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  • Entre Benín, Porto Alegre y Puebla Sobre el Foro Social Mundial y la universidad pública de hace medio sigloCarlos Mendoza | Edificio Carolino, Pasillo del Tercer Claustro | Puebla, 2026

    Entre Benín, Porto Alegre y Puebla Sobre el Foro Social Mundial y la universidad pública de hace medio siglo

    Por Carlos Mendoza Álvarez

    El Foro Mundial Teología y Liberación de vuelta al territorio

    Una semana ha pasado ya desde el retorno de tierras del África occidental, aun marcadas por la memoria de la esclavitud moderna, con sus diásporas de ida y vuelta, con sus heridas aun abiertas como memoria colectiva de una joven nación moderna de escasos sesenta años de existencia. El intento del pueblo beninés por rescatar con orgullo la religión ancestral Vudú, más allá de la satanización a la que fue sometida por los misioneros cristianos de Occidente durante siglos, es aún incierto pues se enfrenta hoy a la manipulación política de sus líderes populistas. Lo cierto es que el pueblo beninés se debate ahora entre una modernidad occidental sui generis y el retorno a sus raíces de ancestralidad, un anhelo que le tomará décadas explorar.

    Las teólogas beninesas, por ejemplo, centradas en su identidad cristiana evangélica que les da centralidad a la Biblia como llave para interpretar la vida, se preguntan ahora, escuchando a Silvia Regina de Lima Silva, compañera de la diáspora afrobrasileña, por los efectos devastadores de “la colonialidad del alma” que es preciso reconocer y enfrentar para dar paso a un “diálogo de saberes” en sus propias cuerpas, mentes y prácticas espirituales y de pensamiento para la liberación de subjetividades e imaginarios que desplieguen dignidad y esperanza para los pueblos de hoy.

    En contraste, los frailes dominicos de la provincia de África Occidental, por lo que alcancé a percibir en breves conversaciones con ellos, no alcanzan a ver este horizonte de la decolonialidad, pues dan prioridad -en su vida comunitaria y en el servicio a la juventud de la capital del joven país en la capellanía universitaria- a un modelo de cristianismo africano con predominio occidental en la liturgia, el pensamiento y la vida moral. Habrá que ver si las nuevas generaciones se animan a explorar esa “doble pertenencia” a la fe en Cristo y la fidelidad a la espiritualidad de sus ancestros. En teología descolonial llamamos a este proceso “inter-culturación” del cristianismo con los saberes ancestrales de los pueblos.

    Un signo elocuente de la encrucijada actual de este país es su economía atrapada en los vínculos aun persistentes de la colonización francesa, la presencia estratégica de los Estados Unidos para neutralizar la influencia soviética de hace unas décadas en la región, y el poderío chino que invade el país con proyectos de minería y extractivismo de los recursos naturales del pequeño país. Aun después de la devastación colonial francesa, y de la guerra civil previa al paso a la democracia, la riqueza en recursos naturales y la vitalidad del pueblo beninés siguen ahí. Pero las resistencias decoloniales en la era Trump se hacen cada día más arduas, como lo palpamos en la tortuosa realización del Foro Social Mundial con las presiones de autoridades para reducir su impacto en el pueblo beninés, los pueblos vecinos y, sobre todo, en la opinión pública internacional.

    En todo caso, el Foro Mundial Teología y Liberación que reunió a ochenta colegas de los cinco continentes mostró una vitalidad sorprendente al dar paso a una nueva generación de teólogas y teólogas del Sur global para seguir caminando con los pueblos en resistencia a la violencia sistémica del capitalismo extractivista como forma de colonialidad del poder a escala global. Encuentros regionales, equipos de reflexión interdisciplinaria, ecuménica e interreligiosa se miran en el horizonte cercano como compromisos para fortalecer los lazos de las comunidades locales en sus territorios. Enfrentar la violencia sistémica requiere de comunidades de resistencia en todos los frentes, ecológico y espiritual, de pensamiento y de creación de alternativas socioeconómicas y teológicas. Iremos explorando en los años por venir la fuerza de esas iniciativas que anhelan una vuelta al “espíritu de Porto Alegre”.

