Categoría: Esperanza

  • Tejiendo una teología política para tiempos de Gran catástrofe Algunos avances del libro colectivo en proceso editorial neoyorkinoAntún Kojtom Lam | Mural Ch'ulel | Teatro de la Ciudad, San Cristóbal de Las Casas 2012 | Foto: Carlos Mendoza

    Tejiendo una teología política para tiempos de Gran catástrofe Algunos avances del libro colectivo en proceso editorial neoyorkino

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    La famosa autora canadiense Naomi Klein acaba de publicar, junto con Astra Taylor, un provocador libro sobre el fascismo del fin de los tiempos. Tan sólo en la Introducción de la obra -que se anuncia será un “best seller” en la anglósfera- las autoras plantean con realismo periodístico los hilos del fascismo como expresión del capitalismo de las minorías atrapadas en su propia contradicción: por un lado, ávidas de siempre mayor riqueza, por el otro, amenazadas por mayorías que tejen protestas en las calles en escenarios distópicos cada vez más recurrentes.

    Mi amigo Pablo Reyna me hizo llegar desde Colombia el libro con un escueto mensaje que leí como una provocación para entretejer con las autoras una lectura alternativa del fondo teológico en juego, que a mi juicio se encuentra en el papel movilizador de las espiritualidades de las resistencias. Ciertamente las pensadoras vislumbran en la vuelta al lugar o “hereness” la llave para recuperar la visión de una humanidad que cuida de la vida en el aquí y el ahora, a contrapelo de la historia hegemónica. Por lo que alcanzo a ver hasta ahora ellas no navegan el gran caudal de las prácticas y el pensamiento descoloniales del Sur epistémico que hemos descrito en nuestro trabajo desde hace varios años.

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    Tal es el tema central del libro que actualmente se encuentra en proceso editorial en la prestigiosa casa editorial Orbis Books de Nueva York que, desde hace seis décadas, presentó al público de habla inglesa las obras fundantes de la teología de la liberación, publicando a sus principales autores como Gustavo Gutiérrez, Jon Sobrino, Leonardo Boff y sus lectores creativos en el contexto estadounidense y de otras latitudes como Sudáfrica, Corea y Palestina.

    Se trata de una obra colectiva como fruto de los coloquios que organicé durante cinco años en el Boston College, cobijados por la iniciativa “Más allá de la violencia global” que propuse como plataforma de investigación personal en mi calidad de “senior professor” en aquella institución. Desde ahí pude invitar a colegas de Brasil, México, Inglaterra, España, Japón, Puerto Rico y los Estados Unidos para participar en diversos conversatorios sobre el pensamiento social, filosófico y teológico en ciernes tras el colapso del sueño moderno. En mi investigación previa realizada en México, Suiza, Francia y Brasil, había ido conectando el análisis de la fenomenología de la modernidad tardía con la teoría mimética de René Girard para explorar subjetividad colapsada por el sueño del ego tecnocientífico. Pero faltaba incluir el análisis decolonial inspirado en Frantz Fanon y Aníbal Quijano que proseguía la ruta del pensamiento latinoamericano de la liberación, incorporando nuevas categorías teóricas y prácticas para pensar la “colonialidad” como un proceso moderno de cinco siglos de extractivismo del trabajo, los saberes y las formas de vida de los pueblos sometidos.

    Surgió así la pregunta por la suplantación de lo divino que promovió la modernidad por medio del endiosamiento de la razón, la técnica, el mercado, el patriarcado y la voluntad de dominio, por mencionar solamente algunos de los dispositivos de control implementados por la racionalidad occidental tecnocientífica. De ahí la necesidad de postular “el hontanar apofático” de lo político, apelando a “la nada” como aquello que tenemos en común, según la feliz expresión de Matthew Kruger del “nothing in common”, en el “más acá” de nuestras identidades de clase social, raza, género, religión y cultura.

    De esta manera, gracias a estos conversatorios pudimos acceder al manantial de las resistencias y re-existencias donde fluye la teología política descolonial para tiempos de gran catástrofe. Así surgió la idea de un libro colectivo que recogiera las intuiciones y los relatos por los que fuimos discurriendo a lo largo de un lustro en tierras de los Massachussets.

