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  • La fiesta de la Ruah divina Reflexiones sobre la memoria viva de los pueblos en movimientoAntún Kojtom | Mural 500 OP Chiapas | Detalle: boceto de fray Pedro Lorenzo de la Nada con Sabio Lacandón | Sots´leb, 2026

    La fiesta de la Ruah divina Reflexiones sobre la memoria viva de los pueblos en movimiento

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

    Cincuenta días después de la Pascua las comunidades cristianas en todo el mundo celebramos la sobreabundancia del amor divino, cosechando los frutos del tiempo mesiánico recogidos con alegría en medio del sufrimiento, como dice el poeta hebreo: “Los que sembraban con lágrimas, cosechan entre cantares” (Salmo 126: 5).

    Hace dos mil años, tras el duelo por la ejecución cruenta de Jesús, el Galileo, por el imperio romano -en complicidad con autoridades del Templo de Jerusalem y de la turba enardecida como parte del infernal círculo mimético-un tiempo de duelo fue necesario a su comunidad de amigas y compañeros para comprender el sentido del sinsentido que representaba la muerte del inocente. Una pregunta que aún hoy surge en el corazón doliente de quienes han sobrevivido a los linchamientos antiguos y nuevos. Un cuestionamiento por el sentido de la ausencia que también late en el corazón de las Madres Buscadoras de personas desaparecidas hoy en México, que se hace clamor por encontrar a sus retoños para ayudarles “a volver a casa”.

    Celebrar que el amor es tan fuerte como la muerte y, aún más, que el amor vence al odio o que la vida resiste y re-existe parece, a primera vista, una evasión que olvida el sufrimiento de las víctimas y la urgencia de la justicia. Por el contrario, me parece precisamente que en ese sufrimiento esperanzado late el corazón de la indignación ética, política y espiritual de los sobrevivientes a tantas violencias. Un clamor que se expresa en las plazas públicas de Gaza y Teherán, Beirut y México, Kakuma y Dadaab en Kenia, por parte de quienes ponen cuerpo, corazón e inteligencia al servicio de la vida en medio de la muerte.

    La fiesta de Pentecostés echa sus raíces en el gozo de los pueblos que, tras enfrentar el horror, son capaces de ir más lejos en la regeneración del trauma y el discreto cultivo de la esperanza. Sin negar el pasado doloroso, ni la irrenunciable rendición de cuentas de los perpetradores, lo que importa a quienes sobrevivieron es ponerse de pie y volver a vivir con esperanza. Es lo que he ido aprendiendo, paso a paso, de las colectivas queer que enfrentan las fobias de género de diverso signo, de las mujeres enfrentando abusos y feminicidios, así como de los pueblos originarios que fortalecen sus resistencias por medio de procesos de autonomía de cuerpos y territorios, desde los Inuit en Canadá hasta los Mapuches en el extremo sur de nuestro continente.

    ¿Cómo celebrar la cosecha de la Ruah divina en estos tiempos de tanta incertidumbre que anida en nuestra época? Vivimos signos alarmantes de retorno de la barbarie a manos de gobiernos genocidas en Medio Oriente y en África, como de estados fallidos atrapados por la complicidad de los gobernantes con las mafias criminales transnacionales, como es el caso de México, El Salvador y Nicaragua. La espiral de odio genocida es transmitida en tiempo real por los ataques del estado sionista israelí cometiendo crímenes de lesa humanidad, con la complicidad de Estados Unidos y la Unión Europea y la indiferencia de la comunidad internacional, contra pueblos enteros que estorban a su afán de poder geopolítico.

    El fortalecimiento de las resistencias tiene que enfrentar también debates de fondo para encontrar el rumbo de la utopía en tiempos de distopías. La memoria colectiva, que yace en el corazón de estos procesos, es hoy territorio de debate. Quién cuenta la historia y cómo la cuenta son preguntas que se hacen los zapatistas en Chiapas, como la Flotilla Sumud Global, intentando visibilizar a quienes siempre quedan en las sombras del poder que mata.

    Los dominicos no estamos exentos de estos debates a la ahora que conmemoramos 500 años de la llegada de los frailes a lo que hoy llamamos Veracruz en México, el 25 de julio de 1526. La gran gesta de la evangelización -que, sin duda, trajo a misioneros inspirados por la utopía renacentista y por el celo de la reforma de las órdenes religiosas para volver a sus orígenes de seguimiento de Cristo-  también estuvo marcada por la libido dominandi de los conquistadores que seguían aquella máxima de la modernidad occidental pensada por Enrique Dussel de manera tan contundente: conquiro, ergo sum, es decir, “conquisto, luego existo”.

