Categoría: Espiritualidad intercultural

  • Vulnerabilis Humanitas Sobre los destellos en las grietas del serRebeca Morimoto Hishikawa | Ilustración digital | Lima, 2021

    Vulnerabilis Humanitas Sobre los destellos en las grietas del ser

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    El jueves pasado, el colectivo JobeLab —formado por amigas y colegas de la ciudad para promover conversaciones abiertas sobre temas que importan a la calidad de vida de comunidades diversas— nos reunió en la librería La Madriguera, en el barrio de Guadalupe de la ciudad de Jobel, nombre indígena de San Cristóbal de Las Casas, para hablar sobre la Inteligencia artificial (IA).

    Un tema que convocó a cerca de cincuenta personas de diversas generaciones, perfiles e inquietudes, provenientes del mundo del activismo social, la universidad, la vida eclesial y las artes. El pretexto era proponer diversas lecturas de la carta encíclica “Magnifica Humanitas” del Papa León XIV, publicada el 15 de mayo pasado, en el centenario de la encíclica “Rerum Novarum” o Sobre las cosas nuevas, de su predecesor León XIII, cuando la Iglesia católica romana se planteaba los retos de la industrialización de la época.

    La pregunta de fondo, sin embargo, no era sólo técnica ni pastoral: era una pregunta por el alma de nuestra época. ¿Cómo custodiar la magnificencia y la vulnerabilidad de lo humano cuando las máquinas prometen eficiencia, cálculo y memoria sin herida? ¿Cómo reconocer, en medio del fulgor digital, que nuestra grandeza no consiste en volvernos invulnerables, sino en aprender a habitar la fragilidad (vulnerabilis humanitas) como lugar de encuentro, discernimiento y comunión humano-divina?

    Hoy, la digitalización ha traído consigo una transformación cultural sin precedentes. Los datos, los algoritmos y los prompts —esos instructivos maestros diseñados sobre bases de datos— ejercen una influencia omnipresente a través de nuestros teléfonos celulares, tabletas y computadoras que, como comentaba Abraham Mena, se aplican con creciente sofisticación a todas las esferas de la vida social: la economía, la ciencia, la tecnología, las artes, la sexualidad, la educación y la religión.

    Se trata de una “máquina” que no es inteligente, argumentaba Kathia Loyzaga, pero que debemos aprender a conocer en sus mecanismos y administrar: explorar sus posibilidades, reconocer sus límites y mantener siempre, como subraya León XIV, la primacía de lo humano, con su creatividad y su talento propio como imagen de Dios. Ese núcleo irremplazable es el corazón humano, que João Almeida nos recordaba como centro del mensaje religioso del cristianismo y de otras tradiciones espirituales de la humanidad. Una realidad de ser en relación con los otros que forma parte de nuestro camino de humanización y liberación, recordando a Paulo Freire.

    Además de reconocer las oportunidades de la IA para el desarrollo de la ciencia y la tecnología, con impacto inmediato en nuestras vidas, hemos de mirar también los riesgos que engendra el abuso de este dispositivo cuando queda en manos de gobiernos, ejércitos y empresas transnacionales que lucran con el aprendizaje automático” o “Machine learning” para su propio beneficio.

    Al abordar la dimensión ética de la IA, tema que me asignaron tratar en el conversatorio, quise recordar la advertencia de Ivan Illich sobre la era de los sistemas: un tiempo en que los humanos hemos pasado a ser subsistemas reemplazables, en cualquier momento, por robots y decisiones algorítmicas bajo el mando de un “puñado de oligarcas”, como dijo el Papa León en su reciente viaje por Camerún, refiriéndose a los amos de Silicon Valley.

