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    ¿Santidad laical?

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

     

    Este fin de semana dos jóvenes católicos romanos serán canonizados por el Papa León XIV (Canonización de Carlo Acutis y Pier Giorgio Frassati). Pier Giorgio Frassatti, laico dominico italiano, que vivió en el primer cuarto del siglo 20. El otro, Carlo Acutis, el llamado “primer santo millenial”. Cada uno revela no solamente l’air du temps de cada siglo, sino que abren la pregunta por el modelo de Iglesia que nos urge hacer presente en nuestros tiempos de catástrofe global.

    Desde finales del siglo 19, la Iglesia católica romana intentaba, sobre todo en Europa, escuchar a la clase obrera y no perder contacto con la población producida por la revolución industrial. La enseñanza social del magisterio pontificio -desde el Papa León XIII y su Carta Encíclica Rerum Novarum hasta el actual pontífice León XIV que por ese motivo escogió su nombre- desplegó una pastoral urbana propia de la época para caminar con ese sector sufriente del pueblo de Dios.

    La Acción Católica sería una respuesta laical, apoyada por grupos de obispos en países como Bélgica y Francia, ante tales desafíos. Los sacerdotes obreros (Curas obreros. Compromiso de la Iglesia con el mundo obrero) fueron otra loable página de esta historia, donde cabe recordar el acompañamiento del teólogo dominico Marie-Dominique Chenu y la infame supresión posterior del movimiento por parte del Papa Pío XII. La influencia de la Acción Católica llegaría a América Latina con su metodología ver-juzgar-actuar, inspirando más tarde a la teología de la liberación en el Perú, Brasil y otros países de la región, como lo ha estudiado con sumo cuidado Agenor Brighenti en años recientes (O método ver-julgar-agir).

    Hace cien años, un joven laico dominico del Piamonte (Pier Giorgio Frassati OP), cercano a los mineros en su tierra y alpinista por pasión, fue fruto de esa sensibilidad eclesial de la época que daría como frutos en décadas posteriores experiencias pastorales en el resto de Europa y en América Latina, con los movimientos pastorales de inserción en medios populares, en especial el mundo obrero y los pueblos indígenas. Hijo de un famoso periodista que fuera propietario de La Stampa, Pier Giorgio Frassati solía combinar su militancia política en el Partido Popular Italiano con lecturas de Tomás de Aquino y Catalina de Siena, acompañadas por escaladas en los Alpes con un club de amigos y jornadas de adoración eucarística en las que desplegaba su vida interior. Personaje de su tiempo, Pier Giorgio hoy es reivindicado por la Iglesia católica romana como un santo laico juvenil, cuya vida terminó de manera abrupta a los 24 años por una poliomielitis fulminante probablemente contraída por su apostolado con los pobres de Turín, dejando una huella espiritual en los movimientos juveniles pastorales de hace un siglo.

    El otro santo laico joven es Carlo Acutis, italiano nacido en Londres, devoto de la eucaristía y muy activo en las redes sociales, vivió como adolescente centrado en difundir los milagros eucarísticos y las apariciones marianas. Luego de su muerte por leucemia a los quince años de edad, se convirtió en un símbolo para los “influencers católicos” de hoy, pero con un aire más devocional que social y político como su compañero de canonización. Hace unos meses me tocó recibir, junto con el grupo de pastoral juvenil de la Parroquia de Santa Rosa de Lima en la Cuidad de México fundada por los frailes dominicos hace casi cien años, las reliquias de Carlo. Se trataba de una iniciativa de la Arquidiócesis de México para conmemorar el Jubileo de los Jóvenes (Una fe que no envejece: Roma, 25 años después del Jubileo de los Jóvenes con Juan Pablo II) convocado por el Papa Francisco y llevado a cabo por el Papa León XIV. Me llamó la atención la escasa asistencia de jóvenes de esta zona hípster de la ciudad, con la presencia de alguna juventud devota con rasgos muy piadosos y con poca sensibilidad social. El rezo del Rosario preparado por el grupo juvenil local en la tradición de espiritualidad dominicana meditaba los misterios dolorosos de la pasión de Cristo, asociándolos al clamor de los jóvenes de hoy en este barrio de la Ciudad de México: gentrificación, inseguridad, violencia contra las mujeres, desempleo y abuso de drogas como heridas del cuerpo de Cristo hoy. Era un intento por conectar la tradición del rosario con la vida de las personas de hoy. La pequeña comunidad de adultos mayores ahí reunida rezaba atónita siguiendo la iniciativa de los jóvenes, para volver luego a sus devociones tradicionales meditando la vida de Cristo en su pasión y muerte. Algunos poco jóvenes llegados de otras parroquias hicieron al final un breve taller sobre el santo millenial, llamando a usar las redes como nuevo lugar para anunciar a Cristo y promover la adoración de la Eucaristía en las comunidades y los valores del Evangelio.

