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  • Noticias de WallmapuGabriel Pozo Menares | Calendario Mapuche | Wallmapu, 2011

    Noticias de Wallmapu

    Por Carlos Mendoza Álvarez

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    La luz del atardecer llega a Tirúa, en tierras mapuche, mientras Carlos, mi anfitrión jesuita que ha estado aquí más de quince años (HistoriActiva comunidad jesuita de Tirúa), conduce por el camino de terracería para visitar a sus amigos que le han abierto las puertas de su casa para compartir la vida en el territorio desde hace años. Llegamos y nos recibe la hija mayor junto con sus gatos y perros. Interrumpe por un momento las tareas que prepara en su último semestre de preparatoria, ya que luego de graduarse planea inscribirse en la universidad para estudiar pedagogía. La vida transcurre de manera simple entre las familia que aquí habitan. El papá pasó el día cultivando papas y después dedicó la tarde a poner el piso de un cuarto nuevo de la casa. Nos ofrecen mate como ritual para acompañar la conversación. Antes de irnos los amigos intercambian comida para las aves y hacen planes para reciclar una vieja puerta de madera que será instalada en un centro de eco-espiritualidad en ciernes.

    Wallmapu (Declaración Departamento de Historia sobre el término Wallmapu) es el término que hace referencia a las tierras ancestrales del pueblo mapuche (El Mundo Indígena 2025: Chile). Hoy son dominadas por la industria forestal que contaminó el territorio con especies invasoras como el eucalipto y el pino para producir celulosa a escala masiva para exportarla al mercado mundial del embalaje.

    El pueblo mapuche hoy está dividido entre la frenética integración al mundo moderno del consumo por un lado y, por otro, la defensa del territorio, la lengua y la medicina tradicional con el liderazgo de las mujeres Machi, sanadoras y ancestras espirituales.

    De ambos lados de la cordillera, dividido entre Chile y Argentina, el pueblo mapuche lucha por su sobrevivencia territorial y cultural, ante la avasalladora inercia del mundo moderno (Chile: La resistencia al modelo forestal en el Wallmapu, territorio Mapuche). Para las comunidades asimiladas al modelo moderno de hoy parece mejor comer comida procesada que algas y mariscos como hacían los antiguos; o bien, tomar Coca Cola en lugar de infusiones de hierbas porque da mayor estatus; prefieren ser cristianos evangélicos o católico-romanos que seguir la espiritualidad y la lengua de los ancestros. Al fin y al cabo se trata de un asunto de « integración » al mundo moderno, aunque sea al precio de la asimilación cultural y la depredación ambiental que, en su trasfondo simbólico, es violencia contra los ancestros y contra la madre Tierra.

    Redes de la sociedad civil tales como “Iglesias y Minería”, o las iniciativas de diálogo intercultural sobre astronomía ancestral y moderna que impulsan algunas universidades de la región, son intentos modestos para acompañar a un pueblo desgarrado por las contradicciones internas entre modernidad y tradición.

    Quizás la eco-espiritualidad esté siendo una « articulación », entre otras de corte más social y político, que permita esos cruces. Carlos me contaba la anécdota de una abuela que, asistiendo a un taller de medicina tradicional y eco-espiritualidad, decía no entender nada de los cruces de los tres cuerpos (personal, comunitario y territorial) que presentaba el taller, porque ella se había quedado pensando durante todo el encuentro sobre lo que significaba esa palabra rara que estaba escrita en la invitación : « articulación ». Un término que la abuela tuvo rondando en su cabeza todo el tiempo hasta que por fin intuyó que seguramente hacía referencia a las articulaciones de los huesos, cuando sentía en su cuerpo que algo estaba descuadrado, le impedía la movilidad y provocaba dolor. De modo que ella concluyó que el taller era  un camino para curar sus articulaciones. ¡Y en el fondo ese era el objetivo del taller! Aquella abuela lo había seguido a su modo propio, aunque estuviera ausente del resto de las charlas.

