Categoría: Universidad

  • De las resistencias a las re-existencias Sobre los aprendizajes descoloniales de la última décadaAlex Serpas | Re-existe: Un salto de vida | Pintura acrílica sobre papel | El Salvador, 2025

    De las resistencias a las re-existencias Sobre los aprendizajes descoloniales de la última década

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

    Retomo la historia del río de aguas de vida y pensamiento que se ha ido formando gracias a experiencias de aprendizaje compartido con amigas y amigos con quienes descubro un modo inspirador para vivir la espiritualidad y para tejer un pensamiento teológico y filosófico que sea significativo y movilizador para los tiempos que vivimos en nuestra época de incertidumbre global.

    El Mutuo Acompañamiento Espiritual y Teológico fue el primer riachuelo que se fue formando para irrigar las tierras de mi labor teológica que fui cultivando con personas ubicadas en las periferias de la sociedad, buscando una espiritualidad de la vida que florece en medio de las grietas del poder, primero en México y los Estados Unidos, luego en todo el continente hasta llegar ahora a Europa y África. Así, poco a poco fui explorando espacios de gran vitalidad de espiritualidades diversas, con su saber teológico propio fuera de la universidad, como la plaza pública, el servicio pastoral y el activismo social. Espiritualidades que ya intuía desde mi juventud, pero que ahora escuchaba con mayor atención del corazón y de la inteligencia.

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    El otro afluente del valle de las prácticas y saberes descoloniales lo comencé a navegar con Pablo Reyna, Araceli Téllez, Eduardo Velasco y varios colegas de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México desde hace más de una década. Eran los tiempos del movimiento estudiantil #YoSoy132 que se levantó contra la corrupción del sistema político mexicano; tiempo también de las protestas por la desaparición forzada de los normalistas de Ayotzinapa; y, posteriormente, tiempo del movimiento #MeToo encendido por las compañeras feministas en plazas públicas de todo el mundo para desmantelar el patriarcado milenario.

    Me sumé al proceso de aprendizaje para “descolonizar la universidad”, al que nos había convocado David Fernández -quien inició su rectorado en la Universidad Iberoamericana Ciudad de México inspirado por el pensamiento y martirio de su compañero jesuita Ignacio Ellacuría de la Universidad Centroamericana de El Salvador, y asesorado por la aguda inteligencia del gran pensador mexicano Gustavo Esteva- desde mi lugar como académico y directivo. Propuse entonces, en mi calidad de Divisional de Humanidades y Comunicación de la Ibero Ciudad de México, llevar a cabo en 2016 un coloquio que llamamos “Por un cambio de mundo”, donde convocábamos a estudiantes, docentes e investigadoras, así como al personal administrativo y compañeros de servicios de la universidad, a plantear los problemas sociales más urgentes de nuestro tiempo para conversar sobre los modos de hacerles frente, pensando sus causas como parte de nuestra vocación universitaria, y dando el giro “epistemológico” crucial para aprender de los saberes de los pueblos y los movimientos sociales que enfrentaban con creatividad y esperanza esas violencias. Fue memorable en ese coloquio la conferencia magistral dictada por Leonardo Boff sobre los desafíos de nuestro tiempo.

    A partir de ese momento propicio se fueron concatenando otros conversatorios, semilleros y coloquios académicos, cada uno convocando siempre tres miradas y análisis de perspectivas diversas y complementarias: los movimientos sociales en resistencia a las violencias diversas; las personas de academia aprendiendo e investigando junto con esos movimientos; y las colectivas de artistas creando performances, coreografías, música, pintura, escultura, dramaturgia y literatura para contar y recrear las historias de vida que van surgiendo en las grietas del mundo violento. Resultó ser con el tiempo una fórmula apasionante, llena de muchos desafíos cognitivos, sociales, culturales y espirituales, que se fue revelando como una vía específica para “descolonizar” la universidad, abriéndola así a otros procesos de conocimiento y de transformación de la realidad surgidos en las periferias del mundo hegemónico.

