperanzador que surge en este desierto de desolación: los saberes de los pueblos que resisten a la violencia como provocaciones de esas vidas que regresan de la muerte convocándonos a todos. Ancestros. Remanentes. Sobrevivientes. Su silencio es el lenguaje más elocuente de lo humano, lo cósmico y lo divino por contemplar en el tiempo de ocio para caminar con ellos.

    Hacer lugar al ocio requiere silencio. Experiencia de suspensión de los sentidos como implosión de lo aparente que da paso a la aparición de los rostros verdaderos. Y con ese silencio surge la elocuencia de la mirada, la potencia de la caricia, la rebeldía del cuerpo liberado, la esperanza de quienes nos han dejado, pero perviven en la memoria divina.

    En los “tiempos recios” que vienen, como decía Teresa de Ávila, me apresto a ir más allá del negocio de la vida en la universidad y en el templo, incluso en la plaza pública y las redes sociales.

    Habitando la realidad cotidiana de otro modo, en las grietas y en los silencios, míos y de los otros, algún murmullo de vida se elevará al cielo. Desde la agrietada tierra y desde los escombros del mundo que se derrumba y de mi ego resquebrajado un resplandor del ser aparece.

     

    Ciudad de México, 30 de agosto de 2025

  • Voces del extremo sur de ÁfricaJane Tully Heath, Still Life. Galería Nacional de Sudáfrica, 1998

    Voces del extremo sur de África

    Por Carlos Mendoza Álvarez

     

    Nora es una mujer migrante venida de eSuatini, el antiguo reino de Suazilandia que fuera protectorado británico hasta 1968 para la explotación “legalizada” de minerales, convirtiéndose luego en un reino postcolonial. Ella tuvo que huir de su país de origen por haber dejado a su marido que la humillaba. Debido a la tradición del pueblo suasi, una vez que se separó su familia la abandonó a su suerte y no podrá volver a casarse si ella quiere un día volver a su tierra; su única opción sería regresar con su marido y pedirle perdón. Nora representa a cientos de miles de personas refugiadas en Sudáfrica que huyen de muchas violencias, en su caso no se trata de la guerra, ni de la hambruna, sino de lo que aquí llaman “violencia doméstica”. En nuestra conversación, breve pero intensa, le comenté algo que aprendí del poeta y músico afro-estadunidense Mykki Blanco (Queer black french dance empowerment feat. poetry by Mykki Blanco) sobre cómo las comunidades queer viven la vulnerabilidad con dignidad y esperanza, comenzando cada día cantando: “Soy fuerte porque no tengo opción, pero soy frágil”. Nora llora desconsolada pues, además del dolor por haber perdido a su bebé hace pocos meses, su pesar es aún más hondo porque no ha podido enterrarla en su tierra, como es la costumbre del pueblo suasi. En medio de nuestra conversación comparto un poco de pan con ella y agradece sollozando. Le digo que lo tome en nombre del pueblo de México que también sabe de esas y otras violencias. Y me despido con un abrazo diciéndole que algo bueno saldrá de esa herida abierta en su corazón, sobre todo si se abre a las heridas de otras mujeres, quienes desde hace miles de años han tejido redes de cuidado mutuo.

    Una historia diferente en el mundo de hoy venida de personas refugiadas que, en las sombras de las sombras de las sombras, reinventan sus vidas.

     

     

    Durante esa misma visita al reino suasi que es gobernado por un rey con muchas esposas y numerosos hijos, persiste una costumbre que me dejó sin palabras. Las mujeres deben servir la comida arrodillándose frente a sus maridos al servir la mesa. Una mujer de edad madura que encontré en un momento de ágape, líder espiritual en la comunidad que nos recibió, nos contaba que a veces ella misma tiene que jugar ese papel cuando visita a la familia de su esposo, pues si traicionara esa costumbre, tal hecho sería percibido como desprecio y la excluiría de la familia. Durante nuestra conversación noté que otra mujer más joven guardó silencio, sonriendo escéptica, pero sin chistar una palabra. Y luego otro comensal comentó que existe un movimiento social en la nación suasi que busca transitar a una república, para superar esas y otras costumbres que denigran a las personas, pero ha padecido represión. En esa misma mesa percibí tres miradas diversas sobre las tradiciones domésticas. Miradas que son también políticas y espirituales. Cada cual sobrevive como puede y ahí algunas resistencias persisten sin cambiar el patriarcado milenario, mientras que otras resisten superando el miedo y soñando otros “mundos posibles”. Pienso entonces en nuestra América y sus resistencias de ayer y hoy.

    Al día siguiente, a la hora de presentar mi ponencia sobre sanación colectiva y esperanza posible en tiempos de catástrofe, dirigida a una audiencia grande y diversa, llevaba en mi mente y corazón las historias escuchadas en la víspera. Pero, con el fin de no hacer juicios sobre una realidad que desconozco, y que solo capté en algunos chispazos, mencioné la importancia de la escucha de quienes hoy viven en las sombras para descubrir su potencia, pasando de ser víctimas a ser sobrevivientes, como un criterio principal para una sanación colectiva.