     

     

    Esta nueva generación de jóvenes católicos tradicionalistas ya la había encontrado antes en Europa y en los Estados Unidos, tanto entre laicos como entre dominicos y jesuitas, las órdenes y congregaciones religiosas reconocidas como promotoras de la renovación conciliar del Vaticano II. Sus intereses me parecen retrógradas en una primera percepción, aunque luego intento acercarme a esas generaciones y descubro en ellas belleza interior, mezclada de ingenuidad y temor a perderse en el laberinto del pluralismo. Buscan identidades que les den certidumbre. En lo religioso, aman la cultura antigua latina del cristianismo medieval, sobre todo, no tanto de la era patrística griega. Quedan extasiados con el canto gregoriano y la Suma de Teología de Tomás de Aquino y otros maestros medievales, pero sin conocer su método abierto a conversar con filósofos paganos, ni seguir el pensamiento lógico escolástico. Les fascinan los signos ostensibles de las creencias, como el hábito religioso, el velo litúrgico y recibir la comunión arrodillándose con mucha devoción, pero con torpeza porque lo hacen como si fueran jirafas recién paridas.

    A pesar de su devoción intensa, lo social les es indiferente como lugar espiritual y teológico. Hablar de Gaza en un sermón les parece ideología. No se diga invitar a la mesa eucarística a parejas que viven juntas sin estar casadas, mucho menos dar la bienvenida a la comunidad de la diversidad sexual en las misas. Tales prácticas las juzgan como desvío de la doctrina de la Iglesia. Estas jóvenes generaciones de laicos católicos buscan volver a la Iglesia doctrinal, como aquella del Concilio de Trento y del Vaticano I, sin conocer del todo lo que significó el espíritu conciliar que animó al Papa Bueno a convocar el Concilio Vaticano II.

     

     

    Y me pregunto entonces qué modelos de Iglesia son urgentes hoy para una ciudad laboratorio como la Ciudad de México y tantas otras en todo el orbe. Se trata de responder a un abanico de identidades juveniles donde es un desafío crear espacios para invitar a mirarse una a la otra, casi imposible acogerlas en una misma celebración litúrgica. Recuerdo que mi generación aun soñaba “con tomar por asalto el Paraíso” por medio del compromiso por la justicia y la paz, con los derechos humanos universales como signo de los tiempos nuevos. Eso nos llevó a una pastoral universitaria en el CUC de los años 80 centrada en una Iglesia liberadora.

    Algo que parece ya caduco en esta era de la des-globalización y la expansión de los ministerios de guerra, las invasiones con drones militares y el cinismo del capitalismo en su fase expansionista de colonización forzada obscena. El uso perverso de la religión como lo vemos hoy en Palestina con el gobierno israelí y sus aliados en todo el mundo, justificando en la Biblia sus acciones genocidas, parece dejar indiferentes a jóvenes católicos de hoy, ausentes en las protestas en las calles y las plazas del mundo por esa manipulación de la fe.

    ¿Qué santos laicos requiere hoy la humanidad en medio de los escombros de nuestra civilización? Frassati o Acutis. El joven alpinista cercano a los mineros o el santo millenial de la adoración eucarística como “autopista al cielo”.

