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  • La Biblia como arma de genocidio o casa de vidaSliman Mansour. Revolution was the beginning (2016), oil on canvas, 200 x 500 cm

    La Biblia como arma de genocidio o casa de vida

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

     

    El Estado de Israel inició esta semana una nueva fase de la estrategia de control del territorio de Palestina (Israel approves controversial West Bank settlement project). Los asentamientos de colonos israelíes en Cisjordania se irán expandiendo para partir en dos ese territorio que fuera el resultado de los Acuerdos de Oslo de 1993 para reubicar a los pobladores palestinos en dos grupos incomunicados, dejando solamente una salida al río Jordán por el lado de Jericó.

     

    Christ at the Checkpoint, 21 de Agosto de 2025   

     

    El objetivo final es la creación del Gran Israel, una vez que se haya destruido la posibilidad de un Estado palestino porque, como dijo esta semana Bezalel Smotrich el ministro israelí de finanzas, “no hay nada que reconocer, ni nadie que reconocer” (Israel approves illegal settlement plan that would split occupied West Bank) una vez que el genocidio del pueblo palestino se haya consumado.

    Este plan del expansionismo israelí contemporáneo “después de Gaza” deja entrever, al menos dos objetivos principales: el primero es el aislamiento de los palestinos en zonas de apartheid que se suman a lo que sucede con la invasión de la franja de Gaza, con la finalidad de su expulsión o posterior exterminio; y el segundo es el control del agua del río Jordán como fuente estratégica del recurso hídrico para tiempos de escasez planetaria.

     

     

    Pero no se trata solamente de la estrategia militar de un estado sionista desaforado que cuenta con el apoyo del capitalismo global, en particular del gobierno de los Estados Unidos y el Reino Unido. El plan sionista en curso muestra la perversidad de una ideología de genocidio que manipula la Biblia para justificar la supremacía de un estado sobre otros, subordinando a los pueblos de origen étnico y religioso diverso a un proceso selectivo de aniquilación en nombre de una supuesta promesa divina.

    Tanto el sionismo judío como el cristiano, en efecto, son la versión moderna de la manipulación de las promesas bíblicas contada por la saga de Abraham y Sara como ancestros de los creyentes de las tres religiones monoteístas. El relato bíblico, en efecto, cuenta que Dios el Eterno prometió a la pareja primordial una descendencia “tan numerosa como las estrellas del cielo y la arena de las playas marinas” (Gen 22: 17). Comentarios talmúdicos hebreos y cristianos antiguos vieron en esta doble metáfora de los cielos y la tierra el anuncio de la universalidad de la promesa: las estrellas del cielo evocando a las hijas y los hijos de Israel, y la arena de las playas marinas representando a todas las naciones de la tierra.

    La ideología del “pueblo elegido” fue desarrollada de manera posterior en la Biblia por una corriente religiosa que fue pervirtiendo el anuncio de la promesa de la tierra, enfocándola a la conquista de un territorio como monopolio exclusivo de un pueblo sobre otros pueblos semitas. Esa “teología política” fue ideada por una interpretación del mesianismo en clave davídica, presente en la Biblia desde tiempos de los jueces de Israel que es llamada como el “factor Josué” por el teólogo palestino luterano Mitri Raheb (Imperial Theology, Colonization, Settler Colonialism, and the Struggle for Decolonization: A Review Essay) como fuente de la teología del imperio.

    Pero los profetas de Israel, desde Moisés hasta Juan el Bautista -y Jesús de Nazaret y su comunidad que se situaron en ese linaje- siempre fueron críticos del poder en turno que ha pretendido suplantar con diferentes máscaras la gloria divina. La teología profética se encuentra en el origen de la fe abrahámica como una visión universal de la promesa y de la tierra que incluye a todos los pueblos. Como lo mostró desde hace años el biblista dominico francés Philippe Lefebvre (Conférence: Jésus et le pouvoir – P. Lefebvre), el mesianismo profético está presente como río subterráneo en toda la Biblia, desde el libro del Génesis hasta su cumplimiento en la pascua de Jesús de Nazaret.

    Y el movimiento de Jesús en Galilea retoma esta vena profética para radicalizarla con la innovación de un mesianismo escatológico, como comentaba hace algunas décadas otro dominico, José Luis Espinel en Salamanca (Mesianismo escatológico de Jesús desde sus acciones proféticas). Una tradición profética que anuncia el cumplimiento de la promesa para todos los pueblos en tanto convocación al amor universal que fluye de las heridas de un Mesías crucificado.

     

     

    Los cristianos palestinos, como lo muestra con urgencia el teólogo palestino luterano Munther Isaac (Faith, the Bible, and the Genocide in Gaza) nos llaman hoy a decolonizar la Biblia que se ha convertido en el arma de guerra del sionismo israelí y cristiano contra el pueblo palestino. No hay pueblo elegido para conquistar una tierra en nombre de Dios, robándola a sus pobladores originales, desde los cananeos y jebuseos antiguos hasta los palestinos de hoy. Tampoco hay promesa de la tierra que justifique en nombre de Dios un estado israelí impuesto por la guerra en territorios que por milenios han habitado los pueblos semitas.

