Categoría: Pensamiento descolonial

  • Historias del agua Sobre los clamores de un lago y una cuenca de los valles en MéxicoPablo de la Fuente | Gráfica Diablo Rojo | Dejarse ir | Santiago de Chile, 2022

    Historias del agua Sobre los clamores de un lago y una cuenca de los valles en México

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    “Un Salto por la Vida” es un colectivo de la sociedad civil de El Salto, municipio del estado de Jalisco, que visitamos hace un año las personas que participamos en el encuentro-festival Re-existe en el ITESO de Guadalajara, México. Sus pobladores y activistas ya veían venir desde hace años la crisis del agua contaminada que estalló el domingo pasado en Guadalajara. La contaminación brutal y el desabasto creciente han sido provocados por el espejismo industrial del mal llamado Sillicon Valley mexicano, una aberración ambiental que siguen promoviendo gobiernos y empresas de la región, con su estela de destrucción del entorno ambiental y social que ha sido documentada por los pobladores, la sociedad civil organizada y las universidades del Occidente de México.

    Poco a poco, el clamor de las familias -con niños y ancianos enfermos por el consumo del vital líquido por el impacto devastador de los químicos presentes en el agua “potable” – fue dando paso a la resistencia de la sociedad civil. Los estudios científicos dieron sustento al activismo social para promover el derecho al agua como un objetivo prioritario de la lucha por los derechos humanos en tiempos donde la sociedad moderna parece no querer despertar de la pesadilla del desarrollo.

    “Las guerras del futuro serán guerras por el agua”, recuerdo que pronosticaba un historiador al inicio del milenio. Y lo que parecía una distopía lejana hace un cuarto de siglo se ha hecho historia cotidiana en todas las latitudes de planeta, desde Gaza y Cisjordania en Palestina hasta Wallmapu en el extremo sur del continente americano.

    En México, el lago de Texcoco y la cuenca del río Lerma-Santiago se han convertido en un aguijón que duele, sobre todo por la voracidad de las megalópolis que fagocitan todo a su paso. Pero al mismo tiempo ambos territorios se han convertido en semilleros donde nacen las rebeldías cuando sus pobladores ponen el dedo en la llaga y comienzan un camino, doloroso pero esperanzado, de intervención socioambiental para salvar un lago de ancestral historia y una cuenca vital para en el centro-occidente del territorio mexicano.

    La “Carta del Lago de Texcoco” fue una iniciativa propuesta hace una década por el Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra y los pobladores de Atenco, con sus estudiantes, activistas y artistas, para entonar una elegía al agua que diera voz a su lucha y visibilizara su visión del territorio. El poeta, académico y activista Al-Dabi Olvera me abrió el camino hace años para comprender esa resistencia poético-política por medio de las prácticas narrativas que realizamos bajo su guía en la Universidad Iberoamericana Ciudad de México con el proyecto de investigación llamado Narrativas de Resistencia. Esa Carta comienza diciendo:

    “Desde que nací supe del lago, es la herencia de mis padres,

    es la vida que tenemos, la que queremos que nuestros nietos vivan.

    Anáhuac es estar entre aguas,

    peces, ranas y ajolotes, patos, chichicuilotes y golondrinas.

    No faltaban quelites, quintoniles, verdolagas.

    Los pueblos supieron convivir con las aguas,

    recogiendo el ahuautle, el tequesquite.

    Ese lago se llama libertad”.

    Se trataba de una elegía al agua perdida y un canto al agua recuperada. Años después ese lago ha sido declarado por fin reserva natural por el gobierno federal y sus humedales están siendo recuperados gracias al arduo y constante trabajo comunal, con alianzas con el gobierno en turno, que esperamos siga adelante en los años por venir más allá de los intereses políticos partidarios de hoy.

