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  • La llamada a la itinerancia De Boston a la Condesa y JovelAntún Kojtom | Gota de agua en el ombligo de la tierra | Tenejapa, Chiapas | 2020

    La llamada a la itinerancia De Boston a la Condesa y Jovel

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

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    Han pasado siete meses desde que dejé Boston, luego del infortunado episodio de censura académica y del creciente riesgo de criminalización de la investigación universitaria en la era Trump.

    Al volver a mi terruño, tuve la dicha de hospedarme por un periodo de varios meses en la casa de los dominicos ubicada en una colonia hípster de la Cuidad de México. El clima litúrgico de la Semana Santa hizo más hondo el proceso de duelo y resurrección que implicaba una experiencia de pérdida, abriendo una pausa para dejar asentarse las emociones y prepararme para la siguiente etapa de vida. El triduo pascual me ayudó a sentir cómo fluye la Vida divina en lo íntimo del corazón. Una percepción que fue creciendo en los meses siguientes, gracias a la compañía de personas y comunidades extraordinarias que pude visitar durante el verano en varias latitudes del planeta con ocasión de mi servicio teológico.

    Llegan a mi memoria escenas extraordinarias de ese periplo, como la mirada de un hombre refugiado pidiendo empatía; o el ruido del oleaje en los acantilados sudafricanos. Llevo en el corazón la escena del altar modesto —y verdadero por su simplicidad orante y de proximidad con el otro— de la comunidad jesuita en país mapuche. También aún resuenan en mis oídos los diálogos en tierras turcas con un puñado de frailes y hermanas de la orden de predicadores, escudriñando señales donde hoy sería posible reconocer los tiempos mesiánicos que tardan en llegar. Con fuerza surgen cada mañana de lo profundo en el corazón los rituales de mujeres sanadoras de Malasia, Dakota, la India y Kenia reunidas en Guadalajara, con escenas que quedaron grabadas en el Documental Re-existe 2025, perdurando como destellos en medio de la noche.

    Durante varios meses de paso por la Ciudad de México pude entrever los cambios que se gestan por la gentrificación en una colonia citadina provocada por las poblaciones en movimiento, en este caso los “nómadas digitales” del Norte global que desplazan a los habitantes pauperizados en el Sur, a la vez que fecundan con nuevos sabores y saberes la cultura local. En lo religioso, como ya les comenté anteriormente, caí en la cuenta de la fragmentación del mundo de la interioridad humana que algunos llaman espiritualidad, pero que designa un hontanar de trascendencia que fluye en toda persona como lo evoca Lanza del Vasto en su poesía  Una fuente santa con frecuencia desecada por la vulgar mercadotecnia de lo religioso. Me sorprendió encontrar en los templos un revival de catolicismo popular de devociones entre jóvenes que se aferran a la piedad sin mucho interés en el talante profético del cristianismo de la renovación conciliar de hace más de medio siglo que puso a la justicia vinculada a la vivencia de la fe como centro del cristianismo latinoamericano.

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    Y por fin, luego de una espera con días y noches de incertidumbre, pude viajar a Chiapas para echar raíces y tejer redes en aquellas tierras mayas en los años por venir. Buscaba un “lugar” donde habitar o, como decía el añorado maestro de la orden de los dominicos fray Timothy, hoy cardenal Radcliffe en su libro El manantial de la esperanza, un “nicho ecológico donde florecer”, en medio de la diversidad de flora y fauna de la condición humana, otro modo de describir nuestras semejanzas y rarezas a la hora de vivir en comunidad.

    Jovel, o tierra de humedales y pastos, como llamaban los pueblos originarios al valle donde se asentó la ciudad novohispana de San Cristóbal de Las Casas, había recibido en 1980 a los novicios dominicos cuando visitamos estas tierras, acompañados por nuestro maestro, fray Raúl Vera, quien ya desde entonces mostraba un celo pastoral por los campesinos en Amecameca y por los pueblos mayenses de Chiapas y Guatemala. Desde entonces, un cachito de mi corazón se quedó aquí, reanimado por las visitas anuales a San Cristóbal y a Ocosingo con los compañeros universitarios de Misiones Servandus de la Parroquia Universitaria animada por los dominicos en la Ciudad de México.