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    Antes de llegar a tierras mapuches pude conversar con personas de universidad en dos foros en Santiago de Chile. El primero sobre la obra de Gustavo Gutiérrez, uno de los padres de la teología de la liberación, con ocasión del primer aniversario de su fallecimiento (Congreso Internacional Gustavo Gutiérrez). En un formato académico tradicional con conferencias magistrales y ponencias, a lo largo de un par de días fue emergiendo una conciencia más clara entre los asistentes sobre la importancia del estilo latinoamericano para hablar de Dios, íntimamente conectado con la experiencia de los pobres y oprimidos. Una sabiduría que ya forma parte de la manera como algunas comunidades cristianas católico-romanas y protestantes comprenden su fe en un Dios liberador y promueven el papel transformador de las víctimas en sus propios procesos de liberación para dejar atrás tierras de esclavitud y emprender caminos de vida nueva.

    Pero también comenzamos a ver, no sin la sorpresa de algunos asistentes, que es preciso abrir el corazón y la mirada a otras exclusiones, como aquellas que viven las mujeres, las personas queer/cuir, los migrantes indocumentados, los familiares de personas desaparecidas, los pueblos afrodiaspóricos y los pueblos originarios, por mencionar a quienes representan las resistencias de hoy a la violencia que nos aqueja de muchos modos, teniendo en el corazón hoy al pueblo palestino enfrentando el genocidio perpetrado por el gobierno israelí y sus cómplices.

    Durante el coloquio surgieron algunas iniciativas para mantener viva la memoria de la obra del gran teólogo peruano, a través del trabajo de los archivos que resguardan las grabaciones de los cursos de verano que Gutiérrez ofreció en Lima por varios años, un valioso material que mostrará otro ángulo del pensamiento del autor. Asimismo, algunos nos propusimos investigar las relaciones del pensamiento de Gustavo con la obra de Aníbal Quijano, compatriota suyo, quien representa una de las fuentes de mayor importancia en el pensamiento decolonial de nuestros días, junto con Frantz Fanon. La confluencia de ambos pensamientos, junto con la teología de la liberación negra, feminista, queer/cuir y palestina, nos dará un marco teórico más pertinente para comprender la interseccionalidad de las violencias y de las resistencias en curso a fin de crear otros modos de vida, gobernanza y espiritualidad que animen a comunidades ubicadas en las fracturas de la humanidad.

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    El otro encuentro, realizado con colegas de la Sociedad Chilena de Teología (UCSC fue sede de Jornada Anual de la Sociedad Chilena de Teología), fue la ocasión para pensar juntos los posibles caminos de la esperanza de las comunidades que enfrentan la violencia sistémica.

    Mi contribución en esa jornada anual puso en la mesa la cuestión de pensar la esperanza con un talante de « decolonialidad combativa », como la digna rabia que practican las comunidades zapatistas, o la indignación de las mujeres que enfrentan un abuso sexual o espiritual en sus respectivas religiones. Porque se trata, desde mi punto de vista, de desmantelar una visión de la esperanza como huida del mundo a la espera de una consolación en el más allá de la vida eterna.

    Más bien se trata de descubrir y fortalecer la esperanza que « insurge » en las fracturas de la humanidad. Ahí donde las personas sobrevivientes reman a contracorriente de la historia de  la opresión y el privilegio, habitando el mundo con prácticas de cuidado mutuo, en la pedagogía del acuerpamiento y la sanación colectiva con memoria, verdad y justicia, como lo exploramos en el pasado encuentro Re-existe 2025.

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    El cielo de Wallmapu, con la luna creciente brillando con intensidad, es hoy una metáfora viva de la esperanza que nos arropa cuando escuchamos los latidos de las tierras y los astros del Sur.

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    Tirúa, 25 de octubre de 2025

  • Sudáfrica, treinta y un años después del fin de ApartheidCapelle, Joseph. Vía Crucis, IV: Jesús encuentra a su madre, Parroquia de San Martín de Porres, Soweto, 2015

    Sudáfrica, treinta y un años después del fin de Apartheid

    Por Carlos Mendoza Álvarez

     

    Un pequeño campo de refugiados congoleños en las afueras de Pretoria nos recibe a un grupo de personas de universidad e iglesias interesadas en conocer sus vidas y sus historias. Nos reciben en la explanada diez familias, cada una con cuatro o cinco pequeños descendientes y algunos mayores, en una tarde fría del invierno sudafricano. Nuestro guía es Lance Thomas, colega del Centro para Fe y Comunidad de la Universidad de Pretoria, quien nos fue contando en el trayecto su visión decolonial del acompañamiento a colectivos vulnerables de personas sin casa y de refugiados. Un espléndido trabajo que desarrolla esa universidad desde hace más de diez años.