    Cuando le conté a Neto Valiente, querido colega salvadoreño de la Escuela de Teología y Ministerios del Boston College, sobre la teología política descolonial que se iba cocinando -yendo más lejos que la teología de la liberación de primera generación que él admira y conoce a fondo- aquella que surge del encuentro entre fenomenología, teoría mimética, filosofía apofática y pensamiento decolonial, se quedó mirándome incrédulo. Y preguntó: “¿y quién ha escrito sobre eso?” Solamente le respondí: “nadie hasta ahora, pero nosotros lo vamos a hacer”.

    Laurel, Sole, Matthew, Valentina, Maddie, Francis, Juan Miguel, Martín y Amirah -entre muchos otros maestrandos y doctorandas- que seguían mis cursos de posgrado sobre teologías de la liberación, descolonial y queer en el Boston College fueron testigos de cómo se iban tejiendo esos hilos aparentemente tan disímbolos en un telar discursivo con la trama de la vulnerabilidad-convivencialidad-esperanza combativa como relectura de la colonialidad del poder-saber-ser que analizábamos en las clases y profundizábamos durante las tertulias en casa de Mingo y Valentina con la espléndida hospitalidad chilena, donde la comensalidad hacía fluir mejor las ideas y la amistad.

    Los colegas que invitaba a cada coloquio sobre una de esas fuentes teóricas que mencioné arriba aceptaban participar con gusto, pero cuando les hablaba yo de la correlación entre esos enfoques muchos manifestaron su escepticismo, mientras que otros asintieron con curiosidad. Y así nació el libro que propuse a la editorial neoyorkina cuando uno de sus editores me invitó a publicar alguna obra de mi autoría en una charla durante la convención de la Sociedad Teológica Católica de los Estados Unidos (CTSA por sus siglas en inglés) de junio de 2024 en Baltimore. Le comenté que tenía una mejor idea: proponer un manuscrito colectivo sobre teología política en tiempos de incertidumbre global. Y aceptó curioso la propuesta que le envié, luego de consultar con las y los colegas que habían participado en los coloquios bostonianos si se animaban a poner por escrito lo compartido en persona.

    En ese momento estábamos entrando en la Gran Catástrofe donde hoy nos encontramos entrampados. Así, la obra colectiva iría tomando forma como relato colectivo de esperanza en medio de los escombros del genocidio en Gaza, de las fosas clandestinas de México, en las grietas de las diásporas palestina y afrobrasileña, y desde los centros de detención de personas indocumentadas en Estados Unidos, entre otros no-lugares donde, de manera paradójica, surge “lo político” como resistencia al necropoder.

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    El libro lleva por título “El poder y la potencia”, una glosa a la importante obra del filósofo italiano Giorgio Agamben “El poder y la Gloria”, donde discurre sobre la suplantación de lo divino (la Gloria) por la economía y la política moderna (el poder). Nosotros queremos acercarnos a la Gloria divina, siempre inefable y no manipulable, desde las periferias del mundo hegemónico, en específico, desde la “potencia” de los pobres y excluidos como señalaron Jean Robert y Majid Rahmena, o de “los condenados de la tierra” en palabras de Frantz Fanon.

    El subtítulo “Teología política en tiempos de Gran catástrofe” es revelador de la tesis principal que recorre cada capítulo, a saber, que es posible una vivencia y pensamiento de la esperanza al vivir “lo político” desde su reverso y con imaginación escatológica, en su fuente mesiánica y en medio de los escombros de la Nakba, como lo hace hoy el pueblo palestino. Pero ahora es preciso hacerlo a escala global de Gran catástrofe, como propone en su reflexión en este libro el pensador puertorriqueño Nelson Maldonado-Torres. Los zapatistas en el sureste mexicano nombran “el común” a su modo de vivir y pensar lo político, recuperando así su tradición ancestral maya del territorio que, además de las tierras comunales, no pertenece a nadie en privado, sino que es de la comunidad.

    Las cuatro secciones del libro las presento en la Introducción a mi cargo. Ellas dan razón de los cruces de dos ejes: el fenomenológico-antropológico y el deacolonial-apofático. La primera sección parte de los escombros de Gaza con las reflexiones de Viola Raheb, filósofa palestina de la diáspora, acompañada de un planteamiento de teología política decolonial propuesto por Nicolás Panotto desde Chile y Argentina, analizando el sionismo evangélico como dispositivo de la colonialidad del poder. La segunda sección entreteje el hilo antropológico a partir de la teoría mimética aplicada al contexto sacrificial del militarismo israelí por Silvana Rabinovich, y sus efectos en la era Trump analizada con mirada aguda por James Alison para rastrear la “catolicidad” posible en tiempos de catástrofe; con un capítulo de tono místico propuesto por Brian Robinette buscando el fondo de “la vida escondida en Dios” en medio de la polarización extrema de las sociedades contemporáneas como la estadounidense.

