Categoría: Violencias contemporáneas

  • Los sionismos que nos acechan Sobre el (ab)uso de la Biblia en tiempos de la Gran NakbaJuan Fuentes | Critical Zionism Studies | 2025

    Los sionismos que nos acechan Sobre el (ab)uso de la Biblia en tiempos de la Gran Nakba

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    En semanas recientes se activó la alerta en Chiapas por la presencia del grupo israelí “Héroes por la Vida” en escuelas primarias de Zinacantán, formado por jóvenes israelíes ofreciendo actividades como cursos de inglés y remozamiento de las instalaciones escolares, presentándose como una experiencia de “voluntariado de la juventud israelí” con sonriente y amigable “labor humanitaria” con la población vulnerable del planeta. Al parecer muchos de ellos y sus asesores son miembros del ejército israelí en activo o en retiro que han participado en diversas guerras sionistas, como lo ha comentado recientemente Herman Bellinghausen.

    Unas semanas antes, la cónsul de Israel en México Hilla Burk, acompañada de asesores de seguridad israelíes, era recibida por el secretario de “Seguridad del Pueblo”, Óscar Aparicio Avendaño, en sus oficinas del gobierno estatal en Tuxtla Gutiérrez. Hasta el día de hoy no se ha informado a la sociedad de manera cabal sobre la agenda de ese encuentro, ni sobre los acuerdos a los que se llegó. Según notas periodísticas, en otros estados como Chihuahua y Querétaro, existen ya contratos de asesoría israelí a los gobiernos en turno en materia de seguridad estratégica, que incluye contratos de venta de tecnología y armamento “de última generación” de la creciente industria militar transnacional.

    A este activismo israelí en México, se suman los “retiros de sanación” organizados por la organización israelí Chabat en Cozumel y otras playas del caribe mexicano dirigidos a miembros del ejército israelí en activo o en reserva que han participado en “la guerra para defensa del estado de Israel”, como reporta la periodista Georgina Zerega. Un eufemismo para ocultar su participación en el genocidio en curso contra el pueblo palestino en Gaza y Cisjordania, así como la invasión al sur del Líbano con el proyecto del Gran Israel que incluye, como lo analiza la pensadora Silvana Rabinovich, la construcción del Tercer Templo de Jerusalén como símbolo supremo de esta narrativa bélica religiosa. En algunos países como Chile, Irlanda y España, se han emprendido campañas de denuncia de crímenes de lesa humanidad cometidos por soldados israelíes a quienes se les identifica de paso por esas tierras y a quienes la sociedad civil organizada y algunos gobiernos buscan llevar ante los tribunales nacionales e internacionales.

    Existe un plan de expansionismo israelí territorial en América Latina más allá del Medio Oriente, como periodistas de investigación han documentado en Patagonia y en Yucatán, lugares estratégicos por sus recursos naturales como el agua, los minerales y las tierras raras.

    Detrás de esa fachada humanitaria y de turismo, el sionismo despliega una ideología religiosa perversa basado en una mal llamada teología política de la elección y la promesa de la tierra, haciendo de la Biblia un arma de guerra.

    Ante tal escenario, el cristianismo se enfrenta a uno de sus mayores desafíos en medio de la crisis civilizatoria que vivimos hoy, a saber, discernir las idolatrías que suplantan el nombre de Dios para producir muerte de pueblos y control de territorios estratégicos. El judaísmo y el islam -en las expresiones críticas de sus propias tradiciones espirituales- tendrán que discernir también el desafío de la Gran Nakba o Gran Catástrofe de nuestro tiempo, como llama el filósofo puertorriqueño Nelson Maldonado-Torres a la crisis civilizatoria de colonialidad del tecno-fascismo.

    El Papa León XIV, por su parte, ha llamado la atención sobre “los señores de la guerra” que controlan la economía de guerra marcada, de ahora en adelante, por el uso abusivo de la inteligencia artificial para beneficio de una oligarquía de tecnócratas digitales, entre quienes se encuentran los dueños de las mega compañías del Silicon Valley en California.