    La utopía de hace medio siglo en Puebla

    En 1976 una generación de jóvenes poblanos iniciábamos “la prepa” con mucha ilusión y anhelos para vivir un cambio social en México. La Escuela Preparatoria Popular Emiliano Zapata de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, plasmaba la visión de la reforma universitaria emprendida por el Ing. Luis Rivera Terrazas para dar a la universidad pública pertinencia social para la transformación política y cultural del país. El lema de aquella reforma, “Por una universidad democrática, crítica y popular”, expresaba la utopía de aquella generación. La universidad pública buscaba así un nuevo modelo de educación, encontrando en Puebla, Sinaloa y Guerrero el contexto cultural y social para emprender iniciativas. Años atrás grupos de ultraderecha, como el Yunque en Puebla y el Muro en el Distrito Federal, habían intentado apropiarse de la vida universitaria, sin éxito, con la aquiescencia del alto clero católico y de empresarios que veían la sombra del comunismo ateo cernirse sobre la vida pública del país.

    Dada la alta demanda de inscripciones, las escuelas preparatorias no se daban abasto y fue preciso convocar a jóvenes estudiantes de licenciatura y posgrado a ofrecerse como profesores de preparatoria, sin un sueldo seguro, para atender esa alta demanda de educación media superior. Así nacieron en Puebla las preparatorias populares, como la Emiliano Zapata, la Alfonso Calderón y algunas más.

    Sin darme cuenta del todo de este trasfondo de un proyecto de país en juego en la universidad pública, ingresé a la Prepa Zapata asignado por sorteo. La sede se encontraba entonces en el edificio Carolino, el antiguo Colegio jesuita del Espíritu Santo. Me tocó el turno matutino, con clases desde las 7 de la mañana hasta a 1 de la tarde. Todas las mañanas salía al amanecer para llegar en autobús desde la casa familiar en el Fraccionamiento San Manuel, cerca de Ciudad Universitaria, hasta el centro de la ciudad. Nunca imaginé que la preparatoria, que entonces se cursaba en dos años, iba a marcar de manera tan radical mi vida personal, profesional, política y espiritual.

    El grupo IV de la Generación 1976-1978 estaba formado por 70 jóvenes inquietos, varios de ellos simpatizantes del Partido Comunista, otros católicos militantes, algunos procedentes de escuelas católicas y otros de tradición familiar creyente como en mi caso. Quizás la mayoría habíamos llegado por azar, pero con el aliciente de nuestros jóvenes maestros comenzamos a crear un ambiente de amistad, juego, aprendizaje colectivo y discusión abierta sobre los temas sociales que más apremiaban a nuestra generación. Recordando aquellos años, veo ahora que estábamos viviendo los tiempos de la Guerra Sucia de los gobiernos priistas contra grupos guerrilleros en muchas regiones del país que se oponían a un sistema político corrupto que, por medio del corporativismo sindical y las prebendas para las élites del gobierno, saqueaba al país. Ocho años habían pasado apenas del movimiento estudiantil de 1968 por las libertades democráticas en el país que dejó más de 300 estudiantes muertos; y escasos cinco años transcurridos de la represión del “Jueves de Corpus” contra estudiantes protestando por la falta de autonomía en la Universidad de Nuevo León que dejó 180 muertos.

    Los más politizados de nuestros compañeros de grupo planteaban estos temas en las clases de filosofía, economía e historia, que luego proseguíamos en tertulias en el tercer patio del edificio Carolino y en reuniones de amigos en una cafetería o en alguna marcha en la calle. Con frecuencia salía a colación el tema álgido del catolicismo como aliado del sistema, lo que abría el debate sobre el papel de la religión como opio del pueblo o como fuente de libertad. No alcanzaba yo a ver aun en aquellos años el impacto de la teología de la liberación que se estaba gestando precisamente en aquellos años en el Perú y en Brasil, mucho menos tenía idea de lo que Ivan Illich estaba proponiendo en Cuernavaca, un cristianismo radical que luego tendría impacto en todo el continente.

    En el corazón de nuestros debates fue creciendo un cariño entrañable que se expresaba en juegos, fiestas, paseos culturales, salidas a los conciertos organizados por la Benemérita Universidad llevando a Puebla a las mejores compañías de música, teatro y ballet de países comunistas. Como parte de esa “batalla cultural”, los empresarios crearon, por su parte, otros festivales de gran calidad artística. Lo que redundó para esas jóvenes generaciones de estudiantes en una formación cultural de altísima calidad estética, política y espiritual.