    A la hora de hacer el recuento histórico de la presencia dominicana en esta región del continente -llamada por los occidentales navegantes Tierra Firme y por geógrafos posteriores Mesoamérica- no podemos olvidar que una contradicción de origen marcó la labor evangelizadora de los frailes dominicos en el siglo XVI, como lo estudió con rigor histórico fray Daniel Ulloa Herrero en su tesis de doctorado en El Colegio de México: una corriente observante que encabezaba fray Domingo de Betanzos, y otra tendencia profética que animó fray Bartolomé de Las Casas. Sin duda hubo muchos matices entre ambas tendencias a la hora de lidiar con la evangelización en tierra colonizada que luego dio lugar a la edad de oro novohispana, aquella de los templos barrocos de la ruta dominicana desde la Ciudad de México hasta Guatemala, recorriendo todo el centro y sur del virreinato de la Nueva España.

    El esplendor del arte barroco de los templos conventuales de Puebla, Oaxaca y Chiapas ha marcado una visión del mundo donde México fue el axis mundi de aquella época inicial de la modernidad, punto de encuentro entre Asia y Europa. Fue también laboratorio de una cultura cosmopolita, como gustaba decir fray Julián Pablo Fernández cuando era prior de las ruinas del Imperial Convento de Santo Domingo de México. Una época que dio nacimiento a una cultura criolla y mestiza de valor universal, como lo cuenta el historiador de la UNAM José Rubén Romero Galván. Aunque no podemos olvidar que esa cultura criolla sometió e invisibilizó a los pueblos originarios, como subraya la lectura decolonial de nuestros días.

    Estas reflexiones vienen a cuento a la hora de acompañar a un gran pintor maya tseltal, el maestro Antún Kojtom, quien actualmente realiza el mural conmemorativo de la llegada de los dominicos a Chiapas, en un muro ubicado en la plaza principal de Sots’leb, entre el templo y el mercado, en la cabecera municipal de Zinacantán.

    Desde hace medio año comenzamos a conversar sobre la narrativa del mural en ciernes, subrayando lo que hoy llamamos un “diálogo de saberes”, entre los pueblos mayas de Chiapas y los frailes dominicos.

    Elegimos un tono conversacional para la representación de las escenas que aparecen en el mural, dando relevancia a la religión ancestral del pueblo tsotsil, en particular sus cargos religiosos como el de las abuelas, los videntes y los mayordomos, con sus rituales de rezo en los cerros, bendiciones de los ancestros y cargos comunitarios. Mediante esta narrativa buscamos subrayar el legado de tantos siglos que hoy en día se mantiene vivo en la vida pastoral de la parroquia de San Lorenzo Mártir de Zinacantán.

    En el centro del mural aparece el encuentro entre un mayordomo tsotsil y un fraile dominico, fray Bartolomé de Las Casas, ambos de pie con la misma dignidad, intercambiando la palabra, cada uno con su símbolo de autoridad, el bastón de mando para el primero, la Biblia para el segundo.

    A la derecha, una tercera escena congrega a la Iglesia profética que ha florecido en los Altos de Chiapas y la selva Lacandona desde el siglo XVI hasta nuestros días: un grupo de frailes, con fray Matías de Córdoba que promovió la independencia de Chiapas en el siglo XIX y fray Raúl Vera con jTotik Samuel al lado, obispos de la Iglesia de los pobres y excluidos en el siglo XX. Sobre sus cabezas, a modo de papalotes movidos por el viento de la Ruah divina, los mártires de la Iglesia sancristobalense de décadas recientes: Ignacio Pérez López, pre-diácono de Chicomuselo, el padre Marcelo Pérez, párroco de Guadalupe en Jobel, Simón Pedro Pérez López, miembro de Las Abejas de Acteal y Guadalupe Vázquez Luna, sobreviviente de la masacre de Acteal.