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    En nuestros tiempos de Inteligencia Artificial el agua está siendo convertida en codiciada mercancía. Un “producto” indispensable para la industria digital porque los centros de datos la requieren: tan solo un centro estándar consume al  año 25 millones de litros del vital líquido para el enfriamiento de las computadoras que alimentan “la nube”. Una nube que es más bien un averno de semiconductores y redes digitales al servicio de los poderosos. En efecto, la devastación ecológica ya se produce de manera alarmante en territorios de Texas y Ohio, y se multiplica desde China hasta Argentina, ahí donde lo requieran los señores de la super industria digital que desean establecer sus negocios de datos ahí donde abunde el agua. En esos territorios el poderío israelí se expande de manera estratégica para vender tecnología, reproduciendo su negocio voraz y su poder sobre gobiernos locales en aras del supuesto progreso y la seguridad hídrica.

    El agua secuestrada por el fracking es otra contradicción de esta economía extractivista. Para extraer gas de regiones cada vez más profundas del subsuelo es necesario inyectar agua en cantidades insospechadas. La fuerza vital del agua se trastoca en poderío de muerte al servicio de la industria de la energía devastadora del petróleo y el gas que hoy controlan los Estados Unidos, China y Rusia en todo el planeta.

    Y para colmo, el agua de la industria refresquera es otra cabeza de la hidra capitalista, como la llaman los zapatistas, que transmuta un bien precioso en veneno en cada gaseosa que se pone en la mesa de los pobres. México es el país que más consume refrescos en el mundo y, como triste ejemplo, siendo Chiapas el estado del país que mayor índice de pobreza tiene y donde más se consumen refrescos con la desnutrición y enfermedades que produce. Este es un lamentable ejemplo del principio illichiano de la contraproductividad: es preciso derrochar doscientos litros de agua -en la cadena hídrica desde el cultivo de caña o maíz para procesar azúcar hasta la producción del refresco- para poner en el mercado una botella de Coca Cola. La ciudad de San Cristóbal de Las Casas lleva en el alma el agua, con su nombre tsotsil Jobel o tierra de humedales: cuerpos hídricos que aun sobreviven a pesar de la explotación de los manantiales y la pésima administración pública que privatiza pozos, monopolizados hoy por Coca Cola, y urbaniza esos cuerpos de agua habitados por carrizales, aves y anfibios cada vez más raros.

    Para completar este cuadro del horror ambiental que tiene secuestrada al agua en nuestros días es necesario mencionar las aguas negras de los desagües de las metrópolis del mundo que han convertido los ríos y las cuencas donde antes fluían humedales, arroyos y ríos, en cauces de desechos químicos, orgánicos y energéticos de la industria del plástico, del acero y de los semiconductores. Pero lo más macabro de estos flujos es que se han convertido también en receptáculos de restos humanos de personas desaparecidas por las mafias criminales, transmutándose así en ríos de iniquidad.

    Así nos encontramos arrojados en el caos socioambiental por la civilización de la máquina hoy travestida en algoritmo de poderío voraz.

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    Y en medio de tantas astillas que duelen en el cuerpo de la madre tierra y de nuestros pueblos, ¿dónde hay indicios de consuelo y esperanza para rescatar y curar este cuerpo socioambiental herido?

    Las resistencias de los pobladores de Atenco en Texcoco y de El Salto en Jalisco son como esporas que se van esparciendo por valles y cañadas del mundo gestando nuevos organismos a su paso. Lo hacen a escala pequeña, pero real. Sus modos de organización, sus marchas de protestas, sus rituales de cuidado de la madre tierra y de las personas y creaturas más vulnerables en la comunidad son ya indicios de otro modo de ser, más allá de la codicia.

    Sin romantizar esos movimientos, sabiendo que también viven tensiones por el poder, el control de la narrativa y la obtención de recursos del estado y de los fondos internacionales de solidaridad, reconocemos que ahí se balbucean otros lenguajes con sus verbos descoloniales: comer, aprender, organizarse… y esperar.

    Ahora nos toca a cada una de nosotras, personas y comunidades, vivir y contar nuestras propias historias de resistencia. ¿Cuál es tu historia del agua?

