Por Carlos Mendoza-Álvarez OP
Cuenta la historia que hace 1700 años, Constantino I, emperador del imperio romano de Oriente, cansado de las rencillas entre sus súbditos cristianos, los llamó a dirimir sus diferencias sobre la identidad del fundador de su movimiento, Jesús el Galileo, ejecutado en el año 30 de la Era Común en una lejana provincia del imperio romano.
Tres siglos habían pasado desde que un grupo de mujeres discípulas testificó que habían visto de nuevo al rabí Jesús, luego de su cruento asesinato en las afueras de Jerusalén, regresando con su cuerpo herido pero luminoso, reuniéndose con ellas en un jardín o en la playa, releyendo juntos las historias de los ancestros con nuevos ojos, ardiendo su corazón al rememorar sus dichos y gestos en torno a un poco de pan o de pescado compartido con él.
Habían pasado al menos cinco generaciones de comunidades cristianas, diseminadas por Asia Menor en las márgenes del imperio romano, hasta el momento en que el emperador tomara aquella iniciativa. Esas comunidades habían seguido el camino abierto por algunos de los más cercanos amigos de Jesús, como Pedro y Santiago, o bien de aquellos que solamente habían oído hablar de él, como Pablo de Tarso. Cada uno fue contando su historia de un cambio de vida, luego de haber acogido en su corazón las enseñanzas del rabí Jesús, tan antiguas y tan nuevas en el linaje de sus ancestros hebreos, sobre el amor generoso de su Abbá y la fuerza de su Ruah o Espíritu dada a quienes le siguen.
A lo largo de esos años vividos por las primeras comunidades cristianas en diáspora, algunos no acababan de entender quién era el Galileo. Para todos era alguien excepcional que había marcado sus vidas de manera inusitada, a veces sintiendo su fuerza extraordinaria por medio de actos milagrosos que le hacían aparecer como un ángel, no como un humano. Otras veces, la memoria de sus dichos y hechos les dejaba una enseñanza de vida nueva, como el gran rabí del Dios único, cuya ausencia les dejaba en orfandad. Un buen hombre, un profeta, un ángel de Dios, un ser extraordinario. Pero no alcanzaban a balbucear con precisión quién era Jesús.
Tiempo atrás, la segunda o tercera generación de cristianos, que mantenía viva la memoria del discípulo amado de Jesús en Éfeso, por ejemplo, conservaba poemas que cantaban la vida de Jesús como Logos divino que “existía desde el principio con Dios y era Dios” (Jn 1:1). Otros himnos inspirados los habían recogido Pablo de Tarso, Priscila, Lidia o Febe, en su paso por comunidades de Asia Menor, incluyéndolos luego en cartas, rituales y evangelios, para celebrar a Jesús como “el que no hizo alarde de su categoría de Dios”, en la carta de Pablo a la comunidad de Filipos (Flp 2: 6), o bien como “el primer nacido de entre los muertos”, en su carta a la comunidad de Colosas (Col 1: 18). Aquellas comunidades cristianas primitivas de segunda y tercera generación reconocían a Jesús como hijo del hombre, primogénito de entre los muertos, alfa y omega de la nueva creación, así como muchos otros títulos que expresaban la condición humana y mesiánica del Nazareno.
Hasta que llegó el momento en que, a principios del siglo IV de la Era Común, algunos expertos en las Escrituras hebreas y en las cartas y relatos de los amigos de Jesús -la mayoría de ellos monjes y obispos del norte de África y de Asia Menor, incluidos algunos de Hispania, aquella lejana provincia romana- comenzaron a escribir tratados desatando una polémica para nombrar la novedad del ser del Galileo. La mayoría de esos maestros letrados en la filosofía de la época eligieron palabras griegas para nombrar esa íntima comunión de Jesús con su Abbá celestial, entre las que sobresalió aquella de homoousious o “del mismo ser”, para designar con ella que que Jesús comparte desde toda la eternidad la misma “sustancia” o ser que su Abbá.