    Durante mi visita a esa universidad hace unos días me sorprendió la creatividad de esta comunidad universitaria conectando, entre otros proyectos en curso, el mundo de las personas sin casa con las diferentes facultades académicas tales como arquitectura, sociología y teología, promoviendo una teología práctica “en la calle”. La reciente conferencia inaugural del año académico del Prof. Stephan de Beer, discurriendo sobre los modos de gestación de comunidad y su dimensión espiritual, a la vez que acompañando a las familias sin casa a crear proyectos de recuperación de espacios de vida, es un botón de muestra de este modo decolonial de hacer teología.

    En el camino, Lance nos previene de la importancia de no caer en el juego de la victimización y del deseo espontáneo de ayuda económica a la comunidad que estamos por visitar. Se trata de ver de cerca las condiciones de esa comunidad para buscar estrategias de apoyo que atiendan en lo posible las causas sistémicas que someten a condiciones de vida deplorables, a más de 250 mil refugiados en Sudáfrica procedentes de Burundi, la República Democrática del Congo, Ruanda, Sudán del Sur, Somalia y Zimbabue, según ACNUR.

    Resuena con fuerza en mi mente, mientras escucho a Lance, la advertencia de Iván Illich para no perder nunca la proporción de la convivialidad con el otro, así como la amistad con el pobre que estaba en el corazón de la teología de la liberación de Gustavo Gutiérrez. Sin caer en el juego de la manipulación emocional, me propuse estar alerta para conectar ambos polos: pensar de manera sistémica y actuar de manera compasiva.

    Durante la conversación espontánea con quienes se acercaban a platicar con nosotros en el campamento, me asombró la mirada profunda, como si estuviese abierta a recuerdos dolorosos, de dos personas mayores que nos contaron historias de los siete años transcurridos desde que salieron huyendo de la guerra en la República Democrática del Congo. Han estado brincando “a salto de mata” por varios campos de refugiados de Naciones Unidas en Sudáfrica. Algunos estuvieron encarcelados durante dos años. Los niños que revolotean con sonrisas generosas y ojos grande abiertos “no conocen lo que es la escuela”, me dice uno de los líderes de la comunidad.

    Una mujer con voz enfática insiste una y otra vez sobre la discriminación que sufren como familias de parte de “sus propios hermanos sudafricanos”. Me muestra el documento que hace siete años le entregara ACNUR. Su único papel de identidad, casi destrozado por el paso del tiempo y humedecido por sus manos nerviosas, no es aceptado por ninguna autoridad sudafricana. Otro compañero se acerca lleno de furia y dolor diciendo que ya no pueden más y que, si no reciben ayuda humanitaria, pronto morirán. Vuelve la mujer con voz desesperada para para decir que los vecinos llegan a amenazarles por las noches y les dicen que se vayan, que regresen a su país. “Pero ya no tenemos adónde volver”, dice ella desconsolada.

    Una compañera del grupo estuvo hablando todo el tiempo con una de las jóvenes que está embarazada. El riesgo de falta de atención médica adecuada para ella y su bebé es real por el creciente rechazo de las clínicas del país a recibir a personas refugiadas sin permiso vigente. Ellas tejen de inmediato una red de sororidad.

    El impacto de esta visita, que compartí con un grupo cercano de amigos y familia en México, suscitó la inquietud de hacer algo junto con esa comunidad de refugiados. Pronto les informaré por aquí de lo que podemos hacer juntos.

