Categoría: Contemplación y silencio

  • JobeLab Una iniciativa de pensamiento crítico y espiritualidades diversas desde San Cristóbal de Las CasasJobeLab | San Cristóbal de las Casas, Chiapas | 2026

    JobeLab Una iniciativa de pensamiento crítico y espiritualidades diversas desde San Cristóbal de Las Casas

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    A partir de la segunda mitad del siglo XX, Chiapas se convirtió en un laboratorio de nuevas formas de habitar y pensar el mundo, con la confluencia creativa de importantes procesos sociales, políticos, culturales y espirituales.

    Entre ellos cabe destacar el dinamismo sinodal (o camino compartido por todo el pueblo creyente con su diversidad de ministerios) de seis décadas, implementado por la Diócesis de San Cristóbal de Las Casas con jTatik Samuel Ruiz como pastor caminante y cientos de comunidades y colectivos locales, regionales e internacionales, convocados por la justicia y la paz para los pueblos originarios y demás comunidades de esta región de Chiapas. En una asombrosa confluencia de caminos, el Congreso Indígena de 1974 fue el inicio de la presencia pública de los pueblos originarios con voz propia. También surgieron los movimientos sociales y culturales indígenas, mestizos e internacionales con proyectos de investigación sobre la rica herencia maya, antigua y nueva, desarrollados por equipos de antropología social, arqueología y lingüística, con oleadas de investigadores que llegaban de América Latina, los Estados Unidos y Europa, que con un modelo académico aun extractivista hicieron importantes hallazgos en las ciencias sociales y las humanidades. La traducción de la Biblia a las lenguas mayenses, promovida primero por le Escuela Bíblica de Verano como parte de un plan de intervencionismo estadounidense, fue evolucionando hacia trabajos de diálogo intercultural, proseguidos hasta la fecha por diversas iglesias cristianas, incluida la católica romana. Finalmente, el movimiento zapatista con el levantamiento armado y mediático de1994 se convirtió en el parteaguas de una insurrección social, política y cultural que al día de hoy prosigue su contribución como una de las más radicales críticas al sistema hegemónico de la hidra capitalista de múltiples cabezas, como el patriarcado y el colonialismo.

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    La “Escuela de San Cristóbal” es un nombre propuesto desde hace décadas por Pablo Romo y otras personas de universidad y de las artes, para evocar el legado de pensamiento crítico, resistencias y espiritualidades surgidas en Chiapas, como contraparte de la Escuela de Cuernavaca, analizada por Humberto Beck. En sus conexiones y diferencias, ambas son dos grandes contribuciones al pensamiento crítico surgidas en México el siglo pasado.

    De esta manera, reconociendo a las personas, colectivos y organizaciones e iniciativas de la sociedad civil que han formado parte activa de estos procesos, como un colectivo inspirado en ellos, con JobeLab -apócope de Jobel que es nombre tsotsil de San Cristóbal de Las Casas y laboratorio para designar esta ciudad como un laboratorio- buscamos dar continuidad a tal legado en un nuevo contexto, enfocándonos en el pensamiento crítico y las espiritualidades que les han dado sustento, como la de los pueblos originarios, la cristiana católica, y más recientemente el budismo y el islam.

    Por medio de la iniciativa JobeLab. Diálogos permanentes y mutuo acompañamiento para las re-existencias seguiremos cultivando esta herencia en el nuevo escenario de la crisis civilizatoria que enfrenta la humanidad en el segundo cuarto del siglo XXI, donde la convivencia pacífica entre las naciones y el equilibrio del planeta Tierra está en riesgo y nos llama a promover procesos de resistencia y re-existencia.

    Tal iniciativa la cuidaremos a partir de dos actitudes inspiradoras que son, a la vez, ejes transversales de los conversatorios, encuentros y festivales que organizaremos en diversos espacios de la ciudad: hospitalidad y comensalidad.