    El coloquio “En la encrucijada del Norte y el Sur” sobre la obra poética y académica de Boaventura de Sousa Santo de 2017 fue otro momento memorable, donde raperos, cantando y bailando la poesía de la escritura INKZ (incapaz) del autor portugués, interactuaban con Madres Buscadoras de México y Argentina, con jóvenes mujeres de las Guardias Comunitarias de Cherán en Michoacán, y con sanadores de Bojayá en Colombia curando el trauma de la masacre perpetrada por paramilitares y ejército, entre muchas otras experiencias de víctimas convertidas en sobrevivientes. Explorábamos así nuevos caminos de la “ecología de saberes”. Un territorio apenas explorado que tendremos que ir recorriendo en los años por venir.

    Más adelante, la conferencia sobre teologías descoloniales organizada en 2019 por la revista internacional de teología Concilium en la Ciudad de México -iniciativa editorial de la que formaba parte como consejero editorial y directivo más tarde que mantenía viva la llama del Concilio Vaticano II- en colaboración con la Ibero y con el CUC de los dominicos en Ciudad Universitaria vino a atar varios de esos hilos en un nudo maestro. Una oración ecuménica en el templo de Santo Domingo de México, copresidida por un obispo católico dominico y una obispa afro puertorriqueña y queer abrió el evento, que luego congregaría en el campus universitario de Santa Fe a movimientos sociales de México, Guatemala, El Salvador, Colombia, Brasil y Argentina, entablando inspiradoras conversaciones con periodistas de investigación, antropólogas, filósofos y teólogas, en mesas redondas de mutua escucha. Cada jornada estaba acompañada de conversatorios a tres voces siguiendo el formato que nos había revelado un nuevo modelo de universidad en ciernes. Otras veces organizamos mesas redondas con figuras reconocidas, como aquella extraordinaria conversación entre Rita Segato, Raúl Zibechi y Amador Fernández Savater sobre las espiritualidades que animan las resistencias, un tema para los tres personajes fuera de sus acostumbradas reflexiones de teoría crítica que aceptaron explorar, llevada a cabo en el CUC de la Parroquia Universitaria de los dominicos, para cerrar el evento con provocadoras intuiciones sobre la “esperanza política”.

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    Hasta ahí llamábamos “Resiste” a esos conversatorios hasta que, en diálogo con Nelson Maldonado-Torres durante un coloquio en Boston en la primavera de 2022, caí en la cuenta de la necesidad de nombrar con una nueva expresión esta fase más profunda del proceso de la descolonización de la vida y del pensamiento. Era crucial concentrarnos en las “re-existencias” que crean los pueblos afrodiaspóricos, las mujeres en su lucha contra el patriarcado, las colectivas queer, las madres buscadoras en Argentina y México, los colectivos de personas en migración forzada, las personas discapacitadas (o de capacidades diferentes, según el énfasis deseado) creando espacios de vida, y tantas otras comunidades en resistencia que inventan, día tras día, nuevos modos de vida, de organización comunal y de espiritualidades del Buen vivir.

    Animados por esa intuición llevamos a cabo, junto con Elías González y Juan Carlos La Puente, dos encuentros-festivales en el ITESO de Guadalajara con el nombre “Re-existe”, el primero en 2023 y luego en 2025. Con la gran visión de su rector Alexander Zatyrka, la imaginación creativa de un puñado de teólogas y teólogos de Perú, Kenia, Nigeria, Cataluña, la India y México hizo posible congregar a ochenta personas invitadas y cientos de estudiantes y docentes en ambos encuentros. El corazón de ambos conversatorios y festivales latía concentrado en las espiritualidades que mantienen de pie, con “esperanza combativa”, a las personas y comunidades ubicadas en las grietas del mundo hegemónico. El extractivismo de minería se analizaba en sus conexiones con el racismo de supremacía blanca y las políticas migratorias xenófobas, con sus estrategias de limpieza étnica y exterminio enfocadas en el control de territorios y subjetividades por medio de nuevos colonialismos de asentamientos, como los que dieron origen a países como los Estados Unidos, Sudáfrica e Israel. Ahí buscábamos desentrañar los procesos para despertar, sanar y acuerparse que son desplegados por las comunidades en resistencia. Historias que, poco a poco, se transforman en re-existencias.