     

     

    Conté esta historia días después a quienes asisten a mis charlas sobre “Sanación colectiva y esperanza comunitaria”. Se trata de un grupo mixto de personas sudafricanas, blancas y “de color”, adultos mayores y jóvenes, algunas de ellas inmigrantes con documentos. Forman parte de una red pastoral en Cape Town y ciudades vecinas. Hablamos de la línea abismal que separa al mundo del privilegio y al de la exclusión. Subrayo la interseccionalidad que es preciso descubrir entre las diversas narrativas de “coming out” o salida del clóset de quienes viven en las sombras de la pobreza, la violencia de género, el racismo, el capacitismo y tantas otras historias de dominación en nuestras sociedades desiguales. Los asistentes conectan de inmediato con la narrativa que visibiliza a las personas con discapacidad, pero se resisten a reconocer las conexiones con las narrativas de las colectivas queer. La justicia social les atañe, pero les incomoda aun la equidad de género. Doy otra vuelta a la tuerca en mis charlas, hablando de las personas refugiadas en Sudáfrica y mi reciente visita a una comunidad en este país, describiéndolas como aquellas que viven “en las sombras de las sombras de las sombras”, evocando la potente metáfora de Frantz Fanon de “la zona del no-ser” (Piel negra, máscaras blancas). Y la audiencia comienza a abrir mente y corazón, poco a poco, para descubrir potencia, belleza y espiritualidad en quienes nos llaman a cruzar a la “zona del no ser”, para atrevernos a nombrar la violencia sistémica que a todos nos atañe, y comenzar procesos de mutuo reconocimiento, escucha y transformación personal y comunal.

     

     

    Caí en la cuenta entonces de que cuando hablamos de reconciliación con la gente sudafricana tocamos una herida que aún sigue abierta, luego de décadas de mundo post-Apartheid. “Seguimos segregados”, escribe un compañero en una “conversación en silencio” que hacemos como parte del taller de la tarde, comentando sobre papelógrafos las violencias en el mundo de hoy. Tras treinta y un años de vida nacional después del trauma colectivo que significó el Apartheid para los pueblos que habitan en estas tierras, no se ha desarrollado aun una reforma agraria eficiente, pues el 60% de la tierra pertenece a los blancos Afrikáners, nada que ver con las mentiras de Trump que recibió hace poco a medio centenar de personas afrikáners como refugiadas huyendo de la persecución negra. Otro engaño cínico del dictador en funciones en tierras robadas a los pueblos originarios de Norteamérica. La distribución de la riqueza del país de los diamantes y la tanzanita sigue atorada por la corrupción de las élites negras que gobiernan hoy el país. Muchos jóvenes del post apartheid admiran a Elon Musk y a Trevor Noah, deseando migrar un día como ellos a la Gran Manzana o a Los Ángeles. Su sueño se ve reflejado ahora en el mundo artificial de la serie de Netflix Los reyes de Jo’burg que es percibida por la juventud crítica sudafricana como una burda “americanización” de la vida de este país.

    La herida de la reconciliación nacional de la nación del arcoíris de tiempos de Mandela y Desmond Tutu sigue abierta. Ciertamente hay escepticismo en el país por su clase política corrupta, como en mi añorado México. Se respira cierta resignación ante el fracaso de la democracia, aunque pequeños núcleos de comunidades críticas resisten. El “3rd Black Power Pan-Afrikanist Decoloniality Winter School”.  que se llevará a cabo en Soweto a fines del mes de julio como festival de decolonialidad combativa, presentará otro rostro de Sudáfrica. Aquella que surge del conocimiento ancestral de los pueblos africanos.

    Hay esperanza de que Sudáfrica, como hermana mayor de las resistencias de nuestros tiempos, despierte de su letargo.

     

    Cape Town, 5 de julio de 2025

  • El cuerpo del mesías: entre incertidumbre y alertaExocé Kasongo, Last Punk, impresión bajo demanda, 2021

    El cuerpo del mesías: entre incertidumbre y alerta

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

     

    Una emoción colectiva de pánico recorre a la humanidad por los cuatro puntos cardinales en el tiempo presente debido a la guerra en Medio Oriente desatada por Israel y Hamas que se extiende ahora desde Líbano y Siria hasta la antigua tierra de Irán. Un fuego que es atizado por la ambición sin medida de los Estados Unidos como nueva fase del imperialismo moderno, con sus lacayos en diversas partes del mundo. Las protestas de días recientes con el lema #No King en ese país abrieron solamente una pequeña grieta en el muro de la supremacía blanca y occidental capitalista que, como nos recordaban los zapatistas desde hace una década (El Pensamiento Crítico frente a la Hidra Capitalista I) es como una hidra de muchas cabezas que se reproduce con más fuerza cada vez que se corta una de ellas.