    Jobel, 17 de octubre de 2026

  • Tejiendo una teología política para tiempos de Gran catástrofe Algunos avances del libro colectivo en proceso editorial neoyorkinoAntún Kojtom Lam | Mural Ch'ulel | Teatro de la Ciudad, San Cristóbal de Las Casas 2012 | Foto: Carlos Mendoza

    Tejiendo una teología política para tiempos de Gran catástrofe Algunos avances del libro colectivo en proceso editorial neoyorkino

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    La famosa autora canadiense Naomi Klein acaba de publicar, junto con Astra Taylor, un provocador libro sobre el fascismo del fin de los tiempos. Tan sólo en la Introducción de la obra -que se anuncia será un “best seller” en la anglósfera- las autoras plantean con realismo periodístico los hilos del fascismo como expresión del capitalismo de las minorías atrapadas en su propia contradicción: por un lado, ávidas de siempre mayor riqueza, por el otro, amenazadas por mayorías que tejen protestas en las calles en escenarios distópicos cada vez más recurrentes.

    Mi amigo Pablo Reyna me hizo llegar desde Colombia el libro con un escueto mensaje que leí como una provocación para entretejer con las autoras una lectura alternativa del fondo teológico en juego, que a mi juicio se encuentra en el papel movilizador de las espiritualidades de las resistencias. Ciertamente las pensadoras vislumbran en la vuelta al lugar o “hereness” la llave para recuperar la visión de una humanidad que cuida de la vida en el aquí y el ahora, a contrapelo de la historia hegemónica. Por lo que alcanzo a ver hasta ahora ellas no navegan el gran caudal de las prácticas y el pensamiento descoloniales del Sur epistémico que hemos descrito en nuestro trabajo desde hace varios años.

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    Tal es el tema central del libro que actualmente se encuentra en proceso editorial en la prestigiosa casa editorial Orbis Books de Nueva York que, desde hace seis décadas, presentó al público de habla inglesa las obras fundantes de la teología de la liberación, publicando a sus principales autores como Gustavo Gutiérrez, Jon Sobrino, Leonardo Boff y sus lectores creativos en el contexto estadounidense y de otras latitudes como Sudáfrica, Corea y Palestina.

    Se trata de una obra colectiva como fruto de los coloquios que organicé durante cinco años en el Boston College, cobijados por la iniciativa “Más allá de la violencia global” que propuse como plataforma de investigación personal en mi calidad de “senior professor” en aquella institución. Desde ahí pude invitar a colegas de Brasil, México, Inglaterra, España, Japón, Puerto Rico y los Estados Unidos para participar en diversos conversatorios sobre el pensamiento social, filosófico y teológico en ciernes tras el colapso del sueño moderno. En mi investigación previa realizada en México, Suiza, Francia y Brasil, había ido conectando el análisis de la fenomenología de la modernidad tardía con la teoría mimética de René Girard para explorar subjetividad colapsada por el sueño del ego tecnocientífico. Pero faltaba incluir el análisis decolonial inspirado en Frantz Fanon y Aníbal Quijano que proseguía la ruta del pensamiento latinoamericano de la liberación, incorporando nuevas categorías teóricas y prácticas para pensar la “colonialidad” como un proceso moderno de cinco siglos de extractivismo del trabajo, los saberes y las formas de vida de los pueblos sometidos.

    Surgió así la pregunta por la suplantación de lo divino que promovió la modernidad por medio del endiosamiento de la razón, la técnica, el mercado, el patriarcado y la voluntad de dominio, por mencionar solamente algunos de los dispositivos de control implementados por la racionalidad occidental tecnocientífica. De ahí la necesidad de postular “el hontanar apofático” de lo político, apelando a “la nada” como aquello que tenemos en común, según la feliz expresión de Matthew Kruger del “nothing in common”, en el “más acá” de nuestras identidades de clase social, raza, género, religión y cultura.

    De esta manera, gracias a estos conversatorios pudimos acceder al manantial de las resistencias y re-existencias donde fluye la teología política descolonial para tiempos de gran catástrofe. Así surgió la idea de un libro colectivo que recogiera las intuiciones y los relatos por los que fuimos discurriendo a lo largo de un lustro en tierras de los Massachussets.