    Pero como pastor y maestro en la sede de Pedro, el Papa transcultural ha denunciado también la blasfemia de quienes usan el nombre de Dios para hacer la guerra, sin mencionar de manera explícita al sionismo ni al trumpismo. En efecto, en su primera Carta Encíclica “Magnifica Humanitas”, León XIV denuncia “las ideologías de muerte” que provocan sufrimiento y guerras por la codicia del mundo moderno en su versión “posthumanista” que prepara el advenimiento de una especie mejor que la humana generada por el algoritmo, y “transhumanista” porque subordina lo humano al sistema controlado por los dispositivos biotecnológicos. Un apocalipsis de lo humano que Ivan Illich ya había anunciado hace seis décadas.

    En este contexto, las comunidades cristianas de todo el orbe -en su diversidad de tradiciones como colectivos creyentes, de academia y artistas, junto con los movimientos sociales de inspiración profética y liberadora-estamos llamadas a comprender y desactivar el sionismo, tanto judío como evangélico, que se encuentra en la base del expansionismo territorial israelí de nuestros días,  de manera particular en América Latina y el Caribe, con la complicidad de la extrema derecha que acecha la vida política en Argentina, Chile, Ecuador, El Salvador, Guatemala, México y los Estados Unidos.

    Se trata, en primer lugar, de honrar el nombre de Dios como Sabiduría divina que guía nuestros pasos de justicia, paz y misericordia en un mundo en guerra global o, como lo llama Silvana Rabinovich, un “omnicidio” en curso. Nombre de Dios que denota, a la vez, el insondable misterio divino y la dignidad inalienable de la creación como obra de su amor, que ningún poder de este mundo puede suplantar ni controlar. Ni la demonología antigua, como tampoco las jerarquías de los señores del necropoder de hoy, pueden sustituir la Gloria divina que trasciende siempre el poder político, como lo ha analizado con agudeza el pensador italiano Giorgio Agamben.

    En segundo lugar, es importante desmantelar la ideología política religiosa (que no teología política en sentido propio) que hace hoy de la Biblia un arma de guerra, en especial contra el pueblo palestino y los pueblos semitas de Palestina, cristianos y de otras tradiciones religiosas. Al respecto, Mitri Raheb y Munther Isaac -teólogos luteranos palestinos resistiendo al genocidio de su pueblo- no dejan de subrayar la importancia de desmantelar la ideología sionista que ha manipulado la teología de la promesa de la tierra y de la elección divina en beneficio exclusivo del pueblo judío.

    Es importante recordar, como lo señala el intelectual mexicano libanés Alfredo Jalife-Rahme, que el lobby sionista en los Estados Unidos y Gran Bretaña creó desde el siglo XIX la ideología sionista como expresión del colonialismo de los judíos de la diáspora, que no son semitas sino descendientes de la presencia judía en los países de Europa Central y del Este en el siglo XIX. El sionismo nace como una ideología política de control del territorio de Palestina para beneficio exclusivo del pueblo judío.

    Y, en tercer lugar, debemos recordar que el expansionismo sionista que ha llegado a México, en específico a Chiapas, requiere de un seguimiento crítico por parte de la sociedad civil, las iglesias y los gobiernos en sus planes de control de territorios, con la justificación ideológica que difunde el estado israelí de Netanyahu y su ministro de seguridad nacional Itamar Ben Gvir, con su lógica genocida y expansionista del Gran Israel difundida con descaro. El proyecto sionista echa sus raíces en una poderosa industria de guerra que hace del sionismo judío y cristiano hoy una amenaza para la humanidad y para la Casa Común.