    La humanidad magnífica y vulnerable ante los señores de la guerra

    El marco teórico del Papa León le permite moverse con soltura en una visión de la persona humana como ser en relación, explorando los vericuetos de la subjetividad narrada con maestría por san Agustín hace mil seiscientos años en sus obras teológicas y en su regla de vida monástica. Desde ahí, León XIV habla sobre la IA para elogiar a “la magnífica humanidad”, que ha recibido de Dios la huella indeleble de su amor, a la vez que reconoce los límites que no puede traspasar bajo pena de convertirse en fuente de caos moral. León subraya por eso que, si bien la humanidad es “magnífica” por su condición de imagen de la divinidad, también es “vulnerable” por ser creatura finita: una subjetividad que explora sus límites, los reconoce y los descubre como lugar de encuentro con los otros, con el cosmos y con Dios.

    Algunas voces de la comunidad teológica mundial proponen seguir pensando cómo acercarnos a la IA con sentido crítico, sin dejar de reconocer sus posibles beneficios para la especie humana y para el planeta. Una voz provocadora es la de Paolo Gamberini, filósofo jesuita italiano, quien imagina una encíclica papal sobre este tema desde el marco teórico del Cristo cósmico de Teilhard de Chardin, ese gran científico y místico del siglo XX. En su cosmología, la humanidad aparece íntimamente asociada a la evolución de las especies y del cosmos a partir del Alfa crístico, incluyendo creaturas nuevas —como la IA— asumidas todas por la Sabiduría divina en el movimiento hacia la Omega, donde el Cristo total será todo en todos.

    En el conversatorio surgieron lecturas distintas. La de un joven escultor, por ejemplo, que toma distancia de la IA porque, a su parecer, no puede sustituir el genio humano de la creación artística. O la voz de una líder en defensa de los humedales de Jobel, tierra de juncos y cuerpos de agua hoy amenazados por el desarrollo inmobiliario, el caos urbano y la desidia de una población que contamina sus cauces con basura, mientras el gobierno municipal se muestra incapaz de regular el desorden urbano. ¿Cómo la IA puede ser un instrumento útil para una planeación urbana que no desplace a los habitantes como actores del cuidado de la Madre Tierra?

    Nuevos conversatorios sobre la IA se preparan en foros diversos: en escuelas de la ciudad y en comunidades de Zinacantán, la ciudad vecina, donde las jóvenes generaciones conviven diariamente con la IA y la usan, muchas veces, de manera ingenua o indiscriminada. El objetivo será generar una reflexión colectiva sobre cómo “desarmar” a la IA de sus graves riesgos y peligros, y cómo “recuperar lo humano” en esta nueva época digital para los pueblos originarios, las comunidades mestizas y las ciudades multiculturales. Se trata de una tarea común que nos urge a promover la dignidad de todos los seres humanos, junto con las especies con las que compartimos este “lugar”, donde la vida florece de manera multiforme, en formas nuevas y sorprendentes de “lo vernáculo”, ese vínculo con el terruño tan querido a Illich como lugar de la convivencialidad porque solamente ahí florecemos como personas y como especie humana en armonía con el entorno vital que nos sostiene.

    Pero la recuperación de lo humano no se decreta desde una sala ni se agota en el análisis de una encíclica. Necesita encarnarse en vínculos, territorios, memorias compartidas y fuegos pequeños que resisten al viento. Por eso, al salir del conversatorio, la pregunta por la IA comenzó a resonar con otros nombres: humedal, volcán, cabaña, soplo, comunidad. Allí, en esas grietas donde la vida insiste, resistiendo a tantas violencias, la reflexión se volvió camino para aprender a ser de otro modo.

    A propósito del legado de Ivan Illich, como parte de los numerosos eventos por el centenario de su muerte, el colectivo JobeLab organiza la presentación del libro “Hospedar el mundo: pensar con Ivan Illich bajo un techo común” de Elías González y Carlos Tornel, el próximo sábado 18 de julio a las 5 pm, en el Restaurante Belil de nuestra ciudad. Contaremos con la presencia de los autores y los comentarios de Irene Ragzzini, Fabio Ceballos y un servidor. Será sin duda la ocasión de compartir buenas contribuciones para pensarnos juntos en este entorno local.

