Etiqueta: João Cezar de Castro Rocha

  • ¿Quiénes heredarán la tierra robada y gentrificada?Lucky Madlo Sibiya (Sudáfrica, 1942), Sin título

    ¿Quiénes heredarán la tierra robada y gentrificada?

    Por Carlos Mendoza-Álvarez OP

     

    Las guerras de ayer y hoy son rituales bestiales de control del territorio como espacio de privilegio de un grupo poderoso sobre el resto de los seres que lo habitan.

    El expansionismo moderno, iniciado a fines del siglo XV con los viajes interoceánicos financiados por reinos europeos convirtiéndose en nacientes imperios, fue una empresa de control de rutas y territorios que se expandió por el mundo de manera brutal como un proyecto de colonización sin precedentes. La libido dominandi del conquistador encontró en esa empresa “civilizatoria” su perfecta justificación en la coraza religiosa que acompañó las guerras de conquista: esas tierras debían ser conquistadas en nombre de Dios.

    Eso sucede hoy en Palestina por la avaricia del Estado israelí y las potencias que lo apoyan para tomar posesión del territorio del pueblo palestino, musulmán como cristiano. Tal libido colonizadora atiza la furia desbocada de los colonos judíos ávidos de tomar posesión de más y más territorios en Cisjordania y Gaza. Esta lógica perversa lleva a un pueblo que fue víctima del nazismo a producir ahora un genocidio con un pueblo hermano.

    Similar voracidad, pero aún más perversa, alimenta la industria transnacional de la guerra para beneficio de empresas que se enriquecen de manera exponencial creando conflictos armados para alimentar la maquinaria bélica que genera rendimientos billonarios cada año en el mundo. En este caso, se trata del control de territorios financieros e industriales para alimentar a la bestia armamentista en todas las latitudes del planeta.

    El sionismo israelí y el sionismo cristiano son dos caras de la misma moneda. Escriben otra desastrosa página de la historia de voracidad por la tierra como propiedad, manipulando con cinismo la promesa bíblica de la tierra. Desde el siglo 19 ese sionismo nacido en el Reino Unido fue el que abonó el terreno para la posterior creación del Estado de Israel, con el pretexto de la Shoah. Ese mismo sionismo, en su versión de mesianismo político perverso representado por el Estado de Israel, ha inventado ahora un escenario criminal con un enemigo musulmán a vencer para imponer su poderío bélico en Medio Oriente, aniquilando al pueblo palestino y humillando a pueblos vecinos, por medio de la manipulación descarada de la Biblia, como lo ha mostrado Mitri Raheb en su libro imprescindible Decolonizando Palestina. La Biblia, la tierra, el pueblo. La maquinaria israelí de drones, toneladas de misiles y millones de bots o cuentas automatizadas inundando las redes sociales, ha ido regando por el mundo virtual noticias falsas que han dejado pasmado al mundo entero, produciendo una “disonancia cognitiva colectiva”, como lo ha analizado en Brasil João Cezar de Castro Rocha a partir de la teoría de Leon Festinger.

     

     

    Y, por raro que parezca, la gentrificación en curso en muchas ciudades del mundo, de Barcelona a la Ciudad de México, es otra expresión de esa misma voluntad de dominio del colonizador, ahora en su gentil versión hípster. Sólo que no se trata ahora de conquistar territorios para gobernarlos por medio de ejércitos militares de ocupación con el aura de una bandera religiosa imperialista. Me refiero a los colonizadores nómadas digitales que se aprovechan de la fuerza de sus monedas, envalentonados con sus sueños de primacía blanca y tecnológica, para habitar barrios residenciales en ciudades vibrantes a un costo mucho menor del que tendría en sus países de origen. Así, esas manadas hípster nutren su ilusión cosmopolita encerrados en sus burbujas urbanas, sin entrar en contacto cercano con la población del lugar que habitan, sino que la desplazan o la subordinan a sus gustos e intereses. Este fenómeno representa la versión más reciente y perversa del colonialismo de asentamientos humanos que desplaza de su terruño a los pobladores previos.

