Etiqueta: Ruah divina

  • Semillero sobre espiritualidades y teologías descoloniales en Cholula Subjetividades, cuerpos y territorios como lugares teológicos de resistenciaAmira Rahim | Cholula | 2017

    Semillero sobre espiritualidades y teologías descoloniales en Cholula Subjetividades, cuerpos y territorios como lugares teológicos de resistencia

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    Durante un almuerzo con Kochurani en Cotonú, la capital de Benín, hace unas semanas con ocasión el Foro Mundial Teología y Liberación pudimos compartir el anhelo común de crear “cosmic homes” donde podamos encontrarnos, arraigados al terruño, para cultivar semilleros de teologías diversas, con un mismo afán de florecer como personas y colectivas en resistencia. Entre Kerala y Cholula se establecía así una incipiente conexión para alumbrar esos hogares, aprendiendo de nuestras historias de vida, donde sea posible escuchar las preguntas lacerantes surgidas de las víctimas-sobrevivientes que acompañamos, a la vez que dejarnos sorprender por su terca esperanza. Lugares donde sea posible compartir también las inspiraciones poéticas y las intuiciones de pensamiento por las que la Divinidad nos deletrea en lenguajes tan diversos como los colores de la tierra.

    Desde hace al menos una década, en mi caso, el sueño de ese hogar había ido tomando forma, gracias a “experiencias vientre”, como dice Kochurani, donde capté que algo nuevo estaba sucediendo, con frecuencia en tiempos y lugares en apariencia insignificantes, pero donde la fuerza de la Ruah era clara y potente.

    Juan Carlos me contaba con emoción hace años, durante una caminata en Mount Hood -el antiguo Wyeast del pueblo Chinook en tierra de Wuaregan, hoy Oregón- cómo le impactó visitar la casita de Raimon Panikkar en Cataluña, donde el místico y teólogo cristiano-hindú-budista gustaba recibir a sus amistades cercanas. Ubicada a las afueras de un pueblito en la montaña, su hogar era un espacio de hospitalidad para provocar el diálogo entre personas de fes diversas que abrevan de la misma fuente de “misterio cosmoteándrico”, como gustaba describir el gran místico de nuestro tiempo la realidad del mundo entretejido de vida.

    La cabaña de los jesuitas en tierra mapuche, con su capilla de madera adornada con tejidos de lana y una lamparita de aceite, fue otro de esos microcosmos donde el infinito parecía concentrarse bajo un cielo estrellado. Conservo en la memoria ese instante como una llama de hospitalidad sincera y generosa de tres compañeros de camino que habían optado por dejarse habitar por el pueblo de Wallmapu para abrirse así al Dios de la vida que no deja de convocarnos y sorprendernos como fuente de plenitud para todos los pueblos.

    Un “lugar” semejante -con todo el eco illichiano de este sustantivo- buscamos crear un grupo de amigxs en un territorio de Chollollan -o “agua que cae” en náhuatl-, la ciudad habitada más antigua de América que florece cada año con sus árboles frutales de agosto y sus flores de cempaxúchitl de noviembre, a los pies de los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl, cerca de Puebla, mi ciudad natal de origen novohispano.

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    A reserva de ser recibidos un tiempo propicio por esa tierra fecunda para plantar allí los árboles que darán cobijo a la cabaña-hogar en los años por venir, realizaremos en marzo del próximo año un semillero sobre teologías descoloniales, con queridxs colegas que hace años fueron mis estudiantes universitarios y ahora son compañerxs de camino en la labor teológica animada por espiritualidades de la vida que resiste y re-existe en las grietas del poder que mata.