    Del algoritmo a la fogata: el volcán-triángulo y el magma

    Tras el viaje a la tierra de los volcanes del valle Puebla-Tlaxcala que conté aquí la semana pasada, los ecos de mi relato retumbaron hasta Kerala, en la India, donde Kochurani Abraham, queridísima teóloga feminista, me escribió con emoción por ese anhelo compartido de un “Cosmic Home” donde muchos microplanetas y miniestrellas puedan ser cuidados con esmero con los destellos de la Ruah divina. Una cabaña-hogar que alumbre el camino, como paja que empieza a arder en el hueco de una fogata ya dispuesta por sus habitantes, quienes atizan las llamas con su soplo y con la ayuda de un “tlatecuinaltiani” o soplador de palma en náhuatl.

    También desde Oregón llegaron ecos de mutuo acompañamiento, con Juan Carlos y Carolina, soñando un “lugar” compartido donde podamos encontrarnos por temporadas, abiertos a la espiritualidad encarnada de la ancestralidad peruana quechua en comunión con la ancestralidad mexicana del altiplano. Y desde Minnesota, en las Ciudades Gemelas, Laurel envió remembranzas de su paso por Puebla y su sierra norte, cuando era estudiante de intercambio: una ruta que luego dirigió sus pasos a El Salvador para caminar con las Comunidades Eclesiales de Base del hermano país centroamericano. Y llegaron también otros ecos de Soweto, Wallmapu y Dakota, de amigas y amigos con quienes he vivido momentos memorables de espiritualidad enraizada en tierras sagradas diversas, con pensamiento y creación artística vernácula que nos permiten celebrar siempre la vida en las fronteras de la muerte.

    A lo largo de tres décadas he ido tejiendo redes de pensamiento, activismo y espiritualidad de la vida en las grietas de mundos hegemónicos, junto con colegas y compañeras de diversos colectivos y comunidades en resistencia, donde vamos aprendiendo a ser. De ahí surgieron procesos como el Mutuo Acompañamiento Espiritual y Teológico, que congrega cada año a un centenar de personas en casitas virtuales animadas por una persona chef, que culmina con un retiro anual, virtual o presencial, visitando territorios de resistencia. También han nacido, en este camino, los encuentros-festivales Resiste/Re-existe, con decenas de movimientos sociales del Sur epistémico en diálogo con personas de la academia y artistas, para fortalecer nuestras espiritualidades diversas, nuestra solidaridad mutua y nuestro pensamiento descolonial en construcción. Y como tercer vértice del triángulo, el pensamiento mismo: la intersección de la fenomenología posmoderna, la teoría mimética, el pensamiento descolonial y la filosofía apofática, enriquecida con nuevos enfoques gracias a una generación apasionante de compañeras y compañeros como Cleusa Caldeira y Pedro Igor Leite da Silva en Brasil, Laurel Potter en los Estados Unidos y El Salvador, Juan Carlos La Puente en Oregon y Perú, Juan Jesús Vázquez en México, y Soledad del Villar, Valentina Nilo y Martín Aguilera en Chile.

    Como colectivo de pensamiento filosófico y teológico descolonial nos reuniremos en marzo del próximo año en Cholula, Puebla, como terruño ancestral del volcán-triángulo, para compartir intuiciones, hallazgos y propuestas de pensamiento y vida, con el afán de seguir caminando con nuestras comunidades de pertenencia por elección en la construcción de otros mundos posibles, alentados por el magma incandescente de la Ruah divina en las grietas del ser.

    Jobel, 11 de julio de 2026

  • En las laderas volcánicas del altiplano mexicano Sobre la vida que resiste y florece en las grietas del mundoJorge González Camarena | La montaña | Encáustica sobre Masonite | Colección BBVA México | ca. 1980

    En las laderas volcánicas del altiplano mexicano Sobre la vida que resiste y florece en las grietas del mundo

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    La fumarola del volcán Popocatépetl se percibe a lo lejos como una señal potente de tierra sagrada, venerada ya por los antiguos mexicanos y luego por los “graniceros” de hoy, quienes preservan el rezo con ofrendas a las montañas ancestrales del valle de Cholula, corazón del eje volcánico del altiplano mexicano.