    Durante los últimos cinco años suelo pasar una temporada al año en la colonia Hipódromo Condesa de la Ciudad de México, donde los dominicos animan desde hace casi cien años una parroquia que fue centro religioso para la clase media mexicana con aspiraciones de modernidad urbana, aunque no tanto religiosa. Cada año que vuelvo veo con sorpresa que los antiguos vecinos se han ido, vendiendo sus casas, transformándolas en Airbnb o de plano poniendo negocios de moda hípster, que van desde los restaurantes veganos y las heladerías light, hasta los bistrós con menús de comida mexicana de fusión. Pero lo que más me ha sorprendido es el pulular de negocios especializados en ángeles, velas, lecturas del Tarot, fisioterapia, yoga Bikram y de otros tipos, así como un sinfín de spas con un menú de masajes que va de la reflexología hasta lo tántrico, sin dejar de lado por supuesto el Reiki mezclado con técnicas “ancestrales” del México profundo.

    Por otra parte, las parroquias católicas de esa zona de la ciudad entraron en colapso financiero por la falta de limosnas, pero sobre todo fueron envejeciendo en su población creyente tradicional. Para sorpresa de muchos ministros religiosos la Condesa se ha convertido en décadas recientes en un laboratorio de nuevas expresiones de lo religioso, como lo ha documentado Hugo Suárez (Imágenes de la Fe. Sociología audiovisual de la colonia Condesa), sociólogo tapatío, en un estudio comparativo reciente entre las prácticas religiosas de habitantes de la Condesa y del Ajusco en la Ciudad de México, una colonia hípster y la otra popular. Para completar esta rápida mirada panorámica, es importante decir que, en años recientes, se ha constatado un repunte de creyentes en los templos católicos, sobre todo sudamericanos, marcados por un catolicismo tradicional, de piedad individual intensa y altamente moralizante. Un efecto inesperado de la gentrificación en esos lares.

     

     

    ¿Qué criterios podrían ayudarnos a comprender el sentido espiritual de estos procesos de control del territorio antiguos y nuevos? ¿Las religiones de la humanidad podrían sacar del baúl de sus recuerdos algún talismán precioso que nos brinde luz?

    La segunda bienaventuranza del Sermón de la Montaña en la versión de Mateo plasma la poética de Cristo que predicó en Galilea de manera provocadora. Esa bienaventuranza dice a la letra: “Felices los mansos porque heredarán la tierra” (Mateo 5: 5). La palabra griega para referirse a los mansos es πραΰς (praus). Este término se asocia a quienes resisten a los poderes que les quieren hacer a un lado porque les consideran seres que sobran en la comunidad. En la Galilea de tiempos de Jesús esos mansos eran quienes resistían al poderío romano de los impuestos o de la ocupación militar.

    No se trata, en primera instancia, de comprender a los mansos como a las personas pacíficas según la lectura tradicional de este texto. Más bien designa a aquellas personas que resisten a las violencias sin hacer ruido, pareciendo invisibles a los ojos del mundo, porque despliegan lo que hoy podríamos llamar estrategias de resistencia como sobrevivientes de muchas violencias.

    En las calles de nuestras ciudades vemos a algunas de esas personas de reojo, pasando a nuestro lado como sombras que se yacen en una acera, o habitando casas de cartón debajo de un puente, o incluso merodeando en la basura buscando un trozo de pan, una colilla de cigarro o una lata de cerveza con un trago que tomar. Son los desechables de la sociedad de consumo, quienes sobran en un centro comercial, y con quienes tal vez nos topamos por azar o por descuido al entrar al metro o al bajar la ventana del automóvil en un semáforo de cualquier crucero urbano. Cuando nos acercamos a esas periferias muy cercanas a nosotros descubrimos que, a pesar de la sub-humanización que les rodea, esas personas se organizan, se cuidan y se acompañan.

    La promesa de la tierra que Jesús anuncia a los mansos es subversiva porque no se refiere al pueblo de Israel, como la teología davídica imperial lo había pretendido antes y lo repite hoy con su narrativa genocida. No se trata de “poseer la tierra”, mucho menos de explotarla, sino de heredarla, es decir, de recibirla como dádiva de parte del Abbá que “hace salir su sol para malos y buenos, y hace llover para justos e injustos” (Mateo 5: 45). Jesús subvierte así la narrativa dominante en su época que consistía en distribuir la tierra según estratos religiosos que marcaban la escala económica y social, donde el Templo jugaba un papel central en Jerusalén como capital religiosa de Judea.

