Por Carlos Mendoza Álvarez
Un pequeño campo de refugiados congoleños en las afueras de Pretoria nos recibe a un grupo de personas de universidad e iglesias interesadas en conocer sus vidas y sus historias. Nos reciben en la explanada diez familias, cada una con cuatro o cinco pequeños descendientes y algunos mayores, en una tarde fría del invierno sudafricano. Nuestro guía es Lance Thomas, colega del Centro para Fe y Comunidad de la Universidad de Pretoria, quien nos fue contando en el trayecto su visión decolonial del acompañamiento a colectivos vulnerables de personas sin casa y de refugiados. Un espléndido trabajo que desarrolla esa universidad desde hace más de diez años.
Durante mi visita a esa universidad hace unos días me sorprendió la creatividad de esta comunidad universitaria conectando, entre otros proyectos en curso, el mundo de las personas sin casa con las diferentes facultades académicas tales como arquitectura, sociología y teología, promoviendo una teología práctica “en la calle”. La reciente conferencia inaugural del año académico del Prof. Stephan de Beer, discurriendo sobre los modos de gestación de comunidad y su dimensión espiritual, a la vez que acompañando a las familias sin casa a crear proyectos de recuperación de espacios de vida, es un botón de muestra de este modo decolonial de hacer teología.
En el camino, Lance nos previene de la importancia de no caer en el juego de la victimización y del deseo espontáneo de ayuda económica a la comunidad que estamos por visitar. Se trata de ver de cerca las condiciones de esa comunidad para buscar estrategias de apoyo que atiendan en lo posible las causas sistémicas que someten a condiciones de vida deplorables, a más de 250 mil refugiados en Sudáfrica procedentes de Burundi, la República Democrática del Congo, Ruanda, Sudán del Sur, Somalia y Zimbabue, según ACNUR.
Resuena con fuerza en mi mente, mientras escucho a Lance, la advertencia de Iván Illich para no perder nunca la proporción de la convivialidad con el otro, así como la amistad con el pobre que estaba en el corazón de la teología de la liberación de Gustavo Gutiérrez. Sin caer en el juego de la manipulación emocional, me propuse estar alerta para conectar ambos polos: pensar de manera sistémica y actuar de manera compasiva.
Durante la conversación espontánea con quienes se acercaban a platicar con nosotros en el campamento, me asombró la mirada profunda, como si estuviese abierta a recuerdos dolorosos, de dos personas mayores que nos contaron historias de los siete años transcurridos desde que salieron huyendo de la guerra en la República Democrática del Congo. Han estado brincando “a salto de mata” por varios campos de refugiados de Naciones Unidas en Sudáfrica. Algunos estuvieron encarcelados durante dos años. Los niños que revolotean con sonrisas generosas y ojos grande abiertos “no conocen lo que es la escuela”, me dice uno de los líderes de la comunidad.
Una mujer con voz enfática insiste una y otra vez sobre la discriminación que sufren como familias de parte de “sus propios hermanos sudafricanos”. Me muestra el documento que hace siete años le entregara ACNUR. Su único papel de identidad, casi destrozado por el paso del tiempo y humedecido por sus manos nerviosas, no es aceptado por ninguna autoridad sudafricana. Otro compañero se acerca lleno de furia y dolor diciendo que ya no pueden más y que, si no reciben ayuda humanitaria, pronto morirán. Vuelve la mujer con voz desesperada para para decir que los vecinos llegan a amenazarles por las noches y les dicen que se vayan, que regresen a su país. “Pero ya no tenemos adónde volver”, dice ella desconsolada.
Una compañera del grupo estuvo hablando todo el tiempo con una de las jóvenes que está embarazada. El riesgo de falta de atención médica adecuada para ella y su bebé es real por el creciente rechazo de las clínicas del país a recibir a personas refugiadas sin permiso vigente. Ellas tejen de inmediato una red de sororidad.
