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  • La paz como caminos de insurrección mesiánica Sobre la Agenda Frayba 2026 Memorias subterráneasGabriela Soriano | Memorias Subterráneas | San Cristóbal de las Casas, Chiapas | 2026

    La paz como caminos de insurrección mesiánica Sobre la Agenda Frayba 2026 Memorias subterráneas

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    El miércoles pasado se llevó a cabo la presentación de la décimo quinta edición de la Agenda Frayba con el título “Memorias subterráneas”, preparada por el Centro de Derechos Humanos fray Bartolomé de Las Casas, en Chiapas. Se trata de una publicación anual que, desde el año 2011, conserva la memoria viva de las acciones llevadas a cabo en la promoción y defensa de los derechos humanos de los pueblos originarios de Chiapas, así como de personas en movilidad forzada y refugiadas, que han sido acompañadas por esta organización de la sociedad civil a lo largo de varias décadas. El Frayba -como se llama con cariño a esta organización- nació inspirado por los vientos de renovación conciliar de la diócesis de San Cristóbal de Las Casas y de los procesos sociales surgidos como expresión del movimiento indígena de la segunda mitad del siglo XX.

    Tres artículos de reflexión sobre el contexto local, regional y nacional -a cargo de Jorge Santiago, fundador de varias organizaciones eclesiales y civiles, Susana Montes de la Comisión de Apoyo a la Reconciliación Comunitaria (Coreco) y una entrevista a Carlos González, integrante de la Coordinación del Congreso Nacional Indígena de Gobierno realizada por Pedro Faro-  van acompañados por una valiosa memoria gráfica de los momentos cumbre de tres décadas de construcción de paz en tierras chiapanecas. El diseño editorial y las ilustraciones de Gabriela Soriano Segoviano reflejan, con bellos trazos de arte popular contemporáneo, las conexiones de las memorias subterráneas de resistencia que animan a los pueblos originarios de hoy, así como a la sociedad civil y las iglesias que caminan con ellos.

    A continuación, transcribo mi participación en la mesa redonda, en esa tarde lluviosa en San Cristóbal de Las Casas.

    “No hay camino hacia paz, la paz es el camino”

    Mahatma Gandhi

    Estamos conmemorando este año tres décadas de construcción de paz en Chiapas: el Frayba, Coreco, Sipaz, el Congreso Nacional Indígena, el Movimiento Zapatista, los Acuerdos de San Andrés y muchas otras iniciativas de la sociedad civil, las iglesias y los movimientos sociales. Dichas redes surgieron en la tierra fértil chiapaneca, preparada desde hace más de seis décadas por el plan pastoral de la Diócesis de San Cristóbal con la llegada del obispo jTatik Samuel Ruiz que condujo, luego de una ardua y paciente conversación y camino andado con los pueblos originarios, al nacimiento de una Iglesia autóctona.

    Una década después, el Congreso Indígena de 1974 propició el surgimiento de la conciencia colectiva de los pueblos originarios como sujetos históricos. Y finalmente la aparición del movimiento zapatista del EZLN, con sus bases de apoyo y sus milicianos, propuso otro modo de vivir y crear lo político como el común. Todos estos procesos fueron acompañados por una viva y creativa corriente de pensamiento crítico, surgida en los Altos de Chiapas y las cañadas de la Selva Lacandona, a lo largo de la segunda mitad del siglo XX.

    La Escuela de San Cristóbal, llamada así por Pablo Romo, junto con la Escuela de Cuernavaca, analizada por Humberto Bech, han sido mi parecer las dos principales contribuciones mexicanas al pensamiento crítico de la segunda mitad del siglo XX. Ambas nos dan hoy un rumbo preciso para enfrentar con lucidez la espiral creciente de violencia sistémica que, con el pensador puertorriqueño decolonial Nelson Maldonado-Torres, llamamos aquí la Gran Catástrofe.

    La reflexión de Jorge Santiago en la Agenda Frayba 2026. Memorias subterráneas que hoy presentamos subraya con mucha razón la centralidad de los Acuerdos de San Andrés como crisol de luchas de varias décadas por la paz con justicia y dignidad. El pensador sancristobalense nos hace notar que siguen vigentes las reivindicaciones históricas de los pueblos originarios, con la deuda pendiente del estado mexicano para honrar esos acuerdos históricos.