    La hospitalidad es uno de los gestos humanos que expresan con mayor fuerza nuestra condición humana común, es decir, nuestro modo de devenir personas y comunidades como seres en relación unos con otras. Tal actitud radical de apertura a la otredad es un acto primordial ético y político, donde las religiones y las espiritualidades de la humanidad celebran un destello de la divinidad.

    La comensalidad, como la otra cara de la luna, es el suelo nutricio donde recibimos las otredades de la Madre Tierra, de los otros humanos que devienen prójimo, y de la Divinidad, por medio de comida y bebida creadas por el genio propio de cada pueblo. Dicha dádiva la celebramos como banquete incluisvo donde la Sofía divina prepara una mesa para todas las naciones y las creaturas del cosmos.

    Junto con Carmen Reyes y Ricardo Hernández, Angélica Evangelista y Abraham Mena, participo con emoción en este proyecto, desde la tradición de vida y pensamiento de los dominicos. En estos intercambios buscamos encontrar nuevas expresiones de la Palabra divina y humana como fuego creador que nos redime, anima y cobija en los actuales tiempos de intemperie como especie humana que se pone en riesgo a sí misma y a la Casa Común llevándonos al precipicio de la aniquilación.

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    Esta semana dos eventos serán la presentación formal de JobeLab, luego del primer evento donde germinó la iniciativa, el pasado 28 de enero, con una presentación sobre Gaza y Chiapas en el templo de Caridad en la ciudad de San Cristóbal de Las Casas.

    El miércoles 25 de marzo a las 5:30 de la tarde realizaremos el conversatorio “La Escuela de San Cristóbal”, con la participación de Pablo Romo quien fuera uno de los actores del proceso diocesano de promoción de los derechos humanos haciendo ruta para el nacimiento del Centro de Derechos Humanos fray Bartolomé de Las Casas. Martha Elena Welsh, coreógrafa que anima en Casa Xitla en la Ciudad de México talleres de apoyo a personas en vulnerabilidad extrema, enfrentando violencias diversas. Y Juan Carlos La Puente, peruano con gran experiencia internacional en acompañamiento espiritual a defensoras y defensores de derechos humanos, quien ha ido construyendo desde Oregón en los Estados Unidos una metodología para el discernimiento permanente como camino de acuerpamiento para personas y comunidades en re-existencia.

    Y luego, el viernes 27 de marzo a las 5 de la tarde, exploraremos la otra faceta de las re-existencias que es el perdón como camino de encuentro en contextos de violencia. Con la comunidad musulmana de San Cristóbal de Las Casas, representada por Shaykh Yahya Rhodus y Shaykh Mudar Abudlghani, conversaremos sobre el perdón en las tradiciones cristiana y musulmana como camino común para la paz, en un momento crítico de la violencia en Medio Oriente. Y lo haremos con la extraordinaria música y canto de Nader Khan, artista Sufí canadiense.

    Les invitamos a formar parte de JobeLab desde donde cada quien se encuentre, sea asistiendo a los conversatorios y encuentros, sea imaginando y creando espacios similares donde podamos acuerparnos y florecer como personas y comunidades en resistencia y re-existencia, yendo más allá de la espiral de violencia que nos rodea, hacia un mundo otro de hospitalidad y comensalidad.

    Jobel, 23 de marzo de 2026

  • Los Cristos negros de ZinacantánCarlos Mendoza Álvarez | Cristo negro | Elambó Esquipulas, Chiapas | 2026

    Los Cristos negros de Zinacantán

    Por Carlos Mendoza Álvarez

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    La fiesta patronal de Elambó Esquipulas en los Altos de Chiapas se abre con el estruendo de una banda de música que -al son de los platillos, el clarinete, las trompetas y la tambora- anima la procesión de la comunidad. Avanzamos desde la entrada del paraje hasta la capilla del Cristo negro, ceñido con un manto rosa bordado con flores coloridas y engalanado con una peluca rizada de cabellos negro azabache. La oscuridad de su piel resalta aún más en el marco florido y refleja, con algunos destellos en sus brazos extendidos sobre la cruz, las candelas sembradas en el piso, ardiendo en medio del incienso que llena el altar.

