Categoría: Pueblos originarios

  • Las flechas de San Sebastián Luces y sombras de una fiesta zinacantecaCarlos Mendoza Álvarez | San Sebastián | Sot’sleb, Chiapas | 2026

    Las flechas de San Sebastián Luces y sombras de una fiesta zinacanteca

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

    Uno de los mártires emblemáticos de tiempos de la persecución romana en los inicios del cristianismo, flechado en su cuerpo desnudo y vulnerable, ha sido venerado a lo largo de mil setecientos años por pueblos diversos que reconocen en San Sebastián a la humanidad herida de muerte por imperios que suplantan la gloria divina.

    En los Altos de Chiapas los santos son revestidos con mantos floridos, cintas coloridas y espejos que reflejan mundos alternos donde el Ch’ulel habita, con sus avatares que protegen o amenazan a quienes se acercan a sus esferas de poder. En Chamula, según cuenta la historia oral, los santos pueden quedar castigados por un tiempo si no responden a las rogativas de sus fieles devotos: son colocados contra la pared por un tiempo, hasta que su gracia se manifieste. Esa costumbre no la he encontrado en tierras de Sot’sleb, o lugar de murciélagos, conocido como Zinacantán, nombre que documentó el famoso antropólogo y lingüista Robert Laughlin. Pero sí me ha sorprendido la profusión de vida en las vestimentas con las que engalanan las imágenes de los santos: el Cristo de Esquipulas, la Guadalupana, San Judas, San Lorenzo y San Sebastián son las imágenes que acrecientan su vestuario para su fiesta anual, en una sobreabundancia de colores y texturas que dejan al descubierto sus rostros y sus manos, con sus cuerpos imperceptibles ante tal profusión de vida.

    ¿Qué hay detrás de tanta hermosura florida? ¿Cómo acercarme con devoción a esas imágenes que escapan a lo ordinario en tal avalancha de flores y adornos que a veces parecen ahogar a quienes con reverencia invocamos?

    La clave la encontré en las flechas de San Sebastián en sus tres días de fiesta popular en la cabecera municipal de Zinacantán.

    Todos los parajes de los alrededores y de municipios vecinos inundan las calles del pueblo y la plaza aledaña al templo del santo mártir en una verbena popular que mezcla tradiciones ancestrales como el árbol del jaguar con fugaces carreras de caballos. Preguntando a los jóvenes catequistas por el significado de tales performances de hoy, escuchaba diferentes interpretaciones, más o menos confusas, que siempre concluían con la lacónica frase: “es el costumbre”. El jaguar sube al tronco de un árbol que es escogido desde un año atrás en los cerros sagrados aledaños. Dicho árbol es visitado y venerado en tres ocasiones por los encargados de la tradición, antes de ser cortado y llevado al centro de la plaza. Durante la fiesta el tronco se convierte en centro de un ritual que rememora los tres días de oscuridad para pedir la lluvia y abundantes cosechas. Desde ese tronco erguido sobre la tierra un hombre vestido de jaguar -con traje de telas chinas que imitan de manera burda la piel del guardián de la lluvia- lanza ardillas disecadas y huevos a la multitud reunida alrededor, acompañado por jóvenes vestidos de negro que juegan y danzan como comparsa durante los rituales de la fiesta. La carrera de caballos recorre la avenida principal, al iniciar el día y de nuevo por la tarde, recordando, según algunos, la llegada de los españoles, ¿una memoria que marca el tiempo y el espacio de la fiesta traída por los frailes?

    Durante esos días, como en un viaje por el túnel del tiempo, la fiesta popular combina la danza y la música tradicional -ejecutada con parsimonia ante el altar de las Tres Cruces verde tsotsil donde se coloca la imagen de San Sebastián- con el estruendo de la banda en el quiosco que aturde a los presentes, pero da la sonoridad debida a la fiesta. Y, por la noche, todos esperan impacientes el concierto de música de banda sinaloense, cuando el estruendo de la tambora se confunde con los cuetes y los castillos preparados para iluminar el cielo con fuegos artificiales.

