Por Carlos Mendoza-Álvarez
Una de las ventajas de estar retirado ahora de la vida académica es tener tiempo libre que va transcurriendo día a día como un hilo de agua que baja por el monte y se va haciendo riachuelo hasta un día convertirse en río.
La incertidumbre de ver transcurrir el tiempo al principio de una nueva etapa de vida puede ser incómoda porque viene acompañada de preguntas por la utilidad de la vida, en particular de cada jornada. Ya no tengo que prepararme desde la noche previa para tener actualizado el curso del día siguiente, con los materiales pedagógicos necesarios y el atuendo que usar para el ritual en el salón de clase. Un tiempo medido con anticipación, minuto por minuto, al tiempo que transcurrirá luego en el aula para lograr que la eficiencia asegure el éxito del programa, como pasó en los últimos años de docencia en Boston.
Ahora tengo tiempo por fin para pensar, leer y escribir. Sin embargo, las ideas fluyen con una lentitud pasmosa a ratos, intempestiva de repente por la madrugada.
No tengo que afanarme más en tener listo el Power Point con ideas claras, citas esenciales e imágenes sugerentes para “atrapar” literalmente la atención de estudiantes, cada día más distraídos por el mundo virtual a la vez que exigentes de los servicios del “instructor”. Si bien me llamaban “profesor” al dirigirse a mí de manera ceremoniosa, en realidad me estaban exigiendo labores propias de un instructor de gimnasio. No por casualidad así nos llamaban los expertos en educación escolarizada, “instructores”. Este servicio docente era una expectativa que se hacía sentir con todo su peso en los cientos de emails por mes que había que responder para aclarar dudas de clase, de autores y de tareas; o bien, para enviar reportes a los servicios escolares que pedían información de cómo íbamos dando seguimiento a estudiantes con padecimientos mentales, depresiones, síndromes de los que nunca había yo escuchado hablar, así como atención especial a personas con discapacidad motriz, visual, auditiva. Como nunca en mis treinta años de docencia, el más recurrente de los problemas que atender en Boston College era la depresión, asociada a la ansiedad, en particular durante los periodos de exámenes parciales y sobre todo finales.
Y ahora que ya no tengo que vivir a sobresaltos en ese carrusel entre el aula y el cubículo, el tiempo se alarga y se desinfla, con la impresión de no moverse más.
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Son otras las actividades nuevas en esta etapa de “jubilado”. No porque siempre esté lleno de júbilo, aunque sin duda hay momentos de gran gozo, sino porque hay que reaprender a vivir el tiempo. Suelo despertar de madrugada como antes, pero ahora sin prisas, disfrutando de manera pausada el tiempo para meditar en silencio y emprender la caminata matutina. Prosigo el día con el ritual del café expreso y las noticias de primera hora en internet, revisando mientras paladeo el café una agenda que por fortuna ya no está llena de citas una tras otra. Ahora hay espacio y tiempo suficientes para “no hacer nada”. Lo que significa que hay que darse a la tarea de degustar esas horas del día en el ocio.
Recuerdo con agradecimiento las clases del padre Ángel Melcón, notable filósofo tomista que fuera nuestro formador durante el noviciado de los dominicos en Agua Viva al pie de los volcanes, quien insistía, siguiendo a los Padres del desierto como Evagrio Póntico, en la importancia de reeducarnos durante ese tiempo de iniciación para pasar del “negotium” al “otium”, como un acto contracultural porque el negocio niega el ocio. Así nos invitaba a descubrir como novicios el tiempo de la pausa en la vida, del silencio, del aprender a no hacer nada.
Hoy valoramos enseñanzas similares de las “madres y los padres del desierto” (Los Apotegmas de las Madres y los Padres del Desierto), como se llama en teología a las fuentes espirituales de la vida monástica cristiana primitiva en el norte de África y el Medio Oriente, con sus apotegmas o dichos de sabiduría espiritual que expresan la práctica ancestral del ocio. El negocio es el ajetreo mundano que impide el silencio y la contemplación que son precisamente la sustancia del ocio para vivir en libertad interior a fin de hacer frente al mal y practicar el bien.
Pero qué difícil es ejercitarse de nuevo en este arte, luego de décadas de negocio académico y religioso. Me vendrá bien este “segundo noviciado” como un parteaguas para entrar a una nueva etapa de vida en el ocio de la contemplación ubicado ahora en el silencio del ser y en sus sombras.
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Sara del Carmen, querida amiga lectora de Coyoacán, me regaló hace unos días la novela El engima Spinoza escrita por Irvin D. Yalom, el siquiatra de Stanford. La coloqué sobre mi escritorio para cuando terminara de leer otra novela que es la tercera parte de la saga iniciada con La catedral del mar, escrita por el famoso abogado español Ildefonso Falcones, siguiendo la historia de un militar y aristócrata aragonés en Nápoles en el siglo 14 (En el amor y en la guerra. La catedral del mar 3). Si bien esta novela me fascinó por el modo de contar las guerras y los amores que dieron origen a la Europa latina que luego emprendió la conquista del Nuevo Mundo, pasar a la otra novela conectando la vida de un filósofo excomulgado por la comunidad judía de Ámsterdam en el siglo 17 con los traumas del ideólogo de Hitler y su aversión a los judíos en pleno régimen nazi, me trajo al centro de una pregunta que hoy lacera mi conciencia en torno a la perversión de la religión judía y cristiana convertida en arma de guerra.