    Con Juan Jesús y Juan Carlos he explorado desde hace décadas lo que significa la teología con el sello de los dominicos en tiempos de modernidad tardía. Las preguntas de Juan Jesús sobre los condicionamientos de la subjetividad, sea en su dimensión psicológica o en sus potencias de conocimiento y acción, me ayudaron a comprender el fondo emocional y práctico del pensamiento que nos urge tejer en una sociedad herida por la libido dominandi. Con Juan Carlos aprendí, desde el tiempo que compartimos el studium como labor comunitaria en el Instituto Pedro de Córdoba en Santiago de Chile, a preguntar por la mística que sostiene a las y los defensores de derechos humanos, inspirados por la teología de la liberación en su compromiso con los pobres y las víctimas, pero indagando con honestidad las profundidades y potencia de nuestras propias historias de vulnerabilidad compartida. El camino del mutuo acompañamiento espiritual y teológico nació ahí, al pie de los Andes, como un río con su cauce propio que ha irrigado otros valles en varias latitudes del planeta.

    Cleusa y Pedro Igor, con la fuerza de los saberes afrobrasileños en conversación con las teologías de la liberación, me han enseñado a valorar la memoria de la diáspora africana en nuestro continente, marcada sin duda por el drama de la esclavitud centenaria, pero sobre todo por la fuerza y la belleza de sus pueblos en resistencia a lo largo de cinco siglos. Las nuevas epistemologías de la negritud, las sabidurías de las religiones ancestrales vivas y la potencia de los feminismos afrodiaspóricos son otras tantas maneras de explorar las subjetividades negadas por la modernidad colonial que comencé a explorar en mi tesis doctoral y que ahora descubro con nuevas tonalidades y profundidades gracias a estos amigxs de la diáspora afrobrasileña.

    Con Laurel, Sole, Martín y Francis caminé desde hace seis años en tierra de los Massachussets -llegados a Boston College desde Chile y Ohio- para descubrir la fuerza de las nuevas generaciones de teólogxs sintiendo y pensando desde sus cuerpos, subjetividades y territorios, con sus heridas y sus potencias de experiencia que subvierten la violencia sistémica. Sea con el acento liberador de las comunidades eclesiales de base de El Salvador y Chile, sea con el afán feminista y queer para incorporar esos territorios del género en disputa, sea para pensar lo político desde las márgenes del imperio en tiempos de escalada del tecno-fascismo. Nuevas voces de la teología feminista, de la liberación y descolonial que nutren hoy de manera asombrosa mi vida y pensamiento.

    En marzo próximo viviremos la emoción de volver a encontrarnos, como lo hicimos hace un año en Río de Janeiro en torno a lo que juntxs hemos ido aprendiendo, para seguir “conspirando” como decía Ivan Illich y gusta pensar Javier Sicilia, es decir, compartiendo las provocaciones de la Ruah divina que nos anima, interpela, seduce y alienta a “dar razón de nuestra esperanza a quien nos lo pida”, según la visión del autor bíblico en 1 Pe 3:15. Dicha provocación significa para nuestra generación de tiempos sombríos a escala global ciertamente, vislumbrar los destellos de esperanza que surgen en las grietas y los escombros de Gaza, de las fosas clandestinas, de los campos de refugiados en Sudán del Sur y de tantos otros lugares de muerte convertidos en lugares de vida por las personas sobrevivientes y por las colectivas de resistencia. Durante esos días presentaremos también el libro colectivo que es fruto de aquel coloquio de Río como una semilla que deseamos plantar en aquel territorio sagrado. Ya les contaremos más adelante los detalles del semillero en gestación.

    Chollollan nos recibirá como territorio de antiguas y nuevas sabidurías donde queremos “sembrar semilla y echar candela”, según dicen los pueblos originarios de Nuestramérica, y preparar el fogón de la cabaña-hogar que nos espera.