    Una vez dado el saludo inicial la comunidad se arrodilla para rezar la invocación de la misericordia en lengua tsotsil, bajo la guía de Mariano, el catequista encargado, todos implorando a Dios perdón para el mundo, en un murmullo que comienza como oleaje embravecido y que luego se torna susurro y caricia, como de olas rozando la arena de la playa, señal de una conciencia comunal apaciguada.

    La misa sigue su curso con las lecturas bíblicas en tsotsil en torno a la cruz del Galileo, seguidas de una meditación que me toca dirigir a la comunidad en castellano, de manera breve, con tres pensamientos que resumo para que el catequista-intérprete los desarrolle con una elocuencia sin fin. Me centro en el sentido bíblico de la cruz de Jesús como resultado de su compromiso con los excluidos de su tiempo. Luego, relato brevemente la historia del Señor de Esquipulas en Guatemala, citando a mi hermano jTotik Alfonso, aunque añadiendo una glosa mía, para hacer notar que su color negro simboliza los sufrimientos del pueblo que Cristo carga sobre sí. Veo la imagen envuelta en flores y caigo en la cuenta de que el Crucificado nos ofrece un abrazo amoroso en el último aliento de su vida. Me sale de manera espontánea decirlo a la comunidad que me escucha con atención y veo que reciben ese abrazo con una mirada agradecida. Y concluyo invitándonos a todos a celebrar al Señor de Esquipulas con nuestro propio compromiso de amor, cuidando como él lo hizo en vida, a quienes más sufren en la comunidad, comenzando por la niñez en su salud amenazada por la industria de los refrescos y la comida chatarra, la juventud atraída por el dinero, las drogas y el alcohol, y las mujeres que padecen violencia en su propia casa y comunidad.

    La consagración del pan y del vino es vivida con profunda devoción por la comunidad arrodillada. Pero ese momento de sacralidad de adoración del cuerpo y la sangre de Jesús, el ungido de Dios, de repente se torna una reverencia aún más profunda gracias al canto y la danza tradicional del Bolom Chon o canto del jaguar que expresa lo más profundo del alma tsotsil, tseltal y tojolabal, los pueblos mayas de los Altos de Chiapas. Los músicos tradicionales pulsan el arpa, el violín y la guitarra con un ritmo pausado y lento que es como un mantra creciendo en una espiral sonora de ternura infinita, arrullando al Dios encarnado y a la madre tierra a la que nuestros pies tocan con su danza. Porque cabe recordar que, para los pueblos mayas, en los ritos de la tradición ancestral -como los del pueblo tseltal estudiados por el jesuita Eugenio Maurer en Bachajón- la danza tiene un significado religioso, pues con los pies se acaricia a la madre tierra, regalo primordial del Dador de la Vida.

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    El Cristo de Esquipulas que nació en Guatemala es una representación potente de los diversos rostros de la fe de los pueblos mayas de antiguos celebrando por influencia mexica a Tezcatlipoca, según cuenta el cronista dominico fray Diego Durán, para pedir la lluvia:

    […] era de una piedra muy relumbrante y negra como azabache [obsidiana] piedra de que ellos hacen navajas y cuchillos para cortar. En las demás ciudades era de palo entallada en una figura de hombre todo negro y de las sienes para abajo con la frente y narices y boca blanca, de color de yndio bestida de algunos atavios galanos a su indiano modo quanto a lo primero tenia una orejeras de oro y otras de plata, en e labio bajo tenía un bezote de un beril cristalino en el que estaba metida una pluma verde y otras veces azul que después de afuera parecía esmeralda o rubí, era este bezote como un geme de largo encima de coleta de cabellos que tenía en la caveza (Durán, II, 1995: 47).