    En medio de ese oleaje de color, sonido y movimiento sin fin me detengo para acercarme al santo que es motivo de los festejos. Lo busco en el altar del atrio y luego al interior del templo en el altar principal. En ambos sitios con dificultad alcanzo a ver su rostro. En medio de las vestimentas se asoma una flecha que traspasa su brazo. Y no hay manera de ver su cuerpo lacerado.

    Entonces recuerdo conversaciones sostenidas en años pasados y recientes con jóvenes indígenas de la diversidad sexual que me han confiado su sufrimiento por vivir en las sombras en sus comunidades. Inimaginable para ellas y ellos poder celebrar a San Sebastián como su santo patrono para ser así parte de la fiesta, según lo hacen tantas comunidades católicas en el mundo. Sólo lo celebran en el silencio de su corazón y de sus plegarias. Y caigo en la cuenta de las flechas que siguen traspasando el cuerpo herido del mártir. Los cuerpos vulnerables de estas juventudes de hoy están adornados de tejidos de flores, como todos en la comunidad, pero esos cuerpos no son reconocidos en su diferencia por una cultura ancestral hasta el día de hoy.

    Me pregunto si esos cuerpos que hoy viven en las sombras algún día podrán salir a la luz, con el amor y la responsabilidad que a todos nos convocan, como lo han vivido por siglos otras culturas de pueblos originarios. Años atrás la misma pregunta había surgido en conversaciones con compañeras de las bases zapatistas y de la sociedad civil que iban abriendo brecha en sus propias historias personales y comunales para ser reconocidas como parejas de vida, en convivencia familiar de madres con sus retoños, y con un claro compromiso comunitario y político para defender a sus pueblos. Hoy la narrativa zapatista nos habla de otroas –como lo relata de manera magistral Sylvia Marcos al explorar la fluidez de género en Mesoamérica- visibilizando al fin experiencia de vidas y cuerpos diferentes como voces valiosas e imprescindibles en la sinfonía humana y del mundo por venir.

    Con un corazón ardiente siembro una candela delante de San Sebastián en nombre de esas juventudes para que pronto salgan de las sombras de las sombras de las sombras y vivan con gozo sus vidas en medio de la comunidad.

    Las luces y sombras de la fiesta de San Sebastián siguen siendo revelación y ocultamiento que nos llama a ver con ojos grande abiertos el mundo que nos rodea donde la gloria divina y humana irrumpe como promesa de vida para todos.

    Sots’leb, 24 de enero de 2026

    Nota: Espero tus comentarios abajo para proseguir la conversación.

  • Los Cristos negros de ZinacantánCarlos Mendoza Álvarez | Cristo negro | Elambó Esquipulas, Chiapas | 2026

    Los Cristos negros de Zinacantán

    Por Carlos Mendoza Álvarez

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    La fiesta patronal de Elambó Esquipulas en los Altos de Chiapas se abre con el estruendo de una banda de música que -al son de los platillos, el clarinete, las trompetas y la tambora- anima la procesión de la comunidad. Avanzamos desde la entrada del paraje hasta la capilla del Cristo negro, ceñido con un manto rosa bordado con flores coloridas y engalanado con una peluca rizada de cabellos negro azabache. La oscuridad de su piel resalta aún más en el marco florido y refleja, con algunos destellos en sus brazos extendidos sobre la cruz, las candelas sembradas en el piso, ardiendo en medio del incienso que llena el altar.

    Una vez dado el saludo inicial la comunidad se arrodilla para rezar la invocación de la misericordia en lengua tsotsil, bajo la guía de Mariano, el catequista encargado, todos implorando a Dios perdón para el mundo, en un murmullo que comienza como oleaje embravecido y que luego se torna susurro y caricia, como de olas rozando la arena de la playa, señal de una conciencia comunal apaciguada.