    Dos cartas pastorales de jTatik Samuel Ruiz y Don Raúl Vera prepararon la celebración del III Sínodo Diocesano que se llevó a cabo de 1995 a 1999, proceso que permitió recoger la cosecha de lo sembrado por medio siglo de vida pastoral y darle así un camino certero de sinodalidad a la vida y compromisos de esta diócesis. Ambas cartas nacieron en un contexto de incertidumbre por la animadversión y el conflicto de parte de autoridades vaticanas de aquella época, atizadas por el Club de Roma o grupo de obispos mexicanos que fueron los enemigos declarados de la teología de la liberación en México y América Latina.

    La primera carta pastoral Para que la justicia y la paz se encuentren (1996) es una respuesta eclesial al levantamiento armado de 1994. Refleja la lucha por la tierra de los pueblos originarios, así como la opción por la justicia y la paz que hiciera esta diócesis, siguiendo el impulso del Concilio Vaticano II y de la II Conferencia del Episcopado Latinoamericano en Medellín. La segunda carta pastoral Del dolor a la esperanza, firmada por ambos obispos en 1998, después de la masacre de Acteal, es una apuesta por la esperanza en medio del dolor de los sobrevivientes y un compromiso para seguir buscando paz con justicia y dignidad.

    La violencia de la curia vaticana contra este proyecto pastoral se iría desatando después contra Don Raúl Vera, quien fue trasladado a la Diócesis de Saltillo el 30 de diciembre de 1999 como un intento fallido de desmantelar el proceso sinodal. Lo que nunca imaginaron sus detractores es que esa decisión perversa sería la ocasión para esparcir la semilla de una Iglesia liberadora, ahora en tierras de extractivismo minero y violencias de género, que Don Raúl asumiría con fidelidad a su misión como pastor en aquellas tierras del norte desértico de México.

    Finalmente, deseo hacer dos comentarios finales para proseguir la conversación.

    Los retos del caminar, luego de tres décadas de construcción de paz, ahora son inéditos ya que estamos ubicados en la incierta hora del colapso civilizatorio. Ya no basta con el compromiso por la justicia para los pueblos originarios, es imprescindible integrar otras justicias como la de género (diversidad sexual) y la justicia ecológica para comprender las rebeldías transmodernas que construyen personas y colectivas de sobrevivientes en contextos de violencia global. La fuerza histórica de los pobres, que pensó la teología de la liberación de la primera generación, está dando paso a la razón insumisa de movimientos sociales y eclesiales que ya desde ahora tejen redes de mutuo acompañamiento, dignidad, resistencia y re-existencias diversas.

    Es hora también de reformular el marco teórico para pensar la violencia sistémica. La teología de la liberación requiere una radicalización que surja del diálogo con el pensamiento decolonial, la teoría queer/cuir y la interseccionalidad para seguir acompañando procesos de paz, de justicia transicional y de espiritualidades diversas de la vida que enfrenten la Gran Catástrofe en curso.

    No olvidemos que es tarea nuestra honrar el legado de los ancestros de la Iglesia liberadora, pero desde las nuevas subjetividades, los cuerpos y los territorios en resistencia, con los frutos de pensamiento, arte y espiritualidad que surgen como insurrecciones mesiánicas anticipando mundos otros, de dignidad y vida para todes.

    La espiritualidad del tiempo mesiánico es interrupción del tiempo lineal de ese chronos que devora a sus hijos en altares de sacrificios cruentos. Tal fuerza mesiánica surge como insurrección pacífica ante la violencia sistémica, es decir, como ruptura del círculo fatal de la rivalidad y la violencia, para instaurar procesos de mutuo reconocimiento, más allá de la violencia que produce pobreza, exclusión y sometimiento a los poderes hegemónicos. Es una espiritualidad de la vida en medio de la muerte. Tiempo otro que (in)surge como anticipación de otros mundos posibles desde los sobrevivientes de ayer y hoy.

    El próximo miércoles 25 de marzo, a las 6 de la tarde, seguiremos conversando sobre el pensamiento crítico surgido en tierras chiapanecas, con las reflexiones de Pablo Romo sobre la Escuela de San Cristóbal y las experiencias de una espiritualidad del mutuo acompañamiento en medio de las violencias, a cargo del amigo y colega peruano Juan Carlos La Puente. Ambas reflexiones serán celebradas con el performance dancístico de Martha Elena Welsh.

    Nos vemos en el Restaurante Belil, en el centro histórico de San Cristóbal de Las Casas, donde con Ricardo y Carmen como anfitriones, junto con Angélica y Abraham, seguiremos abriendo espacios de comensalidad, donde las resistencias y las espiritualidades surgen como apuesta de diálogo permanente y mutuo acompañamiento en los cuidados de la vida.

