Categoría: Violencias contemporáneas

  • El emperador o las sombrasJulián Pablo, Cristo apofático, óleo sobre tela, 2014

    El emperador o las sombras

    Por Carlos Mendoza-Álvarez OP

     

    Cuenta la historia que hace 1700 años, Constantino I, emperador del imperio romano de Oriente, cansado de las rencillas entre sus súbditos cristianos, los llamó a dirimir sus diferencias sobre la identidad del fundador de su movimiento, Jesús el Galileo, ejecutado en el año 30 de la Era Común en una lejana provincia del imperio romano.

    Tres siglos habían pasado desde que un grupo de mujeres discípulas testificó que habían visto de nuevo al rabí Jesús, luego de su cruento asesinato en las afueras de Jerusalén, regresando con su cuerpo herido pero luminoso, reuniéndose con ellas en un jardín o en la playa, releyendo juntos las historias de los ancestros con nuevos ojos, ardiendo su corazón al rememorar sus dichos y gestos en torno a un poco de pan o de pescado compartido con él.

    Habían pasado al menos cinco generaciones de comunidades cristianas, diseminadas por Asia Menor en las márgenes del imperio romano, hasta el momento en que el emperador tomara aquella iniciativa. Esas comunidades habían seguido el camino abierto por algunos de los más cercanos amigos de Jesús, como Pedro y Santiago, o bien de aquellos que solamente habían oído hablar de él, como Pablo de Tarso. Cada uno fue contando su historia de un cambio de vida, luego de haber acogido en su corazón las enseñanzas del rabí Jesús, tan antiguas y tan nuevas en el linaje de sus ancestros hebreos, sobre el amor generoso de su Abbá y la fuerza de su Ruah o Espíritu dada a quienes le siguen.

    A lo largo de esos años vividos por las primeras comunidades cristianas en diáspora, algunos no acababan de entender quién era el Galileo. Para todos era alguien excepcional que había marcado sus vidas de manera inusitada, a veces sintiendo su fuerza extraordinaria por medio de actos milagrosos que le hacían aparecer como un ángel, no como un humano. Otras veces, la memoria de sus dichos y hechos les dejaba una enseñanza de vida nueva, como el gran rabí del Dios único, cuya ausencia les dejaba en orfandad. Un buen hombre, un profeta, un ángel de Dios, un ser extraordinario. Pero no alcanzaban a balbucear con precisión quién era Jesús.

    Tiempo atrás, la segunda o tercera generación de cristianos, que mantenía viva la memoria del discípulo amado de Jesús en Éfeso, por ejemplo, conservaba poemas que cantaban la vida de Jesús como Logos divino que “existía desde el principio con Dios y era Dios” (Jn 1:1). Otros himnos inspirados los habían recogido Pablo de Tarso, Priscila, Lidia o Febe, en su paso por comunidades de Asia Menor, incluyéndolos luego en cartas, rituales y evangelios, para celebrar a Jesús como “el que no hizo alarde de su categoría de Dios”, en la carta de Pablo a la comunidad de Filipos (Flp 2: 6), o bien como “el primer nacido de entre los muertos”, en su carta a la comunidad de Colosas (Col 1: 18). Aquellas comunidades cristianas primitivas de segunda y tercera generación reconocían a Jesús como hijo del hombre, primogénito de entre los muertos, alfa y omega de la nueva creación, así como muchos otros títulos que expresaban la condición humana y mesiánica del Nazareno.

    Hasta que llegó el momento en que, a principios del siglo IV de la Era Común, algunos expertos en las Escrituras hebreas y en las cartas y relatos de los amigos de Jesús -la mayoría de ellos monjes y obispos del norte de África y de Asia Menor, incluidos algunos de Hispania, aquella lejana provincia romana- comenzaron a escribir tratados desatando una polémica para nombrar la novedad del ser del Galileo. La mayoría de esos maestros letrados en la filosofía de la época eligieron palabras griegas para nombrar esa íntima comunión de Jesús con su Abbá celestial, entre las que sobresalió aquella de homoousious o “del mismo ser”, para designar con ella que que Jesús comparte desde toda la eternidad la misma “sustancia” o ser que su Abbá.