    Por eso, el mayor atrevimiento del Galileo radicó en decir que los “mansos” heredarán la tierra, abriendo así la promesa de la tierra a los más vulnerables de la sociedad. Un mundo al revés de aquél que produce la gentrificación.

    Para concluir estas reflexiones, dejemos al poeta colombiano José Eustasio Rivera susurrar aquella esperanza incierta de quienes resisten a las colonizaciones porque intuyen que, en el corazón de sus resistencias, están comenzando a heredar la tierra:

     

    XIV

     

    ¡Soy un hijo del monte! Por su sitio más fresco
    busco, siempre cantando, la sonora colmena;
    y en las grutas silentes mi garganta se llena
    de panales nectáreos y de almendras de cuesco.

    Al salir de las ondas, con placer me adormezco
    sobre las hojarascas que mi perro escarmena;
    y al través de las ramas, en mi cara morena
    pone el sol de la tarde su movible arabesco.

    Inspirado en un sueño de ternuras lejanas,
    acaricio las flores; me corono de lianas,
    y los troncos abrazo con profunda emoción;

    que después, cuando a solas mi pensar reconcentro,
    busco el premio del monte, y en mi espíritu encuentro,
    el retoño florido de una dulce ilusión.

     

    Tierra de Promisión, Bogotá, 1921.

     

    eSwatini, 12 de julio de 2025

  • Adiós, “America”.Foto de Elizabeth Scholl para The Huntington News

    Adiós, “America”.

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

     

    Desde niño tuve una relación ambivalente con la cultura estadunidense. Por un lado, disfrutando sus cartoons como toda infancia del siglo 20, luego su música multicultural, desde el jazz que escuchábamos en las fiestas familiares y los ritmos de época como el Twist y el Rock & Roll, que movían a los mayores en casa danzando. El beisbol era el deporte que más disfrutábamos en casa, el “rey de los deportes” que mi Papá y mi familia seguíamos con pasión por la radio y luego por la televisión. La hazaña del Apolo 13 alunizando la viví como niño de 9 años frente al televisor, admirando el último prodigio de la civilización humana.

    Pero también recuerdo en mi adolescencia leer las noticias en periódicos y ver en la tele escenas de las continuas invasiones militares del Tío Sam por todo el mundo, con las tristes páginas de las guerras promovidas por el imperialismo estadunidense de la época en Vietnam. Ya como estudiante de preparatoria fui siendo más consciente del intervencionismo de los Estados Unidos en América Latina, desde el apoyo a las dictaduras en América del Sur hasta el financiamiento de grupos paramilitares por la CIA para desarticular los movimientos guerrilleros en todo el continente y en mi propio país.

     

     

    Mi educación en México sentó las bases de un pensamiento crítico, primero en la Benemérita Universidad Autónoma Puebla donde inicié los estudios de filosofía y luego en la UNAM donde concluí la licenciatura, sin graduarme por seguir indicaciones de mis superiores dominicos. El posgrado en Suiza y Francia me abrió nuevas perspectivas a las tradiciones de pensamiento europeo fenomenológico y la filosofía hebrea contemporánea.

    Nunca imaginé vivir por largo tiempo en “el corazón del imperio” hasta que llegó la invitación de Boston College (BC) para sumarme a su prestigiado departamento de teología. Aterrizaba yo a esas tierras de los Massachussets, en la cima de mi carrera académica luego de 25 años de docencia e investigación en México, Suiza, Francia y Chile, para tender puentes entre el Sur y el Norte por medio de clases de teología de la liberación y pensamiento latinoamericano. Pero mi bagaje incluía también, para sorpresa de mis colegas bostonianos, el pensamiento decolonial y la teoría queer. Tres vías que fui explorando y conectando con los años para pensar la crisis de la modernidad y sus efectos en la experiencia de la subjetividad abierta a la revelación del Dios otro.

    Fui recibido con una gran atención profesional por las autoridades de BC y con un educado respeto por mis colegas, reconocidos como los mejores en sus disciplinas en el mundo académico internacional, según el modelo dominante de conocimiento. Inicié mi trabajo en enero de 2021 en pleno invierno y durante la fase crítica de la pandemia. El campus parecía un fantasma congelado en el tiempo por un frío glacial y por la práctica del cerco sanitario. Ofrecí mis primeras clases en un modelo híbrido, con la mitad de los alumnos en el salón de clases usando sus mascarillas y la otra mitad en línea. Sobreviví el primer año de aislamiento gracias al invaluable apoyo de Sole, querida doctoranda chilena como asistente de enseñanza, y de Neto, colega salvadoreño de gran corazón.

