Categoría: Espiritualidad intercultural

  • Los frutos de la Pascua floridaCarlos Mendoza Álvarez | Capilla del Rosario, Templo de Santo Domingo de Puebla | 2026

    Los frutos de la Pascua florida

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    Tres semanas de silencio en este blog han transcurrido en medio de una vorágine de acontecimientos pastorales y personales que, en retrospectiva, veo relacionados como frutos del camino de la Pascua de este año. A través de breves historias trataré de contar los destellos del mundo por venir que percibí a lo largo de estos días.

    Las celebraciones religiosas de la Semana Santa se conectaron de repente con una experiencia de encuentro misterioso en los pozos de agua de Yalentay, en los cerros de Zinacantán, donde fui recibido de manera inesperada por el guardián del lugar. Esas celebraciones religiosas multiformes se dieron en medio de visitas de colegas y amigas queridas venidas de lejos, Amirah y Alicia con Adriana, con quienes anhelaba compartir los sabrosos frutos de una Iglesia autóctona de raíces y rostro tsotsil, acompañadas por las preguntas sobre lo que aún falta por aprender a cuidar como parte del camino de las resistencias.

    Pascua en Jobel

    El grupo de seis acólitos me fue encomendado para su formación y la preparación de su vestimenta según el estilo de los dominicos. Son seis adolescentes coletos que, con mucha convicción y emoción, quieren dedicar parte de su vida humana y espiritual, ocupando su tiempo libre durante la secundaria y la preparatoria, a “servir al altar”. En el contexto de la sociedad coleta, de intensa práctica religiosa y devocional, resulta todo un desafío pastoral conectar con las juventudes para servir a Cristo en el altar y en la comunidad, especialmente con los pobres y los excluidos. Integrar a una nueva generación de jóvenes creyentes se enfrenta a diversas resistencias por parte de las personas mayores, que parecen inamovibles en sus prácticas religiosas jerarquizadas e individuales de la piedad popular sancristobalense.

    Pero luego de dos meses de encuentros sabatinos en un clima de fraternidad, con oración sencilla, salida del corazón y por medio de la escucha de historias bíblicas en versiones audiovisuales contemporáneas, se fue formando una incipiente comunidad de amistad con Jesús, como pastor y amigo de las ovejas de este y otros rediles.

    Al final de dicho proceso, que tuvo algunas tensiones con la vieja generación, caigo en la cuenta del corazón bueno de las juventudes coletas de hoy, deseosas de servir con belleza y verdad en el altar litúrgico, a la vez que inquietas por traducir el simbolismo del altar de Cristo —los pobres— en actos de servicio a los más vulnerables de la ciudad.

    65 soles

    Y llegó abril con su fuerza afectiva de cumpleaños, brindándome la posibilidad de rememorar el festín del deseo en mi propia carne —con misa y mesa dispuestas con el sello de los sabores y el estilo poblano—, acompañado por mi familia y por amistades antiguas y nuevas, como acción de gracias por los 65 abriles que he podido vivir como hombre y como dominico, la mayor parte de mi vida.

    La Capilla del Rosario, epicentro de la vida espiritual de muchas familias poblanas, incluida la mía, fue el lugar perfecto para entonar una acción de gracias por el don de la vida, acompañado por mi familia y amistades a lo largo de tantos años de compartir el pan y la sal, el dolor y la esperanza, la fiesta y los trabajos por construir otros mundos aquí y ahora. La música barroca interpretada por Julio Saldaña y Suzy Torres, con Magda como soprano y Abraham como tecladista, nos permitió conectar con los ancestros de la familia y de mi orden religiosa. Ese espacio extraordinario de arte barroco es aún más admirable porque cuenta historias de mujeres de fe, como María, la joven mujer de Palestina que dijo sí al ángel, y de muchas mujeres de la Biblia y hermanas dominicas de Europa y América, todas ellas caminando, acompañadas por las tres virtudes teologales, hacia la gracia plena.

    Fue un gusto recibir como comensales a mis compañeros de la secundaria del Instituto Normal del Estado y de la Preparatoria Popular Emiliano Zapata. Los años que pasaron volando parecen ahora acercarnos más que distanciarnos. Tuve la sensación de que volvíamos a casa, luego de que cada uno siguiera su propio sendero, ya fuera abogado, química, ingeniero, educador o guerrillero.

    Y para mi sorpresa, volver a encontrarme con Polo Sánchez Brito, guía scout de la patrulla Antílopes del Grupo 1 de Puebla más de medio siglo después, fue refrendar aquellos aprendizajes para valerse por sí mismo y en comunidad en medio del bosque, orientándose con la brújula y las estrellas en las caminatas de iniciación, aprendiendo a encender fuego con pedernal y un poco de paja, a cocinar el desayuno y preparar café con leche al amanecer, además de reconocer las huellas de los animales que pasaban por los caminos y grabarlas en moldes de yeso.