    Mi paso de varios meses por Ocosingo en 1994 tras el levantamiento armado del Ezln fue una página que ha quedado grabada de manera indeleble en mi cercanía con la causa indígena de liberación y la mística que la sustenta. Este movimiento de insurrección había encontrado tierra fecunda en la labor de jTatik Samuel Ruiz, el Caminante, acompañando a los pueblos originarios y a los mestizos de la diócesis de San Cristóbal de Las Casas desde 1961. Su conversión al pueblo pobre, animado por el El Pacto de las Catacumbas en pleno Concilio Vaticano II, se vio luego refrendada por su activa participación en las conferencias del episcopado latinoamericano en Medellín, Puebla, Santo Domingo y Aparecida. El Congreso Indígena de 1974 —donde colaboró activamente el dominico Enrique Ruiz Maldonado con ocasión del cuarto centenario de la muerte de fray Bartolomé de Las Casas, primer obispo diocesano en San Cristóbal— marcaría un parteaguas en la asunción de la causa indígena como columna vertebral de la opción por los pobres que hiciera la diócesis ubicada en los Altos de Chiapas y las Cañadas de la Selva Lacandona. Como corolario de este camino, el III Sínodo Diocesano que concluyó en 1999, como cuenta una de sus actoras la hermana Celia Rojas , vendría a ratificar cuatro décadas de opción por los pobres y de promoción de una teología india mayense como expresión más acabada de la inculturación del Evangelio según el espíritu conciliar.

    Volver a estas tierras de manera permanente, cuarenta y cinco años después, implica ahora para mí estar dispuesto a afrontar otros desafíos que no se avizoraba el siglo pasado. Uno de ellos es quizás el de las infancias y la juventud indígena migrante en simbiosis con la cultura urbana y los medios digitales que está generando otras subjetividades indígenas que se debaten entre tradición y modernidad. Gracias a queridos amigos como Geovanni Nájera de Semillero 259 Yara y Sebsor de Psicolexia, por ejemplo, comienzo a disfrutar y comprender un poco más esas otras expresiones de las tribus urbanas indígenas contemporáneas. Por medio de los huertos urbanos, el hip hop y el rap, el arte callejero y los grafitis, entre otras expresiones estéticas y sociales, las iniciativas que ellas promueven son semilla de algo nuevo.

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    Un baño de inmersión en la comunidad tsotsil eclesial sucedió estos días en la Parroquia de San Lorenzo Mártir, fundada por los frailes dominicos en 1545. Casi cinco siglos después, cuarenta y cinco pueblos con sesenta templos y capillas hablan de la vitalidad de las comunidades creyentes en estas tierras de los Altos de Chiapas, donde catequistas, ministros extraordinarios de la eucaristía y autoridades tradicionales coexisten con coros de jóvenes y grupos de mujeres, con el acompañamiento de frailes y hermanas dominicas. Esta presencia fue renovada en 1961 cuando los dominicos regresaron a esta comunidad, luego de una larga pausa posterior a las Leyes de Reforma de 1857, la Revolución y sus secuelas en la primera mitad del siglo XX, como lo cuenta en una crónica viva fray Pablo Iribarren.

    Un par de días fueron suficientes para sumergirme en un mundo otro, con su vigorosa tradición simbólica y lingüística. Si bien ya lo había atisbado como visitante, ahora se abría delante de mí un horizonte nuevo para aprender a estar presente como parte de la comunidad de frailes en acompañamiento a estas comunidades. Sentí que se trataba de un llamado a proseguir la itinerancia bajo modos diversos. Se trata de emprender ahora un nuevo camino al paso de estos pueblos, con su idiosincrasia propia, sus tensiones intergeneracionales, sus expresiones de lo religioso católico, pero a la vez ancestral, todo ello atravesado por sus tensiones entre modernidad capitalista y visión de otros modos de vida, gobernanza y espiritualidad.

    Un reto mayúsculo para mí será iniciarme en la lengua tsotsil y navegar en medio de los poderosos símbolos tradicionales de la cultura zinacanteca, al mismo tiempo que escuchar con empatía a aquellas generaciones de jóvenes que están transformando la tradición de sus ancestros con nuevos modos de vida.

