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  • La monstruosidad de la religión Sobre un debate moderno en curso“Paroxismo”, Iván Gardea, grabado, Cuernavaca, 2019

    La monstruosidad de la religión Sobre un debate moderno en curso

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

     

    Está semana fui invitado a la presentación en Cuernavaca de un libro que recoge una conversación fallida entre John Milbank, teólogo anglicano británico, y Slavo Žižek filósofo esloveno ateo, en torno a la monstruosidad de Cristo (La monstruosidad de Cristo: ¿paradoja o dialéctica?). La traducción al español fue publicada por la Universidad Iberoamericana Ciudad de México, por iniciativa de Ángel Méndez Montoya, como parte de un innovador programa editorial para ofrecer a personas lectoras de México y el mundo de habla castellana debates teológicos actuales en torno a Dios como problema ontológico, como fuente de sentido ético en una civilización moderna sacudida en sus fundamentos y como problema político.

     

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    Antes de asistir a la presentación en la Biblioteca Galería Miguel Salinas de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, ubicada en el centro histórico de la ciudad en una casona antigua restaurada como centro cultural, tuve la fortuna de conversar con el artista juarense Iván Gardea, al visitar su exposición en el Jardín Borda que está abierta al público hasta fines de septiembre.

    El maestro Gardea, además de ser un impresionante grabador, en la más rigurosa tradición mexicana del grabado que se remonta a Posadas y al Taller de Gráfica Colectiva de hace un siglo, es un pensador nato, letrado en temas de literatura, música, filosofía y teología. Nos habíamos conocido en su taller hace seis años, para preparar la exposición de su serie de grabados sobre la violencia inspirada en el pensamiento de René Girard, que realizamos en la Galería Andrea Pozzo de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México en 2019, con motivo del congreso internacional “¡Resiste! Violencias, resistencias y espiritualidades”, organizado de manera conjunta por la universidad jesuita con la Revista internacional de Teología Concilium, donde tuve la ocasión de ser parte del consejo directivo y editorial por ocho años.

    Durante nuestra conversación en el luminoso patio colonial del Jardín Borda, Iván me contó historias sobre su trabajo artístico en curso, una serie de grabado precisamente sobre la monstruosidad de lo sagrado en la sociedad actual, perdida entre el liberalismo occidental “desfundado” de toda creencia y los ateísmos de cuño materialista que pululan en ambientes académicos como sociales. A juicio de Iván, si bien lo interpreto, esa monstruosidad tiene muchas aristas, entre ellas el nihilismo como una forma de vida sin esperanza. Fue grande mi sorpresa al escuchar sus reflexiones pues esa misma tarde íbamos a hablar de la “monstruosidad” de Cristo en el debate Žižek – Milbank.

    Así que brevemente le resumí las ideas que más tarde expondría yo en torno a ese libro, alternando con los queridísimos colegas Sylvia Marcos, reconocida antropóloga del género en Mesoamérica que conoció a Žižek en Eslovenia; con Ángel Méndez, teólogo cuir que trabajó su tesis doctoral sobre teología del alimento bajo la dirección de Milbank; y con Nicolás Panotto, teólogo protestante argentino con quien comparto proyectos en el grupo “Teología después de Gaza” convocado hace dos años por Mitri Raheb para repensar la teología política.

    En el claustro del Jardín Borda, le comentaba a Iván que, a mi parecer, la monstruosidad que importaba discernir hoy era aquella de la religión que pervierte lo sagrado, expresada como sionismo judío y cristiano, asociado a movimientos de extrema derecha en el mundo que, en nombre de Dios, no solamente pervierten la Biblia en su teología de la elección y la promesa, sino que incitan a la violencia genocida manipulando el sentimiento religioso de comunidades enteras. Otro ejemplo es el caso de la telepredicadora Paula White en la Casa Blanca asesorando a Trump, a su vicepresidente Vince y al secretario de estado Rubio en una cruzada por hacer que su país “retorne a los valores cristianos”.