    Huitepec, Chiapas, 29 de agosto de 2026

  • Somos tierra, somos viento Las enseñanzas del Jilol PedroCarlos Mendoza Álvarez | Rezo en los cerros con Jilol Pedro | Sot's Leb, 2026

    Somos tierra, somos viento Las enseñanzas del Jilol Pedro

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    La base rocosa de la montaña -por la que se abre paso el Ts’ajalsul o río de aguas saladas- es el centro del mundo durante el rezo de Pedro, el joven Jilol o curandero del pueblo tsotsil. Ataviado con su poncho de lana negra, con dos cruces rojas bordadas en los hombros como la dalmática de San Lorenzo Mártir patrono de Sots’leb -tierra de murciélagos en tsotsil, o Zinacantán- Pedro siembra las candelas y coloca las flores ya bendecidas desde antes del amanecer.

    En una larga ceremonia celebrada en el salón parroquial, en la víspera del miércoles de ceniza, se congregaron los seis Jiloletic con decenas de catequistas y algunos de los frailes que caminamos con ellos. Nos aprestábamos así a acompañarlos a seis lugares sagrados del pueblo zinacanteco para llevar ofrendas a los cerros que nos protegen de las guerras y los males, invocando a Dios y a los santos en cada ojo de agua, roca en el fondo de la cañada, o cumbre de un cerro donde nos detendremos para rezar tras una extenuante caminata sagrada.

    Tres veces al año, según la tradición ancestral, se eleva al cielo el rezo en los cerros de esta región de los Altos de Chiapas habitada por los pueblos tsotsiles de Zinacantán para venerar a la Madre Tierra en sus lugares sagrados y reconocer al Dios de la Vida, quienes no cesan de cobijar con los bosques y los ojos de agua a todas las creaturas que aquí habitan. Los Jiloletic son los que tienen el poder sagrado en estas ceremonias, ellos han recibido el encargo -en sueños y por señales extraordinarias a lo largo de su vida, a veces desde la infancia- de curar a la comunidad de sus muchos males, enfermedades y violencias en sus cuerpos y cultivos. Curanderos de la tradición ancestral, su autoridad espiritual es reverenciada por las comunidades en momentos cumbre como el rezo en los cerros para pedir buena siembra, lluvias abundantes y protección de la guerra y otros males que acechen a los pueblos y creaturas que moran en estas tierras.

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    Pedro es un joven Jilol que dirigió la peregrinación de una de las seis rutas que recorrieron los cerros de Zinacantán al inicio de este año. Su carácter apacible, de mirada profunda y sonrisa amable, deviene poderoso cuando inicia los rezos en tsotsil, con voz potente y mántrica, entonando invocaciones a los cerros, a los santos y al Ch’ul Espíritu, con Jesucristo y María como guías de protección y fuerza divina. Todos nos ponemos de rodillas detrás de él, sobre la juncia que esparcen con cuidado los catequistas, para “sembrar las candelas”, ya bendecidas, delante de las tres cruces color verde zinacanteco que marcan ese lugar como un espacio sagrado, visitado por otros peregrinos a lo largo del año. Las cruces son veneradas también con flores blancas y amarillas que también fueron bendecidas e incensadas antes del amanecer.

    En algunas de las estaciones del rezo Pedro nos cuenta una historia del lugar sagrado. Como aquella de Lachikin, en del cerro rocoso al lado del río donde se convoca a unos soldados que ahí se quedaron, luego de que en el pasado intentaron atacar a una mujer que se bañaba en el río, impulso criminal que les condujo a la corriente donde se ahogaron. Pero los cerros los rescataron y los convirtieron en guardianes de esas tierras para proteger a sus habitantes de las guerras. Por eso cada año hay que venir a recordarles ese encargo, porque aquí siguen morando. Son muchas las creaturas que habitan los cerros y los Jiloletic han recibido el don de verlas y comunicarse con ellas con el fin de pedir la protección para las comunidades.