    La cosecha de esos maravillosos encuentros se expresó también como ritualidad celebrativa gracias al apoyo de Fran, Diego, Glenda y Lau, educadores populares del colectivo Bendita Mezcla, formado por las jóvenes generaciones de las Comunidades Eclesiales de Base de Nuestramérica. Y, así, estos conversatorios llegaron a su clímax estético con el talento del cómic de Katsumi Lemus, el rap y el hip hop de los compañeros de Psicolexia y Semillero 259 de Chiapas, con los performances de la colectiva de artistas de Portland, en Oregón, los bailadores del Jauja en tierras andinas, y tantas otras personas creadoras de resplandores de belleza en las grietas del necropoder.

    Soñamos ahora con volver a reunirnos en Madre África en 2028, donde podamos honrar la memoria viva de esos pueblos que mucho nos enseñan hoy de aquella potencia de la ancestralidad recuperada. Pueblos que son testimonio vivo de la creatividad de la diáspora y de la profundidad del pensamiento que surge de heridas centenarias trasformadas en cuerpos y territorios de dignidad y esperanza, como en Sudáfrica y Kenia, Sudán del Sur y el Congo.

    En el contexto de la gran catástrofe (Nakba) que hoy enfrentamos -sea como “guerra contra la humanidad” según los zapatistas en Chiapas, sea como genocidio en Palestina denunciado en sus dispositivos ideológicos de sionismo judío y evangélico por Silvana Rabinovich y Mitri Raheb, o bien como tecnofascismo en el mundo entero según el pensamiento decolonial- son más que nunca urgentes estos encuentros para tejer redes de mutuo reconocimiento y esperanza política, promoviendo un análisis agudo de la complejidad de la catástrofe.

    Pero quizás el mayor desafío radica en la compartición de las iniciativas de cuidado de los territorios y de los procesos de autonomías que cultivan muchos colectivos ubicados en las grietas del mundo hegemónico, donde la vida de los pueblos es preservada y potenciada como semilla de esperanza para la humanidad y para la Casa Común que nos acoge en su seno.

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    Sobre este urgente tema, un libro sobre teología política descolonial está en el horno desde hace un año. Se trata de un análisis descolonial porque surge de las grietas del necropoder en tiempos de la gran catástrofe. Pero tal aproximación es insuficiente si no está enriquecida con el análisis antropológico del deseo mimético que da razón de las violencias en el seno de la subjetividad en relación con la otredad del prójimo y del Dios otro. Esta teología política descolonial se encuentra abierta a la permanente crítica gracias al horizonte del pensamiento apofático que nos alerta contra toda suplantación de lo divino. Se trata de una obra colectiva que fui amasando poco a poco, junto con colegas que participaron en los coloquios que organicé con el apoyo de Martin, Matthew y Francis, entusiastas doctorandos en Boston College, a lo largo de los cinco años que viví en tierras de los Massachussets. La editorial Orbis Books de Nueva York es la casa que nos acoge para la publicación de esta obra, donde daremos razón de nuestros sentires y pensares de re-existencia en tiempos del necropoder.

    Sobre este libro en la etapa final del proceso editorial les contaré más detalles en próximas entradas.

    Jobel, 12 de septiembre de 2026

  • Entre Benín, Porto Alegre y Puebla Sobre el Foro Social Mundial y la universidad pública de hace medio sigloCarlos Mendoza | Edificio Carolino, Pasillo del Tercer Claustro | Puebla, 2026

    Entre Benín, Porto Alegre y Puebla Sobre el Foro Social Mundial y la universidad pública de hace medio siglo

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    El Foro Mundial Teología y Liberación de vuelta al territorio

    Una semana ha pasado ya desde el retorno de tierras del África occidental, aun marcadas por la memoria de la esclavitud moderna, con sus diásporas de ida y vuelta, con sus heridas aun abiertas como memoria colectiva de una joven nación moderna de escasos sesenta años de existencia. El intento del pueblo beninés por rescatar con orgullo la religión ancestral Vudú, más allá de la satanización a la que fue sometida por los misioneros cristianos de Occidente durante siglos, es aún incierto pues se enfrenta hoy a la manipulación política de sus líderes populistas. Lo cierto es que el pueblo beninés se debate ahora entre una modernidad occidental sui generis y el retorno a sus raíces de ancestralidad, un anhelo que le tomará décadas explorar.