    Pienso que ni uno ni otro, porque ambos fueron hijos de su tiempo. Hoy veo una nueva generación de jóvenes apasionados por Cristo como mesías y hermano universal, a quien reconocen por su excepcional amor inclusivo de justos y pecadores que surge de su íntima experiencia de comunión con su Abbá. Jóvenes que a la vez se dejan tocar por la enseñanza del Dalai Lama y Tich Nath Han, o por las maestras de meditación Zen que han encontrado en retiros de tradiciones espirituales diversas.

    Jóvenes laicos que viven la santidad en sus cuerpos erotizados y amorosos, sin miedo a explorar diversos modos de feminidad y masculinidad, de paternidad y maternidad biológica o adoptiva, arropados por el amor de Cristo y apasionados por servir a su cuerpo herido.

    Millenials que no son influencers de mal gusto que reproducen en las redes lo mismo que escuchaban en sus grupos parroquiales, sino que inventan “benditas mezclas” de teologías narrativas cerca de los descartados, cruzando las periferias, tejiendo lazos de vida, empatía y solidaridad político-espiritual. Santidad laical como la nueva generación de jóvenes de las Comunidades Eclesiales de Base de América Latina y el Caribe (Bendita Mezcla. Teología narrativa de NuestrAmérica) que reinventa aquel viejo método del ver-juzgar-actuar con una teología narrativa en las periferias de la sociedad, con imaginación compasiva, siguiendo los pasos de Jesús de Nazaret y su comunidad mesiánica.

    Tal vez hoy, como hijas e hijos de tiempos inciertos, la santidad laical pase hoy por un colapso de las instituciones religiosas y la invención de otros modos de adorar la presencia amorosa de la Divinidad no solamente en el templo, sino también en la comunidad que, animada por su fe, trata de salvar un río contaminado o un lago moribundo. Comunidades juveniles que escalan los volcanes de Mesoamérica o la cordillera andina, con sus glaciares en peligro de extinción, como rutas de espiritualidad ecológica.

    Iniciativas que buscan adorar a Cristo en su cuerpo herido hoy.

    Santidad laical que, al fin y al cabo, es la vida de la Ruah divina que hace nuevas todas las cosas desde los escombros del mundo que se desmorona.

     

    Ciudad de México, 6 de septiembre de 2025

  • ¿Quiénes heredarán la tierra robada y gentrificada?Lucky Madlo Sibiya (Sudáfrica, 1942), Sin título

    ¿Quiénes heredarán la tierra robada y gentrificada?

    Por Carlos Mendoza-Álvarez OP

     

    Las guerras de ayer y hoy son rituales bestiales de control del territorio como espacio de privilegio de un grupo poderoso sobre el resto de los seres que lo habitan.

    El expansionismo moderno, iniciado a fines del siglo XV con los viajes interoceánicos financiados por reinos europeos convirtiéndose en nacientes imperios, fue una empresa de control de rutas y territorios que se expandió por el mundo de manera brutal como un proyecto de colonización sin precedentes. La libido dominandi del conquistador encontró en esa empresa “civilizatoria” su perfecta justificación en la coraza religiosa que acompañó las guerras de conquista: esas tierras debían ser conquistadas en nombre de Dios.

    Eso sucede hoy en Palestina por la avaricia del Estado israelí y las potencias que lo apoyan para tomar posesión del territorio del pueblo palestino, musulmán como cristiano. Tal libido colonizadora atiza la furia desbocada de los colonos judíos ávidos de tomar posesión de más y más territorios en Cisjordania y Gaza. Esta lógica perversa lleva a un pueblo que fue víctima del nazismo a producir ahora un genocidio con un pueblo hermano.

    Similar voracidad, pero aún más perversa, alimenta la industria transnacional de la guerra para beneficio de empresas que se enriquecen de manera exponencial creando conflictos armados para alimentar la maquinaria bélica que genera rendimientos billonarios cada año en el mundo. En este caso, se trata del control de territorios financieros e industriales para alimentar a la bestia armamentista en todas las latitudes del planeta.