    Otro ejemplo emblemático de la monstruosidad de la religión dentro de las instituciones religiosas son los casos criminales de manipulación de lo religioso por parte de líderes corruptos creando emporios financieros basados en la ambición sin medida con control de masas adormecidas. Este fenómeno ha producido corrupción de élites políticas, sociales y religiosas en varias latitudes del planeta, acompañada de abusos sexuales y espirituales de personas, tráfico de prebendas políticas y financieras por parte de personalidades religiosas perversas como Marcial Maciel y Naasón García en México, Fernando Karadima en Chile y los líderes del Sodalicio en el Perú.

    Esa monstruosidad de lo religioso es la que importa analizar desde el pensamiento crítico para contribuir a desmantelar en el ámbito social sus redes de poder. Es urgente hacerlo por medio de periodismo de investigación como el de Emiliano Ruiz Parra (Emiliano Ruiz Parra: Serie de HBO, vehículo masivo para la desmitificación de Marcial Maciel), de comisiones de la verdad como la que propusiera el entonces candidato Borič en Chile (que por cierto nunca llevó a cumplimiento), para asegurar la rendición de cuentas ante la sociedad como obligación del estado laico y, sobre todo, garantizar la justicia restaurativa para las víctimas.

    Iván llamaba a estos grupos religiosos de hoy una parodia de lo religioso y, a la vez, otra versión de la modernidad que está colapsando en nuestros tiempos.

     

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    Avivado por esta apasionante conversación me di a la tarea de compartir mis ideas en la presentación del libro en el evento preparado por la Facultad de Psicología de la UAEM, en conjunto don la Cátedra Doble Legado “Jean Robert y Sylvia Marcos”. Resumo lo que expuse en ese conversatorio.

    Lo primero fue subrayar la importancia de abordar el libro como una provocación teológica desde nuestro contexto latinoamericano y caribeño, de manera que sea posible hacer una lectura crítica de los autores europeos del libro, siguiendo de cerca su argumentación y subrayando otras perspectivas interculturales de acercamiento al mysterion de lo real que las religiones llaman Dios.

    Luego, cabía recordar ahí que el significado de Cristo para la humanidad en tiempos del colapso civilizatorio que vivimos hoy parece una cuestión irrelevante frente al incremento exponencial de la violencia bajo una nueva figura que algunos llaman, siguiendo a René Girard, la “escalada a los extremos de la aniquilación del otro”. No parece relevante discurrir sobre un personaje religioso que quedó atrapado por una religión que domesticó su amor universal. Mucho menos parece importante perderse en el debate entre un filósofo esloveno y un teólogo británico cuando nos encontramos en medio de la desolación de las guerras de genocidio en Gaza, de exterminio en Congo y Sudán del Sur, de desapariciones forzadas en México, donde lo urgente consiste en detener la espiral de odio si deseamos hablar del ethos político y espiritual posible para la humanidad en esta hora incierta.

    Y es precisamente aquí que la pregunta por la experiencia de Jesús de Nazaret en su siglo I de la Era Común, enfrentando el odio en su propio cuerpo, puede ser relevante para nosotros hoy.

    Los debates académicos suelen extraviarse en el mundo de las ideas, por muy aterrizados que quieran ser. Defender o acusar a Hegel de las soluciones diversas a la dialéctica de la historia para justificar el materialismo teológico como hace Žižek, o promover la ortodoxia radical de Milbank como vigía de la Ciudad de Dios parece algo secundario cuando se trata de enfrentar otra monstruosidad, aquella que tiene muchas cabezas como la del odio y de la muerte que produce la hidra capitalista, patriarcal y de hegemonía blanca y occidental.