    La devastación de Gaza prosigue a la vista de todos en tiempo real, mientras los medios digitales reproducen con virulencia escenas de edificios en flamas en Teherán y de una masa humana desesperada de israelíes intentando entrar a los refugios antiaéreos en Tel Aviv.

    Ya desde 2007 René Girard (Clausewitz en los extremos: Política, guerra y apocalipsis) había visto venir esa “escalada a los extremos” con aguda mirada apocalíptica, analizando la lógica de la guerra como solución final de eliminación del rival, a partir del Tratado sobre la Guerra de un general prusiano llamado Clausewitz. Esta catástrofe anunciada la interpretó Girard afirmando que la sociedad moderna se había convertido en la civilización que olvidó la invitación de Cristo a desmantelar “la mentira de Satán”. Un camino de violencia mimética que consiste en creer que sacrificando a unos pocos la mayoría será preservada de la destrucción. Esa “ruta antigua de los hombres perversos” como dice el libro de Job (22: 15-16) comentado por Girard es falsa porque, a pesar de los chivos expiatorios, el mal sigue anidando en el corazón humano marcado por la rivalidad, el contagio y el sacrificio del otro que seguirá produciendo nuevas víctimas hasta que “las personas justas de la historia” detengan esa espiral violenta en sus propios cuerpos, como evoca san Pablo en su carta a los Efesios (2:14) al hablar de Cristo en la cruz.

    Tal proceso victimario es llevado a cabo hoy por los Estados perpetradores de la guerra. Lo vemos extenderse en Rusia, Estados Unidos, Israel, El Salvador y tantos otros países donde élites que gobiernan con el cinismo de las minorías del privilegio están dispuestas a sacrificar a “los desechables” en aras de la supuesta seguridad nacional, la economía de la prosperidad, la paz regional o el “mundo libre”.

    El miedo al estallido de una guerra nuclear nos paraliza. Ya vimos sus efectos devastadores hace ochenta años en Hiroshima y Nagasaki, cuando la energía atómica fue usada como arma de guerra por los Estados Unidos que desde entonces controlan la política exterior mundial, con la complicidad de la OTAN y otros Estados que deciden quién puede o no desarrollar dicha tecnología. Se trata de una nueva forma de poder soberano que se impone como geopolítica de disuasión y control del planeta. También conocemos los riesgos ecológicos devastadores de los accidentes nucleares después de las catástrofes de Chernóbil en Ucrania en 1986 y Fukushima en Japón en 2011, cuyas víctimas humanas y de miles de especies animales y vegetales, siguen siendo afectadas por los efectos devastadores de esa minúscula fuerza atómica fuera de control.

    Y, sin embargo, no hay que olvidar que esas mismas víctimas han luchado para devenir sobrevivientes que recuperan su propia dignidad y fuerza histórica en medio del horror. Jean-Pierre Dupuy nos recordaba desde el año 2002 en su libro Por un catastrofismo ilustrado  y otros que le siguieron la importancia de aprender de las víctimas del abuso de la energía nuclear sus modos de resistir.

    Es preciso subvertir la lógica de los poderosos que atrapan nuestra imaginación con su avidez de posesión. Escuchando a quienes enfrentan en sus propios cuerpos y territorios el mal, gracias a su indignación y creatividad, podremos pasar del pánico y la incertidumbre al estado de alerta que nos permita cambiar aquí y ahora esa lógica de muerte en procesos de vida y cuidado mutuo. Nos corresponde a nosotros hacernos cargo de nuestras historias de vida, enraizados en el lugar propio de nuestras comunidades y pueblos, como decía Jean Robert desde Cuernavaca para habitar el lugar a partir de la proporción del caminante (Pensar caminando).