    Seis brindis, uno por cada década vivida, me permitieron rememorar pequeñas historias de infancia familiar y como boy scout, el despertar afectivo de adolescencia, la juventud preparatoriana crítica, la profesión elegida desde temprana edad en mi caso como dominico, la fe comprometida a lo largo de los años según una tradición espiritual e intelectual de ocho siglos, y finalmente la vida académica de tres décadas inspirada por el acompañamiento pastoral a comunidades vulnerables de México.

    Y al final, toda esta memoria compartida fue coronada por el brindis amoroso en las voces de mi hermana María Eugenia, mi amigo Raúl de la prepa y de Amirah, quien representaba a los doctorandos de Boston College de diversos países de Nuestramérica, con quienes tanto sigo aprendiendo.

    ¡Qué alegría celebrar así el don de la vida!

     

    Diálogos bávaros

    Y, como continuación desafiante de la vida, ahora estoy realizando una breve estancia académica en Eichstätt, en Baviera, gracias a la invitación de mi amigo, el profesor Martin Kirschner, quien me está permitiendo conectar de nuevo con aquel oficio de profesor que dejé hace un año al renunciar a Boston College, luego de tres décadas de vida académica.

    Ser “objeto de estudio” de los doctorandos en Baviera no fue del todo extraño para mí, después de que Cleusa Caldeira, en la Facultad Jesuita de Teología de Belo Horizonte, Brasil, dedicara su tesis doctoral a explorar mi contribución al pensamiento teológico. Aquí, Constantin tuvo el encargo de leer mi último libro sobre la resurrección como anticipación mesiánica, para plantear preguntas acuciosas sobre “lo real” del acontecimiento de la resurrección de Jesús, preguntándome qué pasó con su cuerpo y cómo nos afecta hoy. En el fondo, había un cuestionamiento metafísico que subyace a este acontecimiento fundacional de la existencia cristiana.

    Volver al ritmo de una ciudad europea universitaria, tranquilo, silencioso y ordenado en sus tiempos y formas, resulta un deleite. Pero también es un desafío no desconectarme de los procesos de vida y de pastoral en los que estoy inmerso desde hace cinco meses en Chiapas.

    ¿En qué modo, en adelante, podrá lograr un equilibrio entre acción y pensamiento, con tiempo suficiente para la meditación, la reflexión y la escritura?

    Se asoma en el horizonte el sueño de una cabaña-hogar donde departir con amigos en el cuerpo y el espíritu, el soplo de la Ruah divina para dejarnos mover por su brisa.

    Tal vez el entorno de los volcanes de mi infancia sea el humus fecundo que haga florecer ese sueño.

    Eichstätt, 30 de abril de 2026

  • Somos tierra, somos viento Las enseñanzas del Jilol PedroCarlos Mendoza Álvarez | Rezo en los cerros con Jilol Pedro | Sot's Leb, 2026

    Somos tierra, somos viento Las enseñanzas del Jilol Pedro

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    La base rocosa de la montaña -por la que se abre paso el Ts’ajalsul o río de aguas saladas- es el centro del mundo durante el rezo de Pedro, el joven Jilol o curandero del pueblo tsotsil. Ataviado con su poncho de lana negra, con dos cruces rojas bordadas en los hombros como la dalmática de San Lorenzo Mártir patrono de Sots’leb -tierra de murciélagos en tsotsil, o Zinacantán- Pedro siembra las candelas y coloca las flores ya bendecidas desde antes del amanecer.

    En una larga ceremonia celebrada en el salón parroquial, en la víspera del miércoles de ceniza, se congregaron los seis Jiloletic con decenas de catequistas y algunos de los frailes que caminamos con ellos. Nos aprestábamos así a acompañarlos a seis lugares sagrados del pueblo zinacanteco para llevar ofrendas a los cerros que nos protegen de las guerras y los males, invocando a Dios y a los santos en cada ojo de agua, roca en el fondo de la cañada, o cumbre de un cerro donde nos detendremos para rezar tras una extenuante caminata sagrada.

    Tres veces al año, según la tradición ancestral, se eleva al cielo el rezo en los cerros de esta región de los Altos de Chiapas habitada por los pueblos tsotsiles de Zinacantán para venerar a la Madre Tierra en sus lugares sagrados y reconocer al Dios de la Vida, quienes no cesan de cobijar con los bosques y los ojos de agua a todas las creaturas que aquí habitan. Los Jiloletic son los que tienen el poder sagrado en estas ceremonias, ellos han recibido el encargo -en sueños y por señales extraordinarias a lo largo de su vida, a veces desde la infancia- de curar a la comunidad de sus muchos males, enfermedades y violencias en sus cuerpos y cultivos. Curanderos de la tradición ancestral, su autoridad espiritual es reverenciada por las comunidades en momentos cumbre como el rezo en los cerros para pedir buena siembra, lluvias abundantes y protección de la guerra y otros males que acechen a los pueblos y creaturas que moran en estas tierras.

