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  • De triduos pascuales en las grietas del mundoCarlos Mendoza Álvarez | Vigilia Pascual | Sots'leb 2026

    De triduos pascuales en las grietas del mundo

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    Un microcosmos en los Altos de Chiapas se despliega a cada paso, como mundos paralelos que tienen pasadizos secretos conectando ancestralidad y modernidad. Es posible recorrerlos cuando se aguza la mirada y se silencia el ruido exterior para escuchar las sonoridades que vibran en cada recinto.

    Aquí se puede atravesar en un instante el túnel del tiempo al entrar en el templo de Sots’leb donde deambulan mujeres y varones ataviados con trajes floridos, ocupados en rezos, sembrando candelas a los santos, vistiendo las imágenes con miles de flores. Las procesiones el atrio son como una espiral de clamores mezclados con pom o incienso, colores, cantos y rezos. Todo ese barullo religioso se detiene al llegar el momento culminante de la elevación del Cristo en la cruz. Entonces toda la comunidad cae de rodillas ante el Nazareno acompañado por su Madre, con María Magdalena y Juan evangelista a sus costados.

    Y súbitamente, en el mismo pueblo zinacanteco, aparecen los ministros con los celulares filmando, los encargados de medios transmitiendo en vivo la procesión con su cámara puesta en un estabilizador, y las juventudes chateando con sus amistades en tsotsil sobre el próximo concierto de alabanzas que ofrecerá el domingo de Pascua el grupo Alfarero en Navenchauk. La tecnología los conecta con el ciberespacio.

    A escasos kilómetros, en tierras coletas, otra ritualidad, ahora mestiza y barroca, festeja con delirio piadoso el Viernes Santo con penitentes encapuchados, imágenes del Santo Entierro, la Virgen de los Dolores, santa María Magdalena y san Juan Evangelista en andas, acompañados por el pueblo creyente avanzando con recato en la procesión del silencio. La columna se abre con la cruz alta y dos ciriales, seguida por los frailes con su hábito blanco y capa negra, y unos encapuchados tocando el tambor de duelo. Caminamos a paso lento por el andador peatonal lleno de turistas que pasean, se detienen, filman con sus celulares y siguen su camino con desdén, alguna que otra persona se santigua, pero la mayoría ignora el ritual religioso. Me llamó la atención un grupo de jóvenes indígenas urbanas que venían en sentido contrario al de la procesión. Como enojadas y con risas burlonas pasaron con velocidad desafiando al grupo orante por en medio. ¿Su rabia era aquella de las juventudes adolescentes o expresaba algún resentimiento de siglos? Nunca lo sabré. Los empleados de las tiendas y los conductores de autos se ponían nerviosos por el lento avance de la procesión, pero no tocaron el claxon. En contraste, las bocinas de los negocios que buscan atraer clientes con música estridente y vulgar no se apagaron. Su ruido anulaba el retumbar del tambor de la procesión del silencio, a pesar de los intentos de algunos creyentes que se acercaban a pedir a los empleados que, por unos minutos, apagaran sus bocinas. No obstante, los fieles avanzaron impávidos en la procesión, mientras los espectadores a los lados seguían su rumbo como moscas que vuelan a otros manjares.

    Así pasan los días santos, entre mundos paralelos que a veces se tocan, pero las más de las veces se ignoran.

    En un suburbio de Jobel, el caracol zapatista se reúne al mismo tiempo para hablar de amores y desamores. De críticas a las pirámides del privilegio. Y de resentimientos también.

    Más de quinientas personas inscritas, procedentes de más de cuarenta “geografías” distintas, para escuchar la sabiduría del Comandante Moisés disertando -con una narrativa lenta, acompañada de chispazos potentes-sobre el Común como alternativa a las pirámides de ayer y hoy, estructuras de privilegio y mando, incluida la propia organización del Ezln.

    La presencia de tres niñas en la mesa representaba a las infancias en resistencia, acompañando al Subcomandante y al Capitán. Un símbolo de la visión intergeneracional del movimiento zapatista que imagina otros mundos posibles dentro de 120 años, para irlos acercando como herencia para las nuevas infancias y juventudes. Por medio de acuerdos comunales, a partir de ahora las asambleas incluirán a las bases zapatistas y a otros pueblos que no necesariamente compartan su organización, pero sí el anhelo y compromiso de justicia: “Para nosotros nada, para todos… el Común”, sentenció contundente el Subcomandante insurgente Moisés.