    Incluso defender o acusar a Maestro Eckhart -o mejor al ex fraile dominico Rainer Schürmann (El Principio de Anarquia: Heidegger y la Cuestion del Actuar), uno de sus intérpretes modernos multicitado por Žižek- por su interpretación de la negatividad del ser divino como antecedente del momento de negatividad de la dialéctica hegeliana parece paja cuando la prioridad es pensar la negatividad de quienes habitan en “la región del no-ser”, como decía Fanon, y están siendo reducidos a la nada.

    Propuse entonces un acercamiento descolonial del libro La monstruosidad de Cristo. ¿Paradoja o dialéctica? Un libro erudito que hará correr mucha tinta en el mundo de la academia sea para validar el agnosticismo teológico de Žižek, o bien para confirmar la filosofía teológica de Milbank.  La pregunta crucial que plantea el libro radica en el callejón sin salida de la razón frente al misterio del ser. Sin embargo, lo que conviene explorar es un acercamiento ontológico diferente, aquél que piensa “el ser que envejece y muere”, como decía Levinas.

    Para ello, es preciso acudir a la Biblia como fuente originaria de esa inteligencia de la paradoja del ser y luego a la filosofía apofática para deletrear la inteligibilidad del absurdo cuando el cristianismo anuncia un “mesías crucificado” como sentido de la historia. Siguiendo esta ruta será posible cruzar la línea abismal para pensar la monstruosidad del ser, pero en tanto resplandor del instante mesiánico en el que la historia parece abrirse como un recoveco de “esperanza contra toda esperanza” a través de “las heridas que curan”.

    Surge así otro modo de hablar del vínculo crítico entre la filosofía, la teología y la política, no como idea ni como potestas política, sino como nudo mesiánico, es decir, resistencias a la violencia que tejen quienes habitan en “las sombras de las sombras de las sombras”.

     

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    “En sus llagas seremos curados” dice el oxímoron del deutero Isaías (53:5) escrito por un discípulo del profeta durante el destierro de su pueblo en Babilonia. Se trata quizás de la cumbre de la revelación del Primer Testamento y una de las más radicales verdades sobre la condición humana, lo político y la esperanza. Con esta luz, por cierto, será leída siglos después la tortura y la ejecución de Jesús de Nazaret por el poder romano en complicidad por las autoridades del Templo de Jerusalén y la turba enardecida.

     

    El destierro fue un lugar espiritual y teológico para el discípulo del profeta, como lo fue para Juan el Bautista y tantos profetas de la historia “cuya voz clama en el desierto” (Juan 1: 23). Hasta llegar a la voz de Munther Isaac en el sermón de Navidad de 2021 en Belén de Palestina. El destierro babilonio significaba una contradicción para el pueblo expatriado: por un lado, el dolor de ser arrancados de su patria, por otro, el reconocimiento de que solamente han podido vivir de las migajas de Nabucodonosor II, el rey babilonio. Y, sin embargo, en los cuatro poemas que conservamos en el libro de Isaías, la verdadera fuente de vida será el pueblo-discípulo. El poder babilonio aplastó al poder davídico. Pero el pueblo sobrevivió en virtud de su fidelidad a la alianza primera, si no todo, al menos los pocos Tzadikkim o personas justas e la historia. Y por eso, aquel pueblo sufriente es la fuente de “otro modo de ser”, más allá de la esencia del poder babilonio, en la potencia de quienes resisten. Ellos son el siervo de Yhwh.

     

    Siguiendo esta chispa del anónimo discípulo de Isaías, podemos entonces releer la historia de “los malditos de la tierra”, de ayer y hoy. En particular, la historia del pueblo palestino que, en el fondo sin fondo de su dolor por el genocidio padecido, hace que de sus heridas todos podamos sanar si abrimos la vida y la acción a ese clamor. Un eslogan de la Flotilla Sumud Global precisamente dice eso: “Quisieron borrar a Palestina, y ahora Palestina navega en todos los mares”.