El impacto de esta visita, que compartí con un grupo cercano de amigos y familia en México, suscitó la inquietud de hacer algo junto con esa comunidad de refugiados. Pronto les informaré por aquí de lo que podemos hacer juntos.
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Conté esta historia días después a quienes asisten a mis charlas sobre “Sanación colectiva y esperanza comunitaria”. Se trata de un grupo mixto de personas sudafricanas, blancas y “de color”, adultos mayores y jóvenes, algunas de ellas inmigrantes con documentos. Forman parte de una red pastoral en Cape Town y ciudades vecinas. Hablamos de la línea abismal que separa al mundo del privilegio y al de la exclusión. Subrayo la interseccionalidad que es preciso descubrir entre las diversas narrativas de “coming out” o salida del clóset de quienes viven en las sombras de la pobreza, la violencia de género, el racismo, el capacitismo y tantas otras historias de dominación en nuestras sociedades desiguales. Los asistentes conectan de inmediato con la narrativa que visibiliza a las personas con discapacidad, pero se resisten a reconocer las conexiones con las narrativas de las colectivas queer. La justicia social les atañe, pero les incomoda aun la equidad de género. Doy otra vuelta a la tuerca en mis charlas, hablando de las personas refugiadas en Sudáfrica y mi reciente visita a una comunidad en este país, describiéndolas como aquellas que viven “en las sombras de las sombras de las sombras”, evocando la potente metáfora de Frantz Fanon de “la zona del no-ser” (Piel negra, máscaras blancas). Y la audiencia comienza a abrir mente y corazón, poco a poco, para descubrir potencia, belleza y espiritualidad en quienes nos llaman a cruzar a la “zona del no ser”, para atrevernos a nombrar la violencia sistémica que a todos nos atañe, y comenzar procesos de mutuo reconocimiento, escucha y transformación personal y comunal.
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Caí en la cuenta entonces de que cuando hablamos de reconciliación con la gente sudafricana tocamos una herida que aún sigue abierta, luego de décadas de mundo post-Apartheid. “Seguimos segregados”, escribe un compañero en una “conversación en silencio” que hacemos como parte del taller de la tarde, comentando sobre papelógrafos las violencias en el mundo de hoy. Tras treinta y un años de vida nacional después del trauma colectivo que significó el Apartheid para los pueblos que habitan en estas tierras, no se ha desarrollado aun una reforma agraria eficiente, pues el 60% de la tierra pertenece a los blancos Afrikáners, nada que ver con las mentiras de Trump que recibió hace poco a medio centenar de personas afrikáners como refugiadas huyendo de la persecución negra. Otro engaño cínico del dictador en funciones en tierras robadas a los pueblos originarios de Norteamérica. La distribución de la riqueza del país de los diamantes y la tanzanita sigue atorada por la corrupción de las élites negras que gobiernan hoy el país. Muchos jóvenes del post apartheid admiran a Elon Musk y a Trevor Noah, deseando migrar un día como ellos a la Gran Manzana o a Los Ángeles. Su sueño se ve reflejado ahora en el mundo artificial de la serie de Netflix Los reyes de Jo’burg que es percibida por la juventud crítica sudafricana como una burda “americanización” de la vida de este país.
La herida de la reconciliación nacional de la nación del arcoíris de tiempos de Mandela y Desmond Tutu sigue abierta. Ciertamente hay escepticismo en el país por su clase política corrupta, como en mi añorado México. Se respira cierta resignación ante el fracaso de la democracia, aunque pequeños núcleos de comunidades críticas resisten. El “3rd Black Power Pan-Afrikanist Decoloniality Winter School”. que se llevará a cabo en Soweto a fines del mes de julio como festival de decolonialidad combativa, presentará otro rostro de Sudáfrica. Aquella que surge del conocimiento ancestral de los pueblos africanos.
Hay esperanza de que Sudáfrica, como hermana mayor de las resistencias de nuestros tiempos, despierte de su letargo.
Cape Town, 5 de julio de 2025