    Uno de esos días, el Capitán sorprendió a muchas personas y comunidades hablando de “la iglesia católica progresista que quiso destruirnos”. Un tema que merece ser tratado con detenimiento por sus principales actores, profundizado en el contexto social y religioso del momento, para ir más allá de las acusaciones que reproducen la espiral de rivalidad, resentimiento y odio. No se puede borrar de un plumazo un camino de seis décadas de una Iglesia liberadora, por supuesto con sus luces y sus sombras, que ha dado sabrosos frutos de memoria colectiva, dignidad y fortalecimiento de los pueblos mayas en estas tierras.

    El sábado por la noche miles de comunidades cristianas en el mundo nos congregamos para celebrar que la vida es más fuerte que la muerte con la ceremonia del fuego nuevo. En Sots’leb, el Pregón Pascual, cantado en tsotsil por Paco Torre, arropó a la comunidad en medio de la oscuridad con el resplandor de la luz del Crucificado que despertó.

    La Vigilia Pascual nos recuerda que -en medio de la noche que atraviesan las víctimas de ayer y hoy- el Abbáde Jesús pronuncia un sí definitivo, rescatando a su hijo del Sheol, el abismo, el inframundo, para abrir en los muros del mundo hegemónico pasado y presente una grieta de esperanza por donde insurge la vida plena para todo el cosmos.

    Y será una mujer, María de Magdala, la primera en atreverse a ver, a reconocer y a movilizar a su comunidad en duelo para ir más allá de la rivalidad y el resentimiento por la tortura y la ejecución de su Rabí Jesús como un criminal en una cruz romana con la complicidad de la turba enardecida en un linchamiento ejemplar. Junto con las otras mujeres de la comunidad del Galileo, el llamado consiste en “ir a Galilea”, para encontrarse con el amigos y maestro resucitado prosiguiendo su sueño de una humanidad herida y sanada por el amor incondicional del Abbá en la fuerza su Ruah divina.

    Releyendo las Escrituras hebreas, como los discípulos de Emaús, esa comunidad mesiánica en ciernes fue capaz de recibir los destellos del mundo otro venido del Dios de la vida.

    ¡Feliz Pascua de Resurrección!

    Sots’leb, Jobel y Navenchauk, 5 de abril de 2026

  • Trilogía cuaresmal en los Altos de ChiapasCarlos Mendoza | Ansetik, Cuaresma en Sots'leb | 2026

    Trilogía cuaresmal en los Altos de Chiapas

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    El cuarto viernes de Cuaresma es tradición zinacanteca iniciar los rituales para cubrir a los santos con mantos morados en sus rostros y tapetes de flores en sus pies, arropados con rezos, velas, incienso y música ancestral, para prepararlos a la Semana Santa que será el culmen de las celebraciones. Mayordomos, alférez, templos y sacristanes, títulos de los guardianes laicos de la tradición, llevan la pesada carga de los preparativos, mientras que las ansetik (mujeres) yacen por horas ataviadas con sus faldas negras bordadas de flores y un tocado blanco en sus cabezas, adornado con lazos de colores, sentadas hieráticas con un cirio en sus manos, envuelto en grandes hojas de Ch’entikal jabnal, orando a la cohorte de santas y santos en nombre de la comunidad.

    Al mismo tiempo, en varios parajes zinacantecos de los alrededores, se organizan conciertos masivos para el domingo de Pascua, con música cristiana moderna que reunirá a las juventudes tsotsiles en torno a famosos grupos internacionales de alabanza, con un acento carismático y de devoción intimista, más cercano a las modernidades urbanas con influencia protestante, tan popular en Centroamérica, Brasil y los Estados Unidos. Es notorio el esfuerzo organizativo para estos eventos, los altos costos económicos que suponen, así como la colonización del imaginario que implican estos modos de modernidad cristiana tan popular por su uso de ritmos e instrumentos de música pop, y su tono místico individual y sentimental, tan popular en el mundo occidental.