    Pedro es un joven Jilol que dirigió la peregrinación de una de las seis rutas que recorrieron los cerros de Zinacantán al inicio de este año. Su carácter apacible, de mirada profunda y sonrisa amable, deviene poderoso cuando inicia los rezos en tsotsil, con voz potente y mántrica, entonando invocaciones a los cerros, a los santos y al Ch’ul Espíritu, con Jesucristo y María como guías de protección y fuerza divina. Todos nos ponemos de rodillas detrás de él, sobre la juncia que esparcen con cuidado los catequistas, para “sembrar las candelas”, ya bendecidas, delante de las tres cruces color verde zinacanteco que marcan ese lugar como un espacio sagrado, visitado por otros peregrinos a lo largo del año. Las cruces son veneradas también con flores blancas y amarillas que también fueron bendecidas e incensadas antes del amanecer.

    En algunas de las estaciones del rezo Pedro nos cuenta una historia del lugar sagrado. Como aquella de Lachikin, en del cerro rocoso al lado del río donde se convoca a unos soldados que ahí se quedaron, luego de que en el pasado intentaron atacar a una mujer que se bañaba en el río, impulso criminal que les condujo a la corriente donde se ahogaron. Pero los cerros los rescataron y los convirtieron en guardianes de esas tierras para proteger a sus habitantes de las guerras. Por eso cada año hay que venir a recordarles ese encargo, porque aquí siguen morando. Son muchas las creaturas que habitan los cerros y los Jiloletic han recibido el don de verlas y comunicarse con ellas con el fin de pedir la protección para las comunidades.

    Tras escuchar esa breve historia el grupo sigue el camino avanzando en fila india por un sendero pedregoso y empinado para subir por la ladera del cerro y pasar a otra cañada donde tendrá lugar un nuevo rezo. Pero antes de emprender la ruta los caminantes recibimos un vasito con refresco que pasa de boca en boca, como un acto ritual de fuerza compartida. Alejandro, el coordinador de los catequistas, nos invita a recoger la basura que han dejado otros peregrinos descuidados, sobre todo botellas y envolturas de plástico, como una señal del cuidado del lugar sagrado que acabamos de venerar. Un pequeño signo del trabajo del cuidado de la Madre Tierra que se promueve con dificultad la diócesis como parte de la espiritualidad y la ecoteología.

    Desde hace ya varias décadas la Parroquia de Zinacantán -encomendada de nuevo a los frailes dominicos en 1975, luego de una ausencia de más de un siglo, en sintonía con la Diócesis de San Cristóbal de Las Casas en su opción por los pobres y los pueblos originarios, junto con los cientos de catequistas y ministros laicos que animan a las comunidades- ha ido promoviendo el encuentro de la espiritualidad ancestral del pueblo zinacanteco con la espiritualidad cristiana del Evangelio de Cristo, encarnado en la vida y cultura de las comunidades zinacantecas. El rezo en los cerros, por ejemplo, que siguen llevando a cabo los Jiloletic de manera independiente, forma parte también de las actividades de la parroquia. Cada uno de esos momentos cumbre del año culmina con una Eucaristía donde confluyen ambas tradiciones en una intención común de cuidar la vida de la comunidad y venerar a la Madre Tierra como don primigenio del Dios de la Vida, quien nos nutre con su cuerpo que es tierra y viento, agua y fuego, y en el colmo del amor se hace cuerpo de Cristo para nutrir a la comunidad orante.

    “Somos tierra, somos viento” fue el mantra que surgió en mi corazón mientras acompañaba en silencio los rezos del Jilol Pedro en cada uno de los sitios sagrados que visitamos una mañana fría y con sol radiante en los cerros de Zinacantán.

    Tierra que es nutrida por ojos de agua, arroyos y ríos que fluyen entre sus cañadas rocosas.

    Viento que mece las copas de los árboles y lleva en su carruaje a las aves que ahí habitan. Viento que atiza el fuego que humanizó a los ancestros.

    “Somos tierra, somos viento” según la sabiduría del rezo de los cerros. Esa conciencia plena hecha cuerpo, aliento, plegaria y palabra compartida estos días con los Jiloletic de Zinacantán perdurará en mi memoria como un destello de la vida que otras tradiciones reciben también en su propia lengua.

    No por azar, tal vez, esta semana recibíamos la ceniza en la cabeza según el simbolismo del pueblo hebreo y luego cristiano: somos tierra preparada por Dios como alfarero ancestral. Gesto acompañado de un llamado a la conversión. Pero también somos viento de Dios que insufla en nosotros su propia Ruah divina para hacer de nosotros seres vivientes.

    Sots’leb, 22 de febrero de 2026

    Nota: ¿Cómo conectamos hoy con nuestro ser tierra y viento?

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