    La tercera sección es una polifonía de voces descoloniales venidas de Puerto Rico, México, Martinica y Brasil. Nelson Maldonado-Torres abre con una invitación a pensar la colonialidad del tecnofascismo como Gran catástrofe, teniendo a Palestina como epicentro; Donovan Hernández desde México propone una “crítica de la razón de guerra” como leitmotiv de la colonialidad; Andrew Prevot, joven teólogo afroestadounidense de la nueva generación, rescata la obra del poeta martiniqués Édourd Glissant como provocación para pensar lo político; Cleusa Caldeira profundiza su propuesta del “teoquilombismo” como descolonización del pensamiento y la praxis que surge desde las subjetividades afrodiaspóricas en Brasil; Aída Hernández, quien invitó como coautora a su colega Gabriela Juárez, propone una lectura de lo político desde el acompañamiento a las Madres Buscadoras en México para explorar una espiritualidad encarnada en medio de las fosas clandestinas; y, finalmente, Ángel Méndez-Montoya, coreógrafo y teólogo “cuir” mexicano, reflexiona sobre la mesa queer como provocación teológica para pensar lo político como “el común” que insurge desde las subjetividades de las disidencias sexo-genéricas.

    Y para abrir el pensamiento crítico hacia su fondo pre-lingüístico, la cuarta sección explora el hontanar de la vida y del pensamiento. Raquel Bouso desde Barcelona hace un recuento de la filosofía de la nada desde Maestro Eckhart hasta la Escuela de Kioto, con sus implicaciones para pensar lo político. Y Matthew Kruger, joven pensador estadounidense, se asoma al pensamiento abismal de la Nada como hontanar de lo político que nos previene de idolatrías antiguas y nuevas en contextos políticos que manipulan la divinidad como ideologías identitarias.

    El prólogo a cargo de Mark Lewis Taylor, reconocido profesor emérito de Princeton, anuncia la urgente deconstrucción de lo sagrado violento en tiempos de Nakba, a partir de las reflexiones del poeta Darwish y del pensador camerunés Achille Mbembe, para enfrentar la poética de la desesperación a partir de las resistencias diversas, como el Sumud palestino.

    Y el Epílogo de M. Shawn Copeland, profesora emérita del Boston College y reconocida autora de teología negra feminista en los Estados Unidos, nos convoca a “la praxis de humanidad” para vivir en medio de los escombros con esperanza.

    El lanzamiento del libro está previsto para febrero de 2027, pero ya desde ahora se puede adquirir en pre-venta en el portal de Orbis Books. Más adelante les contaré sobre las presentaciones virtuales y presenciales que iremos organizando, junto con mis colegas editores y autores, de este gran volumen colectivo que quiere contribuir así, de manera colegiada y crítica, a pensar la esperanza posible en tiempos de colapso civilizatorio.

    Jobel, 19 de septiembre de 2026

  • El mutuo acompañamiento como camino de espiritualidad descolonial Exploraciones desde el “más acá” de la religiónPaulo Medina | Cosmos | Chihuahua, 2020

    El mutuo acompañamiento como camino de espiritualidad descolonial Exploraciones desde el “más acá” de la religión

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    El manantial que nutre el valle de las re-existencias es, sin duda, la espiritualidad o aquella fuerza interior que surge de la vulnerabilidad compartida para resistir y re-existir.

    Cuando una víctima de cualquier tipo de violencia solamente se paraliza lamiendo sus heridas corre el riesgo de quedar ensimismada en su dolor, sin muchas posibilidades de curar el trauma, la pérdida y sin posibilidad de duelo. Pero cuando se deja tocar por las heridas de otra persona o colectivo, va cayendo en la cuenta de que su dolor y rabia la hermanan con otras. Y surge de ahí, de manera paradójica, una potencia de descubrirse a sí misma, junto con las otras personas y ya no más aislada, sino capaz de enfrentar el trauma y crear nuevos modos de vida que le permitirán volver a existir.

