Categoría: Fe y razón

  • Tejiendo una teología política para tiempos de Gran catástrofe Algunos avances del libro colectivo en proceso editorial neoyorkinoAntún Kojtom Lam | Mural Ch'ulel | Teatro de la Ciudad, San Cristóbal de Las Casas 2012 | Foto: Carlos Mendoza

    Tejiendo una teología política para tiempos de Gran catástrofe Algunos avances del libro colectivo en proceso editorial neoyorkino

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    La famosa autora canadiense Naomi Klein acaba de publicar, junto con Astra Taylor, un provocador libro sobre el fascismo del fin de los tiempos. Tan sólo en la Introducción de la obra -que se anuncia será un “best seller” en la anglósfera- las autoras plantean con realismo periodístico los hilos del fascismo como expresión del capitalismo de las minorías atrapadas en su propia contradicción: por un lado, ávidas de siempre mayor riqueza, por el otro, amenazadas por mayorías que tejen protestas en las calles en escenarios distópicos cada vez más recurrentes.

    Mi amigo Pablo Reyna me hizo llegar desde Colombia el libro con un escueto mensaje que leí como una provocación para entretejer con las autoras una lectura alternativa del fondo teológico en juego, que a mi juicio se encuentra en el papel movilizador de las espiritualidades de las resistencias. Ciertamente las pensadoras vislumbran en la vuelta al lugar o “hereness” la llave para recuperar la visión de una humanidad que cuida de la vida en el aquí y el ahora, a contrapelo de la historia hegemónica. Por lo que alcanzo a ver hasta ahora ellas no navegan el gran caudal de las prácticas y el pensamiento descoloniales del Sur epistémico que hemos descrito en nuestro trabajo desde hace varios años.

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    Tal es el tema central del libro que actualmente se encuentra en proceso editorial en la prestigiosa casa editorial Orbis Books de Nueva York que, desde hace seis décadas, presentó al público de habla inglesa las obras fundantes de la teología de la liberación, publicando a sus principales autores como Gustavo Gutiérrez, Jon Sobrino, Leonardo Boff y sus lectores creativos en el contexto estadounidense y de otras latitudes como Sudáfrica, Corea y Palestina.

    Se trata de una obra colectiva como fruto de los coloquios que organicé durante cinco años en el Boston College, cobijados por la iniciativa “Más allá de la violencia global” que propuse como plataforma de investigación personal en mi calidad de “senior professor” en aquella institución. Desde ahí pude invitar a colegas de Brasil, México, Inglaterra, España, Japón, Puerto Rico y los Estados Unidos para participar en diversos conversatorios sobre el pensamiento social, filosófico y teológico en ciernes tras el colapso del sueño moderno. En mi investigación previa realizada en México, Suiza, Francia y Brasil, había ido conectando el análisis de la fenomenología de la modernidad tardía con la teoría mimética de René Girard para explorar subjetividad colapsada por el sueño del ego tecnocientífico. Pero faltaba incluir el análisis decolonial inspirado en Frantz Fanon y Aníbal Quijano que proseguía la ruta del pensamiento latinoamericano de la liberación, incorporando nuevas categorías teóricas y prácticas para pensar la “colonialidad” como un proceso moderno de cinco siglos de extractivismo del trabajo, los saberes y las formas de vida de los pueblos sometidos.

    Surgió así la pregunta por la suplantación de lo divino que promovió la modernidad por medio del endiosamiento de la razón, la técnica, el mercado, el patriarcado y la voluntad de dominio, por mencionar solamente algunos de los dispositivos de control implementados por la racionalidad occidental tecnocientífica. De ahí la necesidad de postular “el hontanar apofático” de lo político, apelando a “la nada” como aquello que tenemos en común, según la feliz expresión de Matthew Kruger del “nothing in common”, en el “más acá” de nuestras identidades de clase social, raza, género, religión y cultura.