     

    Ante la monstruosidad del exilio en Babilonia, el pueblo hebreo de los anawin, de los pobres de Dios, hace surgir la belleza del Sumud o resistencia ante la catástrofe que les ha llegado.

     

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    ¿Qué dialéctica de la historia en la lectura hegeliana recreada por Žižek rige la historia? La de los opuestos que se aniquilan buscando una supuesta síntesis de Aufhebung o superación de esta rivalidad que no hace sino prologar los estertores de la humanidad con el triunfo de los verdugos.

    Tampoco la filosofía de la Ciudad de Dios añorada por John Milbank como un retorno a la teocracia, superando los estrechos límites de la autonomía moderna que se convirtió en pesadilla, es capaz de cruzar la línea abismal que separa al privilegio de la desolación.

    ¿Acaso tienen razón ambos autores en ese ficticio diálogo en plantear la alternativa entre dialéctica del sábado santo que aniquila a los débiles en el Sheol y la paradoja del Domingo de Pascua que se anuncia como el triunfo de las víctimas sobre los verdugos?

     

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    Ni paradoja ni dialéctica, sino contracción mesiánica del ser que envejece y muere.

    Eckhart nos puso alerta sobre las figuras y los ídolos (deitas) que sustituyen al Dios inefable (diuinitas). Pueden ser ídolos religiosos o políticos. Lo crucial en la vida del Espíritu es por eso, pa el dominico alemán, el desapego (Gellasenheit) como una forma de negación apofática o negativa, que no dialéctica de las suplantaciones de la Divinidad.

    El Pseudo Dionisio había explorado previamente esa vía de la superación del ego, dando curso a la experiencia de las Madres y los Padres del desierto en su confrontación con los demonios antes de llegar a la contemplación del mysterion del Dios vivo.

    Por eso hoy, la teología apofática es compañera de la teoría política del común que plantean las colectivas y subjetividades ubicadas en las periferias del mundo hegemónico, pero enraizadas en el mundo de la conexión vital de lo humano, lo cósmico y lo divino.

    Escuchando el clamor, la indignación y la esperanza de los más vulnerables de hoy podremos entonces acceder a la aparente monstruosidad de Cristo que deviene entonces la belleza de los olvidados que re-existen cuando dicen basta a la violencia del ser imperial que mata.

     

    Puebla, 14 de septiembre de 2025

  • Violencia eclesiástica: una lectura girardianaIván Gardea, Linchamiento, Cuernavaca, 2020

    Violencia eclesiástica: una lectura girardiana

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

     

    Hace unos días nos enteramos de la renuncia a la rectoría de la Universidad Pontificia de México que presentó el padre Alberto Anguiano García, en el segundo año de su segundo período como rector, como protesta por “el acoso laboral y la violencia institucional” que padeció de parte de la curia vaticana y de las autoridades de esa universidad eclesiástica con escasos cuarenta años de existencia.

    Resultan reveladores los motivos argumentados por el rector que fuera removido de manera unilateral de sus funciones, acto que le llevó a su renuncia, pues denotan un problema sistémico de las instituciones eclesiásticas que actúan con frecuencia como si tuviesen un fuero propio, impermeable al fuero civil con los derechos laborales en juego, así como a la opinión pública en las sociedades modernas.

    Si bien como toda institución educativa en México la UPM está sometida a la regulación de la ley civil en lo laboral y educativo, los modos de proceder en este caso revelan una violencia sistémica que es preciso nombrar para desarticular y dar paso a otros modos de proceder, en consonancia con el Evangelio y con la libertad de las personas, más aun cuando se trata del bien común que representa la educación. De manera más apremiante aun debemos reflexionar y actuar cuando se trata de una institución religiosa destinada a comunicar los contenidos de la revelación cristiana y la tradición que de manera incesante surge de ella. Se trata, al fin y al cabo, de enfrentar la crisis de credibilidad de la Iglesia católico romana en estos días aciagos.