    San Cristóbal de Las Casas, 7 de marzo de 2026

  • Navidad en lo secretoCarlos Mendoza | Nacimiento tsotsil | Nachig, Chiapas | 2025

    Navidad en lo secreto

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

    La Nochebuena se anunciaba diferente este año debido al cambio del clima gélido de Boston a los días fríos pero soleados de los Altos de Chiapas. Por supuesto no se trataba solamente de una diferencia de clima sino, sobre todo, de universo cultural. Los cantos de los monjes episcopalianos de Cambridge en tierra de los Massachusetts, que tanto disfruté por varios años, ahora daban paso a rezos de perdón y reconciliación según el rito tradicional tsotsil de los Altos de Chiapas presidido por uno de los catequistas o ministros de la eucaristía.

    Durante estos días las comunidades tsotsiles de la parroquia de Zinacantán adornan sus capillas con miles de flores. Girasoles, aves del paraíso, rosas y gladiolas en torno al nacimiento del Niño Dios, en especial la bromelia o flor de Niluyarilo que es una especie endémica de los Altos de Chiapas hoy en peligro de extinción por su uso abusivo en algunas fiestas religiosas de la zona de Chiapa de Corzo. El pesebre se acompaña con guirnaldas de semillas y frutas, representando una explosión de vida de la Madre Tierra que agradece la llegada del Mesías niño. Plátanos, mandarinas, peras, naranjas, granadas chinas y limones, cuelgan en enramadas como cayendo del cielo. De manera paradójica el mundo de arriba florece y llueve frutos sabrosos para nutrir a la comunidad reunida en torno al mesías recién nacido.

    José y María habitan esa cueva verde sagrada revestidos con los trajes tradicionales tsotsiles. Él llevando el Pok’u’ul o poncho rosado bordado con flores, portando en el hombro un morral de cuero y huaraches en sus pies. Ella, engalanada con su il chil k’uk’umal o huipil emplumado, también repleto de bordados de flores y aves. Por todos lados florece la vida en estas comunidades, si bien enfrentan problemas nuevos como la presencia creciente del narcotráfico y las mafias criminales. La fuerza histórica de estos pueblos mayenses es la unidad comunitaria, aunque la división aparece ahora al interior de las comunidades entre grupos que sólo quieren seguir la Biblia y otros que mantienen viva la tradición de los ancestros, por ejemplo las procesiones a los cerros sagrados, como la comunidad de Pinar Salinas, que mantiene viva sus tradiciones ancestrales. Estas comunidades tienen una identidad cultural en movimiento que, con cada nueva generación, adquiere rasgos propios e inéditos. Tal es el caso de los coros de iglesia que prefieren ahora tocar instrumentos de banda norteña, como el tololoche para las cuerdas y la tarola para las percusiones, en vez del tambor y la chirimía de la música ancestral que conservan viva para las peregrinaciones a los cerros de los Altos de Chiapas y, cada año, en su peregrinación al Tepeyac en el valle de Anáhuac.

    Mi sorpresa fue grande cuando Petul, el catequista e intérprete, durante la Misa de Navidad, traducía mis brevísimas reflexiones bíblicas en largas descripciones de lo que contaba sobre el relato de María, el niño y los pastores en el evangelio de Mateo. No me quedaba alternativa sino confiar en su habilidad de intérprete, dirigiendo la mirada a la comunidad para asentir cuando lograba yo identificar alguna palabra en voz del catequista. Mi intención era subrayar la importancia del mensaje de los ángeles a los pastores en Belén: “gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los seres humanos que ama el Señor” (Lucas 2: 14) que nos invita a hacer algo semejante. Aprendamos a ser como los pastores –decía yo a la comunidad con gestos enfáticos– quienes lograron ser un espejo para reflejar la gloria de Dios por medio de la paz aquí en la tierra tan amenazada de guerras. Y concluía el sermón recordando a la comunidad allí reunida que ese mensaje era aún más urgente hoy porque Belén está en Palestina, asediada hoy por una guerra cruel hecha en nombre de Dios. Y la comunidad respondió con un “¡Viva al Niño Dios nacido en Palestina!”, seguida de la tradicional diana interpretada con enjundia por el coro.

    ¿Hay algo que celebrar en las periferias del mundo del privilegio? ¿En qué lugares Dios se acerca a nosotros para ser destello de luz que alumbra a las naciones? ¿Quiénes pueden ayudarnos a ver esos chispazos en medio de la larga noche que atraviesa la humanidad?