    El silencio que percibía en el auditorio para nombrar en público esas violencias me revelaba algo de miedo, tal vez prudencia y sabiduría milenaria para resistir, pero creando rutas de libertad en lo secreto. Los comentarios en público fueron generales. Luego, en privado, algunos asistentes me hicieron notar que el pueblo suasi sabe lo que enfrenta y lo que quiere para su nación. Otros se acercaron al final a contar alguna historia personal de agravio por motivos de discriminación sexual, como micro historias de vulnerabilidad y resistencia.

    Alunas semillas de esperanza sembradas en un pequeño reino del extremo sur de África.

     

     

    Tras un mes de estancia en Sudáfrica y eSuatini, visitando seis ciudades de ambos países, fui descubriendo poco a poco otro rostro de madre África. Muchos años antes había visitado países del norte del continente, con otro perfil demográfico y retos sociales más ligados a la violencia religiosa que interétnica. Hace un par de años en Kenia conocí por primera vez a personas africanas negras con la memoria viva del fardo de la esclavitud moderna creada por las metrópolis coloniales europeas que levantaron imperios acaudalados y poderosos a partir de genocidios y despojos culturales, como el realizado por el imperio belga en el Congo.

    Pero esos pueblos subyugados lucharon por liberarse en el siglo XX  hasta lograr independencia política, pero no autonomía de la colonialidad del poder-saber-ser que analizara el gran peruano Aníbal Quijano (Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina). Por desgracia muchos estados post-coloniales siguen sometidos, como en el resto del países del Sur global, al colonialismo económico de las potencias en turno en su forma de capitalismo extractivista.

    De esta manera, en el extremo sur del continente africano, escuchando y conversando con grupos heterogéneos de gente de diversas edades, conformado por gente negra, blanca y “de color” – como le llaman aquí a lo que nosotros en México llamamos mestizos y que son en estas tierras una minoría-, llevo en mis notas de viaje muchas historias para seguir contando. Son pueblos que padecen aun el flagelo de la segregación, aun después de su independencia. En Sudáfrica, por ejemplo, las comunidades que visité están conscientes del reto que significa transitar del proceso que destronó el apartheid para lograr un día ser naciones de coexistencia con un Estado independiente y plural.

    La migración interna hoy dentro del subcontinente es masiva, producida por guerras, hambruna y represión social, ideológica o religiosa, sin dejar de mencionar la violencia de género contra personas queer, pues sus vidas siguen criminalizas. Como lo recordaba hace unos años Achille Mbembe en Colonia (Bodies and Borders) al hablar de desglobalización, el reto de la africanización del mundo radica, entre otros factores, en acompañar a la población más joven del planeta a transitar a sociedades democráticas, justas e igualitarias.

    A mi parecer, uno de los retos de largo alcance que nos regala madre África hoy radica en explorar caminos nuevos para unir la tradición espiritual de los ancestros y la sabiduría Ubuntu como plantea el profesor Jacob Mokhutso (Ubuntu is under siege: a reflection on the challenges of South Africa then and now) con el mundo occidental predominante. Se trata de crear otras modernidades que den cabida a una ecología de saberes, según aquella clásica expresión decolonial de Boaventura de Sousa Santos. En el humus de esas resistencias surgirán nuevas formas de cristianismo y de islam, de judaísmo e hinduismo, de religiones ancestrales y espiritualidades queer, más allá de sus avatares ideológicos de hoy que producen la aniquilación del otro diferente, como el sionismo que comentamos anteriormente.

     

     

    Siguiendo una ruta similar, en agosto próximo las comunidades zapatistas (Convocatoria al encuentro de resistencias y rebeldías “Algunas partes del todo”) de Chiapas, en el sureste mexicano, nos convocan para contarnos mutuamente historias de rebeldía ante el sistema-mundo hegemónico que se resquebraja. Pero sobre todo para pensar juntos cómo construir la pirámide de las resistencias que tienen terruño, corazón, digna rabia e imaginación de nuevos katunes o temporalidad cósmica del mundo maya.

    Allá encontraré sin duda un momento desafiante para seguir “tejiendo voces por la casa común”, como lo soñábamos con Pablo Reyna, inspirados por el pensamiento vibrante de Gustavo Esteva (Tejiendo voces). Desde entonces comenzamos a explorar el proceso de decolonización de la universidad, gracias a la acción que promoviera en esos años David Fernández en la Universidad Iberoamericana Ciudad de México.

    Y en septiembre próximo les contaré otras historias surgidas de un encuentro intercultural e interreligioso que se realizará en Guadalajara, preparado esta vez por un grupo de colegas de África, Asia, Europa y nuestra América que caminamos con colectivas en resistencia y esperanza en medio de contextos de violencia sistémica contra mujeres, personas en migración forzada, familiares de personas desaparecidas y pueblos originarios en defensa de la madre Tierra. El nombre del evento, “Re-existe: el Espíritu conectando periferias”, sintetiza nuestro modo de contribuir a sembrar semillas y cosechar frutos de resistencia que se han nutrido de un potente fondo espiritual y político como espiritualidades de los pueblos.

    Al concluir esta serie del periplo sudafricano, vuelvo a decir gracias, madre África, por seguir pariendo mundos nuevos.

     

    Ciudad de México, 19 de julio de 2025

     

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