    Siglos después, en esa imagen los pueblos mayas cristianizados veneran al Nazareno con nuevos significados. En cada paraje de Zinacantán que he visitado esta semana encontré nuevas y asombrosas alteraciones en la imagen y en los significados que le da la comunidad. Del relato de un Cristo color negro carbonizado que sobrevivió milagrosamente a un incendio hasta el icono que se ennegrece porque absorbe los pecados del mundo, pasamos por historias que cuentan las zozobras y anhelos de sus fieles devotos dando tonalidades de intensidad creciente al Cristo, según el color de la piel o de la conciencia de la comunidad que lo venera.

    Dos escenas quedan en mi memoria de estos días recorriendo los parajes zinacantecos. Ambas remontan a los ritos ancestrales del pueblo tsotsil.

    La primera es el rezo del perdón cuando toda la comunidad en un oleaje colectivo, con clamores, llanto y suspiros, eleva su oración arrodillada sobre la juncia –que son las hojas del pino colocado como una alfombra verde y olorosa en el piso de la ermita, capilla o templo, sosteniendo los pies de la comunidad reunida en medio de velas- con el incienso mezclado con aroma del pino de los bosques aledaños. Un vestigio del pueblo de la niebla y el bosque, como lo canta el poeta tuxtleco Juan Bañuelos:

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    Amanece. La humedad es como el sueño: inmóvil. Sólo
    asciende
    un pueblo de raíces por las gargantas de las aves
    que con su canto mueven la alfombra olorosa de la juncia
    El humo de las chozas se eleva imitando grecas mayas
    mientras se filtra el suero cíclico de la memoria

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    La segunda escena que perdura en mi corazón es la danza ritual de adoración sonora y rítmica que mueve a la comunidad reunida, acariciando a la tierra que ha dado como fruto al hijo de María, un Cristo jaguar tal vez, según la memoria de los pueblos mayas. Cuerpos transfigurados por un resplandor de humanidad ancestral que se abre al misterio amoroso.

    Los Cristos negros de Zinacantán siguen tornándose luminosos en cada paraje, con tonalidades más oscuras o claras, según la tierra que los acoge y alaba. Cristo negro de Esquipulas durante el tiempo de la Capitanía General de Guatemala. Cristo negro de Tila en tiempo de independencia de Chiapas. Cristo negro de Zinacantán en tiempos del levantamiento indígena. Cristo negro de las comunidades de hoy enfrentadas al espejismo de la prosperidad del comercio de las flores y los tejidos. Cristos negros que vendrán en los tiempos aciagos que vivimos.

    ¿Qué lamentos y qué alabanzas entonarán las futuras generaciones del pueblo tsotsil cuando, dentro de medio siglo, el clamor de la humanidad herida haga aún más oscuro al Cristo negro?

    ¿Qué lamentos, alabanzas y danzas vivimos nosotros cuando caemos en cuenta que el tiempo urge para buscar y encontrar el consuelo para una humanidad amenazada de muerte por el mundo de los poderosos?

    Los Cristos negros de Zinacantán son una gran paradoja: abrazo de sufrimiento y promesa de vida.

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    Ts’ajal Nam, 17 de enero de 2026

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    Nota: Me gustará leer sus comentarios en la sección final de esta página.

  • El clamor de lo (post) humanoAnónimo | Acuarela del monumento a Montesinos | República Dominicana, 2020