    Otro reto significativo será la vida cultural en la ciudad de San Cristóbal, cosmopolita y provinciana a la vez, con centros de pensamiento crítico de calado internacional como el Colegio de la Frontera Sur, la Universidad de la Tierra-Cideci, la Cátedra fray Bartolomé de Las Casas en la Facultad de Derechos de la Universidad Autónoma de Chiapas, y varios centros de cultura y artes.

    Algunas ideas novedosas surgen por ahora como chispazos para comenzar a entrar en diálogo con las culturas presentes en Jovel y Zinacantán. El programa de radio tradicional que llevaron los frailes en décadas recientes llegaba a una audiencia específica, más de corte confesional. Pero un portal en internet con podcast y videoclips con contenidos sobre la mística de las religiones con sus similitudes y diferencias, o la teología política en el mundo actual que abusa de la religión para justificar genocidios, alcanzaría a un segmento de población más joven y diversa.

    Por ahora los contenidos están por definirse en comunidad para lograr el tono y la modalidad de una teología con calle y de la calle, elaborada de manera dialogal con gente fuera y dentro de los templos que estén dispuestas a dialogar sobre las preocupaciones e intuiciones más profundas en torno al sentido de la vida, la justicia social, la belleza en tantas tradiciones, el pluralismo cultural y la sobrevivencia de la Casa común. Espero que pronto pueda compartir aquí algunas de las primeras iniciativas de este nuevo camino.

    Lo que dará fuerza a estos sueños será, sin duda, la vitalidad de los pueblos mayas de hoy, en su interacción con otras culturas urbanas y digitales. Ahí se encuentra el humus propicio para florecer en estas tierras.

    Los llamados de la itinerancia siempre serán inciertos, pero desde aquí los transito confiado en los saberes de los pueblos ancestrales y modernos que serán luz en el camino.

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    Jovel, 6 de diciembre de 2025

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    Nota: Me gustará leer sus comentarios en la sección final de esta página.

  • Las paces desde abajoTings Chak, “Palestine Will Be Free,” 2023 (courtesy of the artist).

    Las paces desde abajo

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    Luego de dos años del genocidio en curso en Gaza, hace unos días Trump “decretó” su plan de paz para Palestina, con la presencia sumisa de un grupo internacional de “negociación” formado por Egipto, Catar y Turquía, con la complicidad de líderes políticos europeos de Italia, Gran Bretaña y España que dicen “buscar la paz para la región”.

    Ese plan no habla por supuesto de justicia para las víctimas palestinas del genocidio, mucho menos de reparación del daño de la devastación económica y cultural creada por el gobierno israelí de Netanyahu. Con un cinismo criminal, Trump estuvo de paso por Israel para ratificar su alianza con el primer ministro israelí y tratar de protegerlo de la rendición de cuentas a la que todo criminal de guerra debe ser sometido, un proyecto que promueve un grupo minoritario de ciudadanía israelí con un puñado de aliados en el gobierno.

    La comunidad internacional se enfrenta ahora al reto más radical desde la segunda guerra mundial para promover un juicio por crímenes de lesa humanidad contra Netanyahu y otros militares israelíes, con sus cómplices de otros estados cómplices, como Trump y líderes de la Unión Europea. Se tratará de juzgar una guerra sistemática contra el pueblo palestino iniciada desde 1947 cuando comenzó la Nakba o catástrofe que hasta el día de hoy está llevando a los extremos el exterminio del pueblo palestino en la franja de Gaza y Cisjordania.

    La denuncia de crímenes de guerra por parte del estado de Israel presentada por Sudáfrica hace más de un año fue solamente el inicio de un lago proceso de diplomacia internacional que podría llevar un día a la creación de un juicio internacional similar al de Nuremberg el siglo pasado para juzgar los delitos del régimen nazi.

    Pero hay otras “paces” (de paz en plural) que vale la pena tener presentes, ubicadas desde abajo del mundo del dominio imperial, porque son las que perduran en el tiempo y arraigan en la vida de las comunidades.