    Al extremo derecho aparece una escena altamente simbólica para la recreación de la memoria histórica de los frailes dominicos en Chiapas, contando historias de rebeldías creativas: fray Pedro Lorenzo de la Nada dialogando con un sabio Lacandón, ambos sentados sobre rocas, a la sombra de una gran ceiba, el árbol sagrado de los mayas, con los glifos de la palabra florida saliendo de sus bocas. El fraile mueve las manos significando elocuencia, a la vez que escucha. El sabio lacandón toca su corazón con una mano y señala a la madre Tierra con la otra. Uno, vestido con su hábito blanco y capa negra; el otro, adornado con un collar de jade y calzón blanco. Los acompañan un grupo de mujeres, jóvenes y niños lacandones atentos al diálogo. Esta escena busca representar la aventura apostólica emprendida por un fraile que quiso ir más allá de los límites de las normas de la cristiandad, como lo cuenta de manera magistral Jan de Vos en su biografía de fray Pedro Lorenzo. Lo que nos pareció más importante resaltar del fundador del Palenque moderno, fue el atrevimiento del fraile rebelde de “ir a la nada”, como le espetó el prior del convento de Santo Domingo de San Cristóbal ante la insistencia de fray Pedro Lorenzo de ir a la selva a buscar a sus pobladores para anunciarles la Buena Nueva. Escapando del convento se perdió por varios años, apareciendo más tarde en tierra de los Tsendales, donde fundó Palenque. En su travesía apostólica logró llegar a Pochutla y al lago de Lacam-Tum, hoy conocido como Miramar, centro sagrado del pueblo lacandón. De esa época se conservan en el archivo diocesano algunas actas bautismales con su nuevo nombre: fray Pedro Lorenzo de la Nada.

    Al compartir con amigos los bocetos del mural en elaboración, no han faltado comentarios elogiosos por la iniciativa, sobre todo porque fue resultado de un largo diálogo con autoridades civiles y religiosas de Zinacantán. Otros han valorado que el autor invitado sea un reconocido maestro del arte contemporáneo maya. Algunas voces críticas han subrayado la presencia menor de las mujeres, o el protagonismo de los frailes en las imágenes. Por mi parte, una vez acordado con el maestro Antún el tono de la narrativa con la importancia de los símbolos de las dos tradiciones por representar en el mural, recibí con respeto y gran admiración la propuesta visual del artista quien, con su genio propio, nos dejará sin duda un legado pictórico que es el regalo de los frailes dominicos al pueblo de Zinacantán en esta conmemoración.

    Dentro de un par de semanas estaremos celebrando en San Cristóbal de Las Casas y en Zinacantán tal acontecimiento.

    Ya les contaré sobre las nuevas semillas que se van sembrando en este camino de memoria viva.

    Jobel, 22 de mayo de 2026

  • El fuego de DiosKim en Joong OP, La Pentecôte, Saint Genès, 2012

    El fuego de Dios

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

     

    Misiles, drones y francotiradores israelíes arrasan Gaza y Cisjordania en nuestros días para llevar a término la destrucción total del pueblo palestino.

    Son ya 77 años de Nakba o catástrofe, iniciada en 1948 con la creación del Estado de Israel y la expulsión del pueblo palestino de su territorio. El ejército israelí da nombres bíblicos a esa nueva artillería de guerra de aniquilamiento, concebida por mente humana, pero ejecutada con precisión por la inteligencia artificial. Un reciente ejemplo fue el operativo “Carros de Gedeón” anunciado por el presidente Netanyahu para atacar al grupo terrorista Hamas, implementado en 2025 por el ejército israelí. Ese nombre rememora la batalla de un campesino hebreo que reunió a 300 hombres para hacer la guerra a los madianitas en nombre de Dios para ocupar un territorio “prometido por Dios” como ideología de la época. Esa historia de hace más de tres mil años contada por el libro de los Jueces (6-7) es evocada ahora por el poderío israelí para justificar el genocidio en curso.

    Como expresión de este control del imaginario del pueblo judío de hoy podemos ver los videos que circulan en redes sociales, mostrando a militares y colonos israelíes jugando a matar a la niñez palestina como si se tratase de un videojuego de los millennials. Tal vez esos actores del horror de hoy crecieron desde pequeños en ese mundo artificial de guerras donde el vencedor vive en el espacio aséptico de una pantalla digital. Para colmo, el horror de hoy toma apariencia “mesiánica” festiva pues se trata de una “guerra santa”, acompañada con coros en hebreo y danzas tradicionales judías de quienes se burlan de la basura que representa el enemigo. Hay que aniquilar a ese pueblo para liberar a la tierra de Israel (eretz Yisrael) de sus invasores. Ya lo contaba la Biblia cuando un pueblo esclavizado en Egipto creó la historia de la promesa divina que le daría “una tierra que mana leche y miel” (Éxodo 3: 17) interpretando un mensaje simbólico como un mandato de conquista de territorio.