    Una vez establecido como “Senior Scholar” me entregué de lleno a la enseñanza, descubriendo para mi sorpresa la tremenda carga de trabajo que implicaba un modelo educativo que privilegia la atención total del “instructor” a estudiantes que siguen al pie de la letra las instrucciones, con escasa imaginación creativa para buscar fuentes por su propia cuenta, problematizar temas y sugerir nuevas interpretaciones. Era importante adaptar además la bibliografía solamente a textos en inglés pues los estudiantes no leen otras lenguas.  Y para colmo descubrí que el español no era reconocido como una “lengua científica”. Entonces las señales de alerta se activaron pues comencé a percibir el poder de la academia blanca presente aun en la Costa Este del país, tan afamada por su pensamiento liberal, pero al fin y al cabo con un colonialismo internalizado aun por desactivar.

    Me di a la tarea de sumergirme en esa experiencia de un nuevo modelo educativo, dejando de lado mi primera intención al aceptar esta invitación, que consistía para mí en concentrarme en escribir dos libros pendientes para completar mi segunda trilogía teológica, ahora sobre la idea de la “tradición” que comunica la revelación divina según la narrativa cristiana. Esos manuscritos aún siguen sobre mi escritorio. Intuí que era importante proseguir la investigación de otro modo, por lo que inicié un proyecto llamado Beyond Global Violence Initiative (BGVI), como plataforma para promover conversaciones académicas con colegas del Sur y del Norte sobre temas urgentes para la labor de las humanidades hoy. Gracias al apoyo inicial de las autoridades académicas y, sobre todo, a la generosidad de colegas de diversas latitudes que se sumaron a la invitación, pude organizar cinco coloquios para tejer reflexiones colectivas sobre la subjetividad moderna enfrentando la catástrofe civilizatoria, siguiendo la ruta de la fenomenología, la teoría mimética y el pensamiento apofático. Un libro en proceso sobre teología política está por aparecer en 2026, será la sabrosa cosecha de estos encuentros.

     

     

    El proyecto académico inicial de tender puentes entre el Sur y el Norte iba viento en popa hasta que dimos la bienvenida a Palestina. Entonces comencé a percibir la extrañeza, convertida luego en sospecha y al final en desconfianza, de parte de algunos colegas y autoridades académicas sobre estas pesquisas con sus implicaciones sociales y políticas, como la crítica abierta a las teologías del imperio, fuese bajo su forma de sionismo israelí o cristiano. Con algunos colegas profesores, doctorandos y pocos alumnos de pregrado que compartían esta inquietud por el genocidio en curso del pueblo palestino, organizamos dos eventos académicos para aprender del pensamiento palestino actual. Pero comencé a recibir mensajes de “preocupación” por parte de autoridades académicas y el franco rechazo de algunos estudiantes que, como envalentonados seguidores de Trump, se expresaban abiertamente de manera agresiva contra los temas expuestos en clase sobre la crítica decolonial al capitalismo extractivista, al patriarcado heteronormativo y al racismo de supremacía blanca.

    El miedo promovido por la administración Trump desde su primer mandato creció de manera masiva desde el inicio de su segundo periodo de gobierno. Se fue enfocando en controlar el pensamiento en las universidades estadunidenses. Su estrategia fue haciéndose más agresiva desde que tomó posesión en enero de 2025. Por medio de una “retórica de odio” —analizada con lente mimética por el colega brasileño João Cezar de Castro Rocha, primero en Brasil y luego en Estados Unidos y otros países de extrema derecha en el gobierno— el movimiento Make America Great Again (MAGA) fue controlando cada vez con mayor furia mentes y universidades por medio de redes sociales y de políticas de censura. El problema no sólo era Trump, sino los más de 70 millones de votantes que lo apoyaron y que, aun ahora en pleno expansionismo militar geopolítico, siguen suscribiendo sus políticas dictatoriales imperiales (migratoria, de género y de racismo de supremacía blanca), todas ellas amalgamadas con la ideología “teológica” del mesianismo político.