    Volver al paisaje de la infancia, oteando señales para sembrar sueños de palabras y encuentros verdaderos, trajo a mi memoria episodios sorprendentes de vida.

    El primero fue el campamento en las faldas del Iztaccíhuatl o la Mujer dormida que organizamos hace cincuenta años los colegas de la Escuela Preparatoria Emiliano Zapata. El compañerismo de Raúl, Arturo, Adrián, Juan y Alfredo, entre otros amigos queridísimos, selló en esa tierra una amistad sagrada que hasta el día de hoy perdura. Los rituales de juventud del campismo estudiantil estaban animados por tiempos de silencio, juego, cocina y fiesta escuchando en pleno bosque la música del rock progresivo de nuestra generación, desde Pink Floyd y Queen, hasta Emerson, Lake and Palmer y otras bandas británicas que poblaban nuestro imaginario.

    Otro momento memorable en tierras volcánicas fue la subida al cráter del Popocatépetl, con fray Raúl Vera como nuestro maestro de novicios, guiados por el Güero, un joven montañista experto de Amecameca, en el Estado de México, una madrugada de la primavera de 1980. Tras un gran esfuerzo en la última parte de la escalada, bien pertrechados con picos, botas de montaña y lentes para el resplandor de la nieve, el grupo de diez novicios con su maestro logró llegar al cráter. Nos encontramos con la chimenea del volcán exhalando vapores sulfurosos, aún silenciosa pues Don Goyo -como se le llama al volcán Popocatépetl por el día 12 de marzo, día de San Gregorio, en que, desde tiempos ancestrales se celebra su fiesta con ofrendas para pedir la lluvia- reactivaría su ciclo activo hasta el 21 de diciembre de 1994 tras setenta años de inactividad volcánica. Asomados hacia el cono interior por la cresta del cráter, en medio de un silencio asombroso, celebramos “la Misa sobre el mundo”, según aquella frase de Teilhard de Chardin, ese notable científico y místico jesuita del Cristo cósmico, Alfa y Omega de la evolución del cosmos.

    Como lugar sagrado esa tierra de volcanes ha padecido también el asedio del mal, pero con el triunfo de la vida, dejando cicatrices en el cuerpo social herido.

    Recuerdo la terrible experiencia de un puñado de cuatro frailes que nos ofrecimos como voluntarios para ser mediadores, por razones humanitarias y evangélicas, para la entrega del rescate de una persona secuestrada. Sucedió en 1994, aquel año fatídico para México, cuando mundos diversos colisionaron como placas tectónicas: la modernidad del presidente Salinas, marcada por la codicia y corrupción del sistema político mexicano, chocando de frente con los movimientos guerrilleros que aún subsistían en el país, luego de su persecución por el estado mexicano desde la Guerra Sucia de los años 70 del siglo pasado. Vivir la experiencia de ser mediador en la entrega de un rescate de una persona privada de su libertad fue una experiencia límite al acercarme a la fragilidad de la vida humana frente al abismo del mal. El dinero maldito de ese rescate de treinta millones dólares simbolizaba, a la vez, la perversión de los poderosos de la élite mexicana que acumulaban tanta riqueza, por un lado, y la maldad de quienes usaban la vida humana como bandera de justicia para dudosas causas sociales. Como parte de la ruta de entrega del rescate los secuestradores que nos guiaban por medio de teléfonos satelitales, muy raros aun en aquella época, nos hicieron cruzar el Paso de Cortés, precisamente entre los dos volcanes sagrados, para llegar a Puebla y ahí entregar los maletines malditos. No fue posible porque, al decir de los que nos manipulaban, éramos seguidos por el gobierno. Luego de unos días de incertidumbre pudimos entregar el rescate en un bario popular de la Ciudad de México y la persona fue liberada horas después. Los cuatro frailes que nos ofrecimos como voluntarios para ser mediadores nunca olvidaremos esa experiencia de asistencia humanitaria en medio de una ola de violencia criminal, con actores en ambas partes. Violencia que, por desgracia, persiste hasta nuestros días bajo nuevas formas del necropoder.