    La misa sigue su curso con las lecturas bíblicas en tsotsil en torno a la cruz del Galileo, seguidas de una meditación que me toca dirigir a la comunidad en castellano, de manera breve, con tres pensamientos que resumo para que el catequista-intérprete los desarrolle con una elocuencia sin fin. Me centro en el sentido bíblico de la cruz de Jesús como resultado de su compromiso con los excluidos de su tiempo. Luego, relato brevemente la historia del Señor de Esquipulas en Guatemala, citando a mi hermano jTotik Alfonso, aunque añadiendo una glosa mía, para hacer notar que su color negro simboliza los sufrimientos del pueblo que Cristo carga sobre sí. Veo la imagen envuelta en flores y caigo en la cuenta de que el Crucificado nos ofrece un abrazo amoroso en el último aliento de su vida. Me sale de manera espontánea decirlo a la comunidad que me escucha con atención y veo que reciben ese abrazo con una mirada agradecida. Y concluyo invitándonos a todos a celebrar al Señor de Esquipulas con nuestro propio compromiso de amor, cuidando como él lo hizo en vida, a quienes más sufren en la comunidad, comenzando por la niñez en su salud amenazada por la industria de los refrescos y la comida chatarra, la juventud atraída por el dinero, las drogas y el alcohol, y las mujeres que padecen violencia en su propia casa y comunidad.

    La consagración del pan y del vino es vivida con profunda devoción por la comunidad arrodillada. Pero ese momento de sacralidad de adoración del cuerpo y la sangre de Jesús, el ungido de Dios, de repente se torna una reverencia aún más profunda gracias al canto y la danza tradicional del Bolom Chon o canto del jaguar que expresa lo más profundo del alma tsotsil, tseltal y tojolabal, los pueblos mayas de los Altos de Chiapas. Los músicos tradicionales pulsan el arpa, el violín y la guitarra con un ritmo pausado y lento que es como un mantra creciendo en una espiral sonora de ternura infinita, arrullando al Dios encarnado y a la madre tierra a la que nuestros pies tocan con su danza. Porque cabe recordar que, para los pueblos mayas, en los ritos de la tradición ancestral -como los del pueblo tseltal estudiados por el jesuita Eugenio Maurer en Bachajón- la danza tiene un significado religioso, pues con los pies se acaricia a la madre tierra, regalo primordial del Dador de la Vida.

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    El Cristo de Esquipulas que nació en Guatemala es una representación potente de los diversos rostros de la fe de los pueblos mayas de antiguos celebrando por influencia mexica a Tezcatlipoca, según cuenta el cronista dominico fray Diego Durán, para pedir la lluvia:

    […] era de una piedra muy relumbrante y negra como azabache [obsidiana] piedra de que ellos hacen navajas y cuchillos para cortar. En las demás ciudades era de palo entallada en una figura de hombre todo negro y de las sienes para abajo con la frente y narices y boca blanca, de color de yndio bestida de algunos atavios galanos a su indiano modo quanto a lo primero tenia una orejeras de oro y otras de plata, en e labio bajo tenía un bezote de un beril cristalino en el que estaba metida una pluma verde y otras veces azul que después de afuera parecía esmeralda o rubí, era este bezote como un geme de largo encima de coleta de cabellos que tenía en la caveza (Durán, II, 1995: 47).

    Siglos después, en esa imagen los pueblos mayas cristianizados veneran al Nazareno con nuevos significados. En cada paraje de Zinacantán que he visitado esta semana encontré nuevas y asombrosas alteraciones en la imagen y en los significados que le da la comunidad. Del relato de un Cristo color negro carbonizado que sobrevivió milagrosamente a un incendio hasta el icono que se ennegrece porque absorbe los pecados del mundo, pasamos por historias que cuentan las zozobras y anhelos de sus fieles devotos dando tonalidades de intensidad creciente al Cristo, según el color de la piel o de la conciencia de la comunidad que lo venera.

    Dos escenas quedan en mi memoria de estos días recorriendo los parajes zinacantecos. Ambas remontan a los ritos ancestrales del pueblo tsotsil.