     

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    Conocí al padre Alberto como estudiante de la UPM hace treinta años, cuando él cursaba el posgrado en teología en 1995, durante un curso que ofrecí sobre Emmanuel Levinas y su concepto de revelación enraizado en la tradición hebrea y en diálogo con “la filosofía que se habla en griego”. Fue el alumno más brillante de aquellas generaciones, no solamente por su alta calidad académica, sino por su capacidad teológica para actualizar el bagaje teológico de la gran tradición cristiana en medio de preguntas contemporáneas surgidas de la ciencia, el psicoanálisis y  los retos de la cultura secular.

    Ya como rector, su primer mandato iniciado en 2021 estuvo marcado por un proyecto claro de modernización de la universidad, tanto en sus programas de estudio, como en la urgente planeación estratégica para abrirse a nuevas disciplinas del mundo civil y no quedarse reducida solamente al entorno clerical. Las facultades eclesiásticas debían superar su ostracismo y entrar en diálogo con otras disciplinas civiles. Además, según el diagnóstico realizado, era imprescindible promover una eficiencia institucional que hiciera viable una institución doméstica en su visión, usos y costumbres, para hacerla interlocutora creíble en el mundo académico en el contexto académico y eclesial, tanto nacional como internacional.

    Pero las resistencias internas parecen haber creado un clima de aversión a estas reformas que, por la rivalidad típica de todo grupo protegiendo sus intereses, fue desplegando un mecanismo de expulsión contra su principal promotor. Con la finalidad de mantener la unanimidad del “todos contra uno”, procediendo como un verdadero contagio mimético, se fue gestando un típico proceso de chivo expiatorio. Se pensaba que, al ser expulsado del grupo aquel que fuera señalado como origen del mal colectivo, se llegaría a expulsar el mal de la institución, la cual volvería a recuperar su tranquilidad una vez purificada de su veneno. Como lo podemos apreciar en el grabado de Iván Gardea que acompaña esta reflexión (La Trama del Grabado), el talentoso grabador mexicano logró plasmar con maestría este mecanismo de rivalidad, contagio y linchamiento colectivo para delinear con la fuerza de sus trazos el deseo mimético que da origen a la cultura humana basada en sacrificios desde que tenemos memoria histórica como especie humana.

    Por desgracia o por fortuna, dependiendo de cómo se resuelva la crisis, sabemos que el mecanismo victimario es la mentira satánica que oculta “las cosas escondidas desde la fundación del mundo”, como decía René Girard (Cosas ocultas desde la fundación del mundo) citando al evangelio de Mateo: “Para que se cumpliera lo dicho por el profeta, cuando dijo: Abriré en parábolas mi boca; declararé cosas escondidas desde la fundación del mundo” (Mateo 13: 35). Las parábolas del Reinado de Dios que Jesús contaba en Galilea evocaban los caminos para superar la violencia que anida en el corazón humano precisamente como deseo mimético que engendra rivalidad y fratricidio. Si la comunidad involucrada no desmantela internamente el mecanismo de la rivalidad y el odio, el veneno seguirá infectando sus relaciones internas y seguirá creando nuevos procesos de autoprotección, unanimidad del todos contra uno, expulsión y mentira produciendo nuevas víctimas.

    A partir de este fondo antropológico que aparece como causa sistémica de la violencia institucional padecida por el padre Alberto, lo que resulta importante ahora es subrayar la necesidad de la rendición de cuentas de las instituciones eclesiásticas, en foros internos como externos. Más adelante será necesario un proceso de sanación colectiva de la memoria, con justicia y verdad primero para las víctimas, y con rendición de cuentas de parte de los perpetradores.

    Por desgracia, dado el clericalismo predominante, como estructura sistémica que se perpetua precisamente a partir de la invisibilización de las víctimas, es preciso llevar al espacio público esta distorsión institucional de manera que puedan surgir caminos de memoria, con justicia y verdad, que restauren la escasa credibilidad de una institución universitaria fundada en 1982 para servicio de la Iglesia católico-romana en México y de la sociedad mexicana en su conjunto.