    Por eso, las Madres Buscadoras en México significan hoy una brújula ética, política y espiritual, en esta hora incierta para el mundo, que nos ayuda a mantener viva la esperanza. El mutuo cuidado surge aquí como un modo de habitar con otras en las grietas de las historias que imponen los verdugos, sean mafiosos o buenas personas que ejercen en el entorno poderíos tóxicos que ahogan la vida. Se trata, en el día a día, de vivir en soledad el dolor que nadie puede sentir sino en carne propia, pero con esperanza cuando se abre al dolor de otras personas y familias, a la vez que se exploran nuevos territorios donde habitar con “otres”, a contrapelo de la historia hegemónica, donde quiera que nos encontremos.

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    Este manantial de espiritualidad de mutuo acompañamiento lo descubrí con mi amigo peruano Juan Carlos La Puente hace ya más de veinte años en Santiago de Chile, en tiempos de estudio comunitario entre laicos, frailes y hermanas de la familia dominicana, estudiantes y asesores compartiendo juntos techo, comida, oración y ocio. Buscábamos ir más allá de los marcos tradicionales de la espiritualidad, sobre todo en el caso del cristianismo y las órdenes religiosas centenarias que fueron cediendo espacio a un estilo vertical de “autoridad espiritual”, con cierta influencia jesuítica moderna, dando paso al ejercicio de un control sobre la vida y la conciencia de las personas. Por tradición familiar y como joven fraile yo nunca tuve esa experiencia, pero mi amigo sí, lo que le permitió caer en la cuenta de que ese camino no era el que le ayudaba a fluir en la vida de la Ruah divina. Juan Carlos anhelaba explorar, como un cóndor de su tierra, ese aleteo que nos enseña a “ser movidos y dejarnos mover”, como lo cuenta en el libro “Mutuo acompañamiento en la Ruah divina” que juntos publicamos, durante la pandemia de Covid19, en el año 2022.

    Unos años antes, en el 2016 pudimos beber del mismo pozo en San Juan de Puerto Rico, junto con dos jóvenes pastores luteranos, Melisa y Ron, que con el apoyo de David, su obispo en Portland, Oregón, buscaban conectar su espiritualidad protestante de la “sola fides”  o “sólo la fe salva” -que diera tantos frutos sabrosos a lo largo de siglos recientes- con las teologías de la liberación y descoloniales que surgían en el Sur. Meses después de aquel encuentro, nos reuníamos en una cabaña en Oregón, el estado verde de la Unión Americana, un grupo de unas quince personas, la mayoría jóvenes pastoras y pastores luteranos como Tayler, Lauren hoy obispa, Erika y otros más, con Saúl, Héctor y yo -tres mexicanos que caminábamos entonces aun sin saberlo desde nuestra propia vulnerabilidad- David, un obispo luterano, y un “católico herido”, como ya desde entonces se presentaba Juan Carlos. Él colaboraba en Portland con colectivos de migrantes, personas en situación de calle y artistas “latinxs” que acompañaban, por medio de su obra estética, los caminos de la dignidad para esas personas y comunidades en resistencia.

    Así, fuimos explorando un camino de “mutuo acompañamiento espiritual y teológico” que, desde entonces, congrega cada año a sesenta personas o más, deseosas de explorar esa vía “alternativa” de espiritualidad encarnada y diversa, con frecuencia al margen de las instituciones religiosas que nacieron de esa búsqueda pero que fueron perdiéndose, con el paso del tiempo, en las minucias del control sobre cuerpos y mentes, y “secuestraron a la espiritualidad”, como gusta decir Carmenmargarita Sánchez de León, en el corsé de un sistema de creencias. Fuimos descubriendo así la potencia de la espiritualidad descolonial que surge en las márgenes del sistema hegemónico. Este mutuo acompañamiento se realiza por medio de encuentros virtuales y presenciales: cinco reuniones mensuales en línea, donde partimos de relatos personales de nuestra propia vulnerabilidad, precisamente ahí donde aprendemos a “despertar”, con intuiciones de vida, dignidad, rebeldía y resistencia. Leemos las historias de otros para ir encontrando hilos comunes y diferencias, que se van entrelazando en un tejido multicolor que adorna la mesa de nuestra casita, donde hay una persona chef que nos ayuda a cocinar juntes los relatos comunes, construidos con palabras y con símbolos y rituales que vamos creando cada quien, en la intimidad de su hogar, otras veces en común. Al concluir cada ciclo anual nos reunimos en un retiro virtual “en la nube”, donde compartimos con amistades de otras casitas las bellas plantas y los sabrosos frutos que hemos sembrado y cosechado “juntes”. Para concluir el ciclo anual, quienes tienen la posibilidad de reunirse en persona viajan a un territorio donde una compañera o compañero habita con su comunidad de pertenencia y resistencia para celebrar ahí reunidos nuestras intuiciones liberadoras, compartiendo las rutas que hasta ahí nos han conducido, y celebrando en comunidad con símbolos y rituales lo que vemos que la Ruah nos mueve a vivir.