    El clamor de lo (post) humano

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

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    En 1511 fray Antón de Montesinos, junto con un puñado de frailes dominicos recién desembarcados en Quisqueya, madre de todas las tierras en lengua taíno, lanzó un grito que aun retumba en la conciencia occidental: “¿Acaso éstos no son hombres?”. Se refería a los habitantes originarios de esa isla caribeña —conocida después como La Española donde se asentaron los estados modernos de Haití y República Dominicana— que habían sido sometidos por soldados españoles en nombre las Coronas de Castilla y Aragón a dura servidumbre y esclavitud. En el sermón del IV Domingo de Adviento del 21 de diciembre de aquel año, con la figura central de Juan el Bautista anunciando la urgencia de preparar los caminos al mesías que llega, fray Antón se convirtió en una voz profética de contrapeso a la naciente colonialidad del poder. Según este concepto del peruano Aníbal Quijano (Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina) es posible explicar desde nuestro tiempo la lógica de poder que llevó a Europa a dominar el mundo moderno, desde el Renacimiento hasta la Ilustración, con sus posteriores avatares del imperialismo norteamericano y ruso que hoy conocemos.

    Más de cinco siglos han pasado. Ahora esa empresa de colonialidad adquiere dimensiones globales en nuestros días con el modelo de capitalismo extractivista que se expande por el mundo, como una hidra de muchas cabezas según la narrativa zapatista surgida en 1994 en el sureste mexicano. Tres décadas después se escucharán nuevos modos de nombrar las resistencias diversas a esa fuerza letal que domina el mundo en el semillero « De pirámides, de historias, de amores y, claro, desamores » que se llevará a cabo en CIDECI-Unitierra a fines de diciembre.

    La pregunta en torno a la humanidad de los pueblos del orbe parece retórica, pero en realidad se hace más acuciante cuando consideramos el panorama de la exclusión de clase, género, pertenencia étnica e identidad cultural que padecen naciones enteras en nuestros días. El derrumbamiento del orden internacional que conocimos en tiempos modernos nos pone a la intemperie. Las fundaciones de ese mundo en común fueron puestas por la Escuela de Salamanca con el Ius Gentium o derecho de gentes en el siglo XVI, con fray Francisco de Vitoria a la cabeza en diálogo con fray Bartolomé de Las Casas desde Chiapas y Guatemala, como lo analizó Enrique Dussel. Fue uno de los ejes del modelo de Cristiandad creado para justificar la expansión de la ciudad terrena a imagen de la Ciudad de Dios bajo la tutela de la Corona española. Posteriormente esa interpretación se fue transformando en un modelo internacionalista, a partir de la Ilustración, con un fundamento racionalista de corte contractual, haciendo del derecho internacional un pacto entre estados soberanos, sin fundamento último en un orden metafísico que tuviese en Dios su sustento (Derecho de gentes antiguo y contemporáneo).

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    Más allá de las discusiones teóricas sobre el paso del modelo salmantino al germánico del derecho entre naciones, lo que importa resaltar aquí son las contradicciones internas del pacto social moderno que se derrumba ante nuestros ojos. En nuestros días asistimos al retorno de regímenes autoritarios basados en fundamentalismos religiosos con pretensiones mesiánicas (The United States is a messianic state), como es el caso del imperialismo estadounidense y el sionismo israelí. ¿En nombre de qué principio o fuente ético-política las potencias de hoy justifican sus dispositivos de dominación, neocolonialismo y eliminación de pueblos enteros? ¿Qué límites tiene el poderío desplegado por ese desbocado nuevo “orden” geopolítico?

    Pero es preciso ir más allá del escenario catastrófico hasta aquí descrito para reconocer el papel de los pueblos y de las tradiciones espirituales de la humanidad en el fortalecimiento de la vida en común entre las naciones. ¿Cómo comprender y promover hoy las autonomías de personas, pueblos y territorios a fin de preservar lo humano ante las amenazas del sistema que nos domina ya, abarcando tanto los territorios tradicionales como los digitales?

    En este contexto, el sermón de Montesinos adquiere una relevancia notable ya que expande la cuestión del mutuo reconocimiento de lo humano y creatural a todas las víctimas de la violencia sistémica que lleva a la humanidad y al planeta entero al despeñadero (Tratados internacionales sobre biodiversidad (SCJN)). ¿Acaso las naciones y las especies que pueblan la faz de la Tierra no son creaturas con derechos? En el mundo de lo post-humano como se dice hoy, es primordial elaborar un pensamiento crítico que afirme la dignidad de cada creatura del cosmos en su dignidad profunda ligada al misterio amoroso de lo real.

