Por Carlos Mendoza-Álvarez
Este fin de semana concluye en Chiapas el encuentro internacional de resistencias y rebeldías “Algunas partes del todo” organizado por las bases zapatistas de jóvenes milicianos del EZLN y su comandancia, donde una nueva generación ha expresado -por medio de obras de teatro, conciertos, semilleros y baile- la autocrítica a su movimiento de ya varias décadas para ratificar su visión del mundo y su lucha por construir otros mundos posibles.
Esta nueva generación nació ya en territorios autónomos, después del levantamiento armado y mediático de 1994, donde su horizonte de vida y comprensión del mundo de abajo les ha capacitado para desplegar una imaginación creativa sobre lo humano y lo cósmico. Como señala con agudeza Raúl Zibechi (La autocrítica zapatista), el encuentro representa una valiosa novedad en las izquierdas latinoamericanas del último medio siglo por su capacidad de autocrítica y su persistencia a lo largo de más de tres décadas en la defensa de su territorio, sus modos de vida y aprendizaje de un modo de goberananza donde se “manda obedeciendo”.
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Luego de mi estancia en Sudáfrica este verano regresé a México con una conciencia más clara de las conexiones que existen entre las resistencias de “los de abajo”, desde los refugiados en las afueras de Pretoria y los artistas de “decolonalidad combativa” en Soweto, hasta la resistencia palestina del Sumud en Gaza, Cisjordania y todos los lugares donde el clamor para detener el genocidio del pueblo palestino surge de plaza públicas y campañas digitales.
Movido por esta conciencia de la urgencia de seguir aprendiendo de esos movimientos sociales y tejer puentes me aprestaba a participar en el encuentro de las resistencias en el Caracol Morelia, cuando el caos generado por la tormenta que azotó la Ciudad de México hace una semana me lo impidió. Un mega estanque urbano -creado por la cantidad de lluvia que cayó con una fuerza que desde hace 73 años no se conocía, acrecentado por la basura acumulada en las calles por una ciudadanía indolente que obstruyó el drenaje urbano, empeorado por una pésima política hidráulica de gobiernos en tiempos modernos de crecimiento caótico de la antigua Tenochtitlan- paralizó la vida de millones de personas. A mí me tocó quedar varado por horas en el aeropuerto, sin poder llegar al sureste mexicano debido al caos que duró hasta los siguientes días.
Así que tuve que conformarme con asistir de manera virtual al evento, gracias a las transmisiones en línea que hacían los organizadores (Transmisión en vivo desde el Encuentro de Resistencias y Rebeldías “Algunas Partes del Todo”) y varias organizaciones de la sociedad civil presentes en el Caracol Morelia, en las cercanías de Altamirano, de las mesas de trabajo, las obras de teatro y los conciertos. Entre las presentaciones de resistencias a la pirámide del privilegio, cabe destacar la presencia de colectivas de mujeres desmontando el patriarcado, de estudiantes creando redes de educación alternativa, de campesinos resistiendo al extractivismo y de colonos enfrentando la gentrificación, entre muchas otras iniciativas locales, regionales e “intergalácticas” de resistencia a la hidra capitalista y patriarcal.
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Sin embargo, a mi modo de ver queda pendiente en estos encuentros anti-sistémicos explorar las resistencias espirituales de esas colectivas y pueblos. Porque no basta con exponer las estrategias de resistencia a la hidra de muchas cabezas. Tampoco es suficiente organizar redes de solidaridad y apoyo entre colectivos y pueblos para desmantelar la pirámide de los privilegios. El remar contra corriente muchas veces lleva a la desolación. Por eso es preciso ir al manantial del que brota la esperanza combativa que no ceja en su imaginación creativa en medio de la catástrofe.
¿Qué fuerza interior y colectiva permite resistir a las personas y comunidades sobrevivientes que viven en medio de la creciente violencia sistémica? ¿Cómo experimentan un despertar frente a ese destino impuesto por la hegemonía que les mantenía subyugados y les hizo decir que había que cambiar el mundo? ¿Qué procesos de sanación personal y colectiva han ido creando para fortalecer sus resistencias? ¿Cómo se acuerpan, acompañan y cuidan mutuamente los sobrevivientes? Porque no podemos olvidar que las resistencias son modos de vida que conllevan también símbolos, rituales y fiestas, como expresiones profundas de la memoria colectiva que permiten crean una conexión con los ancestros, con la Madre Tierra y con la divinidad en tantas formas celebrada. Tal dimensión por milenios ha sido cultivada por las religiones y las espiritualidades de la humanidad, desde el chamanismo en Mongolia hasta las religiones monoteístas y su diversidad de modos de nutrir a los pueblos para vivir con dignidad y esperanza.
Como ya mencionamos hace unas semanas aquí, con el fin de explorar esta fuente espiritual y política de las resistencias se llevará a cabo en Guadalajara el próximo mes de septiembre un encuentro llamado “Re-existe: el Espíritu conectando las periferias”. Un grupo de sesenta personas de movimientos sociales y religiosos de Asia, África, Europa y nuestra América, junto con personas de universidad y artistas ubicados en los intersticios del poder hegemónico, nos reuniremos para compartir éstas y otras preguntas, analizando la realidad que enfrentamos y nutriéndonos de los ideales ético-políticos y los saberes ancestrales. Buscaremos escuchar a personas y colectivas de sobrevivientes, por medio de la palabra, rituales y talleres, para “corazonar” lo aprendido, coronando cada jornada con un performance urbano que atará los cabos sueltos para reconocer a la Ruah divina que vivifica a los pueblos.
En cada barrio y ciudad, en cada red de personas y comunidades ha despertado la urgencia de hacer algo concreto para desmantelar la violencia sistémica que nos aqueja. Ahí podemos abrir la imaginación, el corazón y le inteligencia con la finalidad de proponer proyectos de colaboración. Huertos comunitarios, comedores populares, grupos de meditación, performances en plazas públicas, aulas interactivas, proyectos de investigación en diálogo de saberes y tantas otras maneras de tejer redes de cuidado común florecen hoy en las grietas de los muros del sistema-mundo del privilegio y la avaricia.
Las tormentas que crean inundaciones y caos ecológico en la urbe representan el mundo que se derrumba. El agua que baja de las montañas para regar la tierra, en cambio, es como la red de cuidados que tejen los sobrevivientes de ayer y hoy. Escuchemos a quienes dicen “somos la tierra creciendo la autonomía” como lo cuenta el mural del Caracol de Oventic que acompaña estas líneas.
Confiemos en nuestra capacidad imaginativa para navegar las aguas vivas con sus ríos subterráneos que conectan a Soweto con Gaza, con el Caracol Morelia y con tantos otros lares de sobrevivencia, resistencias y re-existencias.
Ciudad de México, 16 de agosto de 2025