    La paz “desde abajo” y desde el reverso de la historia de los poderosos es la que sí podemos nosotros construir día a día. Lo han hecho las madres buscadoras en Argentina y México desde hace décadas. Lo hacen los pueblos originarios desde sus saberes y formas de organización comunal. Lo imaginan y crean las mujeres en sus redes de cuidados enfrentando el patriarcado durante milenios. Lo construyen a contracorriente las colectivas queer que enfrentan las fobias diversas de ayer y hoy.

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    Escribo estas líneas en Durban, en África del Sur, en la costa del Océano Índico, durante una pausa del taller sobre “Esperanza y Sanación” compartido con líderes religiosos y espirituales de la región. Uno de ellos nos contaba ayer su preocupación por las tareas pendientes en este país, luego de dos décadas de refundación nacional tras la supresión del Apartheid en 1994. El liderazgo ético del pueblo sudafricano sigue dándonos buenos frutos, tales como la denuncia que presentó el Estado Sudafricano en la Corte Suprema Internacional de La Haya por el genocidio palestino que lleva a cabo el Estado de Israel. Sin embargo, al interior del país hay graves asuntos pendientes, tales como la reforma agraria que redistribuya la tierra que aún es propiedad de los Afrikáners en el 60% del territorio. En los grupos de trabajo se contaron historias de la juventud sudafricana cegada por el mundo digital y sus avatares, envolviendo la imaginación de un pueblo con falsas ilusiones que le inhabilitan para enfrentar nuevos retos. Desafíos como el rechazo a la migración de la población proveniente de países vecinos como Zimbabue, Mozambique y Lesoto, por la hambruna o guerra que padecen, la corrupción sucesiva de gobiernos y la falta de rendición de cuentas de autoridades de todos los niveles. Buscando juntos criterios para enfrentar esta crisis de incertidumbre, hemos encontrado que las espiritualidades de la humanidad, como la tradición de curandería africana y las iglesias de diversa denominación cercanas al pueblo en las periferias, con su riqueza admirable de modos de vida, prácticas de meditación y sanación, representan formas subversivas de comunidad frente al monopolio religioso en todas las tradiciones. Esas espiritualidades son un oasis para el pueblo que habita “la región del no-ser” evocada por Frantz Fanon (Los Condenados de la tierra).

    Pero esas espiritualidades necesitan ser recuperadas en su fuerza interior de rebeldía ante el mal y de gestación de otros modos de vida. Hoy más que nunca es preciso desmantelar el poder de las ideologías religiosas que hacen de las espiritualidades instrumentos de manipulación de conciencias, cuerpos y territorios.

    La humanidad está llamada hoy a pasar del pánico y la incertidumbre al estado de alerta, es decir, a la imaginación creadora que moviliza las fuerzas de cada persona y comunidad, tejiendo vínculos de vida en medio de la muerte. En la tradición cristiana hoy se celebra Corpus Christi, el cuerpo del Mesías. No se trata de una mitología religiosa que sacraliza objetos, sino de la memoria viva de la humanidad y el cosmos como cuerpo mesiánico herido de muerte que lucha por la vida. En varios países surgen iniciativas de gobiernos e iglesias para promover la paz. En México el “Diálogo Nacional por la Paz” que promueven este fin de semana varias organizaciones católicas es un reflejo de este clamor.

    Pero no hay que olvidar que el llamado a la paz que surge en este contexto de guerra inminente en Medio Oriente y en cada región del planeta será una “llamarada de petate” si ese fuego no es atizado en el interior de cada uno de nuestros cuerpos y comunidades con prácticas de autocuidado, de meditación y mutuo acompañamiento, de nuevos modos de gobernanza y de justicia transicional que detengan la espiral del odio que campea por el mundo.

    Así podremos transitar de la incertidumbre a la vigilancia crítica y esperanzada como humanidad que, junto con toda la creación, resiste y re-existe para devenir cuerpo vivo del mesías.

     

    Durban, Sudáfrica

    21 de junio de 2025

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