    El sionismo israelí y el sionismo cristiano son dos caras de la misma moneda. Escriben otra desastrosa página de la historia de voracidad por la tierra como propiedad, manipulando con cinismo la promesa bíblica de la tierra. Desde el siglo 19 ese sionismo nacido en el Reino Unido fue el que abonó el terreno para la posterior creación del Estado de Israel, con el pretexto de la Shoah. Ese mismo sionismo, en su versión de mesianismo político perverso representado por el Estado de Israel, ha inventado ahora un escenario criminal con un enemigo musulmán a vencer para imponer su poderío bélico en Medio Oriente, aniquilando al pueblo palestino y humillando a pueblos vecinos, por medio de la manipulación descarada de la Biblia, como lo ha mostrado Mitri Raheb en su libro imprescindible Decolonizando Palestina. La Biblia, la tierra, el pueblo. La maquinaria israelí de drones, toneladas de misiles y millones de bots o cuentas automatizadas inundando las redes sociales, ha ido regando por el mundo virtual noticias falsas que han dejado pasmado al mundo entero, produciendo una “disonancia cognitiva colectiva”, como lo ha analizado en Brasil João Cezar de Castro Rocha a partir de la teoría de Leon Festinger.

     

     

    Y, por raro que parezca, la gentrificación en curso en muchas ciudades del mundo, de Barcelona a la Ciudad de México, es otra expresión de esa misma voluntad de dominio del colonizador, ahora en su gentil versión hípster. Sólo que no se trata ahora de conquistar territorios para gobernarlos por medio de ejércitos militares de ocupación con el aura de una bandera religiosa imperialista. Me refiero a los colonizadores nómadas digitales que se aprovechan de la fuerza de sus monedas, envalentonados con sus sueños de primacía blanca y tecnológica, para habitar barrios residenciales en ciudades vibrantes a un costo mucho menor del que tendría en sus países de origen. Así, esas manadas hípster nutren su ilusión cosmopolita encerrados en sus burbujas urbanas, sin entrar en contacto cercano con la población del lugar que habitan, sino que la desplazan o la subordinan a sus gustos e intereses. Este fenómeno representa la versión más reciente y perversa del colonialismo de asentamientos humanos que desplaza de su terruño a los pobladores previos.

    Durante los últimos cinco años suelo pasar una temporada al año en la colonia Hipódromo Condesa de la Ciudad de México, donde los dominicos animan desde hace casi cien años una parroquia que fue centro religioso para la clase media mexicana con aspiraciones de modernidad urbana, aunque no tanto religiosa. Cada año que vuelvo veo con sorpresa que los antiguos vecinos se han ido, vendiendo sus casas, transformándolas en Airbnb o de plano poniendo negocios de moda hípster, que van desde los restaurantes veganos y las heladerías light, hasta los bistrós con menús de comida mexicana de fusión. Pero lo que más me ha sorprendido es el pulular de negocios especializados en ángeles, velas, lecturas del Tarot, fisioterapia, yoga Bikram y de otros tipos, así como un sinfín de spas con un menú de masajes que va de la reflexología hasta lo tántrico, sin dejar de lado por supuesto el Reiki mezclado con técnicas “ancestrales” del México profundo.

    Por otra parte, las parroquias católicas de esa zona de la ciudad entraron en colapso financiero por la falta de limosnas, pero sobre todo fueron envejeciendo en su población creyente tradicional. Para sorpresa de muchos ministros religiosos la Condesa se ha convertido en décadas recientes en un laboratorio de nuevas expresiones de lo religioso, como lo ha documentado Hugo Suárez (Imágenes de la Fe. Sociología audiovisual de la colonia Condesa), sociólogo tapatío, en un estudio comparativo reciente entre las prácticas religiosas de habitantes de la Condesa y del Ajusco en la Ciudad de México, una colonia hípster y la otra popular. Para completar esta rápida mirada panorámica, es importante decir que, en años recientes, se ha constatado un repunte de creyentes en los templos católicos, sobre todo sudamericanos, marcados por un catolicismo tradicional, de piedad individual intensa y altamente moralizante. Un efecto inesperado de la gentrificación en esos lares.