    De esta manera, gracias a estos conversatorios pudimos acceder al manantial de las resistencias y re-existencias donde fluye la teología política descolonial para tiempos de gran catástrofe. Así surgió la idea de un libro colectivo que recogiera las intuiciones y los relatos por los que fuimos discurriendo a lo largo de un lustro en tierras de los Massachussets.

    Cuando le conté a Neto Valiente, querido colega salvadoreño de la Escuela de Teología y Ministerios del Boston College, sobre la teología política descolonial que se iba cocinando -yendo más lejos que la teología de la liberación de primera generación que él admira y conoce a fondo- aquella que surge del encuentro entre fenomenología, teoría mimética, filosofía apofática y pensamiento decolonial, se quedó mirándome incrédulo. Y preguntó: “¿y quién ha escrito sobre eso?” Solamente le respondí: “nadie hasta ahora, pero nosotros lo vamos a hacer”.

    Laurel, Sole, Matthew, Valentina, Maddie, Francis, Juan Miguel, Martín y Amirah -entre muchos otros maestrandos y doctorandas- que seguían mis cursos de posgrado sobre teologías de la liberación, descolonial y queer en el Boston College fueron testigos de cómo se iban tejiendo esos hilos aparentemente tan disímbolos en un telar discursivo con la trama de la vulnerabilidad-convivencialidad-esperanza combativa como relectura de la colonialidad del poder-saber-ser que analizábamos en las clases y profundizábamos durante las tertulias en casa de Mingo y Valentina con la espléndida hospitalidad chilena, donde la comensalidad hacía fluir mejor las ideas y la amistad.

    Los colegas que invitaba a cada coloquio sobre una de esas fuentes teóricas que mencioné arriba aceptaban participar con gusto, pero cuando les hablaba yo de la correlación entre esos enfoques muchos manifestaron su escepticismo, mientras que otros asintieron con curiosidad. Y así nació el libro que propuse a la editorial neoyorkina cuando uno de sus editores me invitó a publicar alguna obra de mi autoría en una charla durante la convención de la Sociedad Teológica Católica de los Estados Unidos (CTSA por sus siglas en inglés) de junio de 2024 en Baltimore. Le comenté que tenía una mejor idea: proponer un manuscrito colectivo sobre teología política en tiempos de incertidumbre global. Y aceptó curioso la propuesta que le envié, luego de consultar con las y los colegas que habían participado en los coloquios bostonianos si se animaban a poner por escrito lo compartido en persona.

    En ese momento estábamos entrando en la Gran Catástrofe donde hoy nos encontramos entrampados. Así, la obra colectiva iría tomando forma como relato colectivo de esperanza en medio de los escombros del genocidio en Gaza, de las fosas clandestinas de México, en las grietas de las diásporas palestina y afrobrasileña, y desde los centros de detención de personas indocumentadas en Estados Unidos, entre otros no-lugares donde, de manera paradójica, surge “lo político” como resistencia al necropoder.

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    El libro lleva por título “El poder y la potencia”, una glosa a la importante obra del filósofo italiano Giorgio Agamben “El poder y la Gloria”, donde discurre sobre la suplantación de lo divino (la Gloria) por la economía y la política moderna (el poder). Nosotros queremos acercarnos a la Gloria divina, siempre inefable y no manipulable, desde las periferias del mundo hegemónico, en específico, desde la “potencia” de los pobres y excluidos como señalaron Jean Robert y Majid Rahmena, o de “los condenados de la tierra” en palabras de Frantz Fanon.

    El subtítulo “Teología política en tiempos de Gran catástrofe” es revelador de la tesis principal que recorre cada capítulo, a saber, que es posible una vivencia y pensamiento de la esperanza al vivir “lo político” desde su reverso y con imaginación escatológica, en su fuente mesiánica y en medio de los escombros de la Nakba, como lo hace hoy el pueblo palestino. Pero ahora es preciso hacerlo a escala global de Gran catástrofe, como propone en su reflexión en este libro el pensador puertorriqueño Nelson Maldonado-Torres. Los zapatistas en el sureste mexicano nombran “el común” a su modo de vivir y pensar lo político, recuperando así su tradición ancestral maya del territorio que, además de las tierras comunales, no pertenece a nadie en privado, sino que es de la comunidad.