     

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    La complicidad institucional que produjo el mecanismo de expulsión que padeció el padre Alberto es similar a otras violencias clericales en el mundo de hoy.

    Dicha violencia clerical sistémica es posible rastrearla en crisis análogas, como por ejemplo, aquella de la Iglesia católico-romana en Chile que produjo las víctimas de abusos sexuales cometidos por clérigos contra mujeres adultas y contra menores de edad desde hace medio siglo. Ellas han sido sometidas por décadas a una violencia sistémica de orden psicológico, sexual y espiritual, que ha dejado huellas en las víctimas y ha resguardado impunes a los perpetradores de esos crímenes, protegidos por lo que Rita Segato (La guerra contra las mujeres) llamó “el pacto de masculinidad”. Se habla de reparación, pero revictimizando a las víctimas y sin cambios sustanciales en la vida institucional como la escuela, las congregaciones religiosas, las parroquias y las diócesis.

    Una brillante tesis doctoral en curso sobre este tema, preparada por Soledad del Villar Tagle (Abusos en la Iglesia. Concilium. Revista Internacional de Teología, (402)), documentará con testimonios contundentes y un análisis interdisciplinario riguroso, este abuso de poder clerical que requiere, por supuesto, una justicia reparativa para las víctimas y sobrevivientes, junto con una nueva teología de la Iglesia. Esta teología feminista desde las mujeres sobrevivientes a los abusos sexuales y espirituales de clérigos dará luz para promover los cambios necesarios a fin de superar esta violencia sistémica propia del patriarcado, en su versión de clericalismo, como una expresión religiosa de la guerra contra las mujeres.

    La teología feminista que surge de la crisis de los abusos propone una espiritualidad que brota de las heridas del cuerpo social herido de Cristo, más allá de consideraciones con aires piadosos que veneran las llagas del Crucificado, pero que invisibilizan a las víctimas de ayer y hoy, profanadas en sus cuerpos, mentes y almas por esta violencia sistémica clerical.

    La invitación del Papa Francisco para vivir un Año Santo en 2025 (Spes non confundit. Bula de convocación del jubileo ordinario del año 2025) a fin de aprender a ser peregrinos de esperanza en tiempos de desesperanza se dirige a la Iglesia católico-romana. A lo largo del año el Papa León XIV ha proseguido con esta iniciativa, en particular llamando a los jóvenes a ser parte de este camino de conversión para sembrar esperanza en el mundo de hoy.

    Pero estos llamados tendrán sentido solamente si se arraigan en la escucha atenta de las personas sobrevivientes a cualquier violencia sistémica, incluida la violencia eclesiástica, que por desgracia sigue desplegando su poder depredador como clericalismo de casta religiosa, insostenible en nuestros tiempos.

     

    Ciudad de México, a 26 de julio de 2025

  • El cuerpo del mesías: entre incertidumbre y alertaExocé Kasongo, Last Punk, impresión bajo demanda, 2021

    El cuerpo del mesías: entre incertidumbre y alerta

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

     

    Una emoción colectiva de pánico recorre a la humanidad por los cuatro puntos cardinales en el tiempo presente debido a la guerra en Medio Oriente desatada por Israel y Hamas que se extiende ahora desde Líbano y Siria hasta la antigua tierra de Irán. Un fuego que es atizado por la ambición sin medida de los Estados Unidos como nueva fase del imperialismo moderno, con sus lacayos en diversas partes del mundo. Las protestas de días recientes con el lema #No King en ese país abrieron solamente una pequeña grieta en el muro de la supremacía blanca y occidental capitalista que, como nos recordaban los zapatistas desde hace una década (El Pensamiento Crítico frente a la Hidra Capitalista I) es como una hidra de muchas cabezas que se reproduce con más fuerza cada vez que se corta una de ellas.