    Siguiendo las pistas de la teología descolonial, tanto judía como cristiana, es preciso releer la Biblia como libro de la fe de los pueblos semitas en la promesa del Dios vivo que se va abriendo progresivamente a todas las naciones de la humanidad como destinatarias de los tiempos mesiánicos que superan la violencia fratricida e instauran la nueva humanidad. Teología de “los mansos que heredarán la tierra” (Mateo 5: 5), según la imaginación poética de Jesús de Galilea, como lo recuerda Mitri Raheb, desde la opción del Dios de la vida por los pobres y excluidos de todos los tiempos. Teología de la promesa cumplida en el acontecimiento de la resurrección de Jesús, el Cristo de Dios, que lleva a su más radical expresión la manifestación, “no de un Dios de muertos, sino de vivos” (Mateo 22: 32). Promesa y elección que el Abbá de Jesús lleva a cumplimiento siempre desde los excluidos de los sistemas hegemónicos de dominación para convocar a todos los pueblos de la tierra al festín del deseo, como lo propone el teólogo cuir mexicano Ángel Méndez.

    Una vez que la sociedad civil de Chiapas y de México descubra los hilos que tejen hoy el sionismo judío y cristiano que se expande por el mundo en complicidad con empresas y gobiernos tecno-fascistas que promueven la discriminación de pueblos y religiones, será preciso promover comunidades de encuentro entre tradiciones espirituales diversas, en mutuo acompañamiento, nutriendo las resistencias al mal de rostros tan diversos.

    El cuidado de la niñez y las juventudes de Chiapas ante el acecho del sionismo hoy, junto con la rendición de cuentas de autoridades de distintos órdenes de gobierno en el financiamiento y gestión de la seguridad pública, permitirá crear entornos de respeto irrestricto a la dignidad humana, con especial atención a las personas y comunidades más marginadas y vulnerables.

    Entonces habrá que promover la celebración de la bendición divina para todas las naciones, no solamente para el pueblo judío que en su versión sionista está traicionando su vocación de ser testigo del Eterno, como la describía André Neher, el gran pensador judío francés del siglo XX.

    No olvidemos que los tiempos mesiánicos advienen en todos pueblos -en medio de la historia de la humanidad amenazada de muerte, pero prometida de plenitud por el Dios de la Vida- gracias a las personas justas de la historia que dan su vida por el mundo venido de Dios, no de los poderosos de este mundo.

    San Cristóbal de Las Casas, 20 de junio de 2026

  • La paz como caminos de insurrección mesiánica Sobre la Agenda Frayba 2026 Memorias subterráneasGabriela Soriano | Memorias Subterráneas | San Cristóbal de las Casas, Chiapas | 2026

    La paz como caminos de insurrección mesiánica Sobre la Agenda Frayba 2026 Memorias subterráneas

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    El miércoles pasado se llevó a cabo la presentación de la décimo quinta edición de la Agenda Frayba con el título “Memorias subterráneas”, preparada por el Centro de Derechos Humanos fray Bartolomé de Las Casas, en Chiapas. Se trata de una publicación anual que, desde el año 2011, conserva la memoria viva de las acciones llevadas a cabo en la promoción y defensa de los derechos humanos de los pueblos originarios de Chiapas, así como de personas en movilidad forzada y refugiadas, que han sido acompañadas por esta organización de la sociedad civil a lo largo de varias décadas. El Frayba -como se llama con cariño a esta organización- nació inspirado por los vientos de renovación conciliar de la diócesis de San Cristóbal de Las Casas y de los procesos sociales surgidos como expresión del movimiento indígena de la segunda mitad del siglo XX.

    Tres artículos de reflexión sobre el contexto local, regional y nacional -a cargo de Jorge Santiago, fundador de varias organizaciones eclesiales y civiles, Susana Montes de la Comisión de Apoyo a la Reconciliación Comunitaria (Coreco) y una entrevista a Carlos González, integrante de la Coordinación del Congreso Nacional Indígena de Gobierno realizada por Pedro Faro-  van acompañados por una valiosa memoria gráfica de los momentos cumbre de tres décadas de construcción de paz en tierras chiapanecas. El diseño editorial y las ilustraciones de Gabriela Soriano Segoviano reflejan, con bellos trazos de arte popular contemporáneo, las conexiones de las memorias subterráneas de resistencia que animan a los pueblos originarios de hoy, así como a la sociedad civil y las iglesias que caminan con ellos.

