Etiqueta: Eco-espiritualidad

  • Amores no patriarcalesEl Cometa Ludo | La lucha no continúa, es continua | 2014

    Amores no patriarcales

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    “El patriarcado es un juez que nos juzga por nacer | y nuestro castigo es la violencia que ya ves […] Y la culpa no era mía ni cómo andaba ni cómo vestía | y la culpa no era mía ni cómo andaba ni cómo vestía…” Así iniciaba el performance de la colectiva chilena de Valparaíso Las Tesis en el auge del movimiento #MeToo antes de la pandemia del Covid19 que azotó a la humanidad. Recuerdo cómo en el 2020 se extendían por el mundo, como un oleaje creciente, las protestas en las plazas, los tendederos de denuncia de acoso sexual en universidades, empresas, oficinas de gobierno y jardines públicos. Una marea verde y negro de acción afirmativa de las mujeres enfrentando el patriarcado.

    En aquél entonces las colegas de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México denunciaron en el tendedero a compañeros estudiantes, profesores y directivos que habían cometido algún acto de acoso sexual. Gracias a esas protestas se estableció tiempo después de manera formal un protocolo institucional para denuncias de acoso en la universidad gestionado por diversos comités y comisiones institucionales. También se promovió una cultura de los derechos humanos para combatir la violencia de género, integrando esa problemática al currículum y fundando el Centro de Estudios Críticos de Género y Feminismos. Años antes se había creado un programa de doctorado para investigar ese fenómeno en la sociedad contemporánea desde una perspectiva interdisciplinaria y contribuir así al fortalecimiento de colectivas feministas y de la diversidad sexual, a la vez que diseñar propuestas para el establecimiento de políticas públicas de equidad de género. Me tocó explorar, junto con las colegas feministas y queer, los mejores caminos para apoyar esa iniciativa desde la División de Humanidades y Comunicación, donde trabajaba como divisional en aquellos años con un formidable equipo de colegas jóvenes, expertos en filosofía, comunicación, artes gráficas, administración y gestión académica.

    En aquellos años también se multiplicaron las denuncias de figuras públicas que fueron surgiendo en diversos ambientes culturales, como el artístico, el académico y el religioso, que expresaban el clamor de más de la mitad de la población de la humanidad harta de la violencia de género, principalmente contra las mujeres, pero también contra las personas y colectivas queer. Gracias a ese despertar colectivo descubrí el admirable trabajo de la teóloga de la India Kochurani Abraham con mujeres víctimas de violencia de género infligida contra las mujeres por líderes varones de tres tradicionales religiosas de la India: el hinduismo, el islam y el cristianismo. Su trabajo consistía en visibilizar dicha violencia milenaria y acompañar a las mujeres en su camino de liberación del lastre patriarcal por medio de la invención de nuevas formas de pertenencia a su tradición espiritual, nutrida con cuidados mutuos y creatividad en su compromiso por entrelazar espiritualidad con justicia social y equidad de género.

    Pero también hubo excesos como la cultura de la cancelación que destrozaba con un clic la vida y la trayectoria de personas acusadas sin sustento, a veces como ajuste de cuentas, otras como fruto podrido de la rivalidad, y algunas otras con motivos suficientes para una denuncia anónima por miedo a las redes de corrupción que mantenían el pacto patriarcal intacto, fenómeno político analizado por Rita Segato como mandato de masculinidad en su obra Contra-pedagogías de la crueldad.

    El caso de Boaventura de Sousa Santos me tocó de manera muy cercana porque años atrás había organizado, junto con el querido colega y amigo Pablo Reyna, un coloquio sobre su obra científica y poética, para enmarcar el Doctorado Honoris Causa que le otorgaba cinco universidades del Sistema Universitario Jesuita de México por su notable contribución a las epistemologías del Sur, al Foro Social Mundial y a la ecología de saberes. Un grupo de colegas del Centro de Estudios Sociales (CES) la Universidad de Coímbra le denunció por acoso sexual en una publicación británica que luego fue retirada. La denuncia acabó con su carrera de manera fulminante. Esa crisis, al mismo tiempo, visibilizó un problema soterrado de rivalidad en la academia portuguesa con sus conexiones en todas las latitudes del planeta. Luego que ya ha pasado un lustro hoy sabemos que las acusaciones no han sido probadas, aunque el daño ya está hecho, según el reciente relato de la filósofa brasileña Marilena Chaui. Como parte de esta triste historia, Maria Paula Meneses, académica de Mozambique que fue una de las personas acusadas por encubrimiento del autor portugués, acaba de fallecer y puede leerse un mensaje de despedida que hizo público en julio pasado antes de su muerte.