    Tras escuchar esa breve historia el grupo sigue el camino avanzando en fila india por un sendero pedregoso y empinado para subir por la ladera del cerro y pasar a otra cañada donde tendrá lugar un nuevo rezo. Pero antes de emprender la ruta los caminantes recibimos un vasito con refresco que pasa de boca en boca, como un acto ritual de fuerza compartida. Alejandro, el coordinador de los catequistas, nos invita a recoger la basura que han dejado otros peregrinos descuidados, sobre todo botellas y envolturas de plástico, como una señal del cuidado del lugar sagrado que acabamos de venerar. Un pequeño signo del trabajo del cuidado de la Madre Tierra que se promueve con dificultad la diócesis como parte de la espiritualidad y la ecoteología.

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    Desde hace ya varias décadas la Parroquia de Zinacantán -encomendada de nuevo a los frailes dominicos en 1975, luego de una ausencia de más de un siglo, en sintonía con la Diócesis de San Cristóbal de Las Casas en su opción por los pobres y los pueblos originarios, junto con los cientos de catequistas y ministros laicos que animan a las comunidades- ha ido promoviendo el encuentro de la espiritualidad ancestral del pueblo zinacanteco con la espiritualidad cristiana del Evangelio de Cristo, encarnado en la vida y cultura de las comunidades zinacantecas. El rezo en los cerros, por ejemplo, que siguen llevando a cabo los Jiloletic de manera independiente, forma parte también de las actividades de la parroquia. Cada uno de esos momentos cumbre del año culmina con una Eucaristía donde confluyen ambas tradiciones en una intención común de cuidar la vida de la comunidad y venerar a la Madre Tierra como don primigenio del Dios de la Vida, quien nos nutre con su cuerpo que es tierra y viento, agua y fuego, y en el colmo del amor se hace cuerpo de Cristo para nutrir a la comunidad orante.

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    “Somos tierra, somos viento” fue el mantra que surgió en mi corazón mientras acompañaba en silencio los rezos del Jilol Pedro en cada uno de los sitios sagrados que visitamos una mañana fría y con sol radiante en los cerros de Zinacantán.

    Tierra que es nutrida por ojos de agua, arroyos y ríos que fluyen entre sus cañadas rocosas.

    Viento que mece las copas de los árboles y lleva en su carruaje a las aves que ahí habitan. Viento que atiza el fuego que humanizó a los ancestros.

    “Somos tierra, somos viento” según la sabiduría del rezo de los cerros. Esa conciencia plena hecha cuerpo, aliento, plegaria y palabra compartida estos días con los Jiloletic de Zinacantán perdurará en mi memoria como un destello de la vida que otras tradiciones reciben también en su propia lengua.

    No por azar, tal vez, esta semana recibíamos la ceniza en la cabeza según el simbolismo del pueblo hebreo y luego cristiano: somos tierra preparada por Dios como alfarero ancestral. Gesto acompañado de un llamado a la conversión. Pero también somos viento de Dios que insufla en nosotros su propia Ruah divina para hacer de nosotros seres vivientes.

    Sots’leb, 22 de febrero de 2026

    Nota: ¿Cómo conectamos hoy con nuestro ser tierra y viento?

  • Desaprendiendo la eficacia para habitar la incertidumbreDiedrick Brackens | The Cup is a Cloud | Los Angeles, 2018

    Desaprendiendo la eficacia para habitar la incertidumbre

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

    Hace ya siete meses que dejé Boston, luego de un quinquenio de vida académica en el frenético engranaje de la eficiencia estadounidense, con un desafío especial de fondo que consistió en traducir las ideas maestras de la teología latinoamericana y europea moderna a grupos multiculturales de estudiantes blancos de Estados Unidos, y otros venidos de Corea, China y Japón en su mayoría, más algunos de Turquía, El Salvador, Colombia y Chile.

    La cortesía inicial de los colegas, tanto estudiantes como profesores, fue dando paso con algunos pocos de ellos a una conversación verdadera, siempre predominando el respeto al trabajo individual con escasos intercambios sobre el sentido de nuestro trabajo como comunidad académica.