    La primera es el rezo del perdón cuando toda la comunidad en un oleaje colectivo, con clamores, llanto y suspiros, eleva su oración arrodillada sobre la juncia –que son las hojas del pino colocado como una alfombra verde y olorosa en el piso de la ermita, capilla o templo, sosteniendo los pies de la comunidad reunida en medio de velas- con el incienso mezclado con aroma del pino de los bosques aledaños. Un vestigio del pueblo de la niebla y el bosque, como lo canta el poeta tuxtleco Juan Bañuelos:

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    Amanece. La humedad es como el sueño: inmóvil. Sólo
    asciende
    un pueblo de raíces por las gargantas de las aves
    que con su canto mueven la alfombra olorosa de la juncia
    El humo de las chozas se eleva imitando grecas mayas
    mientras se filtra el suero cíclico de la memoria

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    La segunda escena que perdura en mi corazón es la danza ritual de adoración sonora y rítmica que mueve a la comunidad reunida, acariciando a la tierra que ha dado como fruto al hijo de María, un Cristo jaguar tal vez, según la memoria de los pueblos mayas. Cuerpos transfigurados por un resplandor de humanidad ancestral que se abre al misterio amoroso.

    Los Cristos negros de Zinacantán siguen tornándose luminosos en cada paraje, con tonalidades más oscuras o claras, según la tierra que los acoge y alaba. Cristo negro de Esquipulas durante el tiempo de la Capitanía General de Guatemala. Cristo negro de Tila en tiempo de independencia de Chiapas. Cristo negro de Zinacantán en tiempos del levantamiento indígena. Cristo negro de las comunidades de hoy enfrentadas al espejismo de la prosperidad del comercio de las flores y los tejidos. Cristos negros que vendrán en los tiempos aciagos que vivimos.

    ¿Qué lamentos y qué alabanzas entonarán las futuras generaciones del pueblo tsotsil cuando, dentro de medio siglo, el clamor de la humanidad herida haga aún más oscuro al Cristo negro?

    ¿Qué lamentos, alabanzas y danzas vivimos nosotros cuando caemos en cuenta que el tiempo urge para buscar y encontrar el consuelo para una humanidad amenazada de muerte por el mundo de los poderosos?

    Los Cristos negros de Zinacantán son una gran paradoja: abrazo de sufrimiento y promesa de vida.

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    Ts’ajal Nam, 17 de enero de 2026

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    Nota: Me gustará leer sus comentarios en la sección final de esta página.

  • Navidad en lo secretoCarlos Mendoza | Nacimiento tsotsil | Nachig, Chiapas | 2025

    Navidad en lo secreto

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

    La Nochebuena se anunciaba diferente este año debido al cambio del clima gélido de Boston a los días fríos pero soleados de los Altos de Chiapas. Por supuesto no se trataba solamente de una diferencia de clima sino, sobre todo, de universo cultural. Los cantos de los monjes episcopalianos de Cambridge en tierra de los Massachusetts, que tanto disfruté por varios años, ahora daban paso a rezos de perdón y reconciliación según el rito tradicional tsotsil de los Altos de Chiapas presidido por uno de los catequistas o ministros de la eucaristía.

    Durante estos días las comunidades tsotsiles de la parroquia de Zinacantán adornan sus capillas con miles de flores. Girasoles, aves del paraíso, rosas y gladiolas en torno al nacimiento del Niño Dios, en especial la bromelia o flor de Niluyarilo que es una especie endémica de los Altos de Chiapas hoy en peligro de extinción por su uso abusivo en algunas fiestas religiosas de la zona de Chiapa de Corzo. El pesebre se acompaña con guirnaldas de semillas y frutas, representando una explosión de vida de la Madre Tierra que agradece la llegada del Mesías niño. Plátanos, mandarinas, peras, naranjas, granadas chinas y limones, cuelgan en enramadas como cayendo del cielo. De manera paradójica el mundo de arriba florece y llueve frutos sabrosos para nutrir a la comunidad reunida en torno al mesías recién nacido.