    Lo primero que me viene a la memoria es aquella reflexión de Hannah Arendt en su libro La condición humana, señalando que en cada nacimiento de un ser humano hay una promesa de futuro para toda la humanidad. La pensadora bebía del pozo de su tradición hebrea para hablar del futuro como algo por ser cumplido a fuerza de justicia como interrupción del mal en la historia. Pero quizás ella olvidaba el corazón de la promesa hecha por Dios a Abraham y Sarah en su sentido espiritual que consiste en que la promesa es un regalo del Eterno que ofrece su ser mismo a la humanidad herida. No es casual que esa promesa tenga un nombre, aquél que la fe hebrea y cristiana llaman “mesías”: el ungido por la Ruah divina para consolar al pueblo sufriente. Un mesías que tarda en llegar, que hace larga la espera y, de manera paradójica, que ya está presente “en lo secreto” invitándonos a entrar en ese espacio de redención “por la puerta estrecha”. ¿Qué significa esa metáfora? Cobra aun mayor relieve este pensamiento al celebrar el nacimiento de un niño galileo de hace dos mil años en Palestina.

    El nacimiento del hijo de María en Belén de Palestina, contado así por los evangelios sinópticos, es una señal que vale la pena rastrear como rumbo para el camino en medio de la noche. Ese niño hebreo, hijo de migrantes que van huyendo del poder romano representado por Herodes y se refugian en Egipto, es la promesa cumplida de los tiempos mesiánicos. Aquellos que llegan con dolores de parto en lo más frágil de la condición humana expuesta a tantas violencias antiguas y nuevas. Su infancia contada en retrospectiva por los evangelistas se desplegará con el tiempo, sobre todo en el breve periodo de escasos tres años que vivió como predicador itinerante en Galilea. Él anunció el cumplimiento de los tiempos nuevos que podremos reconocer en tiempo presente cuando “los ciegos ven, los sordos oyen y buenas noticias son anunciadas a los pobres” (Lucas 7: 22).

    Nosotros estamos invitados a pasar por la puerta estrecha del mesías que es la puerta de lo pequeño: “Hay que hacerse pequeño para entrar en el Reino de los cielos” (Mateo 18: 3), decía Jesús, el Galileo. La Biblia está plagada de historias de esa otra perspectiva, como lo cantaba Ana en el libro de Samuel: “Levanta del polvo al desvalido y alza de la mierda al pobre para hacerlo que se siente entre príncipes y herede un trono de gloria”. O también el himno de Jesús que alaba a su Abbá celestial porque “ha escondido las cosas del Reino a los sabios y entendidos y las ha revelado a los pequeños”, los nepioi del evangelio de Lucas en griego (10:21).

    La llegada del Mesías subvierte la lógica de los poderosos y construye un mundo nuevo desde quienes habitan en los escombros. Como en Gaza y en los Altos de Chiapas.

    Mis primeras semanas en tierras tsotsiles me han permitido conectar de nuevo con el Ch’ulel, o fuerza espiritual de múltiples significados, que descubrí hace cuarenta y cinco años en estas comunidades, cuando llegamos de visita como novicios dominicos junto con fray Raúl Vera. Es el espíritu de los Altos de Chiapas que se manifiesta en sus cerros, bosques y neblina, animales y naguales, el que anima a las comunidades para florecer y prosperar. Desde entonces, al menos una vez al año he vuelto a los Altos de Chiapas y a las cañadas de Ocosingo para seguir descubriendo la experiencia de fe de los pueblos mayenses, con su espiritualidad ancestral fecundada por la fe en Jesús de Nazaret como mesías e hijo de Dios.

    Ahora me dispongo a explorar y disfrutar por un largo periodo la vida creyente de estos pueblos, con las nuevas expresiones en la espiritualidad y el arte, así como en la lucha por la justicia frente a los grupos de necropoder que hasta aquí han llegado con sus tentáculos de corrupción del dinero fácil y de falsa ilusión de una felicidad a base de poderío armado, drogas, alcohol y pactos criminales. Hace unos días me comentaba Angélica, querida amiga de Ecosur, que hay varios proyectos de investigación en curso, sociológicos y antropológicos, sobre las infancias y juventudes indígenas urbanas en Jobel. Están acompañados por iniciativas de la sociedad civil y de las iglesias, como Melel Xojobal para brindar alternativas de educación, vida social y diversión a esta población altamente vulnerable a las redes de criminalidad que se adueñan de la zona norte de esta ciudad que cuenta con la mayor población indígena de México.

