Categoría: Sitios sagrados

  • En las laderas volcánicas del altiplano mexicano Sobre la vida que resiste y florece en las grietas del mundoJorge González Camarena | La montaña | Encáustica sobre Masonite | Colección BBVA México | ca. 1980

    En las laderas volcánicas del altiplano mexicano Sobre la vida que resiste y florece en las grietas del mundo

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    La fumarola del volcán Popocatépetl se percibe a lo lejos como una señal potente de tierra sagrada, venerada ya por los antiguos mexicanos y luego por los “graniceros” de hoy, quienes preservan el rezo con ofrendas a las montañas ancestrales del valle de Cholula, corazón del eje volcánico del altiplano mexicano.

    Volver al paisaje de la infancia, oteando señales para sembrar sueños de palabras y encuentros verdaderos, trajo a mi memoria episodios sorprendentes de vida.

    El primero fue el campamento en las faldas del Iztaccíhuatl o la Mujer dormida que organizamos hace cincuenta años los colegas de la Escuela Preparatoria Emiliano Zapata. El compañerismo de Raúl, Arturo, Adrián, Juan y Alfredo, entre otros amigos queridísimos, selló en esa tierra una amistad sagrada que hasta el día de hoy perdura. Los rituales de juventud del campismo estudiantil estaban animados por tiempos de silencio, juego, cocina y fiesta escuchando en pleno bosque la música del rock progresivo de nuestra generación, desde Pink Floyd y Queen, hasta Emerson, Lake and Palmer y otras bandas británicas que poblaban nuestro imaginario.

    Otro momento memorable en tierras volcánicas fue la subida al cráter del Popocatépetl, con fray Raúl Vera como nuestro maestro de novicios, guiados por el Güero, un joven montañista experto de Amecameca, en el Estado de México, una madrugada de la primavera de 1980. Tras un gran esfuerzo en la última parte de la escalada, bien pertrechados con picos, botas de montaña y lentes para el resplandor de la nieve, el grupo de diez novicios con su maestro logró llegar al cráter. Nos encontramos con la chimenea del volcán exhalando vapores sulfurosos, aún silenciosa pues Don Goyo -como se le llama al volcán Popocatépetl por el día 12 de marzo, día de San Gregorio, en que, desde tiempos ancestrales se celebra su fiesta con ofrendas para pedir la lluvia- reactivaría su ciclo activo hasta el 21 de diciembre de 1994 tras setenta años de inactividad volcánica. Asomados hacia el cono interior por la cresta del cráter, en medio de un silencio asombroso, celebramos “la Misa sobre el mundo”, según aquella frase de Teilhard de Chardin, ese notable científico y místico jesuita del Cristo cósmico, Alfa y Omega de la evolución del cosmos.

    Como lugar sagrado esa tierra de volcanes ha padecido también el asedio del mal, pero con el triunfo de la vida, dejando cicatrices en el cuerpo social herido.

    Recuerdo la terrible experiencia de un puñado de cuatro frailes que nos ofrecimos como voluntarios para ser mediadores, por razones humanitarias y evangélicas, para la entrega del rescate de una persona secuestrada. Sucedió en 1994, aquel año fatídico para México, cuando mundos diversos colisionaron como placas tectónicas: la modernidad del presidente Salinas, marcada por la codicia y corrupción del sistema político mexicano, chocando de frente con los movimientos guerrilleros que aún subsistían en el país, luego de su persecución por el estado mexicano desde la Guerra Sucia de los años 70 del siglo pasado. Vivir la experiencia de ser mediador en la entrega de un rescate de una persona privada de su libertad fue una experiencia límite al acercarme a la fragilidad de la vida humana frente al abismo del mal. El dinero maldito de ese rescate de treinta millones dólares simbolizaba, a la vez, la perversión de los poderosos de la élite mexicana que acumulaban tanta riqueza, por un lado, y la maldad de quienes usaban la vida humana como bandera de justicia para dudosas causas sociales. Como parte de la ruta de entrega del rescate los secuestradores que nos guiaban por medio de teléfonos satelitales, muy raros aun en aquella época, nos hicieron cruzar el Paso de Cortés, precisamente entre los dos volcanes sagrados, para llegar a Puebla y ahí entregar los maletines malditos. No fue posible porque, al decir de los que nos manipulaban, éramos seguidos por el gobierno. Luego de unos días de incertidumbre pudimos entregar el rescate en un bario popular de la Ciudad de México y la persona fue liberada horas después. Los cuatro frailes que nos ofrecimos como voluntarios para ser mediadores nunca olvidaremos esa experiencia de asistencia humanitaria en medio de una ola de violencia criminal, con actores en ambas partes. Violencia que, por desgracia, persiste hasta nuestros días bajo nuevas formas del necropoder.