    Y así nació la declaración de los obispos reunidos en Nicea, convocados por el emperador Constantino en el año 325, que dio origen al Credo de la Iglesia que aún hoy profesamos cada domingo en la Eucaristía: “Creo en un solo señor, Jesucristo, hijo único de Dios, nacido des Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma sustancia que el Padre, por quien todo fue hecho”.

     

     

    Si bien esta expresión es un tesoro en la memoria de la comunidad primitiva que forma parte ya del ADN de la fe cristiana, con el paso de los siglos en la cuenca del mar Mediterráneo esa expresión se fue revistiendo de un aura imperial para designar al ser divino como « poder » de Dios creador y de su Hijo pantocrátor o todopoderoso.

    Esos nombres divinos justificaron posteriormente un modelo de cristiandad imperial  eurocéntrica que se impuso a otras culturas y otros modos de acercamiento al misterio divino que fueron colonizados, la mayor de las veces destruidos, en nombre de esa idea de un Dios-sustancia que es principio y fundamento del orden civilizatorio que se expandió por todo el orbe, pretendiendo ser el modo más acabado de la cultura humana.

    Pero hoy es preciso recuperar esas voces negadas por la cristiandad imperial como parte de la sinfonía de la fe de los pueblos. ¿Cómo decir con nuevas palabras y símbolos la fe del pueblo de Dios que celebra la intimidad de la Ruah divina que Jesús comparte con su Abbá? Volviendo a la antigua fe de la Iglesia que confiesa que Jesús es verdadero ser humano y verdadero Dios podemos releer su humanidad con la lente del deseo que nos constituye como seres en relación para experimentar y comprender aquello que une a Jesús con su Abbá: ambos comparten el mismo deseo amoroso de dar vida al otro, lo que es otro modo de balbucear la fuerza o dynamis divina que es el Espíritu Santo.

    De esta manera, confesar que Cristo vive el mismo deseo de su Abbá abriendo espacio a un tercero que es precisamente la Ruah divina nos toca también a nosotros de manera íntima, incluida cada creatura del cosmos, para ser arropados en el abrazo amoroso de la vida trinitaria. Una danza que es incesante don de sobreabundancia amorosa, acompañando a la creación entera.

     

     

    Este mismo deseo amoroso anima la kénosis o anonadamiento del Verbo divino que la fe cristiana afirma ser el corazón de la redención. Por medio de la encarnación Dios « migra » del ser pleno a la región del no-ser para rescatar a quienes viven « en tinieblas y sombra de muerte », como cantaba el anciano Zacarías, uno de los anawin o pobres de Yahweh, al celebrar a su hijo Juan que precedería los pasos del mesías.

    Porque Jesús participa del mismo deseo de su Abbá, como mesías de Dios, cruza la línea abismal para ir de la luz a las sombras de las sombras de las sombras. Participar del mismo ser que su Abbá significa, en el camino de la redención cósmica y humana, bajar al Sheol o lugar de los ancestros, como acto de solidaridad radical con la creación entera y con las víctimas de la historia violenta para, desde el no-ser, hacer surgir la vida como insurrección mesiánica.

    El Cristo apofático de Julián Pablo que acompaña la reflexión de hoy, un extraordinario lienzo pintado en su estudio en el convento de Santo Domingo de la Ciudad de México hace una década, surge como destello de luz en medio de las sombras, precisamente desde la región del no-ser, como afirmación de la vida en medio de la muerte. Este cuadro es una representación plástica contemporánea del misterio de la redención « en negativo », es decir, desde el reverso de la historia violenta, donde Dios realiza la redención universal.

    Sea la conmemoración del aniversario 1700 del Concilio de Nicea la ocasión propicia para atravesar nosotros la línea abismal y encontrarnos con quienes hoy claman vida desde las regiones del no-ser que produce la violencia sistémica. Esos sobrevivientes, con digna rabia e imaginación escatológica, participan de la comunión divino-humana como anticipación del mundo nuevo venido de Dios y nos llaman a toda la especie humana a celebrar al Dios-con-nosotros.

     

    Puebla de los Ángeles, 3 de agosto de 2025

  • Violencia eclesiástica: una lectura girardianaIván Gardea, Linchamiento, Cuernavaca, 2020

    Violencia eclesiástica: una lectura girardiana

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

     

    Hace unos días nos enteramos de la renuncia a la rectoría de la Universidad Pontificia de México que presentó el padre Alberto Anguiano García, en el segundo año de su segundo período como rector, como protesta por “el acoso laboral y la violencia institucional” que padeció de parte de la curia vaticana y de las autoridades de esa universidad eclesiástica con escasos cuarenta años de existencia.