    Las teólogas beninesas, por ejemplo, centradas en su identidad cristiana evangélica que les da centralidad a la Biblia como llave para interpretar la vida, se preguntan ahora, escuchando a Silvia Regina de Lima Silva, compañera de la diáspora afrobrasileña, por los efectos devastadores de “la colonialidad del alma” que es preciso reconocer y enfrentar para dar paso a un “diálogo de saberes” en sus propias cuerpas, mentes y prácticas espirituales y de pensamiento para la liberación de subjetividades e imaginarios que desplieguen dignidad y esperanza para los pueblos de hoy.

    En contraste, los frailes dominicos de la provincia de África Occidental, por lo que alcancé a percibir en breves conversaciones con ellos, no alcanzan a ver este horizonte de la decolonialidad, pues dan prioridad -en su vida comunitaria y en el servicio a la juventud de la capital del joven país en la capellanía universitaria- a un modelo de cristianismo africano con predominio occidental en la liturgia, el pensamiento y la vida moral. Habrá que ver si las nuevas generaciones se animan a explorar esa “doble pertenencia” a la fe en Cristo y la fidelidad a la espiritualidad de sus ancestros. En teología descolonial llamamos a este proceso “inter-culturación” del cristianismo con los saberes ancestrales de los pueblos.

    Un signo elocuente de la encrucijada actual de este país es su economía atrapada en los vínculos aun persistentes de la colonización francesa, la presencia estratégica de los Estados Unidos para neutralizar la influencia soviética de hace unas décadas en la región, y el poderío chino que invade el país con proyectos de minería y extractivismo de los recursos naturales del pequeño país. Aun después de la devastación colonial francesa, y de la guerra civil previa al paso a la democracia, la riqueza en recursos naturales y la vitalidad del pueblo beninés siguen ahí. Pero las resistencias decoloniales en la era Trump se hacen cada día más arduas, como lo palpamos en la tortuosa realización del Foro Social Mundial con las presiones de autoridades para reducir su impacto en el pueblo beninés, los pueblos vecinos y, sobre todo, en la opinión pública internacional.

    En todo caso, el Foro Mundial Teología y Liberación que reunió a ochenta colegas de los cinco continentes mostró una vitalidad sorprendente al dar paso a una nueva generación de teólogas y teólogas del Sur global para seguir caminando con los pueblos en resistencia a la violencia sistémica del capitalismo extractivista como forma de colonialidad del poder a escala global. Encuentros regionales, equipos de reflexión interdisciplinaria, ecuménica e interreligiosa se miran en el horizonte cercano como compromisos para fortalecer los lazos de las comunidades locales en sus territorios. Enfrentar la violencia sistémica requiere de comunidades de resistencia en todos los frentes, ecológico y espiritual, de pensamiento y de creación de alternativas socioeconómicas y teológicas. Iremos explorando en los años por venir la fuerza de esas iniciativas que anhelan una vuelta al “espíritu de Porto Alegre”.

    La utopía de hace medio siglo en Puebla

    En 1976 una generación de jóvenes poblanos iniciábamos “la prepa” con mucha ilusión y anhelos para vivir un cambio social en México. La Escuela Preparatoria Popular Emiliano Zapata de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, plasmaba la visión de la reforma universitaria emprendida por el Ing. Luis Rivera Terrazas para dar a la universidad pública pertinencia social para la transformación política y cultural del país. El lema de aquella reforma, “Por una universidad democrática, crítica y popular”, expresaba la utopía de aquella generación. La universidad pública buscaba así un nuevo modelo de educación, encontrando en Puebla, Sinaloa y Guerrero el contexto cultural y social para emprender iniciativas. Años atrás grupos de ultraderecha, como el Yunque en Puebla y el Muro en el Distrito Federal, habían intentado apropiarse de la vida universitaria, sin éxito, con la aquiescencia del alto clero católico y de empresarios que veían la sombra del comunismo ateo cernirse sobre la vida pública del país.