    Años después volví a esa zona por Tlamacas, albergue para alpinistas ubicado también en Paso de Cortés, en un momento dramático de una comunidad que se encontraba ahí viviendo un retiro espiritual dirigido por fray Ricardo Villarreal en la ermita del silencio. En medio de la noche, luego de una jornada de meditación, la comunidad fue asaltada por bandidos. Su experiencia traumática colectiva no impidió que esa comunidad de meditación contemplativa siguiera adelante en su camino de sanación interior y de fortalecimiento de su vida comunitaria, conjugando cuerpo, mente y espíritu en un camino de espiritualidad en movimiento, por medio de caminatas sagradas, mantras cristianos y budistas, así como servicio a la comunidad. El silencio del bosque, con sus habitantes humanos y de otras especies, había sido profanado por las bandas criminales.

    En décadas recientes la fumarola de Don Goyo persiste, a veces exhalando vapores sulfurosos y ceniza volcánica acompañada de lava. Así preside los amaneceres del valle de Puebla-Tlaxcala, con sus historias de terremotos y movimientos sociales de pueblos originarios, de juventudes exigiendo democracia y de colectivos de espiritualidad de la tierra.

    El Popo es el guardián del Iztaccíhuatl, llamada también “la Volcana” por las comunidades campesinas que moran en sus faldas, o Rosita porque su fiesta de agosto celebra agradecida las lluvias y la fecundidad de las cosechas. Es la amada Mujer Dormida de la mitología mexica, recreada en tiempos recientes como la guardiana de los chacras del planeta, según aquella mitología de Regina creada por Antonio Velasco Piña.

    Hace unos días tuve la fortuna de visitar el territorio de San Juan Tianguismanalco y Santiago Xalitzintla, acompañado por Víctor y Carolina, con su pequeño hijo Emik quienes habitan ese lugar y lo cuidan con esmero. Para mí este corto viaje significaba un reencuentro con tierra sagrada. Viví esa jornada como un ritual en la espiral del tiempo para pisar de nuevo aquella tierra sagrada de la juventud, ahora con sueños en el corazón de vuelta al terruño de mis ancestros.

    Me encontré con un joven y talentoso testigo de las comunidades organizadas en defensa del territorio, conectado por lazos de familia y de elección, con los pueblos, los bosques y manantiales, las aves y los insectos, los reptiles y los roedores, las milpas y los invernaderos que la habitan. Tierra de volcanes con frondosos árboles de aguacate, manzanas, duraznos y peras. Territorio de flores y plantas aromáticas de esencias curativas que forman parte de terapias de sanación. Ancestralidad y agroecología encuentran en este territorio una fuerza con arraigo en el territorio que es promesa de vida en un tiempo presente vivido con esperanza en medio de tantas incertidumbres planetarias.

    El sueño del Tabor -otra montaña santa que siempre me ha acompañado como lugar simbólico de transfiguraciones antiguas y nuevas, desde la de Jesús de Galilea hasta la de los pueblos en resistencia y re-existencia- revive ahora con impetuosa fuerza en estos lares, ahora en estas montañas sagradas.

    El volcán evoca el triángulo virtuoso que he ido descubriendo con amigos como Juan Carlos de Perú, Kochurani de la India y Laurel de Estados Unidos y El Salvador, así como con colectivas de diversas latitudes para representar nuestro aprendizaje para sembrar esperanza combativa ahí donde la vida es amenazada. Uno de los vértices del triángulo es la práctica del mutuo acompañamiento entre personas y colectivas en resistencia a la violencia sistémica como fuente de vida. El otro vértice son las experiencias creativas donde aprendemos a re-existir, reinventándonos desde las ruinas en medio de la Gran Catástrofe que atravesamos. Y el tercer vértice son los semilleros espirituales y teológicos, con hondura ética y mística, que podemos trabajar de manera colectiva para aprender a cuidarnos y a florecer como personas y creaturas del cosmos. Pronto realizaremos esa tierra de volcanes un semillero virtual y presencial sobre la teología descolonial que vamos cultivando en comunidad.