En años recientes, la cuestión palestina se ha ido ahondando en mi mente y corazón como un clamor de las víctimas de hoy donde surgen con mayor radicalidad preguntas por Dios, por el mundo y por mí mismo que no acabo de contestar. Obviamente la religión judía pervertida por el sionismo, tanto cristiano como judío en nuestros días, provoca en mí un franco rechazo porque un siglo después de la Shoah el Estado israelí reproduce la misma monstruosidad, en nombre de Dios y con la complicidad del sionismo cristiano de extrema derecha, para aniquilar a un pueblo hermano semita.
El ocio que disfruto ahora me permite atar los cabos sueltos de las emociones, ideas e historias que durante los años recientes han ido aflorando en su mi vida, mostrando su íntima conexión. Spinoza padeció la excomunión de su comunidad judía en Ámsterdam con una ataraxia epicúrea que me ayuda a entender la vocación que otros pensadores libres han seguido, con sus reverberaciones en mi propia vida y de quienes habitamos en las periferias de los sistemas.
La famosa expresión Deus sive Natura, Dios o Naturaleza, propuesta por Spinoza resume quizás el daimon o genio moderno que hoy nos urge recuperar. Me lo decía Boaventura de Sousa Santos en un intercambio de mensajes personales, cuando le invité a escribir un artículo sobre Dios como crítica a la idea cartesiana, que por desgracia no pudo ser publicado en el número de la revista Concilium La Providencia Divina. Más allá del paradigma de la omnipotencia porque ya había sido compartido en la red (El fin del confinamiento del Dios cartesiano). Los excesos de la religión han hecho de Dios un ser trascendente, como sustancia imperial omnipotente asociada a los poderes de este mundo, cuando en realidad es inmanente al mundo, argumentaba Spinoza. Panteísmo a los ojos de los inquisidores de ayer y hoy. “Pan-en-teísmo” como corriente filosófica que recorre la historia de Occidente, como lo describe la enciclopedia de filosofía de Stanford. Pero según los teólogos y místicos más osados de la tradición cristiana, como Maestro Eckhart, Teilhard y Panikkar, lo que hoy llamamos “pan-en-teísmo” es en realidad lo que ellos percibieron y pensaron como la unidad de la realidad que surge porque todo lo real es teologal. Es decir, que toda realidad está imbuída por “la improvidente providencia” divina, como dice el filósofo francés Emmanuel Falque en aquel número ya mencionado de la revista Concilium que me tocó preparar.
¿Qué tiene que ver ese Dios de Spinoza con el genocidio en curso del pueblo palestino? Tal vez que esa catástrofe, impune hasta el día de hoy, pretende ser justificada precisamente en la idea de un Dios religioso que elige a un pueblo, para darle una tierra y deviene su guerrero defensor. Nada más alejado de la razón, diría el judío excomulgado. Un ídolo que no es Dios, dirían los místicos apofáticos. Y nada más alejado de la fe en el mesías que llega como dádiva para redimir al mundo del odio, según la radical visión de Jesús en Galilea y su comunidad itinerante.
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El ocio en esta nueva etapa de vida abre un panorama inédito para explorar mi propia fe como silencio en medio de los escombros de la modernidad. Y así aprender a distinguir la religión verdadera que es la contemplación del Amor sobreabundante, que no es un ser como objeto, sino la fuente del ser que anima y sostiene todo y, en caso extremo, a quienes viven en las sombras del no-ser.
Sin embargo, para acceder a este mundo del mysterion divino, cósmico y humano es preciso desmantelar los avatares pseudo divinos que con fuerza destructora controlan mentes, instituciones y prácticas rituales llenas de prepotencia, miedo y violenta segregación de lo diferente.
No puedo olvidar el aprendizaje principal que recibí de la estancia en Sudáfrica el verano pasado que será un faro para los años por venir: la invitación a cultivar la capacidad de escuchar los clamores, susurros y gritos de quienes habitan en las sombras del no-ser, que es como una muerte anticipada. Y, menos aún deseo olvidar lo más inesperado y esperanzador que surge en este desierto de desolación: los saberes de los pueblos que resisten a la violencia como provocaciones de esas vidas que regresan de la muerte convocándonos a todos. Ancestros. Remanentes. Sobrevivientes. Su silencio es el lenguaje más elocuente de lo humano, lo cósmico y lo divino por contemplar en el tiempo de ocio para caminar con ellos.
Hacer lugar al ocio requiere silencio. Experiencia de suspensión de los sentidos como implosión de lo aparente que da paso a la aparición de los rostros verdaderos. Y con ese silencio surge la elocuencia de la mirada, la potencia de la caricia, la rebeldía del cuerpo liberado, la esperanza de quienes nos han dejado, pero perviven en la memoria divina.
En los “tiempos recios” que vienen, como decía Teresa de Ávila, me apresto a ir más allá del negocio de la vida en la universidad y en el templo, incluso en la plaza pública y las redes sociales.
Habitando la realidad cotidiana de otro modo, en las grietas y en los silencios, míos y de los otros, algún murmullo de vida se elevará al cielo. Desde la agrietada tierra y desde los escombros del mundo que se derrumba y de mi ego resquebrajado un resplandor del ser aparece.
Ciudad de México, 30 de agosto de 2025