    La devastación de Gaza prosigue a la vista de todos en tiempo real, mientras los medios digitales reproducen con virulencia escenas de edificios en flamas en Teherán y de una masa humana desesperada de israelíes intentando entrar a los refugios antiaéreos en Tel Aviv.

    Ya desde 2007 René Girard (Clausewitz en los extremos: Política, guerra y apocalipsis) había visto venir esa “escalada a los extremos” con aguda mirada apocalíptica, analizando la lógica de la guerra como solución final de eliminación del rival, a partir del Tratado sobre la Guerra de un general prusiano llamado Clausewitz. Esta catástrofe anunciada la interpretó Girard afirmando que la sociedad moderna se había convertido en la civilización que olvidó la invitación de Cristo a desmantelar “la mentira de Satán”. Un camino de violencia mimética que consiste en creer que sacrificando a unos pocos la mayoría será preservada de la destrucción. Esa “ruta antigua de los hombres perversos” como dice el libro de Job (22: 15-16) comentado por Girard es falsa porque, a pesar de los chivos expiatorios, el mal sigue anidando en el corazón humano marcado por la rivalidad, el contagio y el sacrificio del otro que seguirá produciendo nuevas víctimas hasta que “las personas justas de la historia” detengan esa espiral violenta en sus propios cuerpos, como evoca san Pablo en su carta a los Efesios (2:14) al hablar de Cristo en la cruz.

    Tal proceso victimario es llevado a cabo hoy por los Estados perpetradores de la guerra. Lo vemos extenderse en Rusia, Estados Unidos, Israel, El Salvador y tantos otros países donde élites que gobiernan con el cinismo de las minorías del privilegio están dispuestas a sacrificar a “los desechables” en aras de la supuesta seguridad nacional, la economía de la prosperidad, la paz regional o el “mundo libre”.

    El miedo al estallido de una guerra nuclear nos paraliza. Ya vimos sus efectos devastadores hace ochenta años en Hiroshima y Nagasaki, cuando la energía atómica fue usada como arma de guerra por los Estados Unidos que desde entonces controlan la política exterior mundial, con la complicidad de la OTAN y otros Estados que deciden quién puede o no desarrollar dicha tecnología. Se trata de una nueva forma de poder soberano que se impone como geopolítica de disuasión y control del planeta. También conocemos los riesgos ecológicos devastadores de los accidentes nucleares después de las catástrofes de Chernóbil en Ucrania en 1986 y Fukushima en Japón en 2011, cuyas víctimas humanas y de miles de especies animales y vegetales, siguen siendo afectadas por los efectos devastadores de esa minúscula fuerza atómica fuera de control.

    Y, sin embargo, no hay que olvidar que esas mismas víctimas han luchado para devenir sobrevivientes que recuperan su propia dignidad y fuerza histórica en medio del horror. Jean-Pierre Dupuy nos recordaba desde el año 2002 en su libro Por un catastrofismo ilustrado  y otros que le siguieron la importancia de aprender de las víctimas del abuso de la energía nuclear sus modos de resistir.

    Es preciso subvertir la lógica de los poderosos que atrapan nuestra imaginación con su avidez de posesión. Escuchando a quienes enfrentan en sus propios cuerpos y territorios el mal, gracias a su indignación y creatividad, podremos pasar del pánico y la incertidumbre al estado de alerta que nos permita cambiar aquí y ahora esa lógica de muerte en procesos de vida y cuidado mutuo. Nos corresponde a nosotros hacernos cargo de nuestras historias de vida, enraizados en el lugar propio de nuestras comunidades y pueblos, como decía Jean Robert desde Cuernavaca para habitar el lugar a partir de la proporción del caminante (Pensar caminando).