    Ya veremos cómo el soplo de la Ruah divina nos hace descubrir, con exquisito respeto al territorio y sus pobladores, nuevos llamados para habitar juntos la tierra sagrada del altiplano poblano.

    Y hablando de resistencias al necropoder en los territorios, ahora también hemos de pensar sobre el territorio digital donde la Inteligencia artificial, manipulada por empresas transnacionales y gobiernos autoritarios están diseñando el tecno-fascismo. Con este motivo, el próximo jueves 9 de julio el colectivo JobeLab, formado por amigos de San Cristóbal de Las Casas, llevaremos a cabo el conversatorio “Desarmar el poder y rescatar lo humano. Lecturas sobre la Encíclica ‘Magnifica Humanitas’ de León XIV”, en la librería La Madriguera de San Cristóbal de Las Casas. Contaremos con la participación de personas sabedoras de informática, comunicación, antropología, filosofía y teología. Chiapas es un botín por sus recursos naturales codiciado por la industria detrás de la IA , así que es crucial conocer lo que enfrentamos. Les esperamos.

    San Juan Tianguismanalco, 2 de julio de 2026

  • El primer cumpleaños de mi blogDenilson Baniwa | Curumim, guardador de memórias | Brasil, 2018

    El primer cumpleaños de mi blog

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    Una de las facetas del “intelectual desprofesionalizado”, usando esa expresión querida para Gustavo Esteva, luego de treinta años de vida académica en mi caso, ha consistido en explorar el territorio del blog. Todo un desafío ha resultado descubrir tierra esta inhóspita para un ciudadano de la generación llamada de los Baby boomers o de la posguerra.

    Esta aventura digital ha significado un reto para alguien venido del mundo de la prehistoria digital. Fui un niño de los años sesenta que creció jugando con Towi, pequeñas piezas de madera para formar figuras de casitas o animales, imaginando historias de indios y vaqueros. Infancia de juegos de carreras de cochecitos de metal, del tamaño de la palma de la mano, lanzados con golpes precisos dados con el dedo índice sobre el carrito, para hacerlo avanzar por el borde de la banqueta de cemento, dando la vuelta a la cuadra de la casa, ubicada en el bello barrio de San Francisco en Puebla. Recorríamos así un perímetro de unos cien metros, pasando largas horas con primos y vecinos. Luego vinieron los juegos de Mecano para armar máquinas y puentes con piezas de metal llenas de agujeros empalmados con tornillos. Eran momentos alternados con las carreras de carritos de baleros, corriendo veloces en las calles de pendiente. Ningún juego de videos marcó a mi generación.

    Para las actividades escolares, la máquina de escribir era nuestra aliada irremplazable en la secundaria y la prepa para presentar trabajos finales, haciendo copia de los trabajos con papel carbón en hojas de papel de china de diversos colores, según la materia cursada. Sufríamos como verdadero drama cometer un error de mecanografía porque había que escribir de nuevo toda la hoja.

    Años más tarde, cuando redacté mi tesis de doctorado en Friburgo ya pude usar la máquina eléctrica, con corrector integrado, lo que me parecía un salto cuántico con respecto a las máquinas mecánicas Olivetti de la infancia y adolescencia. Pero, aun así, cuando el riguroso director de tesis hacía comentarios al capítulo sobre las hojas de papel mecanografiado, entregado luego de muchos días y noches en vela, había que escribir de nuevo todo el capítulo. No existía la magia del copy-paste de los procesadores de textos que ahora nos hace ahorrar horas y días de trabajo en un solo clic.

    No obstante las grandes ventajas del mundo digital de nuestros días, recuerdo ahora con nostalgia aquel heroísmo de la escritura académica de los años de infancia y juventud que nos fue probando en el arte de la paciencia a la hora de escribir, corregir y preparar los trabajos académicos con cuidado, a ritmo de ensayo y error, en una parsimonia que favorecía la reflexión y, a veces, nos llevaba a la histeria colectiva.