Y así nació la declaración de los obispos reunidos en Nicea, convocados por el emperador Constantino en el año 325, que dio origen al Credo de la Iglesia que aún hoy profesamos cada domingo en la Eucaristía: “Creo en un solo señor, Jesucristo, hijo único de Dios, nacido des Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma sustancia que el Padre, por quien todo fue hecho”.
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Si bien esta expresión es un tesoro en la memoria de la comunidad primitiva que forma parte ya del ADN de la fe cristiana, con el paso de los siglos en la cuenca del mar Mediterráneo esa expresión se fue revistiendo de un aura imperial para designar al ser divino como « poder » de Dios creador y de su Hijo pantocrátor o todopoderoso.
Esos nombres divinos justificaron posteriormente un modelo de cristiandad imperial eurocéntrica que se impuso a otras culturas y otros modos de acercamiento al misterio divino que fueron colonizados, la mayor de las veces destruidos, en nombre de esa idea de un Dios-sustancia que es principio y fundamento del orden civilizatorio que se expandió por todo el orbe, pretendiendo ser el modo más acabado de la cultura humana.
Pero hoy es preciso recuperar esas voces negadas por la cristiandad imperial como parte de la sinfonía de la fe de los pueblos. ¿Cómo decir con nuevas palabras y símbolos la fe del pueblo de Dios que celebra la intimidad de la Ruah divina que Jesús comparte con su Abbá? Volviendo a la antigua fe de la Iglesia que confiesa que Jesús es verdadero ser humano y verdadero Dios podemos releer su humanidad con la lente del deseo que nos constituye como seres en relación para experimentar y comprender aquello que une a Jesús con su Abbá: ambos comparten el mismo deseo amoroso de dar vida al otro, lo que es otro modo de balbucear la fuerza o dynamis divina que es el Espíritu Santo.
De esta manera, confesar que Cristo vive el mismo deseo de su Abbá abriendo espacio a un tercero que es precisamente la Ruah divina nos toca también a nosotros de manera íntima, incluida cada creatura del cosmos, para ser arropados en el abrazo amoroso de la vida trinitaria. Una danza que es incesante don de sobreabundancia amorosa, acompañando a la creación entera.
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Este mismo deseo amoroso anima la kénosis o anonadamiento del Verbo divino que la fe cristiana afirma ser el corazón de la redención. Por medio de la encarnación Dios « migra » del ser pleno a la región del no-ser para rescatar a quienes viven « en tinieblas y sombra de muerte », como cantaba el anciano Zacarías, uno de los anawin o pobres de Yahweh, al celebrar a su hijo Juan que precedería los pasos del mesías.
Porque Jesús participa del mismo deseo de su Abbá, como mesías de Dios, cruza la línea abismal para ir de la luz a las sombras de las sombras de las sombras. Participar del mismo ser que su Abbá significa, en el camino de la redención cósmica y humana, bajar al Sheol o lugar de los ancestros, como acto de solidaridad radical con la creación entera y con las víctimas de la historia violenta para, desde el no-ser, hacer surgir la vida como insurrección mesiánica.
El Cristo apofático de Julián Pablo que acompaña la reflexión de hoy, un extraordinario lienzo pintado en su estudio en el convento de Santo Domingo de la Ciudad de México hace una década, surge como destello de luz en medio de las sombras, precisamente desde la región del no-ser, como afirmación de la vida en medio de la muerte. Este cuadro es una representación plástica contemporánea del misterio de la redención « en negativo », es decir, desde el reverso de la historia violenta, donde Dios realiza la redención universal.
Sea la conmemoración del aniversario 1700 del Concilio de Nicea la ocasión propicia para atravesar nosotros la línea abismal y encontrarnos con quienes hoy claman vida desde las regiones del no-ser que produce la violencia sistémica. Esos sobrevivientes, con digna rabia e imaginación escatológica, participan de la comunión divino-humana como anticipación del mundo nuevo venido de Dios y nos llaman a toda la especie humana a celebrar al Dios-con-nosotros.
Puebla de los Ángeles, 3 de agosto de 2025