    Nos referimos a aquellas que se construyeron a contracorriente del odio de los líderes políticos desde las colectivas de mujeres palestinas y judías, que organizaban actos comunes antes de los ataques del 8 de octubre de 2023 pues luego fueron prohibidos por el gobierno israelí. Pero también existen las “paces” que tejen las mujeres kurdas frente a la violencia del estado turco. Y aquellas que día a día construyen las mujeres zapatistas para recuperar sus cuerpos y territorios en Chiapas.

    Carmenmargarita Sánchez de León acaba de presentar hace unos meses en la Universidad Iberoamericana Ciudad de México una tesis doctoral en estudios críticos de género sobre la resistencia de mujeres puertorriqueñas creando en muchos frentes la construcción de la paz para su pueblo colonizado por el gobierno estadounidense desde 1952, cuando fue incorporado como estado libre asociado, un modo de colonización reciente de territorio en los parámetros del derecho moderno. Esas otras paces se tejen cuerpo a cuerpo, en el mutuo cuidado de quienes se saben vulnerables pero poderosas cuando conectan sus heridas. La Colectiva Ilé en Puerto Rico que analiza esa tesis doctoral, así como otras colectivas feministas decoloniales como la Colectiva Feminista en Construcción, recuperan espacios urbanos en la isla, critican la deuda pública del estado de Puerto Rico impuesta por la administración federal estadounidense, pero también tejen sororidad entre mujeres racializadas por el patriarcado blanco por medio de redes de colaboración en producción de bienes y formación de un pensamiento feminista descolonial.

    La Ruta Pacífica de las Mujeres en Colombia representa otro intento por tejer la paz desde abajo, no desde los acuerdos entre actores de las masacres, que fueron los paramilitares, el ejército y el estado colombiano, sino la paz que surge de la escucha cuidadosa de las víctimas y algunos verdugos que buscan reconocer su culpa, para transitar a la justicia, la reparación y así tal vez un día recibir el don de la reconciliación del cuerpo social herido.

    Un caso paradójico pero significativo de esos otros modos de construir paz es el de las familias de personas desaparecidas que al llegar en brigada a un pueblo o ciudad plantan “el árbol de la memoria”, con fotos de sus seres queridos que han desaparecido y algunas mantas pidiendo empatía y solidaridad a la comunidad que visitan. También buscan tejer hilos de paz con el buzón que ponen en la plaza donde la gente puede escribir de manera anónima información para dar con el paradero de sus familiares desaparecidos. Por ese medio ha sido posible encontrar fosas clandestinas, casas de prostitución, granjas de trabajos forzados en producción de amapola o laboratorios de droga, donde pueden estar sus hijas e hijas e hijos vivos o muertos. Las madres buscadoras no piden justicia ni venganza en primer lugar, sino que piden información. De esa manera humanizan a los perpetradores creando espacios de búsqueda para encontrar a “sus tesoros” pidiendo algunas pistas para dar con el paradero de sus seres queridos.

    Esas son las paces que importan porque son tejidas lentamente por personas y comunidades en resistencia, sobre todo por mujeres que deconstruyen el patriarcado.

    Ahí precisamente, en las grietas de esos muros de odio, se tejen otros modos de existir con justicia y dignidad, donde paulatinamente se va arraigando la paz.

    ¿Y qué podemos hacer nosotros para tejer la paz para el pueblo palestino y los otros pueblos semitas que comparten la misma tierra desde hace miles de años?

    Para comenzar, estar informados con fuentes creíbles de lo que sucede en Palestina para vincularnos luego de manera virtual o personal con alguna comunidad palestina en resistencia en aquellas tierras, o bien en la diáspora, para promover escucha y diálogo persona a persona. Un segundo paso es conocer mejor a las comunidades judías que viven con cercanía la causa del pueblo palestino apoyando su derecho a vivir en esa tierra. Porque es importante recordar que hay personas palestinas y judías de la diáspora que tienen en común al amor a la tierra de Palestina y el anhelo de poder encontrar caminos para que los pueblos hermanos vuelvan a cohabitar en la misma tierra.

    Tal vez muchos años tendrán que pasar para que haya paz en Palestina, hasta que los pueblos hermanos descendiente de Abraham, Sara y Agar —sí, los tres con su descendencia— reconozcan sus derechos compartidos a habitar la misma tierra. Mientras tanto, la construcción de la paz será tarea de todas las comunidades dondequiera que se encuentren.