    ¿Cómo mantener la vigencia de una obra colosal como la de Boaventura, Maria Paula y Marilena, con su red de conversaciones sobre el mundo con colegas decoloniales y anticoloniales como Silvia Rivera-Cusicanqui y Gladys Tzul Tzul luchando desde abajo, honrando primero la memoria de las víctimas del patriarcado, así como a aquellas atrapadas en la espiral de resentimiento y odio que se expande en diversos colectivos humanos, sin dejar de clamar por la necesaria rendición de cuentas y el desafío del descubrimiento comunal de la verdad?

    Esta semana participé en el Seminario sobre prácticas no patriarcales dirigido por el querido amigo y colega antropólogo Abraham Mena en Ecosur. Fue una sesión virtual que nos permitió incluir en la conversación académica en esta ciudad coleta e indígena a la teología crítica como interlocutora de otras disciplinas sociales y las humanidades para pensar los caminos de superación del patriarcado con sus masculinidades tóxicas.

    En mi presentación subrayé la necesidad de la interseccionalidad como método a fin de conectar las violencias diversas que padecen “los condenados de la tierra”, comenzando por las mujeres, pero incluyendo a las personas basurizadas por una sociedad hegemónica patriarcal, capitalista, clasista y de supremacía blanca.

    Me sorprendieron las preguntas en línea que apuntaban a las buenas prácticas de desmantelamiento del patriarcado. Mi hilo conductor en el diálogo fueron los amores no patriarcales como una brújula para salir del enredo del poder hegemónico con sus muchas cabezas, como la hidra capitalista de la que nos advirtieron los zapatistas hace algunos años.

    Esos amores no patriarcales son amores disidentes que desmantelan la manera tóxica de afirmar la condición humana como poder, control y mandato de masculinidad. Amores diaspóricos de personas queer, pero también amores de personas cisgénero que dan cabida a la diversidad en sus propios cuerpos, mentes y espíritus. Y como expresión de esos amores, subrayaba también la importancia de la ritualidad que crean las colectivas en su diversidad para celebrar la vida como sobrevivientes: las madres de personas desaparecidas, los migrantes enfrentando al tren del horror, no por azar nombrado La Bestia, y los pueblos originarios entrelazando la tradición ancestral con cristianismos de diversas tonalidades confesionales.

    Contaba yo, como referente de estas nuevas formas, la historia de las liturgias feministas que recrean su propia sacramentalidad del paso de la divinidad por las vidas, las cuerpas y las luchas de las mujeres, como lo ha explorado Marilú Rojas en sus investigaciones sobre la ecoteología feminista de la liberación. Traía al corazón también las liturgias queer/cuir de aquellas colectivas de la diversidad Lbgtiq+ que no cesan de celebrar al Dios raro como divinidad encarnada, pues como señala Ángel Méndez, no hay nada más cuir que un Dios humanizado.

    Los amores no patriarcales son, al fin y al cabo, aquellos amores diaspóricos, es decir, en salida hacia los otros, las otras, los otroas. Amores de género fluido que se reconceptualizan sin cesar, como lo analiza Sylvia Marcos en el caso de las mujeres zapatistas, donde lo que importa son las personas que se arriesgan a vivir cada relación humana y creatural en la tesitura del amor que no controla, ni impone, ni mata, sino que celebra la vida en su asombrosa diversidad.

    Amores no patriarcales que es preciso descubrir en cada historia de quienes se atreven a salir al encuentro del otra, la otra, les otroas como dádiva, regalo, don, llamado, caricia, clamor y encuentro.

    San Cristóbal de Las Casas, 14 de febrero de 2026

    Nota: ¿Cómo entretejes tú amores no patriarcales?