    El engargolado final del trabajo mecanografiado era el toque maestro que, para estudiantes con buenos recursos económicos, se hacía con alarde al usar la nueva tecnología de encuadernamiento térmico, más fino y elegante, para impresionar al profesor.

    De repente, sin percatarme del salto cualitativo al mundo digital, me ha tocado cruzar hacia otro territorio inhóspito llamado Inteligencia artificial. Hace unos años algunos periodistas y científicos hablaban del “internet de las cosas”, lo que parecía un oráculo de ciudad gótica traído al mundo digital. Todos los dispositivos tecnológicos diseñados con semiconductores y microchips se conectaban en una red secreta en alguna nube digital que parecía flotar sobre nuestras cabezas. Esa nube representaba quizás algo similar a lo que imaginaban las abuelitas cuando rezaban a los coros angélicos para que nos protegieran desde el cielo. La diferencia es que ahora esa nube es una amenaza porque almacena nuestros datos en algún centro controlado por Google o Palantir, devastando el territorio y a su población, pero sobre todo dejándonos desprotegidos ante esa vigilancia global que aterrorizó al Papa León XIV.

    En el mundo de la filosofía, recuerdo que, a inicios del nuevo milenio, Mariano Corbì, un jesuita catalán al que no le gustaba que lo identificaran como compañero de Ignacio, hablaba de “razón digital”, como alternativa a “la razón analógica” que había dominado a Occidente por miles de años, augurando un salto ontológico en las relaciones cósmicas y humanas que tendría impacto inmediato en una nueva forma de vivir la espiritualidad como “religión sin religión”.

    Por su parte, Ivan Illich, en su genial obra “En el viñedo del texto” publicado en 1993, exploraba el parto de Occidente en términos de tecnología de la producción de sentido a partir del libro medieval, siguiendo a su gran maestro parisino Hugo de San Víctor en su obra “Didascalicon”, como metáfora del argumento que se desprende como un viñedo de las hojas del texto con sus numerosas glosas. Basado en esa inteligencia del texto, Illich caracterizó la era de los sistemas que cruzaba la humanidad con la tecnología digital de fin del milenio pasado como un peligroso umbral de deshumanización.

    Pero ahora la Inteligencia artificial crece que llegó para quedarse como un entorno de control de datos y comunicación que, en su versión generativa, amenaza con tomar decisiones por sí sola, cruzando datos y sacando conclusiones, para tomar decisiones en las empresas, gobiernos y ejércitos que dependen de ella para lograr la eficiencia terminal (válgase la expresión) de sus objetivos comerciales y militares. Mucho tenemos que aprender, valorar y decidir para que esta nueva tecnología no termine por devorarnos como especie humana.

    Hace un año, el 1° de junio de 2025, inauguré mi blog como un camino virtual para entretejer conversaciones con personas y comunidades con quienes comparto amistad, anhelos, ideas y algunas iniciativas en curso para sembrar un mundo un poco más humano en nuestros territorios propios. El mundo digital me permite así proseguir ahora el diálogo con personas del Sur y del Norte, con quienes he coincidido en algún momento de la vida personal, académica y pastoral, desde territorios Mapuche y Dakota hasta Sudáfrica, entre Boston y Chiapas, desde la Pomerania hasta El Salvador, Brasil y el Perú.

    Con el apoyo de Raquel, Sergio y Fátima, talentosos colegas del taller Afink y asesores en comunicación gráfica y digital, así como al ojo crítico de Eduardo Velasco como asesor de  la imagen del portal, he ido proponiendo cada semana un texto corto sobre temas de actualidad, con énfasis en el trasfondo humano, de pensamiento, de espiritualidad y de compromiso social para contar y tejer historias de dignidad y esperanza.

    Cumplir un primer año de publicaciones semanales me permite volver la mirada a los temas tratados -acompañados siempre con una imagen de arte decolonial o fotografía de mi autoría que he tomado en algunos viajes- para expresar mi agradecimiento por este aprendizaje colectivo, confiando en que la conversación siga adelante para nutrirnos mutuamente con palabras verdaderas.

    San Cristóbal de Las Casas, 29 de junio de 2026

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