    Porque Palestina es brújula de la humanidad hoy dividida, ojalá también en proceso de conversión. Hagamos posible la paz para el pueblo palestino junto con sus pueblos hermanos tejiendo “paces” donde cada quien habita. Solamente así podremos seguir imaginando un futuro como especie humana antes de que nos vayamos al precipicio.

    Esta mañana llegué a tierras del Sur que surgen entre la majestuosa cordillera de los Andes y el océano Pacífico, donde los pueblos mapuche y chileno habitan el mismo territorio con muchas barreras que incluso los gobiernos democráticos de las últimas décadas no han podido derrumbar. He llegado aquí para dialogar con colegas de universidad sobre la vigencia y los límites de la teología de la liberación, con ocasión del primer aniversario de la muerte de Gustavo Gutiérrez (Congreso Internacional Gustavo Gutiérrez). También podré conversar con colegas de la Sociedad Chilena de Teología sobre la difícil esperanza en tiempos de catástrofe. Y con mucha emoción espero la posibilidad de visitar por primera vez territorio mapuche para escuchar algo de las resistencias que esas comunidades han creado para enfrentar tantas formas de colonialidad antigua y nueva (Pensamiento mapuche, autonomía y colonialismo en Chile).

    En la próxima entrada les podré contar algunas de estas historias.

    Santiago de Chile, 19 de octubre de 2025

  • Una flor de composta O sobre las re-existencias en medio de la catástrofeCarlos Mendoza | Re-existe 2025 | Ritual de apertura 23 IX 25

    Una flor de composta O sobre las re-existencias en medio de la catástrofe

    Por Carlos Mendoza Álvarez

     

    A fines de septiembre más de ochenta personas de colectivos de sobrevivientes de diversas partes del mundo nos reunimos en un encuentro de mutua escucha, profundizado por diálogos atentos con gente de universidad y nutrido con provocaciones venidas de colectivas de artistas. Fuimos recibidos con la magnífica hospitalidad de la Cátedra Jorge Manzano del ITESO que se convirtió en hogar por unos días.

    Comenzamos celebrando las resistencias que transforman por amor lo que parece desperdicio, inspirados durante el acto inaugural por la reconocida cantante catalana Lídia Pujol que susurraba diciendo que “de la composta que es podredumbre puede surgir la flor” (Babel). Ella había descubierto esta sabiduría en la poesía de su paisano del siglo XII Ramon Llull, quien contaba que “habiendo encontrado el amigo un hombre que moría sin amor, al preguntarle por qué moría sin amor éste le respondió que nadie le había dado a conocer el amor ni lo había instruido a ser amador”.

    Angélica, venida de tierras de Malasia, esparció granos de arroz y de sal del Himalaya como ofrenda durante el ritual inaugural por el que nos dispusimos a escuchar con atención a la otredad que nos acoge como Madre Tierra y nos habita como Divinidad que nos anima con su inefable soplo de vida.

    Cinco mesas con representantes de seis colectivos cada una, en grupos lingüísticos distribuidos en español e inglés, fueron el lugar para escucharnos cada mañana, intercambiando experiencias para despertar, sanar y acuerparnos, desde la vulnerabilidad íntima de cada persona y colectiva. Cada una de las mesas contaba con dos personas “escuchadoras”, para encontrar las semejanzas y las diferencias entre las experiencias  narradas e ir tejiendo así un mutuo acompañamiento con solidaridad y esperanza para enfrentar el horror local y global que íbamos describiendo. Raúl, joven maya educador popular por medio del hip hop en Chiapas, comentó que “nunca nadie se había sentado en una mesa para escuchar mi saber”. Nancy, teóloga feminista latina de los Estados Unidos, junto con Bosque, biólogo y activista ambiental-espiritual de Cuernavaca, tenían a su cargo, como otras personas de academia y sociedad civil organizada presentes en el encuentro, cultivar esta escucha atenta para tejer una narrativa común en medio de las diferencias de cada experiencia y contexto.