    Las iglesias cristianas de cualquier denominación, así como las universidades y movimientos políticos que apelan a la Biblia como su fuente, se encuentran ante un grave dilema: o seguir justificando el genocidio del pueblo palestino en nombre del Dios de Israel, o decolonizar la Biblia para recuperar el talante mesiánico y profético de la palabra divina y humana que libera a todos los pueblos de la esclavitud de poderes terrenales que suplantan la gloria divina, con sus avatares actuales, como Trump y Netanyahu, o Milei y Bolsonaro, que son los falsos mesías de hoy.

    La promesa de la tierra que en aquel relato de orígenes recibieron Abraham y Sara cuando salieron de Ur en Sumeria en busca del Eterno – como dice el pesador judío de Estrasburgo André Neher en su libro La esencia del profetismo – solamente se cumple en el silencio simbolizado por el desierto como tierra de búsqueda incesante de la Alianza.

    De ahí que el cristianismo beba de esa fuente del profetismo hebreo original para anunciar la llegada de “los cielos nuevos y la tierra nueva”, como decía el libro del Apocalipsis (21: 1) en el contexto de la devastación del mundo viejo e idolátrico imperial romano y de la religión del Templo que pervirtió la promesa divina.

    Esta radical crítica a toda teología imperial que procede del mesianismo profético y escatológico que anuncia el fin del mundo corrupto ha sido rechazada por poderes terrenales antiguos y nuevos que quieren seguir domesticando la promesa divina.

    Pero en los escombros de Gaza surge hoy, con nuevo vigor, la promesa de la tierra que nos convoca a todos los pueblos de la humanidad y nos compele a todas las tradiciones espirituales a cuidar la vida de los inocentes victimados y sus sobrevivientes. Nos llama a seguir buscando la tierra prometida como utopía en medio de la distopía. Nos invita a cultivar la esperanza como promesa de vida que surge en medio de la amenaza de una muerte inminente, como la que viven los gazatíes hoy y otros pueblos amenazados por el necropoder.

    La Biblia no es un arma de guerra sino “la casa del pueblo”, como decía Carlos Mesters en Brasil en su bella y potente parábola (La parábola de la casa del pueblo de Dios). Una casa que estamos invitados a habitar para reconocer en nuestras propias historias el manantial de vida que surge como agua viva regalada por Dios desde las ruinas del poder que mata.

    Volvamos a leer y habitar esos testimonios mesiánicos y proféticos de la promesa de la tierra y la elección del amor divino para todos los pueblos a fin de dejarnos inspirar por la consolación que viene de Dios para las víctimas y sus sobrevivientes como una promesa en movimiento que está aconteciendo en el silencio del desierto.

     

    Ciudad de México, 24 de agosto de 2025

  • El fuego de DiosKim en Joong OP, La Pentecôte, Saint Genès, 2012

    El fuego de Dios

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

     

    Misiles, drones y francotiradores israelíes arrasan Gaza y Cisjordania en nuestros días para llevar a término la destrucción total del pueblo palestino.

    Son ya 77 años de Nakba o catástrofe, iniciada en 1948 con la creación del Estado de Israel y la expulsión del pueblo palestino de su territorio. El ejército israelí da nombres bíblicos a esa nueva artillería de guerra de aniquilamiento, concebida por mente humana, pero ejecutada con precisión por la inteligencia artificial. Un reciente ejemplo fue el operativo “Carros de Gedeón” anunciado por el presidente Netanyahu para atacar al grupo terrorista Hamas, implementado en 2025 por el ejército israelí. Ese nombre rememora la batalla de un campesino hebreo que reunió a 300 hombres para hacer la guerra a los madianitas en nombre de Dios para ocupar un territorio “prometido por Dios” como ideología de la época. Esa historia de hace más de tres mil años contada por el libro de los Jueces (6-7) es evocada ahora por el poderío israelí para justificar el genocidio en curso.

    Como expresión de este control del imaginario del pueblo judío de hoy podemos ver los videos que circulan en redes sociales, mostrando a militares y colonos israelíes jugando a matar a la niñez palestina como si se tratase de un videojuego de los millennials. Tal vez esos actores del horror de hoy crecieron desde pequeños en ese mundo artificial de guerras donde el vencedor vive en el espacio aséptico de una pantalla digital. Para colmo, el horror de hoy toma apariencia “mesiánica” festiva pues se trata de una “guerra santa”, acompañada con coros en hebreo y danzas tradicionales judías de quienes se burlan de la basura que representa el enemigo. Hay que aniquilar a ese pueblo para liberar a la tierra de Israel (eretz Yisrael) de sus invasores. Ya lo contaba la Biblia cuando un pueblo esclavizado en Egipto creó la historia de la promesa divina que le daría “una tierra que mana leche y miel” (Éxodo 3: 17) interpretando un mensaje simbólico como un mandato de conquista de territorio.