    A continuación, transcribo mi participación en la mesa redonda, en esa tarde lluviosa en San Cristóbal de Las Casas.

    “No hay camino hacia paz, la paz es el camino”

    Mahatma Gandhi

    Estamos conmemorando este año tres décadas de construcción de paz en Chiapas: el Frayba, Coreco, Sipaz, el Congreso Nacional Indígena, el Movimiento Zapatista, los Acuerdos de San Andrés y muchas otras iniciativas de la sociedad civil, las iglesias y los movimientos sociales. Dichas redes surgieron en la tierra fértil chiapaneca, preparada desde hace más de seis décadas por el plan pastoral de la Diócesis de San Cristóbal con la llegada del obispo jTatik Samuel Ruiz que condujo, luego de una ardua y paciente conversación y camino andado con los pueblos originarios, al nacimiento de una Iglesia autóctona.

    Una década después, el Congreso Indígena de 1974 propició el surgimiento de la conciencia colectiva de los pueblos originarios como sujetos históricos. Y finalmente la aparición del movimiento zapatista del EZLN, con sus bases de apoyo y sus milicianos, propuso otro modo de vivir y crear lo político como el común. Todos estos procesos fueron acompañados por una viva y creativa corriente de pensamiento crítico, surgida en los Altos de Chiapas y las cañadas de la Selva Lacandona, a lo largo de la segunda mitad del siglo XX.

    La Escuela de San Cristóbal, llamada así por Pablo Romo, junto con la Escuela de Cuernavaca, analizada por Humberto Bech, han sido mi parecer las dos principales contribuciones mexicanas al pensamiento crítico de la segunda mitad del siglo XX. Ambas nos dan hoy un rumbo preciso para enfrentar con lucidez la espiral creciente de violencia sistémica que, con el pensador puertorriqueño decolonial Nelson Maldonado-Torres, llamamos aquí la Gran Catástrofe.

    La reflexión de Jorge Santiago en la Agenda Frayba 2026. Memorias subterráneas que hoy presentamos subraya con mucha razón la centralidad de los Acuerdos de San Andrés como crisol de luchas de varias décadas por la paz con justicia y dignidad. El pensador sancristobalense nos hace notar que siguen vigentes las reivindicaciones históricas de los pueblos originarios, con la deuda pendiente del estado mexicano para honrar esos acuerdos históricos.

    Dos cartas pastorales de jTatik Samuel Ruiz y Don Raúl Vera prepararon la celebración del III Sínodo Diocesano que se llevó a cabo de 1995 a 1999, proceso que permitió recoger la cosecha de lo sembrado por medio siglo de vida pastoral y darle así un camino certero de sinodalidad a la vida y compromisos de esta diócesis. Ambas cartas nacieron en un contexto de incertidumbre por la animadversión y el conflicto de parte de autoridades vaticanas de aquella época, atizadas por el Club de Roma o grupo de obispos mexicanos que fueron los enemigos declarados de la teología de la liberación en México y América Latina.

    La primera carta pastoral Para que la justicia y la paz se encuentren (1996) es una respuesta eclesial al levantamiento armado de 1994. Refleja la lucha por la tierra de los pueblos originarios, así como la opción por la justicia y la paz que hiciera esta diócesis, siguiendo el impulso del Concilio Vaticano II y de la II Conferencia del Episcopado Latinoamericano en Medellín. La segunda carta pastoral Del dolor a la esperanza, firmada por ambos obispos en 1998, después de la masacre de Acteal, es una apuesta por la esperanza en medio del dolor de los sobrevivientes y un compromiso para seguir buscando paz con justicia y dignidad.