    José y María habitan esa cueva verde sagrada revestidos con los trajes tradicionales tsotsiles. Él llevando el Pok’u’ul o poncho rosado bordado con flores, portando en el hombro un morral de cuero y huaraches en sus pies. Ella, engalanada con su il chil k’uk’umal o huipil emplumado, también repleto de bordados de flores y aves. Por todos lados florece la vida en estas comunidades, si bien enfrentan problemas nuevos como la presencia creciente del narcotráfico y las mafias criminales. La fuerza histórica de estos pueblos mayenses es la unidad comunitaria, aunque la división aparece ahora al interior de las comunidades entre grupos que sólo quieren seguir la Biblia y otros que mantienen viva la tradición de los ancestros, por ejemplo las procesiones a los cerros sagrados, como la comunidad de Pinar Salinas, que mantiene viva sus tradiciones ancestrales. Estas comunidades tienen una identidad cultural en movimiento que, con cada nueva generación, adquiere rasgos propios e inéditos. Tal es el caso de los coros de iglesia que prefieren ahora tocar instrumentos de banda norteña, como el tololoche para las cuerdas y la tarola para las percusiones, en vez del tambor y la chirimía de la música ancestral que conservan viva para las peregrinaciones a los cerros de los Altos de Chiapas y, cada año, en su peregrinación al Tepeyac en el valle de Anáhuac.

    Mi sorpresa fue grande cuando Petul, el catequista e intérprete, durante la Misa de Navidad, traducía mis brevísimas reflexiones bíblicas en largas descripciones de lo que contaba sobre el relato de María, el niño y los pastores en el evangelio de Mateo. No me quedaba alternativa sino confiar en su habilidad de intérprete, dirigiendo la mirada a la comunidad para asentir cuando lograba yo identificar alguna palabra en voz del catequista. Mi intención era subrayar la importancia del mensaje de los ángeles a los pastores en Belén: “gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los seres humanos que ama el Señor” (Lucas 2: 14) que nos invita a hacer algo semejante. Aprendamos a ser como los pastores –decía yo a la comunidad con gestos enfáticos– quienes lograron ser un espejo para reflejar la gloria de Dios por medio de la paz aquí en la tierra tan amenazada de guerras. Y concluía el sermón recordando a la comunidad allí reunida que ese mensaje era aún más urgente hoy porque Belén está en Palestina, asediada hoy por una guerra cruel hecha en nombre de Dios. Y la comunidad respondió con un “¡Viva al Niño Dios nacido en Palestina!”, seguida de la tradicional diana interpretada con enjundia por el coro.

    ¿Hay algo que celebrar en las periferias del mundo del privilegio? ¿En qué lugares Dios se acerca a nosotros para ser destello de luz que alumbra a las naciones? ¿Quiénes pueden ayudarnos a ver esos chispazos en medio de la larga noche que atraviesa la humanidad?

    Lo primero que me viene a la memoria es aquella reflexión de Hannah Arendt en su libro La condición humana, señalando que en cada nacimiento de un ser humano hay una promesa de futuro para toda la humanidad. La pensadora bebía del pozo de su tradición hebrea para hablar del futuro como algo por ser cumplido a fuerza de justicia como interrupción del mal en la historia. Pero quizás ella olvidaba el corazón de la promesa hecha por Dios a Abraham y Sarah en su sentido espiritual que consiste en que la promesa es un regalo del Eterno que ofrece su ser mismo a la humanidad herida. No es casual que esa promesa tenga un nombre, aquél que la fe hebrea y cristiana llaman “mesías”: el ungido por la Ruah divina para consolar al pueblo sufriente. Un mesías que tarda en llegar, que hace larga la espera y, de manera paradójica, que ya está presente “en lo secreto” invitándonos a entrar en ese espacio de redención “por la puerta estrecha”. ¿Qué significa esa metáfora? Cobra aun mayor relieve este pensamiento al celebrar el nacimiento de un niño galileo de hace dos mil años en Palestina.