  • (Trans)modernidades indianasJuan Chawuk | Conexion Cósmica | San Cristóbal de Las Casas | 2000

    (Trans)modernidades indianas

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    La fila de autos para llegar al paraje de Apaz se extiende por varios kilómetros en el horizonte, siguiendo el camino estrecho de terracería que serpentea entre los cerros. El bullicio de la fiesta se percibe a lo lejos, ya desde Navenchauc, con su laguna contaminada, antes rodeada de laderas arboladas y ahora invadidas por las casas de tabique sin terminar. El caserío es un espectro de desolación grisácea, como puede verse en los suburbios pobres de cualquier ciudad del mundo moderno.

    Más de ciento cuarenta personas, jóvenes en su mayoría, acompañadas por sus familias y comunidades, esperan pacientemente al obispo y a los frailes para la celebración del sacramento de la confirmación. Una multitud de más de quinientas personas, engalanadas para la ocasión, celebra con recogimiento la liturgia de la unción con el santo crisma, mientras el coro monumental canta invocaciones al Espíritu Santo en tsotsil. Don Rodrigo nos delega a los tres frailes presentes para que realicemos junto con él, distribuidos en cuatro grupos de confirmandos, el rito de la confirmación. Consiste en la imposición de manos, la unción con el santo crisma y la bofetada en la cara para llamarles a vivir la audacia (parrēsía, en griego) propia del seguimiento de Cristo en medio de un mundo cada vez más violento. Pronunciamos con reverencia las palabras en tsotsil siguiendo la frase litúrgica: Ich’bo li skélobil li’e + ja’ matanal yu’un Ch’ul Espíritu: Ta j’ch’un | Li jun o’onale teyuk ta ajotol: Xchi’uk vo’ot (Recibe este símbolo, que es el don del Espíritu Santo. Lo creo | La paz esté contigo. Y contigo).

    La misa prosigue su curso y, luego de la consagración del pan y del vino como cuerpo y sangre del mesías Jesús, tres músicos tradicionales entonan el canto ancestral, que la asamblea en su mayoría acompaña con la danza ritual, pues por desgracia una parte de la comunidad ya no suele incluir esos signos tradicionales en sus celebraciones. El coro monumental y el equipo de medios de la parroquia participan con su talento juvenil en la festividad, vestidos con su traje tradicional y cantando en tsotsil, pero también revestidos de la tecnología que ha cambiado sus mentes y modos de vida. Modernidad indiana -por glosar la expresión de cronistas novohispanos en un nuevo contexto- de una generación que vive enraizada en “el costumbre” con mucha convicción, pero apasionada a la vez con nuevos estilos de vida mediados por los algoritmos y la inteligencia artificial. Así, las juventudes de hoy exploran lo que son sus identidades en movimiento.

    ¿Qué ha provocado estos cambios en los Altos de Chiapas que conocí por primera vez hace casi medio siglo, región entonces azotada por la pobreza extrema y hoy viviendo la bonanza económica que se refleja en casas de concreto y vehículos todo terreno? Aquella modernidad de la contra-productividad -analizada en su génesis histórica por Ivan Illich y pensada por Jean Robert como perversión del lugar– irrumpió con fuerza en el territorio de la nación tsotsil.

    En décadas recientes la economía zinacanteca ha experimentado un crecimiento exponencial, gracias al arduo trabajo del pueblo tsotsil en el cultivo de la flor y la excelencia de sus textiles. En particular, los invernaderos han transformado el paisaje de los señoriales cerros en un mosaico de metal y plástico con invernaderos que resguardan los cultivos de las flores de Zinacantán. Rosas, gladiolas, anturios, aves del paraíso, hibiscos, bromelias, rosas del desierto y alhelíes son las más populares en el mercado local, desde donde se exportan a los estados vecinos de Tabasco, Campeche, Yucatán y Quintana Roo, también a la Ciudad de México.

    En los alrededores se ven efectos similares. Las casas de las familias tsotsiles en Chamula expresan este boom económico por medio de una nueva arquitectura indígena que es mezcla de colores tradicionales con formas kitsch, similar al de Freddy Mamani, el creador boliviano de la llamada “arquitectura neoandina”. Esas casas reflejan el nuevo estatus económico de sus habitantes producido por el comercio local, las remesas de los paisanos y, según estudios de 2001 a la fecha, algunos negocios criminales entre los que destaca de trata de personas.