    La violencia de la curia vaticana contra este proyecto pastoral se iría desatando después contra Don Raúl Vera, quien fue trasladado a la Diócesis de Saltillo el 30 de diciembre de 1999 como un intento fallido de desmantelar el proceso sinodal. Lo que nunca imaginaron sus detractores es que esa decisión perversa sería la ocasión para esparcir la semilla de una Iglesia liberadora, ahora en tierras de extractivismo minero y violencias de género, que Don Raúl asumiría con fidelidad a su misión como pastor en aquellas tierras del norte desértico de México.

    Finalmente, deseo hacer dos comentarios finales para proseguir la conversación.

    Los retos del caminar, luego de tres décadas de construcción de paz, ahora son inéditos ya que estamos ubicados en la incierta hora del colapso civilizatorio. Ya no basta con el compromiso por la justicia para los pueblos originarios, es imprescindible integrar otras justicias como la de género (diversidad sexual) y la justicia ecológica para comprender las rebeldías transmodernas que construyen personas y colectivas de sobrevivientes en contextos de violencia global. La fuerza histórica de los pobres, que pensó la teología de la liberación de la primera generación, está dando paso a la razón insumisa de movimientos sociales y eclesiales que ya desde ahora tejen redes de mutuo acompañamiento, dignidad, resistencia y re-existencias diversas.

    Es hora también de reformular el marco teórico para pensar la violencia sistémica. La teología de la liberación requiere una radicalización que surja del diálogo con el pensamiento decolonial, la teoría queer/cuir y la interseccionalidad para seguir acompañando procesos de paz, de justicia transicional y de espiritualidades diversas de la vida que enfrenten la Gran Catástrofe en curso.

    No olvidemos que es tarea nuestra honrar el legado de los ancestros de la Iglesia liberadora, pero desde las nuevas subjetividades, los cuerpos y los territorios en resistencia, con los frutos de pensamiento, arte y espiritualidad que surgen como insurrecciones mesiánicas anticipando mundos otros, de dignidad y vida para todes.

    La espiritualidad del tiempo mesiánico es interrupción del tiempo lineal de ese chronos que devora a sus hijos en altares de sacrificios cruentos. Tal fuerza mesiánica surge como insurrección pacífica ante la violencia sistémica, es decir, como ruptura del círculo fatal de la rivalidad y la violencia, para instaurar procesos de mutuo reconocimiento, más allá de la violencia que produce pobreza, exclusión y sometimiento a los poderes hegemónicos. Es una espiritualidad de la vida en medio de la muerte. Tiempo otro que (in)surge como anticipación de otros mundos posibles desde los sobrevivientes de ayer y hoy.

    El próximo miércoles 25 de marzo, a las 6 de la tarde, seguiremos conversando sobre el pensamiento crítico surgido en tierras chiapanecas, con las reflexiones de Pablo Romo sobre la Escuela de San Cristóbal y las experiencias de una espiritualidad del mutuo acompañamiento en medio de las violencias, a cargo del amigo y colega peruano Juan Carlos La Puente. Ambas reflexiones serán celebradas con el performance dancístico de Martha Elena Welsh.

    Nos vemos en el Restaurante Belil, en el centro histórico de San Cristóbal de Las Casas, donde con Ricardo y Carmen como anfitriones, junto con Angélica y Abraham, seguiremos abriendo espacios de comensalidad, donde las resistencias y las espiritualidades surgen como apuesta de diálogo permanente y mutuo acompañamiento en los cuidados de la vida.

    San Cristóbal de Las Casas, 7 de marzo de 2026

  • Amores no patriarcalesEl Cometa Ludo | La lucha no continúa, es continua | 2014

    Amores no patriarcales

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    “El patriarcado es un juez que nos juzga por nacer | y nuestro castigo es la violencia que ya ves […] Y la culpa no era mía ni cómo andaba ni cómo vestía | y la culpa no era mía ni cómo andaba ni cómo vestía…” Así iniciaba el performance de la colectiva chilena de Valparaíso Las Tesis en el auge del movimiento #MeToo antes de la pandemia del Covid19 que azotó a la humanidad. Recuerdo cómo en el 2020 se extendían por el mundo, como un oleaje creciente, las protestas en las plazas, los tendederos de denuncia de acoso sexual en universidades, empresas, oficinas de gobierno y jardines públicos. Una marea verde y negro de acción afirmativa de las mujeres enfrentando el patriarcado.