    Dada la alta demanda de inscripciones, las escuelas preparatorias no se daban abasto y fue preciso convocar a jóvenes estudiantes de licenciatura y posgrado a ofrecerse como profesores de preparatoria, sin un sueldo seguro, para atender esa alta demanda de educación media superior. Así nacieron en Puebla las preparatorias populares, como la Emiliano Zapata, la Alfonso Calderón y algunas más.

    Sin darme cuenta del todo de este trasfondo de un proyecto de país en juego en la universidad pública, ingresé a la Prepa Zapata asignado por sorteo. La sede se encontraba entonces en el edificio Carolino, el antiguo Colegio jesuita del Espíritu Santo. Me tocó el turno matutino, con clases desde las 7 de la mañana hasta a 1 de la tarde. Todas las mañanas salía al amanecer para llegar en autobús desde la casa familiar en el Fraccionamiento San Manuel, cerca de Ciudad Universitaria, hasta el centro de la ciudad. Nunca imaginé que la preparatoria, que entonces se cursaba en dos años, iba a marcar de manera tan radical mi vida personal, profesional, política y espiritual.

    El grupo IV de la Generación 1976-1978 estaba formado por 70 jóvenes inquietos, varios de ellos simpatizantes del Partido Comunista, otros católicos militantes, algunos procedentes de escuelas católicas y otros de tradición familiar creyente como en mi caso. Quizás la mayoría habíamos llegado por azar, pero con el aliciente de nuestros jóvenes maestros comenzamos a crear un ambiente de amistad, juego, aprendizaje colectivo y discusión abierta sobre los temas sociales que más apremiaban a nuestra generación. Recordando aquellos años, veo ahora que estábamos viviendo los tiempos de la Guerra Sucia de los gobiernos priistas contra grupos guerrilleros en muchas regiones del país que se oponían a un sistema político corrupto que, por medio del corporativismo sindical y las prebendas para las élites del gobierno, saqueaba al país. Ocho años habían pasado apenas del movimiento estudiantil de 1968 por las libertades democráticas en el país que dejó más de 300 estudiantes muertos; y escasos cinco años transcurridos de la represión del “Jueves de Corpus” contra estudiantes protestando por la falta de autonomía en la Universidad de Nuevo León que dejó 180 muertos.

    Los más politizados de nuestros compañeros de grupo planteaban estos temas en las clases de filosofía, economía e historia, que luego proseguíamos en tertulias en el tercer patio del edificio Carolino y en reuniones de amigos en una cafetería o en alguna marcha en la calle. Con frecuencia salía a colación el tema álgido del catolicismo como aliado del sistema, lo que abría el debate sobre el papel de la religión como opio del pueblo o como fuente de libertad. No alcanzaba yo a ver aun en aquellos años el impacto de la teología de la liberación que se estaba gestando precisamente en aquellos años en el Perú y en Brasil, mucho menos tenía idea de lo que Ivan Illich estaba proponiendo en Cuernavaca, un cristianismo radical que luego tendría impacto en todo el continente.

    En el corazón de nuestros debates fue creciendo un cariño entrañable que se expresaba en juegos, fiestas, paseos culturales, salidas a los conciertos organizados por la Benemérita Universidad llevando a Puebla a las mejores compañías de música, teatro y ballet de países comunistas. Como parte de esa “batalla cultural”, los empresarios crearon, por su parte, otros festivales de gran calidad artística. Lo que redundó para esas jóvenes generaciones de estudiantes en una formación cultural de altísima calidad estética, política y espiritual.

    La vocación personal y profesional de muchos de nosotros se fraguó en ese ambiente efervescente de conciencia social de la injusticia, de experiencias de belleza como creación del espíritu humano y de pasión por la verdad que surge del pensamiento crítico. Para algunos de nosotros latía ahí también un fondo espiritual, la fuente de la que toda esa pasión fluía era la sed de trascendencia donde lo humano y lo divino se encontraban.

    En mi historia de vida, ese fue el terruño donde cayó la semilla de la Palabra de Dios recibida en mi familia, arraigada en la fe del catolicismo posconciliar y luego cultivada al estilo de los dominicos como búsqueda permanente de la verdad que salva. En otra ocasión les contaré esa historia.