    Las cuatro secciones del libro las presento en la Introducción a mi cargo. Ellas dan razón de los cruces de dos ejes: el fenomenológico-antropológico y el deacolonial-apofático. La primera sección parte de los escombros de Gaza con las reflexiones de Viola Raheb, filósofa palestina de la diáspora, acompañada de un planteamiento de teología política decolonial propuesto por Nicolás Panotto desde Chile y Argentina, analizando el sionismo evangélico como dispositivo de la colonialidad del poder. La segunda sección entreteje el hilo antropológico a partir de la teoría mimética aplicada al contexto sacrificial del militarismo israelí por Silvana Rabinovich, y sus efectos en la era Trump analizada con mirada aguda por James Alison para rastrear la “catolicidad” posible en tiempos de catástrofe; con un capítulo de tono místico propuesto por Brian Robinette buscando el fondo de “la vida escondida en Dios” en medio de la polarización extrema de las sociedades contemporáneas como la estadounidense.

    La tercera sección es una polifonía de voces descoloniales venidas de Puerto Rico, México, Martinica y Brasil. Nelson Maldonado-Torres abre con una invitación a pensar la colonialidad del tecnofascismo como Gran catástrofe, teniendo a Palestina como epicentro; Donovan Hernández desde México propone una “crítica de la razón de guerra” como leitmotiv de la colonialidad; Andrew Prevot, joven teólogo afroestadounidense de la nueva generación, rescata la obra del poeta martiniqués Édourd Glissant como provocación para pensar lo político; Cleusa Caldeira profundiza su propuesta del “teoquilombismo” como descolonización del pensamiento y la praxis que surge desde las subjetividades afrodiaspóricas en Brasil; Aída Hernández, quien invitó como coautora a su colega Gabriela Juárez, propone una lectura de lo político desde el acompañamiento a las Madres Buscadoras en México para explorar una espiritualidad encarnada en medio de las fosas clandestinas; y, finalmente, Ángel Méndez-Montoya, coreógrafo y teólogo “cuir” mexicano, reflexiona sobre la mesa queer como provocación teológica para pensar lo político como “el común” que insurge desde las subjetividades de las disidencias sexo-genéricas.

    Y para abrir el pensamiento crítico hacia su fondo pre-lingüístico, la cuarta sección explora el hontanar de la vida y del pensamiento. Raquel Bouso desde Barcelona hace un recuento de la filosofía de la nada desde Maestro Eckhart hasta la Escuela de Kioto, con sus implicaciones para pensar lo político. Y Matthew Kruger, joven pensador estadounidense, se asoma al pensamiento abismal de la Nada como hontanar de lo político que nos previene de idolatrías antiguas y nuevas en contextos políticos que manipulan la divinidad como ideologías identitarias.

    El prólogo a cargo de Mark Lewis Taylor, reconocido profesor emérito de Princeton, anuncia la urgente deconstrucción de lo sagrado violento en tiempos de Nakba, a partir de las reflexiones del poeta Darwish y del pensador camerunés Achille Mbembe, para enfrentar la poética de la desesperación a partir de las resistencias diversas, como el Sumud palestino.

    Y el Epílogo de M. Shawn Copeland, profesora emérita del Boston College y reconocida autora de teología negra feminista en los Estados Unidos, nos convoca a “la praxis de humanidad” para vivir en medio de los escombros con esperanza.

    El lanzamiento del libro está previsto para febrero de 2027, pero ya desde ahora se puede adquirir en pre-venta en el portal de Orbis Books. Más adelante les contaré sobre las presentaciones virtuales y presenciales que iremos organizando, junto con mis colegas editores y autores, de este gran volumen colectivo que quiere contribuir así, de manera colegiada y crítica, a pensar la esperanza posible en tiempos de colapso civilizatorio.