    La paz “desde abajo” y desde el reverso de la historia de los poderosos es la que sí podemos nosotros construir día a día. Lo han hecho las madres buscadoras en Argentina y México desde hace décadas. Lo hacen los pueblos originarios desde sus saberes y formas de organización comunal. Lo imaginan y crean las mujeres en sus redes de cuidados enfrentando el patriarcado durante milenios. Lo construyen a contracorriente las colectivas queer que enfrentan las fobias diversas de ayer y hoy.

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    Escribo estas líneas en Durban, en África del Sur, en la costa del Océano Índico, durante una pausa del taller sobre “Esperanza y Sanación” compartido con líderes religiosos y espirituales de la región. Uno de ellos nos contaba ayer su preocupación por las tareas pendientes en este país, luego de dos décadas de refundación nacional tras la supresión del Apartheid en 1994. El liderazgo ético del pueblo sudafricano sigue dándonos buenos frutos, tales como la denuncia que presentó el Estado Sudafricano en la Corte Suprema Internacional de La Haya por el genocidio palestino que lleva a cabo el Estado de Israel. Sin embargo, al interior del país hay graves asuntos pendientes, tales como la reforma agraria que redistribuya la tierra que aún es propiedad de los Afrikáners en el 60% del territorio. En los grupos de trabajo se contaron historias de la juventud sudafricana cegada por el mundo digital y sus avatares, envolviendo la imaginación de un pueblo con falsas ilusiones que le inhabilitan para enfrentar nuevos retos. Desafíos como el rechazo a la migración de la población proveniente de países vecinos como Zimbabue, Mozambique y Lesoto, por la hambruna o guerra que padecen, la corrupción sucesiva de gobiernos y la falta de rendición de cuentas de autoridades de todos los niveles. Buscando juntos criterios para enfrentar esta crisis de incertidumbre, hemos encontrado que las espiritualidades de la humanidad, como la tradición de curandería africana y las iglesias de diversa denominación cercanas al pueblo en las periferias, con su riqueza admirable de modos de vida, prácticas de meditación y sanación, representan formas subversivas de comunidad frente al monopolio religioso en todas las tradiciones. Esas espiritualidades son un oasis para el pueblo que habita “la región del no-ser” evocada por Frantz Fanon (Los Condenados de la tierra).

    Pero esas espiritualidades necesitan ser recuperadas en su fuerza interior de rebeldía ante el mal y de gestación de otros modos de vida. Hoy más que nunca es preciso desmantelar el poder de las ideologías religiosas que hacen de las espiritualidades instrumentos de manipulación de conciencias, cuerpos y territorios.

    La humanidad está llamada hoy a pasar del pánico y la incertidumbre al estado de alerta, es decir, a la imaginación creadora que moviliza las fuerzas de cada persona y comunidad, tejiendo vínculos de vida en medio de la muerte. En la tradición cristiana hoy se celebra Corpus Christi, el cuerpo del Mesías. No se trata de una mitología religiosa que sacraliza objetos, sino de la memoria viva de la humanidad y el cosmos como cuerpo mesiánico herido de muerte que lucha por la vida. En varios países surgen iniciativas de gobiernos e iglesias para promover la paz. En México el “Diálogo Nacional por la Paz” que promueven este fin de semana varias organizaciones católicas es un reflejo de este clamor.

    Pero no hay que olvidar que el llamado a la paz que surge en este contexto de guerra inminente en Medio Oriente y en cada región del planeta será una “llamarada de petate” si ese fuego no es atizado en el interior de cada uno de nuestros cuerpos y comunidades con prácticas de autocuidado, de meditación y mutuo acompañamiento, de nuevos modos de gobernanza y de justicia transicional que detengan la espiral del odio que campea por el mundo.

    Así podremos transitar de la incertidumbre a la vigilancia crítica y esperanzada como humanidad que, junto con toda la creación, resiste y re-existe para devenir cuerpo vivo del mesías.

     

    Durban, Sudáfrica

    21 de junio de 2025

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