    Algo similar en lo referente al hábitat sucede en Zinacantán con nuevas formas de vivienda, ajenas a la arquitectura vernácula, que se desarrollan como imitación de otros municipios de reciente prosperidad económica. Este fenómeno ha producido una fisura en el  kuxlejal, o el modo de vida integral, que las comunidades zinacantecas desarrollaron por siglos, pero que ahora se derrumba por el manejo degradado de los bosques.

    A simple vista es posible ver la deforestación de los cerros que ha dado paso a los invernaderos, fenómeno que está produciendo ya efectos devastadores en el ciclo de lluvias y el empobrecimiento de la tierra. El uso de fertilizantes tóxicos y plaguicidas, ya analizado por estudios científicos, no cesa, a pesar de las campañas de promoción de la agroecología realizadas por organizaciones de la sociedad civil y por la Iglesia católica por medio de los ministerios de cuidadores de la Madre Tierra. La lógica implacable del mercado está arrastrando a los productores de flores a ese infierno ambiental ya visto en otras latitudes.

    Estas son algunas de las modernidades indianas que aparecen como espejismos para los pueblos tsotsiles de hoy, en donde la ilusión de la prosperidad económica está ocultando los efectos devastadores para la Madre Tierra.

    Hay otras modernidades por explorar siguiendo, entre otros, el modelo propuesto por la ecología política de Víctor Toledo y sus colegas científicos en todo el mundo proponiendo la bioculturalidad como un nuevo modo de entender nuestra relación con la Casa común en tanto especie humana para evitar la Gran catástrofe. Otros modelos subrayan la importancia de volver al cultivar y habitar desde lo vernáculo, sin renunciar a la ciencia y la tecnología modernas, pero orientándolas a la sustentabilidad de modos de vida de los pueblos.

    Quizás en ese derrotero de modernidades alternas, otras, en movimiento -y por eso trans-modernidades como lo propuso Enrique Dussel- las nuevas generaciones zinacantecas podrán encontrar su nueva identidad para formar parte de la economía regional y la cultura universal, preservando y promoviendo sus modos de vida propios, de comunalidad y de espiritualidad antiguas y nuevas.

    ¿Cuáles son los mejores modos de acompañar a los pueblos en su lucha por la vida desde el corazón de su espiritualidad? Con esta pregunta en el corazón vamos avanzando en el mutuo acompañamiento entre los frailes dominicos y los pueblos de los Altos de Chiapas.

    “Festejen a los frailes que llegaron y a los pueblos que los aguantaron”, me dijo Elena Poniatowska en una entrevista en diciembre pasado en su casa de Chimalistac, en la Ciudad de México. Y tenía razón en lo tocante a hacer memoria de un proceso histórico de quinientos años con luces y sombras, donde la evangelización de estas tierras de Chiapas estuvo marcada en sus inicios por un profundo respeto a las naciones originarias de parte de frailes como Bartolomé de Las Casas, de reconocida memoria como defensor de los pueblos indios, y Pedro Lorenzo de la Nada quien con rebeldía ante la cerrazón de sus hermanos partió a la selva para encontrarse con los pueblos Zendales, Pochutlas y Lacandones del siglo XVI. Por desgracia, con el paso del tiempo, aquel ímpetu de evangelización pacífica se tornó codicia con la acumulación de riqueza en fincas y haciendas de prioratos dominicanos que controlaron y sometieron a pueblos enteros en los siglos siguientes.

    Por eso, la narrativa conmemorativa de estos quinientos años que preparamos en San Cristóbal de Las Casas y en Zinacantán girará en torno al mutuo acompañamiento entre los frailes dominicos y los pueblos de los Altos de Chiapas: rememorando el celo apostólico de los primeros misioneros, a la vez que reconociendo el legado ancestral que persiste en la vida espiritual de los pueblos originarios que habitan desde antiguo estas tierras.