    La vocación personal y profesional de muchos de nosotros se fraguó en ese ambiente efervescente de conciencia social de la injusticia, de experiencias de belleza como creación del espíritu humano y de pasión por la verdad que surge del pensamiento crítico. Para algunos de nosotros latía ahí también un fondo espiritual, la fuente de la que toda esa pasión fluía era la sed de trascendencia donde lo humano y lo divino se encontraban.

    En mi historia de vida, ese fue el terruño donde cayó la semilla de la Palabra de Dios recibida en mi familia, arraigada en la fe del catolicismo posconciliar y luego cultivada al estilo de los dominicos como búsqueda permanente de la verdad que salva. En otra ocasión les contaré esa historia.

    Puebla de los Ángeles y de Zaragoza, 15 de agosto de 2026

  • La otra Europa Relatos entre Baviera y la costa del mar BálticoCarlos Mendoza | Castillo de Malbork, Pomerania, Polonia | 2026

    La otra Europa Relatos entre Baviera y la costa del mar Báltico

    Por Carlos Mendoza-Álvarez

    Me encuentro en Europa por unas semanas, disfrutando de tiempo para leer y escribir, actos elementales de la cultura, tan añorados en Boston y ahora en Chiapas. Este tiempo lo puedo disfrutar gracias a la hospitalidad de un buen colega y amigo, el profesor Martin Kirschner, y de este espacio de studium, que me ofrece la oportunidad de dar algunas clases y conferencias en esta universidad del interior de Baviera.

    Desde hace años, mi amigo Piotr, originario de Silesia en el sur de Polonia, me invitaba a visitarlo con su familia en Pomerania. No tenía idea de dónde se encontraba ese lugar con el nombre de un lugar que me recuerda a la novela El Señor de los Anillos hasta que, hace unas semanas, preparaba mi viaje desde Eichstätt.

    Un largo fin de semana, durante la estancia germana, fue la ocasión propicia para viajar a la costa del mar Báltico, aterrizando en Gdansk, puerto símbolo en tiempos modernos del movimiento obrero de Solidarność que lidereó Lech Walesa e inició el colapso de la cortina de hierro, con la manipulación de la famosa trinidad Wojtyla-Regan-Thatcher que aprovechó esa coyuntura histórica de la grieta abierta por la clase obrera polaca para hacer avanzar su agenda geopolítica.

    Recién llegado a esa tierra costera, el paseo por el centro histórico era obligado. Piotr se esmeraba en contarme la historia de los Caballeros Teutónicos que gobernaron y administraron esas tierras desde el siglo XIII, como antecedente del Imperio prusiano que, más tarde, en tiempos modernos, comandaría sus huestes para extender su poderío sobre todas las naciones eslavas, desde Polonia y Chequia hasta Hungría. Tras el fracaso de la custodia de los Lugares Santos, esa milicia de la Cristiandad medieval y moderna transitó hacia un poderío territorial de gran alcance hasta inicios del siglo XV, cuando se trasladó a Königsberg y luego a Austria en tiempos prusianos. El castillo más grande de Europa se encuentra en Pomerania, en la ciudad de Malbork, con sus ladrillos rojos típicos del gótico báltico que, al atardecer primaveral, relucen como fuego encendido en la ribera del río Nogat, afluente del Vístula, que recorre de sur a norte toda Polonia, desde Silesia hasta el Báltico.

    Para los polacos de hoy, esas raíces góticas son parte de su identidad cultural, si bien mantienen distancia de la vecina y rica Alemania, así como de la Rusia imperial que vuelve a ser una amenaza real de guerra e invasión en la región.

    Ese temor a la guerra lo percibí también en los diálogos con mis colegas en Eichstätt, tanto por la amenaza rusa como por el poder enloquecido de Trump. El silencio cómplice de la Unión Europea y la OTAN apoyando la industria bélica de Estados Unidos e Israel en estos tiempos del genocidio en Gaza y Cisjordania, la invasión del Líbano y la guerra con Irán no tardará en dar frutos amargos para Europa. Lo que preocupa a los colectivos más conscientes de la crisis civilizatoria actual es el desmantelamiento del derecho internacional que está llevando a cabo ese “puñado de tiranos”, como les llamó el Papa León XIV, que controlan el mundo mediante la guerra global.

    Ya en Pomerania pude conocer algunos pueblos del interior que, según me contaban mis anfitriones Piotr y Aga, son de la región más pobre de la Polonia actual. Las fincas de campesinos se esparcen por colinas onduladas, donde se cultivan en primavera y verano cereales, papas y forraje para el ganado, y hay pequeños centros urbanos con buenas condiciones de vialidad y urbanismo. Se percibe una cultura del trabajo agrícola, mezclada con un aire campirano, en la que las artes y los deportes forman parte de la vida cotidiana de las familias.