    Ambas corrientes de la cultura religiosa cristiana, tanto tradicional como moderna, coexisten en el mismo territorio zinacanteco, a veces vertiéndose como arroyos en un mismo caudal, otras veces corriendo por cañadas separadas llevando a cauces diversos. La gran pregunta es si ambas corrientes podrán nutrir a las comunidades para fortalecer su corazón sin división ante los nuevos embates de la industria de la flor y del comercio pujante que ha elevado de manera significativa el nivel de vida del pueblo zinacanteco, trayendo nuevos modos de vida. O bien, si estas diferencias religiosas provocarán una escisión que debilite la fuerza del tejido social que, por siglos, ha resistido embates culturales en tiempos coloniales como modernos.

    A escasos 12 kilómetros de distancia, la ciudad coleta de San Cristóbal de Las Casas es un bastión de religiosidad católica romana, con un fuerte acento de devociones piadosas vivas y una práctica sacramental que jamás había visto en México en mis treinta y ocho años de ministerio. En los últimos cuatros meses he sido testigo de confesiones como nunca en el conjunto de mi vida pastoral. Miles de personas se acercan con devoción y confianza al confesionario, la mayoría con una conciencia de pecado más centrado en los claroscuros de la sexualidad y los vicios individuales, que en el cuidado del prójimo como el Buen Samaritano de las enseñanzas de Jesús y el cuidado de la Madre Tierra como la más pobre entre los pobres, según lo recordaba Leonardo Boff retomado por el Papa Francisco. Las fiestas devocionales se multiplican en cada barrio, sea para celebrar al santo patronal, sea para vivir la Cuaresma con rezos y prácticas religiosas rigurosas.

    En ese contexto, propuse una serie de Meditaciones cuaresmales en el Templo de Santo Domingo, durante cuatro jueves de Cuaresma, para ofrecer alternativas de preparación a la Pascua de Jesús inspiradas en la tradición espiritual de los dominicos y de la mística de las Madres y los Padres del desierto.

    Siguiendo el camino meditativo de la Lectio Divina, cada jueves iniciábamos con una “colación”, como instrucción para prepararnos a la meditación bíblica. Al inicio del encuentro resaltaba algunos puntos teológicos centrales del relato a meditar, leídos con la lente de la teología medieval y contemporánea, tales como la exégesis feminista del profeta Oseas y de la mujer Samaritana, la teología decolonial de la discapacidad, y la mística apofática o negativa del Maestro Eckhart.

    Los siguientes minutos estaban destinado a poner atención a la postura corporal, el silencio exterior e interior y la respiración acompasada con la antigua práctica de la oración del corazón o hesicasmo, sintonizando la inhalación con la antigua frase Kyrie eleison para recibir así la compasión divina en el interior, reteniendo por unos segundos el aire-espíritu, seguida de la exhalación con Christe eleison para ofrecer al mundo la vida recibida. Con la ayuda de Abraham Mena como instructor, esa respiración inicial iba acompañada de breves reflexiones para centrar el corazón en el texto bíblico de cada jueves: el desierto como lugar espiritual, Jesús en el desierto, el ciego de nacimiento y la mujer samaritana, como relatos para aprender a nacer de nuevoque es el camino de la Cuaresma que nos conduce a la Pascua. Una de esas sesiones estuvo acompañada con música de Handpan, un moderno instrumento de percusión creado en Suiza a inicios de este milenio, inspirado en el ghatam indio y el gamelan indonesio para tocarse con las manos, música que despierta a la sonoridad de las armonías divinas.

    Una vez preparados el cuerpo, la mente y el corazón, leíamos con detenimiento el pasaje de la Biblia que contaba la historia de los encuentros de Jesús con personas vulnerables en proceso de resurrección, invitando a detenerse cada quien, en una frase, una palabra sola tal vez, que captara nuestra intención, para habitar este texto y dejarnos habitar así por una palabra sonora que está viva como Palabra divina.

    Concluíamos con una reflexión para conectar lo vivido con la vida cotidiana, en el contexto presente y con un cántico de la tradición musical de la comunidad ecuménica de Taizé, en Francia, que nos permitiera cerrar con un momento de gratitud y alabanza, para ser enviados de nuevo al mundo cotidiano a ser testigos de lo que habíamos meditado.