    Guardo en el corazón los mejores momentos de esos encuentros, como los coloquios a los que les dimos el tono descolonial de “conversatorios” (Beyond Global Violence Initiative), donde pudimos abrir ventanas para que colegas del norte y del sur se escucharan mutuamente, con ciertas dificultades para transitar entre ambos mundos, no solamente por las diferencias de la lengua sino por las vivencias diversas que dan sustento al cuerpo, al pensamiento y a la palabra.

    Lo que más disfrutábamos todos eran las tertulias en el calor del hogar chileno bostoniano de Valentina y Domingo, anfitriones excepcionales para el corazón y el paladar. Ahí podíamos compartir con mayor cercanía y libertad las ideas e intuiciones que habían quedado flotando en los auditorios del campus de Chestnut Hill. En algunas ocasiones, con la sazón italiana de Francis ayudado por Martín, y al calor de la bonhomía de Neto en su casa siempre lista para recibirnos como buen salvadoreño, cada quien iba encontrando su lugar en el vaivén de la palabra, del vino y del canto. En esos hogares acogedores recibimos a amistades de Brasil, México, El Salvador, Colombia, Puerto Rico, España, Ohio, Illinois, Nueva York, Indiana y California, de paso por tierras de los Massachussets. Y ahí nacieron nuevos proyectos de coloquios, libros y viajes que hasta el día de hoy nos siguen sorprendiendo e inspirando a todos.

    Pero todo se interrumpió por mi súbita salida de territorio estadounidense en la era Trump, quedando sembrada esa semilla de inteligencia cordial en la memoria viva.

    En los meses posteriores, de vuelta al terruño y con viajes entrelazados entre Sudáfrica, Turquía, Brasil y Chile, me encontré con el desafío de mirar con ojos nuevos mundos diversos, poniendo especial atención en “quienes habitan en las sombras de las sombras de las sombras”. Así fui llevado –por puro regalo de mis anfitriones durante esos periplos– a vivir momentos de una simplicidad demoledora y bella, como la visita acompañando a Lance de la Universidad de Pretoria a la granja de refugiados congoleños en las afueras de la ciudad, donde su dolor por no tener hogar por más de cinco años se veía en su mirada, pero en ella surgía a la vez un destello de dignidad que aun llevo en el corazón y el espíritu como un llamado a la cercanía.

    Tengo viva en la memoria la caminata por los acantilados de Cape Town en compañía de Grant y su equipo donde contemplamos, en una mañana soleada y fría del invierno sudafricano, cómo los dos grandes océanos Atlántico e Índico se encuentran, a veces con furor y otras con ternura. Metáfora de mundos entrelazados.

    Recuerdo también con emoción la oración ecuménica estilo Taizé animada por mi hermano dominico Claudio junto con Eda, ciudadana estambulita, y un grupo de estudiantes africanos y ucranianos residentes en Estambul, intercalando mantras por la paz en diversas lenguas, acogidos en la penumbra de la iglesia de los predicadores, ubicada cerca de la torre de Gálata. Fue un destello de lo que significa Pentecostés, aunque solamente como un reducto de espiritualidad en medio de una vibrante cultura musulmana moderna que mira con curiosidad lo que pasa dentro de esos enclaves cristianos.

    Atesoro en la memoria la eucaristía sencilla y breve en la capillita de madera de los jesuitas de Tirúa, en un pequeño altar cubierto con un tejido mapuche y adornado con una lámpara de aceite estilo oriental que creaba una penumbra luminosa, en una mañana de primavera en el Wallmapu, al extremo sur de Chile. Tuve la gracia de departir con ellos por unos días su despojo gozoso, como caminantes acompañando al pueblo Mapuche en defensa de su territorio, su lengua y su espiritualidad ancestral.