    Jobel, 19 de septiembre de 2026

  • El primer cumpleaños de mi blogDenilson Baniwa | Curumim, guardador de memórias | Brasil, 2018

    El primer cumpleaños de mi blog

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    Una de las facetas del “intelectual desprofesionalizado”, usando esa expresión querida para Gustavo Esteva, luego de treinta años de vida académica en mi caso, ha consistido en explorar el territorio del blog. Todo un desafío ha resultado descubrir tierra esta inhóspita para un ciudadano de la generación llamada de los Baby boomers o de la posguerra.

    Esta aventura digital ha significado un reto para alguien venido del mundo de la prehistoria digital. Fui un niño de los años sesenta que creció jugando con Towi, pequeñas piezas de madera para formar figuras de casitas o animales, imaginando historias de indios y vaqueros. Infancia de juegos de carreras de cochecitos de metal, del tamaño de la palma de la mano, lanzados con golpes precisos dados con el dedo índice sobre el carrito, para hacerlo avanzar por el borde de la banqueta de cemento, dando la vuelta a la cuadra de la casa, ubicada en el bello barrio de San Francisco en Puebla. Recorríamos así un perímetro de unos cien metros, pasando largas horas con primos y vecinos. Luego vinieron los juegos de Mecano para armar máquinas y puentes con piezas de metal llenas de agujeros empalmados con tornillos. Eran momentos alternados con las carreras de carritos de baleros, corriendo veloces en las calles de pendiente. Ningún juego de videos marcó a mi generación.

    Para las actividades escolares, la máquina de escribir era nuestra aliada irremplazable en la secundaria y la prepa para presentar trabajos finales, haciendo copia de los trabajos con papel carbón en hojas de papel de china de diversos colores, según la materia cursada. Sufríamos como verdadero drama cometer un error de mecanografía porque había que escribir de nuevo toda la hoja.

    Años más tarde, cuando redacté mi tesis de doctorado en Friburgo ya pude usar la máquina eléctrica, con corrector integrado, lo que me parecía un salto cuántico con respecto a las máquinas mecánicas Olivetti de la infancia y adolescencia. Pero, aun así, cuando el riguroso director de tesis hacía comentarios al capítulo sobre las hojas de papel mecanografiado, entregado luego de muchos días y noches en vela, había que escribir de nuevo todo el capítulo. No existía la magia del copy-paste de los procesadores de textos que ahora nos hace ahorrar horas y días de trabajo en un solo clic.

    No obstante las grandes ventajas del mundo digital de nuestros días, recuerdo ahora con nostalgia aquel heroísmo de la escritura académica de los años de infancia y juventud que nos fue probando en el arte de la paciencia a la hora de escribir, corregir y preparar los trabajos académicos con cuidado, a ritmo de ensayo y error, en una parsimonia que favorecía la reflexión y, a veces, nos llevaba a la histeria colectiva.

    El engargolado final del trabajo mecanografiado era el toque maestro que, para estudiantes con buenos recursos económicos, se hacía con alarde al usar la nueva tecnología de encuadernamiento térmico, más fino y elegante, para impresionar al profesor.

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    De repente, sin percatarme del salto cualitativo al mundo digital, me ha tocado cruzar hacia otro territorio inhóspito llamado Inteligencia artificial. Hace unos años algunos periodistas y científicos hablaban del “internet de las cosas”, lo que parecía un oráculo de ciudad gótica traído al mundo digital. Todos los dispositivos tecnológicos diseñados con semiconductores y microchips se conectaban en una red secreta en alguna nube digital que parecía flotar sobre nuestras cabezas. Esa nube representaba quizás algo similar a lo que imaginaban las abuelitas cuando rezaban a los coros angélicos para que nos protegieran desde el cielo. La diferencia es que ahora esa nube es una amenaza porque almacena nuestros datos en algún centro controlado por Google o Palantir, devastando el territorio y a su población, pero sobre todo dejándonos desprotegidos ante esa vigilancia global que aterrorizó al Papa León XIV.