    El nacimiento del hijo de María en Belén de Palestina, contado así por los evangelios sinópticos, es una señal que vale la pena rastrear como rumbo para el camino en medio de la noche. Ese niño hebreo, hijo de migrantes que van huyendo del poder romano representado por Herodes y se refugian en Egipto, es la promesa cumplida de los tiempos mesiánicos. Aquellos que llegan con dolores de parto en lo más frágil de la condición humana expuesta a tantas violencias antiguas y nuevas. Su infancia contada en retrospectiva por los evangelistas se desplegará con el tiempo, sobre todo en el breve periodo de escasos tres años que vivió como predicador itinerante en Galilea. Él anunció el cumplimiento de los tiempos nuevos que podremos reconocer en tiempo presente cuando “los ciegos ven, los sordos oyen y buenas noticias son anunciadas a los pobres” (Lucas 7: 22).

    Nosotros estamos invitados a pasar por la puerta estrecha del mesías que es la puerta de lo pequeño: “Hay que hacerse pequeño para entrar en el Reino de los cielos” (Mateo 18: 3), decía Jesús, el Galileo. La Biblia está plagada de historias de esa otra perspectiva, como lo cantaba Ana en el libro de Samuel: “Levanta del polvo al desvalido y alza de la mierda al pobre para hacerlo que se siente entre príncipes y herede un trono de gloria”. O también el himno de Jesús que alaba a su Abbá celestial porque “ha escondido las cosas del Reino a los sabios y entendidos y las ha revelado a los pequeños”, los nepioi del evangelio de Lucas en griego (10:21).

    La llegada del Mesías subvierte la lógica de los poderosos y construye un mundo nuevo desde quienes habitan en los escombros. Como en Gaza y en los Altos de Chiapas.

    Mis primeras semanas en tierras tsotsiles me han permitido conectar de nuevo con el Ch’ulel, o fuerza espiritual de múltiples significados, que descubrí hace cuarenta y cinco años en estas comunidades, cuando llegamos de visita como novicios dominicos junto con fray Raúl Vera. Es el espíritu de los Altos de Chiapas que se manifiesta en sus cerros, bosques y neblina, animales y naguales, el que anima a las comunidades para florecer y prosperar. Desde entonces, al menos una vez al año he vuelto a los Altos de Chiapas y a las cañadas de Ocosingo para seguir descubriendo la experiencia de fe de los pueblos mayenses, con su espiritualidad ancestral fecundada por la fe en Jesús de Nazaret como mesías e hijo de Dios.

    Ahora me dispongo a explorar y disfrutar por un largo periodo la vida creyente de estos pueblos, con las nuevas expresiones en la espiritualidad y el arte, así como en la lucha por la justicia frente a los grupos de necropoder que hasta aquí han llegado con sus tentáculos de corrupción del dinero fácil y de falsa ilusión de una felicidad a base de poderío armado, drogas, alcohol y pactos criminales. Hace unos días me comentaba Angélica, querida amiga de Ecosur, que hay varios proyectos de investigación en curso, sociológicos y antropológicos, sobre las infancias y juventudes indígenas urbanas en Jobel. Están acompañados por iniciativas de la sociedad civil y de las iglesias, como Melel Xojobal para brindar alternativas de educación, vida social y diversión a esta población altamente vulnerable a las redes de criminalidad que se adueñan de la zona norte de esta ciudad que cuenta con la mayor población indígena de México.

    Celebrar la Navidad en esta tierra es un llamado a volver a las márgenes de mi matria para reaprender el lenguaje de los pequeños del Reino. En el corazón de sus anhelos busco volver a las fuentes de la fe, aquella que heredé de mis ancestros de sangre y de espíritu en la orden de predicadores.

    Navidad discreta. Tiempo de gracia y de verdad gracias al mesías niño arropado de flores y canto, de lágrimas y susurros de vida que no se rinde al mal en esta región alejada en las montañas del sureste mexicano. Comunidades que, en lo secreto, metamorfosean la adversidad en dones de vida.

    Jobel, 27 de diciembre de 2025

    Nota: Comenta abajo lo que significa para ti la Navidad.

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