    Celebrar la Navidad en esta tierra es un llamado a volver a las márgenes de mi matria para reaprender el lenguaje de los pequeños del Reino. En el corazón de sus anhelos busco volver a las fuentes de la fe, aquella que heredé de mis ancestros de sangre y de espíritu en la orden de predicadores.

    Navidad discreta. Tiempo de gracia y de verdad gracias al mesías niño arropado de flores y canto, de lágrimas y susurros de vida que no se rinde al mal en esta región alejada en las montañas del sureste mexicano. Comunidades que, en lo secreto, metamorfosean la adversidad en dones de vida.

    Jobel, 27 de diciembre de 2025

    Nota: Comenta abajo lo que significa para ti la Navidad.

  • Alégrate, humanidad desoladaAntún Kojtom | Guardián de espejos | Tenejapa, Chiapas | 2021

    Alégrate, humanidad desolada

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    En tiempos de la Doctrina Monroe 2.0, puesta en marcha la semana pasada para el “hemisferio occidental” por el déspota global como Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, parece insensato hablar de alegría.

    Algunos analistas como Michel Ignatieff auguran el fin de Occidente junto con el el borrado civilizatorio de Europa. Hoy está en juego una estrategia geopolítica global con áreas de poder repartido entre las tres potencias militares y económicas dominantes: Estados Unidos, China y Rusia, cada una administrando con descaro para su beneficio propio una región del planeta. Ya están en marcha los dispositivos de inteligencia militar estadounidense y de las otras potencias para el control de poblaciones enteras y sus territorios por medio del gran sistema militar-digital para someter a personas y naciones que decidan oponerse al poderío del imperio Maga y sus contrapartes.

    La creación del Comando del Hemisferio Occidental del Ejército Estadunidense, anunciada por el gobierno de Trump esta semana, forma parte de ese diseño geopolítico que ha declarado ya la guerra contra la inmigración masiva en su territorio. Cabe resaltar además la guerra ya iniciada contra los carteles como grupos terroristas que atentan contra la seguridad estadunidense, sin importar los “daños colaterales” de civiles que causará el nuevo colonialismo, como el estado israelí ya lo ha mostrado en Palestina ante los azorados ojos del mundo. La estrategia de amenaza constante de nuevas tarifas arancelarias que ha usado Trump en su primer año de gobierno ha sido otro ensayo para promover un nuevo modo de desglobalización que busca supeditar las economías de su “patio trasero” ahora llamado “hemisferio occidental” a los intereses de las transnacionales que dan sustento a su riqueza.

    Las naciones que desde hace siglos fuimos engullidas en el hemisferio occidental de la modernidad inicial ahora quedaremos atrapadas en la telaraña del poder hegemónico del monstruo voraz. Pero ese gigante tiene pies de barro y algún día caerá. Mientras eso sucede la destrucción que dejará a su paso será motivo de desolación a escala planetaria. Tal escenario que Nelson Maldonado-Torres llama la Gran Catástrofe -concepto que desarrolla en un libro colectivo sobre filosofía y teología política que actualmente preparo para una editorial estadunidense- parece ajeno a una reflexión sobre el gozo que podría esperar la humanidad en esta hora de desgracia global. Pero precisamente es el único lugar donde es posible hablar de un sentido que trascienda la aparente inconmensurabilidad del mal que nos acecha.

    Mañana las comunidades cristianas celebraremos el tercer domingo de Adviento, conocido como Gaudete. El nombre proviene del poema de un discípulo anónimo del profeta Isaías en Babilonia que anunciaba a Jerusalén, la ciudad desolada, que ha llegado el tiempo de su liberación luego del exilio: Gaudete Ierusalem,¡Alégrate, Jerusalén! (Isaías 66:10). Como ecos de esa voz de resistencia antigua, en los exilios de hoy también podría resonar el mismo canto con melodías nuevas según el genio de cada época y cultura, como el caso del pueblo palestino que evocaremos al final de esta líneas.

    El cristianismo descubrió siglos más tarde el motivo radical y los alcances del gozo del anuncio mesiánico, ampliando la cercanía de Dios no solamente para la ciudad hebrea desolada, sino para las comunidades mesiánicas esparcidas en la diáspora romana de la época que ya han entrado en los tiempos nuevos gracias a la fe en el Dios redentor, según las palabras del apóstol Pablo (Filipenses 4: 4-7):

    Alégrense siempre en el Señor. Insisto: ¡Alégrense!