    Años después volví a esa zona por Tlamacas, albergue para alpinistas ubicado también en Paso de Cortés, en un momento dramático de una comunidad que se encontraba ahí viviendo un retiro espiritual dirigido por fray Ricardo Villarreal en la ermita del silencio. En medio de la noche, luego de una jornada de meditación, la comunidad fue asaltada por bandidos. Su experiencia traumática colectiva no impidió que esa comunidad de meditación contemplativa siguiera adelante en su camino de sanación interior y de fortalecimiento de su vida comunitaria, conjugando cuerpo, mente y espíritu en un camino de espiritualidad en movimiento, por medio de caminatas sagradas, mantras cristianos y budistas, así como servicio a la comunidad. El silencio del bosque, con sus habitantes humanos y de otras especies, había sido profanado por las bandas criminales.

    En décadas recientes la fumarola de Don Goyo persiste, a veces exhalando vapores sulfurosos y ceniza volcánica acompañada de lava. Así preside los amaneceres del valle de Puebla-Tlaxcala, con sus historias de terremotos y movimientos sociales de pueblos originarios, de juventudes exigiendo democracia y de colectivos de espiritualidad de la tierra.

    El Popo es el guardián del Iztaccíhuatl, llamada también “la Volcana” por las comunidades campesinas que moran en sus faldas, o Rosita porque su fiesta de agosto celebra agradecida las lluvias y la fecundidad de las cosechas. Es la amada Mujer Dormida de la mitología mexica, recreada en tiempos recientes como la guardiana de los chacras del planeta, según aquella mitología de Regina creada por Antonio Velasco Piña.

    Hace unos días tuve la fortuna de visitar el territorio de San Juan Tianguismanalco y Santiago Xalitzintla, acompañado por Víctor y Carolina, con su pequeño hijo Emik quienes habitan ese lugar y lo cuidan con esmero. Para mí este corto viaje significaba un reencuentro con tierra sagrada. Viví esa jornada como un ritual en la espiral del tiempo para pisar de nuevo aquella tierra sagrada de la juventud, ahora con sueños en el corazón de vuelta al terruño de mis ancestros.

    Me encontré con un joven y talentoso testigo de las comunidades organizadas en defensa del territorio, conectado por lazos de familia y de elección, con los pueblos, los bosques y manantiales, las aves y los insectos, los reptiles y los roedores, las milpas y los invernaderos que la habitan. Tierra de volcanes con frondosos árboles de aguacate, manzanas, duraznos y peras. Territorio de flores y plantas aromáticas de esencias curativas que forman parte de terapias de sanación. Ancestralidad y agroecología encuentran en este territorio una fuerza con arraigo en el territorio que es promesa de vida en un tiempo presente vivido con esperanza en medio de tantas incertidumbres planetarias.

    El sueño del Tabor -otra montaña santa que siempre me ha acompañado como lugar simbólico de transfiguraciones antiguas y nuevas, desde la de Jesús de Galilea hasta la de los pueblos en resistencia y re-existencia- revive ahora con impetuosa fuerza en estos lares, ahora en estas montañas sagradas.