    Resultan reveladores los motivos argumentados por el rector que fuera removido de manera unilateral de sus funciones, acto que le llevó a su renuncia, pues denotan un problema sistémico de las instituciones eclesiásticas que actúan con frecuencia como si tuviesen un fuero propio, impermeable al fuero civil con los derechos laborales en juego, así como a la opinión pública en las sociedades modernas.

    Si bien como toda institución educativa en México la UPM está sometida a la regulación de la ley civil en lo laboral y educativo, los modos de proceder en este caso revelan una violencia sistémica que es preciso nombrar para desarticular y dar paso a otros modos de proceder, en consonancia con el Evangelio y con la libertad de las personas, más aun cuando se trata del bien común que representa la educación. De manera más apremiante aun debemos reflexionar y actuar cuando se trata de una institución religiosa destinada a comunicar los contenidos de la revelación cristiana y la tradición que de manera incesante surge de ella. Se trata, al fin y al cabo, de enfrentar la crisis de credibilidad de la Iglesia católico romana en estos días aciagos.

     

     

    Conocí al padre Alberto como estudiante de la UPM hace treinta años, cuando él cursaba el posgrado en teología en 1995, durante un curso que ofrecí sobre Emmanuel Levinas y su concepto de revelación enraizado en la tradición hebrea y en diálogo con “la filosofía que se habla en griego”. Fue el alumno más brillante de aquellas generaciones, no solamente por su alta calidad académica, sino por su capacidad teológica para actualizar el bagaje teológico de la gran tradición cristiana en medio de preguntas contemporáneas surgidas de la ciencia, el psicoanálisis y  los retos de la cultura secular.

    Ya como rector, su primer mandato iniciado en 2021 estuvo marcado por un proyecto claro de modernización de la universidad, tanto en sus programas de estudio, como en la urgente planeación estratégica para abrirse a nuevas disciplinas del mundo civil y no quedarse reducida solamente al entorno clerical. Las facultades eclesiásticas debían superar su ostracismo y entrar en diálogo con otras disciplinas civiles. Además, según el diagnóstico realizado, era imprescindible promover una eficiencia institucional que hiciera viable una institución doméstica en su visión, usos y costumbres, para hacerla interlocutora creíble en el mundo académico en el contexto académico y eclesial, tanto nacional como internacional.

    Pero las resistencias internas parecen haber creado un clima de aversión a estas reformas que, por la rivalidad típica de todo grupo protegiendo sus intereses, fue desplegando un mecanismo de expulsión contra su principal promotor. Con la finalidad de mantener la unanimidad del “todos contra uno”, procediendo como un verdadero contagio mimético, se fue gestando un típico proceso de chivo expiatorio. Se pensaba que, al ser expulsado del grupo aquel que fuera señalado como origen del mal colectivo, se llegaría a expulsar el mal de la institución, la cual volvería a recuperar su tranquilidad una vez purificada de su veneno. Como lo podemos apreciar en el grabado de Iván Gardea que acompaña esta reflexión (La Trama del Grabado), el talentoso grabador mexicano logró plasmar con maestría este mecanismo de rivalidad, contagio y linchamiento colectivo para delinear con la fuerza de sus trazos el deseo mimético que da origen a la cultura humana basada en sacrificios desde que tenemos memoria histórica como especie humana.

    Por desgracia o por fortuna, dependiendo de cómo se resuelva la crisis, sabemos que el mecanismo victimario es la mentira satánica que oculta “las cosas escondidas desde la fundación del mundo”, como decía René Girard (Cosas ocultas desde la fundación del mundo) citando al evangelio de Mateo: “Para que se cumpliera lo dicho por el profeta, cuando dijo: Abriré en parábolas mi boca; declararé cosas escondidas desde la fundación del mundo” (Mateo 13: 35). Las parábolas del Reinado de Dios que Jesús contaba en Galilea evocaban los caminos para superar la violencia que anida en el corazón humano precisamente como deseo mimético que engendra rivalidad y fratricidio. Si la comunidad involucrada no desmantela internamente el mecanismo de la rivalidad y el odio, el veneno seguirá infectando sus relaciones internas y seguirá creando nuevos procesos de autoprotección, unanimidad del todos contra uno, expulsión y mentira produciendo nuevas víctimas.