    Y como parte del tríptico de Cuaresma en los Altos Chiapas, lanzamos la iniciativa JobeLab con un conversatorio sobre la Escuela de San Cristóbal como uno de los vértices del triángulo de pensamiento crítico, re-existencias de colectivas enfrentando las violencias y el mutuo acompañamiento de personas y comunidades abiertas al soplo de la Ruah divina en las grietas de la sociedad.

    El agotamiento del modelo civilizatorio que conocimos como modernidad, con su expresión de cristiandad colonial, ya había sido diagnosticado por personajes como Ivan Illich, Don Sergio Méndez Arceo, el Abad Lemercier y Sylvia Marcos desde hace sesenta años en Cuernavaca. En tierras chiapanecas, jTatik Samuel Ruiz, el movimiento indígena y la comunidad académica cercana a los pueblos mayas también había captado la necesidad de nuevos modos de vida, organización comunal y espiritualidad ancestral renovada como caminos para transitar en tiempos de escalada de violencia y exclusión.

    Tuvimos el regalo de ser anfitriones de un encuentro con la comunidad musulmana chamula de la ciudad acompañada por el Shayk Mudar Abdulghani. Juntos recibimos a Shayk Yahya Rodus y un grupo internacional de estudiantes sufís, para una reflexión compartida sobre el perdón de Dios como camino de encuentro entre los pueblos en esta hora de violencia en nombre de Dios que se extiende por el mundo. Con la música de Nader Khan, músico pakistaní canadiense, celebramos el encuentro de dos venerables tradiciones espirituales, Cristianismo e Islam, que en sus versiones Sufí y Dominicana, han vivido momentos de mutuo aprendizaje en la mística del silencio, el desapego y la fontalidad de la misericordia divina.

    Desde los Altos de Chiapas ahora, como parte de un caudal de pensamiento y espiritualidades diversas que recorre estas tierras, exploramos esas porosidades del pensamiento, la cultura y los modos de comunalidad que curan a la humanidad herida y a la Casa Común devastada.

    Anuncio de otro mundo posible que, en clave cristiana, llamamos anticipaciones mesiánicas de la resurrección.

    Sots’leb y Jobel, 1 de abril de 2026

  • Las flechas de San Sebastián Luces y sombras de una fiesta zinacantecaCarlos Mendoza Álvarez | San Sebastián | Sot’sleb, Chiapas | 2026

    Las flechas de San Sebastián Luces y sombras de una fiesta zinacanteca

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

    Uno de los mártires emblemáticos de tiempos de la persecución romana en los inicios del cristianismo, flechado en su cuerpo desnudo y vulnerable, ha sido venerado a lo largo de mil setecientos años por pueblos diversos que reconocen en San Sebastián a la humanidad herida de muerte por imperios que suplantan la gloria divina.

    En los Altos de Chiapas los santos son revestidos con mantos floridos, cintas coloridas y espejos que reflejan mundos alternos donde el Ch’ulel habita, con sus avatares que protegen o amenazan a quienes se acercan a sus esferas de poder. En Chamula, según cuenta la historia oral, los santos pueden quedar castigados por un tiempo si no responden a las rogativas de sus fieles devotos: son colocados contra la pared por un tiempo, hasta que su gracia se manifieste. Esa costumbre no la he encontrado en tierras de Sot’sleb, o lugar de murciélagos, conocido como Zinacantán, nombre que documentó el famoso antropólogo y lingüista Robert Laughlin. Pero sí me ha sorprendido la profusión de vida en las vestimentas con las que engalanan las imágenes de los santos: el Cristo de Esquipulas, la Guadalupana, San Judas, San Lorenzo y San Sebastián son las imágenes que acrecientan su vestuario para su fiesta anual, en una sobreabundancia de colores y texturas que dejan al descubierto sus rostros y sus manos, con sus cuerpos imperceptibles ante tal profusión de vida.

    ¿Qué hay detrás de tanta hermosura florida? ¿Cómo acercarme con devoción a esas imágenes que escapan a lo ordinario en tal avalancha de flores y adornos que a veces parecen ahogar a quienes con reverencia invocamos?

    La clave la encontré en las flechas de San Sebastián en sus tres días de fiesta popular en la cabecera municipal de Zinacantán.