    Con la guía de un joven poeta tsotsil y de un reconocido maestro pintor tseltal, las juventudes zinacantecas irán tejiendo esa memoria colectiva desde su presente. Poesía tsotsil y pintura tseltal estarán en el corazón de los festejos culturales de los quinientos años de la llegada de los dominicos a México que preparamos para este año en Chiapas. De esta manera, el próximo mes de junio podremos celebrar con gozo y gratitud este camino compartido por medio milenio, con la mirada puesta en el legado de nuestros ancestros, mayas y cristianos, al modo de los frailes dominicos y de los pueblos de los Altos de Chiapas. Pronto les compartiremos el programa 500 OP – Chiapas que preparamos actualmente para celebrar la vida que florece en estas tierras.

    San Cristóbal de Las Casas, 31 de enero de 2026

    Nota: Espero que podamos proseguir la conversación con tus comentarios.

  • Noticias de WallmapuGabriel Pozo Menares | Calendario Mapuche | Wallmapu, 2011

    Noticias de Wallmapu

    Por Carlos Mendoza Álvarez

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    La luz del atardecer llega a Tirúa, en tierras mapuche, mientras Carlos, mi anfitrión jesuita que ha estado aquí más de quince años (HistoriActiva comunidad jesuita de Tirúa), conduce por el camino de terracería para visitar a sus amigos que le han abierto las puertas de su casa para compartir la vida en el territorio desde hace años. Llegamos y nos recibe la hija mayor junto con sus gatos y perros. Interrumpe por un momento las tareas que prepara en su último semestre de preparatoria, ya que luego de graduarse planea inscribirse en la universidad para estudiar pedagogía. La vida transcurre de manera simple entre las familia que aquí habitan. El papá pasó el día cultivando papas y después dedicó la tarde a poner el piso de un cuarto nuevo de la casa. Nos ofrecen mate como ritual para acompañar la conversación. Antes de irnos los amigos intercambian comida para las aves y hacen planes para reciclar una vieja puerta de madera que será instalada en un centro de eco-espiritualidad en ciernes.

    Wallmapu (Declaración Departamento de Historia sobre el término Wallmapu) es el término que hace referencia a las tierras ancestrales del pueblo mapuche (El Mundo Indígena 2025: Chile). Hoy son dominadas por la industria forestal que contaminó el territorio con especies invasoras como el eucalipto y el pino para producir celulosa a escala masiva para exportarla al mercado mundial del embalaje.

    El pueblo mapuche hoy está dividido entre la frenética integración al mundo moderno del consumo por un lado y, por otro, la defensa del territorio, la lengua y la medicina tradicional con el liderazgo de las mujeres Machi, sanadoras y ancestras espirituales.

    De ambos lados de la cordillera, dividido entre Chile y Argentina, el pueblo mapuche lucha por su sobrevivencia territorial y cultural, ante la avasalladora inercia del mundo moderno (Chile: La resistencia al modelo forestal en el Wallmapu, territorio Mapuche). Para las comunidades asimiladas al modelo moderno de hoy parece mejor comer comida procesada que algas y mariscos como hacían los antiguos; o bien, tomar Coca Cola en lugar de infusiones de hierbas porque da mayor estatus; prefieren ser cristianos evangélicos o católico-romanos que seguir la espiritualidad y la lengua de los ancestros. Al fin y al cabo se trata de un asunto de « integración » al mundo moderno, aunque sea al precio de la asimilación cultural y la depredación ambiental que, en su trasfondo simbólico, es violencia contra los ancestros y contra la madre Tierra.

    Redes de la sociedad civil tales como “Iglesias y Minería”, o las iniciativas de diálogo intercultural sobre astronomía ancestral y moderna que impulsan algunas universidades de la región, son intentos modestos para acompañar a un pueblo desgarrado por las contradicciones internas entre modernidad y tradición.

    Quizás la eco-espiritualidad esté siendo una « articulación », entre otras de corte más social y político, que permita esos cruces. Carlos me contaba la anécdota de una abuela que, asistiendo a un taller de medicina tradicional y eco-espiritualidad, decía no entender nada de los cruces de los tres cuerpos (personal, comunitario y territorial) que presentaba el taller, porque ella se había quedado pensando durante todo el encuentro sobre lo que significaba esa palabra rara que estaba escrita en la invitación : « articulación ». Un término que la abuela tuvo rondando en su cabeza todo el tiempo hasta que por fin intuyó que seguramente hacía referencia a las articulaciones de los huesos, cuando sentía en su cuerpo que algo estaba descuadrado, le impedía la movilidad y provocaba dolor. De modo que ella concluyó que el taller era  un camino para curar sus articulaciones. ¡Y en el fondo ese era el objetivo del taller! Aquella abuela lo había seguido a su modo propio, aunque estuviera ausente del resto de las charlas.