    Una versión parecida de colonialismo militar con manto ideológico religioso dio nacimiento a los Estados Unidos en tiempos modernos. Los colonos ingleses que huían de guerras religiosas y hambruna llegaron a tierras de los Powhatan y los Massachussets en la costa Este con una retórica “mesiánica” para adueñarse de esas tierras con la supuesta bendición de Dios. Los discursos de los padres fundadores están inspirados en citas bíblicas, como los actuales discursos incendiarios de Trump, sobre todo después del atentado de 2024, cuando de manera abierta el habitante de la Casa Blanca se dice enviado por Dios para “salvar al mundo libre”. Ese mismo delirio religioso lo expresó Bolsonaro en Brasil hace unos años para justificar un régimen racista con discursos de odio.

    Y entonces el supuesto fuego divino que inspira al estado sionista, al gobierno estadunidense y muchos líderes populistas de hoy lanza “llamas de fuego” para aniquilar a quien se oponga a su misión divina que, en realidad, enmascara el colonialismo de hoy en su forma más brutal y cínica.

     

     

    Pero la Biblia cuenta otras historias del fuego de Dios. A lo largo de miles de años el pueblo hebreo primero y la comunidad cristiana primitiva después fueron discerniendo entre el fuego guerrero de los falsos dioses y el fuego divino del Eterno que recibieron profetas y poetas, curanderos y apóstoles, que interpelaban al pueblo en nombre de Dios, curaban sus heridas y anunciaban esperanza mesiánica no violenta en medio del horror.

    Ese fuego divino es una llama que no destruye, sino que edifica desde el interior, experiencia iniciada por los profetas de Israel, desde Elías hasta Jeremías. Ese fuego interior es como una chispa que participa de la llama del Eterno, donde mujeres y hombres en trance, iluminados por esa luz divina, anuncian cosas nuevas para un pueblo oprimido y desesperanzado.  Ese fuego no es militar, sino divino. Hace ver y actuar a quienes lo reciben con osadía, imaginación creadora y compasión amorosa.

    Un fuego distinto al de los drones se torna luz, resplandor y fuerza, como en la historia de Jesús el Galileo, que “se transfigura” en el monte para revelar su ser profundo, preparándose para ir a Jerusalén en un momento crítico de su misión, centro del poder religioso de su época, para dar testimonio ahí, en el corazón del imperio, de la gloria (קבֹד kabod) de su Abbá. Gloria que no es poder, sino vida.

    Aquel fuego divino animó a Jesús y su comunidad para tejer una cercanía liberadora y amorosa con los invisibles de su tiempo: pobres, mujeres, forasteros y enfermos. También les permitió denunciar la corrupción en curso, sobre todo la perversión de la religión del Templo y, más tarde, de los fariseos que se decían maestros de la Torá.

    Un fuego otro que, tras la ejecución atroz de Jesús en una cruz romana con la complicidad de la turba enardecida y algunas autoridades religiosas, se posó en la cabeza de la comunidad aterrada por el miedo a sufrir el mismo escarnio que su Rabí. Tras un tiempo de duelo y miedo, ese fuego les abrió la mente y el corazón para comprender lo que estaba sucediendo. El crucificado estaba de vuelta, vivo de otro modo. Había despertado y acompañaba sus pasos, balbuceando con sus discípulas y apóstoles otro mensaje, realizando señales de vida nueva en medio de comunidades nuevas, dentro y fuera de los límites del pueblo hebreo. Esas comunidades en diáspora lo fueron reconociendo como Mesías crucificado al releer las escrituras hebreas y al partir el pan en su memoria, actos simbólicos para proseguir la obra de la redención divina en el corazón de los pueblos sufrientes y esperanzados.

    Ese fuego divino no es exclusivo de nación alguna, ni monopolio de ninguna institución sagrada, sea secular o religiosa. Tampoco justifica guerras de conquista y colonización. Mucho menos es fuego destructor que aniquila a las otras naciones.

    Ese fuego es cosecha jubilar. Se trata del potente simbolismo del ciclo de cincuenta días del calendario hebreo y cristiano. El año jubilar hebreo que cada cincuenta años perdona deudas, deja descansar a la tierra y libera a los cautivos para abrir paso a la gloria de Dios. Cincuenta días después de la pascua de Jesús, la comunidad cristiana celebra la sobreabundancia amorosa de Dios que no lanza drones ni misiles para destruir a sus enemigos, sino que comunica llamas de fuego divino para “levantar del fango a los humildes de la tierra”, como cantaron Ana y María en ambos testamentos (1 Samuel 2:10 y Lucas 1:52).

    Fuego divino que recrea la faz de la tierra desde los sobrevivientes de la historia de horror, quienes entretejen vida con memoria, dignidad y cuidado mutuo, en medio de la muerte que les rodea.

    Dichosa fiesta de Pentecostés.

     

    Ciudad de México

    7 de junio de 2025

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