    En el mundo de la filosofía, recuerdo que, a inicios del nuevo milenio, Mariano Corbì, un jesuita catalán al que no le gustaba que lo identificaran como compañero de Ignacio, hablaba de “razón digital”, como alternativa a “la razón analógica” que había dominado a Occidente por miles de años, augurando un salto ontológico en las relaciones cósmicas y humanas que tendría impacto inmediato en una nueva forma de vivir la espiritualidad como “religión sin religión”.

    Por su parte, Ivan Illich, en su genial obra “En el viñedo del texto” publicado en 1993, exploraba el parto de Occidente en términos de tecnología de la producción de sentido a partir del libro medieval, siguiendo a su gran maestro parisino Hugo de San Víctor en su obra “Didascalicon”, como metáfora del argumento que se desprende como un viñedo de las hojas del texto con sus numerosas glosas. Basado en esa inteligencia del texto, Illich caracterizó la era de los sistemas que cruzaba la humanidad con la tecnología digital de fin del milenio pasado como un peligroso umbral de deshumanización.

    Pero ahora la Inteligencia artificial crece que llegó para quedarse como un entorno de control de datos y comunicación que, en su versión generativa, amenaza con tomar decisiones por sí sola, cruzando datos y sacando conclusiones, para tomar decisiones en las empresas, gobiernos y ejércitos que dependen de ella para lograr la eficiencia terminal (válgase la expresión) de sus objetivos comerciales y militares. Mucho tenemos que aprender, valorar y decidir para que esta nueva tecnología no termine por devorarnos como especie humana.

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    Hace un año, el 1° de junio de 2025, inauguré mi blog como un camino virtual para entretejer conversaciones con personas y comunidades con quienes comparto amistad, anhelos, ideas y algunas iniciativas en curso para sembrar un mundo un poco más humano en nuestros territorios propios. El mundo digital me permite así proseguir ahora el diálogo con personas del Sur y del Norte, con quienes he coincidido en algún momento de la vida personal, académica y pastoral, desde territorios Mapuche y Dakota hasta Sudáfrica, entre Boston y Chiapas, desde la Pomerania hasta El Salvador, Brasil y el Perú.

    Con el apoyo de Raquel, Sergio y Fátima, talentosos colegas del taller Afink y asesores en comunicación gráfica y digital, así como al ojo crítico de Eduardo Velasco como asesor de  la imagen del portal, he ido proponiendo cada semana un texto corto sobre temas de actualidad, con énfasis en el trasfondo humano, de pensamiento, de espiritualidad y de compromiso social para contar y tejer historias de dignidad y esperanza.

    Cumplir un primer año de publicaciones semanales me permite volver la mirada a los temas tratados -acompañados siempre con una imagen de arte decolonial o fotografía de mi autoría que he tomado en algunos viajes- para expresar mi agradecimiento por este aprendizaje colectivo, confiando en que la conversación siga adelante para nutrirnos mutuamente con palabras verdaderas.

    San Cristóbal de Las Casas, 29 de junio de 2026

  • De mundos alternos que se tocan Conmemorando el primer centenario del nacimiento de Ivan IllichStreet Art | Elogio de la bicicleta | Buenos Aires, 2015

    De mundos alternos que se tocan Conmemorando el primer centenario del nacimiento de Ivan Illich

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

    Entre la Europa de la posguerra y la América Latina y caribeña del espejismo moderno hubo flujos de vida y pensamiento que iban y venían entre ambos litorales del Atlántico. Lo que antes fuera la frontera de conquista, colonización y evangelización —con las creaciones criollas y mestizas que reinventaron Occidente durante el periodo colonial— se convirtió en tiempos modernos en un océano de susurros de mundos nuevos, navegando a contracorriente del progreso y de la industrialización.

    La década de los años sesenta del siglo pasado vio surgir en Cuernavaca, México, un río de pensamiento yendo “al norte del futuro”, como Ivan Illich gustaba enunciar el porvenir llegando a nosotros aquí y ahora, citando el poema de Paul Celan, ese autor hebreo rumano que tanto le fascinaba:

    En los ríos, al norte del futuro,
    tiendo la red que tú
    titubeante cargas
    de escritura de piedras,
    sombras.