    A partir de este fondo antropológico que aparece como causa sistémica de la violencia institucional padecida por el padre Alberto, lo que resulta importante ahora es subrayar la necesidad de la rendición de cuentas de las instituciones eclesiásticas, en foros internos como externos. Más adelante será necesario un proceso de sanación colectiva de la memoria, con justicia y verdad primero para las víctimas, y con rendición de cuentas de parte de los perpetradores.

    Por desgracia, dado el clericalismo predominante, como estructura sistémica que se perpetua precisamente a partir de la invisibilización de las víctimas, es preciso llevar al espacio público esta distorsión institucional de manera que puedan surgir caminos de memoria, con justicia y verdad, que restauren la escasa credibilidad de una institución universitaria fundada en 1982 para servicio de la Iglesia católico-romana en México y de la sociedad mexicana en su conjunto.

     

     

    La complicidad institucional que produjo el mecanismo de expulsión que padeció el padre Alberto es similar a otras violencias clericales en el mundo de hoy.

    Dicha violencia clerical sistémica es posible rastrearla en crisis análogas, como por ejemplo, aquella de la Iglesia católico-romana en Chile que produjo las víctimas de abusos sexuales cometidos por clérigos contra mujeres adultas y contra menores de edad desde hace medio siglo. Ellas han sido sometidas por décadas a una violencia sistémica de orden psicológico, sexual y espiritual, que ha dejado huellas en las víctimas y ha resguardado impunes a los perpetradores de esos crímenes, protegidos por lo que Rita Segato (La guerra contra las mujeres) llamó “el pacto de masculinidad”. Se habla de reparación, pero revictimizando a las víctimas y sin cambios sustanciales en la vida institucional como la escuela, las congregaciones religiosas, las parroquias y las diócesis.

    Una brillante tesis doctoral en curso sobre este tema, preparada por Soledad del Villar Tagle (Abusos en la Iglesia. Concilium. Revista Internacional de Teología, (402)), documentará con testimonios contundentes y un análisis interdisciplinario riguroso, este abuso de poder clerical que requiere, por supuesto, una justicia reparativa para las víctimas y sobrevivientes, junto con una nueva teología de la Iglesia. Esta teología feminista desde las mujeres sobrevivientes a los abusos sexuales y espirituales de clérigos dará luz para promover los cambios necesarios a fin de superar esta violencia sistémica propia del patriarcado, en su versión de clericalismo, como una expresión religiosa de la guerra contra las mujeres.

    La teología feminista que surge de la crisis de los abusos propone una espiritualidad que brota de las heridas del cuerpo social herido de Cristo, más allá de consideraciones con aires piadosos que veneran las llagas del Crucificado, pero que invisibilizan a las víctimas de ayer y hoy, profanadas en sus cuerpos, mentes y almas por esta violencia sistémica clerical.

    La invitación del Papa Francisco para vivir un Año Santo en 2025 (Spes non confundit. Bula de convocación del jubileo ordinario del año 2025) a fin de aprender a ser peregrinos de esperanza en tiempos de desesperanza se dirige a la Iglesia católico-romana. A lo largo del año el Papa León XIV ha proseguido con esta iniciativa, en particular llamando a los jóvenes a ser parte de este camino de conversión para sembrar esperanza en el mundo de hoy.

    Pero estos llamados tendrán sentido solamente si se arraigan en la escucha atenta de las personas sobrevivientes a cualquier violencia sistémica, incluida la violencia eclesiástica, que por desgracia sigue desplegando su poder depredador como clericalismo de casta religiosa, insostenible en nuestros tiempos.