    Cuando le conté a Neto Valiente, querido colega salvadoreño de la Escuela de Teología y Ministerios del Boston College, sobre la teología política descolonial que se iba cocinando -yendo más lejos que la teología de la liberación de primera generación que él admira y conoce a fondo- aquella que surge del encuentro entre fenomenología, teoría mimética, filosofía apofática y pensamiento decolonial, se quedó mirándome incrédulo. Y preguntó: “¿y quién ha escrito sobre eso?” Solamente le respondí: “nadie hasta ahora, pero nosotros lo vamos a hacer”.

    Laurel, Sole, Matthew, Valentina, Maddie, Francis, Juan Miguel, Martín y Amirah -entre muchos otros maestrandos y doctorandas- que seguían mis cursos de posgrado sobre teologías de la liberación, descolonial y queer en el Boston College fueron testigos de cómo se iban tejiendo esos hilos aparentemente tan disímbolos en un telar discursivo con la trama de la vulnerabilidad-convivencialidad-esperanza combativa como relectura de la colonialidad del poder-saber-ser que analizábamos en las clases y profundizábamos durante las tertulias en casa de Mingo y Valentina con la espléndida hospitalidad chilena, donde la comensalidad hacía fluir mejor las ideas y la amistad.

    Los colegas que invitaba a cada coloquio sobre una de esas fuentes teóricas que mencioné arriba aceptaban participar con gusto, pero cuando les hablaba yo de la correlación entre esos enfoques muchos manifestaron su escepticismo, mientras que otros asintieron con curiosidad. Y así nació el libro que propuse a la editorial neoyorkina cuando uno de sus editores me invitó a publicar alguna obra de mi autoría en una charla durante la convención de la Sociedad Teológica Católica de los Estados Unidos (CTSA por sus siglas en inglés) de junio de 2024 en Baltimore. Le comenté que tenía una mejor idea: proponer un manuscrito colectivo sobre teología política en tiempos de incertidumbre global. Y aceptó curioso la propuesta que le envié, luego de consultar con las y los colegas que habían participado en los coloquios bostonianos si se animaban a poner por escrito lo compartido en persona.

    En ese momento estábamos entrando en la Gran Catástrofe donde hoy nos encontramos entrampados. Así, la obra colectiva iría tomando forma como relato colectivo de esperanza en medio de los escombros del genocidio en Gaza, de las fosas clandestinas de México, en las grietas de las diásporas palestina y afrobrasileña, y desde los centros de detención de personas indocumentadas en Estados Unidos, entre otros no-lugares donde, de manera paradójica, surge “lo político” como resistencia al necropoder.

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    El libro lleva por título “El poder y la potencia”, una glosa a la importante obra del filósofo italiano Giorgio Agamben “El poder y la Gloria”, donde discurre sobre la suplantación de lo divino (la Gloria) por la economía y la política moderna (el poder). Nosotros queremos acercarnos a la Gloria divina, siempre inefable y no manipulable, desde las periferias del mundo hegemónico, en específico, desde la “potencia” de los pobres y excluidos como señalaron Jean Robert y Majid Rahmena, o de “los condenados de la tierra” en palabras de Frantz Fanon.

    El subtítulo “Teología política en tiempos de Gran catástrofe” es revelador de la tesis principal que recorre cada capítulo, a saber, que es posible una vivencia y pensamiento de la esperanza al vivir “lo político” desde su reverso y con imaginación escatológica, en su fuente mesiánica y en medio de los escombros de la Nakba, como lo hace hoy el pueblo palestino. Pero ahora es preciso hacerlo a escala global de Gran catástrofe, como propone en su reflexión en este libro el pensador puertorriqueño Nelson Maldonado-Torres. Los zapatistas en el sureste mexicano nombran “el común” a su modo de vivir y pensar lo político, recuperando así su tradición ancestral maya del territorio que, además de las tierras comunales, no pertenece a nadie en privado, sino que es de la comunidad.