    En mi mano el otoño come su hoja: somos amigos.
    Extraemos el tiempo de las nueces y le enseñamos a caminar:
    regresa el tiempo a la nuez.

    En el espejo es domingo,
    en el sueño se duerme,
    la boca dice la verdad.

    Mi ojo asciende al sexo de la amada:
    nos miramos,
    nos decimos palabras oscuras,
    nos amamos como se aman amapola y memoria,
    nos dormimos como el vino en los cuencos,
    como el mar en el rayo sangriento de la luna.

    Nos mantenemos abrazados en la ventana, nos ven desde la calle:
    tiempo es de que se sepa,
    tiempo es de que la piedra pueda florecer,
    de que en la inquietud palpite un corazón.
    Tiempo es de que sea tiempo.

    Es tiempo.

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    La investigadora austriaca Isabella Bruckner, joven profesora en el Ateneo de San Anselmo de los benedictinos en Roma, que ahora se traslada a Friburgo de Brisgovia, organizó un coloquio europeo para profundizar en el legado teológico de Ivan Illich, rastreando la genealogía de sus intuiciones más profundas sobre la crisis de la modernidad instrumental, surgidas de lo que él llamó la perversión del cristianismo.

    Junto con el profesor Martin Kirschner, de la Universidad Católica de Eichstätt en Baviera, fui invitado a ofrecer una ponencia conjunta, comparando la teología política que surge en algunos lugares de Alemania y México inspirada en las intuiciones e ideas de Illich. El desafío era doble porque suponía encontrar un suelo común y un lenguaje apropiado para dar cuenta de experiencias de proximidad y convivencialidad en países tan disímbolos en su cultura política: el pueblo alemán debatiéndose hoy por la complicidad de la Unión Europea como aliada de Israel y Estados Unidos en su guerra geopolítica en Medio Oriente, y el pueblo mexicano seducido por los cantos de las sirenas de la Cuarta Transformación y los alaridos de la Copa del Mundo de Futbol que silencian el drama de las personas desaparecidas y la corrupción del narcogobierno en buena parte del territorio del país.

    Cuando fui invitado a participar, sugerí a la organizadora invitar a personas que por años han caminado inspiradas por el pensamiento de Illich, en particular a Javier Sicilia, Sylvia Marcos, Roberto Ochoa y Rafael Mondragón, poco conocidos por la academia europea. Así que me di a la tarea de presentar en mi ponencia las ideas centrales de este diálogo crítico sobre lo que Humberto Beck llamó la Escuela de Cuernavaca, con el pensador hebreo y cristiano de la proximidad y la convivencialidad. Subrayé los nuevos derroteros que se presentan en México y otras partes del mundo de abajo y de las periferias de los centros de poder hegemónico, donde fluyen las resistencias como otros modos de comer, sanar y educar —según decía el añorado Gustavo Esteva hablando de los verbos revolucionarios— para promover autonomías territoriales, epistémicas y espirituales que dan sustento a comunidades y pueblos que enfrentan a la hidra de muchas cabezas que devora el mundo.

    Uno de los temas illichianos que más impactó a colegas en Alemania durante la pandemia de COVID-19 fue la crítica a la maquinaria industrial farmacéutica, promovida por los gobiernos democráticos occidentales que impusieron políticas de salud pública sin considerar la autonomía de las personas y las comunidades en la elección de los modos más adecuados para enfrentar la pandemia. Mis colegas alemanes, Martin Kirschner y Markus Riedenauer, insistieron en la vigencia de esa crítica al poder del Estado para imponer esquemas obligatorios de vacunación, sin tener en cuenta las graves objeciones científicas al uso indiscriminado de la vacuna y a los efectos que esta causó en la población.

    Otro tema recurrente en los debates de Roma fue el de las autonomías territoriales, epistémicas y culturales que surgen al colocar en el centro de la vida la proximidad del cara a cara o, en palabras de Illich, la convivencialidad como modo de existencia y el lugar que se habita con la fuerza de lo vernáculo. Tanto en Europa como en América Latina y el Caribe, esas autonomías han andado camino en décadas recientes, con la conquista de cuerpos y territorios por parte de mujeres, pueblos originarios y colectivas queer/cuir, entre otros colectivos en resistencia.