    Puebla de los Ángeles y de Zaragoza, 15 de agosto de 2026

  • La otra Europa Relatos entre Baviera y la costa del mar BálticoCarlos Mendoza | Castillo de Malbork, Pomerania, Polonia | 2026

    La otra Europa Relatos entre Baviera y la costa del mar Báltico

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

    Me encuentro en Europa por unas semanas, disfrutando de tiempo para leer y escribir, actos elementales de la cultura, tan añorados en Boston y ahora en Chiapas. Este tiempo lo puedo disfrutar gracias a la hospitalidad de un buen colega y amigo, el profesor Martin Kirschner, y de este espacio de studium, que me ofrece la oportunidad de dar algunas clases y conferencias en esta universidad del interior de Baviera.

    Desde hace años, mi amigo Piotr, originario de Silesia en el sur de Polonia, me invitaba a visitarlo con su familia en Pomerania. No tenía idea de dónde se encontraba ese lugar con el nombre de un lugar que me recuerda a la novela El Señor de los Anillos hasta que, hace unas semanas, preparaba mi viaje desde Eichstätt.

    Un largo fin de semana, durante la estancia germana, fue la ocasión propicia para viajar a la costa del mar Báltico, aterrizando en Gdansk, puerto símbolo en tiempos modernos del movimiento obrero de Solidarność que lidereó Lech Walesa e inició el colapso de la cortina de hierro, con la manipulación de la famosa trinidad Wojtyla-Regan-Thatcher que aprovechó esa coyuntura histórica de la grieta abierta por la clase obrera polaca para hacer avanzar su agenda geopolítica.

    Recién llegado a esa tierra costera, el paseo por el centro histórico era obligado. Piotr se esmeraba en contarme la historia de los Caballeros Teutónicos que gobernaron y administraron esas tierras desde el siglo XIII, como antecedente del Imperio prusiano que, más tarde, en tiempos modernos, comandaría sus huestes para extender su poderío sobre todas las naciones eslavas, desde Polonia y Chequia hasta Hungría. Tras el fracaso de la custodia de los Lugares Santos, esa milicia de la Cristiandad medieval y moderna transitó hacia un poderío territorial de gran alcance hasta inicios del siglo XV, cuando se trasladó a Königsberg y luego a Austria en tiempos prusianos. El castillo más grande de Europa se encuentra en Pomerania, en la ciudad de Malbork, con sus ladrillos rojos típicos del gótico báltico que, al atardecer primaveral, relucen como fuego encendido en la ribera del río Nogat, afluente del Vístula, que recorre de sur a norte toda Polonia, desde Silesia hasta el Báltico.

    Para los polacos de hoy, esas raíces góticas son parte de su identidad cultural, si bien mantienen distancia de la vecina y rica Alemania, así como de la Rusia imperial que vuelve a ser una amenaza real de guerra e invasión en la región.

    Ese temor a la guerra lo percibí también en los diálogos con mis colegas en Eichstätt, tanto por la amenaza rusa como por el poder enloquecido de Trump. El silencio cómplice de la Unión Europea y la OTAN apoyando la industria bélica de Estados Unidos e Israel en estos tiempos del genocidio en Gaza y Cisjordania, la invasión del Líbano y la guerra con Irán no tardará en dar frutos amargos para Europa. Lo que preocupa a los colectivos más conscientes de la crisis civilizatoria actual es el desmantelamiento del derecho internacional que está llevando a cabo ese “puñado de tiranos”, como les llamó el Papa León XIV, que controlan el mundo mediante la guerra global.

    Ya en Pomerania pude conocer algunos pueblos del interior que, según me contaban mis anfitriones Piotr y Aga, son de la región más pobre de la Polonia actual. Las fincas de campesinos se esparcen por colinas onduladas, donde se cultivan en primavera y verano cereales, papas y forraje para el ganado, y hay pequeños centros urbanos con buenas condiciones de vialidad y urbanismo. Se percibe una cultura del trabajo agrícola, mezclada con un aire campirano, en la que las artes y los deportes forman parte de la vida cotidiana de las familias.