    Ya no se trata solamente de reafirmar la fuerza histórica de los pueblos originarios enfrentando la colonialidad eurocéntrica de hace quinientos años, sino de los pueblos subalternos que son desechables en la economía de guerra planetaria de la Era Trump, como comenta Leonardo Boff. América Latina y el Caribe, como lo vemos en la invasión estadounidense de las aguas internacionales del Mar Caribe, son ya espacio de guerra desplegada por el Comando Sur de ese estado vecino. Por desgracia, pronto veremos los alcances de este nuevo modelo de intervencionismo imperial por medio de la ocupación selectiva de territorios, el control de gobiernos locales afines a los intereses del poder del necroestado, y los ataques quirúrgicos contra los “enemigos” de la seguridad nacional de los Estados Unidos.

    Tampoco es suficiente el clamor por la dignidad de la humanidad si está disociado del clamor de la Tierra, “la más pobre entre los pobres” como la llamó también Leonardo Boff. Aquella “escalada a los extremos” pensada por Girard en 2007 a partir del fenómeno del terrorismo parece hoy juego de niños antes las guerras actuales que tienen por objetivo el dominio craso sobre pueblos enteros para control de sus territorios como objetos de enriquecimiento depredador de los ecosistemas.

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    Por esta razón es urgente más nunca reconocer a los nuevos Montesinos que con su clamor apelan a la común humanidad que nos hermana como personas y pueblos, con su fuente mística que da fuerza y abre horizontes de vida para todos, a fin de revertir esos procesos de necropoder que cobran cada día más víctimas.

    Pero hoy es urgente ir más allá del paradigma  antropocéntrico, transitando hacia uno « ecocéntrico » (Antropocentrismo y ecocentrismo en la jurisprudencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos) que promueva la dignidad de la Madre Tierra que es también subyugada por el modelo dominante de sociedad y economía extractivistas. « Volver a pensar como especie humana », según la propuesta de la ecología política impulsada por Víctor Toledo y una importante red de científicos en el mundo (La ecología política llegó para quedarse) es un paso clave para recuperar el rumbo como humanidad habitando la Casa Común que nos ha sido dada por el Dador de la Vida.

    Los mártires verdes, las madres buscadoras y los pueblos originarios en rebeldía son algunas de esas voces que han sonado la voz de alarma ante la devastación plantearía que ya nos ha alcanzado. Escuchar sus denuncias es un principio de conversión ética y mística, pero no basta. Es preciso sumarnos a esos procesos de autonomías subjetivas, territoriales y espirituales que llevan a cabo quienes han dicho basta al necropoder.

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    Quizás el modo más inspirador para comunidades creyentes de celebrar la Navidad ya cercana es honrando la memoria de Montesinos y todas las voces proféticas de ayer y de hoy.

    Preparar los caminos para la llegada del mesías no es, al fin y al cabo, un acto de folclor navideño, sino un cambio de rumbo en nuestros modos de vida con decisiones ético-políticas, prácticas y místicas, como el reciclaje de la basura, la reforestación de los bosques, y la inclusión de los vulnerables en nuestras mesas como gestos de celebración de la vida en medio de las ruinas del mundo presente.

    Como ya lo comenté hace algunos años (Tiempo mesiánico y narración para una interpretación teológica de las prácticas narrativas de las víctimas) es urgente y prioritario que abramos paso a los tiempos mesiánicos por medio de nuestros actos de resistencia al necropoder, promoviendo comunidades donde aprendamos a deletrear de nuevo, con imaginación y brío, la humanidad y creaturalidad que nos une, bebiendo todos de la inagotable fuente de la Vida.

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    Jobel, 20 de diciembre de 2025

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    Nota: Me gustará leer sus comentarios en la sección final de esta página.

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