    Aga es una pintora que ha abierto su taller-galería Ligo en el galpón de la antigua finca, donde, una vez al año, presenta exposiciones de su pintura, en las que predominan desnudos y retratos con cierto aire impresionista, colorido y naíf. Cuando visitamos la playa en el famoso centro turístico de Sopot, en las orillas del mar Báltico, pude apreciar el gusto de toda la familia, con sus tres hijas inteligentes y hermosas, por el mar en primavera. Percibí ahí un modo de recreación poética que brota del alma báltica.

    Durante una conversación con amigos de Piotr y Aga, en particular con un psicoterapeuta de Gdansk, surgió el tema de la vulnerabilidad de la juventud polaca rural ante la incertidumbre del trabajo y de la guerra, que abona a un creciente aislamiento social, con la incapacidad de tender vínculos personales más allá de su círculo virtual.

    Otros rostros de Europa los percibí en Pomerania, hoy marcada por la incertidumbre y el trauma aún presente de la guerra.

    Sobre esa otra Europa he venido conversando con mi amigo Martin desde hace al menos cinco años, cuando, en 2021, me invitó por primera vez a venir a Eichstätt para dialogar sobre la teología política para Europa en tiempos de polarización creciente. En aquel coloquio, al inicio de la pandemia de COVID-19, la conversación giraba en torno a cómo mejorar las condiciones de vida democrática en esta región del mundo, con el valor incuestionable, en ese momento, del derecho internacional y de los derechos humanos como marco de referencia universal para la convivencia entre las naciones. Un lustro después, lo político parece jugarse en otro plano aún más fundamental: el de la sobrevivencia en un contexto de guerra global, frente a redes transnacionales letales.

    La próxima semana participaré, junto con mi amigo alemán, en un coloquio internacional organizado por la colega austriaca Isabella Bruckner, en el Ateneo Anselmiano de los benedictinos de Roma, sobre el legado teológico de Ivan Illich, en el centenario de su nacimiento.

    Como en muchos lugares del mundo, personas de la academia y de movimientos sociales estamos ahora releyendo su obra para encontrar luces en medio de la oscuridad de esta crisis civilizatoria que atravesamos como humanidad.

    Me acerqué a la obra de Illich gracias a Javier Sicilia y a Jean Robert, quienes, desde 1996 en la librería Bajo el Volcán, comentando mi tesis doctoral Deus Liberans —donde hacía yo una genealogía de la modernidad como negación del otro indio, siguiendo a Las Casas y Dussel en discusión con Levinas y Ricoeur— ambos mencionaron la urgencia de volver a Illich por su devastadora crítica a la era de los sistemas. Desde entonces he seguido leyendo al pensador austriaco, participado en coloquios en Cuernavaca, y organizado mesas redondas sobre su legado en la Universidad Iberoamericana Ciudad de México primero y luego en el Boston College.

    Casi siempre se lee a Illich como pensador crítico de la razón instrumental, pero sin su trasfondo teológico. Tal era el enfoque agudo de Gustavo Esteva, para quien la contribución de Illich valía por sí misma como filosofía de la proximidad y de la crítica a los sistemas, pero sin su relación con el cristianismo. Un enfoque con el que discrepaba Gustavo en nuestras conversaciones en Santa Fe.

    Por eso, el coloquio de Roma me parece tan relevante hoy, pues se trata de buscar el hontanar teológico de la crítica illichiana a la modernidad, para complejizar el análisis surgido desde el pensamiento secularizado. Así será posible contribuir, a mi parecer, a visibilizar y promover las espiritualidades de las resistencias, aquellas que tejen las víctimas de la era de los sistemas como sobrevivientes de la lógica de la máquina y del algoritmo. Hablaremos de experiencias de convivialidad en Alemania durante el COVID-19, de resistencias de autonomía de cuerpos y territorios en México, así como de formas de proximidad, del rescate de lo vernáculo y de la radicalidad de los cuidados como pistas para enfrentar la violencia sistémica que muchas veces nos agobia.

    En la próxima entrada les contaré mis impresiones sobre ese encuentro que se realizará en la colina del Aventino, en Roma.

    Koślinka y Eichstätt, 8 de mayo de 2026

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