    En aquél entonces las colegas de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México denunciaron en el tendedero a compañeros estudiantes, profesores y directivos que habían cometido algún acto de acoso sexual. Gracias a esas protestas se estableció tiempo después de manera formal un protocolo institucional para denuncias de acoso en la universidad gestionado por diversos comités y comisiones institucionales. También se promovió una cultura de los derechos humanos para combatir la violencia de género, integrando esa problemática al currículum y fundando el Centro de Estudios Críticos de Género y Feminismos. Años antes se había creado un programa de doctorado para investigar ese fenómeno en la sociedad contemporánea desde una perspectiva interdisciplinaria y contribuir así al fortalecimiento de colectivas feministas y de la diversidad sexual, a la vez que diseñar propuestas para el establecimiento de políticas públicas de equidad de género. Me tocó explorar, junto con las colegas feministas y queer, los mejores caminos para apoyar esa iniciativa desde la División de Humanidades y Comunicación, donde trabajaba como divisional en aquellos años con un formidable equipo de colegas jóvenes, expertos en filosofía, comunicación, artes gráficas, administración y gestión académica.

    En aquellos años también se multiplicaron las denuncias de figuras públicas que fueron surgiendo en diversos ambientes culturales, como el artístico, el académico y el religioso, que expresaban el clamor de más de la mitad de la población de la humanidad harta de la violencia de género, principalmente contra las mujeres, pero también contra las personas y colectivas queer. Gracias a ese despertar colectivo descubrí el admirable trabajo de la teóloga de la India Kochurani Abraham con mujeres víctimas de violencia de género infligida contra las mujeres por líderes varones de tres tradicionales religiosas de la India: el hinduismo, el islam y el cristianismo. Su trabajo consistía en visibilizar dicha violencia milenaria y acompañar a las mujeres en su camino de liberación del lastre patriarcal por medio de la invención de nuevas formas de pertenencia a su tradición espiritual, nutrida con cuidados mutuos y creatividad en su compromiso por entrelazar espiritualidad con justicia social y equidad de género.

    Pero también hubo excesos como la cultura de la cancelación que destrozaba con un clic la vida y la trayectoria de personas acusadas sin sustento, a veces como ajuste de cuentas, otras como fruto podrido de la rivalidad, y algunas otras con motivos suficientes para una denuncia anónima por miedo a las redes de corrupción que mantenían el pacto patriarcal intacto, fenómeno político analizado por Rita Segato como mandato de masculinidad en su obra Contra-pedagogías de la crueldad.

    El caso de Boaventura de Sousa Santos me tocó de manera muy cercana porque años atrás había organizado, junto con el querido colega y amigo Pablo Reyna, un coloquio sobre su obra científica y poética, para enmarcar el Doctorado Honoris Causa que le otorgaba cinco universidades del Sistema Universitario Jesuita de México por su notable contribución a las epistemologías del Sur, al Foro Social Mundial y a la ecología de saberes. Un grupo de colegas del Centro de Estudios Sociales (CES) la Universidad de Coímbra le denunció por acoso sexual en una publicación británica que luego fue retirada. La denuncia acabó con su carrera de manera fulminante. Esa crisis, al mismo tiempo, visibilizó un problema soterrado de rivalidad en la academia portuguesa con sus conexiones en todas las latitudes del planeta. Luego que ya ha pasado un lustro hoy sabemos que las acusaciones no han sido probadas, aunque el daño ya está hecho, según el reciente relato de la filósofa brasileña Marilena Chaui. Como parte de esta triste historia, Maria Paula Meneses, académica de Mozambique que fue una de las personas acusadas por encubrimiento del autor portugués, acaba de fallecer y puede leerse un mensaje de despedida que hizo público en julio pasado antes de su muerte.