    Una versión parecida de colonialismo militar con manto ideológico religioso dio nacimiento a los Estados Unidos en tiempos modernos. Los colonos ingleses que huían de guerras religiosas y hambruna llegaron a tierras de los Powhatan y los Massachussets en la costa Este con una retórica “mesiánica” para adueñarse de esas tierras con la supuesta bendición de Dios. Los discursos de los padres fundadores están inspirados en citas bíblicas, como los actuales discursos incendiarios de Trump, sobre todo después del atentado de 2024, cuando de manera abierta el habitante de la Casa Blanca se dice enviado por Dios para “salvar al mundo libre”. Ese mismo delirio religioso lo expresó Bolsonaro en Brasil hace unos años para justificar un régimen racista con discursos de odio.

    Y entonces el supuesto fuego divino que inspira al estado sionista, al gobierno estadunidense y muchos líderes populistas de hoy lanza “llamas de fuego” para aniquilar a quien se oponga a su misión divina que, en realidad, enmascara el colonialismo de hoy en su forma más brutal y cínica.

     

     

    Pero la Biblia cuenta otras historias del fuego de Dios. A lo largo de miles de años el pueblo hebreo primero y la comunidad cristiana primitiva después fueron discerniendo entre el fuego guerrero de los falsos dioses y el fuego divino del Eterno que recibieron profetas y poetas, curanderos y apóstoles, que interpelaban al pueblo en nombre de Dios, curaban sus heridas y anunciaban esperanza mesiánica no violenta en medio del horror.

    Ese fuego divino es una llama que no destruye, sino que edifica desde el interior, experiencia iniciada por los profetas de Israel, desde Elías hasta Jeremías. Ese fuego interior es como una chispa que participa de la llama del Eterno, donde mujeres y hombres en trance, iluminados por esa luz divina, anuncian cosas nuevas para un pueblo oprimido y desesperanzado.  Ese fuego no es militar, sino divino. Hace ver y actuar a quienes lo reciben con osadía, imaginación creadora y compasión amorosa.

    Un fuego distinto al de los drones se torna luz, resplandor y fuerza, como en la historia de Jesús el Galileo, que “se transfigura” en el monte para revelar su ser profundo, preparándose para ir a Jerusalén en un momento crítico de su misión, centro del poder religioso de su época, para dar testimonio ahí, en el corazón del imperio, de la gloria (קבֹד kabod) de su Abbá. Gloria que no es poder, sino vida.

    Aquel fuego divino animó a Jesús y su comunidad para tejer una cercanía liberadora y amorosa con los invisibles de su tiempo: pobres, mujeres, forasteros y enfermos. También les permitió denunciar la corrupción en curso, sobre todo la perversión de la religión del Templo y, más tarde, de los fariseos que se decían maestros de la Torá.

    Un fuego otro que, tras la ejecución atroz de Jesús en una cruz romana con la complicidad de la turba enardecida y algunas autoridades religiosas, se posó en la cabeza de la comunidad aterrada por el miedo a sufrir el mismo escarnio que su Rabí. Tras un tiempo de duelo y miedo, ese fuego les abrió la mente y el corazón para comprender lo que estaba sucediendo. El crucificado estaba de vuelta, vivo de otro modo. Había despertado y acompañaba sus pasos, balbuceando con sus discípulas y apóstoles otro mensaje, realizando señales de vida nueva en medio de comunidades nuevas, dentro y fuera de los límites del pueblo hebreo. Esas comunidades en diáspora lo fueron reconociendo como Mesías crucificado al releer las escrituras hebreas y al partir el pan en su memoria, actos simbólicos para proseguir la obra de la redención divina en el corazón de los pueblos sufrientes y esperanzados.

    Ese fuego divino no es exclusivo de nación alguna, ni monopolio de ninguna institución sagrada, sea secular o religiosa. Tampoco justifica guerras de conquista y colonización. Mucho menos es fuego destructor que aniquila a las otras naciones.

    Ese fuego es cosecha jubilar. Se trata del potente simbolismo del ciclo de cincuenta días del calendario hebreo y cristiano. El año jubilar hebreo que cada cincuenta años perdona deudas, deja descansar a la tierra y libera a los cautivos para abrir paso a la gloria de Dios. Cincuenta días después de la pascua de Jesús, la comunidad cristiana celebra la sobreabundancia amorosa de Dios que no lanza drones ni misiles para destruir a sus enemigos, sino que comunica llamas de fuego divino para “levantar del fango a los humildes de la tierra”, como cantaron Ana y María en ambos testamentos (1 Samuel 2:10 y Lucas 1:52).

    Fuego divino que recrea la faz de la tierra desde los sobrevivientes de la historia de horror, quienes entretejen vida con memoria, dignidad y cuidado mutuo, en medio de la muerte que les rodea.

    Dichosa fiesta de Pentecostés.

     

    Ciudad de México

    7 de junio de 2025

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