    Las cuatro secciones del libro las presento en la Introducción a mi cargo. Ellas dan razón de los cruces de dos ejes: el fenomenológico-antropológico y el deacolonial-apofático. La primera sección parte de los escombros de Gaza con las reflexiones de Viola Raheb, filósofa palestina de la diáspora, acompañada de un planteamiento de teología política decolonial propuesto por Nicolás Panotto desde Chile y Argentina, analizando el sionismo evangélico como dispositivo de la colonialidad del poder. La segunda sección entreteje el hilo antropológico a partir de la teoría mimética aplicada al contexto sacrificial del militarismo israelí por Silvana Rabinovich, y sus efectos en la era Trump analizada con mirada aguda por James Alison para rastrear la “catolicidad” posible en tiempos de catástrofe; con un capítulo de tono místico propuesto por Brian Robinette buscando el fondo de “la vida escondida en Dios” en medio de la polarización extrema de las sociedades contemporáneas como la estadounidense.

    La tercera sección es una polifonía de voces descoloniales venidas de Puerto Rico, México, Martinica y Brasil. Nelson Maldonado-Torres abre con una invitación a pensar la colonialidad del tecnofascismo como Gran catástrofe, teniendo a Palestina como epicentro; Donovan Hernández desde México propone una “crítica de la razón de guerra” como leitmotiv de la colonialidad; Andrew Prevot, joven teólogo afroestadounidense de la nueva generación, rescata la obra del poeta martiniqués Édourd Glissant como provocación para pensar lo político; Cleusa Caldeira profundiza su propuesta del “teoquilombismo” como descolonización del pensamiento y la praxis que surge desde las subjetividades afrodiaspóricas en Brasil; Aída Hernández, quien invitó como coautora a su colega Gabriela Juárez, propone una lectura de lo político desde el acompañamiento a las Madres Buscadoras en México para explorar una espiritualidad encarnada en medio de las fosas clandestinas; y, finalmente, Ángel Méndez-Montoya, coreógrafo y teólogo “cuir” mexicano, reflexiona sobre la mesa queer como provocación teológica para pensar lo político como “el común” que insurge desde las subjetividades de las disidencias sexo-genéricas.

    Y para abrir el pensamiento crítico hacia su fondo pre-lingüístico, la cuarta sección explora el hontanar de la vida y del pensamiento. Raquel Bouso desde Barcelona hace un recuento de la filosofía de la nada desde Maestro Eckhart hasta la Escuela de Kioto, con sus implicaciones para pensar lo político. Y Matthew Kruger, joven pensador estadounidense, se asoma al pensamiento abismal de la Nada como hontanar de lo político que nos previene de idolatrías antiguas y nuevas en contextos políticos que manipulan la divinidad como ideologías identitarias.

    El prólogo a cargo de Mark Lewis Taylor, reconocido profesor emérito de Princeton, anuncia la urgente deconstrucción de lo sagrado violento en tiempos de Nakba, a partir de las reflexiones del poeta Darwish y del pensador camerunés Achille Mbembe, para enfrentar la poética de la desesperación a partir de las resistencias diversas, como el Sumud palestino.

    Y el Epílogo de M. Shawn Copeland, profesora emérita del Boston College y reconocida autora de teología negra feminista en los Estados Unidos, nos convoca a “la praxis de humanidad” para vivir en medio de los escombros con esperanza.

    El lanzamiento del libro está previsto para febrero de 2027, pero ya desde ahora se puede adquirir en pre-venta en el portal de Orbis Books. Más adelante les contaré sobre las presentaciones virtuales y presenciales que iremos organizando, junto con mis colegas editores y autores, de este gran volumen colectivo que quiere contribuir así, de manera colegiada y crítica, a pensar la esperanza posible en tiempos de colapso civilizatorio.

    Jobel, 19 de septiembre de 2026

  • De vuelta a las raíces en tiempos de devastación Sobre testigos de mundos otrosCosta | La hora de los pueblos | Jobel, 2025

    De vuelta a las raíces en tiempos de devastación Sobre testigos de mundos otros

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    Hace unos meses lloramos la partida de Diego Irrazábal, teólogo chileno que dedicó buena parte de su vida madura al acompañamiento de pueblos originarios andinos y a comunidades de base en “Nuestramérica”, según la expresión que las juventudes de Bendita Mezcla acostumbran decir para nombrar a nuestro continente. El querido amigo Fran Bosch escribió en Ameridia desde Mar del Plata una despedida memorable a Diego, recordando su legado de sonrisa y cercanía como lugares espirituales y teológicos donde podemos celebrar al Dios de la Vida. Tal fue el regalo precioso del teólogo misionero para tantas personas y comunidades a lo largo de su vida.