    Que su amabilidad sea evidente a todos.

    El Señor está cerca.

    No se preocupen por nada […].

    Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento,

    cuidará sus corazones y sus pensamientos en el mesías Jesús.

    Se trata de la consolación de Dios para los pequeños del Reino de los cielos. Ellos viven en el tiempo interrumpido precisamente en el corazón de la catástrofe. Un modo de existir que los desheredados de la tierra experimentan en sus vidas de manera mesiánica, es decir, como una potencia de desatar los nudos del odio y del resentimiento en sus cuerpos y territorios. Es posible percibir ese murmullo de un presente pacífico en medio de la desolación en la antífona de canto gregoriano para este tercer domingo de Adviento que se conoce precisamente como Gaudete in Domino.

    Pero vengamos a nuestros tiempos. ¿Quiénes pueden proclamar hoy tal esperanza en medio de la desolación global? Por paradójico que parezca son las víctimas mismas quienes tienen esa potencia. Algo que jamás tendrán los verdugos porque su corazón ha quedado paralizado y es incapaz de abrirse al júbilo hasta que no toquen el fondo de su propia desolación y aniquilamiento. Así lo cuentan Daniela Rea y Pablo Ferri en el libro La tropa: por qué mata un soldado al entrevistar a sicarios en México que han caído en la cuenta de su crimen. De una manera colectiva, las Casas de la memoria que promovió en años recientes en Colombia la Comisión de la Verdad dan testimonio de ese proceso complejo de transitar de la violencia a la paz a partir de la fuerza de las víctimas convocando a los verdugos, a fin de abrir caminos a la justicia transicional en un país que padeció más de treinta años de guerra, con cuatrocientos cincuenta mil muertos y casi ochocientos mil desplazados internos.

    En tales experiencias de transformación de la violencia sistémica desde las márgenes de la sociedad, gracias a la persistencia de personas y comunidades de sobrevivientes, es posible recibir la buena noticia del domingo Gaudete de la liturgia cristiana como el llamado para aprender a vivir una ética del cuidado y una convocación a cultivar una espiritualidad del mutuo acompañamiento entre sobrevivientes, ambos procesos fecundándose para abrir paso a la esperanza combativa.

    Por eso, hay un cambio de tonalidad en la desesperanza. Del color morado del tiempo del Adviento que simboliza la desolación, se pasa hoy al rosa que es la luminosidad de la consolación que surge desde las sombras como un destello, pequeño pero real, que iluminará a todos, como el cuadro del artista maya Antún Kojtom que compaña esta entrada. Esa tonalidad otra, propia de los tiempos mesiánicos, surge gracias a las víctimas que instauran el per-don, es decir, la sobreabundancia del don. Una esperanza realista que no significa ceguera ante el mal y sus perpetradores, ni renuncia a la rendición de cuentas y la justicia, sino reinvención de la historia violenta a partir de la sobreabundancia del amor que recrea el mundo.

    Un nuevo modo de existir que ya no sólo es desolación. Tampoco mera resistencia. Sino creación de algo nuevo, en medio de las ruinas, a partir de las cicatrices que deja la violencia, pero que son transfiguradas como destello de esperanza y gozo: “Luego de doscientos cincuenta años de la ocupación de los colonos blancos aún estamos aquí y por eso hay esperanza”, decía sonriente Cecelia Firethunder, chamana e historiadora del pueblo Lakota, en el pasado encuentro Re-existe 2025 en Guadalajara.

    Se trata de un gozo que también surge como imaginación rebelde desde los escombros convertidos en hogar por el Sumud o resistencia creadora que vive el pueblo palestino que no se cansa de esperar, como lo canta la artista tunecina Emel Mathlouthi recorriendo las calles de una Palestina ocupada:

    Esperanza rota

    profunda

    furiosa

    amistosa

    engañosa

    que penetra tiempos arduos

    eterna

    feliz

    inquebrantable

    nueva

    Una esperanza que llena mi vida y la renueva.

    Gracias a los actos de resistencia de las víctimas a la violencia del poder global de hoy, podemos decir con gozo profundo, sin triunfalismos, y con mucho coraje: ¡Alégrate, Gaza! ¡Alégrate, humanidad desolada! porque el día de nuestra liberación está cerca.

    Zinacantán, 13 de diciembre de 2025

    Nota: Espero leer tus comentarios sobre la esperanza posible hoy en la sección abajo de esta entrada.

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