     

     

    ¿Qué criterios podrían ayudarnos a comprender el sentido espiritual de estos procesos de control del territorio antiguos y nuevos? ¿Las religiones de la humanidad podrían sacar del baúl de sus recuerdos algún talismán precioso que nos brinde luz?

    La segunda bienaventuranza del Sermón de la Montaña en la versión de Mateo plasma la poética de Cristo que predicó en Galilea de manera provocadora. Esa bienaventuranza dice a la letra: “Felices los mansos porque heredarán la tierra” (Mateo 5: 5). La palabra griega para referirse a los mansos es πραΰς (praus). Este término se asocia a quienes resisten a los poderes que les quieren hacer a un lado porque les consideran seres que sobran en la comunidad. En la Galilea de tiempos de Jesús esos mansos eran quienes resistían al poderío romano de los impuestos o de la ocupación militar.

    No se trata, en primera instancia, de comprender a los mansos como a las personas pacíficas según la lectura tradicional de este texto. Más bien designa a aquellas personas que resisten a las violencias sin hacer ruido, pareciendo invisibles a los ojos del mundo, porque despliegan lo que hoy podríamos llamar estrategias de resistencia como sobrevivientes de muchas violencias.

    En las calles de nuestras ciudades vemos a algunas de esas personas de reojo, pasando a nuestro lado como sombras que se yacen en una acera, o habitando casas de cartón debajo de un puente, o incluso merodeando en la basura buscando un trozo de pan, una colilla de cigarro o una lata de cerveza con un trago que tomar. Son los desechables de la sociedad de consumo, quienes sobran en un centro comercial, y con quienes tal vez nos topamos por azar o por descuido al entrar al metro o al bajar la ventana del automóvil en un semáforo de cualquier crucero urbano. Cuando nos acercamos a esas periferias muy cercanas a nosotros descubrimos que, a pesar de la sub-humanización que les rodea, esas personas se organizan, se cuidan y se acompañan.

    La promesa de la tierra que Jesús anuncia a los mansos es subversiva porque no se refiere al pueblo de Israel, como la teología davídica imperial lo había pretendido antes y lo repite hoy con su narrativa genocida. No se trata de “poseer la tierra”, mucho menos de explotarla, sino de heredarla, es decir, de recibirla como dádiva de parte del Abbá que “hace salir su sol para malos y buenos, y hace llover para justos e injustos” (Mateo 5: 45). Jesús subvierte así la narrativa dominante en su época que consistía en distribuir la tierra según estratos religiosos que marcaban la escala económica y social, donde el Templo jugaba un papel central en Jerusalén como capital religiosa de Judea.

    Por eso, el mayor atrevimiento del Galileo radicó en decir que los “mansos” heredarán la tierra, abriendo así la promesa de la tierra a los más vulnerables de la sociedad. Un mundo al revés de aquél que produce la gentrificación.

    Para concluir estas reflexiones, dejemos al poeta colombiano José Eustasio Rivera susurrar aquella esperanza incierta de quienes resisten a las colonizaciones porque intuyen que, en el corazón de sus resistencias, están comenzando a heredar la tierra:

     

    XIV

     

    ¡Soy un hijo del monte! Por su sitio más fresco
    busco, siempre cantando, la sonora colmena;
    y en las grutas silentes mi garganta se llena
    de panales nectáreos y de almendras de cuesco.

    Al salir de las ondas, con placer me adormezco
    sobre las hojarascas que mi perro escarmena;
    y al través de las ramas, en mi cara morena
    pone el sol de la tarde su movible arabesco.

    Inspirado en un sueño de ternuras lejanas,
    acaricio las flores; me corono de lianas,
    y los troncos abrazo con profunda emoción;

    que después, cuando a solas mi pensar reconcentro,
    busco el premio del monte, y en mi espíritu encuentro,
    el retoño florido de una dulce ilusión.

     

    Tierra de Promisión, Bogotá, 1921.

     

    eSwatini, 12 de julio de 2025

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