    Así, fuimos explorando con mucho respeto la tierra sagrada de las resistencias y las re-existencias. Primero, acercándonos al horror al que le íbamos poniendo nombre y apellido según las historias que cada quien contaba. Sofía, por ejemplo, compartió su experiencia como joven abogada ecuatoriana migrante en Barcelona, donde desde hace algunos años camina con mujeres trabajadoras domésticas sin papeles en un “acuerpamiento” feminista que las fue llevando a la formación de un sindicato que las fortaleciera en la lucha por sus derechos como mujeres migrantes a la vez que les permitiera desarrollar habilidades artesanales para sufragar su causa. La reflexión de Sofía hacía eco con la de Alex, diseñador gráfico y artista popular que acompaña a las Comunidades Eclesiales de Base de El Salvador enfrentando el estado de excepción del presidente Bukele. Ya en su cuarto año con un líder autoritario ese régimen de excepción produce basurización de la vida de las juventudes pobres de las periferias salvadoreñas acusadas de criminalidad para lavar la cara de un régimen que desde hace años pacta con las mafias criminales. La resistencia de ambas colectivas, tanto en Cataluña como en El Salvador, transpiraba una “interioridad” que las anima en el día a día de sus luchas. La espiritualidad cristiana en el caso salvadoreño y la sororidad feminista en el caso catalán.

    Pero no se trataba solamente de compartir la palabra oral, sino de explorar otros lenguajes por medio de talleres de expresión corporal y sonora, o por medio de la danza del Jauja en el altiplano andino peruano como camino de resistencia de un pueblo, para encontrar así otros modos de comunicación entre las madres buscadoras y las compañeras sanadoras que venían de Dakota del Sur o de Malasia. Esos lenguajes otros permitían superar las barreras del idioma y nos ayudaban a crear vínculos de comunicación no verbal muy poderosa.

    Y para ir amarrando nudos en el tejido de los hilos entrelazados en cada jornada, llegaron los performances, como aquel preparado con mucho amor y talento por una colectiva de Portland para celebrar al agua que nos conforma, así nos ayudaban a sentir que somos agua. A ritmo de hip hop y rap como propuesta de arte urbano alternativo, las colectivas mayas de Chiapas que educan a las infancias amenazadas por los cárteles de la droga en las periferias de las ciudades de las montañas del sureste mexicano, resultaron ser un bálsamo para curar heridas aun abiertas por otras violencias. Como aquella narrada por Vero buscando a su hijo Diego, desaparecido desde hace diez años, o la violencia contra las niñas en Pakistán que contaba Sabine en su labor de acompañamiento en barrios populares de Faisalabad, en la región de Punjab en Pakistán. Gracias a ese performance rapero todos nos unimos al baile, a la vez que dibujábamos algún símbolo en el mural pintado por Yara como parte del performance también dedicado al agua que está siendo asesinada en ríos, lagos y mares del planeta.

    Concluíamos cada jornada con un momento de cosecha, donde la narrativa popular de Bendita Mezcla, formada por jóvenes de las Comunidades Eclesiales de Base de Nuestramérica, nos ayudaba a celebrar lo escuchado y compartido a través de símbolos, cantos y rituales. El personaje guía fueron las abejas como símbolo de resistencia de la Madre Tierra a las que dimos la bienvenida con una vela de cera producida por ellas, quemando con su llama la palma de nuestra mano para sentir el dolor de las especies en extinción, gesto que iba acompañado de una gota de miel vertida en la otra mano para darnos a degustar la dulzura de ellas como sobrevivientes.

    Luego vino la casita de Acteal que se puso en el centro del círculo de los participantes para recordarnos la historia martirial de unas abejas humanas. El colectivo pacifista de Las Abejas vinculado a las bases zapatistas optando por la vía de la no-violencia activa en su lucha compartida con justicia y dignidad para los pueblos originarios, padeció el asesinato de 45 de sus miembros, entre ellos cuatro mujeres embarazadas, quienes fueron masacrados el 22 de diciembre de 1997 en Chiapas en la ermita de la comunidad mientras oraban por la paz, crimen perpetrado por paramilitares con la complicidad del ejército federal (Matanza de Acteal, Chiapas. Grave violación a los derechos humanos por parte del Estado mexicano en 1997). Su memoria sigue aguijoneando como astilla que duele la vida de los pueblos originarios que buscan otros mundos posibles.