    El volcán evoca el triángulo virtuoso que he ido descubriendo con amigos como Juan Carlos de Perú, Kochurani de la India y Laurel de Estados Unidos y El Salvador, así como con colectivas de diversas latitudes para representar nuestro aprendizaje para sembrar esperanza combativa ahí donde la vida es amenazada. Uno de los vértices del triángulo es la práctica del mutuo acompañamiento entre personas y colectivas en resistencia a la violencia sistémica como fuente de vida. El otro vértice son las experiencias creativas donde aprendemos a re-existir, reinventándonos desde las ruinas en medio de la Gran Catástrofe que atravesamos. Y el tercer vértice son los semilleros espirituales y teológicos, con hondura ética y mística, que podemos trabajar de manera colectiva para aprender a cuidarnos y a florecer como personas y creaturas del cosmos. Pronto realizaremos esa tierra de volcanes un semillero virtual y presencial sobre la teología descolonial que vamos cultivando en comunidad.

    Ya veremos cómo el soplo de la Ruah divina nos hace descubrir, con exquisito respeto al territorio y sus pobladores, nuevos llamados para habitar juntos la tierra sagrada del altiplano poblano.

    Y hablando de resistencias al necropoder en los territorios, ahora también hemos de pensar sobre el territorio digital donde la Inteligencia artificial, manipulada por empresas transnacionales y gobiernos autoritarios están diseñando el tecno-fascismo. Con este motivo, el próximo jueves 9 de julio el colectivo JobeLab, formado por amigos de San Cristóbal de Las Casas, llevaremos a cabo el conversatorio “Desarmar el poder y rescatar lo humano. Lecturas sobre la Encíclica ‘Magnifica Humanitas’ de León XIV”, en la librería La Madriguera de San Cristóbal de Las Casas. Contaremos con la participación de personas sabedoras de informática, comunicación, antropología, filosofía y teología. Chiapas es un botín por sus recursos naturales codiciado por la industria detrás de la IA , así que es crucial conocer lo que enfrentamos. Les esperamos.

    San Juan Tianguismanalco, 2 de julio de 2026

  • De manglares, esteros y mundos otrosCarlos Mendoza Álvarez | Altar con rostro murciélago-jaguar-serpiente | Iglesia Vieja, Estructura C-3 | Tonalá, Chiapas, 2026

    De manglares, esteros y mundos otros

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    La marea se ve a lo lejos en el horizonte que se abre al fondo del estero, entre los manglares de Boca del Cielo. El nombre poético de esta playa recóndita de Chiapas es preludio para la pausa tan anhelada por la pequeña comunidad de frailes, agotados luego de cuarenta días intensos de religión y cultura en los Altos de Chiapas. Tiempo que fue coronado por el clímax de la Semana Santa, vivida con intensa devoción por pueblos diversos de estas tierras.

    La costa chiapaneca se encuentra aún protegida por manglares y esteros que recorren su litoral, desde Oaxaca al noroeste hasta Guatemala al sureste. El turismo de poca escala no ha trastocado aun la vida de sus pobladores, en su mayoría zoques que han perdido su lengua y costumbres, pero conservan un halo de vida en su mirada y sonrisa franca. Mariana nos recibe como hospedera en su palapa con los sabores marinos de su costa como el robalo, el camarón y la mojarra, acompañados de aguas frescas de mango, piña, melón y tamarindo. Ella es el pilar del negocio, acompañada por su hijo adolescente y su mascota Oso, un bello cachorro blanco de pelo crespo y ojeras negras que lo asemejan a un oso panda en negativo.

    En lugar de piscina, el pequeño hotel tiene acceso directo por una pequeña escalinata al estero de agua templada y tranquila, a veces animado por una fuerte corriente en la zona más alejada, cercana a la barra que protege al canal del mar abierto. Aguas adentro se esconden algunos lagartos que han ido huyendo a zonas despobladas, donde algunas comunidades -como la del conjunto de ecoturismo Madresal- los preservan en criaderos. Aunque hay que decir que esas iniciativas son modestas, comparadas con la urgencia de proteger los esteros y su fauna en peligro de extinción. El criadero de tortugas de la playa de Boca del Cielo, por ejemplo, sólo está en funciones un par de meses al año durante el verano, olvidado por la población dedicada a sus menesteres de servicios turísticos, y dejado en el olvido por la indiferencia del gobierno local.