     

    Ciudad de México, a 26 de julio de 2025

  • Voces del extremo sur de ÁfricaJane Tully Heath, Still Life. Galería Nacional de Sudáfrica, 1998

    Voces del extremo sur de África

    Por Carlos Mendoza Álvarez

     

    Nora es una mujer migrante venida de eSuatini, el antiguo reino de Suazilandia que fuera protectorado británico hasta 1968 para la explotación “legalizada” de minerales, convirtiéndose luego en un reino postcolonial. Ella tuvo que huir de su país de origen por haber dejado a su marido que la humillaba. Debido a la tradición del pueblo suasi, una vez que se separó su familia la abandonó a su suerte y no podrá volver a casarse si ella quiere un día volver a su tierra; su única opción sería regresar con su marido y pedirle perdón. Nora representa a cientos de miles de personas refugiadas en Sudáfrica que huyen de muchas violencias, en su caso no se trata de la guerra, ni de la hambruna, sino de lo que aquí llaman “violencia doméstica”. En nuestra conversación, breve pero intensa, le comenté algo que aprendí del poeta y músico afro-estadunidense Mykki Blanco (Queer black french dance empowerment feat. poetry by Mykki Blanco) sobre cómo las comunidades queer viven la vulnerabilidad con dignidad y esperanza, comenzando cada día cantando: “Soy fuerte porque no tengo opción, pero soy frágil”. Nora llora desconsolada pues, además del dolor por haber perdido a su bebé hace pocos meses, su pesar es aún más hondo porque no ha podido enterrarla en su tierra, como es la costumbre del pueblo suasi. En medio de nuestra conversación comparto un poco de pan con ella y agradece sollozando. Le digo que lo tome en nombre del pueblo de México que también sabe de esas y otras violencias. Y me despido con un abrazo diciéndole que algo bueno saldrá de esa herida abierta en su corazón, sobre todo si se abre a las heridas de otras mujeres, quienes desde hace miles de años han tejido redes de cuidado mutuo.

    Una historia diferente en el mundo de hoy venida de personas refugiadas que, en las sombras de las sombras de las sombras, reinventan sus vidas.

     

     

    Durante esa misma visita al reino suasi que es gobernado por un rey con muchas esposas y numerosos hijos, persiste una costumbre que me dejó sin palabras. Las mujeres deben servir la comida arrodillándose frente a sus maridos al servir la mesa. Una mujer de edad madura que encontré en un momento de ágape, líder espiritual en la comunidad que nos recibió, nos contaba que a veces ella misma tiene que jugar ese papel cuando visita a la familia de su esposo, pues si traicionara esa costumbre, tal hecho sería percibido como desprecio y la excluiría de la familia. Durante nuestra conversación noté que otra mujer más joven guardó silencio, sonriendo escéptica, pero sin chistar una palabra. Y luego otro comensal comentó que existe un movimiento social en la nación suasi que busca transitar a una república, para superar esas y otras costumbres que denigran a las personas, pero ha padecido represión. En esa misma mesa percibí tres miradas diversas sobre las tradiciones domésticas. Miradas que son también políticas y espirituales. Cada cual sobrevive como puede y ahí algunas resistencias persisten sin cambiar el patriarcado milenario, mientras que otras resisten superando el miedo y soñando otros “mundos posibles”. Pienso entonces en nuestra América y sus resistencias de ayer y hoy.

    Al día siguiente, a la hora de presentar mi ponencia sobre sanación colectiva y esperanza posible en tiempos de catástrofe, dirigida a una audiencia grande y diversa, llevaba en mi mente y corazón las historias escuchadas en la víspera. Pero, con el fin de no hacer juicios sobre una realidad que desconozco, y que solo capté en algunos chispazos, mencioné la importancia de la escucha de quienes hoy viven en las sombras para descubrir su potencia, pasando de ser víctimas a ser sobrevivientes, como un criterio principal para una sanación colectiva.

    El silencio que percibía en el auditorio para nombrar en público esas violencias me revelaba algo de miedo, tal vez prudencia y sabiduría milenaria para resistir, pero creando rutas de libertad en lo secreto. Los comentarios en público fueron generales. Luego, en privado, algunos asistentes me hicieron notar que el pueblo suasi sabe lo que enfrenta y lo que quiere para su nación. Otros se acercaron al final a contar alguna historia personal de agravio por motivos de discriminación sexual, como micro historias de vulnerabilidad y resistencia.

    Alunas semillas de esperanza sembradas en un pequeño reino del extremo sur de África.

     

     

    Tras un mes de estancia en Sudáfrica y eSuatini, visitando seis ciudades de ambos países, fui descubriendo poco a poco otro rostro de madre África. Muchos años antes había visitado países del norte del continente, con otro perfil demográfico y retos sociales más ligados a la violencia religiosa que interétnica. Hace un par de años en Kenia conocí por primera vez a personas africanas negras con la memoria viva del fardo de la esclavitud moderna creada por las metrópolis coloniales europeas que levantaron imperios acaudalados y poderosos a partir de genocidios y despojos culturales, como el realizado por el imperio belga en el Congo.