    Les sorprendió a los colegas europeos el enfoque diverso sobre las implicaciones éticas, políticas y espirituales de la obra del pensador migrante Ivan Illich. Desde su diáspora de la Iglesia clerical hasta su vuelta a los clásicos medievales como Hugo de San Víctor —pasando por su convivencialidad con comunidades puertorriqueñas en Nueva York y luego con comunidades campesinas en Cuernavaca— Illich fue testigo de esos mundos otros que se tocan. Fabio Milana, editor, junto con Giorgio Agamben, de la obra de Illich en italiano, presentó una joya de investigación de archivo de la familia Illich para contar la “vocación de Ivan”, como joven hijo de madre hebrea y padre cristiano, que cultivó desde la infancia y la juventud la pasión por el pensamiento surgido del cristianismo como acontecimiento de la encarnación del Verbo de Dios. Un núcleo que, más adelante, quedaría como rescoldo en la obra del pensador migrante hasta nuestros días, en la que ahora recuperamos esa mirada prístina de Illich sobre una iglesia sin poder.

    Quedó abierta la propuesta de proseguir la exploración del pensamiento de Illich desde sus diversas perspectivas, tanto la europea como la latinoamericana. Esperamos organizar un encuentro en Cuernavaca que anime estos diálogos y nuevos modos de vida en la convivencialidad de quienes resisten la era del sistema, recuperando el lugar y lo vernáculo como ejes de otra modernidad posible.

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    Esta semana inician los talleres culturales de escritura y pintura en Sots’leb, como parte de los preparativos para la conmemoración de los 500 OP Chiapas, que se llevará a cabo el sábado 6 de junio en Zinacantán.

    He tenido la fortuna de contribuir a la organización de estos eventos a cargo de los maestros Antún Kojtom, pintor tseltal de Tenejapa, y Xun Betán, antropólogo y poeta tsotsil de Venustiano Carranza. Estos actos de memoria colectiva buscan explorar la vigencia de las culturas de los Altos de Chiapas y su encuentro con los frailes dominicos en un diálogo que comenzó hace quinientos años.

    Un mural en la explanada afuera del templo de San Lorenzo Mártir de Zinacantán plasmará escenas de la religión ancestral del pueblo tsotsil, tales como el rezo en los cerros a cargo de los Jiloletic, la bendición de las abuelas y la importancia de los cargos tradicionales como vínculo de la comunidad. Como parte de esa ancestral historia, en el centro del mural aparece una escena del encuentro imaginario entre un Jilol o vidente tsotsil con fray Bartolomé de Las Casas, acompañado a sus espaldas por otros frailes que cuidaron el legado del Evangelio ligado a la defensa de los derechos de los pueblos, como fray Matías de Córdoba contribuyendo a la independencia de Chiapas y, en tiempos recientes, fray Raúl Vera con jTatic Samuel Ruiz caminando con los pueblos mayas. Y al extremo derecho del mural, el maestro Antún creó una bellísima escena del diálogo entre el sabio de Pochutla Chan ak’abal o serpiente nocturna,  y fray Pedro Lorenzo de la Nada, ambos sentados bajo una ceiba, el árbol sagrado de los mayas de la selva Lacandona, en mutua escucha: el fraile hablando con elocuencia y respeto, el sabio maya señalando a la tierra y tocando su corazón.

    Quienes puedan asistir el sábado 6 de junio a Zinacantán podrán participar en el develamiento del mural, acompañado de poesía tsotsil y música tradicional, para refrendar de esta manera el diálogo de saberes que buscamos seguir promoviendo entre frailes y comunidades tsotsiles, y fortalecer la vida de los pueblos con la savia vital de sus tradiciones ancestrales y la fuerza profética del Evangelio.

    Roma, 17 de mayo de 2026

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