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    Antes de llegar a tierras mapuches pude conversar con personas de universidad en dos foros en Santiago de Chile. El primero sobre la obra de Gustavo Gutiérrez, uno de los padres de la teología de la liberación, con ocasión del primer aniversario de su fallecimiento (Congreso Internacional Gustavo Gutiérrez). En un formato académico tradicional con conferencias magistrales y ponencias, a lo largo de un par de días fue emergiendo una conciencia más clara entre los asistentes sobre la importancia del estilo latinoamericano para hablar de Dios, íntimamente conectado con la experiencia de los pobres y oprimidos. Una sabiduría que ya forma parte de la manera como algunas comunidades cristianas católico-romanas y protestantes comprenden su fe en un Dios liberador y promueven el papel transformador de las víctimas en sus propios procesos de liberación para dejar atrás tierras de esclavitud y emprender caminos de vida nueva.

    Pero también comenzamos a ver, no sin la sorpresa de algunos asistentes, que es preciso abrir el corazón y la mirada a otras exclusiones, como aquellas que viven las mujeres, las personas queer/cuir, los migrantes indocumentados, los familiares de personas desaparecidas, los pueblos afrodiaspóricos y los pueblos originarios, por mencionar a quienes representan las resistencias de hoy a la violencia que nos aqueja de muchos modos, teniendo en el corazón hoy al pueblo palestino enfrentando el genocidio perpetrado por el gobierno israelí y sus cómplices.

    Durante el coloquio surgieron algunas iniciativas para mantener viva la memoria de la obra del gran teólogo peruano, a través del trabajo de los archivos que resguardan las grabaciones de los cursos de verano que Gutiérrez ofreció en Lima por varios años, un valioso material que mostrará otro ángulo del pensamiento del autor. Asimismo, algunos nos propusimos investigar las relaciones del pensamiento de Gustavo con la obra de Aníbal Quijano, compatriota suyo, quien representa una de las fuentes de mayor importancia en el pensamiento decolonial de nuestros días, junto con Frantz Fanon. La confluencia de ambos pensamientos, junto con la teología de la liberación negra, feminista, queer/cuir y palestina, nos dará un marco teórico más pertinente para comprender la interseccionalidad de las violencias y de las resistencias en curso a fin de crear otros modos de vida, gobernanza y espiritualidad que animen a comunidades ubicadas en las fracturas de la humanidad.

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    El otro encuentro, realizado con colegas de la Sociedad Chilena de Teología (UCSC fue sede de Jornada Anual de la Sociedad Chilena de Teología), fue la ocasión para pensar juntos los posibles caminos de la esperanza de las comunidades que enfrentan la violencia sistémica.

    Mi contribución en esa jornada anual puso en la mesa la cuestión de pensar la esperanza con un talante de « decolonialidad combativa », como la digna rabia que practican las comunidades zapatistas, o la indignación de las mujeres que enfrentan un abuso sexual o espiritual en sus respectivas religiones. Porque se trata, desde mi punto de vista, de desmantelar una visión de la esperanza como huida del mundo a la espera de una consolación en el más allá de la vida eterna.

    Más bien se trata de descubrir y fortalecer la esperanza que « insurge » en las fracturas de la humanidad. Ahí donde las personas sobrevivientes reman a contracorriente de la historia de  la opresión y el privilegio, habitando el mundo con prácticas de cuidado mutuo, en la pedagogía del acuerpamiento y la sanación colectiva con memoria, verdad y justicia, como lo exploramos en el pasado encuentro Re-existe 2025.

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    El cielo de Wallmapu, con la luna creciente brillando con intensidad, es hoy una metáfora viva de la esperanza que nos arropa cuando escuchamos los latidos de las tierras y los astros del Sur.

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    Tirúa, 25 de octubre de 2025

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