    Aga es una pintora que ha abierto su taller-galería Ligo en el galpón de la antigua finca, donde, una vez al año, presenta exposiciones de su pintura, en las que predominan desnudos y retratos con cierto aire impresionista, colorido y naíf. Cuando visitamos la playa en el famoso centro turístico de Sopot, en las orillas del mar Báltico, pude apreciar el gusto de toda la familia, con sus tres hijas inteligentes y hermosas, por el mar en primavera. Percibí ahí un modo de recreación poética que brota del alma báltica.

    Durante una conversación con amigos de Piotr y Aga, en particular con un psicoterapeuta de Gdansk, surgió el tema de la vulnerabilidad de la juventud polaca rural ante la incertidumbre del trabajo y de la guerra, que abona a un creciente aislamiento social, con la incapacidad de tender vínculos personales más allá de su círculo virtual.

    Otros rostros de Europa los percibí en Pomerania, hoy marcada por la incertidumbre y el trauma aún presente de la guerra.

    Sobre esa otra Europa he venido conversando con mi amigo Martin desde hace al menos cinco años, cuando, en 2021, me invitó por primera vez a venir a Eichstätt para dialogar sobre la teología política para Europa en tiempos de polarización creciente. En aquel coloquio, al inicio de la pandemia de COVID-19, la conversación giraba en torno a cómo mejorar las condiciones de vida democrática en esta región del mundo, con el valor incuestionable, en ese momento, del derecho internacional y de los derechos humanos como marco de referencia universal para la convivencia entre las naciones. Un lustro después, lo político parece jugarse en otro plano aún más fundamental: el de la sobrevivencia en un contexto de guerra global, frente a redes transnacionales letales.

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    La próxima semana participaré, junto con mi amigo alemán, en un coloquio internacional organizado por la colega austriaca Isabella Bruckner, en el Ateneo Anselmiano de los benedictinos de Roma, sobre el legado teológico de Ivan Illich, en el centenario de su nacimiento.

    Como en muchos lugares del mundo, personas de la academia y de movimientos sociales estamos ahora releyendo su obra para encontrar luces en medio de la oscuridad de esta crisis civilizatoria que atravesamos como humanidad.

    Me acerqué a la obra de Illich gracias a Javier Sicilia y a Jean Robert, quienes, desde 1996 en la librería Bajo el Volcán, comentando mi tesis doctoral Deus Liberans —donde hacía yo una genealogía de la modernidad como negación del otro indio, siguiendo a Las Casas y Dussel en discusión con Levinas y Ricoeur— ambos mencionaron la urgencia de volver a Illich por su devastadora crítica a la era de los sistemas. Desde entonces he seguido leyendo al pensador austriaco, participado en coloquios en Cuernavaca, y organizado mesas redondas sobre su legado en la Universidad Iberoamericana Ciudad de México primero y luego en el Boston College.

    Casi siempre se lee a Illich como pensador crítico de la razón instrumental, pero sin su trasfondo teológico. Tal era el enfoque agudo de Gustavo Esteva, para quien la contribución de Illich valía por sí misma como filosofía de la proximidad y de la crítica a los sistemas, pero sin su relación con el cristianismo. Un enfoque con el que discrepaba Gustavo en nuestras conversaciones en Santa Fe.

    Por eso, el coloquio de Roma me parece tan relevante hoy, pues se trata de buscar el hontanar teológico de la crítica illichiana a la modernidad, para complejizar el análisis surgido desde el pensamiento secularizado. Así será posible contribuir, a mi parecer, a visibilizar y promover las espiritualidades de las resistencias, aquellas que tejen las víctimas de la era de los sistemas como sobrevivientes de la lógica de la máquina y del algoritmo. Hablaremos de experiencias de convivialidad en Alemania durante el COVID-19, de resistencias de autonomía de cuerpos y territorios en México, así como de formas de proximidad, del rescate de lo vernáculo y de la radicalidad de los cuidados como pistas para enfrentar la violencia sistémica que muchas veces nos agobia.

    En la próxima entrada les contaré mis impresiones sobre ese encuentro que se realizará en la colina del Aventino, en Roma.

    Koślinka y Eichstätt, 8 de mayo de 2026

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