    Conocí a Diego en el consejo editorial de la revista Concilium hace una década, donde coincidimos por breve tiempo en un paso de estafeta entre colegas latinoamericanos de antiguas y nuevas generaciones. Compartimos en ese espacio el anhelo de actualizar la visión y misión de una revista internacional que había sabido leer “los signos de los tiempos” en el espíritu del Papa Bueno, Juan XXIII, abriendo nuevas perspectivas para la teología cristiana en tiempos difíciles de la Guerra Fría y las utopías de cambio social de los años sesenta y setenta del siglo pasado que se esparcían por América Latina y otros continentes.

    Pero el marco teórico para la teología católica de aquellos años no podía ser el mismo sesenta años después para dar cuenta del giro decolonial que toda teología -no solamente la cristiana sino también judía, musulmana, hindú y todas las tradiciones religiosas y espirituales- estamos llamadas a realizar para discenir las complicidades de la colonialidad que se apropiaron de nuestras prácticas religiosas y discursos teológicos, donde los caminos de resistencia y liberación adquieren formas atrevidas y nuevas. Algo pudimos avanzar en esta nueva comprensión de la teología en tiempos de devastación global y de re-existencias de personas y pueblos con esperanza combativa, pero quedan pendientes los procesos y trabajos de reflexión crítica que puedan surgir en esos nuevos lugares teológicos en tiempos de la violencia sistémica que se adueña del mundo de manera vertiginosa.

    Recordando estos días a Diego en el Foro Mundial Teología y Liberación (FMTL) celebrado en Cotonú, Benín, Luiz Carlos Suzin -colega brasileño de la generación que fundó este proceso teológico para acompañar los movimientos sociales del Sur global- recordaba con gratitud la visión del compañero chileno, ya desde tiempo atrás, para admirar el alma de los pueblos en sus religiones ancestrales y sus modos diversos de coexistir con el cristianismo colonial que marcó la primera evangelización de América, explorando nuevos modos de diálogo de saberes espirituales.

    Encontré de nuevo a Diego en algunos coloquios en Belo Horizonte en Brasil y en Santiago de Chile. Él fue siempre un hombre curioso, apasionado por saber cómo tejer vínculos con las nuevas generaciones, sin perder el ímpetu de un cristianismo profético y liberador que no podía renunciar a su ADN espiritual y teológico para estar siempre del lado de los pobres y los desheredados de la tierra.

    Al participar estos días en el Foro Mundial Teología y Liberación veo su huella también en este proceso de acompañamiento a los movimientos sociales que cultivan en cada territorio el cambio de mundo que anhelamos y construimos colectivas diversas desde las márgenes del mundo hegemónico. Al fin y al cabo buscamos edificar el “otro mundo posible” del Foro Social Mundial, uno “donde quepan muchos mundos” como proponen las comunidades zapatistas hoy.

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    En su edición presente, la incertidumbre se adueñó de los participantes en el Foro Social  Mundial al recibir la inesperada noticia de que sería pospuesto, en parte por la difícil relación con el gobierno beninés, como a la inestabilidad política de la región de África occidental en un contexto internacional aséptico al internacionalismo social, así como a cierta confusión del comité organizador en el seguimiento del proceso que siguió al foro realizado en 2024 en Katmandú, Nepal.

    Ante esta situación, la delegación internacional invitada al Foro Mundial Teología y Liberación fue convocada a una asamblea de última hora para decidir cómo albergar los dos paneles que como FMTL se habían ofrecido al Foro Social Mundial, uno sobre los feminismos como voces teológicas de cambio e innovación enfrentando el patriarcado, y el otro sobre las resistencias de los pueblos ante la devastación de la Madre Tierra. Una jornada intensa nos permitió escuchar voces de movimientos sociales que son signo de esperanza, como la iniciativa Ecolojah con su Centro de Valorización de la agroecología, las ciencias y las técnicas endógenas (Cevaste), abierta por Père Jah y Mère Jah en el interior de Benín, donde es posible explorar las conexiones entre el ciudado de la tierra y las espiritualidades del Dios de la vida.