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    Esta experiencia de más de una década de exploración va dándonos pistas en contextos diversos -desde los barrios populares de Arequipa y Nairobi, entre tierras en resistencia de Cataluña y Chiapas, por hogares de re-existencia en Kerala y Portland, conectando artistas con activistas sociales, pastoras luteranas y laicos católico-romanos o personas librepensadoras, buscando todas vida interior más allá de las religiones- donde cultivamos el mutuo acompañamiento para darnos fuerza en el apasionante camino de re-existir en medio de la violencia creciente de este mundo.

    Ahí nace el otro riachuelo que alimenta el valle de las resistencias y re-existencias. Los encuentros Resiste y Re-existe que surgieron también hace más de una década en la Universidad Iberoamericana donde caminé durante veinte años, animados por la visión de personajes como Gustavo Esteva, Boaventura de Sousa Santos, David Fernández y Pablo Reyna. Un camino que se iluminó con los saberes probados de Raúl Zibechi, Rita Segato, Aída Hernández, Lorena Cabnal, Daniela Rea y tantas otras personas “sabedoras”, ubicadas en las grietas del necropoder global y local para contar y pensar “otros mundos posibles | donde quepan muchos mundos”, como conectamos los sueños del Foro Social Mundial y del movimiento zapatista en las montañas y la selva del sureste mexicano.

    Pero hay que decir que el “despertar colectivo” vino, con la fuerza de una marea de vida, de los movimientos sociales que vislumbran y laboran, día tras día, en el “cambio de mundo” que todos anhelamos.

    Pero esa es otra historia que nos aguarda para la próxima semana.

    San Cristóbal de Las Casas, 6 de septiembre de 2026

  • El primer cumpleaños de mi blogDenilson Baniwa | Curumim, guardador de memórias | Brasil, 2018

    El primer cumpleaños de mi blog

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    Una de las facetas del “intelectual desprofesionalizado”, usando esa expresión querida para Gustavo Esteva, luego de treinta años de vida académica en mi caso, ha consistido en explorar el territorio del blog. Todo un desafío ha resultado descubrir tierra esta inhóspita para un ciudadano de la generación llamada de los Baby boomers o de la posguerra.

    Esta aventura digital ha significado un reto para alguien venido del mundo de la prehistoria digital. Fui un niño de los años sesenta que creció jugando con Towi, pequeñas piezas de madera para formar figuras de casitas o animales, imaginando historias de indios y vaqueros. Infancia de juegos de carreras de cochecitos de metal, del tamaño de la palma de la mano, lanzados con golpes precisos dados con el dedo índice sobre el carrito, para hacerlo avanzar por el borde de la banqueta de cemento, dando la vuelta a la cuadra de la casa, ubicada en el bello barrio de San Francisco en Puebla. Recorríamos así un perímetro de unos cien metros, pasando largas horas con primos y vecinos. Luego vinieron los juegos de Mecano para armar máquinas y puentes con piezas de metal llenas de agujeros empalmados con tornillos. Eran momentos alternados con las carreras de carritos de baleros, corriendo veloces en las calles de pendiente. Ningún juego de videos marcó a mi generación.

    Para las actividades escolares, la máquina de escribir era nuestra aliada irremplazable en la secundaria y la prepa para presentar trabajos finales, haciendo copia de los trabajos con papel carbón en hojas de papel de china de diversos colores, según la materia cursada. Sufríamos como verdadero drama cometer un error de mecanografía porque había que escribir de nuevo toda la hoja.

    Años más tarde, cuando redacté mi tesis de doctorado en Friburgo ya pude usar la máquina eléctrica, con corrector integrado, lo que me parecía un salto cuántico con respecto a las máquinas mecánicas Olivetti de la infancia y adolescencia. Pero, aun así, cuando el riguroso director de tesis hacía comentarios al capítulo sobre las hojas de papel mecanografiado, entregado luego de muchos días y noches en vela, había que escribir de nuevo todo el capítulo. No existía la magia del copy-paste de los procesadores de textos que ahora nos hace ahorrar horas y días de trabajo en un solo clic.