    ¿Cómo mantener la vigencia de una obra colosal como la de Boaventura, Maria Paula y Marilena, con su red de conversaciones sobre el mundo con colegas decoloniales y anticoloniales como Silvia Rivera-Cusicanqui y Gladys Tzul Tzul luchando desde abajo, honrando primero la memoria de las víctimas del patriarcado, así como a aquellas atrapadas en la espiral de resentimiento y odio que se expande en diversos colectivos humanos, sin dejar de clamar por la necesaria rendición de cuentas y el desafío del descubrimiento comunal de la verdad?

    Esta semana participé en el Seminario sobre prácticas no patriarcales dirigido por el querido amigo y colega antropólogo Abraham Mena en Ecosur. Fue una sesión virtual que nos permitió incluir en la conversación académica en esta ciudad coleta e indígena a la teología crítica como interlocutora de otras disciplinas sociales y las humanidades para pensar los caminos de superación del patriarcado con sus masculinidades tóxicas.

    En mi presentación subrayé la necesidad de la interseccionalidad como método a fin de conectar las violencias diversas que padecen “los condenados de la tierra”, comenzando por las mujeres, pero incluyendo a las personas basurizadas por una sociedad hegemónica patriarcal, capitalista, clasista y de supremacía blanca.

    Me sorprendieron las preguntas en línea que apuntaban a las buenas prácticas de desmantelamiento del patriarcado. Mi hilo conductor en el diálogo fueron los amores no patriarcales como una brújula para salir del enredo del poder hegemónico con sus muchas cabezas, como la hidra capitalista de la que nos advirtieron los zapatistas hace algunos años.

    Esos amores no patriarcales son amores disidentes que desmantelan la manera tóxica de afirmar la condición humana como poder, control y mandato de masculinidad. Amores diaspóricos de personas queer, pero también amores de personas cisgénero que dan cabida a la diversidad en sus propios cuerpos, mentes y espíritus. Y como expresión de esos amores, subrayaba también la importancia de la ritualidad que crean las colectivas en su diversidad para celebrar la vida como sobrevivientes: las madres de personas desaparecidas, los migrantes enfrentando al tren del horror, no por azar nombrado La Bestia, y los pueblos originarios entrelazando la tradición ancestral con cristianismos de diversas tonalidades confesionales.

    Contaba yo, como referente de estas nuevas formas, la historia de las liturgias feministas que recrean su propia sacramentalidad del paso de la divinidad por las vidas, las cuerpas y las luchas de las mujeres, como lo ha explorado Marilú Rojas en sus investigaciones sobre la ecoteología feminista de la liberación. Traía al corazón también las liturgias queer/cuir de aquellas colectivas de la diversidad Lbgtiq+ que no cesan de celebrar al Dios raro como divinidad encarnada, pues como señala Ángel Méndez, no hay nada más cuir que un Dios humanizado.

    Los amores no patriarcales son, al fin y al cabo, aquellos amores diaspóricos, es decir, en salida hacia los otros, las otras, los otroas. Amores de género fluido que se reconceptualizan sin cesar, como lo analiza Sylvia Marcos en el caso de las mujeres zapatistas, donde lo que importa son las personas que se arriesgan a vivir cada relación humana y creatural en la tesitura del amor que no controla, ni impone, ni mata, sino que celebra la vida en su asombrosa diversidad.

    Amores no patriarcales que es preciso descubrir en cada historia de quienes se atreven a salir al encuentro del otra, la otra, les otroas como dádiva, regalo, don, llamado, caricia, clamor y encuentro.

    San Cristóbal de Las Casas, 14 de febrero de 2026

    Nota: ¿Cómo entretejes tú amores no patriarcales?

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