    Con el fin de mantener vivo “el espíritu de Porto Alegre” que dio nacimiento al Foro Social Mundial, Silvia Regina de Lima Silva, Nicolas Panotto y yo propusimos à la coordinación un día de trabajo como delegación internacional del FMTL para pensar juntos de manera creativa los retos actuales de la teología de la liberación en un contexto de violencia global creciente. Reformulamos los pasos tradicionales del ver-pensar-actuar propios de la teología de la liberación con un acento decolonial, para visibilizar-problematizar-articular nuestras opciones políticas, epistémicas y espirituales donde hoy tejemos teología con los movimientos sociales. Fue una rica e intensa jornada de reflexión acompañada de símbolos de las resistencias y re-existencias donde vemos surgir destellos del Reino de Dios en nuestro tiempo presente.

    Finalmente decidimos participar un día del Foro Social Mundial para explorar su edición actual en un país africano. La difíciles negociaciones entre el comité organizado y el gobierno, así como el tiempo reducido para que muchas delegaciones internacionales llegaran al evento, abrieron una duda sobre el futuro de este espacio de movimientos sociales autónomos que comparten la visión del otro mundo posible que dio origen al FSM. Habrá que evaluar la pertinencia de este modelo que tiene ya veinticinco años y que se enfrenta a una crisis del internacionalismo y del altermundismo en tiempos de tecnofascismo a escala global.

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    Hoy 8 de agosto es la fiesta de Domingo de Guzmán quien -junto con Diego de Osma, obispo inquieto ante la incertidumbre de su época en Castilla del siglo XIII, un grupo de mujeres de Prulla en el sur de Francia buscando volver a la raíz del Evangelio en comunidad, pobreza y oración, junto con Pedro Ceyla, laico del Languedoc que ofreció su casa para albergar la iniciativa de la “santa predicación”- recibieron de manera compartida “el carisma de la predicación” para volver a la raíz de la fe cristiana mediante la predicación apostólica.

    Es ocasión de celebrar sin triunfalismo y con sentido critico un estilo de vida en constante movimiento que ha dado sabrosos frutos para la Iglesia y para la humanidad. Carisma de búsqueda de la verdad, donde sea que se encuentre, como lo vivieron Alberto Magno, Tomás de Aquino y Maestro Eckhart en la Edad Media. Ímpetu por la justicia, comenzando por los olvidados de la sociedad, con la Escuela de Salamanca y Bartolomé de Las Casas en Chiapas en el siglo XVI, y en nuestros tiempos con Albert Nolan en la Sudáfrica del Apartheid y Gustavo Gutiérrez en el Perú de Sendero Luminoso.  Pasión por la belleza que es esplendor de la divinidad, desde Fra Angélico en Florencia hasta el padre Couturier en Francia, y Julián Pablo en México. Anhelo de espiritualidad del misterio insondable del Dios vivo, como Maestro Eckhart en las riberas del Rin, o la laica Catalina de Siena la Toscana medievales, o el laico Piergiorgio Frassati en el siglo XX, tradición mística nunca atrapada por sentimiento, idea o institución alguna, sino seducida por la divinidad amorosa siempre inalcanzable y a la vez cercana.

    Celebro hoy esta fiesta con los frailes dominicos y la familia dominicana de Cotonú, animados por un coro juvenil de potentes voces y ritmos africanos, aunque en medio de un ritual romano que no tiene visos de inculturación de la fe del pueblo beninés. Espero que algún día, predicación, teología y espiritualidad alcancen ese “estadio descolonial” que nos permita a los pueblos abrevar la sed de la divinidad en la polifonía de las tradiciones espirituales que nos entretejen como obra humana y divina en el corazón de los pueblos.

    Feliz fiesta de Domingo, el buscador y predicador de la verdad que salva.

     

    Cotonú, 8 de agosto de 2026

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