    Todos los parajes de los alrededores y de municipios vecinos inundan las calles del pueblo y la plaza aledaña al templo del santo mártir en una verbena popular que mezcla tradiciones ancestrales como el árbol del jaguar con fugaces carreras de caballos. Preguntando a los jóvenes catequistas por el significado de tales performances de hoy, escuchaba diferentes interpretaciones, más o menos confusas, que siempre concluían con la lacónica frase: “es el costumbre”. El jaguar sube al tronco de un árbol que es escogido desde un año atrás en los cerros sagrados aledaños. Dicho árbol es visitado y venerado en tres ocasiones por los encargados de la tradición, antes de ser cortado y llevado al centro de la plaza. Durante la fiesta el tronco se convierte en centro de un ritual que rememora los tres días de oscuridad para pedir la lluvia y abundantes cosechas. Desde ese tronco erguido sobre la tierra un hombre vestido de jaguar -con traje de telas chinas que imitan de manera burda la piel del guardián de la lluvia- lanza ardillas disecadas y huevos a la multitud reunida alrededor, acompañado por jóvenes vestidos de negro que juegan y danzan como comparsa durante los rituales de la fiesta. La carrera de caballos recorre la avenida principal, al iniciar el día y de nuevo por la tarde, recordando, según algunos, la llegada de los españoles, ¿una memoria que marca el tiempo y el espacio de la fiesta traída por los frailes?

    Durante esos días, como en un viaje por el túnel del tiempo, la fiesta popular combina la danza y la música tradicional -ejecutada con parsimonia ante el altar de las Tres Cruces verde tsotsil donde se coloca la imagen de San Sebastián- con el estruendo de la banda en el quiosco que aturde a los presentes, pero da la sonoridad debida a la fiesta. Y, por la noche, todos esperan impacientes el concierto de música de banda sinaloense, cuando el estruendo de la tambora se confunde con los cuetes y los castillos preparados para iluminar el cielo con fuegos artificiales.

    En medio de ese oleaje de color, sonido y movimiento sin fin me detengo para acercarme al santo que es motivo de los festejos. Lo busco en el altar del atrio y luego al interior del templo en el altar principal. En ambos sitios con dificultad alcanzo a ver su rostro. En medio de las vestimentas se asoma una flecha que traspasa su brazo. Y no hay manera de ver su cuerpo lacerado.

    Entonces recuerdo conversaciones sostenidas en años pasados y recientes con jóvenes indígenas de la diversidad sexual que me han confiado su sufrimiento por vivir en las sombras en sus comunidades. Inimaginable para ellas y ellos poder celebrar a San Sebastián como su santo patrono para ser así parte de la fiesta, según lo hacen tantas comunidades católicas en el mundo. Sólo lo celebran en el silencio de su corazón y de sus plegarias. Y caigo en la cuenta de las flechas que siguen traspasando el cuerpo herido del mártir. Los cuerpos vulnerables de estas juventudes de hoy están adornados de tejidos de flores, como todos en la comunidad, pero esos cuerpos no son reconocidos en su diferencia por una cultura ancestral hasta el día de hoy.

    Me pregunto si esos cuerpos que hoy viven en las sombras algún día podrán salir a la luz, con el amor y la responsabilidad que a todos nos convocan, como lo han vivido por siglos otras culturas de pueblos originarios. Años atrás la misma pregunta había surgido en conversaciones con compañeras de las bases zapatistas y de la sociedad civil que iban abriendo brecha en sus propias historias personales y comunales para ser reconocidas como parejas de vida, en convivencia familiar de madres con sus retoños, y con un claro compromiso comunitario y político para defender a sus pueblos. Hoy la narrativa zapatista nos habla de otroas –como lo relata de manera magistral Sylvia Marcos al explorar la fluidez de género en Mesoamérica- visibilizando al fin experiencia de vidas y cuerpos diferentes como voces valiosas e imprescindibles en la sinfonía humana y del mundo por venir.

    Con un corazón ardiente siembro una candela delante de San Sebastián en nombre de esas juventudes para que pronto salgan de las sombras de las sombras de las sombras y vivan con gozo sus vidas en medio de la comunidad.

    Las luces y sombras de la fiesta de San Sebastián siguen siendo revelación y ocultamiento que nos llama a ver con ojos grande abiertos el mundo que nos rodea donde la gloria divina y humana irrumpe como promesa de vida para todos.

    Sots’leb, 24 de enero de 2026

    Nota: Espero tus comentarios abajo para proseguir la conversación.

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