    En cada una de esas experiencias quedó en el aire para mí la pregunta de cómo tender puentes para compartir intimidad espiritual entre personas y comunidades de tradiciones diversas. Y me acordé de los rituales que hemos explorado en Re-existe, precisamente buscando nuevos lenguajes para celebrar juntos nuestras vidas precarias pero abiertas a la esperanza según tradiciones ancestrales diversas, desde los pueblos originarios hasta las religiones del libro y la interioridad secular de quienes son personas o colectivos sin religión.

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    De vuelta a la tierra de mis ancestros, ya sin la presión cotidiana del salón de clase y las insufribles reuniones académicas, comienzo ahora a sentir lo que significa ir desaprendiendo la eficacia. Disfrutar el tiempo libre del otium, más allá del negotium, como se los contaba hace unas semanas aquí.

    Pero se trata de algo más que desacelerar el paso. Algo me mueve hoy a vivir el tiempo de otro modo como interioridad renovada y el lugar como terruño. Busco un ritmo externo entre caminata matinal, deberes religiosos, lectura atenta de libros apilados en el escritorio desde hace años, escritura más creativa soltando la pluma explorando nuevos géneros literarios. Pero no basta. Es algo más lo que intuyo en el horizonte, la búsqueda de un “lugar” donde echar raíces, crecer lentamente y florecer, siguiendo aquella creativa intuición de Ivan Illich y Jean Robert (El lugar en la era del espacio). Ya se irá vislumbrando poco a poco con mayor nitidez en los próximos meses el lugar y el tiempo donde fluya la inspiración.

    Ahora que tengo tiempo para “no hacer nada”, me siento invitado a reinventarme cada día. Ciertamente laboro en el presente con maravillosos proyectos de creación intelectual, como el libro colectivo sobre teología política –con la introducción a mi cargo, invitando a la mesa de la palabra a quince comensales de ocho países distintos invitados a pensar “lo común” en tiempos de gran catástrofe– cuyo manuscrito reviso con el apoyo de Francis y Nathan, queridos colega.s que conocí en Boston College, mismo que será publicado el próximo año por una prestigiosa editorial de los Estados Unidos.

    Me deleito revisando los guiones del documental y del cómic –a cargo de Juan y Katsumi respectivamente–que harán memoria del pasado encuentro Re-existe 2025. El Espíritu conectando las periferias que pronto difundiremos en el mundo digital para seguir nutriendo nuestras resistencias ante el mal que nos rodea hoy como violencia sistémica. Esta iniciativa ha ido creando un lugar-tiempo poliédrico donde aprendemos a re-existir, reinventándonos junto con otros sobrevivientes.

    Y con emoción imagino también –junto con algunos dominicos y dominicas que buscamos nuevas expresiones del carisma de la predicación en nuestro contexto inédito– lo que nacerá luego de nuestro encuentro sobre Nicea en octubre pasado en Estambul. Ubicados en las ciudades y aldeas laboratorios de hoy buscamos cómo comunicar hoy a la humanidad el gozo de ser habitados por la Palabra divina y humana que nos redime, arraigados en el mundo secularizado o en medio de tradiciones espirituales diversas.

    Animado por esos recuerdos vivos y por las labores en curso que conectan con mi deseo profundo enfrento ahora el reto de “parar” la vorágine de la eficacia, desaprendiendo a vivir y pensar sólo produciendo. Se trata de un camino en reversa, pero sobre todo de una implosión de un deseo vertiginoso, para volver al centro inmóvil del cuerpo, del deseo, del pensamiento y del espíritu desde donde fluye otro modo de existencia.

    Y entonces aprenderé a dejarme habitar y ser movido –como lo conversaba con mi amigo Juan Carlos La Puente en el corazón de la pandemia (Mutuo acompañamiento en la Ruah divina)– por la incertidumbre como don y sorpresa del aleteo de la Vida que a todos nos anima.

    Ciudad de México, 15 de noviembre de 2025

    Nota: Agradeceré tus comentarios al final de esta página.

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