    Pero esos pueblos subyugados lucharon por liberarse en el siglo XX  hasta lograr independencia política, pero no autonomía de la colonialidad del poder-saber-ser que analizara el gran peruano Aníbal Quijano (Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina). Por desgracia muchos estados post-coloniales siguen sometidos, como en el resto del países del Sur global, al colonialismo económico de las potencias en turno en su forma de capitalismo extractivista.

    De esta manera, en el extremo sur del continente africano, escuchando y conversando con grupos heterogéneos de gente de diversas edades, conformado por gente negra, blanca y “de color” – como le llaman aquí a lo que nosotros en México llamamos mestizos y que son en estas tierras una minoría-, llevo en mis notas de viaje muchas historias para seguir contando. Son pueblos que padecen aun el flagelo de la segregación, aun después de su independencia. En Sudáfrica, por ejemplo, las comunidades que visité están conscientes del reto que significa transitar del proceso que destronó el apartheid para lograr un día ser naciones de coexistencia con un Estado independiente y plural.

    La migración interna hoy dentro del subcontinente es masiva, producida por guerras, hambruna y represión social, ideológica o religiosa, sin dejar de mencionar la violencia de género contra personas queer, pues sus vidas siguen criminalizas. Como lo recordaba hace unos años Achille Mbembe en Colonia (Bodies and Borders) al hablar de desglobalización, el reto de la africanización del mundo radica, entre otros factores, en acompañar a la población más joven del planeta a transitar a sociedades democráticas, justas e igualitarias.

    A mi parecer, uno de los retos de largo alcance que nos regala madre África hoy radica en explorar caminos nuevos para unir la tradición espiritual de los ancestros y la sabiduría Ubuntu como plantea el profesor Jacob Mokhutso (Ubuntu is under siege: a reflection on the challenges of South Africa then and now) con el mundo occidental predominante. Se trata de crear otras modernidades que den cabida a una ecología de saberes, según aquella clásica expresión decolonial de Boaventura de Sousa Santos. En el humus de esas resistencias surgirán nuevas formas de cristianismo y de islam, de judaísmo e hinduismo, de religiones ancestrales y espiritualidades queer, más allá de sus avatares ideológicos de hoy que producen la aniquilación del otro diferente, como el sionismo que comentamos anteriormente.

     

     

    Siguiendo una ruta similar, en agosto próximo las comunidades zapatistas (Convocatoria al encuentro de resistencias y rebeldías “Algunas partes del todo”) de Chiapas, en el sureste mexicano, nos convocan para contarnos mutuamente historias de rebeldía ante el sistema-mundo hegemónico que se resquebraja. Pero sobre todo para pensar juntos cómo construir la pirámide de las resistencias que tienen terruño, corazón, digna rabia e imaginación de nuevos katunes o temporalidad cósmica del mundo maya.

    Allá encontraré sin duda un momento desafiante para seguir “tejiendo voces por la casa común”, como lo soñábamos con Pablo Reyna, inspirados por el pensamiento vibrante de Gustavo Esteva (Tejiendo voces). Desde entonces comenzamos a explorar el proceso de decolonización de la universidad, gracias a la acción que promoviera en esos años David Fernández en la Universidad Iberoamericana Ciudad de México.

    Y en septiembre próximo les contaré otras historias surgidas de un encuentro intercultural e interreligioso que se realizará en Guadalajara, preparado esta vez por un grupo de colegas de África, Asia, Europa y nuestra América que caminamos con colectivas en resistencia y esperanza en medio de contextos de violencia sistémica contra mujeres, personas en migración forzada, familiares de personas desaparecidas y pueblos originarios en defensa de la madre Tierra. El nombre del evento, “Re-existe: el Espíritu conectando periferias”, sintetiza nuestro modo de contribuir a sembrar semillas y cosechar frutos de resistencia que se han nutrido de un potente fondo espiritual y político como espiritualidades de los pueblos.

    Al concluir esta serie del periplo sudafricano, vuelvo a decir gracias, madre África, por seguir pariendo mundos nuevos.

     

    Ciudad de México, 19 de julio de 2025

     

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