    El colonialismo estadunidense está íntimamente ligado al sionismo israelí y ambos forman parte de la nueva fase de la colonialidad del poder, con sus réplicas en movimientos de extrema derecha en todo el mundo, como lo ha planteado el pensador puertorriqueño Nelson Maldonado-Torres con la idea de “principio de colonialidad” (The U.S. at 250, Coloniality, and Political Zionism in Perspective). Por eso, la teología como pensamiento crítico, que surge de la vida y praxis de las comunidades cristianas en contextos diversos para vivir los destellos de la redención, está llamada hoy con urgencia a desmantelar esta falsa teología política. De no hacerlo estará justificando la narrativa imperial.

    Un evento programado para el mes de abril pasado como parte de nuestro proyecto de investigación BGVI buscaba reflexionar, junto con Hilari Rantisi (Centering Human Life, Disrupting Injustice Without Replicating It), colega palestino-estadunidense de Harvard, sobre la construcción de paz en tiempos de guerra, comparando el colonialismo sionista en Palestina con el colonialismo británico en el pasado reciente de Kenia. Lo habíamos organizado junto una colega de BC, pero finalmente decidimos cancelarlo por presiones institucionales recibidas y para evitar el riesgo real de deportación e incluso criminalización de quienes somos profesores y estudiantes extranjeros, ya que podíamos haber sido ser acusados de apoyar a “grupos terroristas” y atentar contra la seguridad nacional.

    En ese ambiente enrarecido, BC no me ofrecía ya la seguridad necesaria para proseguir mi labor teológica, al grado de proponerme asistencia jurídica privada en caso de urgencia, pero no institucional sino de un abogado especializado en temas migratorios. Así que, con el apoyo de mi superior religioso dominico en México, decidí presentar mi renuncia a BC al concluir el semestre académico de primavera para volver a mi tierra a fin de proseguir mi labor teológica en libertad.

    El clima de autocensura que se extendía como contagio fue más evidente cuando me despedí por medio de una carta de mis colegas en BC. Recibí una sola respuesta de empatía que subrayaba “los efectos emocionales” padecidos por esta censura velada que me tocó vivir, sin comentar las razones de mi renuncia ni el llamado que hacía en mi carta a pensar qué tipo de teología estábamos realizando en esa universidad.

     

     

    Hoy, al concluir mañana mi colaboración institucional con Boston College, escribo estas líneas para decir “Adiós, America”. Ese nombre robado al continente entero pero que, en español y portugués, como dice Maria Clara Bingemer, querida colega brasileña, lo escribimos con acento “América”. No volveré a usar ese nombre para referirme a un país que ha basado su historia de dos siglos y medio en el robo de territorios, alimentado por un colonialismo mesiánico de invasiones en tierras americanas y caribeñas, planificando y financiando constantes guerras de dominio por todo el planeta. Digo adiós a su teología del dominio y de la prosperidad, travestida de democracia y mundo libre.

    A mis colegas estadunidenses que aun callan ante el imperialismo de su gobierno les deseo que puedan pronto despertar del sueño que les tiene adormecidos, sea por el miedo a la censura, o por la complicidad del privilegio blanco y colonial que les impide ver la corrupción del poder que les cobija y protege, basado en la guerra global del sistema-mundo occidental que crea más y más víctimas que claman al cielo.

    El gigante tiene pies de barro y un día caerá. Mientras tanto, quienes nos ubicamos en las grietas del poder, dondequiera que nos encontremos, tejemos otros modos de vida, desde la libertad interior del pensamiento y la solidaridad, desde las periferias sociales, políticas, académicas y religiosas.

    Iván Illich y Gustavo Esteva, caminando con Jean Robert, Sylvia Marcos y los pueblos en resistencia como los Zapatistas en el Sur epistémico, nos abrieron el camino de la vida de los “intelectuales desprofesionalizados” como escuchadores de los pueblos en resistencia.

    En esas rutas se tejen diálogos fecundos Sur-Sur, Sur-Norte y tantas otras direcciones geográficas, políticas y espirituales que siembran semillas de mundos nuevos.

    Adiós, “America”. Hola, mundo libre.

     

    eGoli / Jo’Burg, 29 de junio de 2025

Spanish