    No obstante las grandes ventajas del mundo digital de nuestros días, recuerdo ahora con nostalgia aquel heroísmo de la escritura académica de los años de infancia y juventud que nos fue probando en el arte de la paciencia a la hora de escribir, corregir y preparar los trabajos académicos con cuidado, a ritmo de ensayo y error, en una parsimonia que favorecía la reflexión y, a veces, nos llevaba a la histeria colectiva.

    El engargolado final del trabajo mecanografiado era el toque maestro que, para estudiantes con buenos recursos económicos, se hacía con alarde al usar la nueva tecnología de encuadernamiento térmico, más fino y elegante, para impresionar al profesor.

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    De repente, sin percatarme del salto cualitativo al mundo digital, me ha tocado cruzar hacia otro territorio inhóspito llamado Inteligencia artificial. Hace unos años algunos periodistas y científicos hablaban del “internet de las cosas”, lo que parecía un oráculo de ciudad gótica traído al mundo digital. Todos los dispositivos tecnológicos diseñados con semiconductores y microchips se conectaban en una red secreta en alguna nube digital que parecía flotar sobre nuestras cabezas. Esa nube representaba quizás algo similar a lo que imaginaban las abuelitas cuando rezaban a los coros angélicos para que nos protegieran desde el cielo. La diferencia es que ahora esa nube es una amenaza porque almacena nuestros datos en algún centro controlado por Google o Palantir, devastando el territorio y a su población, pero sobre todo dejándonos desprotegidos ante esa vigilancia global que aterrorizó al Papa León XIV.

    En el mundo de la filosofía, recuerdo que, a inicios del nuevo milenio, Mariano Corbì, un jesuita catalán al que no le gustaba que lo identificaran como compañero de Ignacio, hablaba de “razón digital”, como alternativa a “la razón analógica” que había dominado a Occidente por miles de años, augurando un salto ontológico en las relaciones cósmicas y humanas que tendría impacto inmediato en una nueva forma de vivir la espiritualidad como “religión sin religión”.

    Por su parte, Ivan Illich, en su genial obra “En el viñedo del texto” publicado en 1993, exploraba el parto de Occidente en términos de tecnología de la producción de sentido a partir del libro medieval, siguiendo a su gran maestro parisino Hugo de San Víctor en su obra “Didascalicon”, como metáfora del argumento que se desprende como un viñedo de las hojas del texto con sus numerosas glosas. Basado en esa inteligencia del texto, Illich caracterizó la era de los sistemas que cruzaba la humanidad con la tecnología digital de fin del milenio pasado como un peligroso umbral de deshumanización.

    Pero ahora la Inteligencia artificial crece que llegó para quedarse como un entorno de control de datos y comunicación que, en su versión generativa, amenaza con tomar decisiones por sí sola, cruzando datos y sacando conclusiones, para tomar decisiones en las empresas, gobiernos y ejércitos que dependen de ella para lograr la eficiencia terminal (válgase la expresión) de sus objetivos comerciales y militares. Mucho tenemos que aprender, valorar y decidir para que esta nueva tecnología no termine por devorarnos como especie humana.

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    Hace un año, el 1° de junio de 2025, inauguré mi blog como un camino virtual para entretejer conversaciones con personas y comunidades con quienes comparto amistad, anhelos, ideas y algunas iniciativas en curso para sembrar un mundo un poco más humano en nuestros territorios propios. El mundo digital me permite así proseguir ahora el diálogo con personas del Sur y del Norte, con quienes he coincidido en algún momento de la vida personal, académica y pastoral, desde territorios Mapuche y Dakota hasta Sudáfrica, entre Boston y Chiapas, desde la Pomerania hasta El Salvador, Brasil y el Perú.

    Con el apoyo de Raquel, Sergio y Fátima, talentosos colegas del taller Afink y asesores en comunicación gráfica y digital, así como al ojo crítico de Eduardo Velasco como asesor de  la imagen del portal, he ido proponiendo cada semana un texto corto sobre temas de actualidad, con énfasis en el trasfondo humano, de pensamiento, de espiritualidad y de compromiso social para contar y tejer historias de dignidad y esperanza.

    Cumplir un primer año de publicaciones semanales me permite volver la mirada a los temas tratados -acompañados siempre con una imagen de arte decolonial o fotografía de mi autoría que he tomado en algunos viajes- para expresar mi agradecimiento por este aprendizaje colectivo, confiando en que la conversación siga adelante para nutrirnos mutuamente con palabras verdaderas.

    San Cristóbal de Las Casas, 29 de junio de 2026

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