    Cerramos esos momentos de cosecha elaborando papalotes o cometas con mensajes de paz para las mujeres violentadas por el patriarcado y para el pueblo palestino en resistencia al genocidio en curso por el estado israelí, artefactos que nos ayudaron a dirigir el corazón y la mirada hacia un futuro con dignidad y esperanza para los pueblos en resistencia.

     

     

    La visita a la comunidad de El Salto, en los suburbios de Guadalajara, nos llevó a cruzar la línea abismal del ecocidio en curso que la colectiva ambientalista que nos recibió en el “Tour del horror” (Un Salto de Vida) describe como “un paraíso industrial con infierno ambiental”. La cuenca del río  Lerma-Santiago que recorre 708 kilómetros de longitud del occidente de México es una herida abierta del territorio mexicano y de las especies animales y vegetales con los pueblos que lo habitan. Desde el boom industrial de la posguerra en el siglo pasado la industria contaminante se esparce en esa amplia región como un virus social y ambiental. Al día de hoy se han identificado más de 90 contaminantes altamente tóxicos, muchos de ellos cancerígenos, de los cuales sólo se depuran unos pocos que son más visibles con un par de plantas de tratamiento. Sofía y Pedro, jóvenes ambientalistas de la zona, nos cuentan que las empresas transnacionales instaladas en esa cuenca como Nestlé, Toyota, IBM y muchas otras se dicen ser hoy empresas verdes, cuando en realidad sus proveedoras locales de partes son las que producen alta contaminación pues no cumplen con los reglamentos vigentes nacionales e internacionales (15 empresas transnacionales contaminan el río Santiago, señala informe internacional). El ITESO es parte de una red de universidades de la región que estudian el problema del agua (Industria y naturaleza en conflicto: ¿habrá un
    futuro para el agua en Lerma-Chapala?) en constante colaboración con las colectivas de pobladores y ambientalistas que buscan salvar la cuenca hídrica con sus habitantes de especies diversas.

    Entre los miembros del colectivo que nos recibe está Emmanuel, un pequeño niño de escasos diez años de edad, quien con sus botas y sombrero vaquero, va de la mano de su Mamá a mostrarnos los humedales contaminados, con el olor pestilente de las aguas negras de la ciudad y las especies invasoras que ahí habitan como la tilapia que es un pez contaminado que se vende en muchos mercados del país. El presente ecológico para este pequeño niño tapatío es catastrófico, pero el futuro posible comienza a abrirse paso con la organización de la comunidad.

     

     

    Uno de los rituales de la mañana fue presidio por Cecelia Firethunder, abuela Lakota que nos contó el largo camino de sanación de las heridas de su pueblo en resistencia en los Estados Unidos. La experiencia que tuvo de niña en un campo de girasoles que la acogía en una danza de dignidad y fortaleza cuando ella enfrentaba discriminación en la escuela la sigue arropando desde entonces para acompañar a su pueblo a despertar de la segregación secular, para sanar la memoria herida recuperando su lengua, sus saberes y sus rituales ancestrales. Es posible entonces caminar creando nuevas formas de alimentación, como aquella iniciativa compartida por su compatriota Nick Hernández para recuperar tierras y modos de organización comunal y de agricultura indígena Lakota (Makoce. Agriculture Development) en el corazón de las reservas indias que son territorios controlados por el gobierno estadunidense desde hace doscientos cincuenta años.

     

     

    De la composta que es podredumbre puede surgir la flor, como decía Lídia Pujol.

    Pero para que ese momento llegue en nuestros tiempo de colapso ambiental es preciso reciclar primero los desechos producidos por el capitalismo extractivista, racista y patriarcal para recuperar lo orgánico de las resistencias de las comunidades de sobrevivientes, incluida la Madre Tierra.

    Al finalizar el encuentro, retornamos cada quien a nuestros lares de origen y de opción de vida con la certeza de que mientras haya resistencias habrá esperanza porque ahí, en medio de la catástrofe, brotan los lirios de las re-existencias.

     

     

    Guadalajara, 28 de septiembre de 2025

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