    Por el deshielo de los polos debido al cambio climático, la comunidad científica pronostica la desaparición de muchas de las costas bajas del planeta, como los manglares y sus esteros, el mar invadiendo con el crecimiento de las mareas esos lugares de biodiversidad limítrofe entre aguas saladas y dulces.

    Dos milenios atrás, en la sierra que colinda con estas playas, floreció la cultura Mixe-Zoque. Los restos arqueológicos del sitio sagrado -hoy conocido como Iglesia vieja por unas cruces esculpidas en algunas piedras de los taludes de las pirámides- son de una riqueza simbólica impresionante. Una pirámide central representa al cuerpo de una tortuga, con sus esquinas imitando las aletas del reptil de la longevidad. La cabeza gigante yace al pie de la escalinata y acoge al peregrino en un movimiento de sacralidad cósmica. Estelas de diverso tamaño, sometidas por el tiempo implacable y rotas por raíces de ceibas que las parten en dos, están grabadas con rostros polimorfos que combinan las orejas del murciélago con el hocico del jaguar y los ojos del mono y la serpiente.

    Y en el corazón de una de las plazas centrales del sitio sagrado de más de sesenta hectáreas de superficie -ubicado en las mesetas del cerro Tepancuintla a unos 700 metros sobre el nivel del mar en el actual municipio de Tonalá-  yace una piedra monumental de una fuerza icónica semejante a la Piedra del Sol azteca o a la lápida de la tumba de Pakal en Palenque. El monolito de granito negro tiene cuatro rostros, apuntando cada uno a un punto cardinal: tres son humanos (dos hombres y una mujer) y uno es zoomorfo, como fusión alucinante de animales sagrados de las montañas que cobijan a sus habitantes.

    El guía local nos contaba que esa piedra negra azabache adquiere tonos azules en algunos momentos del día, convencido de que es como una puerta al mundo de los ancestros. Para honrar su palabra confidente, me acerco a ella con reverencia, la rodeo, la acaricio sin tocarla, y percibo una memoria ancestral que la habita y que nos recibe con fuerza.

    Doscientos kilómetros al sur, la cultura Mokaya sembró hace cuatro mil años la semilla de las culturas mesoamericanas, antes incluso que los Olmecas que son reconocidos como la matriz cultural mesoamericana. Atesoro ya desde ahora en mi corazón un próximo viaje a esas tierras, cercanas a la frontera con Guatemala, para dejarme tocar por su sabiduría hecha piedra y alfarería, ignota para nosotros hoy en su música y sus relatos de tradición oral.

    Comencé este relato contando historias de esteros y manglares. Pero al releerlo caigo en la cuenta de que fueron sólo un portal al mundo otro de los pueblos Mixe-Zoque y Mokaya que habitaron estas montañas y navegaron estas aguas milenios atrás. Su memoria ancestral se hizo cosmogonía de piedra tallada, pirámides construidas con enormes monolitos de granito y piedra volcánica marcados con símbolos cósmicos y humanos, como el sol, el nudo, el rostro y la mano.

    ¿Qué memoria dejaremos a las generaciones venideras dentro de dos mil años, cuando alguien visite las ruinas de nuestros barrios y ciudades ensoberbecidas por el acero y el cemento? ¿Encontrarán ruinas tecnológicas de algoritmos y avatares en la red que puedan rescatarse del olvido? Tal vez se preserven en la nube algunos hologramas que concentren la sabiduría de la humanidad extraviada hoy en sus afanes de poder y de dinero.

    Por lo pronto, la puerta a los mundos otros sigue abierta.

    Boca del Cielo, 11 de abril de 2026

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